Archivo de la categoría: OTROS AUTORES, OTROS LIBROS

UN RETRATO DE JEAN GENET

De esa pequeña joya que es Genet en el Raval (Galaxia Gutenberg) escrita por Juan Goytisolo, extraigo estos párrafos que son un retrato abocetado de Jean Genet. Los dos Juanes, Genet y Goytisolo, que ahora se acompañan para la eternidad, enterrados en el cementerio de Larache.

“Por entonces Genet mantiene intacta su voluntad de provocación: cantor del crimen, el robo, la homosexualidad, no cesa de cobrarse la deuda que, desde la concepción en el vientre de su madre, la sociedad ha contraído con él; de resarcirse, ahora que es respetado y famoso, de las miserias e injusticias sufridas en su niñez y juventud. Responde con insolencia a la admiración de los respetables, exhibe su ruda franqueza ante los hipócritas, saca sin escrúpulos dinero a los ricos para entregarlos a quienes, como él, no han gozado de entrada de fortuna y educación. Sus cóleras son violentas y bruscas: su primer editor, el traductor norteamericano de sus obras y Jean Cau -que ha venido a justificar su despido por Sartre- recibirán un día u otro sus bastonazos e injurias. A la invitación de asistir a la cena oficial de homenaje a un ministro por el mundo de la cultura, contestará con la pregunta de si ha sido invitado a título de expresidiario, ratero o maricón. Una vez, en la terraza del Flore, será saludado desde otra mesa, con ademán furtivo, por un homosexual vergonzante y, alzando la voz, le espetará: <¿Qué, te la metió bien el chulo de la otra noche?>…”  

 

LARACHE – Noviembre 2021 – Con Javier Rioyo, frente a la tumba de Juan Goytisolo
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«LOS LUGARES VERDES», UNA NOVELA DE LUIS SALVAGO

Tras su extraordinaria novela En el nombre de Padre (Editorial La Huerta Grande, 2020) esperaba con interés el nuevo título de Luis Salvago. Intuía que no iba a defraudar, y así ha sido.

Los lugares verdes, que también publica con esmero La Huerta Grande, es una bellísima obra en la que se conjugan muchos temas: el dolor, la represión, la fantasía, la ilusión, los sueños imposibles, la religión, el sexo, el deseo, la clandestinidad, la venganza, el ocultamiento, la maldad, la bondad, la sumisión, la delicadeza y, sobre todo, el amor, todo ello en un marco difícil y agreste: Afganistán, donde Luis Salvago, militar además de escritor, estuvo destinado varios meses.

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Luis me hablaba de esta obra mientras la escribía, como una aventura descabellada, temiendo que los talibanes pudieran regresar, aunque nunca se hubiesen marchado. Y, una vez acabada, los talibanes, en efecto, regresaron al poder. Algo que él ya intuía y que apunta algún personaje de su novela, porque el mal siempre está ahí.

Me contaba Luis Salvago que, estando en el campamento hospital español en Herât, acudió una mujer afgana con la boca cosida con un alambre. Se lo había hecho su marido por haber cometido una “blasfemia”. También me contó que apenas pudo hablar con alguna mujer, porque ellas tienen prohibido el poder tratar a los hombres y, menos aún, si son extranjeros. Pero que pudo con muchos afganos varones y que así comprobó no solo el resultado atroz y doloroso de la guerra sino también el conocer su manera de vivir, sus vivencias; y de ahí, tras descubrir la existencia de los/las bacha posh, decidió escribir Los lugares verdes. Era casi una necesidad vital.

Escrita en primera persona, como si fuera narrada por Ismail, un hombre afgano, Luis nos conduce hasta el corazón de Kabul, a los barrios marginales y a la Universidad, y en ese contrapunto de dos mundos tan dispares en un lugar tan incierto y convulso, construye una historia humana, clandestina y sorprendente, a veces casi mágica.

Tengo medio libro subrayado, acotado, con anotaciones, porque la manera de contar de Luis Salvago es portentosa, de una gran calidad literaria. Cada descripción es detallista, hasta el punto de que uno se mueve por Kabul y es capaz de imaginar cada lugar en los que se desarrolla la trama: la casa del ulema y la casa de Ismail, la Universidad, el campo de fútbol, la colina en la que Ismail y Najimulah tienen un encuentro casi de ensueño.

