Archivo de la categoría: LARACHE vista por…

LAS LLAVES DEL CANCILLER, un relato del poeta larachense MUSTAFA BOUHSINA

Sigamos paseando por Larache de la mano de los relatos que los paisanos vamos reescribiendo con el recuerdo y la memoria, con las grabaciones que hicieron un día nuestras retinas y quedaron grabadas en el recuerdo. Hoy traigo al poeta Mustafa Bouhsina, de quien ya he colgado varios poemas, pero hoy os presento un pequeño texto en prosa.

Os sugiero dos cosas al enfrentaros a él: primero, que lo leáis despacio, y segundo que lo leáis por segunda vez, porque, os lo aseguro, es cuando uno se da cuenta de la candidez, la belleza y la profundidad de lo que nos está relatando Mustafa. Aunque es un relato sencillo y directo, con giros que a muchos os harán sonreír porque son expresiones y formas de hablar típicamente larachenses, sin embargo, pese a esa sencillez que menciono, hay un segundo sustrato en el que se esconde emoción, nostalgia y un bellísimo canto a la amistad y al respeto. Requiere ser leído sosegadamente, aprehendiendo cada frase, exprimiendo cada escena, y cuando se vuelve a leer, esa segunda lectura que recomiendo hacer necesariamente, entonces encuentras lo que Bouhsina te quiere contar…

Sergio Barce, septiembre 2012

Mustafa Bouhsina

 

LAS LLAVES DEL CANCILLER

de Mustafa Bouhsina

 
En un Domingo de invierno muy lluvioso salí de casa camino al Zoco Chico para tomar un vaso de té con hierba buena y azahar en el cafetín del Said el Kush, el paraguas que llevaba en mi mano me cubría mitad a… mitad del torrencial lo que me hizo llegar al cafetín empapado, al entrar después de cerrar mi paraguas y secar mi rostro con mi pañuelo oí una voz muy cálida que venía de una esquina, gritaba “sidi Mustafa”, con mis ojos medio mojados miré al lado de donde procedía la voz, con dificultad por el vapor que salía de las bocas de la mucha gente que llenaba el cafetín y el humo que salía de las pipas (Sebssi) de los fumadores del Kif, he conocido el que mi llamaba.
– Sidi Mohammed, cómo estás de salud, y perdone de no conocerte al mediato, ya sabes con este clima dentro del cafetín…
– No importa, por que si tú no llegaste a conocerme yo iba en tu busca porque eres muy valioso para mí, si eres el hijo de mi fiel amigo el difunto Talib Mohammed querido por toda mi familia por el buen corazón que tenia.
– Eso lo sé y no tengo duda en el respeto mutuo que enlazaba el difunto padre con tu familia. Pero dime, qué te hizo salir de casa en este mal tiempo que hace hoy.

Balcón Atlántico por Itziar Gorostiaga

– Lo mismo que te obligó a ti a salir en busca de un vaso de té del Zizua (cacharrito donde se prepara un vaso de té en un cafetín tradicional) del mahalem Sahid y dar un paseo por el Balcón Atlántico, porque el paisaje en tiempo de lluvia es de otro color que nos hace saber qué grande es la fuerza de la naturaleza, ¿no es cierto Mustafa?
– Sí, pero tú con tu avanzada edad debías de estar en casa con los tuyos hasta que se mejore el tiempo.
– Sí, tengo más de setenta años pero todavía me siento joven y bien reservado, ¿no es cierto mi amigo?
– Claro que sí, solamente bromeo contigo.
– Mira Mustafa, eso gracias a Dios y al movimiento continuo que ejercía cuando trabajaba como repartidor de bombonas de gas butano con la compañía del Atlas, no te recordabas.
– Eso lo que te deseo, estar siempre en forma como dicen los atletas, pero dime, sidi Mohammed, ¿no tienes nada del pasado que me puedas contar? Que ya sabes lo tanto que quiero saber sobre el pasado de mi Larache y de sus paisanos.
– Primero pide tu vaso de té al camarero porque Mahalem el Kush está esperando tu pedido y después veremos lo que tenemos que contarte esta tarde hasta la llegada del rezo de la caída del sol.
– Abdeslam, un vaso de té con azahar para mí y otro para sidi Mohammed.
– Gracias, aunque he tomado un café solo no puedo rechazar tu convite Sr. Mustafa.
– Mereces lo mejor por tu dignidad y aplicación, sidi Mohammed.
– Te voy a contar un caso curioso que me ocurrió a mí en persona.
– Pues adelante y no perdamos tiempo.
– ¿Recuerdas el almacén de tu abuelo el difunto sidi Ali Tmimi?
– Sí, lo recuerdo, que ahora es una ruina en el final de Hakbat Daliman (cuesta de Alemania).

