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En la UNIVERSIDAD DE TETUÁN, el pasado 25 de abril – MARRUECOS-LARACHE en las novelas de SERGIO BARCE

Después de recalar en Larache para estar presente en los actos del Día del Balcón Atlántico el pasado domingo 22 de abril, me dirigí a Tetuán donde he participado en el Seminario sobre El Español en el Mundo, que se celebró en la Facultad de Letras de Tetuán de la Universidad Abdelmalek Esaâdi, en colaboración con el Aula Universitaria del Estrecho de Cádiz y el Instituto Cervantes de Tetuán.

Mi ponencia se titulaba: “Marruecos en las novelas de Sergio Barce”.

Primera cuestión: no sabía si preparar un texto para leerlo en el Seminario, como hicieron algunos de los ponentes, o bien improvisar, como hago la mayor parte de las veces, dejándome llevar por lo que me sugiere el tema y por la reacción del auditorio.

Primera confesión: me dejé llevar por mi intuición, y por lo que me dijeron después los asistentes, creo que acerté.

Khadija Yahya Lamrani, Sergio Barce,, Mouad El Mejdki, Prof. Abdellatif Limami, Prof. Abdellatif Ghailani Rzin y Fayssal Ouetta

Segunda cuestión: cómo entroncar mi tema con las otras ponencias, tales como “El idioma español en el mundo: actualidad y proyección” o bien “Orientaciones metodológicas actuales en la enseñanza de lenguas”, porque, después de escuchar las ocho ponencias que se desarrollaron el martes 23, pensé que no estaría a la altura de los profesores e investigadores a los que había escuchado esa primera jornada.

Segunda confesión: las palabras del poeta y profesor Abderrahman El Fathi durante la divertida cena que compartimos esa noche ahuyentó mis temores, porque El Fathi me dijo que las ponencias del días siguiente no eran tanto de carácter metodológico como de creatividad en español en Marruecos y que, por tanto, podía dar rienda suelta a lo que yo expresaba en mis libros, y de la manera que creyera más pertinente.

Tercera cuestión: mi ponencia “Marruecos en las novelas de Sergio Barce” sabía a ciencia cierta que acabaría por transformarse en “Larache en mis novelas” y que, inevitablemente, me emocionaría en cuanto me metiera en faena, porque hablar de lo que uno escribe desde las entrañas apareja esta consecuencia inevitable. La duda que me asaltaba era si los profesores y estudiantes que asistían al seminario entenderían las razones más profundas que me llevan a escribir de Larache.

Tercera confesión: la moderadora, la encantadora profesora Rachida Gharrafi, me lanzó sin paracaídas haciendo una presentación e introducción de mi persona que me facilitó el inicio; luego, a medida que hablaba, me di cuenta que el auditorio me seguía con tanta atención que me sentí en seguida como en casa. Me sorprendió, eso sí, que a muchos de los asistentes se les saltaran las lágrimas, lo que no parece muy propio de un seminario. Indescriptible mi satisfacción al terminar el acto: primero porque uno de los profesores asistentes, Abdellatif Ghailani, me dijo que había hecho que se emocionara recordando el Larache de su niñez, porque su padre era larachense y él pasaba los veranos en el pueblo, y también porque una de las integrantes del comité organizador me confesó que jamás había estado presente en un acto tan emotivo y especial como el que acababa de presenciar.

El profesor Abdearrahman El Fathi rodeado de varios de los alumnos asistentes

No sé cómo agradecerle a Abderrahman el Fathi que me invitara al seminario, no sé si le será suficiente que le diga que ha sido una de las ocasiones en las que me he sentido más pleno como escritor, y que gracias a él, además de estrechar nuestra amistad y la que ya compartíamos ambos con el profesor Abdellatif Limami, con el que he vuelto a compartir momentos inolvidables, además de eso, me ha regalado la oportunidad de conocer a personas extraordinarias como los mencionados profesores Rachida Gharrafi y Abdellatif Ghailani, con los que me faltó tiempo para hablar, o como los profesores Francisco Zayas, Hassan Amar, Souad Annakar, el inspector El Khadir Al-Azhari, el Consejero de Educación de la Embajada española D.Antonio Feliz, al profesor (y gran piloto de helicópteros) Enrique Lomás, o como esas tres encantadoras y especiales personas que son la poeta Yolanda Aldón, la esposa del profesor Limami, Nezha, y la profesora Nisrin Ibn Larbi Fathi, o como el director del Instituto Cervantes de Tetuán D.Luis Moratinos, que me demostró una amabilidad y cordialidad exquisita, y como a ese montón de estudiantes que, para mi sonrojo pero también para mi satisfacción, me pidieron una y otra vez que me fotografiara con ellos…

Con Amani, una de las alumnas asistentes al acto

Fue entonces cuando me di cuenta de cuán profundo había calado mi charla, porque mientras nos hacíamos estas fotos de recuerdo algunos de estos alumnos me agradecieron mis palabras, mis recuerdos, también mis críticas y mi nostalgia del Larache que nos gustaría ver hoy, porque esos alumnos son larachenses que estudian en la Universidad de Tetuán, y la manera como me transmitían su simpatía, su calidez y su afecto, es indescriptible, pero impagable: algo que te llega al corazón. Como lo hicieron los propios estudiantes tetuaníes que fueron amabilísimos.

