Archivo del Autor: sergiobarce

LARACHE – ALBUM DE FOTOS 2

Jardines del Balcón Atlántico

 Segunda entrega de esta galería de fotos de Larache y de su gente. Paseamos, y nos quedamos por el Balcón del Atlántico. Nos llega el rumos de las olas, rompiendo contra las rocas, allá abajo, y olemos el salitre inconfundible del Atlántico, el aire es húmedo pero el sol nos acaricia suavemente las mejillas. Nos apoyamos en la balaustrada, algunos se sientan con las piernas colgando del otro lado, con la mirada perdida en ese horizonte tras el que el sol se esconderá un día más llevándose con él nuestros recuerdos

Aquí estamos sentados Sergio Barce, Juan Carlos Aliaga y Javier Ruiz, en uno de los arriates de los jardines del Balcón, en la calle Mulay Ismail. donde vivimos primero, antes de mudarnos a la avenida Mohamed V, al edificio del Uniban. En el Balcón del Atlántico nos pasábamos las horas muertas, jugando, mirando el mar, embrujados con los atardeceres rojizos, como en esta hermosa estampa de nuestro paisano y buen amigo Achraf Etaaqafy.

Y las fotos en blanco y negro…

No tengo todos los datos de las fotografías que he recibido, a veces me las envían sin especificar quiénes están en ellas, otras, por mi culpa, pierdo los datos. Pero lo cierto es que encuentras decenas de imágenes como la anterior, grupos de amigos sentados en la balaustrada o bien apoyados en ella, apaciblemente, disfrutando de la vista, inigualable, irrepetible.

En la siguiente, están Marisa Fernández Carrillo, con su madre, Pilar Tenorio, su abuela, María Cristina Fernández y su padre.

 Creo que todos los larachenses, todas las familias, guardan sus fotografías hechas en el Balcón y en la Plaza de España, o bien sobre los leones del Jardín de las Hespérides. Supongo que cada ciudad posee ese lugar mágico en el que sus habitantes se reconocen, Larache siempre ha tenido los suyos. En la foto de abajo, Pepe y Carlos Nieto, también sentados junto a los arriates del Balcón.

 Lo curioso del Balcón, por ejemplo, es que ha inspirado tanto a escritores como a pintores, fotógrafos o cineastas, como es el caso de mi amigo Mohamed Chrif Tribak y su maravilloso corto Balcón del Atlántico, al que pertenece el fotograma que sigue…

 Y luego están esas fotografías de alumnos y de equipos de fútbol de Larache, de las que guardo decenas, y en las que sí que se comprueba la interculturalidad que existía en nuestro pueblo… Baste como primer ejemplo esta fotografía de los Maristas, tomada en el año que yo nací, 1961: en esta fotografía están en la primera fila, empezando por la izquierda: RAMON PÉREZ SIMON, FRANCISCO SANCHEZ, MANUEL GUTIÉRREZ, JOAQUIN AIXELA (TUITO), MOHAMED TIYANI AIT SALEM, MANUEL JOSÉ LOPEZ PÉREZ y CARLOS NIETO. En la segunda fila están MUSTAFA, SAHARAUI, HAYANI, AURELIO, AGAPITO SAJA PADILLA, FRANCISCO JOSÉ GAMIZ LOPEZ, FRANCISCO RAMOS MORILLA y BEN MUSA. Y en la tercera fila se ve a JUAN GONZALEZ CANALES, JULIO LUCIO ALONSO, MAIR ABESERA BENSABAT, BURAQADI, LUCIANO MARTIN NIEVES, MARIANO SARMIENTO, HAYANI, CRISTOBAL SANCHEZ RAMIREZ y RECOBER. Creo que el trabajo de recopilación de los nombres corrió a cargo de Carlos Nieto.

