«UNA PUERTA PINTADA DE AZUL», DE SERGIO BARCE, SE PRESENTARÁ EN CASA ÁRABE, DE MADRID, EL 16 DE SEPTIEMBRE

Me ha llegado el enlace de Casa Árabe, de Madrid, que recomienda para este verano como lectura una serie de libros, entre los que incluyen mi libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal, 2020). Aquí tenéis el enlace donde podéis ver los títulos sugeridos:

https://www.casaarabe.es/eventos-arabes/show/recomendaciones-de-lecturas-para-el-verano-21

Aprovecho la ocasión para anunciaros que el día 16 de septiembre, en Casa Árabe, presentaré mi libro Una puerta pintada de azul, de la mano de Luisa Mora, Jefa de Servicio de la Biblioteca Islámica, y el día 17 firmaré ejemplares en la Feria del Libro de Madrid, en el stand de la Librería Balqis. Así que apuntad estas fechas en vuestras agendas. Hace mucho que no voy por los «madriles» y ya va siendo hora.

 

SERGIO BARCE Y LUISA MORA
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«DIARIOS» (TAGEBÜCHER), DE STEFAN ZWEIG

Acabo los Diarios (Tagebücher), de Stefan Zweig, que recopilan sus anotaciones personales de manera algo fragmentada entre septiembre de 1912 y junio de 1940, escritos durante sus estancias en París, Viena, Berna, Nueva York, Londres, Río de Janeiro… En ellos nos relata sus experiencias, sentimientos y pensamientos más íntimos con las dos mujeres con las que se casó (Friderike y Lotte), pero también con las que mantuvo breves encuentros, ya fuesen escarceos sexuales o eróticos o más personales; pero, sobre todo, profundiza en su trabajo creativo, en cómo se enfrentaba a su propia obra y a la obra de otros autores, y en las relaciones intelectuales y de amistad que mantuvo con los creadores de la época que le tocó vivir, como el músico Richard Strauss o los escritores Émile Verhaeren, Romain Rolland o Rainer María Rilke. Su admiración por Rolland es conmovedora.

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Su narrativa, en un aparentemente simple diario, se levanta con esa elegancia de la que siempre hace gala en sus obras, pulcra, perfecta, exacta. Baste como muestra lo que escribe la noche de su encuentro con Marcelle (su amante parisién):  

Sábado 29 de marzo de 2013  (…) Por la noche me reúno con Marcelle, que me cuenta muchas cosas de su vida, más oscura de lo que yo creía. Ha tenido una fuerza extraordinaria para salir adelante, aunque sin duda la bondad la ha frenado. Las concesiones que hizo a su brutal marido al divorciarse y el apoyo a la familia la consumen, a ella, que lo tiene todo, incluida una considerable soledad. El orgullo de las mujeres que se valen únicamente por sí mismas peligra a causa de la falta de un hogar, de eso se da cuenta, siente el vacío de su existencia, el agotamiento de ganar dinero para gastarlo repartiéndolo. Su sueño sería tener un hijo para comenzar de nuevo y consagrarse a él en cuerpo y alma. Con cuánta lucidez se da cuenta de todo, y cuánto coraje el de las personas que se abren camino solas en la vida. Y qué sana la confesión desacomplejada de su necesidad de tener un hijo: me inspiran un inmenso respeto las personas así. Vamos a un teatro de variedades para olvidar estos temas tan serios, y al terminar regresamos al hotel, donde por primera vez no tomamos ninguna precaución. Se estremece como si hubiera quedado embarazada, se inflama y jura estarlo, la idea la hace feliz, y también yo, curiosamente, me dejo arrastrar por la idea y el éxtasis. A la mañana siguiente, no obstante, me siento distanciado, pienso cuán lejos estoy y cuán atroz es para una mujer estar sola en esos instantes. Podría venir, perfectamente, en verano, dos semanas, y hacer otra visita en invierno, pero es muy poco tiempo para tanta distancia. Por ahora, debemos dejar que la cosa siga su curso, pero confieso que esta experiencia ha sido uno de los momentos más intensos de mi vida: el deseo consciente de un hijo, el resplandor de su cuerpo, de su ser entero, en el éxtasis de la entrega, la embriaguez de lo anhelado. Qué parecidos con ella y Friderike, qué figuras tan encantadoras y trascendentes me ha deparado el destino, para que, ante tal grandeza y consciente de su ductilidad, decida eludirlas (educadamente) en vez de abrazarlas con fuerza. Más tarde, por la noche, sopesaré el proyecto de mi novela corta en relación con las mezquindades que cometemos con las mujeres: por ejemplo, a causa de las miradas de dos cocottes miserables en un restaurante (voisin <vecino>), una mujer sencilla y abnegada (maïtresse servante) pierde valor a los ojos de un hombre que, pese a avergonzarse de ello, finalmente la defrauda…”