“…Sus dedos, sin embargo, no se mueven, permanecen quietos, enredados en mi cabello. En este momento maldigo el instante de días atrás, en el salón de actos de la Universidad, en el que preferí a una mujer por ser mujer, el instante en que hice de Najimulah poco más que una sombra…”

La historia de Najimulah. La historia de Ismail. La historia de Ismail y Najimulah. Cómo se va estrechando la relación entre ellos es un proceso de encuentros y desencuentros, hasta que el amor estalla de manera absoluta, todo ello narrado de forma sutil, a modo de enredadera que va atando al lector a cada página. Y luego esos personajes que pivotan alrededor de ellos: el admirable ulema Samiullah, la interesada Saira, ese hombre destrozado y destruido que es Ibrahim, la desesperada Aisha, el terrible destino de Mansur, el poderoso Abdul… En un Kabul inhumano que condena a muchos a vidas inimaginables.

“…Su padre lo vendió cuando tenía diez años.

El trato no escrito contemplaba la opción de recuperarlo cuando pasara el tiempo, en cuanto desaparecieran los últimos restos de la adolescencia. Se interesó por él un alto cargo militar de la provincia de Helmand, un tayico corpulento que se había aburrido de su muchacho. Buscaba uno más joven, de ojos claros, con los finos rasgos de una mujer. Se enamoró de sus ojos verdes nada más verlo. Ibrahim dice de él que tenía la mirada suave, los dedos romos, la piel macilenta. En su rememoración existe un poso de nostalgia, una exaltación contenida.

Se lo llevó a una plantación de adormideras junto a otras familias, todos parientes suyos. Allí le enseñaron a danzar con la música del sitar y los tambores. Lo vistieron con ropa brocada y velos traídos de Pakistán. Le oscurecieron los ojos y pintaron sus uñas con pigmentos de kohl.

Cuando llega a esta parte de la historia, se queda callado por un instante, levanta una mano y examina su dorso con los dedos abiertos, como hacen las mujeres al poco de pintarse las uñas. También le enseñaron a complacer a los extranjeros con los que el comandante cerraba los negocios…”

Luis Salvago nos pone ante los ojos qué es ser mujer en Afganistán con trazos que deja escapar en frases que aparentan menos de lo que transmiten, pero la realidad está ahí, y las enfoca para que despertemos de nuestro bienestar y nos enfrentemos a otra realidad.

“…lo peor fue que la hermana de tu madre no quiso volver a ser mujer. Se negó a perder los privilegios de hombre: caminar con la espalda erguida, vestir sin cuidado, estudiar… La familia se lo prohibió. La obligó a tomar esposo.

Guardó silencio por un momento, preguntándose tal vez si era conveniente seguir hablando.

-Antes de eso decidió acabar con su vida…”

<Caminar con la espalda erguida> es uno de esos privilegios que esa mujer se negaba a perder. ¿Cómo imaginar en nuestra sociedad y cultura que una mujer no pueda caminar con la espalda erguida? Este tipo de sutileza que desliza Luis en el libro nos va empapando poco a poco, hasta que sentimos el dolor y la podredumbre de esas vidas cercenadas.

Decía antes que he subrayado y marcado frases que me han resultado tan fascinantes como inquietantes, sentencias que Luis Salvago escribe con maestría, que relampaguean en un texto rico en matices, en quiebros al destino.

“…Sin embargo, Aisha lo había dicho todo con una sola frase: la verdad asusta cuando no se puede cambiar.”

Me encanta el ulema Samiullah, le he tomado cierto afecto, me gusta su manera de encarar los acontecimientos, su forma de interpretar el Corán. Nada estridente, casi silente, pero prudente y sabio.

Pero es el personaje de Najimulah el que se retrata de una manera absoluta y total, uno de los protagonistas que me ha parecido tan interesante que he acabado por ponerle rostro y voz, pero al que luego he tenido que modelar cuando Luis, hábil narrador, nos desvela su desnudez interior y física. Ha creado uno de los mejores personajes con los que me he encontrado en mis últimas lecturas, de esos que se quedan grabados cuando acabas de leer la novela y siguen ronroneando en la cabeza.

