Archivo de la categoría: CINE

Diálogos de películas 8

EL PRECIO DEL PODER (Scarface, 1983) de Brian de Palma

Al Pacino:    Siempre digo la verdad, incluso cuando miento digo la verdad.

 SIN CITY (2005) de Robert Rodríguez & Frank Miller

Mickey Rourke:  El infierno es vivir día a día sin saber la razón de tu existencia.

 

 EL CABO DEL MIEDO (Cape fear, 1991) de Martin Scorsese

Robert de Niro:    Soy Virgilio y te voy a guiar a través de las puertas del infierno. Ahora estamos en el noveno círculo, el círculo de los traidores: traidores a la patria, traidores a la raza humana, traidores a Dios. Este individuo está acusado de haber traicionado los principios de su profesión. Puedes citar el canon séptimo del reglamento profesional de abogados americanos: deberá representar celosamente a su cliente dentro de los límites legales. Yo le declaro culpable, abogado. Culpable de traición a la raza humana, culpable de traición a la patria, culpable de traicionar tu juramento, culpable de prejuzgarme, y con el poder que se me ha otorgado por mandato divino yo te condeno al noveno círculo del infierno. Ahora vas a saber lo que es perder, perder la libertad, perder la humanidad. Ahora sí que seremos iguales, abogado.

 

MEJOR… IMPOSIBLE (As good as it gets, 1997) de James L. Brooks

Jack Nicholson:   Por ti los cavernícolas grabaron las paredes.

 

DRÁCULA (1992) de Francis Ford Coppola

Gary Oldman:   He cruzado océanos de tiempo para encontrarte.

 

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Libros de cine: SERGIO LEONE, ALGO QUE VER CON LA MUERTE (2000) de CHRISTOPHER FRAYLING

 

SERGIO LEONE, ALGO QUE VER CON LA MUERTE (Sergio Leone. Something to do with death, 2000) de Christopher Frayling, es, sin ninguna duda, el mejor libro de cine que he leído. Como todo trabajo de un historiador británico, Frayling no sólo se limita a hacer unos comentarios más o menos acertados sobre las películas de Leone, sino que escarba para desenterrar lo más profundo del personaje, al que entrevistó y siguió durante mucho tiempo, hasta mostrarlo en su desnuda carnalidad (y Leone tenía mucha carnalidad). Gracias a este libro, Sergio Leone ya no es ese simple artesano italiano del cine que, por un golpe de fortuna, inventó el llamado spaghetti-western. Después de leer este libro, Sergio Leone se convierte en la figura extraordinaria, creativa y amante del séptimo ate que era, un genio, un visionario, el realizador más imitado en la historia del cine.

 “Cuando Sergio (Leone) ya fue lo suficientemente mayor como para empezar a elegir una carrera, Roberto Roberti estaba convencido, como su padre antes que él, que realizar películas no era una carrera digna de él. En cambio, alentó a su hijo a estudiar leyes…”

Christopher Frayling

Seguimos sus pasos desde niño, y Frayling tiene la virtud de hacernos vivir con el pequeño Leone su vida en los barrios de Roma, y vamos descubriendo sus pequeños y grandes anhelos, cómo se fue introduciendo en el mundo del cine (ya estaba en realidad dentro pues su padre era un famoso director de cine mudo, curiosamente fue quien dirigió el segundo western italiano de la historia, “La vampiro indiana” en 1913, toda una premonición), y cómo, poco a poco, fue aprendiendo de otros grandes realizadores, su divertida experiencia en la mítica “Ladrón de bicicletas” (Ladri di biciclette, 1948) de De Sica, sus posteriores colaboraciones como ayudante de los realizadores americanos que trabajaron en los estudios de Cinecittá de Roma, cómo se fue nutriendo de todos los clásicos americanos, hasta empezar sus pinitos como director…

 “Poco después de terminar “Historia de una monja” (The nun´s story, 1959) de Fred Zinnemann, Leone fue contratado como primer ayudante en una de las segundas unidades que trabajaba en la producción de quince millones de dólares de “Ben-Hur”, de la Metro Glodwyn Mayer y dirigida por William Wyler, que había alquilado todo el complejo de Cinecittá, hasta el último metro…

(…) Tras el éxito internacional de sus westerns, Leone se sintió feliz exagerando su papel en la secuencia de la carrera de cuadrigas. <El director de la segunda unidad (Andrew Marton) –afirmó en 1977- era demasiado viejo para ese tipo de deporte. Así fue como yo terminé dirigiendo la famosa secuencia de choque del film> (…) De hecho, Marton, entonces con 55 años, trabajando en colaboración con Yakima Canutt, parece que se lo tomó en serio y se mostró entusiasmado con el trabajo que realizaba…”

