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«EL REINO DEL PAN BLANCO COMO LA NIEVE», UN RELATO DE HERMINIA LUQUE

Otra vez la Generación BiblioCafé. Me gusta descubrir poco a poco a los compañeros que forman parte de este grupo con el que Mauro Guillén está haciendo juegos de magia, y algo de malabarismo.
Hoy voy a hablar de Herminia Luque, que es, de todos los integrantes de la GB, la que más cerca vive de mí. Ella en Rincón de la Victoria, yo en Torremolinos, y en medio tenemos Málaga, que es como el ombligo de la carretera de la costa.

SesionContinuaPortada
Coincidimos ya en dos de los volúmenes publicados por Jam Ediciones: Sesión continua y Por amor al arte. En el primero se incluye su cuento La vida es bella. Me resultó simpático, porque es un ejercicio de divertimento puro y simple: escribir un relato en el que en casi todas las frases hay un título de película. Parece fácil, pero no lo es si, a la vez, se quiere contar una historia que tenga sustancia. Herminia lo consigue, y además hace sonreír con este trabajo de puzzle cinematográfico.
En Por amor al arte compartimos otro tipo de relatos. Quiero pensar que mejores narraciones, porque, a cada reto, tratamos de superarnos. El mío se titula La Venus de Tetuán, el suyo Retrato de dos hermanas. No pueden ser más distintos, pero nos une en ellos un fino hilo: Marruecos, aunque sea cogido por los pelos… Tu cuento me recuerda la Juanita Narboni de Ángel Vázquez, le escribo a Herminia, y ella me responde que se alegra de que me haya dado cuenta de que le apasiona la Narboni. No dejas respirar, le explico, es un relato fantástico. Ella me responde que también le ha gustado mi cuento, que recreo muy bien ese ambiente que tan bien conozco. Se refiere a Marruecos, claro.

POR AMOR AL ARTE - portada
Pero es verdad que su relato está magníficamente estructurado, con esa manera de describir sin pausa, como si el tiempo corriera en contra. Me parece el texto de una narradora excelsa.
Fragmento de Retrato de dos hermanas:

(…) …inicua pecadora, pecatriz, mezcla de pecadora y consumada actriz, tantos años guardándoselo, pero al fin se sabe todo, hoy tenía que ser veintitantos años después, no, no me la da con queso, cómo no voy a reconocerlo yo, acaso no he vivido toda la vida con ella, no la he cuidado, de chica, de grande, estando enferma, hasta cuando no se daba cuenta, en el baño, por ejemplo, cuando se bañaba en la tina colorada de niña y luego ya de jovencita cuando se daba esos baños tan largos, qué impudor, lo que estaría pensando mientras se pasaba por los pechos la esponja y se le quedaba allí la espuma como unas flores de almendro, el centro de las corolas color de rosa, las horas muertas se hubiera pasado en el agua si yo no hubiera aporreado la puerta harta ya de mirar por la cerradura, ella sin alterarse lo más mínimo, erguida frente al espejo y secándose con las toallas de hilo, las buenas siempre, las ásperas no, pero quién me lo iba a decir que ese cuerpo de pagana me lo iba a encontrar hoy en ese cuadro… (…)

Los dos andamos ahora tratando de organizar la presentación de Por amor al arte en Málaga, para finales de este mes. Esto es un anuncio subliminal, no sé si dan cuenta, pero ya avisaremos de lugar, día y hora…
Herminia Luque me ha enviado su cuento El Reino del Pan Blanco como la Nieve para poder hablar de su obra narrativa, de presentarla en mi blog. Es un relato con el que ganó en 2010 un premio en el certamen “Pilar Paz Pasamar” del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera.

HERMINIA LUQUE durante a presentación de la Generación BiblioCafé en Madrid

HERMINIA LUQUE durante a presentación de la Generación BiblioCafé en Madrid

A Herminia le gustan los relatos de mujeres de otros tiempos. Lo noto en estos dos cuentos: el de Retrato de dos hermanas y en este de El Reino del Pan Blanco como la Nieve. Tiene ese poso amargo que los entrelaza, pero son diametralmente opuestos en su manera de estar contados. Uno es febril y sincopado, esto otro es triste y emotivo. La historia es de una simpleza descarnada, pero Herminia Luque la enfunda con la ternura del dolor y con una pátina de melancolía abrumadora. La memoria, los recuerdos que regresan por un detalle aparentemente nimio… Un relato bello y conmovedor.
Leer a Herminia Luque es entrar en un universo personal y tornasolado, de tiempos en los que la venganza más execrable y vil convertía a mujeres admirables en tristes sombras de sí mismas, y es el fulgor de su narrativa el que se introduce por las rendijas del pasado para rescatar fugazmente los recuerdos que se van perdiendo irremediablemente.
                                   

Sergio Barce, noviembre 2014

El Reino del Pan Blanco como la Nieve

No, no quería el pan. Había comido algo de eso que parecía pescado, aunque tenía forma de barritas, todas iguales. Y un poco de sopa. Lo que no se había atrevido a probar era esa masa, transparente y roja, que se mecía en el plato como un corazón vivo.

