Leo esto en la página de Instagram del escritor David Rocha acerca de mi novela El laberinto de Max (Ediciones del Genal & Mitad Doble Ediciones). Infinitamente agradecido por sus palabras.
Llevo una semana hecho un guiñapo. El covid me ha cazado, así me lo ha confirmado el test de antígenos. Pero por suerte los síntomas que vengo padeciendo son como los de una gripe de toda la vida: cuerpo destemplado, cansancio, carraspera, algún estornudo y los músculos doloridos, como si me hubiesen apaleado. Suficiente para no tener ganas de nada. Y todo aderezado con este calor bochornoso y las noticias diarias que leemos en los periódicos o vemos en televisión que, en general, desmoralizan.
Pero no todo ha sido negativo. En estas semanas he visto buen cine, dos excelentes series de televisión y he leído también buenos libros.
La serie de televisión es Better call Saul, y las cinco temporadas disponibles en Netflix han caído una a una sin respiro. De lo mejor que he visto, con un guion que no deja de dar giros y de sorprender. La otra es la miniserie In my skin, dirigida por Lucy Forbes y Molly Manners. Dura y sin concesiones, no solo retrata a la adolescente protagonista sino a toda la sociedad británica. Una serie que plantea situaciones inquietantes, pero con una sutil carga de humanidad.
Muy recomendable el libro Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente, biografía escrita por Miguel Ángel Villena, editada por Tusquets. Conocer a fondo a García-Berlanga te hace apreciar aún más su trabajo y su persona. Eso me ha llevado a visionar, por enésima vez, su obra maestra El verdugo (1963). No hay mejor alegato contra la pena de muerte que esta historia de humor negro-negrísimo. Una de esas películas en la que ni sobra ni falta nada, con escenas que se quedan grabadas para siempre.
Curiosa la película Roman J. Israel, Esq., dirigida por Dan Gilroy, con un excelente Denzel Washington. Me ha atrapado el personaje central, una especie de idealista anclado en el pasado, que, por una serie de circunstancias, se convertirá en lo que siempre detestó. Y otra buena cinta es Historia de un matrimonio (Marriage story) de Noah Baumbach. El matrimonio lo interpretan Scarlett Johansson y Adam Driver, que están impecables. Me gusta el ritmo del film, la aparente simpleza de lo que se nos narra. Cómo sacar partido de una historia sencilla. Hay claras influencias del cine de Woody Allen, sin duda.
Si he revisado El verdugo, lo mismo he hecho con la relectura de Nada, de Carmen Laforet. Habían transcurrido no sé si cuarenta años desde que leí la novela por vez primera y al volver a hacerlo ahora me ha impresionado aún más. Es de una calidad admirable. Es una obra que no se marchita con el tiempo, al contrario, es moderna y actual. Me alegro de haber decidido volver a abrirla.
Entre lo mejor que ha ocurrido este verano (lo numero por comodidad): a) recibir un correo del maestro Javier Valenzuela tras leer el borrador de una novela negra que le he enviado, y que escriba, entre otras cosas: “tienes una novela negra mejor que la mayoría de la basura que se publica en España” (Pues no digo nada. Un empujoncito de ánimo.); b) ver acabada la maquetación de mi libro de relatos El mirador de los perezosos, que sale a la calle a primeros de septiembre; c) recibir una llamada inesperada de Mohamed el Morabet para charlar por charlar, y eso hicimos; d) estar con mis hijos más tiempo -el que podemos-; e) nadar en la playa (poco, para lo que me gusta, pero intensamente); f) haber llamado a Luis Salvago para que me hablara de su libro afgano; g) haber tomado unas cervezas con Jose Garriga Vela, una vez más; h) no haber pisado la feria; i) las cenas que hemos disfrutado con los amigos; j) escuchar música de fondo mientras escribo; k) los ratos callados viendo cine; l) comer con Jesús Ortega para hablar de todo lo que nos gusta; m) no pensar en el trabajo cinco horas seguidas (ni me lo puedo creer); n) haber cumplido un año más y haberlo celebrado; ñ) no sé qué poner en la ñ; o) darme cuenta de que me fluyen ideas sin cesar para nuevos libros y relatos; p) que mi padre siga con nosotros, que sea capaz de vivir con autonomía en su casa, que mantenga su lucidez; q) haber escrito mi primer guion para un largometraje que, ayer, envié a mi hijo Pablo para conocer su opinión. Creo que hay buen material. Hay más, pero me lo guardo.