Larache, foto de Itzi Gorostiaga

– Pues sí, cerca de ese almacén estaba una casa donde residía una familia famosa alemana; con esta familia trabajaba mi difunta hermana mayor Zohra. Un día, cuando yo tenía quince años, vino a la casa de mi hermana, yo vivía con ella en esta casa que formaba parte de la casa grande, la familia alemana, y estaba reservada para los criados de esa familia, digo vino un respetable señor comerciante español preguntando por mi hermana Zohra; al encontrarse con ella le dijo que unos amigos suyos le hablaron de la buena conducta que goza nuestra familia en el ámbito larachense y por eso he venido para pedirte que tu hermano Mohamed de trece años venga a residir con nosotros en nuestra casa que se encuentra en la Avenida Primo de Rivera con mi mujer, mi hija única de cinco años y Rahma la criada y yo. Mi hermana, antes de darle su afirmación, le dijo tengo que preguntar a sidi Ali. Tu abuelo este, al preguntarle, le dijo que ese señor no puedes encontrar como él en su dignidad -si quieres pregunta por él a sidi Alemrani que trabaja contigo en el servicio de la familia alemana y verás lo que te va a decir.
– Mi hermana le respondió: no hace falta sidi Ali, tu afirmación basta. En ese instante dio su visto bueno de que yo forme parte de esa familia española y al día siguiente empecé mi tarea con esta familia que consistía en los mandatos de fuera de casa que pedía la señora durante el día, y por la noche tornaba a mi casa. Día tras día pasaba el tiempo como un relámpago y cuando Pili cumplió la edad de ir al colegio yo la llevaba y la traía como se fuese mi hermanita. Esta familia se quebró en el camino de la vida con la muerte del padre de Pili y después por la muerte de la madre, Pili se quedó huérfana y sola en casa con Rahma y conmigo porque no tenía familiares en Larache; en ese tiempo Pili cumplió 18 años y yo 28, pero el padre de Pili le dejó bienes muy importantes porque ella era la única heredera de su padre y su madre, y la vida sigue. Yo me encargaba de todo de afuera y Rahma, que era una buena mujer que crió a Pili desde su nacimiento, se quedó con la tarea de casa. Pili dejó el estudio después de la muerte de su mamá y se quedó en casa. Mi hermana Zohra, al cumplir yo los treinta años, me buscó una chica con la que me casé, Pili conoció a un chico llamado Francisco, y yo sin saber nada de esta relación porque Pili no me dijo nada y muchas veces me enfrentaba con Francisco cuando lo encontraba bajo el balcón de Pili hasta que un día lo he dicho a Pili y ella me reveló el noviazgo con Francisco que duró dos años. Después se casaron y vivieron juntos en casa de Pili, yo ya no vivía con mi hermana porque he alquilado una casa en Alcazaba junto al mausoleo de sidi Abdel Karim cuando empecé a trabajar en la compañía del Atlas, pero al mismo tiempo seguía con mi tarea con Pili y Francisco que resultó buen chico, que encontró trabajo en la cancillería de España en Larache y de este modo seguía la vida de nuevo día tras día año tras año.

Mausleo de Abdel Karim

La pobre Pili y Francisco no tuvieron hijos y mis hijos eran para ella como sus hijos. Mi trabajo en el Atlas no cambió de nada mi tarea con Pili y su marido Francisco. Éste mi dijo un día que me respetaba mucho y me consideraba como un hermano de Pili y no como un criado en la casa y eso era cierto porque un día yo discutía con Pili sobre la compra de la casa y ella dijo a Francisco: tienes que tomar decisiones conmigo, y él le respondió yo no puedo entrar entre dos hermanos, quiero quedarme neutral, y lo terminó con una carcajada muy grande que en seguida lo compartimos con él yo y Pili. Pasó el tiempo como siempre y un día nombraron a Francisco canciller de España en Larache, ese día fue de alegría y fiesta para nosotros y don Francisco y Pili lo celebraron en casa con unos amigos. Ese día sentí que Sr. Francisco me quería y me respetaba mucho, por que yo le dije en broma: ahora llegó el momento de que tomaras represalias de mí por esos días antes de casarte con Pili cuando te echaba de la puerta de Pili, pero don Francisco, con una sonrisa abierta, lo terminó con unas lágrimas y me dijo: Moreno -porque él siempre me llamaba con ese nombre-, cómo piensas en estas cosas aunque de bromas si yo te considero como el mejor amigo que he tenido en mi vida y el hermano cariñoso de mi querida mujer, pues cállate Moreno y desfruta de la fiesta porque lo mereces. Pues así pasó nuestro tiempo con Pili y su marido.

En los tiempo de cacería íbamos de caza en un Land Rover que tenía don Francisco y yo como su chófer y en verano cada Domingo nos íbamos a la paya de Rass el Rmel para bañarnos y pescar con caña, que en esos tiempos era muy abundante la pesca no como hoy. El Sr. Francisco era un buen nadador porque nació en Bab el Bhar cerca del muelle, la verdad lo hemos pasado muy bien en general, sin contar las desgracias que van a venir después. Te he contado esta historia antes de narrarte el sujeto principal que coincide con el titulo de esta fábula que te voy a contar: “Las llaves del canciller”, por que sabía que te va a gustar.