La mujer de las piernas delgadas insistía –era terca como una mula:

-Tome un poco de pan. El médico le dijo…
Eso la enfureció. El médico. Qué médico. Don Braulio nunca le había dicho eso. Arrojó el pan al suelo. La mujer torció el gesto:
-No puede seguir así, sin comer prácticamente nada.
La interpeló de nuevo:
-¿Quiere que le haga una tortilla?
Por toda respuesta apartó la bandeja, despejando una parte la superficie de la mesa camilla. Luego se retrepó en el sillón orejero.
-Está bien, duerma un poco –refunfuñó la mujer.- Por lo menos así no consume calorías –dijo como para sí.
Ella sólo quería descansar. Un cansancio inmenso le barrenaba el cuerpo, se le incrustaba hasta la médula de los huesos. Con el calor del brasero eléctrico pronto se apoderó de ella una agradable modorra. Cerró los ojos. Ya no estaba en casa de esa señorita que la conminaba a todas horas para que se tragase toda aquella comida. Y sin embargo ella estaba sumamente delgada: llevaba unos pantalones negros tan ceñidos que le hacían unas patitas como de mosca. Ahora camina con presteza por la cuesta que lleva a casa de su abuela, detrás de los naranjos. Le gusta ir a casa de su abuela Encarnación porque le da de merendar. Y siempre le cuenta un cuento. El de los siete cabritillos, tan tontos y que no escarmentaban nunca. El de Estrellita y su moco de pavo, que le crece en la frente. El del Enano Saltarín, con su canción incluida. Aunque el que más le gusta es el del Reino del Pan Blanco como la Nieve.
Mira el pelo blanco de su abuela, recogido en un moño blando sobre la cabeza, tan lindo. Su abuela no viste de negro riguroso, como el resto de las abuelas que conoce, sino con ropas de tonos grises, con rayas o florecitas blancas. Eso a pesar de ser viuda. Pero ese es el luto de alivio. Claro que el abuelo Raimundo se había muerto hacía muchísimos años, antes de que ella naciera, y sin embargo se le guardaba luto como si sólo hiciera tres años que se hubiera muerto.
Su abuela se sentó en la butaca de tela verde con una franja vertical y le hizo señas para que se acercara. Ella obedeció.
-Ahora te contaré el cuento del Reino del Pan Blanco como la Nieve.
Y volvía a contarle su cuento favorito, el del reino en el que el pan era blanco por completo, como si no tuviera corteza. Blanco como la cal. Blanco como el algodón en rama. Blanco como la nieve recién caída en enero.
Pero lo que más le gustaba era el colofón del cuento. Después de contarle las peripecias de los dos niños perdidos en el bosque, muertos de hambre, que encontraban el Reino del Pan Blanco y volvían a su casa cargados de panes blancos y de monedas de plata relucientes, su abuela le daba una enorme rebanada de pan blanco. No siempre podía darle pan, y por eso se tenía que conformar con los anises o cuatro peladillas como mucho. Pero cuando le contaba el cuento, ella sabía ya que después venía el trozo de pan inmaculado. Aunque a veces, incluso, para colmo de su felicidad, lo rociaba con un chorreón de aceite y un poquito de azúcar.
Ella se lo comía con una fruición solemne, porque en su casa no había este tipo de pan. Todos los días comían migas. Migas con tocino, si lo había. Migas con bacalao, en Cuaresma. Y por la noche, pan bazo. Un pan oscuro como la misma noche, que acompañaba a una sopa clara con un poco de col o de nabo flotando. El pan de la cartilla de ración. El único pan que llegaba a su casa. Su madre había intentado que el molinero le vendiera harina para hacer pan blanco en el horno que había en la casa. Que ella se la pagaría con lo que fuese. Con los cubiertos de plata. Con la vajilla inglesa. Que le pidiera lo que quisiera. Pero por amor de Dios, que le diera un poco de harina de la que tenía en esos sacos gordezuelos, escondidos debajo de la trampilla del molino. Y el molinero le decía que qué más quisiera él, pero que no podía. De verdad. Que se le murieran sus hijos si mentía. Como lo pillaran vendiéndole a la mujer de un rojo, lo trincaban a él y lo metían en chirona, con la de familia que tenía que alimentar, fíjese usted qué desgracia. Y tan bien describía su hipotética desgracia que hasta se le saltaban las lágrimas, imaginándose el molino parado, el caz mudo, las sacas vacías. Los niñicos con las tripas rugiendo de hambre. Y su madre volvía cabizbaja y le decía, anda niña, ve a casa de la abuela, que te cuente el cuento del pan blanco como la nieve. Y si te sobra algo, le traes algo a tu hermanillo. Y ella iba muy vivaz, muy contenta por el camino empedrado, el que pasaba por delante de la casa de don Braulio, y luego entre fincas de naranjos; el camino más largo pero el más bonito para llegar a casa de la abuela Encarnación.
Un ruido brusco la sobresaltó. Era un portazo. Se oyó una voz masculina saludando. La mujer de las piernas delgadas como patas de mosca le contestaba. Siguió con los ojos cerrados. No le apetecía ni abrir los párpados. El cansancio de siempre. El que le llegaba hasta la médula de los huesos.
Un hombre joven entró en la habitación. La mujer le chistaba para que se callase.
-Déjala, está dormida. No veas qué día ha tenido hoy,
-Pues yo no la veo hoy tan mal – se inclinó sobre ella.
-Es un suplicio, Andrés. No puedo más, me faltan las fuerzas.
-Tranquila –decía el hombre tratando de consolar a la mujer, que se retorcía las manos.- No te preocupes. El mes que viene irá a la residencia.
-Tu madre estará allí mejor cuidada. Tienen especialistas en demencias seniles y…
-Ya lo sé –el hombre la interrumpió con cierta brusquedad. Ahora era él el que lloraba. Pero no como el molinero: lloraba de verdad. Con los párpados entrecerrados vio, no obstante, cómo trataba de disimularlo limpiándose rápidamente con el dorso de la mano la lágrima que surcaba su mejilla, a la vez que se agachaba para coger un trozo de pan del suelo.
Un trozo de pan negro. Un trozo de pan bazo. Pan integral lo llamaba la mujer de las piernas como patas de mosca.