Y después de toda esa emoción, de que se cerraran estas jornadas de tanta altura con los aplausos que allí se escucharon, prueba de su éxito y por ello felicito de nuevo a Abderrahman El Fathi, esa misma tarde asistimos en el Instituto Cervantes a la presentación del poemario de Yolanda Aldón “Cádiz y la otra orilla, a sorbos de a-mar y versos” que presentó D.Luis Moratinos. Reconozco que los actos poéticos no son lo mío, pero también reconozco que me alegré de estar presente en este en concreto porque, sinceramente, Yolanda Aldón supo ganarse al público con sus palabras pero, sobre todo, con sus versos, y es que, aunque ya he leído el libro y lo recomiendo sin duda, escuchar su poesía recitada por la propia autora gana verdaderamente en quilates, en emoción e intensidad, de manera que fue la guinda a las jornadas.

Luego, aprovechamos para despedirnos cenando en la Casa de España de Tetuán, donde, curiosamente, también cenaban, cantaban y bailaban, los profesores de los Liceos franceses, lo que no deja de ser paradójico. Durante la cena, D.Luis Moratinos me preguntó si estaría disponible para ir en septiembre a Tetuán para presentar mi novela “Una sirena se ahogó en Larache” en el Instituto Cervantes. Después de toda la experiencia vivida estos días, la respuesta era evidente, así que, si la invitación se concreta finalmente, Incha Al´láh, me encantará reencontrarme con mis amigos Limami, Nezha, Abderrahman, Nisrin, Rachida, Yolanda, Luis (espero que él me permita esta licencia) y los demás, para hablarles de nuevo de las calles y de la gente de mi pueblo a través de mi novela, y hacer que Larache luzca de nuevo aunque sea en la febril imaginación de este escritor que espera no haber aburrido a quien se haya aventurado a leer esta pequeña crónica.

 Sergio Barce, abril 2012

 

(Nota: apenas tengo fotografías del seminario pero a medida que las consiga las iré añadiendo a este post)

     

   

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SERGIO BARCE EN «CAPITEL» por VICTOR PÉREZ BENÍTEZ

El pasado viernes acudí a un pequeño encuentro literario en el Taller de Pintura de Paco Selva, que tuvo la deferencia de invitarme para hablar de mis novelas y relatos con lo integrantes del Grupo Capitel, formado por artistas, tanto escritores como plásticos. Y la verdad es que fue un encuentro muy agradable y distendido. Además, lo aderezaron con un buen vino, y hasta con chuparquía. Uno de sus integrantes es Víctor Pérez, poeta, que ha escrito un pequeño comentario de nuestro encuentro y de mi última novela, que acababa de leer. Con su permiso, comparto con todos vosotros sus impresiones.

Sergio Barce, abril 2012

En Capitel: el poeta Víctor Pérez, Sergio Barce, Paco Selva y el también poeta Jose Luis Ortiz

 Sergio Barce en «Capitel»

por Víctor Pérez Benítez

Sergio Barce nos visitó el Viernes día 30, fue una velada especial, la personalidad de este escritor nos llenó, nos inundó de color a Larache, de aromas exóticos, de especias sabrosas de una tierra tan cercana geográficamente y tan alejada en otros aspectos.

Sergio nos habló sobre sus experiencias de niño en Larache, de su llegada con 13 años a Málaga donde estudió en los Maristas, del contraste de una ciudad a otra, del sueño del recuerdo que siempre le lleva a escribir sobre sus emociones y sus diversiones de aquel paraíso perdido.

«El jardín de las Hespérides», «Ultimas noticias de Larache», «Retrato en sepia» y su último «Una sirena se ahogó en Larache» son obras que fueron comentadas por el autor, en todas ellas como digo, corre un río de recuerdos que le unen a esa joya atlántica, a ese territorio que España amó y abandonó a su suerte.

«Una sirena se ahogó en Larache» es una novela que gira en torno a la vida, las aventuras y desventuras de un niño llamado Tami, un niño de nueve años que sueña ser Saladino y Barbarroja, un niño con un padre amargado por una existencia anodina, con un abuelo al que le une una relación especial, un hermano que solo desea escapar hacia España, de una pandilla de amigos que le acerca a la aventuras y a más de una desventura.