No se puede escribir mejor. Es como un capítulo de sus mejores novelas. Detallista, delicadamente certero.

Durante el transcurso de la Primera Guerra Mundial asistimos a su desarrollo casi día a día gracias a la visión de Zweig, que anota cuando sucede en la campaña bélica y en la vida diaria de los austríacos, sus conciudadanos, a los que no trata con demasiada deferencia. Curioso asistir a la evolución de sus sensaciones, de una reprimida euforia inicial hasta la toma de conciencia del horror y del absurdo de la guerra, que sin embargo ya presumía desde el comienzo. Es en esos instantes cuando Stefan Zweig se convierte casi en un visionario, adelantándose a los acontecimientos, adivinando lo que va a suceder meses antes, acertando en sus presunciones sobre la Europa que nacerá tras esa primera contienda. Esta experiencia le servirá para advertir a todos de que la ascensión de Hitler años después será el acontecimiento histórico más devastador.

Pero, entre tanto dolor durante la Gran Guerra, también había instantes para desconectar de esa cruda realidad:

Viernes 4 de enero de 2018   Trabajo en los artículos, luego me reúno con Ehrenstein y otros, y por la noche vienen a verme Claire Studer e Ivan Goll. Después llega también Hochdorf, y a la reunión en la habitación de Cassirer con la señorita Si y todos los demás resulta estupenda. Estamos muy alegres, y algunos personajes nuevos, como la señora Dequist, de pelo rubio como el heno, dan al ambiente un cariz marcadamente erótico que produce un rejuvenecimiento general. Todos evitan ir demasiado lejos, aunque Kornhas no quita ojo a la señora Dequist, y Goll la emprende con Steinthal, de cuya esposa resulta ser el jefe. La situación es un auténtico caos: por suerte, soy de los que saben refrenar a tiempo ciertos impulsos y quedarse sólo con la mejor parte, la excitación.”

Stefan Zweig fue un trabajador incansable. Me sorprende comprobar cómo en aquellos años, el primer tercio del siglo XX, con los medios de comunicación existentes entonces, la fama de un escritor llegara a tantos rincones del mundo, como en Brasil, donde lo leían no sólo las capas altas de la sociedad sino también la clase media, lo que fue también una sorpresa para él. Algo que contrasta con el distanciamiento y casi ignorancia de su obra en Gran Bretaña, siempre tan concentrada en su propio ombligo.

Triste también el trato al que se vio sometido por la sociedad inglesa, que marginó a los alemanes residentes en el país por el solo hecho de su origen, aunque, como en el caso de Zweig (a quien se sumaba también su condición de judío), fuesen manifiestos enemigos del nazismo. La mezquindad humana pocas veces ha estado tan bien retratada como en estos diarios.