Herminia Luque

Herminia Luque Ortiz nació en Granada en 1964. Se licenció en Geografía e Historia en la Universidad de Granada, realizando también dos años de postgrado en Historia del Arte. En la actualidad, da clases en un centro de educación secundaria de Vélez-Málaga y reside en el Rincón de la Victoria (Málaga).

HERMINIA LUQUE

HERMINIA LUQUE

En 1990 recibió el segundo premio del certamen de narrativa breve para jóvenes del Ayuntamiento de Cádiz, y en 1992, un galardón del Certamen de Jóvenes Creadores del Ayuntamiento de Málaga por un conjunto de relatos.
Ha publicado poesía en antologías como Inéditos (Huerga y Fierro, 2002), y relatos en Narradores almerienses (La General, 1991), Relato español actual (Fondo de Cultura Económica, 2002), Espacios (Systime, Arhus, Dinamarca, 2003), Cuentos engranados (Granada, Transbooks, 2013), o Sesión continua (Valencia, Jam Ediciones, 2013).
Su pasión por el siglo XVIII le ha llevado a escribir sobre diversos temas del siglo ilustrado e investigar sobre autores como Juan Pablo Forner (Los vicios de Jazmín. El concepto de Naturaleza en Juan Pablo Forner, en Juan Pablo Forner y la Ilustración, Mérida, 2006).
En el 2010 recibió un premio en el certamen “Pilar Paz Pasamar” del Ayuntamiento de Jerez de la Frontera por el relato El Reino del Pan Blanco como la Nieve, así como otro galardón en el concurso de relato policíaco organizado por la Comisaría Provincial de Málaga.
Publicó también en 2010 su primera novela Bitácora de Poseidón (Sevilla, Paréntesis). En 2011 apareció su novela histórica El códice purpúreo asimismo en Paréntesis Editorial.
El libro Al sur de la nada, compuesto por tres novelas cortas, fue publicado en 2013 por e.d.a libros.
Su blog literario es http://www.lunaresnegros.blogspot.com. Y su página web http://www.herminialuque.com.

Al sur de la nada

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RESEÑA DE CELIA CORRONS A «PASEANDO POR EL ZOCO CHICO. LARACHENSEMENTE» DE SERGIO BARCE

Después de las reseñas tan favorables de Fuensante Niñirola y de Joana Márquez, llega la de Celia Corrons y, sinceramente, me he quedado gratamente sorprendido por lo que le han transmitido los relatos de mi nuevo libro Paseando por el Zoco Chico. Larachensemente, y, sobre todo, cómo ha sabido plasmar esas impresiones, con una delicadeza casi poética. Es para sentirse bien. Espero que los lectores del libro lleguen a percibir todo lo que ellas tres, cada una desde una perspectiva diferente, han sabido hallar en estas páginas.
Creo que la reseña de Celia Corrons es para deleitarse con su lectura. Ya de por sí, es un relato.
Sergio Barce, octubre 2014

