Archivo de la categoría: LARACHE EN FOTOS

LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 7

Continuamos con las viejas estampas de principios del pasado siglo en Larache… La construcción de la plaza de España, el puerto, la avenida Mohamed V cuando aún no se llamaba así, el faro, el zoco chico, el Casino, el Balcón del Atlántico…

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Buen momento para recordar uno de los más bellos poemas escritos a Larache, nacido de la pluma de Carlos Tessainer y Tomasich

A LARACHE

Ciudad que codiciada
por reyes extraños fuiste.
Altanera, la envidiada:
a ellos siempre venciste.

Al océano volcada
de él siempre amiga.
Y el gran mar atronaba
de él jamás enemiga.

Los que en ti estuvieron,
moraron en tu corazón,
vibran, siempre sintieron
punzadas de emoción.

Atlántico es tu cuna
Hespérides tu morada.
Amante como ninguna
¡siempre la deseada!

Quienes nos alejamos
con pena, con gran pesar,
en los recuerdos buscamos
siempre un “mar” como tu mar.

Para ti tierra querida
querida, nunca olvidada,
¡cuán grande es la herida
de sentirte apartada!

Cual reproche no lo sientas:
de ti jamás me quise ir,
que como ciego a tientas
te sufro por no percibir.

Y Larache siempre en mente,
en mente y en el sentir
conmigo siempre presente
¡contigo siempre latir!

Carlos TESSAINER Y TOMASICH

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La mayoría de las imágenes pertenecen a las páginas de Radio Larache y de Houssam Kelai.

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LARACHE – ÁLBUM DE FOTOS 21

Viendo esta fotografía de los carnavales que se celebraban en el Casino de Larache, mi hermana Marisol me ha recordado que, el disfraz que nos confeccionó mi madre, hizo que yo creyera que íbamos a ganar ese año el primer premio. Como no fue así, por lo visto, me pillé un enfado monumental y no quise hablar con nadie… 

Ahí estoy con mis padres y mis hermanas Marisol y Mónica. Detrás, Puri Paz González.

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Y ya que he desenterrado esta imagen, aquí tenéis otras de más larachenses…

1973: en la foto aparecen Vicky Fernández Moraga, María Jesús Villacorta, Cristina Galbis, Fernando Muñoz, Alejandra Gomendio, Miguel Angel Ramírez, Maite Bertomeu, Conchita Serrano, José Miguel Palarea, Antonio Velasco.

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En esta otra: mi querida Mina Zaher junto a Mari Cruz Sierra, Pepi García, María José Lyoto, Pilar Vicente Ascaso, Pura Sentamans, Eva Pavón, María Emilia Vázquez, Ana María Gadea, Manoli Ruiz…

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Preciosa Ana Tessainer

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Como lo es María Poveda, que aparece en esta foto fantástica:

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Mi  hermano Abderrahman Lanjri en el Balcón, por supuesto…

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Otra preciosa larachense: Adela Ramírez

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Otra bonita larachense: Amina Salmi

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Los Reyes Magos en el Bazar de Yebari… Agachado, otro hermano del alma: El Hachmi, hecho un pincel.

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Mi querida Gabriela Grech y su familia.

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Otro amigo desde la infancia: José María López Garry, con los suyos.

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El gran Ahmed Oubali… Como siempre, de bromas.

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Claro, mi jay Mohamed Laabi, junto al gran Choukri.

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La Rondalla… Con Ketty Beniflah, Miguel Alvarez, Pilar Vicente Ascaso, María José Vilches, María José Lyoto, Pepe Mínguez, Mª Nieves Rebollo, Abdelghani Merini, Juan M. Vilches, María Emilia Vázquez, Rosa Mari Recio, Manuel Pérez, Cristina Galbis, Vicky Fernández, Alejandra Gomendio, Pepi García, Pura Sentamans…

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Si está la Rondalla, no puede faltar don Aurelio…

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Para acabar esta página, una última foto larachense: con Miguel Fernández Moraga, Pilar Velasco Sánchez, María Isabel Navarro, José Bernal, Alfredo Menéndez, Mara Ocaña, Mohamed Hargal… 

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Mucha gente querida en estas imágenes. Seguro que, como a mí, a muchos de vosotros os traerán gratos y emotivos recuerdos.