Jueves 13 de junio de 1940   París está sentenciada: en pocos días asistiremos a uno de los reveses más atroces de la historia. No puedo evitar preguntarme qué sentido tiene seguir pensando. Esta guerra se está librando en nombre de un principio sobre el que se basa nuestra existencia, pero si este principio se desmorona también lo hará el mundo que conocemos. De modo que ya no sé para qué ni dónde viviré. La vida tan sólo sería una huida incesante, un mero intento de mantenerse a flote, y no se me ocurre un solo país donde establecerme a mi edad. He renunciado a muchas cosas sin esfuerzo, porque, afortunadamente, no conozco la vanidad, pero no soporto la desconfianza ni el rencor que me rodean, estoy definitivamente harto. Tener que agachar la cabeza, sentirse en falta, puede soportarse unas semanas, pero resulta intolerable como forma de vida. Nunca había sido tan pesimista, jamás había tenido tan pocas esperanzas como ahora, cuando el combate (perdido ya hace tiempo) es tan sólo una lucha desesperada, sin ninguna posibilidad de victoria. Noto crecer la desconfianza hacia nosotros día a día…”

Stefan Zweig se suicidó, junto a su esposa, en Brasil el 22 de febrero de 1942, decepcionado por la deriva de Europa, por las constantes victorias de la Alemania nazi, creyendo erróneamente que nunca serían vencidos. Sus libros siguen siendo un referente moral y ético, pero también de una excelsa calidad.

Sergio Barce, julio 2021

Diarios (Tagebücher), de Stefan Zweig ha sido publicado por Acantilado, con traducción del alemán de Teresa Ruiz Rosas.

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«WHEN YOU ARE SMILING»

Este es un poema del maestro Mario Bendetti. Él ha sido siempre una de mis referencias narrativas, en especial esa obra maestra que es su novela La tregua. Pero hoy, hoy traigo sus versos.

When you are smiling
ocurre que tu sonrisa es la sobreviviente
la estela que en ti dejó el futuro
la memoria del horror y la esperanza
la huella de tus pasos en el mar
el sabor de la piel y su tristeza.
When you are smiling
the whole world
que también vela por su amargura
smiles whith you.

 

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JOHN CARNEY, «ONCE» & «SING STREET»

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John Carney es un director de cine irlandés, y en su filmografía tiene dos películas muy similares: Once (2007) y Sing Street (2016). Separan a las dos cintas nueve años y una mayor experiencia, que se nota en la forma de rodar y abordar el guión. Pero guardan tantas similitudes que es fácil identificar a su autor. No son obras maestras, pero son tan candorosas, humanas y cercanas que las ves con una ampla sonrisa. Historias sencillas rodadas con suma humildad. A veces, eso hace del cine algo especial y mágico. Las recomiendo simplemente porque no son películas ni grandilocuentes ni pretenciosas sino todo lo contrario, y porque tienen buena música y unos personajes entrañables.

Sergio Barce, julio 2021.

 

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«EL PAÍS DE LOS OTROS» (LE PAYS DES AUTRES), UNA NOVELA DE LEILA SLIMANI

El país de los otros (Le pays des autres), es la última novela de Leila Slimani. Libro poliédrico donde se dan cita muchos de los temas que tanto le interesan a la escritora rabatí: la situación de la mujer en Marruecos, su emancipación, las costumbres ancestrales arraigadas en la vida cotidiana, la violencia machista, la religión, la libertad sexual e individual… Y a estos asuntos añade nuevos condimentos a veces ya apuntados: las relaciones interraciales, las relaciones interreligiosas, los matrimonios mixtos, los hijos nacidos de matrimonios entre marroquíes y europeos, la lucha por la independencia, la lucha contra el colonialismo… Todo este cóctel da lugar a las contradicciones que Slimani plantea en su novela, ambientada en Méknes y sus alrededores a finales de los años cuarenta del pasado siglo hasta los albores de la independencia de Marruecos. Por un lado, esas contradicciones que enervan y atormentan a Amín, como las de tratar de ser moderno y a la vez tradicional, el haber sido soldado en un ejército extranjero para luchar en tierras lejanas y luego ver al país al que se ha servido como el opresor del propio, el decidir vivir con una pareja que ni es de su raza ni de su religión, el tener hijos que no son ni franceses ni marroquíes, la lucha interna por tratar de reprimir el machismo mamado desde la infancia, el desear ser un amante esposo y a la vez el dueño de su familia, el esfuerzo por querer ser respetado por los colonos franceses… Y, por otro, esas otras contradicciones que rebelan y enrabietan a Mathilde, como las de continuar siendo una mujer libre y alegre en una sociedad opresora y tradicional, el haber sido una mujer avanzada capaz de abandonar Alsacia para estar junto al hombre que ama, un marroquí del que apenas sabe aún nada, el decidir vivir con una pareja que ni es de su raza ni de su religión, el tener hijos que no son ni franceses ni marroquíes, la lucha interna por no verse suprimida y oprimida por el machismo que asoma en fogonazos en la actitud de su marido, el deseo de ser una amante esposa y a la vez dueña de su destino, la lucha permanente para ser respetada y aceptada por los colonizados marroquíes y por la familia de Amín…