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

Ejercer la seducción con colores no es un arte fácil, la singular proeza la consiguió Marruecos sobre Matisse cuando el genial pintor se desplazó para inmortalizar al país exótico. Intensos azules se fueron apropiando de su antigua paleta y pronto se declaró un converso al nuevo color.
En Sergio Barce, el pigmento entró de forma más pausada. Los doce años que vivió hechizado por el aroma de Larache, fueron coloreando a la vez que fraguaban en su memoria Paseando por el Zoco Chico.
Para cantar a Larache se necesita de una imaginación dotada de un gran cromatismo, también de una pluma diestra como la del autor que absorbe colores, pinta aromas y extrae texturas inimaginables. Donde la melancolía se transforma en luz y cargado de nostalgia ahuyenta lo superfluo y lo solemne queda velado para dejar paso a la sencillez de la cotidianidad.
La curiosidad que sintió desde muy temprano le hizo atesorar en su portentosa memoria material valioso para construir sus recueros, escombros que recoge cada vez que vuelve a su Meca y edifican de nuevo para construir en forma de relatos su privilegiada infancia.
Larachensemente aparece en el titulo como un suspiro que se escucha en profundidad, es como tomar un té saboreando los aromas lentamente, mientras se es testigo de lo que te rodea y te apoderas para endulzar la bebida.
Sergio Barce guarda un as en la manga y sorprende con un punto de inflexión en el capítulo de La cautiva, en el que la atmósfera envolvente de un cuadro le sumerge en un momento íntimo y sensual al adolescente que la contempla.
Atención a la banda sonora, y no me refiero a la excelencia de Cole Porter, que también se escucha. Hay una partitura original que envuelve a todos y cada uno de los relatos, y son las voces de los más queridos, las que pasearon por el zoco, las de las frenadas de bicicleta, las del cine y del colegio. Voces que contemplaron el balcón del Atlántico, las que cruzaban el Lucus para alcanzar la playa y sobre todo, las de sus amigos, entonces niños que descubrían a gritos la aventura de vivir en Larache.
La mítica historia de Larache, sumada a su ubicación geográfica, donde el Lucus y el Atlántico se dan el eterno abrazo deja, para las miradas que escuchan, un paisaje digno de una hermosa leyenda.
Al poco de iniciar la lectura por el Zoco Chico y si el lector lo ha realizado larachensemente, habrá alcanzado la categoría de converso. Seguramente no podrá prescindir de seguir recibiendo noticias de Larache, aquí recopiladas en treinta relatos que llegan tan frescos como una crónica diaria, una noticia comentada con anchura y con poca extensión, donde la voz del autor fascina con su amplia paleta y seduce como los colores que se filtraron por la ventana de Matisse.
Por Celia Corrons -Publicado en octubre 9, 2014

EL ENLACE A ESTA RESEÑA ES EL SIGUIENTE:

http://turnodetinta.wordpress.com/2014/10/09/paseando-por-el-zoco-chico-sergio-barce/

Celia Corrons con miembros de  la Generación BiblioCafé

Celia Corrons con miembros de la Generación BiblioCafé

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«NOTICIA DE ESTE MUNDO», UN LIBRO DE GONZALO MURO

Gonzalo Muro publica el libro Noticia de este mundo, que edita Jam Ediciones, para Generación BiblioCafé. Otro impecable trabajo de edición de Mauro Guillén, y que ha contado con las excelentes ilustraciones de Fuensanta Niñirola.

Noticia de este mundo - Portada

Entrar en las páginas de Noticia de este mundo es, advierto, como abrir un enorme arcón en el que se almacenan pequeños paquetes, muy bien envueltos, en los que, al ir desenvolviéndolos, vas encontrando objetos tan inesperados como sorprendentes.

Abro, y cada pequeño paquete lleva una etiqueta adherida al papel de celofán: Origen, Soledad, Travesía, Canciones, Noticias, Autografías y Relatos. Así se divide el libro. Y comienzo a sacar de cada uno de ellos el contenido que, como digo, viene tan perfectamente presentado.

Origen

“El sexto día. La fila era larga y pesada. La abrían los hombres y la cerrábamos mujeres y niños. Polvo y viento eran nuestro único paisaje, sed y hambre, las únicas voces”

Dividido en siete textos cortos, siete como los siete días que Dios tardó en crear el mundo, tratan precisamente de esto, pero de una manera sumamente original. Gonzalo Muro es brillante, porque él crea el mundo desde los ojos de la inocencia, de unos niños-seres-imaginarios que lo amoldan a su antojo, como pequeños dioses aturdidos y desorientados. Pero hay una belleza primitiva, un desafío estético para ofrecernos imágenes, sensaciones y conceptos bien planteados. Hay un algo de magia inevitable en todo este origen del mundo, con frases talladas e intachables.
Aunque el arranque puede desorientar, porque no sabes si estás ante unos relatos o ante poemas narrativos o ante poesía trascendental y onírica, al continuar te das cuenta de que, sea lo que sea, el comienzo es muy seductor.

FUENSANTA ILUSTRACION 1

Soledad

“El hombre más solo del mundo se sienta a su mesa para escribir una carta a sí mismo…
(…) …Mis pies de ciudad olvidaron la caricia de la arena mojada en una tarde de invierno; asfalto es su única rima. Mi boca de gramófono esparce silencios a la oscuridad sin esperar respuesta, olvidada del eco devuelto…”

Al igual que en Origen, en Soledad hay frases tan esbeltas como seductoras.
Aquí Gonzalo Muro utiliza flashes, rápidos, impactantes, tan efectivos como desasosegantes. Sigue ese poso de poesía que nos hace creer que estamos ante un poeta innato. También ante un creador de sensaciones gélidas. Soledad: un paréntesis de versos puros.

FUENSANTA ILUSTRACION 3

Travesía

“…He levantado la vista para contemplar las nubes de polvo espeso que se agolpa en los senderos umbríos y me ha escalofriado el murmullo ancestral que guía a las estrellas.
(…) …Hay una palabra dulce y hay una palabra amarga, pero sólo tengo una boca. Hay un gesto honrado y hay un gesto ruin, pero sólo tengo un rostro.”