Interviene el escritor Antonio Abad

Recojo una parte que considero define un poco el estilo de la novela:

«Entran en el edificio y cruzan la zona del patio donde hay más gente a esa hora. Se adentran por la nave principal zigzagueando a la masa que se mueve lentamente por los pasillos interiores. A Tami le gusta esta construcción con sus tejados verdes, sus paredes blanqueadas, con ese aire de sueño nazarí que a él le parece un pedazo perdido de los antiguos palacios omeyas que hubiera llegado a Larache a la deriva empujado por las olas hasta dejarlo allí. Tami es imaginativo, todo lo transforma en algo más sutil, en algo más romántico, siempre una aventura.«

Colores, olores, de especias y de fútbol, de risas y de llantos, de ternura y de crueldades, toda una amalgama intensa de sabores perdidos, de ambientes familiares que nos recuerdan nuestra infancia.

La aparición de la sirena envarada en la playa, solo es contemplada por Tami, la visión le induce a soñar con ella, es este momento donde la novela alcanza sus mejores momentos poéticos, realmente impresionante leer lo que el niño siente:

«…Las pestañas que parecen de sal… Las lágrimas de la mujer-pez son como tinta que escribieran un largo poema en sus mejillas ya secas, un largo poema cuyos versos piden auxilio...«

En definitiva, una buena selección como una de las novelas mejor escritas en Andalucía en 2011 y fuerte candidata para ser la mejor. (y eso que no he leído las restantes)

Buena suerte, se la merece.

Blog de Víctor Pérez:

siroco-encuentrosyamistad.blogspot.com

Sergio Barce, Paco Selva y Jose Luis Ortiz

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Mi novela UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE, Finalista del Premio Andalucía de la Crítica 2012

Os comunico que, para mi sorpresa, y también satisfacción, que deseo compartir con vosotros, mi última novela UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE ha resultado Finalista del XVIII PREMIO ANDALUCÍA DE LA CRÍTICA 2012.

Os reproduzco el comunicado publicado por la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios:

5 de febrero de 2012.- Tras la votación llevada a cabo por más de un centenar de miembros de la Asociación Andaluza de Escritores y Críticos Literarios durante el mes de enero han sido elegidos como finalistas los escritores y escritoras relacionados.

Narrativa

 1. El espía de Justo Navarro, Editorial Anagrama.

2. Nada del otro mundo de Antonio Muñoz Molina, Ed. Seix Barral.

3. Una sirena se ahogó en Larache de Sergio Barce, Ed. Círculo Rojo.

4. Los que miran el frío de Francisco Onieva, Ed. Renacimiento.

5. El gnomón y el péndulo José Ruiz Mata, Ed. Alhulia.

6. Vidas prometidas de Guillermo Busutil, Tropo Editores.

7. La soledad del azar de Juan Cobos Wilkins, Ed. Almuzara.

Poesía

 1. Un girasol flotante de Antonio Carvajal, KRK Ediciones.

2. En el corazón del signo de Francisco Basallote, EH Editores.

3. El intérprete infiel de Manuel Jurado  López, Ed. Ánfora Nova.

4. Al pie de la letra de Víctor Jiménez, Ed. La Isla de Siltolá.

5. Retablo de cenizas de María Sanz, Ayuntamiento de Alcalá de Henares.

6. Cibernáculo de María del Valle Rubio, Ediciones Vitruvio.

7. Romances del crepúsculo de Enrique Morón, Ed. Port Royal.

8. Sobre la oscuridad de Dolors Alberola, Ed. Rumorvisual.

9. Donde la hoguera de Inmaculada Moreno, Ed. Hiperión.

 El Jurado del Premio Andalucía de la Crítica formado por veinte miembros entre profesores de Universidad, escritoras y escritores, críticos literarios y periodistas se reunirá los próximos días 13 y 14 de abril en la ciudad de Málaga para proceder a elegir entre estos finalistas a los ganadores o ganadoras de los premios de narrativa y poesía de este año.

Los premios cuentan con el patrocinio y la colaboración del Instituto Andaluz de las Artes y las Letras (Consejería de Cultura-Junta de Andalucía), la Fundación Unicaja y el Ayuntamiento de Córdoba.

