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Sábado 14 de mayo: presentación en LARACHE de mi nueva novela

Este sábado, día 14 de mayo, a partir de las 18.30 h

en el Colegio Luis Vives de Larache,

presento mi nueva novela

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

La presentación correrá a cargo del profesor de la Universidad de Rabat

Abedallatif Limami

En TALLER DE LETRAS se puede leer la siguiente reseña sobre la novela:

http://www.tallerdeletras.com/

 ‘Una sirena se ahogó en Larache’, nueva novela de Sergio Barce

 Sergio Barce vuelve a la novela después de la excelente Sombras en sepia (Pre-textos, 2006), con la que ganó el premio Tres Culturas de Murcia. Una sirena se ahogó en Larache es un relato sencillo, emotivo, que nos cuenta la historia de Tami, un niño que habita en la medina de Larache, y su familia.

Realismo a veces sucio y a veces mágico, sentimientos tan evidentes como contenidos, y la tragedia de la vida siempre presente, a través de la visión del mundo de Tami: un mundo tan pequeño como universal, inserto en una realidad que nos es, a la vez, extremadamente próxima y extremadamente cercana, la del norte de África, la de Marruecos, la de Larache. Barce, escritor entre Málaga y Larache, y que vivió su infancia en esta ciudad marroquí, se nos muestra, una vez más, como una voz singular en tanto que nos acerca un mundo por descubrir, por recorrer, por amar. «Una sirena se ahogó en Larache» tiene todos los ingredientes para ser una de las sorpresas, uno de los éxitos de la temporada.

por Juan Pablo Caja

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EL PESO DEL AMOR, relato del escritor larachense MOHAMED AKALAY

   Del escritor larachense y amigo Mohamed Akalay, ya he publicado en este blog otro relato que, como éste, se recoge en su libro «Entre Tánger y Larache» (Sial / Casa de África, 2006). Aquí nos sumerge en el tema de la desesperada huída en patera a la que se han visto y se ven obligadas miles de personas, y a las injusticias a las que se enfrentan algunas mujeres en situaciones extremas.

Sergio Barce, mayo 2011

   <El paso de la vida es como las olas del mar. Vienen, una después de la otra y, cuando quieres darte cuenta, la que has visto hace un momento, ha desaparecido; todas se repiten y ninguna es como la anterior. Lo mismo con la vida, una persona se va y tienes a otra al lado; cuando quieres darte cuenta y amarla, o te vas tú o se va esa persona.>

   ¿Qué pasa en el cerebro de la muchacha para pensar de esta manera? La joven piensa en las dificultades que tiene delante. En lo que la espera en un cercano futuro, junto a un enorme número de personas. Hay más mujeres que hombres. No quiere dejar que el recuerdo huya de su lado; en él se reconforta. Quiere traer al presente la facilidad que otrora hubo en su vida. Quiere detener su tiempo. Quiere olvidar la angustia de intentar entrar en España clandestinamente. ¿Qué culpa tiene ella si en el consulado no le han querido dar el visado para viajar como una persona? <Tiene que traer la autorización de su marido> –le dice un empleado-.

   La mujer piensa en el fondo de su alma que su pasado está allí, pero que es inasible.

   Languidece el día cuando mi marido entra; llevo esperando su llegada toda la tarde y parte de la noche.

   -Querida, perdona que haya tardado un poco, pero el trabajo me tenía entretenido…

   -No te preocupes, Mohamed; lo importante es que ya estás aquí. Claro, podías llamar y decir que tardarías. ¡Es que le temo tanto a los accidentes!

   -Intentaré llamarte la próxima vez si tengo que tardar. ¡Prometido!

   ¡Siempre dice lo mismo y nunca lo hace, es un caso! Pero sé que si no lo hace es por olvido, no por otra cosa.

   ¡Soy la más afortunada de las mujeres! Mi marido me ha dado lo más grande que una mujer puede desear. A él aún no le voy a dar la noticia. Esperaré un par de días más para estar segura.

   -¿Sabes? Dan una película muy bonita y quisiera verla. ¿Te apetece ir al cine?

   -¡Claro que sí!

