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FRAGMENTO DE «YEBEL ALÁM», NOVELA INÉDITA DE SERGIO BARCE

EL RAISUNI

YEBEL ALÁM” es una novela de aventuras que narra las vicisitudes de Dukali Bencassim, un médico tanyerino que, por diversos azares de la vida, se verá formando parte de las huestes de El Raisuni (curiosamente un personaje que nos ha atraído tanto a Luis Cazorla en su novela «La ciudad del Lucus» como a Carlos Tessainer en su libro «El Raisuni, aliado y enemigo de España«, todos autores larachenses). Sea como fuere, en esta novela que aún no he publicado, me acerco al personaje de una manera romántica, tratando de sumergir al lector en una aventura tan trepidante como la del protagonista de mi historia, que se ve seducido por la figura de Raisuni y por la de otro hombre misterioso y desconcertante…

Sergio Barce, en Asilah

«Esa misma mañana una parte del campamento, un grupo bien escogido, se puso en marcha con el estruendo del trueno. El resto se quedaba para mantener la posición de Akba el Hammara donde El-Cherif cobraba en dinero y en especies de los viajeros obligados a pasar por esa zona, y también para frenar las incursiones esporádicas que efectuaban las harkas del Majzén. De Akba el Hammara el El-Cherif se nutría de fondos para armar a sus huestes y hasta de nuevos seguidores, pues hasta algunos de los mercaderes a los que se les exigía tributo terminaban por unirse incondicionalmente a su causa.

Avanzamos con relativa rapidez y en esa jornada llegamos muy cerca de Asilah. Acampamos en una playa de onduladas siluetas rodeada de matorrales y alcornoques. No éramos más de treinta hombres. Al caer la noche, el sueño se apoderó de mí y apenas intercambié unas palabras livianas con Hakim el Fiero. Me agradaba su compañía. Tenía algo de filósofo y de adivino, y se advertía en sus cavilaciones que le importaban más sus hombres que cualquier otra cosa. Hasta ese instante, salvo Hakim, ninguno de los hombres me había ofrecido mayor confianza, aunque tampoco me sentía desplazado. Soñé, por supuesto, con Yadiya y ella ocupó mi primer pensamiento del día siguiente.

Me despertaron sin demasiado tacto, zarandeándome en el suelo.

-¡Levanta, Dukali Bencassim! ¡Vamos!

Hakim soltó una carcajada desde su caballo.

-Vamos, Jamal, sé más amable con el doctor…

Vi al hombre de la cicatriz inclinado sobre mí. Su cara burlona me miraba con una exagerada excitación.

-Levanta, levanta. Vienes con nosotros.

-Vamos de caza –añadió Hakim–. Despabílate.

Tan de cerca, pensé que la cicatriz que partía la mejilla de Jamal asemejaba un riachuelo reseco. Me incorporé aturdido y cansado. Mi caballo ya estaba listo. El hombre de la barba oscura y roma, con un movimiento rápido de gato montés, me acercó una torta de pan.

Sin apenas respiro, salimos de la playa internándonos en un bosque. Íbamos en fila. Primero Hakim el Fiero, luego el hombre más joven que había conocido en la jaima y del que aún no sabía nada, yo lo seguía de cerca, y, tras de mí, Jamal.

Sus caballos eran impresionantes, de pura sangre, fuertes, altivos. Estaban acostumbrados a largos desplazamientos y refriegas violentas. La yegua de Hakim tenía un pelo negro brillante cuidadosamente cepillado. La trataba como si fuese una de sus mujeres y acariciaba su cuello con suaves palmadas tranquilizadoras y animosas, y le hablaba al oído.

Jamal también montaba otra hermosa jaca, más alta, más presumida, con la crin canela cubriendo el robusto cuello del animal, de un tono más claro que el resto del cuerpo. Presumía de montura y, a veces, retaba a Hakim a una carrera de resistencia que solía ganar con soltura. El joven, en contraste con ellos, tenía un caballo negro azabache, nervioso, de sangre caliente.

Oíamos el gruñido de los jabalíes y el aleteo denso de las tórtolas, el rumor de las hojas de los árboles entrelazándose, un inmenso pulmón resoplando con lentitud. Vi cómo Hakim el Fiero desenfundaba su fusil y cómo el joven lo imitaba, así que supuse que Jamal haría lo mismo. Sus movimientos eran lentos y experimentados. Sabían moverse en la espesura, igual que una flor abriendo sus frágiles pétalos. Los caballos avanzaban pero sus pisadas eran igualmente mudas. Podía tocar el aliento del bosque, más cercano, más espeso y embaucador.

De pronto, Hakim levantó el fusil a medio cuerpo, como una prolongación de su brazo, y todos nos detuvimos conteniendo la respiración. Oíamos unos crujidos de ramas secas, luego unos golpes en el suelo y, a continuación, unos gritos agudos que inquietaban. Sentía el sudor por todo mi cuerpo.

El joven que me precedía desmontó y avanzó como una leve e imperceptible brisa, apenas rozando los matorrales. El negro brillo de su caballo era como un borrón de tinta en medio del verde silvestre. Los gritos se transformaron en un vocerío ensordecedor, de tonos agudos y graves, de adultos y de cachorros. Debía de tratarse de toda una manada.

Había perdido al joven de vista. Se había deslizado por entre Hakim y unos arbustos. De improviso, un silencio de bruma, áspero, incómodo. Hakim me miró por encima del hombro. Le iba a hacer una señal cuando silbó un disparo. El bosque se encogió y al instante los pájaros escaparon de sus nidos, los jabalíes salieron en estampida arramblando con todo lo que se les ponía por delante, los monos trataban de escapar de su cazador. Era un rugir aterrorizado de cientos de animales. Sentía que los mismos árboles parecían retraerse enmascarando sus espectaculares ramas verdes. El poder del fuego. El poder destructor del hombre.

Poco después escuchamos la voz del joven llamándonos. Había derribado a un macho, un mono enorme de pelo marrón largo y sucio, que tenía cara de anciano. Me impresionó su expresiva mueca contenida en su boca entreabierta, con los dientes amarillos asomando como el teclado de un viejo piano.

-Hoy tendremos un buen festín –bramó Jamal al contemplar el cadáver.

El joven era un cazador consumado. No había dejado de hablar de sus cacerías por esos bosques de Asilah. Los prefería a cualquier otro lugar porque los monos de esas tierras eran los más hermosos. Me pregunté si no era un grave pecado acabar con ellos si eran tan increíbles, pero mi reflexión no salió de mi boca. Los tres se mostraban tan entusiasmados con la presa que no me atreví a censurar su muerte.

Amarraron el mono a la grupa de la yegua de Jamal y proseguimos en busca de otra pieza. En el bosque se palpaba una indescifrable tensión, como si nos vigilaran desde las copas de los árboles. Un bosque de mil ojos. Un bosque de mil espíritus. Los djinn correteando, ocultándose tras de los troncos milenarios. Estábamos rodeados por los habitantes del bosque y, sin embargo, continuamos adentrándonos más y más en sus entrañas, como si desafiáramos sin decoro su poder telúrico.

Dimos con otro macho en plenitud de fuerza. También fue abatido por el fusil certero del joven, de un único y frío disparo. Hicimos un trecho del camino a pie y luego regresamos por la que pensé que había sido nuestra ruta de ida. Lo cierto es que todo el bosque parecía idéntico, un laberinto inextricable.

Al día siguiente, volvimos al bosque. Enseguida nos envolvió esa sensación de desamparo, de estar siendo observados desde todas las sombras. Buscamos incansablemente a las manadas de monos. Descubrí que el joven en particular disfrutaba de la cacería de un modo casi obsesivo. Sólo bastaba con escucharlo. Contó que, desde pequeño, ya se aventuraba por los montes cercanos a su aduar por el sólo placer de descubrir a los animales e imaginarse que los capturaba con sus manos. Por las noches, soñaba que su familia lo despertaba para que los defendiera de una furiosa jauría de chacales. Entonces él, tranquilamente, abandonaba su choza y les hablaba a los depredadores con su lenguaje de rugidos. Al poco, la jauría se apaciguaba y regresaba a la espesura del bosque. Era un sueño que se le repetía incansablemente.

Volvió el silencio. Seguíamos internándonos en el laberinto de árboles y en la maraña enloquecida de matas y arbustos. Entonces fue cuando escuchamos voces.