A los ganadores/as se les entregarán sendas estatuillas creadas por el escultor de fama internacional Andrés Alcántara (http://www.andresalcantara.com) y reproducidas por la Escuela del Mármol de Andalucía. Los premios se entregarán en Córdoba con motivo de COSMOPOÉTICA. Al mismo tiempo se llevará a cabo un homenaje al escritor cordobés José de Miguel.

 http://www.noticiascadadia.com/noticia/31442-una-sirena-se-ahogo-en-larache-de-sergio-barce-finalista-del-andalucia-de-la-critica-de-no/

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Un fragmento de mi novela LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

Aunque aún inédita, y ya veremos por cuanto tiempo dada la crisis actual, que está mermando la posibilidad de que las editoriales se lancen a publicar nuevos títulos que no sean los de autores con unas ventas aseguradas, os muestro un retazo, un pequeño fragmento de mi novela LA EMPERATRIZ DE TÁNGER, una historia de intriga, de desamor, de desengaño, ambientada en el Tánger Internacional de los años cuarenta y cincuenta.

Sergio Barce, diciembre 2011

(…)

  Entró en el <English Bar>. Estaba lleno. Se bebió un par de vasos de ginebra en la barra, y pidió otro más. Iba mezclando demasiadas bebidas diferentes. Lo sabía, pero no iba a evitarlo. De pronto, tenía a una chica a su lado. Le dijo que se llamaba Latifa, pero él se limitó a seguir bebiendo, apurando el tercer vaso, pensando en el siguiente. Al fin, en algún momento, salió en busca de oxígeno. Creía estar abandonando el <English Bar>, pero podía ser cualquier otro sitio. Sólo vivía ráfagas, como si durmiera y al abrir los ojos intermitentemente se encontrara en cada ocasión en una ciudad distinta. A partir de algún instante inconcreto, caminaba junto a un hombre. No sabía su nombre. También les acompañaba una mujer. Ella reía. Reía todo el tiempo y su risa se le hincaba en las sienes, como las sirenas que aullaban por las mañanas en el puerto. La escuchaba, una voz encerrada en su cerebro. Parecía divertida, no paraba de reír por cualquier cosa. La presentación de la novela le parecía ahora que hubiera ocurrido hacía más de un mes y no esa misma tarde; la noche le había apresado con su misteriosa facultad de engaño, y seguía caminando con esa pareja de desconocidos.

  Entraron en el <Morocco Palace>. La mujer que le acompañaba, ahora abrazada a él, lo besó largamente; a Augusto le pareció el beso más largo de su vida. Sintió unos labios anchos, tiernos, sabrosos. Se habían sentado en una mesa, en un rincón del local. Pidió una botella de algo, incapaz de poder leer la etiqueta. La mujer llenó los vasos. El hombre que los había acompañado hasta allí no se separaba de ellos. Sonaba la música a todo volumen. Vio que el tipo les hablaba de un asunto aparentemente importante, y Augusto lo miraba con atención, pero sin escucharlo ni reconocer sus facciones, borrosas, sólo seguía el movimiento mudo de sus labios. Apuró su vaso, lo apuró varias veces, pero curiosamente seguía intacto, lleno, hasta el borde. La chica que tenía a su lado seguía riendo y su risa se le metía igual que un punzón hasta la nuca. Volvieron a besarse, varias veces, y siempre tenía la sensación de que los besos eran interminables. Era lo único de lo que se daba cuenta realmente. Esa desconocida le mordía los labios sin cerrar los ojos, y él creía meterse en ellos y andar por su interior; notaba la turgencia de su seno rozándole el brazo, la temperatura tibia de su muslo pegado a su pierna, el olor de su aliento, fresco como la brisa de la noche. Vio súbitamente una pistola, pero no podría jurar si era un recuerdo de horas antes.

  Estuvo agarrado a la taza del retrete hasta que no le quedó nada en el estómago. Se despertó de golpe, con un sobresalto, cuando Fatiha entró dando un portazo. Se sentía como los perros: solo, enfermo y cansado. Se duchó con agua fría. La criada le preparó café negro. También lo vomitó. Se acostó, hecho un ovillo, agarrándose la barriga, sintiendo punzadas frías en medio de la boca del estómago. Lentamente, volvió a recuperar el sueño mientras trataba de recordar cómo había llegado a su casa, pero no era capaz de hacerlo, simplemente había amanecido en su cama como si hubiera tenido una larga y agotadora pesadilla.

  Se despertó a las cuatro y media de la tarde. Se dio otra ducha. El agua le resbalaba por la piel erizándosela. Recordó de pronto a la mujer que no cesaba de reír; sólo tenía su risa y unos ojos grises bajo la red de unas pestañas llamativas, y sentía sus besos interminables y la mirada fija de aquellos ojos inmensos, y de nuevo la boca obcecada y temeraria. Así era como lo recordaba él. Y decenas de rostros confusos rodeándole, y también el cañón de una pistola que se le acercaba hasta el entrecejo rumiando un disparo inminente. Oyó el nombre de Pablo, en susurros, pronunciado como si fuera una palabra prohibida que saliera de una voz ahogada, tal vez impostada pero irreconocible. Podía escuchar su propio nombre con una sensación de opresión. También estaba seguro de haber visto a Jean-Jacques Deferre y que se habían retado con la mirada, con el desafío burdo y torpe de los borrachos. Probablemente habrían coincidido en algún bar. En realidad, mientras le duraba la peor borrachera de su vida, debió de haberse encontrado con medio Tánger.