Otros siete textos entroncados más estrechamente con los de Origen que con los tres de Soledad.
La poesía se ha adueñado ya, por completo, del relato. Un largo poema narrado con versos enigmáticos y sombríos pero que trazan el camino de ese hombre y ese coche rojo como la sangre. La voz, el lamento, la canción, su súplica, el ritmo, las palabras del marinero y, finalmente, su propia voz cerrando este círculo, le hablan, le enseñan, le explican esta travesía de un desierto de soledad y de iniciación.
Gonzalo Muro es ahora un poeta en medio de la nada, un hacedor de enigmas y secretos.

FUENSANTA ILUSTRACION 4

Canciones

“…Mis pasos son guiados por un instinto ya casi olvidado, no buscan nada pues todo les es conocido, sólo vagan, recuerdan el camino. Y así llego a ti, a dejarte estas palabras tanto tiempo postergadas, a recuperar esa costumbre ya lejana. Aquí las dejo, donde siempre habitaron pero no fueron pronunciadas. Aquí las dejo, como un mapa en tu mano…”

Seis canciones que, de nuevo, son pura poesía. Canciones a Dios, al amor, a la naturaleza, a la vida. Hay una melodía en cada frase de estos textos, como un llanto de voces. La Canción de Todo lo que Importa es, quizá, la que de veras importa, como la Canción del Retorno es la que, seguramente, más me emocione.

Noticias

“Una bomba en el mercado.
(…) …y una luz borró mis ojos, borró mis labios. El calor fundió en mi piel las monedas, el pañuelo en mi pelo. Y ya no toqué mis juguetes, ni oí promesas de amor bajo un árbol del camino, ni tuve marido a quien honrar, ni puse nombre a mis hijos…”

Gonzalo Muro comienza a girar muy lentamente a estas alturas del libro. Noticias son eso, noticias de este mundo desquiciado que, muy bien escogidas, se transforman con su prosa poética en algo diferente, etéreo. Noticias de la guerra, de la inmigración ilegal, de los niños abandonados, de la anorexia como falsa belleza, de la violencia de género… Y así, en este devenir natural de la prosa poética a la narración, ahora ya inevitable, hallamos un relato breve escrito con rotundidad y con una hermosa prosa, todo ello como contrapunto o contraposición a la noticia escogida: el alzheimer. Y es que El Hombre que Olvidó su Nombre es de una belleza narrativa impresionante. Es sencillamente precioso.
Las Noticias acaban con la ciudad como monstruo impersonal y frío que nos engulle, como anunciando el fin de todo lo hermoso de este mundo.

Durante toda la lectura, se intercalan en cada texto numerosas ilustraciones de Fuensanta Niñirola. Bien escogidas, son los guardaespaldas idóneos en todas las narraciones. Imágenes tan elegantes y sobrias como las palabras. Aquí solo muestro cuatro de ellas, pero sirven ya de prueba evidente de lo mucho que significan para el libro.

FUESANTA ILUSTRACION 2

Autografías

“…Mi oído siempre estuvo dotado para captar la riqueza y los innumerables matices de una conversación. Pocos como yo han podido reflejarlo en la mortaja que supone para una palabra el papel sobre el que se congela.”

Y aquí, súbitamente, Gonzalo Muro da un giro copernicano. Se zambulle en el relato, y lo hace con letras mayúsculas. El libro, de pronto, crece.
Sobrio, soberbio, Un lugar limpio y bien iluminado, tomando como pretexto el relato de Hemingway, es un retrato bien delineado, la estampa de toda la vida de un hombre contada hábilmente en pocas líneas.
Por el contrario, la segunda autografía titulada Regreso a Babilonia, es un juego de impostación en el que Gonzalo Muro se traviste de F. Scott Fitzgerald, le arrebata la pluma y escribe en su lugar con la misma elegancia de la que hiciera gala el escritor americano.
Dos potentes relatos que abren majestuosamente este otro paquete hallado en el arcón de Noticia de este mundo.

Relatos

“…reivindico con orgullo mi labor: recuperar el oficio de náufrago.
(…) …No sabían que náufrago es también quien camina entre extraños o aquel a quien el fuego de campamento ni alegra ni reconforta tras una larga caminata”.