   Soy la más feliz del mundo. Quiero a mi marido y tengo todo lo que una persona puede desear. Amor, buena situación, nuestras familias se respetan, tenemos estupendos amigos… Y por si fuera poco, estoy embarazada; creo que no hay dudas en ello. Mi marido ha tenido la prudencia de cuidar nuestro cariño, de llenarlo de perfumes y de llevarlo a lo más profundo de nuestros corazones. Me ha pedido que deje los estudios para dedicarme a nuestra casa; para que cuando tengamos hijos les consagre toda la vida; que no nos falta de nada porque con su salario podemos vivir holgadamente. Y así lo he hecho. Por él, por su cariño lo he dejado todo. ¿Habré obrado bien al abandonar mi formación?

   El verano pasado, antes de quedarme encinta, estuvimos de viaje y lo pasamos muy bien. Recordarlo me da un temblor que me atraviesa los huesos; fue tan bonito que no lo puedo dejar perdido en el pasado. No paramos un solo momento. Ciudades maravillosas, museos, tiendas para elegir lo más bonito para vestir. Atenciones y cariño. ¡Ah, esos días maravillosos! Mi marido me lo da todo; soy afortunada y agradezco a Dios su generosidad al ofrecerme este compañero. Al regresar a casa su comportamiento se hace más cariñoso, más grande. Soy una privilegiada y no le puedo pedir a la vida nada más.

   -¿Vamos solos o llamamos a Hasan y Turía?

   -Prefiero que estén ellos también; así tengo con quién charlar.

   Y Mohamed los invita y nos citamos en la puerta del cine. Cuando ellos dos, Hasan y Mohamed están absortos viendo la película le digo quedo a Turía que salga conmigo un momento.

   -¿Sabes, Turía? Por fin lo he conseguido; creo que lo he conseguido… Soy muy feliz.

   -No entiendo qué quieres decir.

   -¡Creo que voy a tener un niño!

   -¡No me digas! Es lo mejor que me han dicho desde hace mucho tiempo. ¡Qué alegría, Nora! ¿Lo sabe ya Mohamed?

   -No se lo he dicho todavía; estoy esperando hasta estar segura…

   -Si no has tenido la regla es que estás encinta; déjate de tonterías.

   -En realidad así es… Pero es que…

   -¿Qué esperas? Tu marido lo estará deseando más que nada. Tienes que decírselo ya.

   Mi amiga me convence para que esa noche le dé la noticia de mi estado a mi querido marido. Cuando lo sabe me abraza tan fuerte que casi me estruja.

   -Ya sabes, todavía no estoy muy segura.

   -De eso no hay la menor duda. Tú tienes en tus entrañas a nuestro niño…

   Su cariño crece; sus atenciones son más afectuosas; sus regalos más frecuentes. Cuando vamos al médico y certifica mi embarazo, su alegría roza la locura; se convierte en el hombre más infantil que había visto. A cada momento imita el llanto de un bebé, y me dice que me levante rápido que <nuestro niño nos necesita>. Ninguno de los dos quiere saber si se trata de hembra o varón; <lo que importa es que tengas un alumbramiento bueno y sin complicaciones, y lo que venga que esté sano y completo; lo demás me da igual; chico o chica es exactamente igual> –me dice, cuando sale a colación de si sería bueno que fuera un niño o una niña-.

   Uno de los días felices es cuando vamos a comprar la cunita; es algo que tengo marcado en el alma, no sé por qué, pero ese día fue algo maravilloso.

   Y llega el día del parto; mi marido no se aparta de mi lado; está sufriendo por lo que sufro; y con ese dolor que solo la mujer conoce, lo quise aún más, agradeciéndole la oportunidad que me brindaba de dar vida a una persona; la gloria más grande de los seres vivos. Es una niña muy hermosa. Ambos le damos nuestro amor más profundo.

   Los meses siguientes compartimos alegría y felicidad junto a la pequeña Zainab. Son días de tranquilidad, amor compartido y sentido de responsabilidad. Y…

   ¿Tenía que ocurrirme a mí? ¿Qué mal hice en la vida para que me ocurra algo tan tremendo? Quisiera no recordar este periodo, mas se me hace imposible.