“…Najimulah, ahora, ha trazado con sus brazos un límite claro. Los tensa cuando llego a ellos, clava su frente en la alfombra, para no mirarme a la cara. ¿Sientes vergüenza? Pero, ¿qué es la vergüenza, Najimulah? Pasaré por ti como si no hubiera pasado. No habrá marca, no habrá defecto, no dejaré una huella que pueda avergonzarte. Hay vergüenzas inútiles, Najimulah, vergüenzas sin sentido. No puedo explicártelo. Aunque sea un profesor. En mi caso, el deseo ha sido más poderoso que la vergüenza. El deseo es inconsciente. La vergüenza no.

-Najimulah… -digo, sin añadir nada.

Quise pedir perdón y he pronunciado su nombre: “Najimulah”. Eso también es inconsciente. Me apropio de su cuerpo y me apropio de su nombre, juego con él en mi boca, lo mastico, lo degusto, entra mezclado con la sal de su piel.

Los pies juegan en la sombra, se entrecruzan, se enredan los dedos. Acaricio sus plantas, sus pies pequeños, nos arañamos. Su espalda es fuerte, inmensa. Arrastro la camisa hasta el borde de los omoplatos, me acomodo sobre ellos. Apoyo mi oído. Escucho el ruido de sus entrañas. Como en la vía del tren.”

Najimulah e Ismail son como un oasis en medio del caos, un cielo azul en el centro del horror arcilloso y sucio, un mundo aparte del resto. Dos seres que se encuentran y que aprenden a asimilar muchas cosas, que descubren los secretos que ambos guardan y que, sin embargo, serán sobre los que se apoyen, los que les ayuden a sobrevivir y a vencer las dificultades a costa de jugarse sus vidas.

“…Conozco esa mirada a ningún lugar. Es la mirada de un hombre dividido. He crecido con ella. Y he visto envejecer los ojos que había detrás. Está inevitablemente asociada a un silencio, a una pregunta sin hacer…”

Es cierto. En Los lugares verdes hay muchos silencios, muchas miradas, mucho contacto físico, mucho miedo, pero también mucha esperanza. Quizá Luis Salvago es un optimista, pero uno acaba por desear que un rayo de luz se abra paso en las tinieblas que envuelven Afganistán. Najimulah es tal vez una parte de ese hermoso rayo de luz que vislumbra el autor al final de tanto dolor.

Sin ninguna duda, esta es una de esas novelas que debieran estar en primera línea de las librerías, por méritos propios.

Sergio Barce, 29 de octubre de 2022

 

Sergio Barce, María José y LUIS SALVAGO
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«INFIERNO Y PARAÍSO DE LAS ISLAS», UN LIBRO DE MIGUEL ÁNGEL MORETA-LARA

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                                                                                 MARÍA OSTEN

“Otra mujer fascinante fue la escritora alemana María Osten (María Gresshöner, 1918-1942), perteneciente a la generación literaria de Joseph Roth y Anna Seghers. Estuvo en España junto a su compañero Mijaíl Kolstov (1898-1940), corresponsal de Pravda y agente de Stalin en España. María Osten también publicaría en la revista republicana El Mono Azul (dirigida por María Teresa León y Rafael Alberti) un reportaje titulado <Niños españoles> (16 de octubre de 1936). Cuando fueron llamados a Moscú, aunque María fue aconsejada por sus amigos Malraux y Koestler sobre la conveniencia de no regresar a la URSS, fueron ejecutados.

María Osten había sido amante, durante algún tiempo, del dramaturgo Bertolt Brecht (1898-1956), con el que se carteó hasta el final. Quizá fuese ella la que suministrara noticias sobre la entrada de las tropas franquistas en Málaga, en febrero de 1937, y el genocidio de la carretera de Málaga a Almería, por donde huía la población civil masacrada por la aviación y el cañonero del ejército golpista. Este trágico suceso es conocido como la Desbandá. Brecht estrenó en París el 16 de octubre de 1937 la obra Los fusiles de la señora Carrar, donde recogía este episodio. Ahora ya sabemos que Brecht contó con colaboradoras en la escritura de su teatro y de su poesía: siempre dijo que escribía por amor (más bien al amor de la pluma de esas mujeres, aunque luego firmara las obras como propias). Muchas -quizá todas- se deben exclusiva o parcialmente a sus amantes secretarias.