foto de Javi Lobo

Mira Mustafa, un día Don Francisco y Dona Pili disidieron de pasar sus vacaciones de dos meses porque Francisco, desde que fue nombrado canciller, no tomó sus vacaciones reglamentarias por el trabajo tenso que tenía y ahora que le nombraron un ayudante decidió de tomar sus vacaciones porque ese año era el último antes de jubilarse y querían pasarlas en Granada, donde tenían familiares, y eso fue en el mes de Diciembre. Cuando me llamó don Francisco el día que iban de viaje, él subió a su coche, me dijo “mira Moreno, aquí tienes dos llaves uno de mi despacho y el otro de la caja fuerte de la cancillería”, pidiéndome que las ponga en el jarro de flores que está sobre la mesa del comedor, porque yo y Rahma quedamos con la responsabilidad de la casa durante su ausencia, y después de despedirnos de ellos en el puerto de Tánger, tornamos yo y Rahma en el Land Rover a Larache cuando ellos tomaron el barco para Málaga. Pasaron los dos meses, Pili y Francisco volvieron a casa en Larache. Al llegar, encontraron a Rahma en casa, pero yo estaba en Tetuán por asuntos del trabajo en Atlas por unos días, cuando volví a Larache fui a la casa de Pili para saludarla, le pregunté como han pasado las vacaciones en Granada y dónde está don Francisco, “pues en el comedor leyendo el periódico, mira Mohammed quiero decirte algo confidencial porque eres para mí como un hermano, desde que hemos llegado a Larache hace una semana Francisco no come ni habla conmigo como antes, me parece que Francisco ha dejado en Granada una amante suya; cuando le pregunto qué le pasa me responde: nada, solo el trabajo de nuevo, pero yo no estoy segura de lo que está diciendo”, cálmate Pili, yo conozco a don Francisco, no puede hacer eso y ahora mismo lo voy a ver y hablaré con él, enseguida fui al comedor, saludé a don Francisco, me senté a su lado y le he dicho francamente que no me gusta lo que está pasando en casa después de las vacaciones ni tu estado ni el de Pili, algo pasa y yo lo quiero saber ahora mismo. Me miró Francisco con un rostro lleno de tristeza, me dijo: mira Moreno, eres de la familia, por eso te voy a declarar, pues que sea lo más pronto posible, pues el tres de este mes -y estábamos en el día primero del mes- va a venir de España un inspector para inspeccionar la marcha de la cancillería para ver cuánto dinero hay en la caja fuerte, cuando llegamos de vacaciones a casa me enteré de que he dejado las llaves de mi despacho y de la caja fuerte en un lugar de Granada, el problema de mi despacho está resuelto porque el guarda tiene la copia de la llave pero el de la caja fuerte era única y desde ese tiempo estaba pensando cómo voy a abrir la caja fuerte que ya sabes que es muy grande, antigua y fuerte, porque era de los tiempos de los falanges. Cuando llega el inspector, él que no va a creer en mi argumento de que he perdido las llaves de la caja fuerte, y desde ese día no he dormido ni he comido bien y no quería decírselo a Pili para no molestarla conmigo, yo al oír este argumento del canciller sin controlarme empecé a reírme y el pobre Francisco se enfadó conmigo diciéndome te estoy contando mi amargura y tú estás riendo de mí, qué amargura ni ocho cuarto, la solución de tu problema la tengo yo, y bromeando con él le he dicho: tengo un amigo militar que tiene un tanque, le voy a pedir que mi haga un favor, con su tanque de noche vendrá a tu despacho, con su tanque de un cañonazo y como diana la caja fuerte que se abrirá al instante, mi miró como siempre y me dijo levántate de mi lado porque siempre estás bromeando, le calmé y le he dicho la solución la tengo, de verdad, pero con una condición, me dijo cuál, pues la de que tomes dos platos seguidos de la paella que está preparando Pili, me dijo basta ya de bromas, que no es su lugar, no estoy bromeando hablo en serio, si es en serio como hasta tres platos no solo dos, pues trato hecho. Llamamos a la pobre Pili, y le narramos todo lo que sucedió entre nosotros dos, después he dicho a Pili dónde está el jarro de flores que estaba sobre la mesa del comedor, Pili me dijo lo ha llevado Rahma a la cocina, pues por favor di a Rahma que lo traiga,  cuando lo trajo Rahma metí mi mano dentro del jarro delante de Francisco y saqué las llaves que buscaba el canciller; si pusieron los dos muy alegres y nos abrazábamos los tres entre nosotros porque el problema que tenía el canciller ya está resuelto. ¿Has visto como vivíamos nosotros los larachenses marroquíes y españoles sidi Mustafa?
– Pues muy bien lo que he oído de ti esta tarde sidi Mohammed, quiero al final preguntarte dónde está ahora esa familia tan amable.
– Pues cuando el canciller se jubiló quedaron un cierto tiempo en Larache, después se trasladaron obligados para siempre a Granada porque ahí tenían sus bienes; dejaron su Larache con lágrimas que llenaban sus ojos porque los dos han nacido y se criaron en Larache. Vivieron una época muy corta en Granada, mi hermana Pili con lágrimas en sus ojos murió la primera por pena de dejar su ciudad natal Larache, y después por corto tiempo la alcanzó Francisco, su marido, que Dios lo tenga en su gloria con todos los de mi Larache.
– Pues muchísimas gracia sidi Mohammed por contarme esa historia tan bonita de una familia Larachense muy cariñosa.
– Pues nos vamos a la Mezquita de las Luces “Jamah Al Anwar” para el rezo de la caída del sol (Almaghreb) sidi Mustafa.

Mezquita Al Amwar

Etiquetado , , , , , , , , ,

EL ZOCO CHICO, un relato del escritor larachense CARLOS GALEA

A la izquierda, (mi padre) Antonio Barce junto a Carlos Galea, y entre otros, sentados, Juan Urda, Manolo Galea, Fernando Anidja…

Un nuevo texto descriptivo de Larache. En esta ocasión se trata de un relato de Carlos Galea. Carlos nació en Larache en 1935 y ha publicado “La casta militar africanista” (Instituto Alicantino de Cultura Gil Albert, 2003) y con el mismo Instituto edita en 2010 el libro “Recetas de la cocina norteafricana”, estando pendiente de salir “Recetas de la cocina sefardita”. Algunas de estas recetas que Carlos Galea ha recopilado las ofreceré próximamente.

De su libro aun inédito “Relatos de un niño de la guerra” procede el texto del Zoco Chico, un cuadro de este lugar de Larache tal y como Carlos Galea lo vivió y lo recuerda. Es un relato detallista, de documental, a través del que vemos cada rincón del Zoco y, sobre todo, sus brillantes colores y sus inolvidables olores. Personalmente, al leerlo, cuando llegué a “…los pinchitos de carne picada o en trocitos, aliñados con especias y cilantro verde, asados a la parrilla con carbón vegetal, y servidos dentro de un cuarto de torta de pan de trigo”, lo confieso, de pronto estaba de nuevo en Larache saboreándolo, podía olerlo perfectamente y podía rememorar con exactitud el sabor de la torta, el sabor de la carne, el olor penetrante que le acompaña, lo tenia entre mis manos y podía darle un bocado… Inolvidable, como tantas otras pequeñas cosas. El Zoco Chico de Larache…

Sergio Barce, septiembre 2012

Zoco Chico – foto de Itziar Gorostiaga

 EL ZOCO CHICO

 Por Carlos Galea

Siguiendo la descripción de Larache, me voy a referir en este capítulo a su lugar más peculiar: el Zoco Chico.

Está situado dentro de la que antes de la llegada de los españoles fue la ciudad árabe amurallada, la Medina. Su imagen muy pintoresca ayudará al lector a situarse en el ambiente y conocer más fácilmente el contenido de algunos de mis relatos.

Se entra en el Zoco Chico por una puerta monumental de arquitectura hispano-árabe, que se abre por la Plaza de España.