   La noticia me llega a través de mis padres. Ellos vienen a la casa y me dicen que mi marido ha muerto en un accidente. ¡Un accidente! A lo que más he temido toda mi vida. Desgracia. Mi niña tiene únicamente un año y se ha quedado sin padre. ¿Qué hacer?

   Angustia, impotencia, dolor.

   Y empieza el duro periplo de buscar trabajo; de pedir consejo y apoyo a los que siempre se consideraron amigos. Y florece la verdad. Todos quieren acostarse conmigo. No recuerdo a uno al que me haya dirigido y que no haya demostrado interés por mi cuerpo y mi sexo. Puede que exista alguno por ahí que no sea de esta casta, ¡yo no lo he conocido!

   Todos ven en ti a la que fácilmente pueden obtener. A <la tía que está necesitada de sexo y que no puede rechazarme; total, todas son iguales>. Muy pocos creen que sigues enamorada de ese hombre ya ido; que el sexo ha muerto porque él ya no está. Muy pocos te prestan su ayuda sin pedir a cambio <una buena tarde en…>. ¡Y cada vez quiero más a mi marido!

   El trabajo no aparece por ninguna parte. ¿Qué hacer? La niña necesita una infinidad de cosas que tengo que asegurarle. Los ahorros logrados por Mohamed y yo amenazan con diluirse. Cuando el dinero se acabe, ¿a quién podré acudir?

   Pido un visado y me voy a España; me quedo y busco trabajo. ¿Puedo hacer otra cosa? El visado es temporal, pero no me queda más remedio que engañar a los que dan ese permiso de entrada a España; debo buscar una salida a esta difícil situación lo antes posible.

   En el Consulado me dicen que como no tengo medios para subsistir en España, el visado se me deniega. ¿Qué hacer? Pues como casi todo el mundo; buscar a los que te llevan en barcas hasta la costa española. Esto, antes que entregar el honor de mi marido a estos desalmados. Lucharé por mi hija toda mi vida, y haré de ella una mujer de bien.

   Ahora estoy aquí y espero que el hombre que nos va a llevar a España cumpla con su trabajo lo mejor que pueda para ofrecerme la oportunidad de trabajar. ¿Me respetarán los españoles? ¿Querrán darme trabajo sin pedirme a cambio que me acueste con ellos? ¡Oh, Dios, es lo que más deseo! Estoy dispuesta a todo, a matarme trabajando, pero jamás me volverá a tocar otro hombre. ¡Soy de mi marido para siempre jamás!

   Lo que más me ha dolido es que Hasan también ha querido acostarse conmigo; he sido incapaz de decírselo a su mujer; no he querido generar un problema familiar. Se ha olvidado que mi marido, es su amigo y ha insultado su memoria, que su mujer es amiga mía; se ha olvidado de todo y únicamente quería tener mi cuerpo; pero eso jamás ocurrirá. ¿Así son todos los amigos? ¿Y si se entera su mujer, qué podría hacer?

   La joven mujer se siente cansada. Los ojos quieren cerrarse. Piensa, casi soñando, que jamás buscará nada fuera de ella misma; que siempre irá por el camino que su interior lo indique.

   El hombre que la recibe está perfectamente bien vestido; traje y corbata. Está sonriendo y le tiende amistosamente la mano, como si se conocieran de toda la vida.

   -Bienvenida, Nora. ¿Sabes que te llevamos esperando toda la vida? Tu sitio está desocupado desde que se creó el mundo.

   -Pues ya estoy aquí. Tengo noticias de vuestra espera, pero no podía venir porque tenía una misión que cumplir. Ahora me dedicaré a mi trabajo aquí.

   -Vamos al coche. Así llegaremos antes.

