
«…A Jacobi siempre le había gustado pararse para saludarlo porque admiraba sus ademanes elegantes y porque, para él, era un honor que los demás lo viesen hablar con el señor Beniflah. En realidad, pese a las reglas de cortesía, Jacobi sabía que era el mejor amigo de su padre y el hombre más espléndido que había conocido. Tenía guardados, como un tesoro, los días del Pessah, cuando cada año acudían invitados, junto a Mustapha Laabi y a Manuel Gallardo, a la casa del señor Beniflah. Era capaz aún de escuchar su voz modulada desde las escaleras.
-Y ahora, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen.
Era el momento, la señal esperada que indicaba que tanto su padre como Mustapha Laabi y Manuel Gallardo podían subir a la casa. Jacobi solía ir pegado a la pernera del pantalón de su padre, empujado por la curiosidad, profundamente emocionado. Y de esta forma tan ceremonial, entraban a la casa del señor Beniflah, donde la familia los recibía con los brazos abiertos y una bandeja de matzas.
-Cerrad la puerta, ya entraron.
Con estas palabras, el señor Beniflah les daba tanto la bienvenida como sellaba de manera solemne el ritual de esa celebración que congregaba cada año a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah, y a un cristiano y a un musulmán para sentarse juntos alrededor de la misma mesa y recordar la liberación del pueblo de Israel…»
«…La hierbabuena, el cilantro y la pimienta la compramos a la misma vieja a la que Mina solía acudir cuando necesitaba estos condimentos. La mujer apoyaba la espalda a la pared y, en cuclillas, protegida por el jaique y por un sombrero de paja con borlas azules, sobre una estera raída, ofrecía su parca mercancía. Pese a lo exiguo, Mina no encontraba otra hierbabuena de esa calidad y esa frescura. Le pagó y me dio la talega con las compras.
–Saha! –dijo la anciana tras besar las monedas, que escondió entre los pliegues de su chilaba.
El olor del cuero, el olor del tinte, el olor de la fruta y el olor del salitre. Había en el Zoco Chico una mixtura de voces que se enredaban con tales aromas, diferentes en su origen y en su intensidad. El olor de los mulos, el olor de los borriquillos, el olor de los camellos y el olor de sus excrementos aplastados contra el suelo. Todo era como un mosaico de pestilencias dulcificadas, amortiguadas, camufladas bajo otras fragancias más agradables. El olor del pachuli, el olor del sándalo, el olor del agua de rosas y el olor del agua de azahar. De pronto, una suave caricia de frescura, un soplido gélido que te hacía aspirar todo el aire que podías, hasta hinchar los pulmones. El olor del sudor, el olor de las especias, el olor de los perfumes y el olor de los dulces de dátiles y de almendras. Te alimentabas de puro olfateo, te mareabas y te reanimabas en una fracción de segundo con la reacción instintiva de los sentidos ante el jolgorio de tales encontronazos. Y luego, bajo la alcaicería milenaria, el olor del té resbalando por los objetos de cobre, de cristal, de oro y de plata, el olor de las joyas envejecidas, el olor de las pulseras, el olor de las ajorcas y el olor del índigo. Asombrados, mis escuálidos ocho años lo absorbían todo. Nunca más vería algo semejante. En ningún otro país habría de encontrar esa mescolanza, ese tiovivo incesante en el que los colores se engarzaban a los olores como humo embriagador. Todos los sentidos estaban atentos, hambrientos y vivos.»

1927: Foto construcción del bakalito de mi abuelo, Antonio Rosendo. Se llamaba TRES HERMANOS (que eran Antonio, Carmelo -al que mi tía siempre llamó el «millonario») y Manuel
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“Una de las criadas que vivían en la casa era esa María Cépalo que ya he nombrado. Una moza cariharta y de buenos brazos, muy salada, aunque a veces su humor se agriase y no siempre por razones del todo comprensibles. Cuando le pregunté de dónde era ese apellido de Cépalo, se echó a reír. Entre hipidos me dijo si no se lo había dicho la señora. Algo molesta le dije que no, no tenía por qué estar al cabo de todo lo de la servidumbre. Ella, ya más calmada me dijo lo siguiente. Que el apellido no era tal, sino mote o sobrenombre. Se lo habían puesto a raíz de un suceso que se hizo famoso; fue que se despidió de una antigua ama, muy altiva y hasta cruel, cuando un día le dio un bofetón y ella le replicó, delante del resto de la servidumbre:
–Cépalo vuesa merced que los criados no somos brutos insensibles al dolor, que si hasta una pobre bestia que come cebada siente los palos de su dueño, cuánto más no lo hará una criatura que come pan. Cépalo vuesa merced que de la misma hechura somos todos los seres humanos: almas en cuerpos que se ha de comer la tierra, y almas que han de sufrir condenación o subir a los cielos por lo que ellos mismos hagan con sus obras, que decir lo contrario a cosa de demonios luteranos suena…”
“-/…/ Creo-dije por darle un giro a la conversación- que el amor más puro, el más excelso es el de la persona que ama a un ausente. Ama y sus ojos no son regalados por la presencia del otro, ni por las palabras del otro. El aliento del otro no la roza y esa persona sigue amando a través solo del alma, con ayuda de la memoria sola.