Se atraviesa en primer lugar una calle estrecha repleta de una muchedumbre abigarrada. Mujeres cubiertas con amplios mantos blancos, y velos que cubren toda la cara, dejándoles visibles sólo los ojos, o con chilabas de corte y colores modernos, algunas también veladas.

Campesinas de las cabilas de las montañas cercanas, vestidas con faldas de lana tejidas artesanalmente por ellas mismas, a rayas blancas y rojas, amplios sombreros de paja adornados con borlones azules, polainas de cuero marrón protegiéndoles las pantorrillas, babuchas de badana amarilla como calzado, y con la cara al descubierto. Son mujeres bereberes, pueblo autóctono anterior a la invasión de los árabes, de finas facciones, tez blanca y pelo negro lacio y brillante.

foto de Javi Lobo

Hombres de esta misma etnia ataviados con chilabas de burda lana que les llegan justo debajo de las rodillas, y turbantes blancos, muchos de los cuales con tupidos bordados amarillos. Llevan el dinero y sus otros objetos de valor en grandes carteras de cuero repujado con flecos, sujetas con una correa cruzada sobre el pecho. Algunos van armados de un puñal curvo, la gumía, dentro de una funda de plata labrada sujeta con un grueso cordón que les cuelga desde el hombro, en sentido opuesto a la cartera. Más que un arma, este puñal es un adorno.

Hombres de la ciudad con chilabas de lana gruesa o de tela más fina, tocados con turbantes, gorros de fieltro rojo, bonetes blancos o de colores.

Los más numerosos vestidos a la usanza europea, y en menor número mujeres del mismo modo, aunque muchas de ellas con pañuelos de diversos colores cubriéndoles los cabellos, respetando el rito musulmán.

Aunque ya muy escasos, se ven ancianos judíos con levita, faja y bonete, y los más jóvenes de esta confesión vestidos a la europea, cubiertas sus cabezas con boinas negras y sombreros clásicos de fieltro. Las mujeres hebreas van con vestidos de corte europeo y sin ningún tocado, excepto las ancianas en las que aún perdura el pañuelo de flecos tapándoles el cabello.

Y muchos españoles y españolas de todas las edades, mezclados con esta muchedumbre.

Una vez pasada la calle de entrada, hay que andar a empujones por el estrecho pasillo dejado entre los puestos de golosinas instalados a ambos lados, y finalmente se desemboca en un amplio recinto que se prolonga hasta el gran portal de la Alcazaba, antigua ciudadela fortificada.

A cada lado unas arquerías, y bajo éstas numerosos pequeños comercios ocupan cada uno la anchura de una puerta.

Sobre un lado del mostrador de madera que cubre toda la entrada de la tienda, está sentado el vendedor con las piernas cruzadas bajo el trasero. Sin necesidad de desplazarse, el comerciante tiene a mano todos sus artículos.

Las tiendecitas se suceden sin guardar ningún orden en la oferta, es precisamente la principal característica del comercio oriental. El comprador se pasea sin tener idea de lo que se va a encontrar, y es para él un placer ir descubriendo los objetos interesantes.

El otro placer es el regateo. Ningún artículo tiene indicado su precio, el comprador lo pregunta y el vendedor le dice una cantidad siempre muy por encima de la que piensa aceptar finalmente. Se inicia el tira y afloja hasta llegar a un acuerdo. Muchas veces el comprador da un último precio, el vendedor no lo acepta y deja que el comprador se marche. Pero cuando éste ha andado una corta distancia el vendedor lo llama a voces y le dice que por tratarse de su persona va a hacer el sacrificio de vendérselo a tan bajo precio aunque pierde dinero en la operación.

Este ritual parecerá absurdo a un europeo, pero es el alma y la salsa de los mercados árabes, donde la gente no tiene ninguna prisa y hace de la compra un entretenimiento. Si el comprador no obtiene una rebaja substancial se queda con la sensación de haber sido engañado, aunque muchas veces es lo que ocurre, pues los comerciantes son muy astutos y emplean métodos de simulación dignos de actores consumados de teatro dramático.

En estas hileras de tiendas encontramos zapatos, correas, cojines de cuero repujado, y babuchas. Jarrones de cobre o latón cincelados, teteras de falsa plata, cafeteras, soplillos ricamente adornados, velas, quinqués, cerillas y mecheros. Té, café, azúcar en pilones, especias a granel, frutos secos. Queso fresco sobre una hoja de palmito, manteca rancia en potes de barro, leche fermentada vendida en vasos sacada de una tinaja con un cazo. Tortillas de harina de garbanzo en porciones, buñuelos de viento. Pinchitos de carne picada o en trocitos, aliñados con especias y cilantro verde, asados a la parrilla con carbón vegetal, y servidos dentro de un cuarto de torta de pan de trigo. Mejillones cocidos, sin cáscara y al peso. Tortitas de sémola porosa, pasteles de almendra y miel, dulces de masa frita bañados en miel parecidos a los pestiños. Habas secas cocidas, aderezadas con sal y comino molido mezclados.

-¡Yabán kulubán! –vocea un vendedor ambulante.

Pasea por el Zoco un pastoso caramelo blanco fundido alrededor de una gruesa caña de bambú. Los vende por pequeñas porciones, que corta y despega con una navaja. Le persiguen numerosas moscas, y las va espantando continuamente con un pañuelo de dudosa limpieza.

Fuera de las arquerías, sobre una de las aceras que bordean la calzada central de adoquines de granito muy irregulares, se instalan vendedores ambulantes de objetos usados. Ofrecen vasos y platos, cafeteras doradas o plateadas, vestidos, cazadoras de cuero, viejos cuadros y muebles antiguos, llaves, cadenas, cerrojos, candados, camas con los cabezales de bronce o latón recuperadas sin duda de las familias judías que han abandonado el país para irse a Israel, y otros muchos objetos que sería muy largo enumerar.