Para nuestra sorpresa, esa vez se trataban de voces humanas. Actuamos de la misma forma que habíamos hecho antes con los monos salvajes, acercándonos con el sigilo del leopardo. Creí entender alguna palabra en español, pensé que eran imaginaciones mías y no le di importancia. Era un murmullo, suave, acogedor. Yo trataba de imitar a los que me precedían y descabalgué con cuidado, mirando dónde ponía cada pie. Nos embozamos con los turbantes. Jamal me empujó suavemente para que me desentendiera de mi caballo. Estaban aleccionados, no iban a abandonarnos aunque los dejásemos sueltos. Las voces se hacían más claras, hasta que destacó sólo una que ofrecía café.

Reían. Eran dos hombres. Hakim dio un manotazo a los matorrales que los ocultaban y salimos a un mínimo claro del bosque. Allí estaban, en cuclillas, sorprendidos por nuestra irrupción pero en absoluto asustados. No movieron un músculo. Entonces lo reconocí y creí estar viendo a un fantasma.

Llevaba una barba más rubia que castaña, espesa, y los cabellos enmarañados y largos. Pero al enseñar sus dientes su sonrisa inconfundible me confirmó que se trataba de Roberto Sorzano. Tenía el mismo porte elegante bajo la chilaba negra aunque también era evidente su delgadez. El otro hombre era de tez oscura, mulato, de origen harratín sin duda, y por su actitud demostraba su condición servil. Embozado en mi turbante, Roberto no me había reconocido.

-¿Qué hace un enzeráni por estas tierras de Sahel? –La voz de Hakim el Fiero sonó como un trueno en el inmediato silencio que se había posado en ese lugar del bosque. Roberto y su acompañante seguían en cuclillas junto a la fogata y al café recién hecho.

-Vamos de viaje.

Luego oí al joven que serenamente se adelantaba y también adoptaba la posición acuclillada, muy cerca del fuego. Mostraba un temple extraordinario. No parecía ser de  los que dudan ante un inesperado contratiempo. Lo había visto en su frialdad ante los monos enloquecidos y ahora en la tranquilidad con la que se acercaba a unos desconocidos.

-¿Podemos tomar café con vosotros?

-Nada me complacería más -respondió Roberto con igual determinación y temple. Seguía siendo el mismo, resuelto e irreductible en su orgullo, escueto y certero en su respuesta.

Oí a Jamal atando a los caballos a unos arbustos y luego nos acercamos a nuestro audaz acompañante, sin que ninguno hubiese descubierto aún su rostro. Vi cómo el compañero de Roberto se incorporaba y cómo traía de su caballo otra bolsa con káhua con el que preparó un nuevo cacillo. Mientras, nos observamos con aparente indiferencia.

Yo aún no sabía qué hacer pero sentía una alegría inesperada que se abría camino por mi pecho y hacía temblar mis manos. Fisgaba en los nuevos surcos que se habían dibujado en la cara de Roberto. Tenía ojos cansados. Cuando levantaba los párpados lo hacía con lentitud y a cada uno de sus movimientos le imprimía un no sé qué de pesadumbre.

-¿Adónde os dirigís? –Habló de nuevo el hombre joven. Ahora, a su espalda, aun cuando sólo veía su nuca, percibía una presencia poderosa. Inclinaba el cuerpo con elegancia, y sus ademanes eran lo suficientemente educados como para que Roberto pudiera sentirse tranquilo. Descubrí entonces que era tan precavido como osado, tan calculador como Roberto. Pero también más astuto.

Roberto había metido una mano en la chilaba. Jamal se llevó la suya a la empuñadura de su gumía. Me mordí la lengua para no descubrirme, reprimiendo mi desbordada alegría. De la faltriquera que se ocultaba bajo la tela negra, Roberto sacó su reloj de bolsillo, con su cadena de plata, miró la hora, chasqueó la lengua y volvió a guardarlo.

-Buscamos a El-Cherif –se la jugó, porque podíamos ser mejaznia del Sultán. No era difícil dar con hombres del Majzén disfrazados de bandoleros intentando así echarle el guante a los cabecillas rebeldes.

-¿A El-Cherif? –Remedó el joven. Mis acompañantes se miraron con sorna. Luego dijo, dirigiéndose a Roberto: O eres muy valiente o muy estúpido. Si te dijese que nosotros también andamos en su busca…

Noté cómo a Roberto, pese a mantener la sonrisa, se le había congelado el gesto, quizás se le había pasado por la cabeza que podía ser ejecutado allí mismo. Se llevó una mano al cuello para tocar el medallón de oro, su medalla con la efigie de San Sebastián. Esos detalles me acercaban su tiempo de destierro voluntario.

-Los hombres del Uzir Ba Hamed ya nos habrían detenido sin hacer preguntas… –mis compañeros rieron. Yo ya conocía su significado y me relajé.

-Vaya, el enzeráni tiene razón…

El mtállem había llenado dos vasos y nos ofreció café hirviendo. Yo no me moví al observar que tanto Jamal como Hakim aguardaban la reacción del joven. Éste se había descubierto el rostro y, tras coger el vaso, bebió tranquilamente. Decidí permanecer embozado cuanto pudiese, lo que no me resultó demasiado difícil ya que hasta entonces nadie me había prestado la más mínima atención.

Mi acompañante más joven se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Sus ojos parecían afilados. Allí, a la mañana del claro del bosque, recorrí su barba y su piel inmaculada que contrastaba con las incrustadas fatigas que mostraban las de Jamal y Hakim el Fiero. Destacaba especialmente la mejilla herida para siempre de Jamal, que a veces parecía abrírsele como un gajo. Entonces el joven volvió a hablar.

-¿Qué quieres de El-Cherif?

-¿Puedes llevarme ante él? –Inquirió Roberto.

-Eres demasiado impulsivo, y eso es peligroso en estos días -volvió a dar un pequeño sorbo al café-. Quizás podría hacer algo por vosotros…

-Se alegrará de verme –la audacia de Roberto parecía no tener límites. Me pregunté qué pretendía con esa treta absurda-. Y también lo hará su lugarteniente, al que llaman Hakim el Fiero…

Apenas comprendía lo que estaba ocurriendo ante mis narices. Era una partida de ajedrez con trampas.

-¿Hakim el Fiero? –Fue el propio Hakim quien repitió su nombre con sorpresa.

-Me debe la vida. Como dicen por mi tierra, le saqué las castañas del fuego.

El joven miró a Hakim, que no apartaba sus dilatadas pupilas de Roberto. Estaba absolutamente perplejo. Pero una inesperada y ruidosa explosión de júbilo reventó de los labios del guerrero. Se abalanzó súbitamente sobre Roberto y lo abrazó estrechamente besándolo repetidamente en las mejillas.

-Loado sea el Profeta y Al´láh, Todopoderoso… ¡Yo soy Hakim y al fin veo tu feo rostro de enzeráni!

-Y yo el tuyo –añadió Roberto. Se fundieron en un nuevo abrazo. El mtállem se mostraba tan sorprendido como los demás que asistíamos a tan inesperado encuentro.

-He de suponer que tú eres el Diablo Rubio… –dijo el joven dando un bufido.

-Sí. Él es quien me ayudó en aquel infierno –añadió Hakim, orgulloso de estar al lado de Roberto Sorzano–. Si lo hubieseis visto luchar… era como si sus fuerzas nacieran del propio infierno. Jamás he visto tanto ardor, tanta ausencia de miedo en un hombre –había posado una mano en su hombro-. Si todos mis hombres fuesen como tú, nada podría detenernos… Has tenido suerte si pretendías encontrarme de esta manera.

-Me dijeron que podría hallar a El-Cherif en Sahel. Desde entonces, llevo varias semanas escarbando estas tierras.

-Así que en Sahel… A saber quiénes han sido tus informadores.

¿Te habrán seguido durante todo este tiempo? –Añadió Hakim entre dientes–. Y este interés tuyo por El-Cherif…

-Pensé que si lo encontraba, tú estarías con él…

-No te equivocabas, jái –y Hakim el Fiero se quedó mirando al joven que había terminado de beber sin prisas su café y que ahora se incorporaba lentamente-. Estás ante el hombre cuyo nombre es pronunciado una y mil veces por el viento… El señor de las montañas y descendiente del Profeta Mohammed, al que Al´láh, nuestro Hacedor, bendiga cada día. Estás ante Muley Ahmed Ben Mohamed el Raisuni el Alaui el Edrisi el Hassani, aquél a quienes unos llaman el Águila de Zinat y tú El-Cherif.