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“…Con los ojos bajos y el velo tapándole hasta la nariz, se sentía desaparecer y no sabía en realidad qué pensar. Si bien el anonimato la protegía, incluso la fascinaba, era como un abismo en el que se hundía a su pesar, y le parecía que, con cada paso que daba, perdía cada vez más su nombre, su identidad, y que, al enmascarar su físico, enmascaraba una parte esencial de sí misma. Se convertía en una sombra, en un personaje familiar, pero sin nombre, sin sexo y sin edad. Las pocas veces que se había atrevido a hablar a Amín de la condición de las mujeres marroquíes, de Muilala que nunca salía de su casa, su marido había zanjado de golpe la conversación. <¿De qué te quejas? Tú eres una europea, nadie te prohíbe nada. Así que ocúpate de ti misma y deja a mi madre tranquila>.

Pero Mathilde insistía, pues no podía dominar el deseo de llevarle la contraria. Por la noche, a un Amín agotado por el trabajo en el campo, exhausto por las preocupaciones, le hablaba de Selma, de Aicha, de esas niñas cuyo destino aún no estaba trazado. <Selma tiene que estudiar>, afirmaba. Y si él no le contestaba nada, ella seguía. <Los tiempos han cambiado. Piensa también en tu hija. No me digas que tienes la intención de educarla como a una mujer sumisa>. Mathilde le citaba, entonces, en su árabe con acento alsaciano, las palabras que la princesa Lala Aicha había pronunciado en Tánger en 1947. Fue en honor de la hija del sultán Mohamed V por lo que ellos habían elegido el nombre de su primogénita, y a Mathilde le gustaba recordarlo. ¿Acaso no eran los propios nacionalistas los que asociaban el deseo de independencia a la necesidad de favorecer la emancipación de las mujeres? Cada vez eran más numerosas las que recibían una educación, abandonaban el jaique y se vestían con chilaba o con ropa europea. Él asentía con la cabeza, refunfuñaba, pero no prometía nada. Al caminar por el campo, recordaba esas conversaciones. <¿Quién querría a una pervertida?>, se decía a sí mismo, <Mathilde no entiende nada>. Pensaba entonces en su madre, que se había pasado la vida encerrada. De pequeña, a Muilala no se le permitía ir al colegio con sus hermanos varones. Luego, Sidi Kadur, su difunto marido, construyó la casa en la medina. Había hecho una concesión a las costumbres, abriendo una única ventana en el muro del piso de arriba, cuyos postigos estaban siempre cerrados, y a la que Muilala le estaba prohibido acercarse. La modernidad de Kadur, que besaba la mano a las francesas y se permitía el capricho de frecuentar a alguna prostituta judía del barrio de El Mers, se acababa en cuanto se trataba de la reputación de su esposa. De pequeño, Amín había visto a su madre espiar por los intersticios los movimientos de la calle y poner el dedo índice sobre sus labios para sellar entre ellos ese secreto.

