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LOS LIBROS DE SARA MESA

Esta mañana llegó un pequeño paquete a mi despacho. La remitente era Sara Mesa. Nos habíamos conocido en la entrega del premio de la Crítica, en Granada. Apenas tuvimos tiempo de hablar como a mí me hubiera gustado hacerlo, pero cuando hay tanta gente alrededor es difícil encontrar el momento oportuno. Ahora lo lamento. Y, sin embargo, al abrir el paquete me encuentro dos novelas de Sara: Cara de pan y Un amor. Publicadas por Anagrama. Ambas dedicadas, junto a una preciosa postal con el retrato de Scott Fitzgerald, en cuyo reverso me escribe unas líneas llenas de calidez. Me quedo observando los libros, el sobre ya vacío y sus palabras escritas a mano. Tiene una letra agradable, entre juvenil y expresionista. Y pienso que es un detalle que dice mucho de la persona. Ahora he de hacerle llegar mi gratitud. Y se me ocurrió hacerlo contando la belleza de su gesto.

Sergio Barce, 14 de noviembre de 2023

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 17 – DE LA ALHAMBRA A LENINGRADO PASANDO POR PERSÉPOLIS

Asisto a la presentación del libro La Andalucía de Miguel Hernández, una antología seleccionada y comentada por Juan José Téllez. Todo un lujo escuchar a Juanjo, su lucidez, sus rápidas y acertadas réplicas, aprehender su compromiso humanista. Me gusta el ritmo con el que nos regala sus impresiones sobre el poeta de Orihuela y cómo salpica de anécdotas cada episodio que nos descubre de su vida y de su poesía. Hay un extraño y vivificante aire de libertad en la sala mientras lo hace, como si hubiésemos dejado el aire envenenado e irrespirable del resto del mundo en el exterior. Qué terapéutico es volver a Miguel Hernández: 

Tengo estos huesos hechos a las penas

y a las cavilaciones estas sienes:

pena que vas, cavilación que vienes

como el mar de la playa a las arenas.

Como el mar de la playa a las arenas,

voy en este naufragio de vaivenes

por una noche oscura de sartenes

redondas, pobres, tristes y morenas.

Nadie me salvará de este naufragio

si no es tu amor, la tabla que procuro,

si no es tu voz, el norte que pretendo.

Eludiendo por eso el mal presagio

de que ni en ti siquiera habré seguro,

voy entre pena y pena sonriendo.   

El pasado jueves, 26 de octubre, recogí el premio de la Crítica de Andalucía al mejor libro de relatos por El mirador de los perezosos. Un acto cargado de buenas vibraciones. Allí tuve la suerte de conocer a Ángeles Mora, ganadora en la categoría de poesía por Soñar con bicicletas, y a Sara Mesa, premiada por su novela La familia, que yo había leído semanas antes; un libro que navega entre las oscuras sombras de los secretos familiares, un libro que transmite un permanente desasosiego y que vuelve de regreso días después de acabado. Escribe Sara Mesa:

Padre acusaba a madre de ser demasiado blanda con Damián. Cuanto más blanda, decía, más blandura, fíjate qué carnes para la edad que tiene. Madre lo defendía, aunque sin traspasar ciertas fronteras. Era curioso: había abandonado al niño de bebé debido a una depresión nunca diagnosticada, se pasó los primeros años de su vida sin apenas mirarlo, y ahora que estaba en plena adolescencia, se volcaba más en él que en los otros, achuchándolo o dándole golosinas a escondidas. ¿No era, después de todo, quien más la necesitaba? Con seis años menos que Damián. Aquí, el pequeño, parecía seis años mayor: voluntarioso, independiente, irresponsable pero dispuesto a afrontar él solito las consecuencias de su irresponsabilidad y, para colmo, dotado del arbitrario toque del encanto. En cuanto a las niñas, se criaban solas, por así decirlo, y más desde que había llegado Martina, con sus secretos de niñas en los que era mejor no meterse. Ella intuía que había algo físico en Damián que ponía de los nervios a Padre, algo que iba más allá de la gordura. Era la piel tan blanca -como cruda-, la redondez de los ojos azules, ¡las pecas! -que nadie más tenía-, los andares de cerdito y la torpeza de las manos, que no agarraban con fuerza…”   

