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Sobre la portada de mi novela UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Carmen Mateo en la calle de mi portada

Tras la publicación de mi última novela, he recibido comentarios y mensajes alentadores que han hecho que me  sienta orgulloso de ella. Carmen Mateo, que se sumerge a menudo por las callejuelas de la Medina de Larache, me ha hecho uno de los mejores regalos: una fotografía justamente en la misma calle que sirve de portada al libro, esa imagen que había captado tan hermosamente Itziar Gorostiaga, y que Carmen ha hecho ahora como un pequeño tributo a la vieja ciudad y, sobre todo, como ella me dice, al niño protagonista de mi historia: Tami. Porque también Carmen ha conocido a su pequeño Tami.

 Me parece encantadora verla en medio de esa bajada con mi libro entre sus manos, en una yuxtaposición de imágenes curiosa y original.

Y, además, Carmen Mateo me envía dos fotografias del interior de la Biblioteca Municipal, y me dice que, al ver ese solitario vaso de plástico en la mesa de la modesta biblioteca, ha imaginado que era un vaso olvidado por Tami. No sé, pero es como si, gracias a su imaginación, mi personaje cobrara vida, que pasara de ser un fantasma entre palabras a un ser de carne y hueso que realmente poblara las calles de la Medina de Larache, como si eso supusiera que la fantasía, como en mi historia, suplantara la cruda realidad. Algo mágico, algo emocionante. Gracias, Carmen.

Sergio Barce, septiembre 2011

No me resisto a publicar lo que me han comentado algunos amigos y que parece bastante obvio. Acaba de publicarse la nueva novela de Tahar Ben Jelloun, al que admiro desde hace tiempo, pero en la edición de esta última novela suya «El retorno«, Alianza Editorial, que la ha publicado en España, utiliza una portada que, sin ninguna duda, parece calcada a la mía. No me refiero a la fotografía de la portada, pues hay miles de callejuelas en un sinfín de medinas de Marruecos muy similiares, no, no es sólo eso, es también la propia composición de la maquetación en sí: dónde se ubica el nombre del autor y del título, dónde el de la editora, cómo se une el fondo blanco superior con la imagen en un encuentro difunimado y progresivo… Poca imaginación le han puesto en Alianza, la verdad, y eso quiere decir que la maquetación que ha efectuado Luis Muñoz para mi novela a partir de la fotografía de Itziar es muy, muy buena; tan buena que ha alimentado el deseo de «fusilarla». A veces, una editorial menor parece ganar la batalla a una «major», aunque sólo sea en estos pequeños grandes detalles.

Cambiando de tema, yo también me montaba en los leones que flanqueaban la entrada al Jardín de las Hespérides, aquí tenéis la prueba: junto a Amado, yo soy el de la pajarita…

Sergio Barce y Amado sobre uno de los leones del Jardín de las Hespérides

  

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«MEDINA DE LARACHE», UN RELATO DE SERGIO BARCE

  

Medina de Larache.

Bajas las calles empinadas, zigzagueantes, con el sol cayendo oblícuo. Notas la brisa esquivando los edificios, correteando igual que los niños que se esconden por los vericuetos de su memoria. Huele a salitre, notas la humedad enquistada en las paredes desconchadas, los pies avanzan llevándote hacia el puerto sin una razón determinada, simplemente bajar, traspasar el maremágnum de viejas construcciones marchitas. Se oyen las voces de esos chiquillos que, minutos antes, se escondían de ti, riendo, tratando de que les siguiera su juego. ¡Hola! ¡Hola! Saludan a gritos, antes de volver a salir disparados como si les avergonzara dar la bienvenida. El aroma del té con yerbabuena se escapa por las ventanas, igual que las palabras de una mujer que habla con su hija en una azotea. Un par de rostros te miran con curiosidad desde una ventana enrejada.

Hay estrías abiertas en cada pared, igual que arrugas en la piel de un anciano; pero igual que éste, la Medina de Larache ha ido acumulando decenios de experiencias, rellenando el baúl de sus recuerdos, y cuando llegas a la altura de su corazón te lo abre y te lo muestra, al desnudo. Hay mucho dolor, pero también hay mucha alegría, la de tantas vidas como almas que dejaron algo de ellas, de los suyos. Tantos apellidos muertos, que partieron sin dejar más que el efímero olor de sus voces, un eco que sólo se escucha si se vaga por sus callejones en silencio. A veces, incluso, te encuentras de frente con tu infancia, con la juventud de tus padres, con la madurez de tus abuelos, y les sigues unos segundos hasta que se desvanecen por la calle Real…

Para cuando llegas a la entrada del puerto, rodeado de atunes abiertos en canal, de cubos llenos de jureles y de sardinas, de pescadores sedientos ansiosos por regresar a sus casas, entonces te giras y miras de nuevo la Medina, el portento de su arquitectura frágil y desolada, y sientes el impulso de regresar. Subes de nuevo, dejando atrás el jolgorio de los vendedores, y te sumerges una vez más en el sueño de sus estrechas arterias. Es como si dieras un salto de años, y que hubieras regresado a otra época, a otro mundo. Un rabino parece rezar en la sinagoga, los franciscanos salen descalzos de la iglesia de San José, el almuecín llama a la oración desde la mezquita. Se oye al viento bambolear unas sábanas,  los golpes de una anciana tratando de limpiar una alfombra, tus pisadas buscando tus propias huellas. Esta tarde sólo hay tiempo para caminar, sólo hay tiempo para dejarse llevar, no hay destino, no hay prisas; la Medina de Larache te arropa, tranquila, amablemente, y vuelves a ver otro espectro que te saluda con la mano y te sonríe, igual que hacía tu abuelo cuando te esperaba en la calle Real, otra vez en la calle Real, con todos ellos…