Para Muilala, el mundo estaba atravesado por unas fronteras infranqueables. Entre hombres y mujeres, entre musulmanes, judíos y cristianos, y ella estaba convencida de que, para entenderse bien, más valía no cruzarlas. La paz se conseguía si cada cual se quedaba en su sitio. A los judíos del mellah les encargaba la reparación de los anafres, la confección de los canastos, y a una costurera delgada y con las mejillas cubiertas de vello, los artículos de mercería indispensables para el hogar. Nunca conoció a los amigos europeos de Kadur que alardeaba de moderno y al que le gustaba vestir levitas y pantalones de pinzas. Y no hizo ninguna pregunta la mañana en la que, limpiando el salón privado de su esposo, descubrió en las copas y en las colillas de los cigarros unas huellas de carmín con la forma de unos labios…”

La novela mantiene el pulso de principio a fin, y el ambiente de violencia y opresión que supusieron los últimos años del dominio francés en el sur de Marruecos está perfectamente logrado. El retrato de la familia protagonista es como una gran fotografía de unos seres arrastrados por las circunstancias. Y es el amor que se profesan Mathilde y Amín el que es capaz de sortear cuantos obstáculos se van presentando en el camino. Hay muchas concesiones por ambas partes, pero me temo que es Mathilde la que cede más y la que, al final, es absorbida y la que acepta con resignación casi heroica el futuro que le espera.

“…Amín arrancó y condujo despacio para atravesar la nube de humo que se había formado. Llegó ante las verjas del parque y bajó apresuradamente del coche, dejando la puerta abierta tras él. De lejos, vio a su hermano y a su hijo jugando. Era como si los disturbios que se habían producido a unos cuantos metros de allí hubieran ocurrido en otro país. El Jardín de las Sultanas estaba tranquilo y silencioso. Un hombre, sentado en un banco, tenía a sus pies una jaula grande con los barrotes oxidados. Amín se acercó y vio en su interior un mono flaco de pelaje grisáceo, cuyas patas pisoteaban sus propios excrementos. Se agachó para ver mejor al animal que se giró hacia él, abrió la boca y le enseñó los dientes. Silbaba y escupía, y él no habría sabido decir si el mono reía o lo estaba amenazando.

Amín llamó a su hijo que corrió hacia sus brazos. No quería hablar con su hermano, no tenía tiempo para explicaciones o reproches y regresó al coche, dejando a Omar de pie en medio del césped. En el camino de vuelta a la finca, unos policías habían instalado un control de carretera. Aicha se quedó mirando la larga barrera de pinchos colocada en el suelo y se imaginó el ruido que harían los neumáticos al estallar. Uno de los gendarmes le dio el alto. Se acercó, se quitó las gafas de sol y escudriñó los rostros de los ocupantes. Aicha lo miró con una curiosidad que desconcertó al funcionario. Parecía no entender nada sobre esa familia que tenía delante y que tranquilamente lo observaba en silencio. Mathilde se preguntaba qué historia se estaría imaginando. ¿Se creería que Amín era el chófer? ¿Que ella era la esposa de un rico colono que aquel criado estaba encargado de acompañar? Pero el policía parecía indiferente al destino de los adultos y quienes llamaban su atención eran los niños: las manos de Aicha que rodeaban el pecho de su hermanito como para protegerlo. Mathilde bajó despacio su ventanilla y sonrió al joven agente.

<Se va a decretar el toque de queda. Váyanse a casa. ¡Venga!> El policía dio una palmada al capó y Amín arrancó…”

Hay otros personajes interesantes en esta historia: Omar, Mercier, Murad, Dragan, Selma, Corinne, Aicha… Pero son los protagonistas, Mathilde y Amín, los que llevan el peso del relato.

Cuando acabo el libro, me queda un regusto amargo en la boca, tal vez porque el final es un tanto desalentador, como si la reacción de la pequeña Aicha no sea más que el pesimista anuncio del mundo que se avecina, deshumanizado y cainita, que no es mucho mejor del que contempla, como si no existiera la esperanza para nuestra redención.

El país de los otros ha sido publicado por Cabaret Voltaire, con una primorosa traducción de mi querida y admirada Malika Embarek López.

Sergio Barce, julio 2021

LEILA SLIMANI – foto de la Fundación Tres Culturas
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