La familia, de Sara Mesa, ha sido editada por Anagrama. Ángeles Mora estaba especialmente nerviosa, pese a ser una poeta laureada y reconocida en todo el país. La emoción la embargaba. Sus palabras, sus recuerdos, nos aclararon el motivo de esa dicha. Escribe Ángeles Mora:

Buscar la luz,
no mirar por los rotos
donde el rencor oculta
su negrura infinita.

Yo, que no tuve bicicleta,
soñé con bicicletas
y lloré al despertar.

La huella de aquel sueño,
Me ayudará a cruzar
con esperanza
caminos prohibidos.

Soñar con bicicletas ha sido publicada por Tusquets Editores.

Ha sido un regalo haber conocido a estas dos escritoras al fin, y aparecer junto a sus nombres en esta edición del Premio Andalucía de la Crítica.

Tal y como manifesté al recoger el galardón por mi libro de relatos, es insólito y casi un milagro que mi libro haya llegado hasta ahí habiendo sido publicado por una pequeña editorial malagueña como es Ediciones del Genal. Por eso me enorgullece que el jurado se haya fijado en mi obra y que la haya considerado merecedora del premio. Creo que la baraka y los yinns tanyauis han tenido algo que ver con todo esto.

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SERGIO BARCE, ÁNGELES MORA Y SARA MESA

Hace unas semanas, leí la biografía de Anna Ajmátova que ha escrito Eduardo Jordá para Zut Ediciones. Narrada en primera persona, como si fuese la propia poeta rusa quien se autobiografiara, una historia que es a un tiempo conmovedora, dolorosa y heroica. Sería una rara avis en los años que vivimos, porque escritores que defiendan sus principios como hizo Ajmátova ya suelen ser casos aislados. La represión física, moral y creativa, la censura demoledora que padeció en su obra, y que sufrió durante su larga vida, fue atroz e injusta. Leemos en este libro el siguiente episodio en la vida de Anna Ajmátova:

“…A pesar de la partida de (Isaiah) Berlin, el año empezó bien. Firmé un contrato para una nueva antología de poemas y me invitaron a recitar mis poemas en el Salón de las Columnas de Moscú. Aplausos, gritos, ramos de flores lanzados al escenario. Después leí en el Bolshói de Leningrado. Hubo los mismos aplausos y los mismos ramos de flores lanzados al escenario. Pero Nadia Mandelstam, que había venido a pasar unos días conmigo, notó que nos hacían una foto con flash cuando entrábamos de noche en la Casa de la Fontanka. Yo no le di importancia. <Es solo magnesio>, le dije. Pero luego llegó el verano, y luego llegó el mes de agosto. Y justamente había acabado de comprar mi ración de arenques cuando me encontré al escritor Zóschenko por la calle. <Anna Andreiévna, ¿qué vamos a hacer ahora?>, me preguntó muy agitado. Yo no sabía de qué me hablaba. <Todo irá bien, no te preocupes>, le contesté, porque me dolió ver a Zóschenko, que siempre estaba de buen humor, tan apagado y tan nervioso. Pero luego, al llegar a la Fontanka, me enteré de lo que había pasado. El Comité Central del Partido Comunista había aprobado una resolución que nos condenaba a Zóschenko y a mí por nuestra estética decadente y burguesa. En la resolución se reproducían las palabras del camarada Zhdánov -era al que mi hijo había intentado matar según los delirios de nuestros chequistas-, quien aseguraba que mi poesía era obra de una <medio puta y medio monja>, o más bien de <una monja que era a la vez una puta y que alternaba la fornicación con las plegarias>. Todo lo que yo había escrito era la obra de <una dama medio loca de la aristocracia que se pasaba la vida correteando entre los encuentros amorosos y las capillas>. Me gustaría saber cuánto le pagaron al pervertido que escribió estas frases para el camarada Zhdánov, aunque ahora imagino que no le pagaron nada y que las escribió por puro deseo de lamer las botas de los poderosos y conseguir un piso mejor o un coche nuevo…”