-La memoria sola –repitió María-. Es un hermoso concepto.
Doña María dejó el bufetillo y fue a mirar por la ventana. Daba ésta a un patio pequeño en el que había algunas plantas de olor –flores no, que no era época, ni una triste violeta había brotado aún.
-¿Y cuál es la mayor ausencia? –se dijo volviéndose hacia mí.
-Pues la de irse a un país lejano. O a Flandes o a Milán, que tampoco están a tiro de piedra.
-Tan lejos no están. Yo he vivido en Nápoles, y a Nápoles las gentes van y vienen casi como de aquí al Prado. Cuando la necesidad o el gusto aprietan, no hay distancias largas.
-¿Y los países de los finnos o el ducado de Moscovia o Novogrodia o Yugoria o Volotechia, Belchia, Udoria u Obdoria?
Ella sonreía, negando:
-Más lejos aún.
-¿Más que las Indias Occidentales?
-Sí, más.
-¿Aún en Terra Nova y tierra de Bacallaos?
-También.
-¿Y el polo Antártico, que dicen han pisado ya?
Me sentía como una niña dando la lección.
-Pues la isla de Trapobana, en las Indias Orientales, o las islas dedicadas al rey Felipe, las Filipinas, de donde vienen tan ricos bordados…
Doña María seguía negando con la cabeza y con los ojos, que se reían, también:
-El sitio más lejano, del que apenas sabemos, porque no hay quien haya vuelto y nos dé cuenta de él.
Entonces comprendí:
-Excepto Nuestro Señor Jesucristo, que de allí volvió al tercer día…
-Exacto, querida Ana.
-Luego el lugar es el otro mundo. Y la mayor fineza es amar a una persona muerta, a alguien que ya no nos puede amar de ninguna de las maneras, pues no ha de volver jamás.
/…/
Amar a una mujer. Amar a una mujer ya muerta. Ésa era la solución al enigma propuesto por doña María. Amar a una mujer muerta. Sobra decir que no me gustó un pelo esta salida. Sentí, si no miedo, algún pariente de esta emoción: una cierta alarma, un pequeño sobrecogimiento, un sobresalto diminuto.”
“Una de esas bazas de que disponen las mujeres –y a veces la única- es la belleza. Es un poder que ellas tienen, mas prestado poder es que, siendo tan efímero, sólo les sirve en el tiempo en el que su hermosura está en pleno esplendor, acompañándose de su estado de doncella y aún de cierta novedad, pues pronto se hartan los hombres de las mujeres muy vistas y muy paseadas por todos lados, con la típica hipocresía de quien trota y anda por donde le viene en gana –digo los hombres- y de las mujeres, ya se sabe ese odioso refrán de la pierna quebrada y ese otro del buen paño que en arca se vende.
Y esa belleza, siendo poder, es arma de doble filo, pues a veces irrita y ofende. Ofende a las mujeres que no tienen esa riqueza –que corporal es, pero riqueza al fin y al cabo- y no tienen tampoco el suficiente entendimiento para comprender que los dones los dispone Dios a través de su Divina Providencia…
/…/ E irrita la belleza, y sobremanera, a quien no puede tomar posesión de ella. Tantos galanes enamorados hay que adoran, reverencian, idolatran a una dama hasta que descubren que su belleza no será suya de ninguna de las maneras,; que, en contra de la común opinión, no se muestra voluble sino tozuda en grado extremo y decidida a no otorgarle sus favores. Y se vuelven entonces contra ella y la infaman y denigran y procuran hacerle todo mal, hasta rebajan esa belleza que consideraban celestial, arrastrándola por los suelos y emporcándola de la manera más sucia posible…”