 

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LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 6

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POEMA DEL LARACHENSE MOHAMED AL BAKI

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POEMA DEL LARACHENSE FRANCISCO SELVA, DE SU LIBRO «LA OTRA BANDA»

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La mayoría de las fotografías las he tomado de la página de Radio Larache. La última, es una preciosa imagen del vehículo de la familia Poveda, que ha colgado recientemente María Poveda en su muro de facebook.  

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LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 5

 

Larache - jardín de la Espérides y Castillo de las Cigueñas

Esto se llama JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, Larache, y siempre seguirá siéndolo

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LARASHE L’EZZIZA

Cunando me aleshi de ti mi Larashe,

no jammei que no te volvería a ver.

Larashe de mi niñez de mi mancevez,

mis mejjores años pase contigo.

 

La vida me levo tan leshos de ti, a una resiya estraña,

tierras mares tantas leguas me separan de ti,

pero siempre te levo bien dentro de mi corassón,

mi hermozza, mi Larashe l’ejbiba.

 

Soño con tus blancas cazas, con tus playas risueñas,

¿quien lalea por tu arena?

en ella deshi mis huellas.

¿Quien atraviese el río en la barca?

todavia oigo nuestras rizas,

cunando nadabamos hacia los vapores Portugueses

que venían a peshcar los boquerones.

 

Loz marineros moz ofrecían

vino tinto y boquerones fritos,

que uen tiempo pasabamos,

me sacreaba enseguida

ellos se areían de mi.

 

Tu balcón shalea en el sol,

no hay joya máz endiamantada más fermozza

en todo l’atlantico.

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides.

 

Un abel’ha de sicretos guarda esejardín,

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

 

Larashe l’eziza anque stoy tan aleshada

sempre m’acodro de ti,

en mi alma te tengo scondida,

tantas membranzas alegres me deshates,

no quero morir sin verte otra vez.

 Versos en jaquetía de Mercedes Dembo Barcessat

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Larache 1928

LARACHE 1928

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Plaza de España de Larache

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Obras en el ferrocarril Larache-Alcazarquivir (de la web de spanishrailway)

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1955 – Ferrocarril Larache-Alcazarquivir – Foto de David Martindell  (de la web spanishrailway)

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Zoco Chico de Larache

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CALLE DEL HOSPITAL

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Residencia del Baja

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Vista aérea de LARACHE

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MI BALCÓN DEL ATLÁNTICO

Con mi madre asomados a la ventana de nuestra casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

Con mi madre asomados a la ventana de nuestra casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

Hoy me siento nostálgico, y me encantaría estar en estos momentos en el Balcón del Atlántico. Necesitaría sentarme en la balaustrada, perder la mirada más allá del horizonte azul, fundirla con el sol justo cuando la bola roja se hunde más allá de los sueños. Necesitaría hoy sentir la brisa que sube de Ain Chakka. Necesitaría cerrar los ojos, y ser aquel niño que jugaba por entre los jardines del Balcón. Hoy me gustaría ver a mi madre subir por entre las piedras del pequeño recodo que hace el Lucus en su desembocadura, justo donde depositamos sus cenizas para que siguiera nadando en sus aguas, y llevarla a la terraza del Central y sentarnos allí un rato junto a Sibari. Pero sólo puedo hacerlo con mi imaginación, y me sabe un tanto amargo este té que bebo a solas.

Un buen momento para ver fotos de mi Balcón, y para releer mi cuento El primer regreso, que forma parte de mi libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente.

Quizá me queráis acompañar en su lectura, aunque ya lo conozcáis. Es una manera de volver, de endulzar este té con hierbabuena y flor de azahar.