SERGIO LEONE

En efecto, Sergio Leone era el exceso. Su vitalidad lo desbordaba todo, y ese ansia de protagonismo le llevó a exagerarlo todo, como se ve que hizo con su trabajo real en Ben-Hur. Pero luego, cuando comenzó a ser él el responsable de todo como realizador de sus propias películas, ese exceso se hizo celo, y su trabajo es ahora valorado por su meticulosidad, por el cuidado con el que lo planificaba todo, por la dedicación por los pequeños detalles en el atrezzo, en los decorados, que le hacía buscar cada objeto que aparecía en las escenas de sus films hasta lograr los que reproducían exactamente la época en la que se desarrollara la película (ropa, armas, periódicos, carteles, las calles…)

 Ni “El coloso de Rodas” (Il colosso di Rodi, 1961) ni su colaboración en “Sodoma y Gomorra” (Sodom and Gomorrah, 1962) que acabó firmando junto a Robert Aldrich, le dejaron satisfecho del todo. Pero en “El coloso de Rodas”, propiamente su primer film como realizador en solitario, demostró a todos que, con pocos medios, su imaginación sacaba provecho de todo y los resultados eran más que satisfactorios.

 Christopher Frayling, además de aportar en el libro una catarata de información cinematográfica sobre los trabajos de Leone, aporta la visión del historiador, y va mostrando, como en un documental, la evolución de Leone como director y la evolución de Leone como persona. La pluma de Frayling es rica, escribe estupendamente, y eso dota al libro de agilidad, de buen hacer, y mantiene el interés del lector aunque éste no sea un entendido en cine. Es tan hábil, que logra que los sueños de Leone los compartamos y cada tropiezo que sufre, especialmente con los productores, lo suframos con él.

 Llegada la trilogía del dólar, cuando Sergio Leone llega a la cima, el libro nos va desgranando cada rodaje, cada vicisitud de cada una de sus películas, y sus colaboraciones con Ennio Morricone y con Clint Eastwood. Su primer western era un film de bajo presupuesto, y contratar al protagonista, como cuenta Frayling, no fue nada fácil.

“El protagonista tenía que ser norteamericano. (…) Leone tenía en mente en principio a Henry Fonda como su Forastero… (…) así que el guión fue enviado a Hollywood, en una versión en inglés; pero el agente de Fonda ni siquiera se molestó en mostrárselo al actor… A continuación Leone pensé en dos actores más jóvenes del tipo fuerte y silencioso que habían dejado su huella como especialistas en “Los siete magníficos” (The magnificent seven, 1960): James Coburn y Charles Bronson. Coburn aceptó interpretar el papel por 25.000 dólares, lo cual era demasiado para los productores. Bronson opinó que el guión era <simplemente de lo peor que he leído nunca> y lo rechazó de plano -<Lo que no entendí, admitió Bronson más tarde, fue que no era el guión lo que importaba. Era la forma en que él iba a dirigirlo lo que constituiría toda la diferencia>. (…)

(…) En aquel punto Claudia Sartori, que trabajaba en la agencia William Morris en Roma, contactó con la Jolly Film… (…) Un actor joven y flaco que aparecía en la serie de televisión de la CBS <Rawhide> podía ser de su interés… Clint Eastwood. (…) Por aquel entonces Eastwood valía 15.000 dólares. Y fue eso lo que convenció a los productores de que era la persona correcta para el papel.”

 Este primer western de Leone rodado en Almería se tituló: “Por un puñado de dólares” (Per un pugno di dollari, 1964). Y fue el comienzo de la leyenda de Leone, Eastwood y Morricone.