Sergio Barce, junio 2011

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LARACHE vista por… PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ (2)

Ya hice hace unos días una reseña del precioso libro Ángeles del desierto (Colección Ancha del Carmen – Ayuntamiento de Málaga, 2007), poemario de Paloma Fernández Gomá, dedicado a varias ciudades marroquíes, entre ellas Larache. Y como sé que ella no se molestará por mi osadía, tras haber reproducido aquí sus poemas «Larache», «Café Central» y «Lalla Menana», ahora le toca a otros tres inspirados igualmente en Larache y con títulos igualmente emblemáticos: «Lixus», «El Zoco Chico»y «Callejones de Larache».

(Diseño de la cubierta de Ángeles del desierto: Antonio Herráiz)

LIXUS

En la cadencia de los siglos

permaneces ausente

y recuerdas el rumor de voces

acunadas de viento,

el agua que fluye en el anochecer

llevando en su costado

el tiempo transcurrido

donde la hierba estuvo crecida

o pastó el ganado.

Tu ausencia ha cobrado matiz violeta

y vence la inerte mirada,

tornando en claridad

una lengua de fuego, ya fatigada

La poesía de Paloma es tan exquisita que logra fácilmente no sólo transmitir la interioridad de los sentimientos, es que, a la vez, nuestras sensaciones físicas perciben el detallado recorrido de sus versos. Caminamos por los lugares a los que ella nos lleva, y olemos, tocamos, saboreamos..

EL ZOCO CHICO

Zigzagueantes las calles

son recintos del ajetreo de vendedores

exponiendo sus mercancías.

El color cohabita las celosías

y en humedad acoge todo el olor

de la hierbabuena.

Tierna, la fruta rezuma

y abalorios diversos se disponen

en los puestos.

Alfombras, gasas y especias bordean

el intrincado camino del zoco.

Desde el arco se escucha el zumbido

de algunas abejas

que ocasionalmente liban el néctar

de flores abandonadas

junto a la canasta de higos

MEDINA DE LARACHE

Las viejas calles de la vieja ciudad de Larache parecen, en cada poema de Paloma Fernández Gomá, llenarse de gente, palpitar con sus vidas, rezumar con los recuerdos que habitan tras las vantanas entreabiertas.

CALLEJONES DE LARACHE

Las calles se estrechan

en franjas de azulete, verde o amarillo.

La encrucijada se torna claridad,

cuando se hornean tortas de harina

o pan reciente de sal, mínimo de levadura.

El mar va penetrando los dinteles

o filtra el yodo de su acento

a través de ventanas

que se estrechan bajo la techumbre

de callejones sin salida.

El rumor del oleaje resbaló

y fluye, ahora, por la medina

desde la plaza de España

hasta la desembocadura del Lucus

 PALOMA FERNÁNDEZ GOMÁ

Aunque la poesía parece condenada a una extraña marginalidad, lo cierto es que los versos nos apaciguan, y si son como los de Paloma, llenos de ternura y delicadeza, además nos regalan un algo de sosiego que, tal y como se suceden los acontecimientos actuales, quizá sean incluso la mejor terapia para todos. Ahora, tras haber callejeado por la Medina, haber parado en algún puesto del Zoco Chico, no estaría nada mal sentarnos en la terraza del Café Lixus y tomarnos un té con yerbabuena y azahar.

Sergio Barce, febrero 2011

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LARACHE vista por… ITZIAR GOROSTIAGA (3)

En 2010, Zohra el Guennouni me llamó diciéndome que estaban organizando una actividad para concienciar a los vecinos de la Medina de Larache a mantener las calles limpias y a pintar las fachadas de sus casas… Y nos juntamos un grupo de amigos: Soltani, su hija Qodsya, Abderrahman, Abdelkader, Aziz, Majid, Radia, Ahmed, Itzia… Fue una jornada intensa, en la que aprovechamos para que los niños realizaran otra actividad más: pintar. Y de ahí surgieron estas fotografías de Itzi, que tiene un ojo especial para los niños. Vale la pena disfrutar de la luminosidad de sus rostros, y compartir el recuerdo imborrable de ese día.

Y es que, como ya he dicho en alguna otra ocasión,  Larache también es, y sobre todas las cosas,  su gente…

Los niños de la Medina de Larache son revoltosos, como todos los niños, llenos de vida, con unas ganas insaciables por aprender.

Son despiertos, alegres y aún conservan esa ingenuidad y curiosidad que se va perdiendo en esos otros niños que sólo viven para internet y los videojuegos.

Itziar capta toda la naturalidad, la espontaneidad, la sorpresa de sus miradas. Con su cámara, parece abrazarlos con la calidez que sólo alguien como ella puede transmitir.

Sergio y Qodsya

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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