José Luís Ibáñez, editor y escritor, me ha pedido un relato para su web de Punto de Vista Editores, y he escrito Perdido en la playa, que se acompaña con una bella fotografía de Olga Martínez.
Podéis leer el relato en el siguiente enlace a la web de Punto de Vista Editores:
«…A Jacobi siempre le había gustado pararse para saludarlo porque admiraba sus ademanes elegantes y porque, para él, era un honor que los demás lo viesen hablar con el señor Beniflah. En realidad, pese a las reglas de cortesía, Jacobi sabía que era el mejor amigo de su padre y el hombre más espléndido que había conocido. Tenía guardados, como un tesoro, los días del Pessah, cuando cada año acudían invitados, junto a Mustapha Laabi y a Manuel Gallardo, a la casa del señor Beniflah. Era capaz aún de escuchar su voz modulada desde las escaleras.
-Y ahora, todos los que quieran pasar, que entren. Todos los que deseen comer, que pasen.
Era el momento, la señal esperada que indicaba que tanto su padre como Mustapha Laabi y Manuel Gallardo podían subir a la casa. Jacobi solía ir pegado a la pernera del pantalón de su padre, empujado por la curiosidad, profundamente emocionado. Y de esta forma tan ceremonial, entraban a la casa del señor Beniflah, donde la familia los recibía con los brazos abiertos y una bandeja de matzas.
-Cerrad la puerta, ya entraron.
Con estas palabras, el señor Beniflah les daba tanto la bienvenida como sellaba de manera solemne el ritual de esa celebración que congregaba cada año a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah, y a un cristiano y a un musulmán para sentarse juntos alrededor de la misma mesa y recordar la liberación del pueblo de Israel…»
Éste es un fragmento del relato titulado Al otro lado del estrecho, que forma parte de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente (Ed. del Genal – Málaga, 2015) que podéis encontrar en cualquier librería del país, sólo con pedirlo vuestro librero lo recibirá en un par de días.
Y el siguiente fragmento pertenece al relato, incluido también en este libro, Mina, la negra.
«…La hierbabuena, el cilantro y la pimienta la compramos a la misma vieja a la que Mina solía acudir cuando necesitaba estos condimentos. La mujer apoyaba la espalda a la pared y, en cuclillas, protegida por el jaique y por un sombrero de paja con borlas azules, sobre una estera raída, ofrecía su parca mercancía. Pese a lo exiguo, Mina no encontraba otra hierbabuena de esa calidad y esa frescura. Le pagó y me dio la talega con las compras.
–Saha! –dijo la anciana tras besar las monedas, que escondió entre los pliegues de su chilaba.
El olor del cuero, el olor del tinte, el olor de la fruta y el olor del salitre. Había en el Zoco Chico una mixtura de voces que se enredaban con tales aromas, diferentes en su origen y en su intensidad. El olor de los mulos, el olor de los borriquillos, el olor de los camellos y el olor de sus excrementos aplastados contra el suelo. Todo era como un mosaico de pestilencias dulcificadas, amortiguadas, camufladas bajo otras fragancias más agradables. El olor del pachuli, el olor del sándalo, el olor del agua de rosas y el olor del agua de azahar. De pronto, una suave caricia de frescura, un soplido gélido que te hacía aspirar todo el aire que podías, hasta hinchar los pulmones. El olor del sudor, el olor de las especias, el olor de los perfumes y el olor de los dulces de dátiles y de almendras. Te alimentabas de puro olfateo, te mareabas y te reanimabas en una fracción de segundo con la reacción instintiva de los sentidos ante el jolgorio de tales encontronazos. Y luego, bajo la alcaicería milenaria, el olor del té resbalando por los objetos de cobre, de cristal, de oro y de plata, el olor de las joyas envejecidas, el olor de las pulseras, el olor de las ajorcas y el olor del índigo. Asombrados, mis escuálidos ocho años lo absorbían todo. Nunca más vería algo semejante. En ningún otro país habría de encontrar esa mescolanza, ese tiovivo incesante en el que los colores se engarzaban a los olores como humo embriagador. Todos los sentidos estaban atentos, hambrientos y vivos.»
LARACHE – foto de Achraf Etaaqafy – imagen incluida en esta nueva edición del libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente
Dice el escritor José Garriga Vela de Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente:
Sergio Barce pertenece a ese tipo de escritores capaces de encerrar un mundo en una frase, igual que encierra el mar en la jaula mágica de una caracola. Me he sentido un privilegiado al pasear con él por Larache, andar y desandar hasta encontrarnos con los recuerdos, la fantasía, los seres queridos presentes y los queridos ausentes; toda la fuerza del sedimento que van dejando los sueños. Sergio ha tocado mi fibra sensible: el pasado que vuelve. Los fantasmas que regresan para instalarse felices en el castillo imborrable de la memoria. La memoria, la única capaz de expulsar la muerte. Hablo de la complicidad que me une a Sergio, detalles ínfimos que me estremece recordar, como el silbido de su padre al llegar por la tarde a casa que es el mismo silbido de mi padre al volver del trabajo por las tardes. Y los gusanos de seda que su madre le llevaba en una caja de cartón con hojas de morera son los mismos que traía mi madre. Recuerdos de seda que vencen el olvido. Sergio iba al cine Ideal de Larache y yo al cine Emporio de Barcelona. Larache, Barcelona, Málaga, qué más da, cuando se apaga la luz en la salas de cine los dos estamos en el mismo lugar de la película. Los lugares de la memoria y la fantasía que mencionaba antes. “¡Cuántas películas habrás visto!”, le preguntó alguien una vez al hombre del carrillo con chucherías y frutos secos que se instalaba todas las tardes delante del cine Ideal. Y el hombre del carrillo dice Sergio que se quedó pensando un buen rato, hasta que respondió en silencio: “El cine que conozco lo he visto a través de los ojos de los niños”. Quizá así contemplamos nosotros las películas del pasado, a través de los ojos del niño que fuimos y que nunca nos abandona.