 OS RUEGO QUE SI COMPROBÁIS ALGÚN ERROR DE NOMBRE O RECONOCÉIS A ALGUIEN, POR FAVOR, DECÍDMELO PARA IR COMPLETANDO LAS IMÁGENES QUE SE VAN A IR COLGANDO DE ESTE ALBUM DE LARACHE. Y SI QUERÉIS ENVIARME ALGUNA FOTOGRAFÍA DE AMIGOS O FAMILIARES, PODÉIS HACERLO A: barceabogado@gmail.com Y LAS IRÉ AÑADIENDO. GRACIAS.

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Un fragmento de mi novela LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

Aunque aún inédita, y ya veremos por cuanto tiempo dada la crisis actual, que está mermando la posibilidad de que las editoriales se lancen a publicar nuevos títulos que no sean los de autores con unas ventas aseguradas, os muestro un retazo, un pequeño fragmento de mi novela LA EMPERATRIZ DE TÁNGER, una historia de intriga, de desamor, de desengaño, ambientada en el Tánger Internacional de los años cuarenta y cincuenta.

Sergio Barce, diciembre 2011

(…)

  Entró en el <English Bar>. Estaba lleno. Se bebió un par de vasos de ginebra en la barra, y pidió otro más. Iba mezclando demasiadas bebidas diferentes. Lo sabía, pero no iba a evitarlo. De pronto, tenía a una chica a su lado. Le dijo que se llamaba Latifa, pero él se limitó a seguir bebiendo, apurando el tercer vaso, pensando en el siguiente. Al fin, en algún momento, salió en busca de oxígeno. Creía estar abandonando el <English Bar>, pero podía ser cualquier otro sitio. Sólo vivía ráfagas, como si durmiera y al abrir los ojos intermitentemente se encontrara en cada ocasión en una ciudad distinta. A partir de algún instante inconcreto, caminaba junto a un hombre. No sabía su nombre. También les acompañaba una mujer. Ella reía. Reía todo el tiempo y su risa se le hincaba en las sienes, como las sirenas que aullaban por las mañanas en el puerto. La escuchaba, una voz encerrada en su cerebro. Parecía divertida, no paraba de reír por cualquier cosa. La presentación de la novela le parecía ahora que hubiera ocurrido hacía más de un mes y no esa misma tarde; la noche le había apresado con su misteriosa facultad de engaño, y seguía caminando con esa pareja de desconocidos.

  Entraron en el <Morocco Palace>. La mujer que le acompañaba, ahora abrazada a él, lo besó largamente; a Augusto le pareció el beso más largo de su vida. Sintió unos labios anchos, tiernos, sabrosos. Se habían sentado en una mesa, en un rincón del local. Pidió una botella de algo, incapaz de poder leer la etiqueta. La mujer llenó los vasos. El hombre que los había acompañado hasta allí no se separaba de ellos. Sonaba la música a todo volumen. Vio que el tipo les hablaba de un asunto aparentemente importante, y Augusto lo miraba con atención, pero sin escucharlo ni reconocer sus facciones, borrosas, sólo seguía el movimiento mudo de sus labios. Apuró su vaso, lo apuró varias veces, pero curiosamente seguía intacto, lleno, hasta el borde. La chica que tenía a su lado seguía riendo y su risa se le metía igual que un punzón hasta la nuca. Volvieron a besarse, varias veces, y siempre tenía la sensación de que los besos eran interminables. Era lo único de lo que se daba cuenta realmente. Esa desconocida le mordía los labios sin cerrar los ojos, y él creía meterse en ellos y andar por su interior; notaba la turgencia de su seno rozándole el brazo, la temperatura tibia de su muslo pegado a su pierna, el olor de su aliento, fresco como la brisa de la noche. Vio súbitamente una pistola, pero no podría jurar si era un recuerdo de horas antes.

  Estuvo agarrado a la taza del retrete hasta que no le quedó nada en el estómago. Se despertó de golpe, con un sobresalto, cuando Fatiha entró dando un portazo. Se sentía como los perros: solo, enfermo y cansado. Se duchó con agua fría. La criada le preparó café negro. También lo vomitó. Se acostó, hecho un ovillo, agarrándose la barriga, sintiendo punzadas frías en medio de la boca del estómago. Lentamente, volvió a recuperar el sueño mientras trataba de recordar cómo había llegado a su casa, pero no era capaz de hacerlo, simplemente había amanecido en su cama como si hubiera tenido una larga y agotadora pesadilla.