   Nora siente que está volando, que el coche ahora es un avión, y que abajo hay muchos ríos; verdes praderas y muchos animales pastando. Está deseosa de empezar a trabajar, porque mucha gente depende de ella…

   -Hay miles de personas esperando tu llegada; llevan esperando una eternidad. ¡Sálvalos, por favor!

foto de Laurens Nijzink

   De pronto una serie de cuerpos envueltos en viejísimas mantas. Un hombre está intentando quitarles los andrajos; a medida que quita las telas, se da cuenta que ahí no hay ningún cuerpo, que esas sustancias, si algún día estuvieron entre esos tejidos, en ese momento no quedaba restos de ellos. ¿Dónde habrán ido a parar los cadáveres que había entre esas telas?

   -¿Ves, Nora? Si no lo remedias, todos terminaremos así.

   -Haré para que los cuerpos desaparecidos regresen…

   -¡Oiga señora! ¡Despierte! Ha llegado el momento del viaje.

   -¿Viaje?… Ah, sí.

   ¡Solo era un sueño! Pero era tan auténtico que juraría que ese señor existe y que esas telas son de verdad…

   Querido mío, mi suerte ya está echada. Tú sabes que no puedo hacer otra cosa; que si me quedo nunca me respetarán. Y si tus manos ya no pueden tocarme, jamás me entregaré a las de otro hombre. ¡Ayúdame, querido! Nuestra hija lo necesita.

   -Despierte porque ya han avisado que nos preparemos.

   -Muchas gracias, señorita.

   De una habitación, cuya puerta siempre estaba cerrada, sale en ese momento un hombre alto y fornido. Tiene en la mano un impermeable y no parece estar con muchas ganas de hablar con los presentes. Hace un gesto violento y dice <síganme todos>.

   Nora sigue a los <clandestinos>  y se encomienda a Dios y a la memoria de su marido.

   -¡Querido mío, ayúdame para que todo salga bien!

   Toman un camino que lleva a la playa; delante están las barcas de la salvación.

   Recuerdo cuando lo veía todo por televisión, barcas exactamente iguales a estas gentes como nosotros; ¡qué pena me daban! Cuando cientos de pobres jóvenes se aventuraban y muchos eran detenidos. La televisión anunciaba que otros habían desaparecido. Decían eso para no decir que el mar se los había tragado. ¡Pobre gente! ¿Pobre? Pues ahora soy una más de esas que tienen que arriesgar su vida con la intención de hallar soluciones a la angustia de sentirse humilladas; marginadas; ultrajadas por el comportamiento de la gente, por una sociedad incapaz de cumplir con sus obligaciones más elementales.

   La muchacha siente un vacío total en la mente, siempre que todo va a comenzar, como cuando el mundo se hizo y empezó a rodar. Las olas marinas apenas se mueven.

   ¡Oh, mar! En ti se juntan todas las fuerzas de la naturaleza; ayúdame para que alcance el final de este camino. Dame tu bendición y permíteme que pueda ser una mujer digna de mi marido y de mi hija.

   -Rápido. Subid. Tenemos suerte, el tiempo es bueno y no tendremos problemas de oleaje.

   ¿Es quizás el preludio de un final positivo? La muchacha ignora que en la otra orilla hay gente esperando la llegada de esas barcas; unas pocas personas para ayudar; otras para detenerlas, la mayoría para chuparles la sangre. Nora ignora que en la meta fijada están avistando el horizonte, esperando que aparezcan ella y sus acompañantes, para hacer de su cuerpo un filón de grandes ganancias.

Mohamed Akalay, Sergio Barce & Lorenzo Silva

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LA CIUDAD DEL LUCUS, artículo de prensa

El Diario «La razón» ha dedicado un artículo a la novela «La ciudad del Lucus» del escritor  larachense Luís María Cazorla, que reproduzco:

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MOHAMED SIBARI, escritor larachense

Mohamed Sibari

Mohamed Sibari, nació en la provincia de Larache en 1945. Narrador prolífico, poeta accidental, Sibari es uno de los escritores más conocidos de Larache. Mérito suyo, como el de Dris Diuri, Mohamed Akalay o Momata, es la de escribir su obra en castellano, cuando su lengua natural es el árabe. Dejaré para más adelante hablar en otro artículo de sus cuentos, y hoy me centraré en su libro “Poemas del Lukus”.

En él, Sibari hace una recopilación de su obra poética que estaba diseminada en publicaciones, revistas y periódicos tanto marroquíes como españoles. Son poemas en los que habla de su amada Larache pero también de sus sentimientos más profundos.

