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«LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», DE SERGIO BARCE, EN «LA LUNA EN EL ESPEJO», DE MORETA-LARA

“…La emperatriz de Tánger (2012), una novela negra que consigue hacer transitar al leyente por un mapa citadino, donde Sergio Barce va trazando la aventura de un desesperado personaje con un itinerario absolutamente reconocible de bulevares, cuestas, cafetines, restaurantes, clubes, cines, hoteles, miradores y otros lugares de esa mágica urbe: café Las Campanas, cafetín Isa, cine Roxy, bar Turia, bar Lucifer, Kursaal, hotel Minzah, pensión Fuentes, Casa de España, La Mar Chica, Librairie des Colonnes, cine Alcázar, café Colón, café de París, teatro Cervantes, English bar, Morocco Palace, La Tribune de Tanger, Cosmópolis, El Alcázar, ABC, España…, y así hasta mapear la entera ciudad con una precisión de GPS, un universo poblado además de nombres propios de aquella vida luminosa. La emperatriz de Tánger es el último libro que he leído de Sergio Barce. Antes había disfrutado la triste y delicada historia, de espléndido final, de Una sirena se ahogó en Larache (2011) y otros relatos recogidos en Una puerta pintada de azul (2020): los dos títulos rinden tributo a ese mozarabismo literario que practicó el autor de Larache.

Mientras leía La emperatriz de Tánger y deambulaba por la noche tangerina convocada en sus páginas, su trío protagonista (Augusto Cobos, un escritor adicto al alcohol y al sexo; Said Barrada, un tierno policía lector de poesía; y Juan José Iriarte, un sádico malote falangista) no hacía más que recordarme a otro trío de personajes de cine, Rick-Bogart, el capitán Renault.Rains y el nazi Strasse-Veidt. También me evocaban estrechos paralelismos entre la película Casablanca y el Tánger literario de Barce personajes como el Víctor Laszlo del film con el Pablo Cantos de la novela, aunque las disonancias son también notables: en una suenan <As times goes by> (Dooley Wilson), el bolero mexicano <Perfidia> y la <Marsellesa>, y en la novela el <Rico Mambo> de Pérez Prado. La desproporción femenina es importante y, si el film de Curtiz lo llenaba la figura de una intensa y fulgurante Ilsa-Ingrid Bergman, en la novela de Barce las mujeres son una fascinante legión, quizá por necesidades del inquietante donjuanismo de un protagonista depredador sexual: entre otras muchas secundarias, están muy bien dibujadas la funcionaria consular Carmen Montes, la sumisa Yamila y la lolita pelirroja de ojos verdes Miriam Benasuly.

(…) El capítulo de La emperatriz de Tánger titulado <Paul y Jane> es mis favoritos y, por sí mismo, es un relato perfecto en el que se narra la escena de un fonduq inundado de agua embarrada que ha echado a perder las páginas de una novela en marcha, la que está escribiendo Paul Bowles…”

Estos párrafos pertenecen a uno de los artículos escritos por el inclasificable Miguel Ángel Moreta-Lara que ha reunido en su libro La luna en el espejo (Espejismos, marroquismos y otros exotismos) (2025) que ha publicado Diwan Mayrit. Digo “inclasificable” Moreta-Lara porque es un autor-personaje tan apabullante, tan abarcador, tan lúcido, que no sé qué adjetivo usar con él. Maestro, traductor, viajero, gestor, poeta, divulgador, aventurero, saharaui, crítico, políglota, ensayista, amigo y mucho más, es Miguel Ángel. Y ver que alguien como él dedica parte de su tiempo, de su espacio literario y de su estudio crítico a mi novela y a mi libro de relatos El mirador de los perezosos (2022), al que también incluye en este volumen, es de agradecer, y mucho.

Os recomiendo con sinceridad los artículos de Moreta-Lara recopilados en La luna en el espejo porque te abre portones a otros autores admirables y admirados, de Abdelfatah Kilito a Mohamed Chukri, de Abdellatif Laâbi a Ahmed El Gamoun, pasando por Alberto Mrteh, Jan Morris, Pilar Salamanca, Susi Alvarado, Fernández Parrilla, y Borges y Mishima y yo qué sé cuántos más. Y se aprende, siempre se aprende de Miguel Ángel.