  Se despertó a las cuatro y media de la tarde. Se dio otra ducha. El agua le resbalaba por la piel erizándosela. Recordó de pronto a la mujer que no cesaba de reír; sólo tenía su risa y unos ojos grises bajo la red de unas pestañas llamativas, y sentía sus besos interminables y la mirada fija de aquellos ojos inmensos, y de nuevo la boca obcecada y temeraria. Así era como lo recordaba él. Y decenas de rostros confusos rodeándole, y también el cañón de una pistola que se le acercaba hasta el entrecejo rumiando un disparo inminente. Oyó el nombre de Pablo, en susurros, pronunciado como si fuera una palabra prohibida que saliera de una voz ahogada, tal vez impostada pero irreconocible. Podía escuchar su propio nombre con una sensación de opresión. También estaba seguro de haber visto a Jean-Jacques Deferre y que se habían retado con la mirada, con el desafío burdo y torpe de los borrachos. Probablemente habrían coincidido en algún bar. En realidad, mientras le duraba la peor borrachera de su vida, debió de haberse encontrado con medio Tánger.

 

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FELIZ NAVIDAD – MERRY CHRISTMAS

Como cada año, es un reto felicitaros de una manera original, pero creo que entre mis hijos y yo hemos dado con algo que a todos nos puede alegrar algo: buenos libros y mejores películas. Así que, con la portada de dos magníficos libros de relatos, los de Navidad de Dickens, y los cuentos de Capote, en cuyo volumen se recogen dos cuentos de navidad imborrables, y el póster de esa obra maestra del cine que es QUÉ BELLO ES VIVIR de Frank Capra, os deseo, junto a mis hijos Pablo y Sergio jr, lo mejor en estas fiestas. FELIZ NAVIDAD!

Y PARA QUE EL DULCE SEA DULCE DEL TODO, LO MEJOR ES LEER UNO DE LOS MEJORES CUENTOS CON LA NAVIDAD COMO TELÓN DE FONDO, UN RELATO EXTRAORDINARIO DE TRUMAN CAPOTE, TITULADO PRECISAMENTE UNA NAVIDAD:

Primero, un breve preámbulo autobiográfico. Mi madre, mujer excepcionalmente inteligente, era la chica más guapa de Alabama. Todo el mundo lo decía, y era verdad. A los dieciséis años se casó con un hombre de negocios de veintiocho que provenía de una buena familia de Nueva Orleáns. El matrimonio sólo duró un año. Ella era demasiado joven tanto para ser madre como para ser esposa; era además demasiado ambiciosa: quería ir a la universidad para tener una carrera. De modo que abandonó a su marido; y, por lo que a mí se refiere, me dejó al cuidado de su numerosa familia de Alabama. 

Durante años, rara vez vi a mis padres. Mi padre tenía asuntos en Nueva Orleáns, y mi madre, tras graduarse, comenzaba a abrirse camino en Nueva York. En lo que a mí me concernía, ésta no era una situación desagradable. Era feliz donde me hallaba. Tenía a muchos parientes cariñosos conmigo, tías y tíos y primos y, especialmente, una prima ya mayor, con el pelo canoso, una mujer ligeramente tullida llamada Sook. Miss Sook Faulk. Tenía a otros amigos, pero ella era, con mucho, mi mejor amiga.  

EDMUND GWENN como Santa Claus

 Fue Sook quien me habló de Papá Noel, de su espesa barba, su traje rojo y su ruidoso trineo cargado de regalos, y yo la creí, del mismo modo que creía que todo era voluntad de Dios, o del Señor, como siempre le llamó Sook. Si tropezaba, o me caía del caballo, o pescaba un gran pez en el riachuelo, bueno, para bien o para mal, todo era por voluntad del Señor. Y eso fue lo que dijo Sook al recibir las alarmantes noticias de Nueva Orleáns: mi padre quería que yo fuese a pasar con él la Navidad.    