Roberto se adelantó con presteza y besó el borde de su chilaba. Luego, hizo lo mismo con sus pies. Súbitamente, ese hombre se había transformado ante mis ojos como si pasara de su hasta entonces evidente juventud a la plenitud de la madurez, y un temeroso respeto sustituyó a mi anterior indiferencia. Entonces oí a Jamal que, con risas entrecortadas, balbuceó:

-Dukali Bencassim… pareces una estatua de sal ¿Te has comido la lengua?

-Una de mis esclavas lo ha embrujado –añadió Hakim.

Estaba tan aturdido que apenas los oí. Eran demasiadas sorpresas, demasiadas emociones, y, no obstante, pude ver cómo la cara de Roberto se congestionaba tratando de reconocerme tras el embozo del turbante. Cuando me apretó contra su pecho, noté que su emocionado temblor era el mío y que las lágrimas que caían sobre mi cuello eran de una sinceridad hiriente.»


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LUIS MARTÍN SANTOS, escritor larachense

En 1961 se publica una de las obras cumbres de la literatura española del siglo XX, la novela “Tiempo de silencio del escritor Luís Martín Santos, nacido en Larache en el año 1924.

“No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir.”

Cursó estudios de Medicina en la Universidad de Salamanca, doctorándose en Psiquiatría, llegando a ser el director del Hospital Psiquiátrico de San Sebastián. Durante la dictadura franquista, militó en el Partido Socialista y estuvo en permanente contacto con los nuevos escritores de la posguerra.

El éxito e influencia de la única novela que logró publicar en vida, y que supuso un cambio radical en lo que venía publicándose en España, se truncó en 1964 cuando Martín Santos falleció inesperadamente a causa de un accidente de tráfico. En el año 70, la editorial Seix-Barral recopiló varios textos suyos en el libro miscelánea “Apólogos”.

“La celda era más bien pequeña. No tiene forma perfectamente prismática cuadrangular a causa del techo. Este, en efecto, ofrece una superficie alabeada cuya parte más alta se encuentra en uno de los ángulos del cuadrilátero superior. Aparentemente, cada dos células componen una de las semicúpulas sobre las que reposa el empuje de la enorme masa del gran edificio suprayacente. Estas cúpulas y paredes son de granito. Todas ellas están blanqueadas recientemente. Solo algunos graffiti realizados apresuradamente en las últimas semanas pueden significar restos de la producción artística de los anteriores ocupantes. Las dimensiones de la celda son más o menos las siguientes. Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal solo puede estirar a la vez los dos brazos -sin estropear la materia opaca- en el sentido de las diagonales.”

Tiempo se silencio” se convirtió en una de las obras obligadas en los planes de estudios en la asignatura de literatura (aún recuerdo que varias de sus escenas me impresionaron muchísimo por su dureza cuando lo leímos en BUP). En ella se retrata la realidad de una España miserable que soportaba el peso de la posguerra, convirtiéndose en el retrato más crudo y veraz de lo que estaba sucediendo en el país, más en concreto en el Madrid de 1949. Su estilo, que rompía con la novela realista del momento al introducir cambios estilísticos hasta entonces inauditos, fijó el nuevo camino por el que se adentrarían otros autores experimentales.

Su novela comienza así:

“Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: «Claro, cancerosa». Pero, tras la mitosis, la mancha azul se iba extinguiendo. «También se funden estas bombillas, Amador.» No; es que ha pisado el cable. « ¡Enchufa!» Está hablando por teléfono. «¡Amador!» Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve. «No hay más.» «Ya no hay más.» ¡Se acabaron los ratones! El retrato del hombre de la barba, frente a mí, que lo vio todo y que libró al pueblo ibero de su inferioridad nativa ante la ciencia, escrutador e inmóvil, presidiendo la falta de cobayas. Su sonrisa comprensiva y liberadora de la inferioridad explica -comprende- la falta de créditos. Pueblo pobre, pueblo pobre. ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca espera que fructifiquen los cerebros y los ríos? Las mitosis anormales, coaguladas en su cristalito, inmóviles -ellas que son el sumo movimiento-. Amador, inmóvil primero, reponiendo el teléfono, sonriendo, mirándome a mí, diciendo: «¡Se acabó!». Pero con sonrisa de merienda, con sonrisa gruesa. «Qué belfos, Amador.» La cepa MNA tan prometedora. Suena otra vez el teléfono. Lo olvido. «¿Por qué se ríe, Amador? ¿De qué se ríe usted?» Sí, ya sé, ya. Se acabaron los ratones. Nunca, nunca, a pesar del hombre del cuadro y de los ríos que se pierden en la mar. Hay posibilidad de construir unas presas que detengan la carrera de las aguas. ¿Pero, y el espíritu libre? El venero de la inventiva. El terebrante husmeador de la realidad viva con ceñido escalpelo que penetra en lo que se agita y descubre allí algo que nunca vieron ojos no ibéricos. Como si fuera una lidia. Como si de cobaya a toro nada hubiera, como si todavía nosotros a pesar de la desesperación, a pesar de los créditos. Esa cepa cancerosa comprada con divisas otorgadas por el Instituto de la Moneda. Traída desde el Illinois nativo. Y ahora, concluida. Amador sonríe porque alguien le habla por teléfono. ¿Cómo podremos nunca, si además de ser más torpes, con el ángulo facial estrecho del hombre peninsular, con el peso cerebral disminuido por la dieta monótona por las muelas, fabes, agarbanzadas leguminosas y carencia de prótidos? Sólo tocino, sólo tocino y gachas. Para los hombres como Amador, que ríen aunque están tristes, sabiendo que el último ratón de la cepa MNA perdido nos indica que nunca, nunca el investigador ante el rey alto recibirá la copa, el laurel, una antorcha encendida con que correr ante la tribuna de las naciones y proclamar la grandeza no sospechada que el pueblo de aquí obtiene en la lidia con esa mitosis torpe que crece y destruye, igual aquí que en el. Illinois nativo, las carnes frescas de las todavía no menopáusicas damas, cuya sangre periódicamente emitida ya no es vida sino engaño, engaño. «Betrogene.» Muerte vencida. «Detente, coge el recepto-remisor negro, ordena al Ministro del ramo, dile que la investigación, oh, Amador, la investigación bien vale un ratón.» No rías más y, sobre todo, no eches esas gotitas de saliva que hacen sospechar de tu educación y de tu inteligencia. «En guerra comíamos las ratas. Para mí que son más sabrosas que el gato. De gato estoy ya hasta aquí. Los gatos que hemos tomado. Éramos tres. Lucio, Muecas y servidor.» Proteínas para el pueblo desnutrido. Cuyas mitosis -éstas normales- carenciales, en el momento de la emigración de las motoneuronas hacia el córtex, por falta de tales principios renquean y perecen, tal vez disminuyen su número, tal vez se disponen de modo poco ordenado o deficiente, tal vez siguen mancas de las necesarias ramificaciones. Y así quedamos, incapaces para el descubrimiento de las causas de la neoplasia destructora. Amador me mira. Ve mi rostro ridículo. Eso le hace reír. En el binocular, a falta de electrónico, porque no hay créditos, haciendo un recuento de núcleos monstruosos y Amador, ya con su boina parda, todavía con su bata blanca puesta se va a lo de atrás, donde aúllan los tres perros flacos que sólo de vez en cuando orinan tanto y huelen tan fuerte. Amador, deseando acabar con los perros, como ha acabado con la cepa, espera una orden que yo no doy, sino que miro y escucho, queriendo oír lo que pueda decirme que me saque de esto. «Muecas tiene», dice Amador. Error. No todo ratón es cancerígeno. No todo ratón es de la cepa del Illinois nativo, hábilmente seleccionada entre dieciséis mil cepas, en laboratorios traslúcidos de paredes brillantes de vidrio, con aire acondicionado ex profeso para la mejor vida ratonil. Hábilmente seleccionada a través de las familias de ratones autopsiados, hasta descubrir el pequeño tumor inguinal y en él implantada la misteriosa muerte espontánea destructora no sólo de ratones. Las rubias mideluésticas mozas con proteína abundante durante el período de gestación de sus madres de origen sueco o sajón y en la posterior lactancia y escolaridad. Aunque hermosas, insípidas pero nunca oligofrénicas, con correcta emigración de neuroblastos hasta su asentamiento ordenado en torno al cerebro electrónico de carne y lípidos complejos, que utilizan ahora para hacer recuentos de mitosis en el palacio transparente. Así esa cepa aislada, extinguida ahora aquí por culpa de falta de vitaminas, tras haber gastado en ella los menguados créditos del Instituto. Traídos del Illinois nativo los ratones -machos y hembras- separados los sexos para evitar coitos supernumerarios no controlados. Con provocación de embarazo bien reglada. E n cajas acondicionadas, por avión, con abundante gasto de divisas. Y ahora se han acabado, se han ido muriendo a un ritmo más rápido que el de la reproducción -¡más rápido que el de la reproducción!- y Amador ríe y dice: «Muecas tiene». Muecas vino aquí, a este aire cargado de olor de perro aullador que no orina. Al no orinar, víctima de su violenta carga afectiva, el perro elimina sus esencias por el sudor. Al no sudar más que por la planta de los pies, el perro elimina su aroma también por el aliento, con la lengua fuera así colocada a los fines de la transpiración. Cuando el perro ha sido operado y se le ha colocado un fémur de poliestilbeno o polivinilo, sufre tanto que demos gracias a que -aquí- las desteñidas vírgenes no cancerosas, no usadas, nunca sexualmente satisfechas, anglosajonas no existen para proyectar el rencor insatisfecho sobre la Sociedad Protectora. De otro modo, no hubiera aquí nunca investigación ya que se carece de lo más elemental. Y las posibilidades de repetir el gesto torpe del señor de la barba ante el rey alto serían ya no totalmente inexistentes, como ahora, sino además brutalmente ridículas, no sólo insospechadas, sino además grotescas. Ya no como gigantes en vez de molinos, sino corno fantasmas en vez de deseos. Porque, ¿a quién importan los perros? ¿A quién molesta el dolor de un perro, cuando ni siquiera a su propia madre le importa lo más mínimo?…”