 

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LARACHE en un fragmento de mi novela «SOMBRAS EN SEPIA»

Mi novela SOMBRAS EN SEPIA se editó en 2006 por Pre-Textos, tras ser galardonada con el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia. El jurado lo formaban autores tan prestigiosos como Luis Mateo Díez, Jon Juaristi, Pedro García Montalvo, Clara Janés y Manuel Borrás. Hay un capítulo en la novela en la que relato cómo el protagonista, al regresar a Larache, se va dando cuenta, poco a poco, de que los recuerdos estaban ahí, aunque él no lo hubiera creído, y de que es en Larache donde se hallan realmente sus raíces. Ese capítulo es el que transcribo a continuación:

Nunca había imaginado que esa sensación de desarraigo pudiera acentuarse como lo había hecho al volver a pisar Marruecos. Yebari le había animado en cierta medida al considerarlo un paisano más, como en realidad él se había sentido siempre, aunque su documento nacional de identidad español no lo dijese. Pero ahora que bajaba en dirección al puerto, después de haber sucumbido al encanto decrépito y decadente del Zoco Chico y de las calles Sidi Ahmad Tami y Qasba, se encontraba con otra realidad más hiriente. Sin duda, eran las mismas callejuelas de la Medina por las que un día jugó con Abderrahman El Anjari y con Antoñito Guerrero, los pasajes por los que descubrió la aventura irrepetible de verse a escondidas con Salma, las cuestas románticas que arroparon sus abrazos a Carlota, y, sin embargo, ahora que, en busca de Nadja, volvía a pisarlas, muchos años después, le resultaban tan lejanas que eran como un paisaje desértico.

Al final de la calle 2 de Marzo, Samir le invitó a cenar en un pequeño restaurante de pescadores. Sólo había cuatro mesas y ellos eran los únicos clientes. La brisa del puerto estaba hecha de una humedad helada, que se metía bajo la piel y era imposible evitarla, por muy abrigado y forrado que se estuviese. Les vino bien la cena, filetes de atún y lenguado, para calentar algo el cuerpo y engañar al desaliento que los embargaba a ambos. Se habían pasado dos largas horas recorriendo la vieja ciudad y nadie parecía haber escuchado hablar de Nadja ni de su familia. Hubo quien le dedicó una atención nada complaciente a Abel, interrogándose probablemente acerca de las oscuras razones de ese desmesurado interés que un enzerani estaba demostrando por una pobre chica marroquí. En un cafetín, le aseguraron que ninguna joven que respondiera a la descripción que ofrecía había pisado la Medina.

Puerto de Larache

-Es normal –dijo Samir-. Hay mucha gente nueva. Pero no te desesperes. Tú tranquilo, jai.

En los aledaños del marsa sólo quedaban ya los restos de la pesca que no se había podido vender. Olía a pescado podrido, pero también a sal y a madera mojada. Los escalones que subían a la Medina estaban destentados, las fachadas desconchadas y el camino hasta la salida de la ciudad era, en su mayor parte, un terrizo convertido en un barrizal destartalado. A Abel Egea se le ocurrió que allí se habían detenido todos los relojes y nadie se había preocupado de nada, ni siquiera de volver a darles cuerda… Decidieron, pues, subir por la carretera del puerto. Al perfilarse el Castillo Lakbibat, ladeado, de rodillas, perdida su dignidad, vencido y humillado por la desidia de las autoridades que lo habían abandonado a su triste suerte, con sus muros mordisqueados, Abel apoyó una mano en el hombro de Samir y se puso a toser. El dolor de los bronquios se sumó al dolor de su propia estima, como si contemplar otra vez el desgraciado destino de esos muros derrengados fuera igual que verse a sí mismo frente a un espejo.

Castillo Laqbíbat o de San Antonio

-Lo siento –musitó recuperándose de la tos-. Me ha impresionado ver este lado del castillo… Desde el Balcón no me había parecido tan grave, pero ahora, no sé… Se está cayendo a pedazos…

-¿Quieres que vayamos por otro camino? ¿Volvemos por la Medina?