Sergio Barce, 10 de marzo de 2026

 

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FRAGMENTO DE «UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Estos son los primeros párrafos de mi novela UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE, obra que resultó finalista del XVIII Premio de la Crítica de Andalucía de Novela. 

«Tami es un niño de cuerpo frágil pero despabilado, de ojos hambrientos, que padece una enfermedad que le perfora los bronquios y los pulmones. La humedad de la Medina no le sienta demasiado bien, pero él es feliz en sus callejones. Le gusta jugar al fútbol en la playa y corretear por las callejuelas del barrio de la Alcazaba y bajar corriendo con sus amigos por la calle Real hasta el puerto; y le embrujan los cuentos de su abuelo. Son suficientes razones para que no pueda imaginar la vida en otro lugar.

   Ya es de noche. Se ha tumbado en su jubón, en el cuarto que comparte con su hermano mayor Ahmed, que duerme en la otra estera de esparto. Hace calor. La calima es densa esa noche de agosto. Se escucha música en toda la ciudad y algarabía por las calles, pese a que son más de las tres de la mañana. Es raro que Ahmed no ande por ahí, tras alguna de esas chicas que han regresado a Larache desde Holanda o España de vacaciones.

   El cuarto está en el tercer piso de la casa, junto a la habitación del abuelo. En la planta baja, una pequeña cocina y el salón, en el que sobrevive el viejo televisor Telefunken. Un pequeño habitáculo, que sirve de almacén, un retrete con una ducha y el dormitorio de sus padres se reparten la segunda planta. En la azotea, hay un cajón de madera que atesora algunas herramientas del abuelo de cuando ejercía de mecánico en el Taller de Barrajón, y también la mesa pequeña en la que ahora trabaja. A sus pies amontona piezas desechadas de aparatos electrodomésticos, fusibles, cables, una batería. Es ahí arriba donde el viejo se pasa las horas muertas durante el verano.

   Toda la casa de la familia de Tami, no obstante, no sobrepasa en total los cincuenta metros cuadrados. Cada una de las habitaciones es angosta y, salvo su cuarto y el de sus padres, las demás carecen de ventana alguna. La mejor de las dos que hay, sin duda, es la suya, situada en lo más alto de la casa, justo encima de donde él duerme; una idea de su madre que siempre ha pensado que sería lo más beneficioso para el niño. Desde su atalaya particular, Tami puede ver algunas otras terrazas, un trozo imperfecto de la desembocadura del Lucus, el espigón, el minarete de la mezquita desde la que le llega la voz del almuédano, y la inmensidad del cielo, en el que descubre cada noche una nueva estrella. Le ha puesto nombre a alguna. La que más brilla es Nur-al-Din, la más lejana Ibn Battuta…»

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FRAGMENTO DE «SOMBRAS EN SEPIA», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

 

Este es el comienzo de mi novela “Sombras en sepia” (Editorial Pre-Textos), que se publicó en 2006 y que obtuvo el Premio de Novela Tres Culturas de Murcia.

Se había jurado mil veces dejar el pasado atrás, olvidarlo y, no obstante, en los últimos meses no había podido evitar verse desbordado por la nostalgia. Abel Egea llevaba sentado en el interior de su coche casi toda la tarde y le sorprendió el anochecer. Había estado llorando, pero no se había dado cuenta hasta que se pasó una mano por le mejilla, cuando los dedos se le empaparon con las lágrimas mudas que habían escapado sin pedirle permiso. Se las secó con un pañuelo que llevaba en el bolsillo del pantalón y, mientras lo hacía, no pudo evitar el pensar que tal vez sólo eran fruto de su imaginación. Hacía un tiempo que Abel vivía acompañado por la presencia inquietante de las ausencias y por la inesperada intromisión de un horizonte imposible. A veces, llegaba a detestarse, aunque no solía tomarse demasiado en serio y acababa por saciarse con unas copas de vino navarro o con un aquelarre de bebidas mezcladas.

Decidió marcharse de ese lugar que lo atrapaba entre invisibles redes de tristeza. Giró la llave de contacto. El motor bostezó, sin ganas. Lo intentó una segunda y una tercera vez, sin éxito en ambas ocasiones. Trató de arrancar de nuevo, pero el motor, obtuso y pertinaz, ni siquiera hizo un mínimo amago por ponerse en funcionamiento. No tenía batería. Abel se quedó quieto, con las manos apoyadas en el volante, como guantes inertes que colgaran de ahí. No tenía fuerzas para salir del vehículo. Ni siquiera guardaba ánimos para bajar la ventanilla y dejar que entrase aire fresco. No tenía ganas de nada. Absolutamente de nada.”