Memorias de un cimbalista es un cuento sobre la inseguridad, sobre la frustración personal y profesional, sobre los sueños que no alcanzamos. Agrio y, sin embargo, emotivo. Es tan humano como real.
Lamentaciones de un náufrago imposible. Lleno de humor elegante, es un relato bien trazado, con una historia curiosa y original que no es sino una metáfora de la soledad, buscada o no. En cualquier caso, un excelente cuento sarcástico y sutil.
El tercero de los Relatos, La estación de Zúrich, es sencillamente bonito. Aquí, Gonzalo Muro hace de arquitecto: construye una complicada estructura a base de bucles, de narración circular hasta convertir lo contado en una historia tan mágica como envolvente. La mujer del vestido rojo se queda grabada en la memoria, en medio de la estación, sentada sobre sus maletas (¿quizá vacías al comienzo?). Me ha encantado. Perfecto.
Y, para cerrar los relatos y el libro, Locura de piernas. Leyéndolo pensaba en Cyd Charisse, en sus interminables y perfectas piernas de bailarina y de vamp, pero también, a causa de los juegos descriptivos del autor, en Marilyn y en la Novak. Es otro relato magnífico, que mantiene el listón que había subido desde las autografías. Este cuento de cine que narra la historia de una actriz con piernas imposibles, una actriz desconocida que únicamente es reclamada para que sus piernas sustituyan a las de las famosas estrellas en las escenas que estas extremidades son las protagonistas, está tan bien llevado que, cuando la sorpresa final nos pilla desprevenidos, nos deja desarmados.
Un excelente punto final para que cerremos el libro muy lentamente.
                                                             Sergio Barce, octubre 2014

GONZALO MURO

GONZALO MURO

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«POR AMOR AL ARTE», NUEVO LIBRO DE LOS AUTORES DE LA GENERACIÓN BIBLIOCAFÉ

En estos días, sale por fin el nuevo libro de la Generación BiblioCafé. Su título: Por amor al Arte.

POR AMOR AL ARTE - portada

28 autores y 28 relatos. El libro se presentará en Valencia el próximo 14 de octubre.

Una vez más comparto páginas con mis compañeros de la Generación BiblioCafé. Mi aportación es un relato titulado La Venus de Tetuán.

Presentación de

Por amor al Arte

Lugar: Centro del Carmen

C/ Museo, nº 2. 46003 VALENCIA
Día: 14 de octubre, martes.
Hora: 19:00 h.

* * * *

La cubierta y la contracubierta, como dice Mauro Guillén: puro Horacio Silva, puro arte.

POR AMOR AL ARTE - contraportada

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«GUARDEN EL SECRETO», UN RELATO DE RAFA SASTRE

Rafa Sastre con algunos otros miembros de la Generación BiblioCafé

Rafa Sastre con algunos otros miembros de la Generación BiblioCafé

Otro autor perteneciente a la Generación BiblioCafé: Rafa Sastre.
Rafa Sastre firma sus relatos como Rafa Sastre, pero su verdadero nombre es Rafael Sastre Carpena. Este dato, en apariencia baladí, es sintomático: ya desde el nombre que adopta como escritor tiende al relato corto y al microrrelato. Digamos que es toda una declaración de intenciones.
Rafael Sastre Carpena nació en Valencia y es economista. Su sosia Rafa Sastre (cualquier fotografía del autor, curiosamente, puede ser utilizada por uno y por otro sin crear el caos ni la confusión) nació en la misma ciudad y en la misma fecha, y es escritor de microrrelatos y de cuentos. Su blog personal es sugerente y atractivo, por lo que invito a que entréis en él: 

http://rafasastre.blogspot.com.es/

Ha ganado varios premios literarios, como el Concurso el relato del mes, en dos ocasiones, y del I Concurso de Relatos Breve Negro Criminal y Policíaco Fiat Luxe, y ha recibido la mención especial en el Concurso Internacional de Relatos A Farixa este mismo año. Quedando finalista en otros tantos premios (ACEN, Avilabierta, Universidad Popular de Talarrubias, Relatos para el andén, Concurso Microrrelatos Micro Rock…).

RAFA SASTRE recibiendo el mejor de los premios

RAFA SASTRE recibiendo el mejor de los premios

Con Rafa Sastre comparto páginas en dos de los libros editados por la Generación BiblioCafé: Animales en su tinta (2013) y Último encuentro en BiblioCafé (2014).
En el primero de ellos, participó con su cuento El dulce y suave perfume, una historia que toma como narrador a un personaje original por inesperado, y en el que se adivina el pulso de un escritor con pericia y buen oficio. Me parece sencillamente un relato elegante y redondo.
Igual ocurre con su cuento para el segundo de los libros mencionados, titulado El filósofo del espray, donde su ironía, presente de una manera quizá más sutil en el texto antes mencionado, se trasmuta en este otro y va inflamándose poco a poco a la par que las desgraciadas peripecias de su protagonista. Aquí también se entrevé el buen narrador que Rafa Sastre es, y consigue su objetivo que no es otro que el de hacernos identificarnos con su personaje hasta el punto de desear hacer lo que él hace.
Lo que une a estos dos textos es, como decía, la ironía, que Rafa Sastre sabe dosificar en su justa medida, y en ambos cuentos logra que el lector acabe con una sonrisa mal disimulada. Juega con astucia sus bazas, siembra de falsas pistas el terreno por el que el lector deambula y, finalmente, saca un conejo de la chistera. En ese sentido, es un excelente armador de estructuras.
Rafa Sastre ha colaborado con sus relatos en Valencia escribe, Falsaria, Periódico La Verdad, de Sahuayo de Morelos, Mexico, Letralia, de Venezuela, La Esfera Cultural, El Relato del Mes o en Ciencia, Filosofía y algo más, de Valencia (Venezuela).
Y sus escritos aparecen en varios libros de relatos colectivos, como en Bocados Sabrosos II (2012) y Bocados Sabrosos III (2013 – Editorial ACEN), Érase una vez un microcuento (2013 – Ed. Diversidad Literaria), Antología de realismo sucio. Homenaje a Bukowski (2013, Edit.Artgerust) o en Certamen de Microcuentos Fantastic’s, La Parca de Venus y otros cuentos (2014, Edit. Creamos talentos literarios).