En la otra acera, sobre pequeñas mesas de madera muy bajas, cubiertas con manteles blancos, mujeres sentadas en el suelo ofrecen tortas de pan de trigo recién salidas del horno, como denuncia el agradable olor que impregna el ambiente e invita a comprarlas.

foto de Itziar Gorostiaga

Los labriegos venidos de las cabilas cercanas exponen a  la venta sus productos, traídos a lomo de sus borricos. Los colocan apilados en el suelo, y pregonan a gritos su gran calidad. Encontramos naranjas muy ácidas y de piel fina, membrillos, pepinos, calabacines, calabazas, cebollas rojas y blancas, tomates, alcachofas de la huerta, alcauciles (alcachofas salvajes con púas), habas, guisantes, grandes melones y sandías de secano, lechugas, coles, coliflores, zanahorias, nabos, rábanos, perejil verde, cilantro verde, tomillo, romero, hierbabuena y otras hierbas aromáticas.

Estos productos vegetales tienen unos sabores muy acentuados, están cultivados con abonos naturales, los únicos utilizados por los campesinos. No conocen los cultivos bajo toldos que tanto desvirtúan la calidad.

También ofrecen frutas salvajes recogidas en los campos, como son la palmicha (dátil del palmito), moras, zarzamoras, madroños, todos ellos en cestitas de caña, palmitos deshojados hasta la parte tierna y comestible, higos chumbos pelados en el momento de su venta, higos y brevas frescas. No faltan los níscalos y otras setas de los bosques de pinos de los Viveros y de la Ghedira.

Los pollos y los conejos los venden en vivo, y, siguiendo el rito musulmán, los sacrifican antes de entregarlos al comprador cortándoles la yugular y dejándolos dar saltos en el suelo hasta que se desangran.

Hay un estrecho callejón sin salida a la derecha de la calle de entrada al Zoco Chico, con sombra y frescor, en el cual los pescadores de caña profesionales exponen a últimas horas de la tarde sus capturas de toda la jornada, iniciada al amanecer.

Ofrecen una gran variedad de pescados muy frescos, abundantes en las playas arenosas y rocosas del litoral larachense. Grandes ejemplares de doradas, lubinas (llamadas también robalos o róbalos), sargos, corvinas, verrugatos, zalemas, lisas, congrios, murenas y sábalos. Este último pez, de la familia del arenque, que sólo se pesca en los estuarios como el del río Lukus, es muy apreciado por los judíos y musulmanes de Larache. Es prácticamente desconocido por los españoles que no lo aprecian por sus muchas espinas, sin conocer su gusto exquisito.

También se pueden comprar centollos, bogavantes y nécoras abundantes en las playas próximas a precios muy bajos, pues el consumo de estos crustáceos está prohibido por sus religiones a los musulmanes y los hebreos.

La angula (alevín de la anguila) abunda en este maná que es el río Lukus. Según he leído, sus huevos son expulsados por las hembras adultas en el Mar de los Sargazos y conducidos durante miles de kilómetros a través del Océano Atlántico por la corriente del Golfo hasta las costas del Norte de África y Sur de Europa. En las desembocaduras de los ríos importantes, en este caso la del Lukus, se produce la eclosión de los huevos, el nacimiento de la angula, en el choque de las aguas dulces de las riadas con las corrientes marinas.

Río Lukus – foto de Itziar Gorostiaga

El derecho de pesca de este apreciado producto del mar, que alcanza fuera de Marruecos muy altos precios, es motivo de adjudicación administrativa por el organismo de Aguas y Bosques del Ministerio de Agricultura marroquí, mediante subasta pública. Los adjudicatarios de esta subasta exportan las angulas a todo el mundo, bien en vivo, como es el caso de Japón, o precocidas en cajitas de madera.

Sin embargo, pescadores furtivos, a altas horas de la noche, suelen extraer algunos kilos en los recovecos del río. Como no las pueden exponer a la venta, las ofrecen en voz baja a los compradores de pescado y, una vez acordada la compra, las traen discretamente de donde las tienen guardadas metidas en una bolsa de plástico. Están vivas y llenas de baba, y hay que matarlas antes de cocinarlas con tabaco o sal, además de lavarlas con mucho agua.

Su precio está a años luz del de las angulas del río Nervión, y por ello son muchos los españoles de Ceuta, Tetuán y otras ciudades próximas que vienen los fines de semana a Larache para consumirla en los diferentes bares, principalmente el Bar Central, de Pepe Osuna.

Cae el día, el sol se oculta en el horizonte, el cielo se enciende de nubes rosas que reflejan sus últimos rayos. Se oye el canto del almuecín llamando al rezo desde el minarete de la mezquita.

Los vendedores ambulantes y los campesinos recogen sus mercancías, y poco a poco el Zoco Chico se adormece hasta las primeras horas del día siguiente para volver a comenzar su febril actividad.

CARLOS GALEA

Etiquetado , , , , , ,

LA CALLE REAL, un relato del escritor larachense LEÓN COHEN

En el estupendo libro de relatos de León Cohen Mesonero “La memoria blanqueada” (Editorial Hebraica – Madrid, 2006) hay un relato sobre la calle Real en el que León despliega todo sus sentimientos hacia ese lugar tan pintoresco y especial de Larache, esa calle siempre llena de vida que todos, de pequeños, recorrimos corriendo como locos cuando bajábamos al embarcadero.

Una calle tan emblemática como llena de anécdotas, historias y recuerdos. Creo que este pequeño relato es un buen botón de muestra. Y otra pincelada más de este cuadro que estamos escribiendo entre todos sobre el Larache que cada uno de nosotros guarda en su alma, desde Driss Sahraoui a Carlos Tessainer, de Mohamed Sibari a Sara Fereres, de mis relatos a los del propio León Cohen… Pero vayámonos con él a su calle Real.

Sergio Barce, septiembre 2012

======

======

 La Calle Real

 En mi última visita a Larache, no pude, como era mi intención, recorrer la Calle Real. He esperado largo tiempo hasta que ella misma me ha visitado para que la recree. Hela aquí una buena mañana de invierno. Con esta calle me sucede algo inusual: todos mis recuerdos se remontan a cuando tenía menos de diez años. Sobre la Calle Real llueve, han llovido siglos.

