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LA RESEÑA DEL POETA VÍCTOR PEREZ SOBRE “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE

Acaba de salir la reseña escrita por el poeta Víctor Pérez sobre mi libro de relatos Una puerta pintada de azul. Una reseña que me ha parecido preciosa y que resume perfectamente el espíritu del libro.

Podéis leerla aquí, o bien visitando el blog de Víctor Pérez en el siguiente enlace:

http://siroco-encuentrosyamistad.blogspot.com/2021/03/una-puerta-pintada-de-azul-de-sergio.html

¿Qué se esconde tras esa vieja puerta pintada de azul? ¿O es más bien una ventana abierta a los recuerdos azules de la niñez?

Sergio Barce, como por un misterioso magnetismo, siempre vuelve a Larache, y nos arrastra con su ternura, con su sencilla, rica y ordenada prosa. Nos embelesa, nos remueve las emociones para hacernos sentir la belleza del desencanto, la melancolía de los recuerdos y también la realidad social. Asomado a su Balcón del Atlántico, el horizonte no es una frontera, sino un espacio de luz, un brote de resonancias azules que florecen y nos conmueven.

Los personajes que pueblan las páginas de sus relatos: niños desaliñados, mujeres inolvidables, viejos nobles, están todos marcados por el sello de la autenticidad. En sus historias nos acerca al corazón, al dorado espacio de Larache, donde a veces, en días claros, la luz parece nacer de la tierra. Una ciudad súbitamente envejecida, de piel surcada por las arrugas del tiempo y el abandono, surcos de dolor y ausencia, pero donde siempre la memoria rescata los momentos gloriosos.

Víctor Pérez

 

Foto de Mohamed Laabi tomada en la Plaza de la Liberación de Larache
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“LA PUERTA PINTADA DE AZUL” COMIENZA A TEÑIRLO TODO DEL AZUL DE LARACHE

Ese color intenso, que huele a madera, se va extendiendo entre mis lectores, y se expande y avanza y al final tizna todo el aire con el azul mar de Larache, que es lo que se esconde tras esa vieja puerta con goznes oxidados que os invito a abrir.

Solo hay que empujar la puerta, con suavidad, y el mundo que he creado está ahí, esperando vuestra visita…

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FOTO ENVIADA POR EMILIO ANDRADE

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ANOUAR ELGUELLAFI

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FOTO ENVIADA POR NAIMA HAYAT

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BERNARDO VILA

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DAVID ROCHA

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CHARO RODRIGUEZ CUADRI

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FOTO ENVIADA POR MARIA BACALL

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CON ALFONSO GONZÁLEZ CACHINERO

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FOTO ENVIADA POR ISABEL FLUXA

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CON FLOR COBO

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FOTO ENVIADA POR MOHAMED LAABI

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CON MARÍA DEL MAR ÁLVAREZ

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CON MUSTA KADDA

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EN LIBRAIRIE DES COLONNES de Tánger

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CON NURIA RICO

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FOTO ENVIADA POR ANTONIO CÉSAR MUÑOZ

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CON MIS HIJOS SERGIO Y PABLO

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CON PACO SELVA Y VÍCTOR PÉREZ

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EMILIO GALLEGO

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FOTO ENVIADA POR NIEVES MARTÍNEZ

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FRANCISCO JURADO

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FRANCISCO NAVARRO

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JOSE LUIS ROSAS

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FOTO ENVIADA POR CARMEN VEGA

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JULEN GONZALEZ CUBEDO
LUIS VELASCO Y RACHID SERROUKH en la Librería Al Ahram de Larache
CON MARIBEL GIL, MAITE GÓMEZ Y ROXY TRECEÑO
MARIA JESÚS DOBLAS

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MARIBEL ORELLANA

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MARIO CASTILLO DEL PINO

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En la LIBRERÍA PÉRGAMO de Torremolinos

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NIEVES MARTÍNEZ

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NIEVES SÁNCHEZ, que encontró la puerta azul

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PAKO COBOS

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En la LIBRERÍA PROTEO de Málaga

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PAQUI CONTRERAS

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ROXY TRECEÑO

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FOTO DE ISABEL FLUX

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SERGIO BARCE JR.