Lloré. No quería ir. Nunca había salido de aquella aislada y pequeña ciudad de Alabama, rodeada de bosques, granjas y ríos. Jamás me acostaba sin que Sook me peinara el pelo con los dedos y me besara para darme las buenas noches. Además, me asustaban los extraños, y mi padre era un extraño. A pesar de haberlo visto varias veces, su imagen se confundía en mi memoria; ignoraba qué aspecto tenía. Pero como decía Sook: <Es la voluntad del Señor. Y, quién sabe, Buddy, quizás hasta veas la nieve>.  

RICHARD ATTENBOROUGH como Santa Claus

¡Nieve! Hasta que aprendí a leer por mí mismo, Sook me leyó muchos cuentos, y parecía haber cantidad de nieve en la mayoría de ellos. Deslumbrantes copos de ensueño deslizándose por los aires. Era algo con lo que siempre soñaba; algo mágico y misterioso que deseaba ver y sentir y tocar. Por supuesto, ni Sook ni yo nunca lo habíamos hecho; ¿cómo habríamos podido hacerlo viviendo en un lugar tan caluroso como Alabama? No sé cómo pudo pensar que yo vería nieve en Nueva Orleáns, ya que Nueva Orleáns es aún más calurosa. Pero qué más da. Trataba de infundirme coraje para emprender ese viaje.

Me dieron un traje nuevo. Me colgaron en la solapa una tarjeta con mi nombre y mi dirección. Eso, por si me perdía. E1 caso es que iba a hacer el viaje solo. En autobús. En fin, todos pensaron que estaría a salvo con mi tarjeta. Todos, excepto yo. Estaba asustado; enfadado. Furioso con mi padre, ese extraño, que me forzaba a abandonar mi casa y a separarme de Sook por Navidad.

Se trataba de un viaje de cuatrocientas millas, poco más o menos. Mi primera parada fue Mobile. Allí, cambié de autobús, y viajé horas y horas por tierras pantanosas a lo largo de la costa hasta llegar a una ciudad ruidosa, con tranvías tintineantes y mucha gente peligrosa con pinta extranjera.

Era Nueva Orleáns. 

Y, de pronto, al bajar del autobús, un hombre me rodeó con sus brazos cortándome la respiración; reía y lloraba: un hombre alto y apuesto, riendo y llorando. Dijo:

– ¿No me conoces? ¿No conoces a tu padre?

Yo había enmudecido. No dije una sola palabra hasta que, al fin, mientras ya íbamos en un taxi, le pregunté:

– ¿Dónde está?

– ¿La casa? No muy lejos.

– No, la casa no. La nieve.

– ¿Qué nieve?

– Creía que habría un montón de nieve.    

Me miró con extrañeza, pero acabó por reír. 

JOHN MALKOVICH Santa Claus

 – Nunca ha nevado en Nueva Orleáns. Al menos que yo sepa. Pero escucha:
¿oyes ese trueno? Seguro que va a llover.

No sé qué es lo que más me asustaba, si el trueno, los fulminantes rayos que lo seguían o mi padre. Aquella noche, al acostarme, seguía lloviendo. Recité mis oraciones y recé para estar pronto de vuelta en casa con Sook. No sabía cómo iba a poder dormirme sin que ella me hubiera dado el beso de buenas noches. Lo cierto es que no conseguía quedarme dormido, de modo que me puse a pensar en lo que me traería Papá Noel. Quería un cuchillo con el mango de nácar. Y un gran rompecabezas. Un sombrero de cowboy con un lazo de rodeo. Un rifle BB para matar gorriones. (Años más tarde, tuve una escopeta BB con la que maté un sinsonte y un mirlo, y jamás he podido olvidar cuánto lo sentí y cuánta pena me dio; nunca volví a matar otra cosa, y todos los peces que pesqué los devolví al agua.) También quería una caja de lápices. Y, más que cualquier otra cosa, una radio, pero sabía que era imposible: no conocía ni a diez personas que tuvieran radio. Recordarán que era la época de la Depresión, y en el Profundo Sur eran muy pocas las casas que tuvieran radio o refrigerador.