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Una mujer y poeta admirable Anna Ajmátova, un alma rebelde, como tantas otras escritoras silenciadas. Ella que escribió: 

Soy vuestra voz, calor de vuestro aliento,
El reflejo de todos vuestros rostros,
Es inútil el batir del ala inútil:
Estaré con vosotros hasta el mismo final. 

Y por eso me amáis ávidamente,
Con todos mis pecados y flaquezas,
Y por eso me entregasteis sin mirar
Al mejor de todos vuestros hijos,
Y por eso no me preguntasteis
Por ese hijo ni una sola vez,
Y llenasteis con el humo de alabanzas
Mi casa ya vacía para siempre.
Y dicen que más estrechamente ya no es posible unirse
Y que más irreversiblemente ya no se puede amar…
Como la sombra quiere separarse del cuerpo,
Como la carne quiere separarse del alma,
Así deseo yo que me olvidéis vosotros. 

(Para muchos, de Anna Ajmátova – Traducción de María Teresa León) 

Tan valiente como Anna Ajmátova me parece Marjane Satrapi, la creadora iraní de esa novela gráfica llena de hondura que es Persépolis, con traducción de Carlos Mayor, editada por Reservoir Books. Me ha parecido embaucadora y muy aleccionadora esta historia (habría que escribirla con mayúsculas) de Irán a través de la propia vida de la autora. Su lectura desvela y revela lo que es el Irán de hoy, un país retrógrado y radical que cercena la libertad de sus ciudadanos, especialmente de las mujeres, de una forma lacerante. Muy recomendable su lectura.

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Para acabar este corto recorrido por escritoras que han invadido agradablemente mi espacio literario, regreso a la Alhambra con la novela histórica de María Isabel Peral del Valle, titulada Dos hermanos en la corte de Muhammad el Zurdo, finalista del certamen de Novela Histórica Ciutat de Llíria – Francisco Gil de Moriana, en 2021.

Con una prosa rica y muy bien documentada, María Isabel Peral nos lleva hasta la Granada del siglo XV, para relatarnos los acontecimientos que cimentaron la caída y el fin de Al-Ándalus, las traiciones, las luchas intestinas, las venganzas y los intereses espurios que hundieron al reino granadino en una crisis de la que ya no pudo recuperarse. Interesantes los personajes reales creados por la autora. Leemos en esta novela:

Cuando al amanecer amainó, Abdul se asomó a la desolación de aquel desierto de agua. Nada se veía en el horizonte, solo una línea gris plomo sin principio ni fin que sobrecogía el alma. El Zurdo permaneció toda la noche escrutando la mar, pensó Abdul, abrumado por el peligro de la tormenta. Después le confesó que más temía entrar en las aguas del de Aragón, atracar en Mallorca y que allí les emboscaran. Decidió, no fiándose del cristiano, cambiar el rumbo. Ordenó arriar en Vera, puerto musulmán. Lope Alonso, que iba en la otra galeota, continuó hasta Cartagena para llevar a los cristianos los ricos presentes del sultán de Túnez.

Llegaron a Vera en otoño. El Abencerraje, caíd de la ciudad, hizo lo necesario para inclinar al pueblo a la causa de Muhammad. Cuando desembarcaron, los recibieron con gran algarabía. Los caídes de Iznalloz y Mojácar lo aclamaron emir.

Descansaron apenas dos días para reponerse de la resaca. Partieron hacia Almería, a cuyas puertas los recibió una embajada de sometimiento.

