Archivo de la categoría: CINE

FOTOS DE CINE – 25

Foto tomada en el set de rodaje del film <Cinco tumbas a El Cairo> (Five graves to Cairo, 1943), en la que posan el actor español Fortunio Bonanova, Anne Baxter y el director y guionista del film, el maestro Billy Wilder.

¿Quién era Fortunio Bonanova?

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Este actor español, cuyo verdadero nombre era José Luis Moll, formaría parte del reparto de varias de las películas más famosas de la historia del cine. Nacido en Palma de Mallorca en 1896, Bonanova fue un reputado actor de teatro que estrenó obras en Nueva York y en Chicago, pero también fue barítono y escritor. Tras debutar en el teatro de su ciudad natal, se haría famoso interpretando en su primer papel para el cine mudo a <Don Juan Tenorio>, dirigida por Ricardo y Ramón Baños.

En 1924 se marchó a Estados Unidos, donde actuó en varias obras musicales como barítono, hasta que logra entrar en el cine actuando en una película que protagonizaba la gran Joan Bennet: <Careless Lady>. Pero hubo de volver a España donde era una auténtica estrella.

En los años treinta trabajó tanto en España como en Estados Unidos, y gracias a su papel en la obra teatral <Sex appeal>, que triunfó en Broadway, Fortunio Bonanova comienza a ser tenido en cuenta en Hollywood para protagonizar films rodados en castellano, como <El Capitán Tormenta> del año 1935. Pero es en la década siguiente de los cuarenta, cuando el nombre de Fortunio Bonanova aparece en títulos míticos del cine americano rodado en inglés, y algunos de sus personajes, aunque secundarios, se han quedado grabados en la retina de quienes amamos el séptimo arte. ¿Quién no recuerda al desesperado profesor de canto Matiste tratando de que la esposa del protagonista no desafine en la mítica <Ciudadano Kane> (Citizen Kane, 1940) de Orson Welles? Pues el profesor Matiste era Fortunio Bonanova.

Actuó en otros cuatro films memorables protagonizados por Tyrone Power: <El signo del Zorro> (The mark of Zorro, 1940) y <Sangre y arena> (Blood and sand, 1941) ambas de Rouben Mamoulian, y en <Un americano en la RAF> (A Yank in the RAF, 1941) y <El cisne negro> (The Black Swan, 1942), las dos de Henry King. Fue el actor que encarnó al General Sebastiano en la magnífica <Cinco tumbas a El Cairo> (Five graves to Cairo, 1943) del maestro Billy Wilder, y encarnó a Fernando en <Por quién doblan las campanas> (For whom the bell tolls, 1943) de Sam Wood, con Gary Cooper e Ingrid Bergman.

Otro de sus papeles secundarios memorables, Sam Garlopis, lo interpretó en otra obra maestra: <Perdición> (Double indemnity, 1944) de nuevo de Billy Wilder.

Intervino en muchas películas más, pero destacaría entre ellas, además de las ya citadas: <Siguiendo mi camino> (Going my way, 1944) de Leo McCarey, uno de los films más aclamados de Bing Crosby; <Pepita Jiménez> (1946) del gran Emilio Indio Fernández, en la que compartió cartel junto a Rosita Díaz, otra estrella española en tierras americanas; secundó a Henry Fonda en otro film inolvidable del gran maestro entre los maestros John Ford: <El fugitivo> (The fugitive, 1947), y otro de los grandes, Otto Preminger, le dirigió en <Vorágine> (Whirlpool, 1949), junto a Gene Tierney y José Ferrer.

Ya en los años cincuenta sus películas no fueron tan extraordinarias, salvo quizá la romántica <Tú y yo> (An affair to remember, 1957) de Leo McCarey, con Cary Grant y Deborah Kerr, en la que destacó con su personaje de Courbet. Se refugió en westerns y en series de televisión, y ya al final de su carrera, regresó a España para rodar dos películas: una producción dirigida por Carol Reed, <El precio de la muerte> (The running man, 1963) y un film dirigido por el inefable Jesús Franco, <La muerte silba un blues> (1964).

Un actor, en fin, de los llamados de carácter, que supo dejar su impronta tanto en sus protagonistas como, y esto es lo más difícil, en sus papeles secundarios, y Fortunio Bonanova lo logró.

Sergio Barce.

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«ALCARRÀS», DE CARLA SIMÓN, OSO DE ORO EN LA BERLINALE

Gran noticia para nuestro cine: «Alcarràs», de Carla Simón, se alza con el Oso de Oro del Festival de Cine de Berlín. (Berlinale)

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 3 – ALGO DE CINE Y ALGO DE NARRATIVA

Tras la jornada diaria de trabajo, que comienzo en el despacho a las ocho de la mañana, interrumpo sobre las dos y media o las tres menos cuarto para comer y acabo alrededor de las siete de la tarde (si es que no tengo que asistir a alguna reunión), puedo por fin dedicarme a escribir. Lo hago cada día, aunque el cansancio haga mella. Es adictivo. Creando, me encapsulo y me aíslo, evadiéndome de la rutina. Los fines de semana son aún más gratificantes, porque es cuando puedo dedicar a mis relatos o mis novelas el tiempo que merecen.