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CON JESÚS OTAOLA

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dav

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UN NUEVO FRAGMENTO DE “UNA PUERTA PINTADA DE AZUL”, DE SERGIO BARCE

No creo que exista mejor anzuelo para que os animéis a leer mi nuevo libro de relatos Una puerta pintada de azul (Ediciones del Genal), que ofreceros un fragmento. Que lo disfrutéis. 

  Todos los días baja y sube esta calle. Llega hasta el puerto, se da un paseo por el muelle y ve el ambiente, se queda curioseando los barcos de pesca ahí amarrados, leyendo los nombres de cada uno de ellos, saludando a los pescadores más veteranos, y aspira el aire preñado de salitre y de mar, oyendo el graznido de las gaviotas que dibujan sus siluetas en el cielo.

   Al salir del puerto, se topa con los puestos en los que asan sardinas. También le gusta ese olor denso que le llega de las blancas humaredas que salen de los anafes, pero apenas se detiene y sube de nuevo muy despacito, tratando de no cansarse demasiado porque ya va notando que no tiene la misma fortaleza en las piernas, y a veces se ahoga y respira con dificultad.

   La vieja calle Real, por la que tanto transitara cuando era la arteria principal de la Medina, cuando estaba llena de vida, cuando era joven. Recuerda a veces los grupos de hebreos que salían de las sinagogas tras el rezo o tras alguna celebración, y cómo algunos chiquillos cristianos y musulmanes les tiraban sus kipás a los otros niños judíos que acababan revolviéndose y persiguiéndolos para darles alguna patada como respuesta. O caminar por entre las callejas y escuchar las campanas de la iglesia y el rezo del almuédano, en ese vals de rosarios y aleyas. Pero nada queda ya de aquello. Y que tantas cosas hayan ido desapareciendo le causa un cierto pavor, como si fuese el anuncio de que todo lo demás también habrá de perderse en un pozo negro de olvido, de que quizá el mundo se precipita al vacío sin remisión.

   Al llegar a la avenida Mohamed V, Ahmed ha de detenerse tratando de controlar el resuello. Está sudando, y se pasa una mano por la frente y vuelve a notar que le duele el pecho, no con tanta intensidad como esa mañana, pero lo suficiente como para que decida hacer una parada y recuperar el aliento. De manera que cruza la calle y entra en el bazar de Yebari.

   -¡Hombre! -le da la bienvenida el Hachmi Yebari al Hach Ahmed-. ¡Dichosos los ojos!

   -Necesito descansar, jay. Estoy un poco mareado…

   Yebari se quita las gafas y deja a un lado las facturas que ordenaba en la mesa que tiene de oficina tras el mostrador, y sale con rapidez y ayuda a Ahmed a sentarse en una silla que tiene siempre lista para cualquier visita inesperada. Por lo general, los amigos pasan, entran y toman asiento, y permanecen un buen rato de cháchara, hasta que lo releva algún otro visitante o la llegada de un cliente que busca cambio de divisas o alguno de los pocos objetos que ya se venden en el viejo bazar.

   -¿Un vaso de agua? -le pregunta Yebari preocupado, sujetándolo aún por encima de los hombros pese a que ya se ha acomodado.

   -Sí, por favor. Tengo tanta sed…

   Yebari vuelve sobre sus pasos y descorre la cortinilla que da acceso a la trastienda, y de allí trae un vaso y una botella de agua Sidi Alí, y tras llenar el vaso se lo ofrece. Ahmed lo bebe a pequeños sorbos, como si le costara tragarse el líquido. Luego, cierra los ojos y echa la cabeza atrás, mientras Yebari recupera el vaso de su mano casi lacia, que cae de golpe sobre la pierna.

   -¿Mejor?

   Ahmed asiente con la cabeza, sudoroso y un tanto desconcertado al notarse tan agotado y débil. Trata de controlar la respiración, y, como si de un ejercicio se tratase, llena los pulmones y expulsa el aire varias veces, rítmicamente, hasta que cree recuperar las fuerzas. Solo entonces abre los ojos.

   -Creo que los años me pasan factura. Ya estoy mayor. Muy mayor. Los achaques no perdonan…

   Yebari le sonríe y mueve la cabeza a un lado, como quitándole importancia a sus conjeturas.