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                                                                           MARGERETE STEFFIN

Precisamente es el caso del drama Los fusiles de la señora Carrar, escrito en colaboración con otra mujer de grandísimo interés, la escritora, actriz y traductora (inglés, francés, ruso, sueco, danés…) Margarete Steffin (1908-1941) que murió de tuberculosis en Moscú, en tanto Brecht sería muy probablemente liquidado por la Stasi de Berlín Este mucho más tarde (según algunas versiones). Brecht supo tener siempre a su alrededor a una mujer muy apañada, diestra y generosa con la máquina de escribir, como otros intelectuales y escritores: Gregorio Martínez Sierra tuvo a María de la O Lejárraga, Juan Ramón Jiménez a Zenobia Camprubí, Mijaíl Bulgakov a Yelena Shilovskaia, Robert Capa a Gerda Taro…

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                                                                  MARGERETE BUBER-NEUMANN

Esta Margarete, que no llegó a estar en España (sino a través del drama referido), me lleva a otra: Margarete Buber-Neumann (1901-1989) que, casada con el comunista alemán Heinz Neumann, recaló por un tiempo en la España de la Guerra Civil. Cuando regresaron a la URSS, su marido fue ejecutado, pero con ella rizaron el rizo: condenada en un campo de concentración fue entregada posteriormente a la Gestapo, que la confinó en el campo de Ravensbrück. Allí amistó con otra mujeraza, la periodista y traductora checa Milena Jesenská (1896-1944), conocida por la relación epistolar que mantuvo con su paisano Franz Kafka. Milena no llegó a sobrevivir, pero Margarete, que contó su peripecia en Prisionera de Hitler y Stalin, le dedicó una biografía (Milena)…”

Este interesantísimo fragmento es solo una guinda de un sabroso pastel titulado Infierno y paraíso de las islas (El Desvelo Ediciones) de Miguel Ángel Moreta-Lara, libro al que ya me refería en un anterior post mientras lo leía. Y es que, una vez finalizada su lectura, uno es consciente de que se ha sumergido en un texto realmente fascinante.

Como los párrafos anteriores, hay en este volumen capítulos que me han desvelado decenas de secretos y de historias de las que, hasta ahora, era un absoluto ignorante.

Miguel Ángel abre el libro hablando de la escritora Judith Schalansky, nacida en 1980, y autora de Atlas de islas remotas: Cincuenta islas en las que nunca estuve y a las que nunca iré, y ya, con esta entrada uno se da cuenta de inmediato de que el libro va a ser un viaje fascinante. Primer libro que anoto para comprar, seducido por lo que Moreta-Lara cuenta de él. Pero, a medida qua avanzo en la lectura, anoto otro título para buscarlo, y luego otro, y otro más… Entonces me doy cuenta de que Miguel Ángel me está enredando con esos títulos que ha ido sacando de un baúl sin fondo, pero mágico. Junto a los libros, sus autores, en especial escritoras que han quedado, en muchos casos, en el olvido, pero con vidas tan interesantes que me quedo con ganas de saber más. Y me pregunto, leyendo lo que he leído gracias a Miguel Ángel, cómo es posible que yo no hubiera hallado antes tanta belleza.

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                                                                    ISABEL OYARZÁBAL SMITH

Esos libros sobre islas y esos otros sobre barcos, esos autores malditos y no tan malditos, pero atrapados en sus mundos mágicos, la historia de tantos desarraigados y de tanto exiliado español (un tema al que Miguel Ángel le ha dedicado ya anteriores textos). Si hubiera que elegir de toda esta galería, me quedo con los capítulos que centra en los piratas, “Las locas de Lydie Salvayre” (ya he recibido el primero de los libros que me he visto en la necesidad de comprar: Siete mujeres), el dedicado a la increíble malagueña Isabel Oyarzábal o las páginas sobre Carmen de Burgos Colombine… Y también lo que cuanta sobre Malcolm Lowry y sobre Olivia Laing… En realidad, no sé, creo que me quedo con todo el libro.