 Larache

 Bella y esbelta

Mirando a su delta

De peineta sus alminares.

Su rostro, por Helios besado de día,

Y de noche alabado por Selene.

En su pecho, amor eterno

Y mezcla de confesiones.

Su falda, de jardines.

Un pie en frondosa tierra,

Y el otro, en azul de los mares.

En las Hespérides, su templo de flores.

En los meandros de su río,

El camino de las deidades,

De allende los mares.

Ésta es nuestra villa,

Ésta es mi Larache.

 Tuve la fortuna de escribir el prólogo a este libro, y que transcribo:

Sidi Mohamed Sibari es un narrador, un contador de cuentos y, por tal motivo, los poemas que se recogen en este libro destilan, como no podía ser de otra manera, la naturaleza de cuenta cuentos del autor. Efectivamente, no es difícil leer como un relato algunas de estas poesías.

Los poemas de este libro son un racimo hecho de injertos; no existe una unidad temática sino que, haciendo honor al título del libro los <Poemas del Lukus> son, más bien, afluentes que nacen de ese río mítico. Así, Sibari se regodea en los meandros del Lukus para cantarle a su amada ciudad de Larache o al propio río o a la gente del pueblo; pero se atreve también a cantarle a otras ciudades: a unas por su hermanamiento con Larache, como Almuñécar, y otras porque forman parte de otro mito que parece encandilar a este escritor: Granada, Córdoba… es decir, Al-Andalus. Pero no olvida a Ceuta, ni a Tetuán. <Ablución> sería quizá un ejemplo de lo que busca en tales versos. Son, en fin, sus ciudades, las que ha conocido en profundidad, de las que guarda un sentido de la nostalgia muy peculiar, personal, entrañable e intransferible.

Sergio Barce, Mohamed Sibari & Rachid Serrokj

Mohamed Sibari con Sergio Barce

Por tanto, los poemas hablan de su tierra y de la otra tierra que aún sigue en sus sueños, la de los mitos y las leyendas: Lixus, Medina Azahara, la patrona de Larache <Lalla Mennana>…

No desdeña, sin embargo, desnudar sus sentimientos en otros poemas del libro. Habría que destacar en este sentido alguno de estos últimos: <Me pregunto>, <Vieja luz>, y sobre todos <Sueño>. Ahí sí desborda su sentido poético al narrativo y el mirarse las entrañas le obliga a destilar su pluma y pulir el estilo. Y, posiblemente, sea en sus poesías más íntimas donde la obra alcance su verdadero valor.

No olvida, por supuesto, a los personajes, pues su vena narrativa se lo impide, y dedica versos a sus amigos pero, también, a sus enemigos, y mientras a los primeros los mece en una barca cruzando el Lukus, a los otros los empuja hasta la mar, más allá de la desembocadura del río y los caricaturiza y los ridiculiza. Sólo ahí se le suelta la mano y desliza su humor corrosivo.

<Poemas del Lukus>, en definitiva, es una amalgama de los poemas que ha ido escribiendo Mohamed Sibari durante mucho tiempo, años quizás. No le intimida el hecho de no aglutinarlos en un tema en concreto sino que los expone tal cual son, tal y como han sido concebidos y paridos. <Mi río> podría ser el corazón del libro, el que justifica su título, posiblemente la declaración de amor a su tierra, el poema que explica el por qué sigue escribiendo desde su Larache, desde el Balcón del Atlántico, clavadas sus pupilas cristalinas en las aguas de <su río>.

 Mi río

Mi río, no es cualquier río

Mi río llora y gime

Mi río canta, sonríe y ríe.

El Guadalquivir nace en la sierra.

Mi río, como el maná, nace del cielo.

Es fruto del aire, del viento, rayos, truenos,

Tormentas, nubes, granizo y finalmente agua bendita.

Mi río es atalaya de civilizaciones,

Historia fenicia, romana y musulmana.

De oráculos, mosaicos y anfiteatros.

De marineros, salazones, alevines y delfines

En nupcias o fiestas,

Atrae a sus hijos desde allende los mares.