   -¡Pero si estás hecho un chaval, hombre! -trata de animarlo levantando la voz, como para que lo escuche un público inexistente-. ¡Venga, hombre! –repite-. ¡El Dio te dé lo ueno!

   -Pero ¿qué dices, mi rey? Si estoy jalqueado y quedrado, mi weno…  

   -¿Ya estamos hablando en jaquetía? -les pregunta desde la entrada Sibari, ahí en pie sujetándose en las muletas.

   Yebari se ríe y le hace señas para que deje descansar a Ahmed, que ha vuelto a cerrar los ojos.

   -¡Ahí os dejo, tortolitos!

   Después de beberse otro vaso de agua, Ahmed decide marcharse. Se ha dado cuenta de que ya es más de mediodía.

   -No has podido ir a la mezquita por mi culpa… -se excusa al ponerse en pie, ya más calmado y pensando que la hora del rezo ha pasado mientras permanecía ahí medio mareado en la penumbra del interior del local.

   -Luego iré a la tercera oración, no hay problema, jay -lo calma Yebari, que sabe lo aprensivo que es Ahmed.

   De pronto, el Hachmi Yebari lo deja un segundo y va hasta el otro extremo del bazar, remueve unas darbukas que tiene en exposición y, tras estos instrumentos, recupera un laúd y se lo lleva a Ahmed, que lo mira con recelo.

   -No querrás que ahora me ponga a tocar algo… No estoy en condiciones -y aunque insiste en su negativa, ya ha aceptado el laúd, sentándose de nuevo, y lo empieza a afinar sin dejar de despotricar como un viejo cascarrabias-. Además, necesito estar inspirado y sinceramente…

   -¡Jamal! -grita el Hachmi Yebari, y sale disparado a la puerta y desde allí vuelve a vocear-. ¡Jamal! ¡Mohamed!

   -¿Qué he hecho para sufrir este castigo? -rezonga Ahmed acariciando la espalda del laúd.

   Ha revisado ya la madera, el clavijero, el trazado del mástil, la juventud de los trastes y el estado de las cuerdas. Le sorprende que en el bazar se venda un laúd de tal calidad. Acaricia todo su cuerpo y es como si tuviese a una hermosa mujer entre las manos. La tañe un par de veces, aguzando el oído, y ajusta las cuerdas y la afina con la maestría de un veterano.

   Al levantar la vista, ve al Hachmi que regresa con una sonrisa de lado a lado, acompañado de cuatro hombres de los que solo distingue las siluetas porque la luz de la calle entra a sus espaldas y deslumbra a Ahmed.

   –Salam ´Alekoum.

   Los recién llegados lo van saludando con educación y simpatía, y se van acomodando en los taburetes que Yebari va disponiendo en torno al Hach Ahmed, que los observa con una calma de paciencia. Ve a Jamal Nouman apoyar su guitarra española sobre la pierna, a Abdelhay el Haddad dejar en el suelo la darbuka que le ha entregado Yebari al entrar y ve también a Ahmed el Guennouni con otra guitarra española ya en posición de ataque, y que los tres parecen retarlo a que él sea el que arranque con algún tema para seguirlo. El cuarto recién llegado es el profesor Laabi, que se queda a un lado, con los brazos cruzados a la altura del pecho y que le hace un gesto a Yebari para que no se preocupe por él, como anunciándole que no tardará en marcharse.

   El Hachmi Yebari se ha sentado en una silla, al revés, con la barbilla clavada en los brazos que ha cruzado sobre el respaldo, como si fuese un espectador situado tras una barrera.

   -Esto es una encerrona -protesta el Hach Ahmed el Ouazzani, pero no lo hace con resentimiento sino con agrado, como si de pronto, al verse acompañado de músicos más jóvenes, el reto le ilusionase, y los otros le sonríen cómplices. Entonces, chasquea la lengua y les ordena: Vamos a tocar algo que le gusta al Hachmi…

   Y Yebari se remueve en la silla con un entusiasmo adolescente, mira a Laabi que asiente sonriéndole, y, en efecto, en cuanto comienza Ahmed a rasgar las cuerdas del laúd, los tres músicos lo siguen sin problema alguno, asintiendo con sus cabezas. La Tarara se ha convertido en un tema clásico en cualquier concierto popular. El Hachmi Yebari, al poco, también los sigue tocando las palmas, luego Laabi hace lo propio, con la música in crescendo, inundando el bazar de ritmo y de alegría. Ahmed se olvida al instante de su malestar, y se recupera como si le hubiesen inyectado un medicamento milagroso.