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                                                              CARMEN DE BURGOS «COLOMBINE»

El final es muy curioso. Se cierra con el capítulo “Todos los coños el coño: un apunte de coñosofía ilustrada”. Y confieso que me he quedado ”encoñado”.

Pero también es un precioso homenaje a esas mujeres que crearon y lucharon pese a las circunstancias, que supieron vencer a una sociedad patriarcal y machista, a regímenes autoritarios, a hombres que las trataban de marginar… Y Moreta-Lara las recupera para nuestro disfrute y gozo.

Sergio Barce, octubre 2022

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 9 – VERSO Y PROSA, «BLONDE» Y LA NEGRITUD

Cuando Antonio Machado fallece en Collioure, antes de ser inhumado, Julián Zugazagoitia le dedica unas últimas emocionadas palabras que cierra con unos de sus versos, de una hermosa simpleza:

“Corazón, ayer sonoro,

¿ya no suena

tu monedilla de oro?”

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Los poemas de Machado y de García Lorca me estremecen. Cualquier lectura de sus versos acaba por encogerme las entrañas. Igual que rememorar sus muertes, tan llenas de significado. Ese poema que Machado dedica a Lorca cuando se entera de su vil asesinato me deja sin respiración.

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Acababa de leer algo acerca de don Antonio Machado que me hizo pensar en la soledad que debió de sentir el poeta al cruzar la frontera, en su desesperanza y en su tristeza, en su desarraigo obligado. Lo hice poco antes de ver la película “Blonde”, de Andrew Dominik, sin saber que me sumergía en otra triste y patética historia, la de Marilyn Monroe. Sin embargo, al acabar de ver el film, centrado en la parte más oscura y deprimente de su vida, pensé que no hubiera estado nada mal que hubiera reflejado también un atisbo de felicidad, un leve destello de alegría, arrancar al espectador una sencilla sonrisa, aunque fuese marginal. Porque eso siempre se agradece en un drama. Pero no, “Blonde” es triste hasta la tristeza más profunda, hasta la incomodidad. Y, sin embargo, reconozco que Dominik consigue algunas escenas de gran belleza plástica, aunque también hay otras que alarga innecesariamente, convirtiendo en tediosos algunos tramos de la película. También hay que alabar lo que ha conseguido de Ana de Armas: que nos creamos a su Marilyn. La actriz hace una gran interpretación, sin duda.

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De Andrew Dominik me fascinan varias de sus cintas, pero en especial su maravilloso western “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” (The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford, 2007), que recomiendo con entusiasmo.

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También la última novela de Vila-Matas me ha dejado indiferente. “Montevideo” (Seix Barral, 2022) es uno de esos artefactos que el escritor catalán arma desde la nada, pero, en esta ocasión, no he logrado conectar con él. Hay páginas de gran altura, claro, es un maestro de la narrativa, pero no son suficientes. Quizá lo que más me ha fascinado de su nuevo libro ha sido la relación del narrador con Madeleine Moore.

“…Todo esto, de algún modo, me recuerda que mi gran amistad con Madeleine Moore se mantuvo a través del tiempo en gran parte debido a que ella no entiende excesivamente mi idioma, y mi francés siempre ha sido imperfecto. Recuerdo el día en que Madeleine le comentó a su amiga Dominique Gonzalez-Foerster acerca de su relación conmigo: <De haber entendido él y yo todo cuanto nos decíamos, a estas alturas tendríamos una amistad con un grado de intensidad más bajo, seguro>…”

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Algo parecido me ha ocurrido con “Un país para morir” (Un pays pour mourir – Cabaret Voltaire, 2021), con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. Es como leer algo ya sabido, como si Abdelá Taia hubiese contado esta misma historia en alguno de sus otros libros. No obstante, Taia siempre es un valiente que se desnuda en cada obra, y en éste también lo hace.