Zhar, las mujeres y los niños se alojaron en aquella ciudad blanca, a esperar la rendición de la Alhambra. El resto de hombres capaces de batallar marcharon hacia Granada. Se unieron por el camino canteros de Macael y Albánchez, que como arma llevaban sus picos y mazas de trabajar el mármol. También los habitantes de Alcudia la Roja, que llegaron con tinas de agua dulce que abundaba en sus propias casas. Más los sederos de la Calahorra, que les entregaron sus ahorros. Conforme avanzaban, se le iban uniendo ciudades como Málaga, Ronda y otras poblaciones más pequeñas.

El Zurdo envió embajadores a las cortes cristianas para solicitar reconocimiento. La respuesta fue que se mantendrían al margen hasta divisar qué bando obtenía la victoria.

Lo de siempre, pensó el Zurdo, esperan que los granadinos nos destruyamos en guerras internas

Dos hermanos en la corte de Muhammad el Zurdo, ha sido publicada por Edeta Editorial.

Sergio Barce, 5 de noviembre de 2023

  

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«EN EL CORAZÓN DEL ATLAS», UN POEMA DE SALVADOR LÓPEZ BECERRA

Ahora que nos atraviesa el dolor por la catástrofe acaecida en el Atlas marroquí a causa del terremoto, reproduzco este poema de mi amigo poeta Salvador López Becerra, poema que se incluye en Libro de los instantes (CEDMA, Málaga – 2022), que Salvador ha tenido la gentileza de regalarme, como homenaje a esas gentes humildes que tanto sufren y que tanto luchan por salir adelante.

«El infinito cabe en una hoja de papel (Lu-Chi) 

En el corazón del Atlas -acariciada por lo perfecto- se revela una casa de piedra. Las chimeneas están encendidas  y el humo en su libre vuelo dibuja -zigzagueante y en leve futilidad- graciosas y trenzadas nubecillas plateadas… ¡Oh esbozos, caprichos, contentos que en el espacio infinito dibuja el soplo del austro!

Llega el mediodía y suena el ángelus de Caccini. En el zaguán, bajo el emparrado cubierto de luminosidad, tres rostros -el de un hombre y dos niños- contemplan un eclipse y el fulgor de la luz en la antesala de la tarde; sonríen sin esfuerzo, son felices.»  

 

  

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 15 – LO ÚLTIMO DE BARNES Y McCARTHY

Las dos últimas novelas de Julian Barnes y de Cormac McCarthy me dejan un tanto indiferente, como si hubiera visitado a dos viejos amigos y los hubiera encontrado apáticos y sin ganas de recibir a nadie. No obstante, siempre hay algo positivo en lo que escriben, sin duda.

Elizabeth Finch (2022), de Barnes, es una obra de excelente factura mientras se centra en el personaje de la profesora Finch, y ahí reconozco la narrativa del escritor, que siempre he admirado, pero luego se transforma en un ensayo de tapadillo sobre el emperador Juliano el Apóstata. Así que, aunque me atrae el personaje histórico, ya está más que retratado por Gore Vidal, y volver a hacerlo es un ejercicio baldío que, en este caso, menoscaba el núcleo duro de la novela, el de alguien sumamente atrayente y atractiva como es la protagonista: Elizabeth Finch. No obstante, como decía antes, hay páginas que reflejan su indudable maestría.

Julian Barnes escribe:

“…¿Y en qué categoría entraba mi amor por EF (Elizabeth Finch)? Bueno, yo lo definiría como romántico estoico, eso sería lo apropiado. ¿Y la quise más que a alguna de mis esposas? Digámoslo así: una parte del amor consiste en que la persona a la que amas te sorprenda, aunque la conozcas a fondo y muy bien. Es una señal de que el amor sigue vivo. La inercia mata el amor; y no solo el amor sexual, sino todas las clases de amor. En mi experiencia, las <sorpresas> del amor conyugal, pasados los primeros años, resultan ser a veces simples rarezas; peor, la expresión de alguien no solo aburrida con su marido, sino también consigo misma; con la vida misma, de hecho. No llegué a entenderlo en el momento, claro está. Las sorpresas de EF eran de otra clase. Hay gente que prefiere los libros a la vida, que recelan de implicarse de un modo más profundo, más turbulento. No creo que yo sea así; pero es cierto que tal vez prefería amar a EF que amar a cualquier otra persona que haya conocido, antes o después. No quiero decir que la quisiera más -eso no sería plausible-, sino que la amé concienzudamente: a conciencia y totalmente…”

Dejarse seducir por la protagonista es un delicado placer.