Balcón Atlántico. Manolín Cabeza, Antonio Barce y Juanito Parra

Balcón Atlántico. Manolín Cabeza, Antonio Barce y Juanito Parra

 

El primer regreso 

La primera vez que regresé a mi pueblo habían transcurrido más de quince años desde que lo abandoné junto a mi familia. Sí, incomprensiblemente habían pasado demasiados años sin volver, sin saber más que lo que alguien nos contaba y que, a su vez, había escuchado de un tercero. Demasiados años, y, sin embargo, todo parecía seguir en su sitio. Las calles apenas habían cambiado. En las paredes de los edificios descubrí los mismos desconchones y las mismas grietas de entonces. Era como si nunca hubiese salido de Larache.

La antigua plaza de España, rebautizada en su día como plaza de la Liberación, continuaba siendo el destino obligado de quien entra en la ciudad, con su aire de matrona que protege en su regazo a quien busca el refugio de sus brazos acogedores. Los soportales, construidos bajo el perfecto compás de un ritmo de huecos y arquerías, seguían resguardando a los cafetines y a las tiendas del sol plomizo del verano. Únicamente la fuente y sus jardines habían cambiado por completo. Los lucidos azulejos celestes y alberos, tan andaluces y tan marroquíes, habían dado paso a una fuente anodina, casi estaliniana, ajena al entorno de fachadas blancas y azules. Incluso los peces de colores, que los niños solían admirar con fantasía, se habían muerto en la estanqueidad de un paisaje deforme. Algo paradójico, teniendo en cuenta que el primitivo nombre de Larache, al-Arà´is, significa jardín de flores.

Balcón del Atlántico. MI MADRE, FINA Y MALENI

Balcón del Atlántico. MI MADRE, FINA Y MALENI

Andaba por las aceras con la seguridad de quien camina por su barrio, junto a los vecinos de siempre. Ninguna cara me era familiar, pero ninguna me era ajena. Ocurría lo mismo con la brisa, que subía con suavidad desde los acantilados; podía reconocerla al sentirla en mi rostro, al olerla. En todo momento, sentía el martilleo de mi corazón, retumbando con impaciencia, y avanzaba con el inesperado entusiasmo de mi niñez, de golpe recobrada, que inconscientemente me había dirigido al Balcón del Atlántico.

Pasé junto al Castillo de San Antonio, abandonado a su triste suerte, sobreviviendo de rodillas, sosteniendo el peso de su ruina sobre unos muros calcinados y arenosos. Me asomé al Balcón para emborracharme con el verde esmeralda del océano, para sentir con más intensidad la caricia de su aliento, para escuchar el fragor suicida de las olas rompiendo en Ain Chakka. Aunque llegar hasta allí no era del todo casual. En realidad, existía otro motivo más poderoso: estaba ansioso por volver a la casa en la que viví gran parte de mi niñez. Tenía el Consulado español a mi espalda, y giré la cabeza a la izquierda, con el temor a no encontrarla. Pero el edificio continuaba en pie, algo más triste y, también, algo más viejo.

Mis padres en el Balcón

Mis padres en el Balcón

Su fachada de dos pisos, justo frente al Balcón, en la calle Mulay Ismail, estaba malherida, como el resto de los viejos edificios de la ciudad. Tenía varias cicatrices y parecía desangrarse. Me acerqué con la incertidumbre de saber si sus moradores me permitirían entrar en ella. Lo ansiaba y lo temía. Creía recordarla hasta en sus últimos detalles y venía dispuesto a comprobarlo.

Subí la escalera con lentitud. Todo se había hecho más pequeño, más accesible. Olía a especias y a carne de cordero. Me detuve en el rellano, frente a la puerta, frente a la misma puerta marrón. Me agarrotaba una especie de miedo absurdo, de temor indescifrable a algo borroso, pero mi mano derecha golpeó con los nudillos hasta que, desde del fondo del interior, alguien respondió con sílabas ininteligibles.

Lali, Sergio y Mari Angeles en los jardines del Balcón

Lali, Sergio y Mari Angeles en los jardines del Balcón

La hoja se abrió con timidez, apenas lo justo para permitir que el rostro de una mujer mayor, arrugado y pintado con henna, me estudiara con inquietud. Dijo algo en árabe. Como viera que no la entendía, acudió a su parco español, aunque finalmente me las ingenié para que entendiese que su casa fue mi casa y que le pedía permiso para entrar.