   La música amansa a las fieras y atrae a los curiosos. El local no tarda en llenarse de gente que, al pasar por la puerta del bazar, no ha podido resistirse a entrar para presenciar este improvisado concierto. Las palmas de Yebari y del profesor Laabi son enseguida secundadas por los inesperados espectadores que cantan a coro el estribillo, y alguno, incluso, se aventura a bailar.

   –La Tarara sí,

La Tarara no,

La Tarara niña

Que la bailo yo

   Ahmed les hace un gesto con las cejas a Jamal, a Abdelhay y a Guennouni, y alargan la canción para no dejar a los que se han incorporado tarde con la miel en los labios. El jolgorio es impresionante, y Yebari se levanta de la silla sin dejar de palmear e incitando a los que aún no lo hacen a que se unan al coro. Trata de que Laabi se sume también pero el profesor le ruega levantando las manos que no lo ponga en ese compromiso. Cuando acaban la canción, todos prorrumpen en aplausos y vítores.

   -¡Otra! ¡Otra¡ ¡Otra! -repiten sin cesar, pero Ahmed ha soltado ya el laúd a un lado y cuando el Hach Ahmed toma una decisión ya pueden insistirle una y otra vez que no da su brazo a torcer.

   -Os dejo con ellos, que tienen ganas de seguir tocando… -les dice a todos mientras se despide de los músicos, y luego se abre paso por entre el público que se ha agolpado en número creciente, y sale a la calle acompañado de Yebari.

   Desde la acera oyen el siguiente tema que Jamal Nouman ha propuesto a los otros. Y Ahmed asiente al reconocerla.

   –Gracias, maestro -le dice el Hachmi Yebari dándole la mano con efusión.

   -No sé si a esta hora encontraré ya algo de pescado fresco en la Plaza… -murmura después de echarle un vistazo a su reloj de pulsera-. Ahora tendré que conformarme con lo que encuentre.

   -¡Se haga el mazal, hombre! -le desea Yebari con su simpatía contagiosa.

   -Incha Al´láh -responde el anciano.

   El Hachmi observa su figura encorvada y se da cuenta de que los años se le han venido encima a Ahmed, como si de un día para otro no hubiesen transcurrido veinticuatro horas sino toda una eternidad.

   Ahmed se va alejando acompañado de esa música que va quedando poco a poco atrás y deja ya de oírla en cuanto coge el callejón de la iglesia del Pilar, que dibuja una suave curva de media luna.

   Al comienzo, casi en la esquina, se topa con una mujer que está sentada en el suelo con un niño pequeño en los brazos, una imagen que siempre le causa desasosiego, así que busca las monedas que lleva en el bolsillo y las deposita en la mano sucia y callosa de la mendiga, que lo mira con ojos lacrimosos, y que besa los dirhams como si fuesen un amuleto.

   -¡Saha! -le dice la mujer mientras balancea el cuerpo adelante y atrás para que el bebé no se despierte.

   Una vez al año, Ahmed cumple con el azaque entregando una parte de sus ahorros a la Beneficencia Musulmana. Pero no deja de practicar su compasión el resto del año, él que siempre se ha considerado un privilegiado por haber encontrado trabajo cuando lo ha necesitado y que también ha disfrutado con la música recorriendo parte del país, algo que pocos de su generación pueden decir.

   Pasa por delante de la oficina de cambio de Majid Yebari, el hermano del Hachmi, y al que todos conocen como el Sueco porque vivió varios años en Estocolmo. La callejuela desemboca en la avenida Hassan II, haciendo también esquina con el antiguo conservatorio de don Aurelio, ahora un mero almacén que Ahmed no sabe a qué dedican. Cuánto daría Ahmed por volver a los tiempos en los que entraba para ver ensayar a la rondalla, o cuando se quedaba con los músicos de la orquesta e improvisaban temas y acababan a las tantas de la noche sin notar el paso de las horas, solo a la búsqueda del compás, de la armonía, del ritmo. Ahora, todo eso le cansa.