Mi río alimenta, y sed sacia a pino,

Eucalipto, álamo, olivo o acacia.

Mi río es alegría, inspira.

Es musa literaria, bañada en bucólica poesía.

Mi río purifica,

Y en su regazo a los pies de “Larache”

Como un vigía,

El camino indica a los creyentes,

En época de romería.

Mi río, es mucho río.

Este poemario fue presentado por Sibari en el Día de Larache en Málaga que organizó la asociación cultural <Larache en el Mundo> que presido en colaboración con AEMLE y El Corte inglés, en julio de 2007.

«Día de Larache en Málaga», julio de 2007, en Ámbito Cultural de El Corte Inglés. En la mesa, cuatro autores larachenses: Mohamed Sibari, Mohamed Akalay, Sergio Barce & Carlos Galea

Entre su profusa obra destacan <El babuchazo> (La-la Menana y AEMLE, Tánger, 2005), <El caballo> (EMI, Tánger, 1993), <Cuentos de Larache> (AEMLE, Tánger, 1998), <Pinchitos y divorcios> (La-la Menana, Madrid, 2002) o <De Larache al cielo> (AEMLE, Tánger, 2006).

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«UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Sergio Barce

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE”

(ISBN  978-84-9991-123-6).

Ha sido publicada por Editorial Círculo Rojo.

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Este es un fragmento de la novela:

   <El paquete de Gitanes está medio roto pero Mustapha guarda en su interior cuatro cigarrillos. Los saca con sumo cuidado, temiendo que se deshagan entre los dedos. Tami, Samir y Lotfi lo miran con cautela, como si asistiesen a un rito ancestral que se representara sólo para ellos. A Tami le sorprende descubrir que ese día Mustapha parece ya mayor. En sus dedos, al coger los cigarrillos, ve las manos de un adulto, pese a que no es más que un par de años mayor que él.


   Se han colado en el Castillo de las Cigüeñas y se han escondido en uno de sus corredores laterales. Huele a orines y a humedad, pero están a salvo de la curiosidad de la gente entre los escombros de siglos y las arañas que habitan los rincones. Allí nadie los va a descubrir, amparados por el abandono al que está sometido el monumento, con sus escaleras ciegas y desdentadas, las torres vigías cercenadas y parte de los techos y artesonados completamente hundidos; una especie de esqueleto cuyos huesos fueran desintegrándose sin remisión posible.

   Mustapha le da un cigarrillo a cada uno, saca una caja de cerillas y frota un fósforo. Le da lumbre a Lotfi, a Samir, luego a Tami. Finalmente se enciende su pitillo. Los cuatro se miran de reojo y estallan en una carcajada. Las risas retumban en el corredor desconchado y olvidado por las centurias y se convierten en un sonido metálico que retumba igual que el motor de un barco. Tami se pone a toser, y Lotfi le da unas palmadas en la espalda.

   -Me gusta esto –murmura Mustapha. Luego, posa sus pupilas en Tami-. Ahora vas a convertirte en un hombre de verdad…

   -¿Vamos a ser hombres sólo porque fumemos? No le hagas caso –Lotfi, con su cara brillante, en la que destacan sus labios gruesos, menea la cabeza de un lado a otro-. Yo escuché una vez a mi padre decir que un hombre sólo es un hombre cuando se acuesta con una mujer.

Castillo Laqáliq o de las Cigüeñas

-¡Qué tontería! –exclama Samir. Las sombras del corredor le resaltan la leve cicatriz que tiene en su mejilla izquierda, un mínimo arañazo que se grabó en la piel, casi oculta por la montura de sus gafas-. Los hombres son hombres, safi… Yo ya llevo fumando tres años, así que no me hace falta otra cosa… –añade con suficiencia altanera.

   -Eso es mentira, Samir –le reprocha Mustapha, sin mirarlo, concentrado en coger su cigarrillo como lo hacen los actores en las películas-. Pero si me dijiste que lo habías probado en el curso pasado… Y que te quemó los pulmones la primera vez que te tragaste el humo…

   -¿Cuándo he dicho eso? –se yergue, provocador-. ¡Nunca te he contado algo parecido!

