
Larache – foto de Javi Lobo
Hace unos días, le propuse a León Cohen escribir algo a medias, accedió, y finalmente nos ha resultado una especie de relato-diálogo sobre los recuerdos, Larache y cómo nos ha marcado nuestro pueblo, para bien y para mal. Como todo primer experimento, es imperfecto, pero probablemente sea el germen de algo mejor que está por llegar. Es una conversación que pudo transcurrir durante un paseo por el Balcón del Atlantico o tomando una cerveza en el Bar Central. En esta charla, entre informal y estructurada, dos larachenses, opinamos, recordamos, discrepamos, viajando desde la nostalgia hacia la más patente realidad, y no dejando nunca de manifestar nuestro gran cariño por el pueblo que nos vio nacer y crecer.
Lo hemos titulado PASEANDO POR LARACHE…
León: ¿Recuerdas Sergio cuando me reservaste en diciembre de 2004 una habitación en un pequeño hotel en el Zoco Chico? Subí las escaleras y la cosa no me agradó nada, sobre todo por la humedad y más que por la humedad por la sensación de humedad. El dueño del hotel, un francés insípido del que no recuerdo casi nada, me comentó, el muy osado, que si yo ignoraba que Larache era junto a Londres la ciudad con mayor humedad. El tipo era doblemente ignorante: desconocía que yo era larachense y que además era químico físico, es decir que me dedicaba entre otras cosas a explicar que era eso de la humedad relativa. Recuerdo que me sentí agredido por aquel individuo, que con sus palabras me estaba robando sin saberlo, mi identidad y mi pasado. No le conté nada de lo que ahora te digo, le dije simplemente que lo sentía mucho y que desconocía eso que me decía y me despedí.

Sergio Barce y León Cohen durante las jornadas de Diciembre de 2004, con Abdellah Djbilo, Mohamed Laabi, Mohamed Akalay y Mohamed Sibari
Sergio:Lo recuerdo perfectamente. Tuve que buscarte con urgencia otro sitio, creo que al final os alojé en el Hotel Essalam, en la avenida Hassan II. No es gran cosa, pero el conserje, Abdeslam, es una persona fantástica, de esos que sabes que no tienen maldad y es él el que compensa las carencias del establecimiento. Lo cierto es que me desilusionó el incidente porque había escogido con mucha intención el otro lugar porque estaba en el Zoco Chico y porque, además, tiene desde la terraza una vista deslumbrante de todo Larache, pero noté en tu rostro que no era de tu agrado y se solucionó. Luego, traté por todos los medios que os sintierais bien durante el encuentro que, por cierto, deparó instantes muy emocionantes. Pero desconocía lo que cuentas, y entiendo lo que dices. Creo que a todos nos han ocurrido pequeños detalles como ése, y que nos han dolido.