   

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LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

Mi novela «La emperatriz de Tánger» (Ediciones del Genal), se publicó en el año 2015 tras haber sido Finalista del XVII Premio de Novela Vargas LLosa y del XXII Premio de la Crítica de Andalucía de Novela.

Y ahora, curiosamente, diez años después, según publica el diario SUR del pasado 25 de octubre de 2025, «La emperatriz de Tánger» ocupa un lugar muy alto entre los libros destacados en Málaga.

¡Larga vida a La emperatriz de Tánger!

        

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UN FRAGMENTO DE «EL MIRADOR DE LOS PEREZOSOS», DE SERGIO BARCE

Uno de los relatos que forman parte de mi libro «El mirador de los perezosos» (Ediciones del Genal – Premio de la Crítica de Andalucía al Mejor Libro de Relatos 2023) se titula «Avenue Josafat» y comienza así:

«AVENUE JOSAFAT

Después de cuarenta años no es fácil regresar, pero llega un instante en el que un cabo invisible tira de nosotros y nos arrastra al pasado en busca de un destello. Y aunque uno se reconoce en el espejo cada mañana, siempre hay una nueva arruga, una cana incipiente más, y mirar por encima del hombro solo causa desaliento. Ya casi nada es como fue, e incluso si las cosas van bien en nuestro pequeño entorno dejar la juventud atrás no es trago de buen gusto.

Las calles de Tánger parecen otras, tan modernas, tan limpias, tan vigiladas. Hay nuevos edificios, barrios enteros que han deformado el plano urbanístico, que han hecho de la ciudad una metrópolis inabarcable, extendiéndose a derecha e izquierda de la bahía, por los cuatro puntos cardinales, salvo el imposible mar, multiplicándose igual que las cabezas de la Hidra de Lerna que, al ser cercenadas, se duplicaban. Ni siquiera Hércules, que, tras dar muerte al monstruo, lleva siglos escondido en su gruta tangerina, logra librarse de su presencia. A Carlos, ahora, le ocurre lo mismo. Desde su llegada al aeropuerto Ibn Battuta parece un borracho que bebiera sin mesura, atolondrado por lo que creía olvidado, absolutamente entregado a los recuerdos de una infancia lejana y de una adolescencia perdida. Un borracho que muere de sed porque sabe que los años dorados se han oxidado en un cuartucho maloliente.

Deja el equipaje en el suelo al entrar en la habitación del Continental que sus padres ocuparon su último día en Tánger. La ha reservado exprofeso. Segunda planta, sobre el puerto. Se queda parado en medio, la luz filtrándose por la ventana como una lengua de lava blanca y resplandeciente, proyectándose sobre la cama de matrimonio que Carlos observa con una inusual ternura. Sabe que sus padres trataron de conciliar el sueño en otro colchón y quizá en otra cama esa última noche, pero era esta misma habitación. Su madre se acostó vestida, sin cambiarse, porque carecía de fuerzas para quitarse el abrigo e incluso se dejó puestas las medias y los zapatos de tacón. Su padre, por el contrario, se puso el pijama sin pensarlo, como hubiese hecho un autómata, y se tumbó sobre la colcha, sin deshacer, pegando su cuerpo a la espalda de ella. La abrazó y no cambiaron de postura hasta que amaneció. Carlos conocía estos detalles porque su madre se lo contó años más tarde. Y él, con dieciséis años, en la habitación de al lado, oyéndolos llorar, escuchando cómo se les desgarraba aún más el alma; solo, pensando en Haviva, sin haber podido decirle siquiera adiós, odiando al mundo. Un espectro que se le aparece a menudo en la duermevela, su único remordimiento.

Ahora baja las escaleras y se reencuentra de pronto con aquellos años barnizados por el paso del tiempo, las mismas calles cubiertas de esta pátina de ausencia con la que prometió levantar un muro infranqueable. Jamás volvería. Como tampoco lo harían sus padres. Y ahora que su madre ha muerto, el juramento que hicieron queda anulado. Por eso regresa, como para confirmar que todo quedó sepultado para la eternidad. Sabe que ha de cauterizar sus dos grandes heridas, que si no lo hace ahora ya no habrá otra oportunidad.