Es una calle empinada, que majestuosa, se acerca hasta la villa nueva. Es una calle humilde que desciende hasta el mismo puerto, cercano a las viviendas más pobres. Es por lo tanto una calle que sabe cómo acercar los dos mundos. Es una calle de concordia y convivencia.

En ella habitan una gran mayoría de judíos de origen español, los mismos que, seducidos por los agentes sionistas ya empiezan a emigrar y que en muy pocos años la abandonarán, para instalarse en un país ajeno en la distancia  y en la cultura. Muchos se arrepentirán toda su vida.

También son muchos los musulmanes y los españoles que conviven con los judíos. La mayoría de los españoles no sefarditas, es decir, cristianos, son pescadores de Barbate y de la Higuerita (Isla Cristina).

Viniendo desde la Calle Italia, a la derecha, una bodega profunda y oscura, que quedó fijada en mi retina, por una historia que solía contar mi padre sobre un legionario que por una apuesta se bebió una botella de coñac y cayó fulminado. Ese incidente contado tantas veces por mi padre hace parte de mi educación sentimental, fue para mí una lección práctica de las nefastas  consecuencias de beber alcohol.

Bajando unos metros, la tienda de un fassi (de Fez), a donde solíamos comprar los trompos y las bolas de colores. Era un tipo tranquilo, más bien antipático y que pronunciaba la r con dificultad, a la manera francesa. 

Enfrente, el churrero, que preparaba los mejores buñuelos de la historia. ¿Cómo olvidar su sabor y su textura inconfundibles al disolverse en la boca con un buche de té moruno? Yo disfrutaba como el enano que era, llevándolos bien ensartados en una hebra de palma hasta la casa de mi abuela Luna. Todavía puedo sentir en mi mano el calor que desprendían.

Más abajo del churrero, una escalerilla que llevaba hasta el Barandillo, y adjunta al flanco derecho de la escalera la casa de Cohen, apodado «el avión», un tipo que no paraba de trabajar para que sus numerosas hijas crecieran sin necesidades. Debajo de la casa del “avión”, la sastrería de Bensason, un tipo singular.

Aquí terminaba la primera cuesta, y a partir de ese punto, la pendiente se dulcificaba un poco, convirtiéndose la calle por unos metros, en más transitable. En ese descansillo, dicho en argot ciclista, quiero recordar alguna zapatería y una peluquería, además del lugar de reunión y descanso de los «camalos» judíos, entre los que destacaría a Jaidaued. Según he podido saber más tarde, la mayoría de estos cargadores venían, como mi abuelo, de Debdou. Eran hombres de una fuerza poco usual. 

Luego la calle volvía a recuperar su pendiente hasta llegar a la casa del mecánico dentista León Oziel, padre de muchos hijos, los dos más pequeños amigos míos, y que enviudó de Messody, su mujer, antes de emigrar a lo que entonces se llamaba Palestina. Era un tipo alto, erguido y con mascota, azul o negra según el caso. 

Desde la casa del mencionado dentista, partían dos bifurcaciones, una justo enfrente, que también quiero creer que desembocaba en el Barandillo, a la altura del Hammam, la otra era la callejuela que conducía hasta la sinagoga a la que asistía con mi padre únicamente una vez al año, el día del Kippur.

No fueron demasiados los años en los que la visité, pero las visitas fueron intensas, todo el día allí encerrados sin comer y sin beber, oyendo unos rezos y unos cánticos de los que no entendía nada pero cuyas entonaciones no he de olvidar nunca. A mediodía salíamos a tomar el aire y recuerdo cómo los amigos de mi padre gastaban constantemente bromas sobre lo buenas que estaban a esa hora unas gambitas a la plancha o un platito de sardinas y qué decir de unos frojaldres (hojaldres) con té moruno, esa su manera de hacer más pasajero el día más largo, además de ser una expresión inequívoca del humor judeo-marroco-español (permítaseme la palabrota). Al llegar el atardecer, salíamos en grupitos, yo todavía, un mojoncín asombrado, y bajábamos hasta casi el final de la calle,  donde desde un arco se podía divisar el «advenimiento» de la esperada primera estrella, ahí se acababa por fin el martirio. No puedo olvidar la alegría de Monsieur Berros, que en tiempos fue maestro de mi padre, un hombre aquel, naturalmente afable y bromista. Era más bien bajito, enjuto y siempre vestido con una traje marrón adobado en la cabeza por una mascota tan bien acoplada que formaban una pareja inseparable. Se desplazaba con agilidad y velocidad inusuales y torcía el pie izquierdo de modo que este  parecía aspirar a zancadillear al derecho.

Antes de llegar al final de la calle, en la margen derecha se hallaba la casa de Reina «la asría», porque era de Alcazarquivír, donde residió como huésped el comandante Franco, entonces Franquito, en los años veinte.  Ella hablaba de él con cariño. 

Del resto de la Calle Real, apenas quedaban unos metros hasta la desembocadura en el Bar Royal (creo que le decían Royal Bar). Era pues un bar real para una calle del mismo nombre. En fin, qué pena que todo lo demás se haya perdido en mi memoria.

León Cohen, 15-01-2004

León Cohen


                                                                      

Etiquetado , , , ,

REMEMORACION DE LARACHE – un artículo del profesor VICTOR MORALES LEZCANO

A la vista de la situación que atraviesa el Consulado de España en Larache, bajo amenza de ser cerrado con justificaciones lejanas a la realidad, me ha parecido interesante colgar del blog este estupendo artículo de mi amigo el profesor Víctor Morales Lezcano, profesor Emérito de la UNED, publicado en el diario «Las Provincias» de Las Palmas, en el que, en unas pinceladas, sitúa a Larache en el lugar que por Historia y por «derecho» le corresponde. Lo que explica y detalla debería ser leído con atención en el Ministerio correspondiente.