Menciono dos libros más, y acabo. El primero, Plataforma (Plateforme) de Michel Houellebecq. Edita Anagrama. Una novela contundente. De narrativa ágil, sus planteamientos son realmente interesantes. Me ha gustado, porque deja un inquietante sabor de boca que te hace pensar durante unos días tras acabar de leerla. El segundo libro, que también recomiendo, es Cuaderno de memorias coloniales (Caderno de Memórias Coloniais) de Isabela Figueiredo. Publicado por Libros del Asteroide. También es un libro impactante en su despiadado y realista retrato de la actitud de los colonos portugueses en Mozambique hacia los negros, la independencia del país, la salida de los colonizadores, todo ello visto desde los ojos de una niña blanca. Como la propia escritora reconoce, es un libro escrito para librarse de la culpa. Muy buena lectura.
Me tomo otro paracetamol dispuesto a acabar con el covid que me ha trastocado los planes de estos días. Y acabo. No sé si tiene mucho sentido todo lo que he escrito, porque la idea inicial era hablar de Lorenzo Silva, de algo que he encontrado en un cuaderno de viajes. Lo dejaré para la próxima nota a pie de página.
Hoy, 14 de agosto, es mi cumpleaños. Me han abrumado la cantidad de felicitaciones recibidas, algo que agradezco. Sin embargo, desde 2014 el día de mi nacimiento coincide con el día del fallecimiento de mi madre. Ya escribí en su momento que, siguiendo su habitual humor negro, tal vez quiso gastarnos una última broma haciendo coincidir su muerte con el día en el que dio a luz a su primer hijo. En cualquier caso, esta celebración tiene ahora un poso amargo y, como en estos ocho años sin ella, durante la jornada siempre hay un momento en el que Maruja, Maru o Maruchi (la llamaban de esas tres maneras) reaparece. Lo hace como lo hacía el personaje de Ágata en mi novela El libro de las palabras robadas: sin avisar.
Hoy me ha dicho que me esperaba en la ventana del salón. ¿Qué ventana del salón? Le he preguntado extrañado; porque, en mi casa, del salón se pasa directamente a la terraza. Ella se burla de mi inocencia y me replica: te espero en «nuestra» ventana.
Esta era nuestra ventana. En la avenida Mulay Ismail, en Larache, sobre el Balcón del Atlántico, con el océano perdiéndose en el horizonte sin límite. Y ahí estamos mi madre y yo, congelados en una de las mejores fotografías que mi padre pudo hacer con su Leica. Pero hoy me ha hecho volver a su vera, con mis siete u ocho años, aunque siendo el hombre de hoy.
Yo a la izquierda y ella a la derecha, nos deleitamos en ver pasar a la gente por la avenida, en perder la vista en el océano, hoy en calma. Giro la cabeza para observarla. Tiene un bonito perfil mi madre. El fastidio de estos encuentros es que no podemos tocarnos, pero sí puedo percibir el olor de su piel. Siempre ha desprendido un suave aroma a mar abierto.
¿Por qué me has hecho venir hasta Larache? ¿Hay que mirar algo en especial? Ella asiente. Sí, añade. Y señala con el índice. Allí, en la balaustrada, dice. Vaya, exclamo en voz baja. Me ha sorprendido verla allí (ahora posee la facultad de estar en varios lugares a la vez, como cualquier muerto) junto a mi padre. Unos adolescentes que pasean de la mano. Ese día, me cuenta, tu padre me dio un beso que duró más de dos minutos y estuve a punto de ahogarme. ¿De veras?, le pregunto. ¡Qué va!, replica arqueando las cejas. Entonces no podíamos ni ir de la mano por si nos veía el abuelo, y los besos siempre a escondidas. Se ríe, de esa manera suya que le impedía seguir hablando hasta que conseguía contenerse. Pero, continúa ella, buscábamos la manera de hacer lo que queríamos sin que nadie nos viera, ¿qué te crees? Conociéndoos, no me extraña, le respondo. Siempre hubo pasión entre mis padres.