Para este blog, me envía su relato Guarden el secreto. De nuevo, el humor se asoma a sus líneas. Entre la realidad y la fantasía, una mujer toma una decisión casi desesperada que la lleva a ocupar habitaciones vacías en un hotel, y allí, como por embrujo, quizá por suerte o tal vez como fruto de su fantasía, eso no lo sabremos, va a vivir otras vidas mejores que las que le ofrece su rutina diaria, una especie de fuga al vacío de los sueños imposibles.

Jugando la baza de la ironía que este tipo de historia puede necesitar, Rafa Sastre la utiliza con habilidad y la lleva una vez más a su terreno, a ese en el que juega como un malabarista para sacar de su chistera otro conejo con el que sorprendernos y dejarnos, como hace en sus otros cuentos, con una disimulada asomando a los labios.
                                                             Sergio Barce, septiembre 2014

GUARDEN EL SECRETO

En el hotel nadie lo sabe, por lo menos eso creo. Porque si se enteran los jefes, me cae una gorda, muy gorda, gordísima. Y después me ponen de patitas en la calle, seguro. Pero, aparte de a la Reme, necesito contárselo a alguien más, razón por la cual con su permiso voy a relatarles la extraordinaria aventura que estoy viviendo desde hace unas semanas.

En primer lugar, me presentaré: tengo cincuenta y seis años y digamos que me llamo Engracia. Para ser sincera ése no es mi verdadero nombre, es el de una tía mía del pueblo ya que, como pronto comprenderán, por prudencia no es sensato que ofrezca datos personales que faciliten mi identificación. La cuestión es que desde hace seis años soy empleada de la limpieza en el Hotel Marysol de Vigo (por favor, síganme ustedes la corriente, claro que ni el establecimiento se llama así ni está en Galicia). Hace casi un mes el arrendador del piso que tenía alquilado, por cierto un piso precioso, con mucha luz, bien situado y económico, me echó de la vivienda. Por lo visto había encontrado otro inquilino dispuesto a pagar una renta muy superior a la mía. El hijo de Satanás –perdonen ustedes la fea expresión-, acogiéndose a una cláusula del contrato, una de esas que hay que leer con lupa de muchos aumentos y luego resulta que puede tener seiscientas interpretaciones distintas, me obligó a desalojar en el plazo de tres días. Menudo disgusto, con lo bien que estaba en ese pisito y las amigas y vecinas tan simpáticas y amables que tenía: la Colasa, la Pura, la Robustiana… Como buenamente pude recogí las cosas y las guardé en el almacén de un primo de mi difunto esposo, a la espera de encontrar otro alojamiento digno y asequible acorde con mis escuetos ingresos.
Entre tanto debía buscar una pensión para ir tirando, aunque la primera noche me dije ¿y con todas las habitaciones libres que hay en el hotel vas a pagar por dormir en un cuchitril asqueroso? Ni corta ni perezosa, me metí en un cuarto vacío de la tercera planta. Pensé que no hacía mal a nadie y encima después lo iba a dejar como los chorros del oro. Fue entonces cuando empezó toda esta historia. Yo, que nunca he salido de mi provincia, que ni siquiera he ido a Benidorm con la ilusión que me hace, esa noche soñé que conducía un BMW a toda velocidad por una autopista de Austria o de Alemania, no sé, en los carteles todas las poblaciones tenían nombres terminados en –burg, –berg, -tadt, -brück o cosas por el estilo. En el sueño yo era un hombre y además con bigote, con lo poco que a mí me gustan los bigotes y las barbas. Paraba a tomar una cerveza y unas salchichas en un bar de la carretera y entendía y hablaba el alemán a la perfección. Luego de atravesar la Selva Negra o como se diga visitaba una fábrica de algo y me entrevistaba con un joven muy finolis y emperifollado que se llamaba Helmut y me hacía un pedido de mil toneladas de no sé qué producto químico, un encargo que en un plis-plas me reportaba una ganancia de un millón de euros, lo cual me puso muy contento. Fue un sueño entretenido, el tentempié del bar estaba bien y nunca había conducido un BMW, bueno ni un BMW ni nada, porque no tengo carnet de conducir. Además, el chico ese finolis después de enseñarme la fábrica me invitó a una copa de champán y unas chocolatinas, qué detalle; para mis cortas entendederas que era un poquito gay y pretendía flirtear conmigo, porque en su despacho solo se escuchaba música romántica italiana y en un momento dado creo que me hizo morritos y hasta me guiñó un ojo. Pero de ahí no pasó la cosa, ¿eh? No vayan ustedes a formarse una opinión equivocada, que una será pobre, pero no es ningún pendón verbenero.