Continúo con el nuevo libro de relatos ambientados en Tánger, apenas falta un cuento más y un repaso final para darlo por concluido y enviarlo a la editorial para montar las primeras galeradas. Tengo el título del libro, que obviamente no puedo desvelar, pero creo que es precioso. Y acabo de confirmar cuál será la portada (se publicará de nuevo en tapa dura, como Una puerta pintada de azul), que es obra de una artista de primera fila, así que promete ser una edición excepcional. Espero que el texto esté a la altura.

Mi hijo Pablo me llamó el pasado viernes. Cuenta otra vez conmigo para su nuevo proyecto, una idea que le rondaba por la cabeza acerca de su generación. Me la ha lanzado para que comience a darle vueltas, para que le escriba las primeras ideas que se me ocurran. Ya le he devuelto alguna sugerencia e incluso una posible escena final que le ha parecido muy atractiva. Enseguida la ha anotado para desarrollarla y discutirla a su tiempo. También el guion de una de mis novelas avanza a buen ritmo. Los proyectos se amontonan, pero no se quedan en un cajón aguardando un milagro. Si Pablo y yo hemos aprendido algo, y esto nos lo transmitió Pablo Cantos, es que solo la constancia nos llevará a buen puerto.

Ayer vi una de las películas candidatas a los Goya de este año: Las leyes de la frontera, adaptación de la novela de Javier Cercas, que ha dirigido Daniel Monzón. Es una muy sugerente revisión del cine quinqui de los años setenta y ochenta, cuando el Torete, el Vaquilla y el resto de los “perros callejeros” inundaban las pantallas de nuestros cines. Pero el film de Monzón tiene mejor factura y, a mí al menos me ha ocurrido, se ve con cierto cariño. Aquellos años de los tirones, de los yonquis, de la España cutre de la que todos deseábamos salir. Me gusta su mirada, quizá porque tiene la suerte de partir de un excelente texto. Sin embargo, podría pasar por un guion original para la pantalla. Buena ambientación, excelente música (los Chunguitos, las Grecas y demás, por supuesto, como debe ser) y actores que hacen creíbles sus personajes.

También acabé los Diarios de Chirbes, que me enganchó desde la primera página, y Contar las cuarenta, el volumen incalificable de Miguel Ángel Moreta-Lara, que no imagina que será un personaje en uno de los relatos de mi nuevo libro tangerino. Lo mismo, si lee este artículo, se entera. Es la suya una obra curiosa, llena de pequeños fogonazos (poemas, artículos, viajes, relatos…) que, a veces, te llegan muy dentro, como algunos de los textos que el autor agrupa bajo los capítulos de Leyenda, otros en Cuentos y también en Porfía. De todos estos, me resuena aún los titulados La biblioteca del preso Arturito, Apunte para la pequeña historia del señor Gonçales y ese maravilloso homenaje que es Los pequeños exilios en Mexico. Merecen su lectura para luego reflexionar sobre todo lo que nos ha narrado. He subrayado mucho en este libro.

Ando ahora con James Joyce, adentrándome en su biografía. Un tipo complicado, aunque con esto no descubro nada si pensamos en su Ulises (Ulysses).

Acabo de tener una idea para ese guion aún no escrito para la película que pergeña mi hijo Pablo, así que dejo esto que ahora relato y me pongo a esbozarlo.

Sergio Barce, 7 de enero de 2022

 

 

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FOTOS DE CINE – 24

La foto pertenece a un momento del rodaje de la película En un lugar solitario (In a lonely place, 1950). En ella vemos al director, Nicholas Ray, junto a los protagonistas de la cinta: Gloria Grahame y Humphrey Bogart, que atienden con suma atención sus explicaciones.

Es una de las obras maestras del cine americano, y no admito discusión. La reviso a veces por el solo placer de volver a escuchar sus diálogos, las frases lapidarias que lanza Dixon Steele, el personaje que interpreta Bogart en, quizá, uno de sus papeles más redondos. Y Gloria Grahame, como siempre, irradiando una sensualidad volcánica, una actriz que siempre me ha parecido excepcional. (A propósito de la Grahame, hay una cinta que recrea sus últimos años en Inglaterra, bastante curiosa, titulada Las estrellas de cine no mueren en Liverpool – Film stars don´t lie in Liverpool, 2017), cuando mantuvo una apasionada relación con un joven mucho más joven que ella.

El guion de En un lugar solitario es de Andrew Solt. Y Burnett Guffey es el responsable de su maravillosa fotografía en blanco y negro. La dirección de Nicholas Ray es sobria, pero soberbia.