¿Te acuerdas cuando os enseñaba los picardías que compraba para ponerme? Sí, mamá, me acuerdo. Y también me acuerdo que papá se enfadaba contigo. ¡Maru, por favor!, refunfuñaba escondiéndose tras el periódico. ¡Pero si lo compro por ti!, le decías muriéndote de la risa. ¿O no te gusta verme entrar en la habitación con un camisón transparente? ¿Te lo vas a poner esta noche, mamá? Preguntaba yo. ¿Pues claro! A tu padre le encanta, insistías. Y papá se removía tras el periódico, pero acababa por rendirse y también reía contigo. Qué cosas tiene tu madre, protestaba sin convicción.
Veo a mis padres perderse por la avenida camino de la Plaza. ¿Hay algo más que quieras que mire?, le pregunto. Porque ella, pese a que sigue paseando de la mano con mi padre, también continúa apoyada en el marco de la ventana. Solo quería felicitarte por tu cumpleaños, me dice. ¿Recuerdas la tarta de merengue que comprábamos para los cumples en la Pastelería Montecatine? Claro, le digo. Me gustaba pasar el dedo índice por el borde y arrastrar el merengue, y luego llevármelo a la boca. ¿Y los pastelillos que preparaba Mina? ¿Te acuerdas? Claro, mamá. Tenía en la cocina una especie de molinillo en el que introducía la masa que luego iba saliendo poco a poco en forma de galleta rectangular por una boca lateral.
¿Sabes por qué cada año te hago regresar a esta ventana? La miro intrigado. Porque aquellos años fueron los más felices de nuestras vidas. Sé que tu padre daría marcha atrás para volver a esa época. Te echa mucho de menos, le digo. Y añado: habla de ti cada día. Lo sé, me responde ella. Yo ando siempre cerca de tu padre y lo escucho; y noto que él sabe que siempre estoy ahí.
Guardamos silencio. Es una pena no poder tocarla y he de conformarme con volver a mirarla. Su suave perfil, su cabello rubio, sus ojos llenos de añoranza.
Ahora me voy al río, me dice. Claro, replico. Me gustó aquella ceremonia que me dedicásteis antes de arrojar mis cenizas al Lucus. Se está bien ahí, añade. Es como estar en casa. Además, añade, es lo que yo deseaba y cumplísteis mi deseo. Me alegro, mamá.
Mi madre se desvanece camino del río y nuestra ventana desaparece. De pronto, estoy frente a mi ordenador escribiendo todo esto. Pero durante un buen rato aún se mantiene en el aire un vago aroma a mar abierto, y eso me reconforta.
Ayer apuñalaron a Salman Rushdie cuando iba a impartir una conferencia en Chautauqua, una localidad del estado de Nueva York, y, según las últimas noticias, su estado es grave. Llevaba 33 años condenado a muerte por una fatua de Jomeini que decidió que el escritor había insultado al Islam; y la prensa iraní, haciendo gala de su ignorancia y de la intransigencia heredada de los ayatolás, ha aplaudido la salvaje agresión cometida por un descerebrado.
Como bien ha expresado mi amigo, el realizador de cine Abdeslam Kelai, “Estoy seguro de que, el que lo apuñaló, no leyó su novela, y el que apuñalaba a Naguib Mahfouz no leyó la novela <Hijos de nuestro barrio>. ¡Porque el que lee no apuñala!”.
Habría que recordar que, en 1989, el azote de los infieles y pecadores, el impresentable Jomeini, también dictó una fatua condenando a muerte al más famoso de los novelistas marroquíes, Mohamed Chukri.
Dos condenas a muerte por escribir. A Rushdie por Los versos satánicos y a Chukri por El pan a secas. Qué miedo tienen estos guías espirituales a la libertad de pensamiento. Ellos que creen ser los portadores de una verdad manipulada que es su mentira. Ellos que utilizan a los más ignorantes. Ellos que prohíben libros. Ellos que solo siembran el odio.