Tiempo de silencio” fue llevada al cine en 1986 por Vicente Aranda, de manera bastante honesta. La película está protagonizada por Imanol Arias, Victoria Abril, Paco Rabal y Charo López.

Después de su prematura muerte, además de la mencionada recopilación, vio también la luz otra novela, aunque inconclusa, titulada “Tiempo de destrucción”.

En 2009, la editorial Tusquets editó la biografía “Vidas y muertes de Luis Martín Santos” de José Lázaro.

Sergio Barce, febrero 2011

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Mi novela «SOMBRAS EN SEPIA» según Abdellatif Limami (Universidad de Rabat)

 

Minoría existencial y minoría nostálgica en la novela «Sombras en Sepia» de Sergio Barce

Artículo de ABDELLATIF LIMAMI 

Profesor de la Universidad de Rabat 

publicado en el Semanario «La Mañana» de Casablanca (16-08-2006)

Todos somos al fin y al cabo una minoría existencial o nostálgica. Gozamos y sufrimos de la misma manera que los que pertenecen a nuestra misma categoría social, religiosa o mental, y nos identificamos plenamente con el sentimiento de añoranza que sólo comprenden aquellas personas que sufren de la misma situación. Con la última novela de Sergio Barce, nos encontramos en el centro de esta noción de minorías: unas existenciales, en el sentido sartiano del término (luchar para poder sobrevivir), y otras, más psicológicas, vinculadas estrechamente con el sentimiento de impotencia frente al recordar nostálgico. Y en estos parámetros se inscribe “Sombras en sepia”: una minoría existencial que cruza el estrecho en pateras en busca del soñado e idílico paraíso dorado; y una minoría de corazones que palpitan en la otra orilla, prisionera de un tiempo que nunca se fue ni se desvaneció, y que sigue siendo, humanamente hablando, casi como aves sin nido. De tal forma, nos encontramos en este relato, llevados por el ritmo infinito de una novela que, a alta velocidad, nos traslada de un movimiento a otro:

Por una parte está el presente de la narración, centrado en el casual e inoportuno encuentro entre un español larachense ubicado en Málaga (Abel) y una mujer que acaba, con un niño de cuatro meses, de cruzar el estrecho en patera (Nadja / Zakarías); por otra parte, y a través del flash back esta vez, topamos con el soplo nostálgico que nos narra historias truncas, nunca acabadas, cargadas de un sentido plural: las de un malagueño cuyo corazón late todavía en el Larache de la infancia y adolescencia.

En fin, y en una marcha casi solitaria, la narración nos conduce a una desesperada búsqueda del protagonista (la de Nadja) que se transforma finalmente en una búsqueda de sí mismo. Pero qué más da si el acto de buscar, legítimo en el ser humano, conduce a uno a encontrarse consigo mismo y a mover cenizas con el propósito de reavivar el fuego: la desesperación de los convidados al cementerio del Mediterráneo, excluidos y marginados en su propia sociedad de origen; y el pesar y sufrimiento de una minoría que, aún bien instalada e integrada en su nuevo espacio, se siente frustrada por un mundo implacable en que prevalecen el lucro y el egoísmo.

Se trata de unas minorías que viven y que sangran ante la indiferencia de todos: la vida queda sostenida aquí por el nostálgico recordar (una historia inocente, una amistad, un romance de amor…) y la gangrena motivada en el relato por el espectáculo desolador de un “rebaño” condenado en las profundidades del mar por ser marginado y desprovisto de una seña de identidad. Pero es también gangrena el triste espectáculo de un Larache que va acabando con su historia a favor de una política del cemento y del lucro; y el del despiadado mundo occidental en que la lógica del consumo determina el ser o el no ser. Así, del presente de la narración, que implica la cruda realidad de las pateras, nos trasladamos al nostálgico recuerdo que nace de chispas y cenizas, y finalmente a la búsqueda del otro, es decir de si mismo.

La trayectoria podría ser calificada incluso de hernandiana: vivir con tres heridas: la de un mar-cementerio, la de rostros postergados y finalmente la de una seña identitaria en que pasado, presente y futuro se confunden y en la que, encontrar al otro es encontrar a sí mismo.

“Sombras en sepia” narra la historia de un hombre mayor, viudo y jubilado, cuya monótona vida va a ser alterada de pronto al encontrar en la playa a una joven marroquí con su bebé recién llegados en una patera. El encuentro dará lugar a un romance y a una entrañable relación cuyo desenlace será sin embargo trunco, a causa de la llegada del marido de la joven para llevársela a Marruecos. Entonces, y en un acto de desesperación, el protagonista emprende un viaje a Marruecos, en busca de Nadja. Pero en realidad, estaba en busca de sus propias raíces.

Según los miembros del Jurado, esta búsqueda le sirve al protagonista “como itinerario espiritual de regreso a un mundo al que emigró y que le crea la sensación de desasosiego, de no sentirse perteneciente ni al Marruecos perdido, ni a la España en la que vive en soledad”. Esto corrobora el alto significado del título: “Sombras en sepia” que deja entrever a una especie de fantasmas que aparecen en una de estas antiguas fotos en blanco y negro, convertidas con el tiempo, en un fondo oscuro y amarillento.

La novela, ganadora de la primera edición del Premio de Novela “Murcia Tres Culturas”, convocado por el ayuntamiento de Murcia -dicen los primeros recortes de la prensa- es una esperanzadora muestra de la convivencia entre “la comunidad marroquí y la española”, (La Opinión, 20 de octubre de 2005, Murcia) y un acto de fe de “una persona muy involucrada en la integración de la cultura marroquí en nuestro país”. La calidad de la obra, la atestigua la alta calidad intelectual de los miembros que integran el jurado: Luís Mateo Díez, Premio Nacional de Narrativa y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, Clara Janés, poeta y traductora (Maître es Lettres por la Universidad de la Sorbona), Jon Juaristí, Premio Nacional de Literatura y ex Dctor del Instituto Cervantes, Luís García Montalvo, escritor, y Manual Borrás, editor.