Y José Luís Ibáñez Salas, también escritor y editor, escribe:
‘Larachensemente’, hecho a la manera de Larache, llevado a cabo según la centenaria tradición de forja de conciencias que fue a lo largo de los siglos la atlántica y norteafricana ciudad de Larache. Eso quiere decir ‘larachensemente’. Y ese es el subtítulo de un libro de relatos verdaderamente único, conmovedor y cercano, demasiado cercano, tan cercano que parece imposible que uno no haya estado jamás en África, en el África más próxima, y sin embargo tenga la sensación al leer este conjunto de cuentos de Sergio Barce de que su vida estuvo allí, su pasado y buena parte de sus recuerdos, porque sólo los grandes escritores logran compartir verdaderamente su memoria con sus lectores a través del arte que destila ese oficio suyo de narradores.
Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, acaba de ser reeditado por Ediciones del Genal. Con traducción al árabe y al francés del relato que cierra el libro Larache, sin Sibari. Una edición muy cuidada y llena de nostalgia.
Puedes conseguir tu ejemplar fácilmente a través de tu librería habitual.
Ya se ha puesto a la venta la segunda edición de mi libro de relatos Paseando por el Zoco Chico.Larachensemente.
Dado que este libro, lanzado por Ediciciones Jam/Generación Bibliocafé (Valencia, 2014), tuvo una muy buena acogida y excelentes críticas, ahora Ediciones del Genal (Málaga, 2015) ha decidido reeditarlo.
En esta segunda edición, se han incorporado unas pequeñas pero hermosas novedades: una fotografía interior en blanco y negro de Larache, obra del fotógrafo larachense Achraf Etaaqafy, y, cerrando el volumen, la traducción al árabe y al francés del relato que cierra este libro, Larache, sin Sibari. Las traducciones han estado coordinadas por Rajae Boumediane el Metni, traductora habitual para Cabaret Voltaire de las novelas de Mohamed Chukri, que ha contado con la colaboración del profesor Messari Hamza para la traducción al árabe, y de Nabila Boumediane y Fidele Podga Dikam para la traducción al francés.
Para esta edición, revisada por Nuria Ogalla, se ha respetado escrupulosamente la maqueta y el diseño originales de Mauro Guillén así como la maravillosa fotografía de la portada, obra de la fotógrafa larachense Gabriela Grech.
Sin duda, una nueva edición de lujo que ahora tenéis la oportunidad de conseguir fácilmente a través de vuestra librería habitual.
El poeta José Sarria ha escrito acerca de Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente: <Un libro que sintetiza, a la perfección, el verso del poeta granadino Fernando Valverde: “Podéis mirar el mundo –o mi mundo- a través de mi llanto”. Sergio ha cerrado el círculo, el lugar en el que se concita el dolor humano de los expulsados, desde la recreación de la narrativa del recuerdo y del naufragio por lo que contemplan sus ojos, optando por construir, desde un acendrado intimismo, un texto épico, heroico y solidario en el que todos los recuerdos, la experiencia vivida y el acontecer del pasado se engarzan como un magma lírico para constituir al relato, desde la memoria universalizada, no como fragmento de la vida del autor, antes bien como realidad transfigurada>.
Ya que hablaba en el anterior post de Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, es curioso que acaba de estrenarse la película de Guy Ritchie: Operación U.N.C.L.E. (The man from U.N.C.L.E.).
Es una versión moderna de la serie de TV El agente de CIPOL, que menciono en el relato titulado Mamy Blue, que forma parte de Paseando por el Zoco Chico…
Y en mi relato hablo de sus protagonistas: Napoleón Solo e Illya Kuryakin. Yo quería ser de pequeño Illya Kuryakin… Así que he ido al estreno de la película que, sin ser una obra maestra, es muy entretenida y divertida, una película de acción que recupera el espíritu de aquella serie mítica.
Todo rezuma aires de los sesenta. Y uno de sus aciertos es su banda sonora, magistral. Aquí tenéis una muestra, con la voz de Roberta Flack…
Los títulos de crédito del film los cierra Nina Simone.
Sergio Barce, agosto 2015
EL AGENTE DE CIPOL (The man from U.N.C.L.E.). En la serie de TV, a Napoleon Solo lo interpretaba Robert Vaughn, y a Illya Kuryakin, el actor David McCallum
Fragmento de mi relato Mamy Blue (página 148 del libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente)
Es curioso, pero asocio rápidamente Mamy Blue con Los invencibles de Némesis, y con Los intocables, El Santo, Misión: Imposible, Los vengadores, Jim West, El gran Chaparral… Blanco y negro también (en la pantalla de nuestro televisor, claro), pero un blanco y negro que era pura fantasía, acción, aventura, con bandas sonoras inolvidables, y con actores memorables e irrepetibles. Pero, por encima de todos, la asocio con Napoleón Solo e Illya Kuryakin, es decir, con El agente de Cipol. Y no me pregunten por qué. Me tiraba al suelo, bajo la mesa de madera del salón, y desde allí veía a mis héroes. Soñaba con ser Kuryakin. Me gustaba su nombre. Sonaba enigmático, a algo lejano. Illya Kuryakin bajo las órdenes de Alexander Waverly. Yo entonces tenía el cabello rubio y lacio, como Kuryakin. Por eso pensaba que podía ser él.