   -En la puerta de tu casa, con tu hermano Dris –vuelve a decir Mustapha, y le arroja una mirada a Samir que lo enmudece y le obliga a bajar los ojos.

   La tos de Tami se ha aplacado en medio de esa pequeña discusión y vuelve a dar otra calada a su cigarrillo. Pero, enseguida, la tos pertinaz regresa y casi se ahoga.

   -No sabes fumar… -le dice Mustapha.

   Tami levanta una mano para que aguarden un instante a que se recupere.

  

     -No sabe hacer nada. Nunca sabes nada, porque en tu cabezota sólo hay serrín.

   Ni siquiera lo mira cuando Samir habla de él, como si estuviera ausente. Tami sabe que lo hace adrede, para herirle más, aunque nunca ha sabido la razón de su encono; desearía preguntarle por qué lo dejó solo en el mercado, por qué no le avisó de que estaba el mejazni, pero no se atreve. Teme, en el fondo, que eso le cause mayores problemas. Lo cierto es que desearía no verlo nunca más, que desapareciera de su vida, que desaparecieran los dos juntos: Amin y él.

   -Pero si nunca ha fumado de verdad –replica Lotfi, muerto de la risa-. Cuando se haya tragado un paquete entero, entonces seguro que ya no tose. Necesita su tiempo, que se acostumbre… En cuanto se ponga a quemar cigarrillos uno detrás de otro dejará de toser, ya veréis…

   -Le he cogido el paquete a mi tío –confiesa entonces Mustapha con una expresión pícara en sus ojos-. Pobre de mi primo Zacarías, le van a dar una paliza… Seguro que cree que ha sido él el que se lo ha quitado… Pobrecillo –repite varias veces.

   -¿Y para qué tiene que acostarse un hombre con una mujer? –pregunta inesperadamente Tami tras exhalar el humo de otra calada.

   Desde que ha escuchado a Lotfi, le está dando vueltas al asunto, sin comprenderlo, aunque tenga una escueta idea de lo que eso significa; aún nadie le ha explicado nada del asunto y sólo hay lo que puede imaginar, que realmente no es mucho.

   Lotfi y Mustapha se ríen y le dan un suave pescozón en la cabeza. Pero Samir, que se siente humillado por Mustapha, se levanta y le da un manotazo al cigarrillo de Tami, se lo tira al suelo y lo pisa con su sandalia.

   -¡Ya está! –ruge-. ¿Ves? Ya no volverás a toser, mierdecilla. No sé para qué vienes con nosotros… ¡Estoy harto de estar con vosotros! Yo ya he probado kifi, pegamento y más cosas… No sé qué hago con unos niños pequeños…

CASTILLO DE LAS CIGÜEÑAS patio

  -Vamos a ver a Salwa… -propone entonces Mustapha, amarrando las ganas imperiosas que le han entrado por darle una patada en el culo a Samir. No sería la primera vez que se pelearan, pero sabe que eso ya no arreglará nada. Apoya una mano en la pierna de Tami-. Venga, terminad de fumar. Cuando la veas, te contaré qué es lo que quiere decir el padre de Lotfi.

  Oír el nombre de Salwa le ha hecho recordar su desembarco con Barbarroja, su rescate de la Princesa de Argel. Ahora va a verla de nuevo y, tal vez, le regale su pañuelo o una joya como pago por los servicios prestados.

   La gente inunda la calle de tierra, comprando a los campesinos que se han instalado en el lateral del Mercado. Huele a melón y a sandía, a chumbos y a melocotones; la menta y la hierbabuena, los cocos y las naranjas mezclándose en el ambiente caldeado del mediodía con la brisa oceánica que sube del acantilado. Los cuatro amigos corren sorteando a la gente. Suben las escaleras de la casa de Mustapha, seis o siete calles más allá del Mercado Central. A Tami le cuesta seguirlos y llega el último a la terraza. Le duele el pecho, no en exceso, pero es una punzada de púas que se refocila arañándole por dentro.

