
Descripción de Larache y zonas circundantes
Por Luis de Mármol y CarvajalLIBRO PRIMERO: DE LA GENERAL DESCRIPCIÓN DE ÁFRICA Y DE TODAS LAS PROVINCIAS, REINOS Y SEÑORÍOS DE ELLA, Y DE SUS POBLACIONES Y COSAS MEMORABLES.
CAPÍTULO CUARTO: DE LA DESCRIPCIÓN QUE EL AUTOR HACE DE LA REGIÓN DE ÁFRICA, Y CIRCUITO DE ELLA:«(. .. ) Luego está Yelez [sic], Vélez de la Gomera, o por mejor decir el Peñón que está a la mar, Tetuán, Ceuta, Alcaçar Ceguer (por otro nombre de Moçu Muda [sic)) que son en el propio Estrecho de Gibraltar, y pasando hacia el mar Océano occidental donde comenzamos, están las ciudades de Tánger, Arzila, Larache, Maamora, Cale, Rabato, Anfa, o Anafe, y los puertos de Marçafalda y Abça, que todos caen en la costa del reino de Fez».
CAPÍTULO SEIS: DE LA PARTICULAR DESCRIPCIÓN DE BERBERÍA, Y DE LOS REINOS, PROVINCIAS, Y CIUDADES PRINCIPALES QUE HAY EN ELLA:
«En el reino de Fez hay otras siete provincias. (…) La tercera es Asgar, y la ciudad principal de ella es Alcaçar Quibir, aunque primero (antes que Yacub Almansur la edificase) lo era la ciudad de Larache».
CAPíTULO NUEVE: EN QUE SE CONTIENEN LOS RÍOS MÁS FAMOSOS QUE ATRAVIESAN POR BERBERÍA:
«Lucus, es un río grande que nace en las tierras de la Gomera, y corriendo hacia poniente atraviesa por las provincias de Azgar, y del Habat, y pasando junto a la ciudad de Alcaçar Quibir hace unas lagunas muy grandes a donde se cría infinito pescado, y después saliendo de ellas se va a meter en el mar Hercúleo cerca de la ciudad de Larache (que los Africanos llaman el Arays) donde la provincia de Azgar confina con la de el Habat. En la boca de este río está el puerto de aquella ciudad donde acuden algunos navíos de mercaderes cristianos con mercaderías de Europa, mas es la barra tan dificultosa de tomar, que si el piloto no es bien platico de la entrada corre peligro cualquier navío. Llama Ptolomeo este río Lisso, y pone la boca de él en grados seis, y minutos veinte, de longitud; y grados treinta y cinco, y minutos quince, de latitud».
LIBRO CUARTO: DE LA DESCRIPCIÓN DE ÁFRICA, EN EL CUAL SE CONSIDERAN LAS PROVINCIAS, CIUDADES, Y VILLAS DEL REINO DE FEZ, Y LAS POBLACIONES DE LAS SIERRAS, CON ALGUNOS SUCESOS DE GUERRAS Y COSAS DIGNAS DE MEMORIA.
CAPÍTULO XL: QUE TRATA DE LARACHE, CIUDAD DE LA PROVINCIA DE AZGAR EN EL REINO DE FEZ:“La ciudad de Larache, que los africanos llaman Elarayz de Beni Aroz, es una ciudad antigua edificada por los naturales de la tierra en la costa del mar Océano Hercúleo donde el río Lucus (o Lisso) entra en el dicho mar. La cual está cercada por un cabo de la mar, y por el otro el río. Antes que los cristianos ganasen la ciudad de Arcila, estaba Larache muy poblada, mas después la desampararon los moradores de miedo, y estuvo más de veinte años yerma, hasta que Muley Nacer tío de Hamet Oataci postrer rey de Fez del linaje de los Merinis Oataces, la fortaleció, y pobló, y tuvo allí su frontera contra los cristianos de Tanjar, y de Arcila, no con poco temor de que se la habían de llevar cada día, y así la tenía proveída de artillería, y municiones, y vituallas. La barra de este río tiene peligrosa entrada para los navíos, y junto a ella está un castillo que edificó aquel Muley Nacer. La ciudad está toda cercada de muros, y al derredor de ella hay muchos prados, y grandes lagunas donde se crían infinitas anguilas, y aves de agua, y en la ribera del río están espesos bosques de arboledas donde andan muchos leones y otras fieras. Son los moradores de Larache por la mayor parte carboneros, y su principal granjería era ir a vender carbón en las ciudades de Tanjar, y Arzila en tiempo que eran de moros, y después acá en tiempo de paz lo llevaban en unas barquillas a vender a los cristianos. En todos los campos al derredor se coge mucho algodón, y en el río mueren muchos sábalos. Dentro de una barra está un mediano puerto para bajeles pequeños, donde suelen acudir los mercaderes cristianos de Europa con sus mercadurías que llevan de allí a Fez y a otras partes. No viven los moradores de Larache ahora con tanto cuidado como solían después de que el rey de Portugal dejó la ciudad de Arzila. El Xerife Abdala tiene puesto un alcalde que gobierna las tres ciudades de Arzila, Alcaçar el Quibir, y Larache el cual tiene quinientos de a caballo, y más de mil escopeteros de a pie con los que va de ordinario a correr a Tanjar, y él reside lo más del tiempo en Alcaçar, y anda visitando la frontera de un cabo a otro».