Clint Eastwood y Pepe Calvo en Por un puñado de dólares

“El rodaje fue impredecible… (…) Durante la preparación de la secuencia donde Joe se arrastra alejándose de la paliza a manos del clan de los Rojo, Eastwood recuerda que <me pasé ocioso toda la mañana aguardando a que director y equipo dejaran de discutir. La conversación era toda en español e italiano y no entendía ni una palabra, pero notaba que se producía una violenta discusión acerca de algo. Esperaba que llegaran a algún acuerdo antes de que pasara toda la mañana sin haber rodado ni un solo plano. Finalmente, Sergio me llamó. Muy bien, Clint, podemos empezar, dijo a través del intérprete. Qué demonios, decidí. Siempre estaban igual. La escena requería un montón de maquillaje porque mi rostro tenía que parecer muy hinchado y magullado a causa de los golpes de toda la pandilla. Salí del maquillaje sintiéndome acalorado e incómodo, y me encaminé al plató. Me sentía literalmente el hombre más solitario de España. El plató estaba desierto. Ni productor, ni director, ni equipo. Sólo las grandes lámparas de arco gravitando como buitres españoles. Al parecer el equipo llevaba dos semanas sin cobrar… Con un ojo cerrado por el maquillaje y toda aquella otra porquería sobre mi rostro, me dije que ya tenía bastante. Les dije que podían encontrarme en el aeropuerto. Afortunadamente Leone me alcanzó antes de que abandonara el hotel. Las cosas fueron un poco mejor después de eso.”

 Después llegaron “La muerte tenía un precio” (Per qualche dollaro in piú, 1965) y “El bueno, el feo y el malo” (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966), también con Clint Eastwood de protagonista. Y en 1968, su primera obra maestra “Hasta que llegó su hora” (C´era una volta il West, 1968) con sus anhelados Henry Fonda y Charles Bronson, y en 1983 la segunda: “Érase una vez en América” (Once upon a time in America) con Robert de Niro –ya publiqué en este blog un extenso artículo sobre estas dos películas-. Entre medias, Frayling nos cuenta sus avatares con su pequeño fracaso con “Agáchate, maldito” (Giú la testa, 1971), un film estupendo por otro lado, con su también admirado James Coburn.

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Cuando vas leyendo este libro, descubres cosas de Leone: que tenía almacenados en su cabeza los films que iba a rodar, secuencia a secuencia, plano a plano, que su voluntad era férrea y no cedía hasta filmar lo que tenía decidido, y que amaba tanto el cine que lo agotó. Anunció que rodaría una nueva versión de “Lo que el viento se llevó” (Gone with the wind), y en 1968 le enviaron el guión de “El padrino” (The Godfather), pero lo rechazó, de lo que luego se arrepentiría y, cuando trató de recuperarlo, ya estaba en manos de Coppola. También estuvo a punto de dirigir “Mafia” (The brotherhood, 1968) que dirigiría Martin Ritt. Comenzó “Mi nombre es Ninguno” (Il mio nome è Nessuno, 1973), de nuevo con Henry Fonda, que produjo pero que terminó Tonino Valerii. De modo que durante varios años, de 1971 a 1983, se centró en la producción y en la dirección de spots publicitarios, mientras acariciaba otros proyectos, como adaptar “Cien años de soledad” de García Márquez, una adaptación de Céline, y hasta otra de “Don Quijote”. Cuando rueda “Érase una vez en América”, su gran sueño, ése que le llevó diez años hasta ponerlo en pie, Leone acaba literalmente consumido.

“Carla Leone recuerda: <Cuando hacía films, sentía todas las emociones que sentiría normalmente una persona – risas, lágrimas, miedo-, sólo que en una forma más intensificada. Y echó a faltar mucho todo esto durante esa década. Mucho. Y cuando finalmente consiguió poner en marcha su gran proyecto, metió en él todo lo que había echado en falta en esos años>. Como se preguntó a sí mismo Leone justo antes de rodar Érase una vez en América: <¿Cuántos años he pasado NO trabajando en este film?>”

Y también descubres en este maravilloso libro el afecto y la admiración de Christopher Frayling por Sergio Leone.

“Sus entrevistas, que se habían visto poseídas de una cualidad otoñal incluso desde la terminación de Érase una vez en América, parecían contemplar ahora una despedida. Sus adioses al cine se estaban volviendo más abstractos, elusivos y melancólicos que nunca. <La vieja veta de oro, en el país del cine de California, donde esos tesoros brillaban en su tiempo tan cerca de la superficie, ahora parecen desgraciadamente casi agotada por completo. Unos pocos mineros valerosos insisten en seguir cavando…>

(…) Clint Eastwood, uno de tales mineros, le visitó en el otoño de 1988. Eastwood estaba en Roma para el estreno de <Bird> y Leone le invitó a comer. Los dos hombres se reunieron de nuevo aquella misma tarde para cenar y Leone llegó con su amiga, la directora de cine Lina Wertmüller. Según Eastwood, Sergio estaba de un humor blando y nostálgico. Aunque sabía que estaba muy enfermo, no lo mencionó ni una sola vez. La acidez de los comentarios de Leone sobre <su actor> parecía cosa del pasado. <Nos llevamos mejor que en todas les veces que habíamos trabajado juntos>. Eastwood está convencido de que Leone lo llamó para decirle adiós.”