Sergio Barce con Amado, subidos a uno de los leones de las Hespérides
Ese sentimiento del que hablas lo he experimentado cuando he tratado de hacer alguna gestión en Larache con la asociación, queriendo montar algún acto o encuentro cultural –que siempre ha tenido como objetivo dar a conocer a los creadores larachenses, de cualquier ámbito-. Recuerdo al anterior alcalde que me citó en una estación de gasolina en vez de en la Baladiya, yo estaba muy entusiasmado intentando que colaborasen para levantar el festival de música, y también me esforzaba por hacerle comprender que nuestro objetivo era defender el patrimonio cultural larachense (creo que pensaba que le hablaba de la herencia española, cuando lo que siempre hemos defendido es el conjunto de la historia del pueblo, desde las ruinas romanas de Lixus hasta la huella árabe, desde las sinagogas e iglesias hasta las mezquitas y zagüías, los castillos, los inmuebles con valor arquitectónico, todo, porque todo el conjunto es lo que hace singular a Larache). Pero pese a mi pasión, le recuerdo mirando el reloj cada dos minutos, como si oyera llover. Noté que poco a poco mis palabras se fueron diluyendo, sabía que todos los proyectos que le estaba exponiendo le importaban un bledo, y me sentí desengañado y muy desilusionado, aunque luego terminamos por montar por nuestra cuenta y con la ayuda de otras asociaciones locales todos los eventos musicales, literarios y pictóricos que pusimos en marcha durante casi cinco años. Pero te digo una cosa: el sentimiento que albergamos sobre Larache es insobornable. Te puedes llevar muchas desilusiones, pero nunca muere, siempre lo superas porque las raíces son profundas. Hay centenares de larachenses que nunca volverán porque ya no reconocen a la ciudad… No hablo sólo de larachenses españoles, también de marroquíes. Te cuento una anécdota: a finales del pasado año llegó una mujer marroquí a mi despacho, en Torremolinos, y me dijo que tenía un asunto relativo al negocio que tiene con su marido, viven en Londres y querían que les hiciera unas gestiones; el caso es que me dijo que venía a verme porque alguien le había dicho que yo era de Larache y que era un abogado que trataba con mucha deferencia y afecto a la gente de allí, y que ellos eran también larachenses… Y entonces comenzamos a hablar de la playa, del río, de las calles, y en algún instante, cuando reconocíamos que la ciudad cada vez está peor cuidada y deteriorada, me dijo que echaba de menos la ciudad en la que ella creció, lo bonita que era Larache con sus jardines, y que ya había decidido no volver nunca más porque le daba mucha pena ver cómo estaba desapareciendo la ciudad de su niñez; entonces se puso a llorar. De verdad que me emocionó ver cómo se le llenaban los ojos de lágrimas compartiendo esos recuerdos comunes y el dolor por lo que se ha perdido irremediablemente. Y añadió, con la voz temblorosa, que sólo volvería el día que muriera su padre para acudir a su entierro. Y ya no pudimos continuar hablando.
León: Hemos escrito mucho sobre Larache y sobre la generación de nuestros padres, sobre aquellos hombres que nos parecían gigantes, luchadores e inasequibles al desaliento. Aquella generación de superhombres que poblaban nuestro pueblo y nuestra infancia, algunos de cuyos nombres y apellidos todos llevamos impresos en nuestra memoria.
Pero como un día me comentó una amiga, hemos hablado y escrito muy poco de nuestra generación, de la generación siguiente, aquella que vivió su infancia y adolescencia y que sin saber ni cómo ni por qué, un buen día casi por sorpresa, tuvo que abandonar su pueblo, sin comerlo, ni beberlo, y peor aún, sin esperarlo. Creo que esta es la ocasión para recordarlos y recordarnos. Nombres o apellidos como Serna, Ochoteco, Caravaca, Cuqui Ros, Padilla, Romualdo Fernández, Simón Abecasis, Maír Benarroch, Elías Benguigui, Abdeslam, Mustafa Amiar, Tuito y Joaquin Aiselá, Filali, los hermanos Amselem, Santiago Hernández, el inefable Sibari y tantos otros…
Sergio: Eso es verdad, León. Pero quizá lo hacemos como homenaje a nuestros padres. Incluso en las fotografías que estamos colgando en el blog (muchas de ellas me las has mandado tú), ocurre lo mismo, son de generaciones anteriores. Pero trato de incluir las de la tuya y la mía, porque deseo crear un álbum intemporal, intercultural, intergeneracional. Recuperar, como dices, a esas otras generaciones posteriores. Y aunque hay una pequeña diferencia de pocos años entre tú y yo, cuando éramos niños esos pocos años eran casi insalvables, nosotros éramos los mocosos y vosotros los jóvenes que se comían el mundo… Los nombres que citas los conozco pero para mí eran los mayores, y me relacionaba más con los que os seguíamos: Juan Carlos Palarea, Lotfi Barrada, Juan Yankovich, José Gabriel Martínez Yepes, Marina López Matres, Conchi Lama, Gabriela Grech, Luisito Velasco, Yamila Yacobi, Pablo Serrano Morón, José María López Garry… Pero en definitiva, todos estamos unidos por el mismo lazo, el de Larache, y este lazo se ha ido consolidando con los años, me parece genuino y diferente, porque no he conocido a nadie que hable de su pueblo con tanta pasión y cariño como lo hace la gente de Larache.
Dime, León, ¿qué sientes cuando regresas y ves la silueta de Larache perfilándose a lo lejos?