El protagonista de la novela, Abel Egea, es un ex larachense instalado en el presente de la narración en Málaga. Pero más que el retrato físico, del cual tan sólo sabemos que es un hombre corpulento, de espaldas anchas, con sesenta y siete años, un “escaso cabello gris”, un “pequeño bigote gris asaetado de canas” y una “prominente barriga” que “le recriminaba sus años de inactividad”, lo que más prevalece en la presentación del personaje es su retrato moral: un ser prisionero de un rutinario paisaje de ladrillos, cuya vida es concebida como una tomadora de pelo y cuyo futuro, una lucha contra quienes, cada día, le restaban veinticuatro horas de existencia. El personaje da finalmente la impresión de alguien que “deambula por el insomnio de su locura” (y cuya vida había pasado tan de prisa que era imposible tener ya sesenta y siete años: “-He vivido –dirá el protagonista en un intento sintetizador de su existencia- en un permanente desarraigo. No sé qué hacía allí, pero sabía que tampoco podía volver. Los que nacieron en Marruecos, y que nada tenían que ver con el ejército…. Te hablo de la población civil, la que nos quedamos tras la independencia, la que apostamos por trabajar en el Marruecos libre, en nuestro país, porque nos sentíamos tan marroquíes como vosotros, hubiésemos deseado permanecer en nuestros pueblos… Nosotros éramos felices en Larache, /…/ Muy felices. Todos nuestros amigos estaban aquí… Pero llegó la marroquinización y no se nos permitió obtener la doble nacionalidad, se nos exigía permiso de residencia incluso a los que habían nacido aquí y llevaban toda su vida en Marruecos, sin conocer otro lugar más que éste…De pronto, éramos extranjeros. Insensatos, creímos que, por consiguiente, éramos españoles… Allí tampoco nos querían. Cuando llegamos a España, nos decían que íbamos a robarles los puestos de trabajo /…/ Así que, de pronto, no éramos españoles, pero tampoco marroquíes…”

Samir, un personaje larachense, al escuchar el discurso del protagonista, le dirá: “he descubierto que escondes más heridas de las que tú mismo crees tener”.

En esta soledad existencial, el azar le hace encontrar al protagonista a una joven con su hijo de cuatro meses (Nadja y Zakarías), recién salvados milagrosamente de una patera y cuya vuelta al país de origen representa una vuelta a los infiernos. Nadja es una niña marroquí de 17 años de agradables facciones, suaves contornos y hermosos ojos verdes de oliva, originaria de Tlata de Reixana. El escaso español que posee, sólo le permite afirmar su deseo de no volver al país y de encontrar cobijo y trabajo en España: “- Mi dijeron qui lispania mucho trabaja. Io viene a Hispana sola con mijo. Io necesita dinero para Zacarías. Io busca trabaja por papeles. Safi

El encuentro en sí va a desenclavar una vuelta atrás, provocando así, en cierta medida, una reconciliación del personaje con su pasado, y recordándole incluso su primer amor de niño en Marruecos con Salma, cuyo parecido con Nadja es producto del azar: “Todo había sido un simple espejismo que le había aparecido por casualidad o por un accidente retórico”, “Se fue así reconciliando con un pasado que tenía postergado de manera canallesca, como si tuviera algo de qué avergonzarse”. “Nadja ha conseguido algo, y tengo que reconocerlo. Me ha hecho volver a pensar en Marruecos, en Larache.”

La Medina de Larache

Tal situación, genera dos discursos que caracterizan y definen a dos minorías: la de los inmigrantes clandestinos y de su mundo, por una parte, y por otra, la de una minoría de españoles que tuvieron que dejar Marruecos y “condenarse” así a vivir entre el aquí y el allá. Las condiciones de la minoría de inmigrantes vienen especificadas en el relato a través de tres pausas: la de la imaginación del protagonista, que concuerda con la realidad y la de dos espacios muy representativos que son la Subdelegación del Gobierno (en España) y la alusión a la Asociación Pateras de la vida (en Marruecos) que intenta, desde dentro, ayudar y rescatar a algunos de los inmigrantes clandestinos, del sucio comercio de los traficantes de humanos.

Si la llegada de Nadja y su hijo a España en patera inicia el relato, las condiciones de esta travesía sólo aparecen al final. En un esfuerzo de recreación, Abel entreverá a Nadja, con Zakarías en brazo: “caminando por la orilla del Lükus y cruzando esas montañas que se enfurecen con el invierno, los bosques inhabitables, las llanuras resecas. Una ruta arisca, imperdonable, pretoriana. Un territorio poblado de sepulturas anónimas, de esqueletos desintegrados, de fantasmas abatidos en absurdas guerras”. La imaginará también: “ con los pies ensangrentados, las zapatillas de deporte húmedas y rotas, los cabellos asidos por el sudor de la cara, dirigiéndose con determinada fascinación a una inexistente Europa engalanada por los estafadores. Su llegada a una incierta playa tangerina, la espera interminable en una noche como boca de lobo hasta embarcar en una patera maltrecha e inquietante…”

La primera parada de estos inmigrantes se opera en los lugares insalubres y escondidos donde se refugian los inmigrantes antes de emprender lo que muchas veces es un “viaje sin retorno”; lugares controlados por una mafia que hace del ser humano el objeto de su lucro y donde procuran intervenir los ejecutivos de la Asociación Pateras de la Vida para ayudar y corregir, como pueden, el tiro. El lugar en sí es “uno de los refugios preparados para los ilegales”, y cuya descripción hace resaltar las condiciones más inhumanas, que escapan a veces a las cámaras y a las plumas: una casa “demasiado poblada para sus escuetas dimensiones” y en cuyo interior yacen almas perdidas; habitaciones abiertas donde “dormitaban una treintena de personas, en su mayoría de raza negra, junto a los que se reconocían también a los marroquíes más olvidados. Todos se hacinaban igual que desperdicios o que despojos, la escoria de la que nadie quería saber nada de nada; mejor muertos que ociosos, mucho mejor lejos, en países desarrollados que pudieran explotarlos a gusto, que delinquiendo en su propia tierra. Formaban un buen cuadro de almas perdidas”.

El cuadro final es el de unas “caras inexpresivas” tumbadas sobre “esteras sucias y malolientes” en un clima donde predominan: “la suciedad, el mal olor y el deterioro”. Es un mundo, dirá el narrador que “violaba una intimidad vergonzosa” y cuyos moradores no eran más que “simples réplicas almacenadas”. Un lugar finalmente donde mejor se entiende –dirá Abel- “la vacuidad de nuestras fronteras, la artificialidad de nuestras diferencias, esa impostura instalada en el poder que nos conduce a ciegas a seguir a unos líderes manipuladores y ególatras”. Una de las imágenes más esperpénticas que ofrece el lugar es la de una mujer embarazada que sufre, en la resignación más absoluta, su amargo destino: “Una mujer embarazada estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Sus pies mostraban las huellas del sufrimiento, llenos de cicatrices y eccemas, con un par de uñas rotas, con sangre coagulada”.

En cuanto al otro espacio, situado esta vez en la otra orilla, es el relativo a la Subdelegación del Gobierno donde “marroquíes que se apiñaban en una de las puertas acristaladas”, negros africanos y sudamericanos “sentados en silencio en los informales sillones negros de trazas modernistas” y donde “guardar su turno” era una angustia permanente y una necesidad absoluta. El clima general es tan desolador como el primero: una mujer que parecía como “una forzuda sacada de un parque de atracciones de los años treinta o cuarenta”; el triste espectáculo de seres que “mataban su espera desesperadamente dando pequeños paseos en círculo” mientras que otros “charlaban en jergas incomprensibles”, con voces reducidas a “un murmullo resignado”, y conversaciones en que se pisaban lenguas que se confundían “en una ridícula torre de Babel”. En esta caótica dependencia, los funcionarios serán entrevistos por el protagonista narrador como representación de “la nueva clase dominante” o “nueva burguesía funcionarial que pasaba por encima del resto de la ciudadanía”, es decir, “los nuevos privilegiados” de la patria. El panorama final es el de una “ciénaga burocrática”. El propio discurso del responsable de inmigración denota cierto pesar por la situación, pero que no altera en absoluto la implacable lógica maquinaria administrativa: “Muchas veces he de cerrar un expediente con una propuesta de expulsión, y sé, en mi fuero interno, que probablemente esté matando la esperanza de alguien que merecería otra suerte/…/ Pero las cosas son así, es imposible acertar en todos los casos. Cometemos muchas injusticias, involuntariamente.”

Frente a esta situación, la voz rebelde del protagonista se levanta en forma de protesta en contra de quienes juegan con la vida de desgraciados y se aprovechan de ellos: “Detestaba a los que jugaban con la vida de esos desgraciados y a los que, sobre todo, se aprovechaban de mujeres sin futuro para darse un festín con ellas /…/ La mayoría son pequeños delincuentes, raterillos. Algunas mujeres vienen con la esperanza de casarse, es otra fórmula que les permite mantenerse a flote. Y la vergüenza es que todo esto ocurre en un país de emigrantes…” Dice Abel en una discusión con David, y refiriéndose a la estancia de los dos en tierras magrebíes: “en mis tiempos éramos nosotros los que buscábamos las habichuelas en su tierra”.