No le es difícil ratificar que su ciudad queda oculta tras el doblez de los años transcurridos, porque apenas quedan algunos negocios del viejo Tánger. El Café de París sigue manteniendo cierta apostura, aunque hay un algo deslucido en sus mesas y en sus clientes, como si anhelasen mantener el orgullo perdido sin conseguirlo del todo. Baja por el boulevard y sube a la derecha. Cuando llega a la puerta de Madame Porte, ve que no es más que otro local de McDonald´s el que lo recibe y entonces, asqueado, mira para otro lado. Había osado creer que volvería a sentarse donde lo hacían sus padres cada domingo, aquel rito familiar lleno de candor y dulce rutina, pero le acaban de amputar esa ilusión que albergaba por homenajearlos. Son muchos lustros desde que embarcaran rumbo a España y se da cuenta de que, lo que ahora pretende, es una mera ilusión, y que lo esencial de sus vidas eran esos detalles insignificantes. Nada de himnos ni de banderas, nada de patrias ilusorias.

Camina muy lentamente demorando su destino. Ha dado tal rodeo que pasan casi tres horas antes de llegar. Teme una nueva decepción y por eso este paseo en espiral que no acababa nunca. Y, sin embargo, cuando al fin pisa la calle Josafat nota por vez primera el peso de la emoción, como si ese sentimiento se hubiera agazapado en las sombras durante estos casi cuatro decenios y ahora se convirtiesen en cuarenta quilos de silencio y de traición.

Entra desde la calle Italia. La tapia que quedaba en el lado izquierdo ya no existe, ese largo muro que trazaba la frontera del viejo cementerio cristiano y contra el que jugaban a la pelota. En la esquina, se detiene en un puesto de frutas y compra un par de higos, que se come ahí en pie, notando el cosquilleo que le produce el sabor natural y antiguo en sus glándulas. Es como hacer un viaje al pasado a través de esa sensación. Lo degusta con lentitud, demorando lo inevitable.

En Josafat, un olor añejo (ahora son los olores los que le abofetean), le obliga a detenerse, apoyar una mano en la pared y tomar aire. Ha descubierto el portal de la casa en la que vivió sus mejores dieciséis años y, por un segundo, se ha visto salir de ahí siendo aún un niño, corriendo junto a David Querub. Una imagen casi fantasmagórica, como salida de un rollo de película quemada.

David Querub. Vivían en el mismo rellano, puerta con puerta. Los Querub y los Garcés. David era de su misma edad, más escuchimizado, de ojos grandes y llorosos, con un físico que movía a la compasión, tal era su fragilidad. El amigo inseparable de la infancia, su compañero de correrías por las calles de la medina, al que, algunos sábados, veía salir asido de la mano de su padre con la kipá puesta. En alguna ocasión le preguntó al suyo por qué él no tenía una kipá, y don Joaquín Garcés, muy serio, le explicaba que eso solo lo utilizaban los hebreos y que ellos eran cristianos. Algo que confundía a Carlos, porque ni él ni sus padres jamás pisaron una iglesia.

También recuerda otro detalle. Tendrían unos ocho años; unos mocosos que jugaban en las escaleras del edificio con soldaditos y con coches en miniatura. David poseía entonces un buen número de vehículos, desde una furgoneta Citroën 1200, marca Norev, hasta un elegante Mercedes 190 SL cabriolet (con la figura del conductor, de plástico, sentado al volante incluido), el único que su amigo guardaba con extremo cuidado en la caja original, de marca Sòlido, made in France. Pero a Carlos, la que más le gustaba, y no sabía la razón, era otra furgoneta, una Peugeot D4B, color verde con una franja amarilla a los lados, y la palabra POSTES grabada sobre el parabrisas delantero y también en los laterales del vehículo. Siempre le pedía que se la dejara cuando se sentaban en el rellano. Hasta que un día, David Querub le anunció que su familia se marchaba a Israel. Carlos miró la furgoneta intuyendo que ya nunca volverían a compartirla, pero su amigo la empujó con suavidad para que rodase, hasta chocar con sus piernas, y él levantó los ojos con miedo a quedarse solo.

-Te la presto para siempre -le dijo David, que, sin esperar a que pudiera responderle, recogió el resto de sus cochecitos y entró a toda prisa en su casa. No recuerda si se despidieron…»

 

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