Tuve el privilegio de ser una de las personas que presentaran su extraordinario libro «Historia de Marruecos» en la Casa de la Cultura -antigua Comandancia- de Larache. Acto del que conservo un recuerdo entrañable, al igual que la pequeña excursión que, con los miembros del CMEH, hicimos a Mulley Buselham. De la misma manera que también lo fue el cariñoso Homenaje que le tributamos en el Centro Hispano Marroquí de Madrid.

Sergio Barce, septiembre 2012 

Sergio Barce, Mohamed Chouirdi, Victor Morales y Angeles Ramírez

REMEMORACIÓN DE LARACHE Y LA REGIÓN DE LUCUS

Por Víctor Morales Lezcano

(Artículo publicado en el  diario de Las Palmas, “La Provincia” – 30-08-2012)

 http://ocio.laprovincia.es/planes/noticias/nws-113342-un-viaje-costa-marroqui.html

 Fue Juan León El Africano, viajero musulmán, polifacético y políglota, consignó que “los antiguos africanos construyeron la ciudad de Larache sobre la mar océano, en la desembocadura del río Lucus, junto al que se levanta una parte de la ciudad, y sobre la mar la otra. Cuando Arcila y Tánger fueron de moros, Larache estuvo muy poblada, pero al pasar a manos cristianas aquellas dos plazas, fue abandonada durante unos veinte años…” (Descripción General del África y de las cosas peregrinas que allí hay. Lundberg eds., 1995).

Según algunos etimólogos, Larache es un topónimo derivado del árabe Al-Araish, o sea un jardín de flores. De ahí, probablemente, que más de un navegante de la antigüedad localizara allí Las Hespéridas (¿paraíso terrenal?); pero no tanto en la ciudad atlántica del norte de Marruecos, sino en las tierras fértiles que bañan las aguas del río Lucus al norte de la región y el río Sebú al sur de ésta. Imagen, pues, de una Arcadia deleitosa que ratificaba Juan León El Africano con esta apostilla: “rodean la ciudad numerosas lagunas y praderas, donde se cobijan muchas aves acuáticas y anguilas. En las riberas del río, frondosas y oscuras algabas cobijan leones y otras alimañas feroces. Sus habitantes mandan carbón por mar a Tánger y Arcila” (Descripción General, op. cit.).

Cierto fue que, durante los siglos XIV-XV, frecuentaron navíos de pabellón “cristiano” todo el litoral atlántico del reino de Marruecos (de ahí la conquista castellana de las Islas Canarias, ulterior camino para Las Indias). Ello explicaría que tanto en Tánger como en Ceuta ondearan banderas de Portugal, como ocurrió en Larache cuando esta ciudad estuvo en manos de la España de los Austrias menores (1610-1690).

Al evacuarse Larache en 1690 y Orán en 1708, circularon sonetos, quintillas y epigramas alusivos a la retirada española del norte de África que se habían iniciado en el tránsito de un siglo al otro. Uno de aquellos sonetos, anónimo, cuyo original se conserva en la sección de manuscritos de la Biblioteca Nacional de España (Madrid), decía:

“¿Qué importa, ni que daño ha

procedido/

por haber perdido LaMamora?;/

y que Alarache se ha perdido

ahora/

¿qué presagio fatal puede haber

sido?”.

 

La sensibilidad popular, con frecuencia en boca de juglares y trovadores, lamentaba ya la retirada –incluso echando el fechillo– de aquellas ciudades, plazas y guarniciones en las que los reinos ibéricos habían ido amarrando sus naves y aposentando sus huestes militares. Larache, sin embargo, volvería a ser ocupada por tropas españolas en junio de 1911, en vísperas del  establecimiento del Protectorado hispano-francés en Marruecos (marzo-noviembre, 1912). Durante el intervalo colonial que de hecho, si no de iure, se prolongó hasta 1960 aproximadamente, no sólo Larache, sino su vecina y concurrente Alcazarquivir y la fronteriza Zoco del Aarba, experimentaron una considerable transformación urbana, un aumento de la riqueza. Recuérdese la legendaria Compañía Agrícola del Lucus (que he podido visitar en las postrimerías de su funcionamiento empresarial de la mano de la familia Gomendio), y la dinamización del sector pesquero larachense durante aquellos años coloniales.

Ocurrió, empero, que la marcha de Marruecos hacia la Independencia puso fin al Protectorado, al sur y al norte de la región del Garb y de la reputada villa de Fez; al este y al oeste de Marraques, la Ciudad imperial de piedra color rojizo. Fue a partir de entonces cuando Larache y su entorno empezaron a quedar desplazados de las nuevas demarcaciones territoriales y redes de comunicación marroquíes –como pasó con gran parte del norte del reino, desde 1960 hasta entrados los años 90 del siglo XX–. Sin embargo, la transformación lenta, aunque gradual, de Marruecos en el arranque del siglo XXI, bajo el monarca Mohamed VI en particular, salpicó la región del Lucus favoreciendo su recuperación más visible en Alcazarquivir, pero sin dejar de afectar al distrito viceconsular español con sede en Larache, sito en un esquinazo estratégico que mira hacia el balcón del Atlántico y al puerto pesquero de la ciudad algarbí.

A lo largo del decenio pasado, un concurso de circunstancias favorables me permitieron observar in situ los síntomas de la recuperación general de la villa de marras; aunque haya mucho pendiente de “regenerar”, Larache sigue siendo ciudad desde la que se contempla una mar océano espectacular.

La fundación de un Centro Marroquí de Estudios Hispánicos (CMEH) hizo augurar un panorama intelectualmente atractivo para Larache. Un grupo de buenos profesionales –probados amigos de España– quiso contar con la presencia del embajador Joaquín Ortega, del cónsul general de España enTetuán, del insigne erudito tetuaní Ibn Azzuz Hakim, y de mí mismo, en cuanto historiador de las relaciones hispano-marroquíes, para iniciar una ronda de homenajes académicos a ilustres figuras del diálogo entre vecinos. Por unanimidad, fue Don Alfonso de La Serna (+ 2006) el primero de los homenajeados. Esta iniciativa culminó en un coloquio celebrado en octubre de 2008, que lleva por título España, Marruecos y la Mar. Las Actas fueron prologadas por Mohamed Benaissa, antiguo ministro de Asuntos Exteriores del Reino y secretario general de la Fundación del Foro de Arcila, publicación que ha tenido eco favorable, que yo sepa, en círculos historiográficos, políticos y mediáticos de ambas orillas.