La libertad de expresión, de opinión, de conciencia y de creación debe ser preservada contra todo y contra todos. Uno puede sentirse cómodo o incómodo con una novela, un poema, una obra de teatro o una película, con un autor en concreto o con alguna de sus creaciones, estar o no de acuerdo con sus opiniones o puntos de vista, pero eso no da derecho a que se pueda prohibir o censurar su trabajo, menos aún a cercenar su vida. Al contrario, da derecho a conocer sus trabajos y a poder debatirlos, a cambiar impresiones y a cruzar ideas, en definitiva, a enriquecernos como personas.
De los dos autores condenados a muerte, siento especial debilidad por Chukri, por muchas razones. Y será a él a quien utilice como ejemplo de que los fanáticos jamás vencen.
Chukri, desde que tuvo conocimiento de la fatua de Jomeini, llevaba un cuchillo encima y no se arredró, siguió defendiendo su concepción de la vida. No lo doblegaron. Sus obras le han sobrevivido y siguen ahí, en todas las librerías del mundo. Su figura crece cada año. Y ésa es su gran victoria frente a Jomeini que ya no es más que polvo olvidado en el desierto.
No sé si Rushdie sobrevivirá o no, espero que sí. Pero este atentado a su vida hará que sus libros se vendan más, que llegue aún a más gente, que su obra se defienda con más vehemencia por quienes detestamos la intolerancia y la intransigencia, la imposición de las ideas o de la religión. Que, como Chukri, venza.
Mohamed y Salman. Si Dios existe, no tengo ninguna duda de que está con ellos.
Como ya hiciera en sus anteriores novelas ambientadas en el Protectorado español de Marruecos y en la II República, con títulos como La ciudad del Lucus, El general Silvestre y la sombra del Raisuni, Las semillas de Annual o La rebelión del general Sanjurjo, Luis María Cazorla vuelve a sumergirnos en otro episodio histórico con su nueva obra Melilla 1936, ambientada en los días previos al golpe de Estado contra la República.
Con su habitual estilo tan galdosiano, en esta ocasión Cazorla recrea el ambiente, las circunstancias, los hechos concretos que acaecieron en Melilla en esas tristes jornadas que dieron origen a la guerra civil. Como bien explica en la nota que cierra el volumen, al contrario que en sus anteriores novelas, en ésta todos los personajes son reales, protagonizaron los acontecimientos que se relatan y reviven gracias a un cuidadoso trabajo de investigación y documentación.
Fiel a ese estilo que antes mencionaba, Luis María Cazorla logra reconstruir el ambiente que se respiraba en la ciudad, la tensión entre los grupos de izquierdas y republicanos por un lado y los militares y falangistas que preparaban el golpe de mano por otro. Utiliza para ello a un personaje singular y admirable: Joaquín María Polonio Calvente, el juez de primera instancia e instrucción que fue designado para ocupar la vacante del juzgado de Melilla en tales fechas, y a través de su mirada lúcida y racional asistimos a los hechos que se fueron precipitando en esos días. Cazorla no oculta su admiración por este hombre íntegro y leal, que solo pretendía hacer cumplir la ley sobre cualquier otra consideración, y tampoco disimula su respeto hacia su figura como defensor del Derecho, probablemente porque el autor es también un reconocido y prestigioso jurista.
“…<La entrevista con el general Romerales fue decepcionante -escribía poco después Joaquín Polonio mientras que a través de la ventana entreabierta llegaban ruidos dispersos, última entrega de la animación que había reinado hasta hacía poco en la concurrida calle donde estaban el juzgado y su vivienda-. Este militar de alta graduación es culto, ha escrito varios libros y creo que toca aceptablemente el piano, me parece, además, una buena persona, pero, aunque está cargado de buenas intenciones republicanas, lo veo cautivo de una ingenuidad que deforma la realidad que lo rodea. Ojalá me equivoque, pero considero que no da la talla para un puesto tan delicado como el que desempeña. Es la segunda vez que lo nombran jefe de las fuerzas militares de la circunscripción oriental y comandante general de Melilla, y, a pesar de ello, cuando me entrevisté con él hace unos días me dio la impresión de no haberse caído todavía del guindo. Lo veo demasiado confiado y haciendo lo indecible por resaltar que tiene todos los resortes militares en sus manos. Que me disculpe, pero por los contactos personales que voy teniendo y por todo lo que me llega al juzgado, dudo mucho que a los Seguí, Barrón, Gazapo, Bartomeu, Rolando de Tella y compañía los tenga embridados. Me temo que estos militares tienen carácter más fuerte, experiencia de mando directo más actualizada y determinación más férrea que Romerales, por muchos distintivos de general de brigada que éste exhiba en su uniforme. Por decirlo de otra manera: estoy muy preocupado. Redactar estas líneas me sirve de desahogo.