   Ya en la avenida, ve a Rachid Serrokh en la puerta de su establecimiento, la Librería Papelería Al Ahram. Ahmed se va acercando a él con pasos menos airosos que al comienzo de esa jornada calurosa, como si las horas que ya han transcurrido fuesen sacos de tierra que alguien descargara sobre su espalda.

(Fragmento del relato titulado Cara de luz)

FOTO DE NAIMA HAYAT
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“PASEANDO POR EL ZOCO CHICO”, EN EL CAIRO

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Estas fotos me las envía mi paisana y amiga del alma Hanane Hayani desde El Cairo. Ella siempre lleva consigo un ejemplar de mi libro de relatos Paseando por el zoco chico. Larachensemente para releerlo. 

El libro se reeditó por Ediciones del Genal en 2015. El texto que cierra el volumen se lo dediqué a Mohamed Sibari, a quien tanto quise, y se incluyeron entonces las traducciones de este cuento al francés, obra de Nabila Boumediane y Fidele Podga, y al árabe, de la mano de Rajae Boumediane y Messari Hamza. Todo un lujo.

Aquí tenéis ese relato en español, y en los próximos días colgaré las traducciones. 

LARACHE, SIN SIBARI

Sergio Barce

Este fin de semana lo he pasado en Larache. De camino al hotel, vi la fachada del antiguo edificio del Café Central medio cubierta con un cartel anunciando la presentación de un libro de Hassan Tribak. Ya no está el café desde hace mucho tiempo. Y había una silla vacía abandonada junto al portal del edificio.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Ha sido una escapada corta pero, como siempre, intensa. En cuanto llegué, pasé por la casa de Sibari y di el pésame a la familia. Ya han pasado nueve días desde su pérdida. Su hija María me invitó a subir al salón en el que su padre solía recibirme, nos sentamos y hablamos de él. El hermano de Sibari estaba a su lado, muy callado, asintiendo con la cabeza cada vez que yo le decía a María cuánto íbamos a echarlo en falta.

Me contó que murió al amanecer, y que esa noche Sibari comenzó a decir cosas sin sentido y también que se notaba muy cansado. Le pesaba la vida. Hablamos de los tiempos en los que estuvo con mi abuelo, y de los tiempos en los que estuvo con mis padres, especialmente con mi madre, y de los tiempos en los que estuvo conmigo. María asentía, y susurraba un “lo sé” suave y dulce.

Me contó que después de editar su nuevo libro, su padre iba a dedicárselo, como con cada uno de sus anteriores publicaciones, pero que cuando iba a hacerlo no encontró un bolígrafo a mano y lo dejaron para más tarde, y ahora tiene su novela sin las palabras que iban a ser solo para ella, y había un su voz un leve reproche dirigido a sí misma por no haber buscado en aquel momento ese bolígrafo. Y noté en María una congoja, una pena profunda, como si hubiera perdido lo último que Sibari podía regalarle.

Le conté entonces que tres días antes de fallecer, su padre me había enviado un mensaje para pedirme mi dirección de correo postal porque la había perdido, quería enviarme su última novela.

-Es un libro sibarístico –me escribió con su guasa habitual.

Le contesté en seguida, pero no tuvo tiempo de hacerlo.

María se levantó, entró en la habitación de su padre y me trajo un ejemplar. Le dije que no se preocupara, que lo compraría, pero ella insistió diciéndome que Sibari, como siempre había hecho, me lo habría regalado. Solo dijo eso, pero fue como si me confesara lo mucho que me había querido su padre. Ahora tengo el libro aquí, junto al teclado de mi ordenador mientras escribo este texto, y noto la cercanía de Sibari.

Le di las gracias a María, que estaba muy emocionada, y nos despedimos, y luego hice lo mismo con el resto de la familia que estaba en la casa. Yassín ya se había marchado hacía pocos días, así que no pude verlo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Había algo extraño, una invisible niebla amarga en el aire y que se respiraba por sus calles, un aroma de ausencia.