Abel Egea seguía observando las grandes piedras que se habían ido desprendiendo de los muros, las grietas profundas, las cúpulas resquebrajadas y las hondas incisiones en las paredes hechas a base de hachazos gigantes. Desde la otra cara, ya había vislumbrado su deterioro, pero esta otra perspectiva era tan atroz como cuando un cirujano abre para operar y, súbitamente, se encuentra con un cáncer inesperado y triunfante al que ya sólo cabe dejar que acabe su devastadora tarea.

BALCON ATLANTICO

-¿Qué más da? –respondió fatigado, antes de levantar el mentón, con gesto desafiante-. ¿Piensas que ver todo este desastre me afecta? ¡Pues claro que me afecta, maldita sea! Pero puedo contarlo, jai. Eso quiere decir que sigo vivo y que continúo sintiendo… Me marché y no puedo exigir nada. Las cosas son como son, Samir. Y las acepto. Pese a que este castillo y los antiguos edificios van enmudeciendo, yo sigo amando todo esto, con sus heridas, con sus ausencias, con sus gangrenas… No puedo adivinar el futuro que le espera a cuanto nos rodea, ni siquiera mi futuro… Hay que esperar y ver qué nos trae el destino en su zurrón de viaje. Algunas veces hay sorpresas agradables.

-Incha ´al´aláh! –añadió Samir.

-Sí, que sea lo que Dios quiera…

Abel se hizo un ovillo en la cama, aterido por la espesa humedad que había asaltado la ciudad con la complicidad de una noche opaca y ladrona. Contra su propio pronóstico, se quedó dormido enseguida. Apenas soñó. Se despertó con la primera oración del día, al amanecer, oyendo a la decena de almuédanos que llamaban desde los minaretes diseminados por la ciudad. Había uno que destacaba del resto y Abel podía seguir cada una de sus palabras, acallando a los demás. La luz entraba por la ventana con una claridad sorprendente, pese a lo temprano de la hora. Se escuchaba una discusión en el interior de alguna casa. Abel miró la puerta del cuarto de baño, de madera pintada de beige y con la parte de arriba de cristal translúcido. De pronto, oyó la voz de Carlota al otro lado de esa puerta.

-¡Marido! ¿Iremos al baile del Casino?

-¡Tú qué crees?

Casino

El Casino estaba al borde mismo del acantilado, sobre el Balcón. Su salón, espacioso, con una solería de contrastes grises y negros, estaba habitualmente habitado por sillones confortables que animaban a largas conversaciones al atardecer, con un café humeante o un té verde con flor de azahar. Cuando se organizaba un baile, los sillones se retiraban y el salón parecía aún más grande de lo que ya era. La orquesta, situada junto a un lateral, comenzaba con un pasodoble y podía terminar con una conga alocada y divertida. Había historias para todos los gustos. Nadie había olvidado el baile de disfraces en el que Ricardo llegó, como Dios lo trajo al mundo, montado en un caballo blanco. El revuelo que se formó fue de órdago y hasta las autoridades se vieron en la necesidad de tomar cartas en el asunto para evitar un escándalo mayor.

Lo curioso era que Abel Egea apenas recordaba el hecho en sí de bailar con Carlota, el acto físico de abrazarla y dejarse llevar con el son de un tema de Frank Sinatra o de Paul Anka, sino el escapar con ella de la sala abarrotada y ruidosa, llevarla en volandas hasta la esquina de la Casa del Flecha y allí, acorralándola entre sus brazos, besarla y sentir la dulzura de sus labios entregados. Luego, se asomaban al Balcón, en medio de la oscura madrugada, y sentían la presencia vital y salvaje del mar, estrellándose contra las rocas, con el latir incesante de su corazón bravucón y pirata. Abel le pasaba un brazo por los hombros y la atraía para sentirla todo lo cerca que podía, rozando con el torso sus senos agitados. El aire le removía a ella el cabello, pero siempre con una primorosa delectación, como cohibido. En aquel lugar, sólo les acompañaba la luna, una luna grande, redonda, extraordinariamente enigmática.

Seguía mirando la puerta del baño y continuaba oyendo la voz de Carlota, con una nitidez estremecedora. También podía olerla, ese aroma a madreselva que envolvía la casa, que la hacía a Carlota inconfundible y especial. Nunca supo por qué debió desaparecer antes que él, por qué ese atroz tormento de sobrevivirla, por qué ese continuar sin su compañía; le parecía la mayor injusticia del mundo.