(…) Me preocupa mucho la actitud amenazante de los militares que no soportan el sesgo que ha tomado la República con la victoria electoral del Frente Popular. Las informaciones que recabo de aquí y de allí y las opiniones que voy formando a partir de conversaciones más o menos fortuitas con sus cabecillas me llevan a pensar que son muchos, que les son afectas muy importantes unidades de la circunscripción y que se están preparando concienzudamente para no sé qué, pero, en todo caso, para algo atentatorio contra la legalidad republicana con la que se consideran incompatibles. Me dan mucho miedo los Seguí, Barrón, Bertomeu y compinches… (…) Cuando hablo con Romerales de este feo asunto, me queda el agrio sabor de boca producido por lo que voy a llamar su aldeanismo. Parece solo mirarse en el ombligo de Melilla; su visión llega poco más allá de Nador y Segangan y lo hace muy a duras penas hasta Alhucemas. No hay que tener muchas luces para comprender que la trama de militares antifrentepopulistas únicamente tiene sentido encadenada con otras de mucho más allá de Melilla.
Si se me apura, la entrevista con Romerales me sirvió para tomar conciencia de que el horno que es Melilla hierve a temperatura todavía más alta que la que yo soy capaz de apreciar. Hasta ese momento me limitaba a la idea que me he ido haciendo de los militares enfrentados a una República que, según ellos, está traspasando muchos límites infranqueables. No era consciente de la confabulación de otro tipo de militares descontentos que, primero, consideran que la República del Frente Popular está amenazada por sus compañeros derechistas, y, segundo, que la República está siendo demasiado pacata en sus avances sociales y políticos. A raíz de la reunión del otro día en la comandancia general he indagado con la ayuda de Lalaguna y me han soplado varios nombres de este último grupo entre los que he retenido los de los capitanes Leret, Casado y Rotger y del teniente Arrabal, que con mayor o menor intensidad conspiran con este otro sector…”
Con habilidad, Luis María Cazorla hace de su protagonista un hombre de carne y hueso y creíble. Sus pensamientos, que va volcando en un diario que escribe cada noche, sus inseguridades, sus temores y sus ideales de justicia nos acercan a él, hasta el punto de que acabamos, al menos en mi caso, por sentir una cierta compasión. Compasión porque poco a poco contemplamos cómo la realidad lo fue engullendo pese a su resistencia numantina. Y es que Joaquín Polonio, como juez, decidió atenerse a la legalidad y, sin embargo, eso no bastó para que, quienes quebraban el orden establecido, respetasen su buen hacer y su saber estar. Joaquín Polonio era un buen hombre y su actitud representa la integridad, la justicia y la honradez.
Cazorla también consigue que asistamos al golpe de Estado que se urdió en Melilla casi segundo a segundo. Bien documentado, como decía antes y tal y como Luis me ha confirmado cuando hemos hablado de la novela, coloca al lector en mitad de los conciliábulos y de las reuniones que se iban organizando por los rebeldes día a día, descubriéndonos la clase de gente que eran, sus dudas, sus pasiones y sus fanatismos. Cómo iban logrando que otros militares, dubitativos, acabaran engrosando sus filas a base de intimidación y de presiones de todo tipo. Y también mostrarnos la fragilidad de una República que, en el instante más crucial, estuvo en manos de autoridades, civiles y militares, sin carácter y sin valentía, como el general Romerales en Melilla o Casares Quiroga en Madrid.
“…Solans, al enterarse de que le iba a informar de algo que le interesaría relacionado con el juez que le había plantado cara, recibió a García Vallejo la misma tarde del sábado, a pesar de la desenfrenada actividad de aquellos momentos cruciales para el levantamiento le obligaban a desplegar.