En cada conversación surgía inevitablemente el nombre de Mohamed Sibari. Los que me conocen, sabían de nuestra estrecha relación y me hablaban de él y de que ya no lo veremos nunca más. Es raro imaginar Larache sin Mohamed Sibari. Es como si hubiesen derribado un edificio emblemático y ahora solo quedara un solar vacío en el que fuera imposible construir de nuevo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Desde el Balcón del Atlántico miré al balcón de su casa, pero no había nadie. Mohamed Sibari ya no se asomará a él para ver el mar, ni tampoco nos verá llegar como antes, ni nos saludará desde allí agitando un brazo al pasar bajo su casa, y eso hará que nos convirtamos en forasteros al cruzar la calle de la Plaza.

Asistimos por la tarde al concierto que daba el grupo flamenco del Conservatorio de Córdoba en el Cine Avenida, y en el que también actuaron los músicos del Conservatorio de Larache. Fusionaron “La Tarara” y resultó electrizante. Ernesto Blanco, director del Conservatorio cordobés, y nacido en Larache, dedicó el concierto a Mohamed Sibari. Luego, hablamos de él. Nos parecía mentira que ya no estuviera allí.

Me encontré en la platea a Mohamed Laabi, y Sibari ocupó parte de nuestra conversación.

-Laabísticamente hablando –solía decir Sibari cuando Laabi comentaba algo, durante aquellos días en los que solíamos vernos en el Café Central.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Qué extraño imaginarla sin Sibari. Ahora pienso que se ha ido despidiendo lentamente, que a causa de su enfermedad optó por una retirada silenciosa y humilde. Primero abandonó la terraza del Central, donde siempre lo encontrábamos al llegar de regreso, charlando, riendo, tomando su té con azahar. Y aunque resistió cuanto pudo, primero con sus muletas, luego con la silla, acudiendo puntual a su cita diaria, en cuanto cerraron el Café todo cambió. Fue como si le impidieran el paso con un muro infranqueable. Luego, dejó de ir a la Casa de España, y sus salidas se fueron espaciando, hasta que en los últimos tiempos apenas abandonaba su casa. Facebook se convirtió para Sibari en su ventana al mundo y en su balcón privado que se comunicaba con los balcones de sus amigos.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Y ya no he visto a ese hombre que antes caminaba a paso ágil y rápido pulcramente vestido con su chaqueta azul marino de doble pecho y botones dorados, camisa blanca inmaculada y corbata oscura, pantalón gris, zapatos negros, y su gorra a cuadros y su bufanda. La sonrisa brillante en medio de su rostro, los ojos achinados cuando reía, tras la montura dorada de sus gafas, y una broma preparada en los labios.

-Si vienes y no me ves, es que estoy del revés.

El Café Central de la plaza de la Liberación sigue cerrado. Ya no hay mesas alrededor de su fachada. Tampoco hay voces pidiendo a Hamid té, café o una botella de agua Sidi Alí. Ya no hay nadie que pida permiso para sentarse al lado de Sibari, ni de ninguno de los parroquianos habituales. Ya no se escuchan sus frases al saludar a un amigo que pasa.

-Perdóneme que no me levante, joven –le decía a un hombre mayor que le estrechaba la mano, Sibari sentado en su silla de ruedas, sonriendo.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Solo hay recuerdos vagando alrededor, y una sola silla junto al portal del edificio del Café Central. Una silla abandonada que nadie ocupará jamás.

Este fin de semana lo he pasado en Larache. Y Sibari ya no estaba.

 

 

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HABRÁ QUE SEGUIR

Hoy, mi amiga María Bacall, ha escrito lo siguiente en facebook, acompañando sus palabras con esta fotografía de mi libro:

“Una preciosidad de libro, Sergio. Ha sido como volver a vivir en Larache, volver a recorrer todos sus rincones, con esas descripciones y esos personajes, el Café Central, el Balcón Atlántico… sueño con volver. Gracias por haberme traído un poquito de Larache a este encierro en Badajoz. Deseando volver. 

Nunca dejes de escribir. 

MARÍA BACALL”

No podía responderle más que una cosa: “seguiré escribiendo por ti“. Y es que no hay razón más profunda para continuar narrando que hacer feliz a quienes nos leen.

 

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