León Cohen y su hermano David en el espigón
León: Mi distanciamiento de Larache empezó en 1958, con apenas once años. Sin embargo y aunque parezca una contradicción, aquella situación convirtió a mi pueblo en más próximo, lo interioricé muy pronto y siempre deseaba volver. Entre 1958 y 1964, siempre estuve “volviendo” a Larache, a mi casa, viniendo de Zoco el Arba o de Rabat, en cuyos internados respectivos pasé casi siete años. Solía reencontrarme con mi pueblo en Navidad, Semana Santa y para las vacaciones de verano. Puedo por lo tanto afirmar, que desde muy pequeño, volver a Larache fue para mí un deseo constante, casi una necesidad, y que siempre me produjo gran placer. Yo tengo dos recuerdos imborrables llegando a Larache: Uno por las salinas y las ruinas de Lixus, viniendo de Tánger o de Tetuán y otro por la fábrica de harina y Santa Barbara. Ambas entradas confluían en Cuatro Caminos. Pero hay en mi memoria un recuerdo aún más entrañable si cabe, que era cuando se hacía de noche y al llegar al Crinda viniendo de Tánger (no sé si lo escribo correctamente) ya se divisaba el destello del faro de Larache, recuerdo muy bien que eran destellos alternos, un primer destello y pasados unos segundos dos destellos seguidos. Esos destellos nos indicaban la proximidad de nuestro pueblo. Era nuestra referencia nocturna.
En cuanto al sentido de tu pregunta Sergio, pasados cuarenta y siete años, tengo que decir, que aunque mi pueblo no dejará nunca de serlo, como lo siguen siendo mi infancia y adolescencia, mi deseo de volver ya se ha secado, ya no existe, ya dejó de ser hace mucho tiempo.
Sergio: He tenido que rumiar tu contestación. Me ha producido un efecto extraño, aunque ya me lo habías dicho de palabra alguna vez, pero leerlo ahora de nuevo, ver que tu deseo se ha “secado”, como dices, de verdad que me ha desolado. Y no eres el único larachense que lo dice… Pero al leerlo o al oírlo se me encogen las entrañas, me invade una sensación de frustración o de devastación. Me rebelo contra las causas que lo provocan, aunque no sirva de nada hacerlo, porque aún, después de tantos años, sigo sin comprender ese proceso de arrasar como sea el viejo Larache que hace que sus hijos se sientan extraños en su pueblo… Hay como una maquinaria lenta pero irrefrenable que apisona la ciudad en la que varias generaciones han crecido. Qué sería de Marrakech si construyeran sobre la plaza Jamma el Fna, de Córdoba si tirasen la Mezquita, o si en Fez decidieran que la Medina va a convertirse en un nuevo barrio residencial… Larache es la única ciudad que conozco en la que sistemáticamente sus responsables van derribando su propia historia. Los edificios que se levantan en lugar del Teatro España, del Teatro María Cristina /cine Coliseo, los que han enterrado el Cine Ideal, el antiguo Casino, las villas del Balcón, los viejos edificios de principios del siglo XX… Todos ellos catalogados como inmuebles de especial protección… Menuda ironía. Quizá porque fueron declarados patrimonio de los larachenses fueron abatidos. Pero siendo todo esto verdad, y aunque, te confieso también, sea cada vez más duro regresar por estas mismas razones, también te digo que volver te hace conocer a más larachenses que residen allí y que te abren sus puertas, como siempre han hecho, y a mí, personalmente, me hacen sentirme en mi casa, de nuevo en mi casa.

Una de las veces que estuve en Larache durante las jornadas que hacíamos en verano, recuerdo que caminaba por el callejón que linda con el viejo conservatorio de Don Aurelio y la iglesia, donde ahora está la oficina de Majid Yebari, y que comunica las avenidas Hassan II y Mohamed V. Iba pensativo, después de un día agotador tras una de las actividades, y de pronto se me acercó una chiquilla, no tendría más de doce años, con un pañuelo celeste en la cabeza, y con una sonrisa esplendorosa. Me tocó el brazo y me alargó una postal de Larache, de las que venden en los quiscos, y me dijo que me la regalaba porque había estado en el festival y me había escuchado hablar de Larache y quería que me llevara un recuerdo de mi pueblo. En ese instante, olvidé el cansancio, la presión, los problemas de las jornadas, y tras ver cómo se alejaba sin dejar de reír guardé la postal como si fuera el mejor regalo que podían hacerme. Ese gesto lo compensó todo. Y ese tipo de gesto, me reconcilia con Larache, aunque sólo sea gracias a su gente, la más modesta casi siempre, porque es en ellos donde aún queda algo de ese Larache que nos ha marcado tanto. Pero fuera de eso, quizá todo se está perdiendo.

León: Ni quería, ni deseo que este paseo se convierta en un paseo por la nostalgia o la melancolía. Este ha de ser un paseo por el realismo. Por mera casualidad, nacimos en un país colonizado, en pleno Protectorado Español y sufrimos las consecuencias. Contemplada desde la perspectiva del tiempo transcurrido, creo que la colonización fue a pesar de todo un hecho globalmente positivo para Marruecos. Tanto en el norte como en el sur quedaron unas ciudades, unas infraestructuras viarias, y una estructura cultural innegables. El nuevo Larache, aquel que nació a partir de 1911, fuera de la Medina y de la Calle Real, y que alcanzó su máximo esplendor durante nuestra infancia, el Larache que nosotros conocimos, fue una ciudad arquitectónicamente atractiva. Nadie puede negar que la Plaza de España, era y sigue siendo, como poco única. Tuvimos la suerte de vivir en una ciudad bendecida por la naturaleza, una naturaleza generosa. Cuando la abandonamos, nunca mejor dicho, la dejamos al libre albedrío de sus nuevos dirigentes. Parece que con un criterio muy miope, algunos de estos se dedicaron a borrar toda huella del colonialismo español y el resultado es el que es. Así de simple. Pretender darle una vuelta de tuerca a la Historia para recobrar lo ya destruido es una pretensión ilusa y vana, por muy bien intencionada que parezca. Creo por lo tanto, que recordarla a través de nuestros libros y relatos, es la mejor manera de enaltecerla y mostrarla a aquellos que no la conocen. Nos queda siempre la esperanza de que algún día la bella Lixus volverá a recobrar su esplendor, porque nada ni nadie podrán alejarla de ese sol y de ese mar incomparables. Salud amigo Sergio.
Sergio: Beslama, amigo León.
Por León Cohen Mesonero
& Sergio Barce Gallardo