Lo recibió en el despacho que le correspondía como nuevo jefe de la circunscripción oriental de Marruecos y comandante general de Melilla. Lo hizo acompañado del teniente coronel Peñuelas, que de jefe de estado mayor había pasado a encargarse de los asuntos de justicia.
(…) Cuando García Vallejo concluyó satisfecho al percibir que había dado en la diana, Solans se concedió quebrar su normalmente mesurado comportamiento. Por su boca se despeñaron exabruptos malsonantes y cuarteleros dedicados al roblizo magistrado. Pero al pronto se controló, su semblante volvió a su ser natural sobrio y comedido. Agradeció a su visitante la información y, virando la cabeza hacia un Peñuelas que no había parado de escribir, le ordenó con palabras cortantes: <Redacte usted con toda urgencia un informe que recoja al detalle estos hechos y manifestaciones y páselos sin demora alguna a la auditoría de guerra para que nos informe de cómo proceder contra ese juececillo que se permite desafiar de palabra y ahora con hechos las órdenes de la autoridad nacida de nuestro movimiento nacional. ¡Quiero que esté esta misma tarde! ¡Comportamientos como el suyo no pueden quedar impunes! ¡Contra el enemigo con armas o sin armas hay que extremar la contundencia hasta donde sea menester!>. Estas aterradoras palabras quedaron suspendidas en el aire mientras que Peñuelas y García Vallejo se despedían y salían zumbando del despacho. Solans, cuando volvió a sentarse en el sillón del escritorio, murmuró para sí: <Creo que lo hemos pillado. No tomaremos el juzgado con las armas, como le dije ayer al dichoso juez, lo haremos con lo que se pavonea tanto, lo haremos con la ley, con el Código Penal>, y procedió seguidamente a revisar las listas de sindicalistas, militantes de organizaciones izquierdistas y dirigentes frentepopulistas que había que localizar sin tardanza para que los de la Falange de la sangre, que encabezaban el teniente y cruel falangista Sánchez Suárez y el herrador militar y fanático falangista Cuadrado Yelo, los eliminaran por la vía rápida…”
La conclusión de la novela es devastadora: los golpistas fueron capaces de retorcer la interpretación de la ley para aplicarla a su capricho. Si era necesario mentir, se mentía. Si era preciso pervertir los consejos de guerra, se pervertían. Si era beneficioso para la causa rebelde condenar a un inocente, se le condenaba. Todo bajo la excusa de regenerar a España y salvarla de la República. Lo que sí me queda claro es que el triunfo del Frente Popular y el asesinato de Calvo Sotelo solo fue una excusa para el definitivo levantamiento de los militares que ya venían rumiando desde hacía años.
Me ha conmovido el paso de Joaquín Polonio por la alcazaba de Zeluán, convertida, tras el golpe de Estado, en un campo de concentración; su estado calamitoso, sus penurias a la espera de un juicio que presumía injusto y vengativo. Luis María Cazorla parece proyectarnos en una pantalla esos días de reclusión, para enseñarnos la manera en la que los golpistas trataban de quebrar la entereza de un hombre bueno. La degradación a la que lo sometían, no solo a él sino a todos los detenidos.
Pero Cazorla, sin apartarse de los hechos acaecidos, rinde un hermoso homenaje a este juez humilde e íntegro que no se dejó arrastrar por los acontecimientos, que supo defender sus principios morales y éticos y que no se humilló ante los fascistas.
“…Soy consciente -masculló para sí ya en el despacho- de la impotencia de una lucha estrictamente jurídica contra el poder militar armado hasta los dientes y encabezado por jefes ebrios de odio y deseos de venganza frente a la mayor parte de la sociedad melillense que no piensa como ellos, como se demostró en las elecciones del pasado febrero. No soy menos consciente -siguió recapacitando mientras se sentaba en el sillón de su escritorio- de que lo que yo pueda hacer sería inútil casi con toda seguridad. Lo sé todo, no me engaño, pero tengo que ser fiel a la misión a la que he consagrado una parte muy importante de mi persona y hacerlo cueste lo que cueste…”
Una novela para adentrarse en los días más oscuros de nuestra Historia y descubrir a un héroe anónimo al que he comenzado a admirar desde que Cazorla lo ha rescatado del olvido.