“…Viene de lejos, Naima. De muy lejos. Tiene hoy 50 años. Y a Dios gracias no se ha convertido en una buena musulmana, como tantas otras al final de su carrera. No quiere ir a La Meca para lavar sus pecados. No. No. Considera que haber trabajado de puta todos estos largos años es más que suficiente para entrar, cuando muera, en el paraíso. Ha sido mejor musulmana que muchas otras, que te dan la lata con una piedad que es pura fachada…”

Su juego de espejos para relatarnos el cambio de sexo en el/la protagonista está muy bien conseguido, al igual que su ya permanente denuncia de la situación de los magrebíes en Francia, la prostitución, la homosexualidad… Todos temas que aborda una y otra vez en sus novelas, siempre tan personales y descarnadas.

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Muy interesante es “La memoria del alambre” (Tusquets, 2022), de Bárbara Blasco. Me acerqué a esta novela con cierto recelo, no sé la razón, pero a medida que avanzaba me fue convenciendo su prosa. La segunda parte sube en enteros, en esa búsqueda de un monstruo más aterrador que cualquiera de esos que pueda crear la fantasía, porque se habla de un monstruo real, de carne y hueso. Muy sutil su forma de plantearlo y de resolverlo.

“No hice otra cosa más que pensar durante todo el día. Me desperté de madrugada, sin recordar qué había soñado pero con la sensación del sueño en la lengua y una determinación, la orden precisa de no huir. Después de haberle mandado mi recuerdo como resumen, epílogo, conclusión que todo lo abarca al no pretender decir nada absolutamente nada, volví a escribirle:

<Sé que eres tú. Quiero verte>.

Una frase estúpida porque tú siempre es tú. Una frase que deja constancia de la supremacía de él, el rey de los pronombres. Pero es que no conseguía recordar su nombre.

Respondió. Nos citamos al día siguiente…”

Un libro que me ha sorprendido por su sinceridad es “Cuaderno de memorias coloniales” (Caderno de memórias coloniais – Libros del Asteroide, 2021) de Isabela Figueiredo, con traducción de Antonio Jiménez Morato. El retrato que hace la autora de los años en los que vivió en Mozambique es tan crudo como admirable, como valiente es denunciar la manera en la que Portugal explotó y maltrató a los mozambiqueños durante sus años de dominio, el racismo tan lacerante que demostraron sobre la población del país. Hay párrafos verdaderamente duros, escritos con una excelente prosa, como los dedicados a su padre, tan fiero y racista que la propia autora no puede evitar dejar escapar su rabia y su decepción.

“…Recuerdo bien escucharle en la mesa, cotorreando sobre el asunto, con mi madre, contar cómo algunos blancos venían a pedirle trabajo, y que acaso contratarlos fuera un buen negocio, claro, sí señor, pero el sueldo era el doble o el triple, y no, prefería encargarse él solo de sus incontables obras, donde colocaba sus incontables negros. Tenía doce en el edificio de la avenida 24 de Julio, otros veinte en Sommershield, siete más en una vivienda en Matola… y recorría la ciudad, durante todo el día, de un lado para otro, controlando el trabajo de la negrada, poniéndolos en su lugar con unos sopapos y unos guantazos bien dados con la mano larga, y unos puntapiés, en fin, alguna que otra paliza pedagógica, lo que fuese necesario para lograr la fluidez en el trabajo, el cumplimiento de los plazo y la eficaz formación profesional indígena.

Un blanco salía caro, porque a un blanco no se le podían dar golpes, y no servía para meter los tubos del suministro eléctrico por las paredes y luego, los cables por dentro de ellos; no tenía la misma fuerza de la bestia, resistencia y mansedumbre; un blanco servía para jefe, servía para ordenar, vigilar, mandar a trabajar a los perezosos que no hacían nada, salvo a la fuerza. Lo que se decía en la mesa era que al sinvergüenza del negro no le gustaba trabajar, apenas lo justo para comer y beber la semana siguiente, sobre todo beber; después, se quedaba en la choza tirado sobre la estera pulgosa, fermentando aguardiente de anacardo y caña, mientras las negras trabajaban para él, con los niños a la espalda. Los blancos respetaban a estas mujeres del negro mucho más de lo que lo hacían sus hombres. Era frecuente que mi padre les diera dinero extra a las mujeres, cuando los iba a buscar a las chabolas, y los encontraba borrachos perdidos. Dinero para que comiesen, para que se lo gastasen en sus hijos.