Las últimas páginas, donde asistimos al deterioro paulatino de Leone, sus problemas de corazón, su ilusión truncada por rodar de nuevo con Robert de Niro su colosal “Stalingrado”, rezuma emoción, y por esa razón recomiendo este libro, de cine, sí, pero también de un hombre que luchó por su sueño.

Sergio Barce, julio 2011

Sergio Leone, algo que ver con la muerte, ha sido publicado por T & B Editores.

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Diálogos de Películas 7

Sabrina (1954) de Billy Wilder:

Humphrey Bogart:  ¿Cómo se dice en francés… mi hermana tiene un lápiz amarillo?
Audrey Hepburn:  Ma soeur a un crayon jaune.
H.B.:  ¿Cómo se dice… mi hermano tiene una novia encantadora?
A.H.:  Mon frère a una copine charmante.
H.B.:  ¿Y cómo se dice… me gustaría ser mi hermano?


Rebeca (1940) de Alfred Hitchcock:

Quisiera que se inventara algo para embotellar los recuerdos, igual que los perfumes, y que nunca se desvaneciesen. Y que cuando yo quisiera pudiera destapando la botella volver a revivirlos.

Plumas de caballo (Horse feathers, 1932) de N.Z.McLeod:

-Papá, te felicito. Estoy orgulloso de ser tu hijo.
-Hijo mío, me has quitado las palabras de la boca, me avergüenzo de ser tu padre.

Gilda (1946) de Charles Vidor:

Yo nací anoche, cuando le conocí a usted. No tengo pasado, sólo futuro.

Encadenados (1946) de Alfred Hitchcock:

Ingrid Bergman:  Nuestro amor es bastante extraño.
Cary Grant:  ¿Por qué?
I.B.:  Porque a lo mejor tú no me quieres.
C.G.:  Cuando deje de quererte, ya te avisaré.
I.B.:  Pero, ¿me quieres?
C.G.:  Los actos importan más que las palabras.

El hombre tranquilo (The quiet man, 1952) de John Ford :

Victor McLaglen:    Esta mañana se tomó algunas libertades con mi hermana.

John Wayne:    Sólo le deseé buenos días.
V.McL.:     Sí, pero pensaba en buenas noches.

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Cuadernos de cine: Sofía & Jayne

Dos de los iconos del cine de los cincuenta, dos de los iconos más sensuales y sexuales de esos años, fueron SOFIA LOREN y JAYNE MANSFIELD…

Una era rubia y carnal, la otra morena y pasional. La primera típicamente americana, que ha quedado como un sex-symbol inolvidable; la segunda una maggiorata que ha hecho comedia y drama y se ha ganado con todo merecimiento fama de mujer elegante, hermosa y excelente actriz.

Ambas, coincidieron en una cena, y de aquel momento quedó una de las fotografías más famosas de la época. ¿Qué estaría pensando la Loren al mirar los pechos de la Mansfield? Ella que no tenía nada que envidiarle…

El de aquella época, era un cine rotundo, con muchos argumentos, por así decirlo…Qué bello es el cine.

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Cuadernos de cine: BLACKTHORN (2011) de MATEO GIL

La emocionante escena en la que el viejo Butch Cassidy detiene su cabalgadura ya en la frontera, se gira lentamente y, por encima del hombro, se ve a sí mismo joven y lleno de vida, libre y rebelde, rodeado de sus amigos forajidos, resumen bellamente el espíritu de esta crepuscular película española del Oeste.

Sam Shepard es Blackthorn – Butch Cassidy

La trama es sencilla: veinticinco años después de su muerte, el legendario Butch Cassidy  (interpretado con sobriedad y talento por el gran Sam Shepard), en realidad aún sigue vivo escondido en el interior de Bolivia. El encuentro fortuito con un ingeniero español que ha robado el dinero de una mina, hace que, contra su voluntad, vuelva a cabalgar perseguido por un grupo de pistoleros primero y por el ejército boliviano después.

Para mi generación, Butch Cassidy & Sundance Kid siempre han sido Paul Newman y Robert Redford, que los interpretaron en la mítica cinta de 1969 “Dos hombres y un destino” (Butch Cassidy & The Sundance Kid) de George Roy Hill.