La frase más famosa del film que pronuncia Bogart probablemente sea la siguiente:

«Nací cuando ella me besó, morí el día que me abandonó, y viví el tiempo que me amó» 

Sergio Barce, enero 2022

 

 

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SIDNEY POITIER

Siempre se pone de ejemplo a Cary Grant como el actor más elegante que ha pasado por la gran pantalla. Sin duda, Sidney Poitier no le anda muy a la zaga, pero jugaba con una carta de menos: no era blanco. En los años en los que comenzó a despuntar, ser negro no era ninguna ventaja, al contrario, hubo de luchar contra una absurda discriminación que postergaba a los actores de raza negra a roles menores, en general, de sirvientes o de esclavos. Pero apareció él y marcó estilo.

Yo era un ferviente admirador suyo por muchas razones: por su lucha en defensa de las libertades civiles, por su saber estar, por su educación, por su admirable elegancia natural, por su altísima calidad interpretativa. Además, hay que decirlo aunque uno sea hombre y heterosexual: el tipo era realmente guapo, atractivo y simpático. Sabía estar, y su poderosa presencia se imponía al resto de los actores que lo acompañaban en sus películas. Dio la réplica a Richard Widmark, a Clark Gable, a Burt Lancaster, a Spencer Tracy y Katherine Hepburn juntos, a Paul Newman (uno de sus grandes amigos) y a quien se le pusiera por delante. Actuaba, cantaba y bailaba. Y cuando se ponía un traje, caballeros, ah, entonces teníamos delante a un figura, un tipo que se movía con una soltura de gentleman. 

Creo que En el calor de la noche (In the heat of the night, 1967) la habré visto unas seis o siete veces. Cosas de enfermos por el cine. Su tour de force con Rod Steiger ha quedado ya entre las interpretaciones que cualquier cinéfilo rememora. Pero hay una escena en esa película que a mí, particularmente, me hace temblar de emoción. Se desarrolla en un invernadero al que acude el inspector Tibbs (Sidney Poitier) que investiga la muerte del señor Colbert, acompañado por el jefe de policía Gillespie (Rod Steiger). Hasta allí lo conduce un criado (negro, por supuesto), donde va a reunirse con el mandamás del pueblo, el señor Endicott, al que da vida el excelente Larry Gates. Endicott es un millonario lleno de odio y rencor que no soporta a los negros. Durante el diálogo que mantienen el inspector y él, hay un momento en el que Endicott pone de manifiesto su racismo y llega a comparar a los negros con una planta (hay que cuidarlos para que crezcan, como si no fuesen seres humanos). Pero, en ese momento, el inspector ha encontrado una pista que puede involucrarlo en el asesinato y Gillespie se da cuenta de ello. El señor Endicott percibe entonces que la visita no es de mera cortesía y se acerca al inspector Tibbs, pero el jefe de policía Gillespie quiere salir de allí cuanto antes. El diálogo que sigue es fantástico:

Gillespie:  No queremos molestarle más, señor Endicott.

Endicott:  ¿Por qué han venido ustedes?

Tibbs:  Para interrogarle sobre Colbert.

Endicott:  Me ha parecido no entender. ¿Ustedes dos han venido para interrogarme?

Tibbs:  Bueno, sus actitudes, señor Endicott, sus puntos de vista son bien conocidos. Algunas personas, todas las que trabajaban para el señor Colbert, podrían mirarle a usted como la persona que menos lamentaría su muerte… Tan sólo pretendemos aclarar algunas cosas… ¿Estuvo el señor Colbert en este invernadero anoche alrededor de las doce?

Endicott, mientras el inspector le hablaba, se ha ido acercando, y al escuchar esta última pregunta reacciona de una manera inopinada abofeteando a Tibbs que, por su parte, le responde inesperadamente al segundo devolviéndole la bofetada con el revés de la mano. Endicott se acaricia la mejilla, paralizado ante lo sucedido, al igual que Gillespie y el criado. Jamás nadie había osado en replicar al señor Endicott y menos aún en abofetearlo.

Endicott (aún estupefacto):  ¡Gillespie!

Gillespie (titubeante):  Diga…

Endicott:  ¿Lo ha visto usted?

Gillespie:  Sí… si, señor. 

Endicott:  Bueno, ¿qué va a hacer usted?

Gillespie (contrariado):  No lo sé…

Endicott (dirigiéndose a Tibbs, que lo mantiene la mirada, desafiante):  No olvidaré esto. Hubo un tiempo en que le hubiera hecho matar…

El inspector le da de lado y sale del invernadero, y, al poco, lo sigue el jefe de policía Gillespie. El criado, sin creerse lo sucedido, también abandona el lugar y el señor Endicott, ya a solas, no puede evitar ponerse a llorar de rabia, de frustración y de vergüenza, incapaz de soportar la humillación sufrida.

Cuando vi esta escena por primera vez en el cine, me revolví en mi butaca. Me había alegrado tanto de que ese personaje no se hubiese amilanado, que hubiera sido capaz de devolverle el golpe, y con esa elegancia, que hubiera aplaudido. Admiraba a ese inspector que iba contra todas las reglas, que rompía una lanza por la dignidad de los de su raza y, en general, por el ser humano. Pero en realidad era a Sidney Poitier a quien yo acababa de instalar en mi pódium particular de héroes imborrables. Y desde entonces ha permanecido en él. 

Sergio Barce, enero 2022

 

 

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