Mi padre tenía las dos cosas. Parecía tenerlo todo: un coche con el asiento trasero descubierto, por no hablar de una casita color rosa en el Barrio Francés, con balcones de hierro forjado y un patio interior ajardinado, lleno de flores y refrescado por una fuente en forma de sirena. También tenía media docena, por no decir toda una docena, de amigas. Al igual que mi madre, mi padre no había vuelto a casarse; pero los dos tenían a admiradores asiduos, y, quisiéranlo o no, antes o después recorrieron el camino del altar; en realidad, mi padre lo recorrió seis veces. 

Pueden, pues, comprobar que tenía un gran encanto; y, de hecho, parecía seducir a la mayoría de la gente, a todos menos a mí. Eso era lo que me azoraba tanto, siempre arrastrándome de aquí para allá para que conociera a sus amigos, a todos, desde el banquero hasta el barbero que le afeitaba cada día. Y, naturalmente, a todas sus amigas. Y lo que es peor: se pasaba el tiempo besándome, achuchándome y presumiendo de mí ¡Me sentía tan avergonzado! Primero, no había nada de qué presumir. Yo era un auténtico chico de campo. Creía en Jesús y rezaba concienzudamente mis oraciones. Estaba convencido de que existía Papá Noel. Y, en mi casa de Alabama, excepto para ir a la iglesia, nunca llevaba zapatos, ni en invierno ni en verano. 

Era una auténtica tortura ser arrastrado por las calles de Nueva Orleáns dentro de aquellos zapatos fuertemente atados, calientes como el infierno, tan pesados como de plomo. No sé qué era peor, si los zapatos o la comida. En mi casa estaba acostumbrado al pollo a la parrilla, a las verduras estofadas, a las judías con mantequilla, a pan de maíz y a otras cosas reconfortantes ¡Pero esos restaurantes de Nueva Orleáns! Nunca olvidaré mi primera ostra, era como un mal sueño deslizándose por mi garganta; transcurrirían décadas antes de que volviera a probar otra. En cuanto a toda esa comida criolla cargada de especias, sólo pensarlo me da acidez. No señor, yo añoraba las galletas recién sacadas del horno, la leche fresca de vaca y la melaza casera.  

BILLY BOB THORNTON Bad Santa

 Mi pobre padre no tenía ni idea de cuán desgraciado era yo, en parte porque nunca dejé que lo notara ni porque jamás se lo dije; en parte porque, aunque mi madre protestara, él se las había ingeniado para conseguir mi custodia legal durante las vacaciones de Navidad.

Me decía:

– Di la verdad, ¿no quieres venir a vivir aquí conmigo, en Nueva Orleáns?

– No puedo.

– ¿Qué significa que no puedes?

– Añoro a Sook. Añoro a Queenie; tenemos un conejito de Indias muy divertido. Lo queremos mucho.

Dijo mi padre:

– ¿Es que a mí no me quieres?

Dije yo:

– Sí. 

Pero la verdad es que, a excepción de Sook y de Queenie y de unos pocos primos y de un retrato de mi hermosa madre al lado de la cama, no tenía una idea muy clara de lo que significaba querer.

Pronto lo descubrí. La víspera de Navidad, mientras caminábamos por Canal Street, me paré en seco, extasiado ante un objeto mágico que vi en el escaparate de una gran tienda de juguetes. Era la maqueta de un avión lo bastante grande como para sentarse dentro y pedalear como en una bicicleta. Era verde y tenía una hélice roja. Estaba convencido de que, si pedaleaba con la suficiente energía, ¡el avión despegaría y levantaría el vuelo! ¡Habría sido algo fantástico! Ya podía ver a mis primos en el suelo mientras yo volaba por entre las nubes ¡Ver para creer! Reí; reí y reí. Fue la primera vez que mi padre pareció sentirse a gusto conmigo, aunque no imaginara qué era lo que me había parecido tan divertido. 