Butch Paul Newman & Sundance Robert Redford

Nikolaj Coster-Waldau es Butch Cassidy joven

Aquella cinta terminaba con el tiroteo que se produce tras la emboscada que los dos forajidos sufren a manos del ejército de Bolivia, y la escena queda congelada con ambos desenfundando sus armas para defenderse de los soldados que, previsiblemente y sin duda alguna, van a masacrarlos. Ahora, el realizador Mateo Gil y el guionista Miguel Barroso, ambos españoles, construyen una historia que comienza realmente en ese punto, cuando los dos amigos caen asesinados; pero como toda leyenda, uno de ellos, en este caso Butch Cassidy, ha conseguido sobrevivir y ha envejecido en un pequeño rancho del país sudamericano.

El ritmo del film es tranquilo, quizá acorde con la edad del viejo Butch, pero no decae en ningún instante, al contrario, va in crescendo, y cuando llegan las escenas de acción, se hace intenso. A ello ayuda unas interpretaciones convincentes. Es un acierto que el personaje de Butch Cassidy lo encarne Sam Shepard. A estas alturas sólo Sam Elliott, Keith Carradine o Kriss Kritofferson podrían haber sido una alternativa seria. Sam Shepard le da empaque, le da sobriedad, le da experiencia y sabiduría. Con este actor, el film se convierte en un western crepuscular, muy entroncado con el “Duelo en la Alta Sierra” (Ride the High Country, 1962) de Sam Peckinpah, con el que guarda bastantes semejanzas, y sus parlamentos y recuerdos convierten a ese mundo del viejo Oeste ya pasado, al de su juventud, en algo mítico, irrepetible e irrecuperable.

Eduardo Noriega en Blackthorn

En algún momento de la película, el ingeniero español, al que da vida muy certeramente Eduardo Noriega, pregunta a Butch Cassidy que cómo era posible que no se hubiera convertido en un rico hacendado, y el cansado pistolero le responde, tranquilo y sabio, que él había sido libre toda su vida, y que ésa era la mayor riqueza que un hombre podría tener.

La música es de Lucio Godoy, magnífica su banda sonora, como extraordinarias las canciones que suenan durante la película, y la fotografía de Ruiz Anchía, al que admiro desde su impecable trabajo en “Los amantes de María” (Maria´s lovers, 1984) de Konchalovsky. Como digo, dos aciertos, porque la música es sutil, envolvente, con un cierto halo nostálgico, y la fotografía, ayudada por los paisajes increíbles de Bolivia (el desierto de sal, las gargantas de piedra, las montañas enrevesadas o esas praderas que nos brindan escenas de puro western), acertada y muy controlada, los espacios abiertos se llenan de luz, la noche al raso se impregna de un tono plomizo y mineral, y la iluminación de cada espacio encuentra su tono adecuado.

Padraic Delaney es Sundance Kid

También Ruiz Anchía enfoca al rostro de Sam Shepard sin conmiseración alguna, sus arrugas se nos revelan al detalle, como cada cana de su barba o sus cansados ojos celestes, sus facciones son parte del paisaje, en realidad, el paisaje mismo de su alma ya cercana al ocaso.

Curiosamente, pocas reminiscencias del spaghetti-western. Lo cierto es que las esperaba, porque ese tipo de películas se rodaron en Almería, porque eran coproducciones españolas, porque los técnicos y los actores eran en su mayoría de nuestro país. Sin embargo, Mateo Gil huye deliberadamente de ese cine, y regresa al western clásico americano, algo raro, algo peculiar.

También acierta este film en sus flash-back, nada cargantes, montados en el instante justo, que apuntalan la trama de la vida de Butch Cassidy y las razones por las que ha llegado a su situación actual. El actor Nikolaj Coster-Waldau presta un físico que se acopla perfectamente a los años salvajes del viejo Sam Shepard, lo que hace más creíble sus recuerdos; y tanto Padraic Delaney en el papel de Sundance Kid como el magnífico Stephen Rea en el rol del también agotado y cansado perseguidor de los bandidos, arropan con oficio y seriedad el trabajo del protagonista que, en definitiva, lleva el peso de toda la película.

Butch Cassidy/Sam Shepard nos va atrapando poco a poco, igual que Paul Newman en su día, y se convierte en esa leyenda que arrastra tras de sí una vida llena de violencia, de cabalgadas, de robos y de huidas, pero también de pequeños gestos llenos de honestidad y de ética, la ética de los forajidos del viejo Oeste que ya nunca volverá.

Sergio Barce, julio 2011

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