La Comandancia – Casa de la Cultura de Larache – foto de Aziz Bouhdoud

El CMEH y el ministerio de Cultura marroquí han querido contar con mi presencia en el salón de actos de “Comandancia” (un apelativo de inconfundible resonancia hispana), edificio situado  en la magnífica Plaza Dar el Makjzen de Larache, para la presentación de mi último libro. Entrañables entusiastas de la cooperación técnica, comercial, pesquera y cultural hispano-larachense como es el caso de la asociación Larache en el Mundo, o Xenia, me han puesto al día sobre el presente y futuro de sus nobles empeños. He podido comprobar cómo la Plaza de Larache ha sido, finalmente, adecentada, como estaba pidiendo a voces desde hacía años. Un nuevo hotel, la inveterada Casa de España, las mejoras introducidas en las márgenes del río y en su cauce mismo, el despegue de un par de urbanizaciones turísticas, fueron percepciones dispersas que pude captar durante mi estancia en la Ciudad del Lucus, como ha titulado Luis Cazorla su copiosa novela histórica.

La región del Lucus puede pasar desapercibida a turistas del montón, pero no, definitivamente, a los amantes de la naturaleza, de la arqueología, de los buenos frutos del mar, y de la ley de la hospitalidad que tanto se prodiga en un rincón territorial del norte de Marruecos al que España debe consagrar la atención que le reclaman pasado y presente. Toda la costa atlántica que se extiende entre la primorosa Arcila y Merj Zerga (acuífero lacustre de obligada visita) a lo largo del litoral larachense, es uno de mis rincones predilectos en el fabuloso ventanal atlántico de Marruecos. ¡Qué le vamos a hacer! En realidad, I can´t help it.

Etiquetado , , , ,

LARACHE vista por… GARCÍA DE TÚY (1922)

   Mº Dolores López Enamorado recoge este pequeño fragmento en su libro <Larache a través de los textos>, editado por la Consejería de Obras Públicas y Transportes de la Junta de Andalucía, en 2004. Como ella advierte, el relato forma parte de la obra escrita por M. García de Túy en 1922 titulada <De Sevilla y de Larache: Impresiones y recuerdos>, Sevilla: La Exposición.

   Dice Mª Dolores López Enamorado que su autor, con un lenguaje en el que abundan adjetivos y metáforas, nos ofrece su particular y poética visión de Larache.

   Efectivamente, se trata de un relato cargado, exuberante, quizá excesivo en su adjetivación, pero que sin duda consigue su objetivo final: dar una impresión de aguafuerte, resaltando el colorido, el bullicio humano que puebla las calles de Larache, plasmar una estampa probablemente exótica para su autor, sugerente y sensual, enigmática y desconocida a la vez. En cualquier caso, una curiosa descripción del Larache de 1922 plagada de escenas cotidianas envueltas en un halo de misterio y fabulación.

Sergio Barce, agosto 2012

De Sevilla y de Larache: Impresiones y recuerdos (1922)

(fragmento)

por M.García de Túy

   Ambiente tibio, tonalidades rojizas de la tierra feraz, salpicadas de manchones de un verde oscuro entre los que se ocultan negras esféricas balas de los cañones lusitanos que un día patentizaron en estos acantilados la expansiva grandeza del pueblo hermano. <Cabeza de nobre Espanha>, que dijo el egregio autor de <Os Lusiadas>. Arcos ruinosos que, no obstante sus profundas mutilaciones, muestran la esbeltez no superada de una arquitectura prodigiosa. Alcores rebosantes de una ubérrima vegetación espontánea.

Albos morabitos que semejan palomas posadas en altozanos de la feraz llanura, perfilada en sus desniveles por chumberas cuajadas de opimos, azucarados frutos; pozos prístinos donde el musulmán de astroso indumento y de piel roída por innumerables lacras llena las negrísimas odres que luego transporta jadeante, peludo y famélico jumento; grupos de hembras encorvadas por las cargas de los críos, que esperan con la barrosa ánfora apoyada en la cadera a que aquel les deje la vez; mendigos lisiados y esqueléticos que en interminable, monótona plegaria, de una honda tristeza, acurrucándose en las cunetas de las carreteras y en los abrigados flancos del sendero a merced de la caridad que pasa; enjambres de criaturas tocadas con amplios y sucios ropajes de una policromía chillona, que juegan, luchan y ocúltanse en las amplias vestimentas de sus madres, para esquivar la agresión de los más fuertes; corpulentos moradores de la lejana serranía, jinetes en cabalgaduras de sólido esqueleto y pelaje largísimo, que acuden a las covachas de la especulación judaica a mercar el azúcar de Marsella y las sebosas bujías de Liverpool.

Negros de los confines del desierto, portadores de productos exóticos que intercambian recelosos y astutos por otros que les facilitan los desaprensivos chamarileros que el afán de lucro aleja de los suburbios de nuestras urbes del litoral andaluz. Mercaderes hebreos que se deslizan con femenil timidez entre los grupos de traficantes moros y cristianos para proponerles negocios seguros y lucrativos que ellos intervendrán sin riesgos. Ir y venir de jefes, oficiales y soldados de todas las armas y cuerpos por carreteras, plazas, calles y callejones. En derredor, la esbelta silueta de la torre arabesca de la Comandancia General; la perspectiva grata de algunas edificaciones modernas; hacia el mar, el pequeño faro del desmantelado espigón que semeja un gigante hueso de oliva; un vapor embarrancado que las olas y los hombres van desguazando, y en la lejanía el <Isla de Menorca> que al sonar su sirena parece entonar un canto a la Diosa Terpsícore.

  

Etiquetado , , , , , , ,