Se aferró a su almohada como si abarcara con su abrazo vacío la cintura poderosa de Carlota. Le gustaba reposar la cabeza en su espalda, el pecho apretando las nalgas de su mujer, abrir las manos para cubrir con sus dedos ese vientre y el diminuto ombligo picasiano. Escuchaba su respiración siempre plácida, jamás hubo nada que la perturbara o la inquietase, salvo, quizás, cuando los chiquillos vinieron corriendo por las calles gritando que el nieto de la Motrilica se había ahogado en la playa. El pobre Manuel Martín se quedó sin su hijo como si le hubiesen arrancado el corazón a navajazos y, aunque sus amigos buscaron consuelos imposibles, nadie pudo borrarle la expresión de asombro y de precariedad que se instaló en su rostro igual que una sombra nocturna. Carlota lloró aquella noche el vacío eterno que iba a acompañar a aquella mujer que la atendía en la pescadería jugueteando con su revoltoso nieto que solía escapársele por entre las piernas, como un gato escaldado.

-¡Este niño me va a matar un día a disgustos! –protestaba la Motrilica sin poder adivinar que sus palabras eran más que una profecía.

La anciana solía decir que las aguas revueltas de Atlantis se lo habían llevado igual que a una cáscara de nuez, flotando a su caprichoso delirio, sin opción a que su padre pudiera franquear las olas premeditadamente crecidas para que nunca llegara a tiempo. Manuel Martín recogió el cuerpo de Manolín en la orilla, cubierto de algas verdes y marrones, con los labios morados y los ojos impregnados de sal, que parecían congelados, con los iris estallando en una última mirada perdida que se hundía en un vacío irreal y etéreo.

Cuando Manuel Martín llegó a la pescadería, la abuela se desmayó, cayendo de espaldas sobre las cajas de sardinas. Alguien aventuró la noticia de que a la Motrilica le había dado un pasmo y que había fallecido de la impresión. Sin embargo, la anciana, con demasiadas heridas después de tantos años de bregar con esta vida injusta, malquerida y cabrona, siguió en su pescadería, aunque con la risa apagada y las ilusiones definitivamente arrinconadas. Carlota hablaba con ella con la sensación de que, a veces, no la escuchaba, tal vez recordando las carreras insensatas de Manolín por entre la mercancía recién llegada del marsa. Sólo la Motrilica seguía escuchando a su nieto detrás del mostrador de mármol y se removía inquieta por ver si era capaz de descubrirlo por allí y conjurar todos los males que parecían haberse cebado con su familia.

-¿Quieres quedarte quieto? –decía entre dientes mirando a un lado del puerto en el que no había más que cubos vacíos. Carlota pagaba al instante para que la Motrilica no descubriese que se le escapaba una lágrima por culpa de sus delirios desesperados.

Carlota se arrebujaba a su cintura, sin poder contenerse, y le contaba a Abel las veces que había visto a Manolín gastarle bromas de niño a su abuela y cómo los dos se reían en medio de la jarana del marcado. No era capaz de imaginar al niño ya sin vida, que fuese cierto que nunca más fuera a reaparecer bajo las faldas de su abuela.

-Me da mucha pena ver a esa mujer hablar sola. Las pesadillas la están consumiendo igual que una llama funde la cera de una vela…

Abel Egea se llevaba entonces a Carlota al Bar Matías y se tomaban dos chatos para espantar la tristeza y la amenaza de la depresión. Ella, que no bebía mucho, cogía un puntito de alegría que la recuperaba de esa congoja. Luego, si había alguna buena película se la llevaba al Ideal o al Avenida.

-Ponen una de Cary Grant.

A Carlota le chiflaba la apostura e hidalguía de Gregory Peck,  los ojos de Paul Newman y la virilidad de Jorge Mistral. Abel Egea prefería a Marlon Brando, James Dean o Montgomery Clift, sin un orden determinado de preferencia. Aunque, puestos a elegir, no podía evitar inclinarse más por la sensualidad montuna de Ava Gardner ni por la carnalidad envenenada de Marilyn ni, menos aún, por la pasión desatada de Sofía Loren. Que una cosa eran los buenos actores y otra ser un imbécil.

Cine Avenida – sala

-¿Recuerdas La colina del adiós? –gritó Carlota desde el cuarto de baño. Se sombra se proyectaba en el techo, chinesca, mientras se movía por entre los jabones y los afeites que llenaban la habitación de una dulzura limpia y fresca.

Abel, al escucharla, se removió en la cama y echó los brazos atrás, cruzando las manos bajo la nuca. Claro que se acordaba de aquella película, la más romántica de todas. La vieron en el anfiteatro del Ideal. Carlota estuvo todo el tiempo conteniendo la emoción, cogida de su mano como si pudiera perderse en medio de un tumulto, hasta que Jennifer Jones subía la colina sabiendo que ya nunca iba a encontrar allí arriba a William Holden. En ese instante, Abel sintió cómo Carlota se ponía a temblar y a enjugarse las lágrimas con un diminuto pañuelo que llevaba escondido en la manga de su jersey. Con los créditos finales sólo se escuchaban la banda sonora de Alfred Newman y el lloriqueo entrecortado de algunas mujeres, en medio de un silencio contenido. Entonces, Carlota acercó sus labios a la oreja de Abel.

