Archivo del Autor: sergiobarce

Con el escritor PEDRO DELGADO

Pedro Delgado publicó en el año 2000, «Al Sur del Sáhara (Cuaderno de viaje del África Negra)» (Caligrama Ediciones, Málaga),

que presentamos en el Colegio Luis Vives de Larache.

PEDRO DELGADO Y SERGIO BARCE

Pedro Delgado y Sergio Barce

Pedro Delgado y Sergio Barce

Pedro Delgado & Sergio Barce

También ha publicado «Neguinha, la garimpeira» (Barrabes Ed. ,2007) y la novela «Los ojos del cordero» (Alfama, 2008). Y pronto se editará «Carta desde el Toubkal«

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«SOMBRAS EN SEPIA» DE SERGIO BARCE, según JON JUARISTI

SOMBRAS EN SEPIA de Sergio Barce

Según Jon Juaristi, SOMBRAS EN SEPIA (Pre-Textos, Valencia – 2006) de Sergio Barce es una novela realista en su concepción y convencional en su estilo, pero muy bien escrita, con pocas concesiones a la experimentalidad. Hay un juego con el tiempo muy bien construido. Es una novela con una fuerte densidad psicológica que se pone de manifiesto en la buena construcción de los personajes. Tiene cierto elemento dramático que desemboca en la actualidad, como el problema de la inmigración y la integración de los inmigrantes. También tiene algo de arquetípico: el amor del viejo y la niña, pero es una sabia utilización de un tópico literario para tratar un tema de actualidad”.

JON JUARISTI

JON JUARISTI

Poeta y ensayista, Jon Juaristi es Doctor en Filología Románica, ha sido catedrático de Filología Española en la Universidad del País Vasco y en la New York University; asimismo ha sido profesor investigador en el Colegio de México, México D.F.,  profesor titular de la Cátedra de Pensamiento Contemporáneo de la Fundación Cañada Blanch en la Universidad de Valencia, director de la Biblioteca Nacional y Director del Instituto Cervantes. Fue galardonado con el Premio Nacional de Literatura en 1998.

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MARIO VARGAS LLOSA, Premio Nobel de Literatura 2010

MARIO VARGAS LLOSA

MARIO VARGAS LLOSA

Una vez la vi limpiar sus zapatos blancos. Los iba pintando con una tiza por todas partes, con mucho cuidado, como cuando hacía las tareas del colegio. Así los tenía nuevecitos, pero sólo un momento, porque al rozar con algo la tiza se corría y se borraba y el zapato se llenaba de manchas. Una vez pensé: “si tuviera muchas tizas, tendría los zapatos limpios todo el tiempo. Puede llevar una tiza en el bolsillo y apenas se despinte una parte, saca la tiza y la pinta”. Frente a mi colegio había una librería y una tarde fui y pregunté cuánto costaba la caja de tizas. La grande valía seis soles y la chica cuatro cincuenta. No sabía que era tan caro. Me daba vergüenza pedirle dinero al flaco Higueras, ni siquiera le había devuelto su sol. Ya éramos más amigos, aunque sólo nos viéramos a ratos, en la chingana de siempre. Me contaba chistes, me preguntaba por el colegio, me invitaba cigarrillos, me enseñaba a hacer argollas, a retener el humo y echarlo por la nariz. Un día me animé y le dije que me prestara cuatro cincuenta. “Claro hombre, me dijo, lo que quieras” y me los dio sin preguntarme para qué eran. Corrí a la librería y compré la caja de tizas. Había pensado decirle: “te he traído este regalo, Tere” y cuando entré a su casa todavía pensaba hacerlo, pero apenas la vi me arrepentí y sólo le dije: “me han regalado esto en el colegio y las tizas no me sirven para nada. ¿Tú las quieres?”. Y ella me dijo: “sí, claro, dámelas”.

La ciudad y los perros (1962) de Mario Vargas Llosa

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En memoria de ABDELLAH DJBILOU

En Diciembre de 2004 tuve el honor, el placer, el privilegio, de compartir mesa redonda con Abdellah Djbilou. Hispanita, doctorado por la Autónoma de Madrid, ejerció la docencia en la Facultad de Letras de Tetuán. Abellah nos dejó un día.  Sin embargo, la sonrisa con la que nos obsequiaba en todo momento, y que dominaba por completo su rostro, es tan imborrable como su añorada compañía.

En la imagen: Mohamed Sibari, Mohamed Laabi, Sergio Barce, Abdellah Djbilou, Mohamed Akalay y León Cohen.

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«MINA, LA NEGRA», UN RELATO DE SERGIO BARCE

Aquella mañana, me encontré a Mina sentada en la cocina, los codos apoyados en la mesa, el rostro hundido entre sus manos. Tenía una herida en los labios, con restos de sangre olvidados en la comisura. No me oyó entrar en su fortín, y siguió llorando. Me atreví a acercarme a ella, tratando de no hacer ruido. Posé una mano en su hombro, y Mina se limitó a girarse y abrazarme. En realidad, se había dado cuenta de mi presencia desde el primer segundo en que llegué, pero necesitaba desahogarse en compañía y yo le serví de paño de lágrimas. Su marido había vuelto a golpearla. Lo hacía cada vez que regresaba borracho, envalentonado con el alcohol que lo transformaba en un ser indecente, ruin y pendenciero.

Mina me apretaba contra sus grandes pechos de aguamarina que yo sentía tiernos y cálidos, y su llanto entrecortado humedecía una manga de mi camiseta. Aguardé allí quieto, apretujado por su desesperanzada tristeza, sin saber qué decir y, mucho menos, qué hacer. Supongo que decidí esperar hasta que Mina se calmara y recobrase su habitual altiva apostura. Sin embargo, al final, noté, no sin cierto estremecimiento, que aquellas lágrimas sólo eran el anuncio de un llanto más profundo y desgarrador.

Mina y Sergio Barce

Para mi suerte, mi madre nos descubrió así, abrazados en la cocina. Vi cómo una sincera congoja se apoderaba igualmente de mi madre. Nos separó con sutileza y me sustituyó en aquel abrazo de ternura. Luego, Sigue leyendo

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