
“(…) Dicen que aquel día hacía mucho calor, que la abuela no se había encontrado demasiado bien y que se tenían que lavar y extender los granos de trigo tiernos para hacer los cereales tostados que se comían por la mañana. Al oír que su madre y su esposa hablaban, Mimoun había dicho yo no quiero que hagas ese tipo de labores del campo, y aún menos en la parte trasera de la casa, que lo hagan las niñas.
Las niñas pusieron en remojo el cereal después de desprenderlo del tallo y fueron a recoger la ropa tendida cerca del río. Puede que se hubieran encontrado con alguna amiga con quien chismorrear porque aún no habían regresado.
Quizá madre dijera, lalla?, hace ya mucho que el trigo está en remojo, voy a escurrirlo y a extenderlo antes de que se estropee, y salió por la puerta principal.
Movía la mano sobre los verdes granos para que no quedase ninguno encima del otro y de vez en cuando retiraba alguna piedra minúscula con el pulgar y el índice y la lanzaba hacia atrás, por encima de los hombros. En ello estaba cuando oyó a Mimoun detrás de ella diciendo: pero, ¿yo qué te había dicho? ¿Qué te había dicho? ¿Es que mi palabra no vale para nada? Y madre ya tenía la cara sobre el trigo y él había agarrado la pieza de hierro que utilizaban para moler las especias y se sentaba encima de ella golpeándole las piernas. Madre no sabía gritar, y gritar la hubiera ayudado. Mimoun le pegaba cada vez más fuerte al ver que no le hacía daño. Cuanto más callaba ella, las lágrimas rodándole por el rostro, más rabia sentía él. Si tan sólo hubiera gritado un poco, él se habría sentido vencedor. Y si hubiera gritado, la abuela no habría tardado tanto en llegar hasta allí y en sacarle de encima a Mimoun. ¿Por qué no me llamabas, bendita? No entendía que aquella mujer aguantara los golpes en silencio y Mimoun no paraba de repetir que le tenía que hacer caso en todo lo que le dijera, en todo.
Madre se pasó no se sabe cuántos días con las piernas tan llenas de moratones que no podía ni caminar, ya ni se acuerda. Cuando me cuenta esta historia, yo siempre se las repaso con atención, para comprobar si todavía le queda alguna marca.”
“(…) Hay ocasiones en la vida en las que no sabes si lo que te dicen es en serio o es medio en broma. Yo no sé si ya podía saber qué era lo que debía hacer o si me tomé su advertencia como uno de esos no hagas esto que él después se olvida y no te dice nada más hasta que se vuelve a acordar, o es simplemente que mi espíritu de rebeldía se manifestaba en las situaciones más inesperadas.
Yo no había pensado hacer ninguna revolución musulmana, pero padre no podía decir en serio eso del pañuelo. Su madre lo había llevado, su esposa, sus hermanas. No podía ser una amenaza real.
Madre me hizo ir a casa de Soumisha a buscar algo y yo me puse el pañuelo, pensando que en una distancia tan corta no habría problemas si a padre no le parecía bien. Pareces un ángel, me había dicho ella, seguro que entrarás en el cielo directamente, por la puerta grande. Y yo regresaba contenta hacia casa cuando lo divisé en lo alto de la escalera, dos pisos en aquella época, besuqueando a mi hermano pequeño para despedirse de él. Nuestros ojos se encontraron y en aquel preciso instante supe que no debería haberme puesto el pañuelo. Un instante ínfimo y yo ya corría escaleras abajo, que no sé cómo no me caí. Él no decía nada, pero yo lo presentía detrás y cuando dijo para, para o aún será peor, yo no sé si corrí o me detuve, pero me recuerdo en tierra, amorrada a la alcantarilla y él dándome puntapiés sin parar. No recuerdo los golpes, no recuerdo si me dio en la cara, en el estómago. Recuerdo uno en la base de la columna con las botas de trabajar, ése sí que me dolió, y pensé que jamás me podrían hacer un daño como aquél. Y entonces miré a mi alrededor y vi a los clientes del bar de delante de casa con sus bebidas en la mano sin decir nada y a los que pasaban junto a mí que no decían nada y a los que nos conocían que tampoco decían nada y aquello era estar sola… (…)”

EL AGENTE DE CIPOL (The man from U.N.C.L.E.). En la serie de TV, a Napoleon Solo lo interpretaba Robert Vaughn, y a Illya Kuryakin, el actor David McCallum
Fragmento de mi relato Mamy Blue (página 148 del libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente)
Es curioso, pero asocio rápidamente Mamy Blue con Los invencibles de Némesis, y con Los intocables, El Santo, Misión: Imposible, Los vengadores, Jim West, El gran Chaparral… Blanco y negro también (en la pantalla de nuestro televisor, claro), pero un blanco y negro que era pura fantasía, acción, aventura, con bandas sonoras inolvidables, y con actores memorables e irrepetibles. Pero, por encima de todos, la asocio con Napoleón Solo e Illya Kuryakin, es decir, con El agente de Cipol. Y no me pregunten por qué. Me tiraba al suelo, bajo la mesa de madera del salón, y desde allí veía a mis héroes. Soñaba con ser Kuryakin. Me gustaba su nombre. Sonaba enigmático, a algo lejano. Illya Kuryakin bajo las órdenes de Alexander Waverly. Yo entonces tenía el cabello rubio y lacio, como Kuryakin. Por eso pensaba que podía ser él.
العرائش من دون الصيباري: (2013)
قضيت نهاية هذا الأسبوع في العرائش. وفي الطريق إلى الفندق، رأيت الواجهة الخارجية للمبنى القديم لمقهى «سنطرال»، نصف مغطات بإعلان عن تقديم كتاب لحسن الطريبق. لم يعد هناك المقهى ومنذ زمن بعيد. وكان هناك كرسي فارغ تخلي عنه بجانب الباب الكبير للبناية.
قضيت نهاية هذاالأسبوع في العرائش. كانت رحلة هروب قصيرة، ولكن كالعادة حافلا.
لما وصلت، مررت بمنزل الصيباري، وقدمت تعازي للعائلة. وقد مرت تسعة أيام على فقدانه. ابنته ماريا، استدعتني إلى الصعود إلى الصالون الذي كان عادة ما يستقبلني فيه والدها. جلسنا وطفقنا نتحدث عنه. كان أخ الصيباري بجانبها، صامتا، معبرا بحركات رأسه، كل مرة كنت أتحدث فيها إلى ماريا كم أننا سوف نفتقده.
حكت لي أنه توفي فجرا، وأن تلك الليلة، شرع الصيباري في قول أشياء من دون معنى، وكذلك كان يظهر عليه العياء. الحياة تثقله. تحدثنا عن تلك الأزمنة اللتي كان فيها مع جدي، وتلك اللتي كان فيها مع والداي، وبالأخص مع والدتي، ثم معي.
ماريا كانت تومئ برأسها، وكانت تهمس «بأعرف» لين وحلو.