Antes de entrar en el detallado artículo de Antonio García y Bellido, sólo a modo de recordatorio, o de complemento, dejar constancia de dos hechos que, tal y como me indicaba Mariano Bertuchi, no se mencionan en este artículo: la primera es que, actualmente, la máscara de «Oceanus» se encuentra en el Museo Arqueológico de Rabat, y la segunda es que su descubridor fue el arqueólogo español Sr. Montalbán, según se menciona en la Revista África de 1º de noviembre de 1927.
Sergio Barce, enero 2014
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Máscara en bronce de «Oceanus» hallada en Lixus, cerca de Larache
por Antonio García y Bellido
Aunque de modo provisional e insuficiente, publicamos aquí este valioso relieve en bronce que fue hallado, hace algo más de un decenio, en las ruinas de la ciudad romana de Lixus, sucesora de la vieja colonia fenicia, que, gracias a las excavaciones tiempo ha emprendidas, se va poniendo al descubierto.
La máscara broncínea de Lixus representa una hermosa y severa faz de divinidad marina, finamente modelada, y cuyo perímetro tiende a llenar un círculo. Su movida y flotante cabellera, su poblada barba y largos bigotes de retorcidos rizos, parecen movidos, al modo como se agitan las hierbas submarinas por las ondas salitrosas del Océano. Entre la húmedas guedejas de la divinidad nadan y saltan unos delfines, trenzando sus graciosos giros con las espirales y volutas de los mechones del severo dios del Mar. Su duro gesto, sus anchas facciones, su boca entreabierta y anhelante, recuerdan plásticamente la terrible y constante amenaza de la mar, la amplitud inmensa del Océano y el fuerte aliento de las brisas marinas. La piel de su rostro no es humana. Como corresponde al carácter oceánico de la divinidad, frente y pómulos se ven cubiertos por una epidermis de anchas hojas de alga. En consonancia también con la fauna que habita su reino frío, la corona no es otra que las dos potentes pinzas, abiertas, de un cangrejo de mar.
Estos bellos simbolismos nos llevan fácilmente a ver en la máscara broncínea de Lixus, no una divinidad fluvial, sino la majestuosa y severa corporización del Okeanós griego, del Oceanus latino, cuyas olas batían constantemente las playas litorales de Lixus, asomada al dilatado y misterioso Atlántico en los confines del Mundo entonces conocido.
Su paralelo más próximo y más importante es la cabeza de la sala Rotonda del Museo del Vaticano. Salvo la doble mandíbula de cangrejo, que no tiene la colosal testa de Roma, y algún otro detalle que no presenta la de Lixus, en general los mismos simbolismos (piel de algas, boca entreabierta, delfines nadando entre las húmedas guedejas) aparecen tanto en una como en otra figura. La del Vaticano, sin embargo, no muestra esa expresión dura y magníficamente expresiva del relieve discoideo de Lixus.
Es, por el contrario, tranquila y paternal, como la del Nilo yacente del mismo Museo. Parece como si la figura del Vaticano, que fue hallada en Puteoli, simbolizase al plácido Mediterráneo o a la bahía azul y serena de Baiae, y la figura de Lixus al profundo Océano, bravo y misterioso, que rompe en las costas mauritanas. El tipo es creación eminentemente griega helenística. El hermoso busto marmóreo del Vaticano no es sino un apreciable trasunto de un original perdido y datable en aquella época. La figura de Lixus, sin embargo, parece haber sido versión de un original, quizás más grandioso que el que inspiró al copista del busto vaticano.
En la época romana imperial se hicieron muy frecuentes las representaciones de Oceanus, unas veces con los atributos dichos y otras con otros similares derivados del tipo paralelo, aunque más antiguo, de Acheloús, la divinidad mugiente de los ríos, el toro androkephalos, corporización de la fuerza arrolladora de los torrentes y las avenidas fluviales. Este tipo es el llamado Ωκεανός ταυρόκρανος, que por no tener relación plástica o somática con el nuestro prescindimos de sus ejemplos. En general, en lugar de las pinzas de cangrejo suele llevar como atributo la cornamenta del toro. Del tipo del de Lixus son, por ejemplo, el del mosaico de las termas de Medeina, los de Bir Chana, Sidi-el Hani, etc., etc., en Argelia; la máscara de bronce del Museo Wallraf-Richartz, de Colonia (núm. 1.087), muy semejante a la nuestra por sus atributos, pero muy inferior a ella en arte. Una cabeza de Oceanus de cierto altar de Diana (Roscher, Lexikon d. Myth., III, 818) presenta la mezcla curiosa de los cuernos de toro y las mandíbulas de cangrejo.
Gran analogía en su inspiración artística presentan también las innumerables representaciones de Medusas, de las cuales debemos destacar, por su similitud técnica y conceptual con la figura de Lixus, la magnífica máscara que, procedente de las naves de Nemi, guarda el Museo Nacional de las Termas.