El párrafo pertenece a la edición publicada por Anagrama (marzo, 2023), con traducción del inglés de Inga Pellisa.

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Cormac McCarthy es uno de mis autores de cabecera.

Posee una forma de escribir recia, sin concesiones. Ahí está Meridiano de sangre (Blood meridian), No es país para viejos (No country for old men) o La carretera (The road). Recientemente fallecido, nos ha legado como última obra El pasajero (The Passenger) y Stella Maris, dos novelas en un solo volumen. Pero me centro ahora en la primera de ellas.

El pasajero es un ejercicio no sé si de virtuosismo premeditado o de virtuosismo accidental; sea cual sea, se queda en un juego de malabares. La novela arranca muy bien y contiene los mejores diálogos que he leído en mucho tiempo, pero, a la vez, inserta capítulos de ensoñación o pesadilla que no aportan nada, al contrario, ralentizan la lectura, distraen, irritan. Y, para colmo, su final es uno de los más decepcionantes. No guarda relación con la estructura férrea de sus otras novelas.

Pero, como digo, hay diálogos excepcionales y, parte de ellos, muy divertidos. He echado en falta su contundencia de antes, y no es el broche de oro que esperaba. Eso sí, el protagonista, Western, es de esos personajes que se hacen inolvidables. Por algo será.

Uno de los diálogos de McCarthy en El pasajero es el siguiente:

“…Western pagó al hombre y cogió la llave y fue en el coche hasta la habitación y se acostó.

A la mañana siguiente volvió a Wartburg y desayunó tarde en el pequeño restaurante y aprovechó para leer el periódico local. En el aparcamiento dos chavalas estaban mirando el coche. Los parroquianos del bar le lanzaban miradas mientras comía y al cabo de un rato la más joven de las dos camareras se acercó para servirle más café.

Apuesto a que ese coche de allá es suyo.

Western levantó la vista. La chica tenía puntos de sutura recientes en la cabeza. Después de servirle dejó la cafetera en la mesa y sacó su libreta del bolsillo del delantal. ¿Va a pedir algo más?

Quizá sí. Tengo bastante hambre.

Western miró la carta. ¿La wartburger tiene éxito?

Sí. Es bastante popular.

Cerró la carta. Creo que lo dejaré ahora que estoy a tiempo. Miró a la chica.

Usted no es de por aquí, ¿verdad?, dijo.

Uf, no. Odio este sitio.

Me habían dicho que era un pueblo divertido.

¿Wartburg? ¿Y dónde ha oído eso? Me está vacilando, a que sí.

Usted tiene un novio en Petros.

Marido. ¿Cómo lo ha sabido?

Pues no sé. Veo que no lleva alianza.

Sí que la llevo. Pero cuando estoy trabajando no.

¿Le ve a menudo?

Dos veces por semana.

¿Su marido le ha visto ya esos puntos?

Aún no.

¿Qué piensa decirle?

¿Cómo sabe que no me los hizo él?

¿Es médico?

Ya me entiende.

¿Se los hizo él?

Ya se lo he dicho. Ni siquiera los ha visto todavía.

Bueno, ¿y qué piensa decirle entonces?

Le gusta meter las narices donde no debe, ¿eh? Pues por si le interesa le diré que resbalé y me caí.

Sólo quería saber si tenía una buena historia.

¿Por qué piensa que la necesito? Usted no sabe lo que pasó.