—Mi marido fuera. Sola…

Era una mujer a la antigua usanza, respetuosa con la costumbre y, por supuesto, vergonzosa, pese a la edad. Asentí, comprensivo. La mujer debió de ver mi desilusión en la forma en que bajé la cabeza o en cómo entorné los ojos, decepcionado y frustrado, y, sólo entonces, se atrevió a abrir la puerta del todo.

Assalam âleykum —dijo—. Sólo un momento, por favor —añadió enseguida, como para que supiese que era un gesto de cortesía extraordinario por su parte. Seguramente no quería que me demorase por si llegaba su marido.

Recobré el ánimo y le agradecí su amabilidad inclinando la cabeza. Pareció satisfecha, y me dejó entrar.

Balcón Atlántico de Larache - Sergio Barce y Antonio Abad

Balcón Atlántico de Larache – Sergio Barce y Antonio Abad

De la misma manera en que recuperé el ánimo, lo perdí al instante. Ya en el interior, no reconocí nada de aquel desolado páramo. Sus dueños estaban en obras, reformaban el piso, y habían derribado todas sus paredes. El suelo estaba cubierto por completo de escombros. Una gran habitación deforme y en ruinas, era lo único que yo veía desde la entrada. La mujer atisbó de nuevo mi fracaso, aunque en esta ocasión comprendió que era tan abrumador que no podría consolarme. De manera que, educadamente, se alejó unos pasos de mí para dejarme a solas con aquella devastación demoledora.

Seguí un buen rato allí, muy quieto, en medio de la soledad de sus paredes abatidas, con los pies aplastando trozos inertes de ladrillos y de cemento seco. El aire, denso y ardiente, estaba emborronado con el polvo que aún seguía flotando sin acabar de posarse. Maldije la hora en que decidí buscar mi antigua casa.

Di un paso, torpe, muy corto, y me detuve. En ese instante, a mi derecha, vi a mi abuelo Manuel, el padre de mi padre, que salía de su habitación ajustándose primero la boina y, luego, sus gafas redondas de monturas de pasta marrón.

—Me voy al Central a echarme un cafelito.

Balcón - Con mi abuelo Manuel Barce, y mi amigo Juan Antonio Martín

Balcón – Con mi abuelo Manuel Barce, y mi amigo Juan Antonio Martín

De pronto comprendí que mis pies aplastaban parte de mi pasado, que los recuerdos de aquella casa yacían en el suelo, agonizantes. Pensé que, quizás, después de todo, llegar ese preciso día era un quiebro inteligente del destino. Estaba siendo testigo de los últimos estertores de ese ayer que moría ante mis ojos.

Di otro paso, y luego otro, caminando sobre esos trozos de recuerdos quebradizos, sobre pedazos llenos de esperanza, de sueños, de risas, de melancólicos latidos. Pisaba con cuidado, como si pudiera aplastar por descuido un beso de mi madre, una caricia de mi padre hecha en la espalda de su mujer, un abrazo escondido al abuelo Manuel. Todo eso quedaba recluido entre los ladrillos rotos, bajo los montones del arenoso cemento. Intuí que, no obstante, las voces, las palabras, los susurros, seguirían oyéndose en el eco imborrable de la memoria.

Sin las paredes de las habitaciones, el rectángulo escuálido de esa casa se me antojaba irreal, podía ser cualquier edificio de cualquier parte del mundo o bien un cuadro de naturaleza muerta. Di vueltas en redondo, aturdido, confuso. La mujer marroquí parecía haberse olvidado por completo de mi presencia y se esforzaba ahora por llenar un saco con los escombros.