Este discurso, reiterado más de una vez en la novela, expresa el malestar de una franja de la población española que contempla con resignación el mundo infernal de los ilegales, llegando incluso al extremo de auto-culpabilizarse por alimentar inconscientemente la filosofía de los nuevos fascistas “que sólo comen en los Mc Donald’s y estudian guerrilla urbana contra los mendigos y los inmigrantes negros en las consolas de sus juegos interactivos”.

“Nosotros hemos sufrido la emigración, jai, y sabemos lo dura que es esa vida. Y, en realidad, estamos en deuda…Hoy es ella y el niño, mañana pueden ser nuestros propios nietos”. “Todos somos emigrantes. Créame. Ahora gozamos de una buena racha, pero nadie puede asegurarnos que dentro de cuarenta años no estarán nuestros nietos cruzando el mar para buscarse su futuro. El mundo es redondo y da muchas vueltas”.

Como queda señalado antes, el encuentro del protagonista con Nadja no hace más que activar un fuego apenas enterrado, hasta tal punto que nos encontramos, desde la primera página de la novela con el fantasma de un hombre viudo, quien, a sus sesenta y siete años, y desbordado por la nostalgia, no ha podido dejar el pasado atrás y olvidarlo; un ser que seguía viviendo “acompañado por la presencia inquietante de las ausencias y por la inesperada intromisión de un horizonte imposible”; un ser finalmente cuyo futuro “había dejado de existir” para darle paso a lo único que le quedaba: un recuerdo “con imágenes permanentemente en evolución, igual que fragmentos de películas que se proyectaran en una pantalla recóndita”. Son detalles, pero que se mantienen y que “son la esencia del recuerdo y la mejor coartada para el progreso”.

El recordar aquí es primero y sobre todo el Larache de la infancia. “Aquí -afirma el protagonista refiriéndose a esta ciudad – es donde fui realmente feliz”. Larache, prosigue el personaje en otro contexto, “es mi única bandera”; sobre todo cuando sabemos que allí es donde están enterrados sus padres. Su historia empezó cuando su padre decidió “buscar fortuna en tierras magrebíes”. Pero, desde entonces, en sus pupilas, en su corazón así como en el aire que penetra sus pulmones, todo se resume en vivencias, sensaciones y sentimientos larachenses. Pero la memoria, como bien lo señala el protagonista, es también “un penoso recordatorio de nuestras pequeñas miserias”. Y en efecto, el espacio larachense recreado y que corresponde al presente de la narración, es un mundo en decadencia, en el sentido de una progresiva destrucción de su alma y de su carga histórica. Así aparecen en el relato los vestigios del pasado o, simplemente la morada o espacios de la infancia: la casa Raisuni, cuyas paredes estaban cubiertas “de enredaderas” que “disimulaban las grietas inmisericordes y las manchas de humedad”; el antiguo casino que ya no está en su solar por haber desaparecido; el Castillo San Antonio que no es más que un viejo guerrero malherido:

Castillo Laqbíbat (o de San Antonio)

“Se había imaginado verlo ahí, chulesco, erguido con sus robustos muros desafiando al mar, como el paladín que siempre había sido, defensor romántico de la ciudad frente a los ataques de Poseidón. Pero no era así. En su lugar se encontró con un viejo guerrero malherido” con paredes “erosionadas por la rapiña insensata del olvido”. Es el Castillo Laqbibat, que aparece como “ladeado, de rodillas, perdida su dignidad, vencido y humillado por la desidia de las autoridades que lo habían abandonado a su triste suerte, con sus muros mordisqueados” con “piedras que se habían ido desprendiendo de los muros”, “grietas profundas”, “cúpulas resquebrajadas”, “hondas incisiones en las paredes hechas a base de hachazos gigantes” tal “un cáncer inesperado y triunfante”.

Es el Teatro de España que, de un espacio de esplendor que acogió a ilustres artistas (Antonio Machín, Antonio Molina), ha dejado “su lugar decimonónico y majestuoso a un edificio impersonal de apartamentos”; el cine Ideal, única construcción del art deco del norte del país y que hoy no es más que “un solar donde unos camiones estaban descargando material para los cimientos de algún otro inmueble globalizado”; la avenida, felicidad de ayer, hoy “un viejo decorado al que ya le faltaba una parte importante de la tramoya”; la propia casa de la infancia no es más hoy que “una sombra del pasado”, un solar de “escombros y de maderas mojadas y de vigas y ladrillos amontonados de manera impúdica” que cubrían sus sueños de adolescente, una especie de “úlcera sangrante”…

La política del lucro de los sucesivos responsables de la ciudad ha prevalecido más que la fibra histórica que hubiera podido darle al país otro monumento histórico y otra riqueza turística. “Lo que importa a esa gente -dirá el protagonista- es el negocio, aunque haya que saltarse las leyes y las normas de buena convivencia….”.

Pero, a pesar del trise panorama, Abel Egea permanece fiel a su amor por esta ciudad que constituye su única bandera: “yo sigo amando todo esto, con sus heridas, con sus ausencias, con sus gangrenas”; sobre todo porque allí es donde ha aprendido a ser tolerante y a convivir con las demás culturas y religiones: “el señor Beniflah les daba tanto la bienvenida como sellaba de manera solemne el ritual de esa celebración que congregaba cada año a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah, un cristiano, y a otro hebreo y a un musulmán para sentarse todos juntos alrededor de la misma mesa y recordar, con la lectura de varios textos, la liberación del pueblo de Israel…”

“Era un tiempo increíble. Mis amigos musulmanes acudían a mi casa en las Navidades y, el día de Reyes, recibían algún obsequio /…/ Yo acudía a la fiesta del Mulud y a la del Aid el Kebir, lo que confirma el larachense Yebari, con sentir y nostalgia, en comparación con las atrocidades del mundo actual, determinadas por el rechazo del otro, el fanatismo y el individualismo: “hablando con mi hermano, comentábamos lo curioso que era el que conviviésemos en Larache tantas culturas y nunca, nunca, hubo un solo problema /…/ Había iglesias católicas, mezquitas y sinagogas, y nos respetábamos por igual”.

El mismo discurso lo recoge Samir, otro personaje de la novela, haciendo hincapié en la cruda realidad que emite hoy la televisión: la de judíos y musulmanes que se sangran a diario cuando la posibilidad de convivencia es real: “Es difícil para ellos entender que un judío y un musulmán puedan compartir una fiesta, que puedan estar sentados a la misma mesa “, “ cómo van a creerme si sólo escuchan hablar en las televisiones europeas del terrorismo islamista”. Abel, recogiendo las palabras de su difunta esposa Carlota, notará con razón que “vivimos una época de miedo, una época de sinrazón, una época de iluminados; y como nativo del país, que se siente parte integrante de la problemática de su población, hará suyo el dolor de ver o leer casos de marroquíes detenidos o perseguidos por terroristas o supuestos terroristas: “Cuando las noticias hablan de que han detenido a un marroquí vinculado con un grupo terrorista, sufro. Sufro tremendamente. Porque pese a mi nacionalidad, me sigo sintiendo de aquí”.

Este discurso del protagonista, con el que cerramos esta presentación, es más que un testimonio de fidelidad a este espacio que lleva en él como “un pedacito entrañable”. Es un acto de amor que conlleva significados plurales, de acuerdo con el espíritu general de la obra: salvaguardar el recuerdo y las tiernas convivencias, reintegrar una imagen auténtica a veces ensuciada por la ignorancia de uno o por las actitudes fanáticas de otro; realzar el lado humano que tiene uno, antes de ser un simple sujeto de una sociedad de consumo…..en fin, y a través del recuerdo, mostrar cómo uno no puede, a pesar de los pesares, ser despojado de su identidad que lo llama desde las profundidades: que sea Nadja o Abel, dos minorías y dos voces todavía calladas.

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EL PESO DE LA VIDA, relato del escritor larachense MOHAMED AKALAY

Mohamed Akalay

Como ya señalé en mi reseña sobre Akalay como escritor larachense, el reto estriba en que el escritor, cuya lengua habitual es el árabe, utilice el castellano para narrar, y que, además, le hayan reconido este mérito con varios premios. Y, aunque ya había introducido algún párrafo de sus cuentos, le pedí que me enviara uno de ellos para colgarlo de este blog. Akalay, por supuesto, haciendo gala de su amistad, me ha enviado dos de sus relatos, y hoy os ofrezco uno de ellos, que forma parte de su libro «Entre Tánger y Larache» (Sial Ediciones/Casa de África, Madrid, 2006).