No sabemos de qué formó parte el hermoso relieve broncíneo de Lixus. Pero, sin duda, fue en su tiempo una pieza decorativa de aplicación. Lo mismo pudo exornar el peto de una coraza, como un mueble o un objeto de uso. La calidad del relieve, obra de un artista nada vulgar, hace de él una verdadera obra de arte y, hasta en lo que hoy recordamos, es sin duda el mejor ejemplar en bronce llegado a nosotros de este tipo concreto. Su fecha no debe distar mucho de la segunda mitad del siglo I después de J.C., si no cae dentro de este mismo período.

“…Una de mis distracciones era observar, con el anteojo de campaña, la cabila vecina. La cabila me daba una acentuada sensación de vida en común, de macrocosmos social, que no podía obtener del régimen militar de mi puesto. Desde muy temprano, mi lente acechaba por el párpado abierto de una aspillera. El aduar estaba sumergido en un barranco y tenía que esperar, para verlo, a que el sol quemase las telas de la niebla. Entonces aparecían allá abajo, como en las linternas mágicas de los niños, la mora del pollino y el moro del Rémington, la chumbera y la vaca, el columpio del humo sobre la choza gris.
Buscaba a la mujer. A veces, una silueta blanca que se evaporaba con frecuencia entre las higueras hacía fluir en mí una rara congoja, la tierna congoja del sexo. ¿Qué clase de emoción era aquélla que en medio del campo solitario me ponía en contacto con la inquietud universal? Allí me reconocía. Yo era el mismo que en una calle civilizada, entre la orquesta de los timbres y las bocinas, esperaba a la muchacha del escritorio o del dancing. Yo era el náufrago en el arenal de la acera, con mi alga rubia y escurridiza en el brazo, cogida en el océano de un comedor de hotel. Y aquel sufrimiento de entonces, tras el tubo del anteojo, buscando a cuatro kilómetros de distancia el lienzo tosco de una mora, era el mismo que me había turbado en la selva de una gran ciudad.
Nuestra única visita, aparte del convoy, era una mora de apenas quince años, que nos vendía higos chumbos, huevos y gallinas.
—¿Cómo te llamas, morita?
—Aixa.
Era delgada y menuda, con piernas de galgo. Lo único que tenía hermoso era la boca. Una boca grande, frutal y alegre, siempre con la almendra de una sonrisa entre los labios.
—¡Paisa! ¡Paisa!
Chillaba como un pajarraco cuando, al verla, la tromba de soldados se derrumbaba sobre la alambrada. Yo tenía que detenerlos:
—¡Atrás! ¡Atrás! Todo el mundo adentro.
Ella entonces sacaba de entre la paja de la canasta los huevos y los higos y me los ofrecía en su mano sucia y dura. Yo, en broma, le iba enseñando monedas de cobre; pero ella las rechazaba con un mohín hasta que veía brillar las piezas de plata. A veces, se me quedaba mirando con fijeza, y a mí me parecía ver en aquellos ojos el brillo de un reptil en el fondo de la noche. Pero en alguna ocasión el contacto con la piel áspera de su mano me enardecía, y cierta furia sensual desesperaba mis nervios.
Entonces la dejaba marchar y le volvía la espalda para desengancharme definitivamente de su mirada…”

“…Minutos después el convoy de Audal estaba en la carretera, dispuesto a partir. Lo componían el cabo, seis soldados, dos acemileros y dos mulos. En uno de éstos se habían colocado una jamuga para Carmen, que llegó con el coronel entre una doble fila de ojos anhelantes. El coronel la ayudó a subir a la cabalgadura, sosteniendo en su mano, a manera de estribo, el pie pequeño y firme. Fue aquél un instante espléndido e inolvidable, porque, por primera vez y en muchos meses, los soldados del zoco vieron una auténtica pierna de mujer, modelada mil veces con la cal del pensamiento. Ya a caballo, Carmen repartía risas y bromas sobre el campamento, sin pensar que sembraba una cosecha de sueños angustiosos. Diana refulgente sobre la miseria de la guerra, en lo alto de un mulo regimental, mientras los soldados la seguían como una manada de alimañas en celo, Carmen era otra vez la Eva primigenia que ofrecía, entre otras promesas y desdenes, el dulce fruto pecaminoso.
Aquellos hombres se custodiaban a sí mismos. Porque, de vez en cuando, la falda exigua descubría un trozo de muslo, y algún soldado, sudoroso y rojo, exhalaba un gruñido terrible.
El sol bruñía la montaña y calcinaba los pedruscos. Al cuarto de hora de camino, Carmen pidió agua. El cabo le entregó su cantimplora y ella bebió hasta vaciarla.
—¡Qué calor, Dios mío! ¿Falta mucho?
—¡Huy, todavía!…
Le cayeron unas gotas en la garganta y ella bajó el escote para secarse. Pelayo sintió que la sangre le afluía a las sienes como una inundación.
Al devolverle la cantimplora, Carmen le rozó los dedos con su mano. Y Manolo Pelayo estuvo a punto de tirar el fusil y detener al mulo por la brida, como los salteadores andaluces…”
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