¿La necesita o no?

Puede. ¿Por qué debería decírselo?

¿Y por qué no?

¿De dónde es usted?

De aquí.

Qué va.

¿De Nueva Orleans?

Yo qué sé. ¿Es de allí?

Si le parece bien…

La camarera miró un momento hacia el mostrador y luego le miró otra vez. Usted va de listillo por la vida, ¿eh?

Sí.

Y eso que es bastante mono.

Bueno, usted tampoco está nada mal. ¿Quiere que salgamos?

Ella volvió a mirar hacia el mostrador. No sé, dijo en voz baja. Me pone usted un poco nerviosa.

Forma parte de mi estrategia. Es bueno para la libido.

¿Para la qué?

¿A él qué es lo que le va? ¿El homicidio?

¿Y eso cómo lo sabe? ¿Ha estado hablando con Margie?

¿Quién es Margie?

Esa que está allí de pie. ¿Qué le ha contado de mí?

Me ha dicho que le pidiera para salir.

A esa le voy a patear el culo.

No, es broma. No ha dicho nada parecido.

Más le vale. ¿Quiere algo más?

No, gracias.

La camarera arrancó el tíquet y lo puso boca abajo sobre la mesa. ¿Seguro que es de Nueva Orleans?

Sí.

Nunca he estado. ¿Es jugador profesional?

No. Soy buzo de profundidad.

Qué trolero. Tengo que atender a esos clientes.

Muy bien.

¿Lo que me ha dicho iba en serio?

¿El qué?

Ya sabe. Lo de salir.

Quizá. No sé. Me pone usted un poco nervioso.

Puede que sea bueno para esa cosa que ha dicho antes. Si es que tiene.

¿Cuánta propina quiere que deje?

Pues no sé, encanto. Lo que le dicte el corazón.

Vale. ¿Nos lo jugamos a doble o nada?

¿Cómo voy a saber lo que me estoy jugando?

¿Eso qué importaría?…”

El texto pertenece a la edición de Random House, noviembre 2022, con traducción de Luis Murillo Fort.

Mañana seguiré con esta nota a pie de página hablando de cine y de otros libros. El mes de agosto siempre es propicio para darme un buen atracón de lectura. Y este año ha sido especialmente intenso.

Sergio Barce, 24 de agosto de 2023

   

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«DE LA BOCA DEL CABALLO SALE LA VERDAD», UNA NOVELA DE MERYEM ALAOUI

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   «…-…Te vas a quedar sentada ahí a hablar conmigo -dijo señalando la cama.

Y entonces se lanzaba. En cuanto conseguía que me sentase, todo estaba perdido. Empezaba el tiroteo, pregunta tras pregunta. Yo me defendía. No te vayas a creer que me sometía. ¡Nada de eso! No es mi estilo. La diferencia entre él y yo es que él no se agitaba, no se quedaba sin aliento a la hora de discutir. Y yo en esa época no estaba entrenada.

Recuerdo, como si fuera hoy, la sensación que me invadía curante esas discusiones interminables. En cuanto empezaba el interrogatorio, era como si un gusano me estuviera royendo por dentro, comiéndose lo que encontraba a su paso, lentamente, y creciendo, creciendo hasta no dejar sitio a mis tripas, y trepaba por la garganta hasta la cabeza. Y una vez allí, lo primero que hacía el maldito gusano era taponarme los oídos, se comía el conducto que lleva a las aberturas y los obstruía. Yo dejaba de oír. Me entraban náuseas. Y luego el gusano atacaba mis sesos. Yo sentía deseos de arrancarme la cabeza del cuello, dejarla sobre la mesa y largarme de allí. Que no hubiera nada. Eso es lo que yo quería. Mientras tanto, Hamid seguía moviendo los labios en mi dirección, soltando una pregunta tras otra. Y en un momento dado -no sé por qué-, se callaba y se iba. Dejaba de hablar justo cuando me sentía hueca por dentro, como un cántaro vacío. Como si el gusano y él fueran una misma criatura, y supiera que ya no quedaba nada que pudiera comerse.»  