El negro estaba por debajo de todo. No tenía derechos. Tenía los de la caridad, y si la merecía. Si era humilde. Si sonreía, si hablaba bajo, con la columna vertebral ligeramente inclinada hacia el frente y las manos cerradas la una dentro de la otra, como si rezase.

Este era el orden natural e incuestionable de las relaciones: el negro servía al blanco, y el blanco mandaba sobre el negro. Para mandar ya estaba allí mi padre; ¡no hacían falta más blancos!

Además, los empleados blancos traían vicios; a un negro, por muchos vicios que fuera adquiriendo, siempre había modo de sacárselos del cuerpo…”

Un libro potente y necesario para no olvidar lo que supuso el colonialismo. Tras estas pinceladas sobre mis últimas lecturas, me doy cuenta de nuevo de que, como me ocurriera en mi anterior artículo, lo que realmente quería era hablar de Lorenzo Silva, de algo que encontré en un cuaderno de viajes, pero lo dejaré una vez más para la próxima nota a pie de página.

Sergio Barce, 8 de octubre de 2022

 

 

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«INFIERNO Y PARAÍSO DE LAS ISLAS», DE MIGUEL ÁNGEL MORETA-LARA

“En 1951 (Malcolm) Lowry hizo un esbozo de lo que él llamaba su obra en procesa, a la que puso el título global de The Voyage that Never Ends (<El viaje que nunca termina>). En este esquema aparecía <Novela marítima sin título>, <una total reescritura de una vieja novela más de duodécima clase, carente de originalidad y absolutamente innombrable de la que quisiera olvidarme>. Se refería, claro, a Ultramarina. Así era la literatura de Lowry, un único libro inacabable que reescribiría mientras alentara. El biógrafo Douglas Day compara su forma de trabajar con la de otro raro artista, el pintor Albert Pinkham Ryder (1847-1917) que -falto de habilidad técnica, como Lowry- no terminó nunca un cuadro.

(…) Malcolm Lowry era triplemente compulsivo, como bebedor, como viajero y como escribidor. Así quizá podríamos ilustrar su lenta, persistente y definitiva conversión en el mejor personaje de su obra más tortuosa, la de su propia vida de autodestrucción. Pero dejó una novela genial, Bajo el volcán, que tardó diez años en (re)escribir, de la que hizo cuatro versiones, que fue rechazada en 1941 por 13 editoriales, una novela que no ha dejado de ser valorada y analizada debido a las múltiples facetas de sus muchos niveles de lectura, una novela que ya está prefigurada -como dije antes- en el relato de iniciación que es Ultramarina, una künstlerroman (novela de formación) marina, donde su protagonista reclama la fuerza del mar para seguir viviendo:

<<En la nave reinaba un silencio de muerte, roto tan solo por el siseo del agua que caía en la oscuridad desde su flanco y que también formaba parte del silencio. Oh, Dios, Dios, ¡si la vida en la mar fuera siempre así! ¡Ojalá todo fuera mar abierto, viento galopando eternamente por la sangre, el mar y las estrellas!>>”

Todo este fragmento corresponde al libro Infierno y paraíso en las islas, de Miguel Ángel Moreta-Lara, que estoy leyendo. Es un compendio de anécdotas, vidas y, sobre todo, libros ambientados en la mar, de libros perdidos en naufragios, de autores obsesionados con paraísos y con océanos.

Desde la primera página no he dejado de subrayar títulos de obras que Miguel Ángel ha rescatado de no se dónde, pero que, tal y como él los reseña, contienen mil historias llenas de encanto, magia y mares misteriosos. Y, aunque solo llevo un tercio de este maravilloso libro, para quienes aman la literatura y desean descubrir nuevos horizontes, nuevos títulos, adentrarse en la vida y obra de autores fascinantes, y en los entresijos de novelas varadas en la orilla del olvido, la recomiendo vivamente. Es puro disfrute.

Infierno y paraíso en las islas ha sido publicada por El Develo Ediciones.

Sergio Barce, septiembre 2022

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