-Yo te quiero aún más… Y tú, ¿cuánto me quieres tú?

The End. Las luces, al encenderse de golpe, sorprendieron a Abel Egea entregado al beso más apasionado que le había dedicado a Carlota, casi de manera desesperada, sin saber muy bien cómo demostrarle todo lo que bullía en su interior. Poco podía hacer para competir con aquella película, pero le reconfortó comprobar que a Carlota le tiritaban los labios y que apenas fue capaz de levantarse, sacudida aún por su impetuosa bizarría y por el desconcierto al no poder recordar enseguida dónde se encontraban. Dos días después, volvieron a ver La colina del adiós, y Carlota exigió, de nuevo, otra dosis de arrebato.

La almohada estaba mojada por el rocío de sus lágrimas, pero Abel Egea seguía tumbado boca arriba, con el resuello de aquella banda sonora perdiéndose lentamente  en el eco lejano de su memoria, dejándose capturar por las primeras horas de la mañana. En unos minutos, había recuperado más de Carlota de lo que había pensado en ella en los últimos años, como si encontrarse en Larache le hubiese abierto de par en par las puertas de la nostalgia, de la que tanto había abominado, a la que tanto había esquivado y ahora sabía porqué.

-¿Te apetece que compremos unos pasteles en Montecatine? –la voz de Carlota sonó divertida, adivinando que a Abel se le había vuelto a olvidar la fecha.

-¿Celebramos algo? –la pregunta de Abel estaba tamizada por el temor a un acontecimiento importante. No se atrevía a levantar la vista  y apretaba los dientes para que sólo fuese un capricho de Carlota.

-¡Ay, marido! ¡No tienes remedio! No sé qué voy a hacer contigo… ¿Te acordarás alguna vez de mi santo?

-¡Dios!

Tenía que salir a toda prisa, aprovechando que ella se metía en la cocina para preparar el almuerzo y se iba a la Burraquía. Sólo Ismail podía aconsejarle bien.

-¡Ah, jai! ¡Siempre igual! –le reprendía Ismail con su risa ladeada, socarrona-. Tú sabes qui la mujera si no tiene rigalo, safi baraka! ¡Tú cabisa loca!

Pero luego echaba una ojeada a lo que tenía en el bazar y le sacaba una tetera mágica con la que se preparaba un té tan suave como los pétalos de rosas o una vajilla recién importada de China, con su sello de autenticidad, que no se encontraba en ningún otro lugar de Marruecos y, por supuesto, tampoco en España.

-¿Es muy cara?

-¡Qui cara, hombre! Para tu mujera no caro, llévatelo… Tú mi paga cuando quiera. Barato. Siempre barato para tu mujera…

La verdad es que Isnail siempre acertaba, aunque ninguno de sus regalos producía los efectos anunciados. La tetera era como las demás y la vajilla podía comprarse en cualquier tienda de Ceuta, pero qué más daba si servían para sacar a Abel del aprieto.

Se mordía los labios, imaginándose a David Benasuly viéndolo en ese estado. No se lo creería, claro que no. Lidia, sin embargo, sabría comprenderlo y hasta le resultaría conmovedor. Se echó rapé y lo aspiró, sentado al borde de la cama, con los codos clavados en los muslos. Sabía que tendría que salir a la calle dejando a Carlota en la escuálida habitación del Hotel, entre sus perfumes imaginados.

Hamid le sirvió café con leche, zumo de naranja y churros, que le trajo de su puestecillo que había instalado junto a la puerta de Bab Barra. Abel le deslizó unos dirhams que eran sólo para Hamid, por ser tan entregado y tan atento. En una de las mesas del Central reconoció a Mohamed Sibari, que escribía en una pequeña libreta, con las gafas levantadas y apoyadas en la frente, lo que no dejaba de resultar peculiar. Y, en otra, junto a una de las ventanas, a Bennani. Tenía los ojos cansados, como si hubiese visto demasiado, el cabello y el bigote grises como el gris del otoño, con un periódico entre las manos que también parecía contener sólo noticias antiguas. Era como si empezara a darse cuenta de que realmente estaba allí, de nuevo, en la ciudad que lo había convertido en todo lo que era, en la ciudad que le había inseminado lo mejor de sí mismo. Ya no le cabía la menor duda de dónde era realmente y de que, como sus calles, él también estaba viejo.

Sergio Barce

 Algunas de las fotos son de Itziar Gorostiaga, y otras están tomadas del blog de Houssam Kelai, cuyo enlace lo tenéis en este mismo blog.

 

  

     

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