   Trepan por el pretil que separa el inmueble del otro edificio de al lado. Las sábanas se secan al sol, sábanas blancas resplandecientes, igual que nubes que se hubiesen quedado prendadas de alguna niña, y las alfombras, pesadas y ardientes, se airean colgadas de tendederos de alambre.

Mercado Central de Larache

  Saltan otro muro y se asoman al último que da a un patio más bajo. Hay una pila, con un grifo de metal y una tabla de madera. Los cuatro chicos se acurrucan en un rincón y aguardan, armándose de paciencia. Tami se da cuenta de que Samir no le quita ojo, como si estuviese a la espera de algún otro instante en el que poder cebarse de nuevo con él. Lo evita, en la medida que puede. Pero Salwa no tarda en aparecer, acarreando una cesta llena de ropa, y Mustapha le da un codazo a Lotfi, que avisa a los otros dos, y todo eso provoca que Samir pierda interés por Tami que se suma a los demás suspirando de alivio. Se vuelven a asomar, con más cautela, tratando de no ser descubiertos por la joven.

   Salwa es delgada. Tiene ojos almendrados, labios de mandarina y un movimiento delicado de cuello; es bonita, y sus brazos desnudos acentúan su belleza. Las cejas son anchas, las pestañas largas, en su nariz hay un diminuto lunar. Lleva una camisa y unos zaragüelles. Deja la canasta en un poyete, cerca de la pila, y abre el grifo. Sale un chorro de agua fresca, transparente, que le salpica la camisa. Salwa se la abre lentamente, desabotonándola con sus dedos diminutos. Ese sencillo acto es, sin embargo, un tiempo interminable de zozobra para los cuatro chavales que no desean más que termine ya de una vez. Por fin, se desabrocha el último botón, pero, para desesperación de los cuatro, no se la quita del todo y se la deja medio abierta.

   Tami siente un escalofrío ardiente que le nace entre las piernas y que anula completamente la punzada del pecho, que desaparece ahora. Posa las manos en el borde del pretil y abre los ojos como tratando de captar hasta el más mínimo detalle de la piel de Salwa. Le parece más hermosa que en el sueño y aborta el impulso por saltar la muralla, presentarse ante ella y ofrecerle su espada.

   -¿No sientes un deseo increíble de bajar? –le susurra Mustapha, y Tami gira un segundo la cabeza para mirarlo con reticencia. Asiente, no obstante, y vuelve a centrarse en la chica-. Si pudieras dormir con ella, pasar la noche a su lado… lo harías, ¿verdad?

   Tami asiente de nuevo y, en su subconsciente, se entreabre una puerta emocionantemente.

   Siguen ahí arriba y, en ese instante, pueden verle algo del vientre; la voz de Lotfi susurra una palabra que les hace creer que también vislumbran el ombligo, pero Tami no logra intuirlo siquiera por más que estira el cuello.

   -Se lo veo… Yo sí se lo veo –repite nervioso Lotfi.

   La chica comienza a lavar la ropa sobre la madera, restregándola con fuerza con una pastilla de jabón de Marsella; luego, enjabonada del todo, la aplasta y la vuelve a restregar ahora contra los surcos transversales de la tabla. El agua sigue salpicando, mojándole la camisa que se le va adhiriendo de tal manera que sus senos, pequeños, turgentes sin embargo, comienzan a esculpirse claramente. Los pezones, de súbito, quedan fijados como si, en realidad, no llevase nada puesto encima, igual que dos botones marrones cosidos a un camisón blanco.

   Mustapha le da otro codazo a Lotfi y éste a Tami. Todos se empujan, nerviosos, riendo a causa de la excitación que comparten. Salwa, ajena por completo a la presencia de los chavales, continúa la faena. Coge una prenda recién lavada y se aparta de la pila para tenderla. Ahora los cuatro amigos sí que permanecen callados, como muertos, asidos por una imagen escapada del paraíso. Levantar los brazos para colgar la prenda provoca que la camisa se abra más y sus senos asoman nítidamente, casi enteros. Tami tiene la boca descolgada, entreabierta, Mustapha está a punto de gritar, mientras Lotfi parece rezar por el movimiento incesante de sus labios…>

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Medina de Larache



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