
“…La primera noche que pasé en África no tuvo demasiado glamur. Fue en el camping de Ceuta. Recuerdo especialmente el paisaje sonoro: se oían voces y ladridos que me sonaban diferentes, como si vinieran de la jungla, pero que no eran más que voces humanas y perros. Y tal vez la voz de algún almuédano llamando a la oración. Era mi imaginación excitada por estar en África, por el primer viaje a Marruecos. Por supuesto que la familia árabe de Familias de 7 países, beduina con aires orientales de Las mil y una noches, había marcado mi imaginario.
-Ten cuidado con los moros -me dijeron familiares y amigos.
Sobraba la advertencia. Los moros y los negros habían estado siempre presentes en las conversaciones familiares. Un miedo atávico e indómito circulaba por mis venas junto con los glóbulos rojos y blancos.
Cuando, tras regresar de aquel primer viaje, anuncié que iba a estudiar árabe, fue como si me hubiera pasado a las filas del enemigo…”
“…Leyendo un libro francés sobre Marruecos encontré una curiosa errata. Se referían a uno de mis amigos escritores como Abdelkafir. Esta combinación de palabras es imposible. Abd se suele combinar con muchos de los 99 nombres de Dios, como Abderrahman o Abdelkrim…, pero kafir no es un nombre de Dios, es de hecho el nombre con el que se alude a los infieles o descreídos (mécréant, que dicen en francés), a los paganos, y de donde, por cierto, deriva el español cafre. Por tanto, la combinación imposible, ya que no puede ser un atributo de Dios. Otra jugarreta del destino y de las letras, que a mi amigo Abdel le hizo mucha gracia, claro.
Contrastan estas costumbres con la de algunos españoles que vivieron en Marruecos, la de llamar a las trabajadoras domésticas, cocineras o mujeres de la limpieza como Fátima.
-Mi Fátima -decían, con orgullo de propietario, como si no conocieran el nombre de la persona que trabaja con ellos.”
«…El cementerio judío de Rabat está custodiado por un bello gigante con bigote que dice haber nacido allí, pues su padre ya era guardián y sepulturero. En un aparte están las escasas tumbas de los bahaís, protegidas por un perro. Lindan con el vecino cementerio cristiano, donde yacen católicos, franceses, protestantes, españoles, italianos, ortodoxos y africanos, y algunos musulmanes que lucharon con Francia en las guerras mundiales. También está allí el panteón de Mobutu Sese Seko, que murió exiliado en Rabat.
A los musulmanes se los entierra con el cuerpo lavado y perfumado, envueltos desnudos en una mortaja blanca, en posición de cúbito lateral derecho, sin ataúd y con el rostro orientado en dirección a La Meca. El color del luto en el islam es el blanco y en la tierra de las tumbas se suele plantar arrayán.
Tras la conquista/caída de Granada, no volvió a haber una almacabra en tierras peninsulares hasta la Guerra Civil. Algunos de esos cementerios moros, abiertos durante la Guerra Civil y en desuso durante décadas, han acabado reconvertidos en cementerios musulmanes para servir de almacabras a la comunidad marroquí, como el de Griñón en Madrid, adonde he acudido alguna vez a acompañar a seres muy queridos…»