hotel
Por la mañana, haciéndome la tonta, le sonsaqué a Matías el recepcionista (que sí, que no se llama Matías) la identidad del último huésped de la 307. Era un hombre de negocios granadino que estaba de paso en un viaje a Alemania. Me enseñó su foto y me quedé patidifusa: era el mismo rostro que había visto en el retrovisor del coche aquella noche. Acababa de soñar lo que le había pasado o iba a pasar a ese fulano en los días siguientes a su pernoctación en nuestro hotel.
Discurrí luego que al fin y al cabo todo había sido un sueño, que mi subconsciente debió grabar su cara y algunas frases pronunciadas hacia su teléfono al cruzármelo en algún pasillo, en el hall o incluso en el aparcamiento. La Robustiana me confesó una vez que a menudo soñaba cosas que luego iban y le ocurrían, no obstante siempre he pensado que la Robustiana es un poco bruja, buena persona sí, muy buena, pero un poco bruja y además, las cosas le ocurren a ella, no a otras personas a las que no tiene el gusto de haber sido presentada.
La noche siguiente dormí en la habitación 504. Volví a soñar. Esta vez tenía unos treinta años menos, era rubia y vestía de marca. Tenía un tipito encantador, nada de los setenta y dos fofos kilos que arrastro día sí y día también detrás del carrito de la limpieza. Además, iba acompañada de un galán. Sí, táchenme de anticuada, pero esa es la palabra: galán. Un joven hombretón, alto, con los ojos azules, elegante, que estaba de toma pan y moja. Era por la tarde y asistíamos en un local muy chic a la entrega de unos importantes premios literarios. Yo, que decían que era una prometedora escritora, lo cual en ese mundillo creo que equivale a decir que eres ocho ceros a la izquierda, había sido nominada al galardón de poesía. Era la primera oportunidad de salir en prensa, de ver mi nombre en los envidiables titulares de las secciones culturales. Tenía los nervios a flor de piel, estaba como un flan, quería morderme las uñas y comerme los dedos pero me tuve que reprimir dada la seriedad del certamen, lleno de críticos y fotógrafos. Finalmente no conseguí nada, ni un miserable diploma o una de esas menciones honoríficas que en ocasiones otorgan a los perdedores. Aquello me entristeció mucho, sentí que el mundo se derrumbaba, que todos mis esfuerzos habían sido en vano. Cuando salíamos del evento, mi guapo acompañante me susurró dulcemente: “Querida, tú siempre serás mi campeona. Esta noche te ofreceré un premio muy especial, un premio que mereces y solo yo puedo darte. Olvidarás enseguida toda esta sucia patraña. Estoy convencido de que mañana escribirás los versos más bellos de la historia.” Hubiera deseado vivir la entrega de aquel apasionante premio, pero justo en el momento más inoportuno sonó la alarma de mi reloj Kasyo y me desperté.
Ni que decir tiene que intenté y pude averiguar que la anterior huésped de la 504 respondía plenamente a los rasgos del personaje soñado. Cuando me enteré, entendí que o el hotel o yo estábamos encantados.
Sin embargo, todo lo ocurrido lejos de asustarme me estimuló. Así es que decidí seguir durmiendo en habitaciones libres cada noche. Me di cuenta de que disfrutaba viviendo y sintiendo como otras personas que no tienen que cargar a diario con la fregona y el aspirador, que no están condenadas a limpiar retretes ni cambiar toallas o sustituir rollos de papel higiénico, que pueden llevar existencias felices o desgraciadas, pero siempre distintas a la aburrida rutina de una mini-mundi como yo. Cuando me alojé en la 409 piloté un moderno aeroplano y aterricé en la Costa Azul; transportaba a unos pasajeros muy adinerados que me dieron una excelente propina. Cuando lo hice en la 110, descubrí que mi marido me la pegaba con otra y le lanzaba una botella, partiéndole el cráneo y provocando mi detención por la policía, fue muy divertido. Cuando me atreví a dormir en una suite, en la 701, si bien reconozco que recibí unos duros golpes, pude experimentar el placer que se siente cuando noqueas a un negro irlandés de ciento veinte kilos en el tercer asalto, con un crochet de izquierda. Y así noche tras noche, de habitación en habitación.
Esto que me ocurre y ahora ya conocen, antes solo se lo había contado a la Reme, que es mi mejor amiga; ella me aconseja que lleve mucho tiento y dice también que parece que esté drogada con todo este maltraer, como lo llama la boba. Yo creo que en realidad tiene celos, pues a la infeliz la abandonó el cabrito del Fulgencio hace dos años, dejándola con lo puesto y poco más. Como se ha propuesto vivir y morir siendo una amargada, pretende que las demás nos solidaricemos con su causa. Pero yo no estoy dispuesta, yo voy a seguir a lo mío, a ser una secundaria de día y una estrella de noche. Ojalá que no se enteren en el hotel porque entonces sí, entonces se acabó la fiesta. Por favor, guarden el secreto.

Rafa Sastre

Rafa Sastre y Juan José Millás

Rafa Sastre y Juan José Millás

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