Estos magníficos párrafos pertenecen a la novela De la boca del caballo sale la verdad (La vérité sort de la bouche du cheval, 2018), de la escritora marroquí Meryem Alaoui. Un libro que he sorbido de un trago. De esa clase de novela que abres sin saber qué vas a encontrar y, de pronto, te ves pasando página tras página hasta que la acabas. Me ha subyugado con la historia de esa desgraciada prostituta llamada Yemía, que malvive en las calles de Casablanca. Una mujer poderosa a su manera, que no se muerde la lengua y que dice las cosas como las siente. Maltratada, pero altiva. Denigrada, pero altanera. Una furcia malhablada, descreída, entregada a todos los vicios, arrastrada por la inercia de una vida de descalabros. Hasta que surge una oportunidad inesperada.

Me gusta la crudeza de su lenguaje, la sencillez de su narrativa, la ausencia de parrafadas sesudas. Alaoui cuenta una historia de manera diáfana, con una soltura encomiable. Posee el don de la buena literata, el don de ser cristalina y directa. No hay afectación en sus páginas. El retrato de sus personajes se deja ver con pasmosa naturalidad. Lo vivimos con la misma impetuosidad que ellos. Me gusta esa protagonista, Yemía. Tan sincera ella, tan valiente unas veces y tan inocente otras, tan experimentada en ciertas cosas como cándida ante las que no comprende. Yemía te seduce por muchas cosas. Es capaz de contagiarte con sus penurias y sus tristezas, con sus miserias y sus frustraciones, pero también con sus alegrías. Divertidísimo el episodio del rodaje de la película. Me ha hecho reír a carcajadas. Y luego, luego llega la ternura y el sosiego.     

«…La víspera de mi viaje, Halima se quedó en casa, pero le recordé a Hussein que la sacara de una vez de allí. Quizá él lo tenía ya previsto. No le era rentable, con esa pinta de amargada. Y creo que tampoco le gustaba mucho follársela. Lo suele hacer con las chicas recién llegadas. Con el pretexto de enseñarles a trabajar. Las veteranas nos encargamos de la teoría y él de la práctica. Hasta que se harta de ellas. La verdad sea dicha, para alguien que se supone que te tiene que enseñar los trucos, no se las apaña muy bien. La única que no se entera es la boba esa de Hayyar. En cuanto Hussein la llama, se pone contenta. Se cree que ha ganado algo con él. Como cuando vas juntando las chapas de Coca-Cola y al final te toca el premio de la moto que sorteaban.

Afortunadamente, hace tiempo que me deja tranquila. Aunque a veces se me acerca. Husmea alrededor de todas y riega aquí y allá, como el perro cuando orina para señalar a los demás chuchos cuál es su territorio.

Con él me comporto como con cualquier cliente. Si estoy de buen humor, finjo que me gusta: rebuzno, maúllo, le dejo que me tire de los pelos o me ponga las nalgas coloradas. Y si no, espero a que pase. Y me dejo enrojecer el culo. Qué le vamos a hacer. Hussein no es mi tipo para nada. Está demasiado flaco y tan cosido a cicatrices que me da la impresión de que en cualquier momento se va a desgarrar. A la Halima esa no le he preguntado lo que piensa de él. A decir verdad, me da igual. Lo importante es que me la he quitado de encima.»    

De la boca del caballo sale la verdad es una novela que transita por todos los estados de ánimo posibles y que se deja leer con apasionamiento. Una historia de perdedores a los que, sin embargo, el destino les depara lo inesperado o lo imposible.

La novela de Meryem Alaoui ha sido editada por Cabaret Voltaire, con traducción del francés de mi querida amiga Malika Embarek López, magistral como siempre en su labor. 

Sergio Barce, 13 de agosto de 2023  

                                  

MERYEM ALAOUI
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