Sergio Barce, febrero 2011

Mohamed Laabi, Jose L. Gómez, Mohamed AKALAY, Sergio Barce, Mohamed Sibari, Bouissef Rekab y Said Jedidi

«El peso de la vida» de Mohamed Akalay

El aviso de desahucio llega cuando tienes que ir a pagar las facturas de la electricidad y el agua. Decides posponer tal ejecución y esperar acontecimientos.

Suspendida la acción de cada mes ante la nueva realidad, sientes en tu entorno un silencio cruel, soledad brutal, enmudeces.

En la habitación del niño se percibe tranquilidad, él queda lejos de los padecimientos que tú debes soportar. Para él, eres el viento que alegremente revolotea, el agua que nutre, el pan que alegra, la paz y la seguridad.

El documento en el que te ordenan abandonar el hogar es escueto, duro, sin dejar dudas de ninguna clase. ¡En dos días tienes que pagar los meses atrasados o irte y llevártelo todo! Al volver a leerlo, mareas de sombras anegan tu alma y sientes el vacío envolverte… Recuerdos de dolor y desesperanza.

Tu marido acaba de encontrar una casa maravillosa, donde el fruto se presiente feliz. El bebé que pronto va a nacer tendrá un hogar para crecer adecuadamente.

-Hemos tardado en encontrar una casa como es debido, pero por fin tenemos lo que queremos…

-Cuando el niño nazca tendrá su habitación y nosotros podremos vivir con holgura. ¡Dios nos ha ayudado!

Tu joven marido tiene un buen trabajo, tú te encargarás de la casa y, de momento, te preparas para el alumbramiento. Vuestras familias son de otros confines lejanos y únicamente os tenéis el uno al otro.

Antes de ocupar el nuevo hogar, decidís unos arreglos: echáis abajo un tabique y el salón ya es más grande, dividís una amplia habitación y ya tenéis la vuestra y el bebé la suya, separadas. Compráis lo estrictamente necesario para vivir adecuadamente, los adornos pueden venir más tarde.

La vida se hace bella, te encaramas en lo más trivial para sentir ilusiones de un futuro prometedor. La vida que vive en ti te hace absorber cada momento que pasa, esperas con esperanza una luz que brille para siempre junto a ti y a tu marido.

Creo que se acerca el parto, algunos familiares, los más cercanos, viajan para estar junto a ti.

-¡Hija mía, qué contentos están todos de que puedas ser madre!

-¿Y por qué no han venido todos, mamá?

-El viaje es muy largo… y muy raro. ¡Qué le vamos a hacer, hija!

-Es verdad; tienes razón.

Tu suegra es una mujer muy buena, apenas habla y siempre está dispuesta a hacer lo que sea para que los demás se sientan bien. Ha venido sola.

Tu marido fue a esperarlos a todos a la estación del tren, tanto a tus padres como a su madre.

Los preparativos se aceleran cuando el nacimiento del bebé se hace inminente: ropita para el recién nacido como los baberos, camisetitas, jerseys, etc.; ropa adecuada para ti: bata, zapatillas, camisones… En la casa se elaboran dulces, bebidas; tu habitación preparada para recibir las visitas –pocas, pero seguras- de las esposas de los compañeros de tu marido.

… Y ahora esta acta que viene a hacer más vacío tu entorno.

“No permitiré que me echen de aquí, estoy dispuesta a todo. Dentro de poco me van a dar un trabajo y empezaré a pagar el alquiler; creo que el casero no se va a morir si se espera un par de meses”.

Oyes que tu hijo se despierta y vas a darle los buenos días. El disgusto es tuyo y no quieres que sepa que hay problemas, basta que su padre haya desaparecido. Adornas tu cara con una ancha sonrisa y abres la puerta.

Colegio Luis Vives de Larache: en este acto intervinieron Mohamed Sibari, Mohamed AKALAY, Sergio Barce, José Mª Montes y el cónsul D.Javier Jiménez Ugarte

-Buenos días, cariño. ¡Arriba! ¡A prepararse para ir al cole!

El niño, de nueve años, se estira para desentumecer los huesos y rápidamente se yergue y te abraza.

-Todavía es temprano, mamá. Déjame un ratito más…

-¡Venga, hijo, arriba!

“Iré a ver si soluciono esto con el dueño de la casa. ¿Adónde voy con mi hijo a cuestas? Si estuviera sola me la arreglaría como fuera, pero así, con un niño…”

-¿Está la leche caliente, mami?

-¡Claro que sí, enano! Y tengo bizcocho de chocolate…

Llevas a tu hijo al colegio. En la puerta hay cientos de niños como él, pero ninguno con el mismo problema: pronto ni podrá tener casa ni podrá asistir a sus clases. Ráfagas de recuerdos te ahogan. Quieres llorar pero no debes…

El bebé nace y la alegría inunda tu vida; tu marido te quiere más aún, estás segura. Sientes crecer, dulcemente, la luz añorada.

La vida palpita en cada uno de los muebles, en cada rincón de la casa que compartes con esas dos personas.

-¿Te parece bien que este verano vayamos a la playa con el enano?

-¡Claro que sí! Yo iré a comprar esta tarde los bañadores para los tres, aceites para que no nos quememos y algunos juguetes para que se distraiga el niño.

-Mi bañador me lo compro yo. No tengo ganas de estar cambiando…

Vas sumida en tus pensamientos. El dueño de la casa estará en su tienda y tu intención es convencerlo para que retire la denuncia contra ti. Le explicarás que pronto tendrás medios para cubrir la deuda que tienes con él. Que por favor no te echen de tu casa.

El hombre ve que te acercas y sale de la tienda para hablar contigo. Sigue leyendo

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LA CIUDAD DEL LUCUS, novela del escritor larachense LUIS MARÍA CAZORLA

Tengo una primicia, que mi amigo y paisano Luis María Cazorla me ha brindado en bandeja: anunciar que acaba de ver la luz su nueva novela La ciudad del Lucus (Editorial Almuzara), y quizá sea una de las primeras personas en publicitarla.

He tenido el privilegio de recibir el borrador del manuscrito y leerlo antes de ser publicado (digo privilegio porque lo es el gozar de la confianza de Luis). Recuerdo que me llegó el pasado año un paquete, algo voluminoso. Al desempaquetarlo, un leve estremecimiento recorrió mi espina dorsal: “La ciudad del río Lucus” leí, y como siempre me ocurre cuando me topo de súbito con algo relacionado con Larache, una entrañable alegría me asaltó, de modo que lo abrí no sin cierta ansiedad. Luis me enviaba quinientas ochenta y ocho páginas, a un espacio. Me di cuenta en seguida, desde el primer párrafo, que ahí había un trabajo duro, detallista y concienzudo.

En efecto, Luis María Cazorla se ha atrevido a algo mucho más que narrar una historia que nace de su imaginación para “plantarla” en medio de un escenario determinado que sólo sirva de decorado. Al contrario, se ha documentado de tal manera para afrontar esta empresa que uno no tiene más remedio que rendirse a este trabajo.

Lo fascinante es que no sólo cuenta con toda la exhaustiva información de los hechos políticos y militares que sucedieron en Marruecos, en especial en Larache, a principios de siglo y que desembocaron en la creación del Protectorado, sino que también conoce la realidad y los personajes reales que vivían a pie de calle, por así decirlo. Las tiendas, los comercios, los pequeños negocios, son descritos con exactitud, al igual que la ciudad de Larache, en la que Luis nació y creció (eso se nota en seguida). Y vemos cómo André de Laroche, José Luis Ninet, el padre Castellá, el padre Cantéliz, Leandro Campos (dueño del Bar el Murciano), Hicham ben Achech (un personaje cuya aparición en el relato me encanta), José Cohen, Abraham Muchatiel, Alí Sintal, Akalay… quienes forman parte de la pequeña historia, se entremezclan, gracias a la hábil narrativa de Luis Cazorla, con personajes que han pasado a la Historia con mayúsculas: el entonces comandante Fernández Silvestre, El Raisuni, el cónsul Zugasti… por citar sólo algunos de los actores de esta estupenda obra. De manera que estamos ante una novela histórica absoluta.