En el Balcón... Sergio, Juan Carlos y Javier

En el Balcón… Sergio, Juan Carlos y Javier

Pero, de improviso, en medio de ese territorio yermo y hostil, reconocí mi hogar. Estaba allá, al fondo, encarcelado en el marco de una ventana solitaria. En sus fronteras limitadas, el verde esmeralda del mar. Sin duda, era la ventana del salón de mi casa, aquella ventana a la que nos asomábamos mi madre y yo cuando oíamos el silbido inconfundible de mi padre al regresar a última hora de la tarde o cuando aguardábamos con ansiedad la llegada del camarero que traía en una bandeja plateada la paella recién hecha en el Casino.

Sergio Jr y Sergio Sr en el Balcón del Atlántico de Larache

Sergio Jr y Sergio Sr en el Balcón del Atlántico de Larache

Tropecé con un ladrillo, con un resto polvoriento de un pasado ya lejano, pero seguí avanzando atraído por la llamada ineludible de esa ventana. Estaba emocionado. Mi casa, toda ella, me esperaba en aquel reducido espacio, un espacio vacío con un paisaje a lo lejos. Pisaba, ya sin contemplaciones y sin complejos, todas y cada una de las vivencias de mis padres, de mi abuelo, las de mi infancia inolvidable, que habían quedado rezagadas allí mismo. Apenas me separaban de la ventana del salón dos o tres metros, pero en ese exiguo trayecto, tan intenso, tan increíble, comprendí que mi vida no podía entenderse sin el recuerdo permanente de aquellos días, que guardaba en mi interior más profundo sencillos e imborrables detalles: el olor de la almadraba, la algarabía que estallaba en la romería de la Patrona Lalla Menana, el fragor de las olas rompiendo contra las rocas del Balcón del Atlántico, la leyenda del Teatro España, la sensación del fango en mis pies cuando me adentraba en las aguas del Lucus, la Gaba, con el tumulto lejano de los jabalíes en estampida, la aventura que suponía cruzar en barca la desembocadura del río, percibir el olor a pescado y a especias que bajaba de las escalinatas del Mercado Central, la imagen del guerrab que se apostaba a la entrada de la calle Real ofreciendo su agua a los más sedientos, ese té con flor de azahar que tomábamos bajo la sombra del Castillo de las Cigüeñas, en el Jardín de las Hespérides. También comprendí que seguían vivos aquellos crepúsculos azafranados que contemplábamos embobados desde el Castillo de San Antonio, el eco del almuecín llamando a la oración o anunciando el inicio del ramadán, el bullicio de los estrechos pasajes de la Burraquía por los que correteaba con mis amigos, la música que escapaba por encima de los muros del Casino, las pantallas mágicas del Ideal, del Avenida y del Coliseo que me transportaron al viejo Oeste o a la legendaria Arabia. Me veía de nuevo subir la antigua calle Chinguiti, entrar en los jardines señoriales del Palacio de la Duquesa de Guisa, detenerme en el cafetín de la Estación de la Valenciana para tomar un café bajo las aspas gigantes y rancias de sus ventiladores agotados, saludar a Sor María que me vigilaba desde la ventana del Colegio Nuestra Señora de los Ángeles, volver a mi clase de los Maristas, pasar por el Colegio Luís Vives, llegar al Club Hípico y adentrarme por la arboleda del Vivero para tumbarme en medio de su silencio, sólo roto por el gorjeo de las tórtolas. Me daba cuenta así de que nunca llegué a alejarme del todo de las calles del barrio de Las Navas, que aún escuchaba el griterío de las gradas del Estadio de Santa Bárbara, que me veía correr una vez más por todas sus callejuelas con el ímpetu desbordado y la inconsciente alegría de la infancia.

Todo eso lo reviví en aquellos escasos minutos, unos minutos suspendidos en el vacío. Cuando logré llegar a la ventana, me detuve de nuevo, y me puse a tirar con insistencia del borde del vestido de mi madre hasta que ella me asió con fuerza de la cintura, me incorporó a la silla que tenía a su lado y, apretándome contra su pecho, nos quedamos en silencio mirando aquel horizonte verde esmeralda que se mecía allá abajo del acantilado, cadencioso, hipnótico.

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De nuevo en aquella ventana de mi antigua casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

De nuevo en aquella ventana de mi antigua casa en Mulay Ismail, sobre el Balcón

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