Luis María Cazorla, gracias a su larga experiencia profesional, a su trato con numerosas personalidades de la diplomacia y de la política, ha sabido plasmar de manera realista los entresijos, los difíciles equilibrios y las disputas que acontecieron en esos años convulsos. Su pluma de narrador dota además a los personajes históricos de personalidad, los convierte en seres de carne y hueso, con lo que la novela gana en realismo, en viveza, en aventura literaria.

Baste, como botón de muestra, este párrafo en el que describe uno de los encuentros entre Silvestre y el Raisuni:

Cherif Mulay Ahmed el Raisuni

    Silvestre conocía bien el carácter pedigüeño de los notables marroquíes. El Raisuni, por muy prominente que fuera entre ellos, tenía ese carácter muy arraigado. Los  hechos concretos a los que se había referido pronto –reflexionó para sí Silvestre- se acabarían traduciendo de forma inexorable en exigencias revestidas de peticiones de dinero y material.

La pronta y un poco atropellada mención al respeto de las leyes y autoridades locales sonó a clara advertencia que incomodó a Silvestre. Éste, para evitar los tejemanejes de los franceses y sus semsares, había prohibido al caíd, al nadir y al almotacén de Alcazarquivir que preparasen documentos de compraventa de casas de la ciudad y de terrenos en el campo sin su previo conocimiento. Haciendo caso omiso a las protestas del Majzen, de la campaña adversa de la prensa francesa y de las llamadas a la prudencia del ministerio de Estado, había mantenido su orden. Sabía que el Raisuni se había molestado por ello, no tanto porque le afectara directamente de modo significativo, sino por constituir un síntoma de que el ejercicio de su autoridad iba a verse interferido por las bigotadas del jefe militar español. Este proceder confirmaba, además, que las dificultades con las que sus recaudadores se habían topado para cobrar impuestos por la interposición de Silvestre no era algo aislado. Todo ello constituía una forma de entendimiento que el jefe militar español tenia de su acción política, en ciertas ocasiones incluso discrepante de lo que la legación en Tánger y el consulado en Larache le transmitían.

El Raisuni, por su parte, estaba lanzado en cumplir los propósitos que anidaba en su segunda reunión con Silvestre. Había comprobado el día anterior que era cierta la fama de impulsivo e impaciente atribuida al militar español después de algunas semanas de estancia en Larache y Alcazarquivir. El jerife había logrado templarlo en la entrevista del día anterior, aunque no se le había escapado que Silvestre estuvo en varios momentos a punto de estallar ante las divagaciones del astuto bajá de Arcila.

Aquella mañana se había encontrado con un Silvestre más calmado y reflexivo, y estaba dispuesto a aprovechar la oportunidad que se le ofrecía…

Cazorla entra en la psicología de estos personajes y nos metemos en sus reflexiones, en sus dudas, en sus impulsos.

General Fernández Silvestre

Y como larachense, dota a la historia que cuenta de una rica vida interior: no sólo describe perfectamente la ciudad que tan bien conoce, de igual forma reconstruye las antiguas calles, los viejos edificios y los paisajes, revive a las personas que los habitaban (Luis visitó, mientras escribía la novela, cada uno de los lugares donde se desarrollaron los sucesos reales) y recupera voces, giros, palabras y dichos (el vocabulario es rico en matices, y el lenguaje utilizado en el Marruecos de la época enriquece aún más la autenticidad del relato).

Un mosaico completo, en fin, de una época y de una historia tan fundamental en nuestra historia reciente como desconocida para una gran parte de los futuros lectores.

Quizá las propias palabras de Luis María Cazorla, en la “Nota del autor” que se contiene en el libro, sean más elocuentes de lo que yo pueda ser en este pequeño comentario.

Parece difícil, sobre todo en el campo de la creación literaria, pero si el escritor ahonda en sí mismo acaba encontrando una explicación a ¿qué ha desencadenado en mí la fuerza interior necesaria para escribir el libro en cuestión?

A veces es un relámpago que ilumina cegador y desgarra con fuerza el velo de la indefinición intelectual inicial de quien lo recibe. Otros es un lento poso de vivencias, sensaciones, recuerdos, realidades y apariencias de realidad forjadas por la imaginación que se solidifican hasta convertirse en una nueva realidad a veces más poderosa que la fáctica. Este poso se va nutriendo a los largo de los años de sucesivas capas hasta que un especial estado de ánimo, una maduración sólo apreciable por el futuro autor, o un aliento etéreo e indefinible ponen en marcha el aluvión que culmina en el libro.

Esto último es lo que me ocurrió a la hora de comenzar el largo camino de algo más de tres años que ha terminado con La ciudad del Lucus entre tus manos, lector.

Muchas capas se han acumulado hasta formar el sólido poso en el que se asienta esta novela. Han revoloteado en mí las imágenes de mi abuelo, José María Cazorla García, que, primero como soldado y después como comerciante, se asentó en Larache en los muy primeros años del Protectorado español en Marruecos; de mi padre, Luis Cazorla Navarro, que nació en esta ciudad en 1920 y en ella empezó su destacada carrera de abogado y de interventor militar; de mi madre, Soledad Prieto Caro, que llegó allí casada, abandonando en prueba de amor su ambiente, muy distinto, en Madrid. También he tenido muy presente mi infancia en Larache: El Balcón del Atlántico, la música marroquí y la militar, la Legión desfilando airosamente, el embarcadero del puerto, la Plaza de España, la calle Chinguiti, la iglesia del Pilar, el colegio de los Maristas… Todas estas capas han sido debidamente aceitadas  por permanentes recuerdos familiares, por ávidas lecturas, por frecuentes viajes a aquellos lugares, por conversaciones con familiares –José y Luis Navarro, entre otros- y con amigos –Julián Martínez Simancas y José Edery, por no citar más- impregnadas de vivencias similares y a veces anudadas por relaciones de varias generaciones.

En este poso fértil, como las tierras que riega el río Lucus, la galopante madurez, el creciente interés por los episodios históricos sobre los que se asienta el libro y el impulso que mi vocación literaria recibió al quedar finalista en un premio con otra obra, hicieron las veces de detonante del esfuerzo que se traduce en La ciudad del Lucus.

Quiero dejar constancia de mi hondo agradecimiento a mi mujer Carmen González-Serrano, que ha respetado mis largos retraimientos, me ha acompañado en los esforzados viajes de investigación, y me ha alentado siempre con equilibrio exigente; a Rosario Herrero, a quien debo mucho como competente documentalista cuyas manos generosas siempre han estado abiertas para orientarme; a Manuel Vidal, entusiasta lector de todo lo que escribo, en quien La ciudad del Lucus halló desde sus primeros momentos de gestación notable estímulo; a Antonio Zoido, que fue uno de los primeros lectores del original y que me animó mucho con su calificación de “galdosiano”; a Javier Jiménez-Ugarte, excelente y entregado diplomático, que, como cónsul de España primero en Melilla y después en Tetuán, siempre me alentó y me brindó ayuda en mi tarea; a Alejandro Díez, Guadalupe Díaz, Ángela García Burgos y Montserrat Planas por su permanente empeño en hacerme las cosas más fáciles, y, por fin, a Manuel Pimentel y a la Editorial Almuzara por el interés entusiasta que desde nuestro primer contacto mostraron por el libro que encabeza estas líneas.    Luis María Cazorla”

Estamos, pues, ante una novela que atraerá a quienes sienten interés y curiosidad por Marruecos, su historia y la que le tocó compartir con España, que llamará la atención de los estudiosos de ese período, pero que también hará disfrutar a los amantes de las novelas históricas.

Es un viaje en el tiempo, viaje a un pasado romántico, a un pasado de aventura absoluta. Es un viaje de regreso al Larache de los antepasados más cercanos de Luis María Cazorla.

La editorial Almuzara, con Manuel Pimentel al frente, y con Antonio Cuesta y Javier Ortega, ha acertado en apostar por este libro. Como admirador del trabajo de Luis, sólo me queda esperar que su novela sea todo un éxito, que lo merece.

Sergio Barce, febrero 2011

Ya he hablado en mi blog de Luis María Cazorla como jurista, y no han cesado de llegarme comentarios alabando su trayectoria. Dije entonces que me quedaba por hablar del Luis María Cazorla escritor de ficción. Ya lo tenemos aquí con su nueva novela.

Pero no querría que pasara esta ocasión sin mencionar sus otros libros publicados, tanto de relatos: “El proyecto de ley y once relatos más” o “Cuatro historias imposibles”; como de novelas: “Ni contigo ni sin ti” y de “Cerca del límite” que fue finalista en 2007 del Premio Internacional de Novela “Javier Tomeo”.

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