Aquella noche recé para que Papá Noel me trajera el avión.  

Mi padre había comprado ya un árbol de Navidad, y estuvimos un montón de tiempo en un supermercado eligiendo cosas para adornarlo. Entonces, cometí un error. Coloqué un retrato de mi madre bajo el árbol. En el momento en que mi padre lo vio, se puso pálido y empezó a temblar. Yo no sabía qué hacer. Pero él sí. Fue hacia un armario y sacó de él una botella y un vaso largo. Reconocí la botella porque todos mis tíos de Alabama guardaban otras exactamente iguales ¡Puro Moonshine, licor destilado ilegalmente durante la Prohibición! Llenó el vaso y se lo bebió entero de un trago. Hecho esto, fue como si el retrato se hubiera desvanecido.  

TIM ALLEN es Santa Claus

Esperé, pues, la Nochebuena y el siempre excitante advenimiento del orondo Papá Noel. Por supuesto, jamás había visto ese pesado y ruidoso gigante con la panza hinchada dejarse caer por la chimenea y exhibir alegremente su generosidad bajo un árbol de Navidad. Mi primo Billy Bob, que era un miserable enanito, pero que tenía un cerebro como un puño de hierro, afirmaba que todo eso era una tontería, que no existía semejante criatura.

– ¡Vaya! –dijo-. Creer que un Papá Noel existe es como creer que una mula es un caballo.    

Esta disputa tenía lugar en la plaza del pequeño juzgado. Le contesté:

– Existe un Papá Noel porque lo que hace es voluntad del Señor, y todo lo que es voluntad del Señor es verdad.

Y, escupiendo en el suelo, Billy Bob se alejó:

– ¡Bueno, parece que tenemos a otro predicador entre nosotros!    

Siempre me hacía a mí mismo la promesa de no dormir en Nochebuena, quería oír el baile saltarín del reno en el tejado y quedarme allí, al pie de la chimenea, esperando a Papá Noel para saludarle. Y, aquella Nochebuena en particular, nada me parecía más fácil que permanecer despierto.

La casa de mi padre tenía tres pisos y siete habitaciones, algunas espaciosas, sobre todo las tres que daban al jardín del patio: el salón, el comedor y una sala de música para los que querían bailar, tocar música y jugar a las cartas. Los dos pisos superiores estaban adornados con balcones de hierro forjado, cuyos intrincados barrotes verde oscuro se hallaban delicadamente entrelazados con buganvilla y rizadas guirnaldas de orquídeas, planta ésta que parece un lagarto chasqueando su lengua roja. Era el tipo de casa ostentosa con suelos encerados. Algún mimbre por aquí y algún terciopelo por allá. Podría haber sido confundida con la casa de un rico; pero era más bien la casa de un hombre con pretensiones de elegancia. Para un pobre (pero feliz) chico descalzo de Alabama, era todo un misterio el modo en que se las arreglaba para satisfacer esta aspiración.

Por el contrario, no había misterio alguno en lo que se refiere a mi madre, quien, tras graduarse en la universidad, se esforzó por ejercer todos sus encantos mientras luchaba por encontrar en Nueva York al novio adecuado que pudiera permitirle vivir en pisos de Sutton Place y adquirir abrigos de marta cebellina. No, los recursos de mi padre le eran de sobra conocidos aunque nunca mencionara el asunto hasta años después, cuando ya había conseguido poder comprarse collares de perlas que colgaban de su cuello envuelto en pieles. 

Había ido a visitarme a uno de esos internados esnobs de Nueva Inglaterra (donde mi enseñanza era costeada por su rico y generoso marido), cuando algo que comenté la enfureció; y gritó:

– ¡Conque no sabes por qué vive tan bien! Yates y cruceros por las islas griegas. ¡Pues gracias a sus mujeres! Piensa en esa larga lista: todas viudas, todas ricas. Muy ricas. Y todas mucho mayores que él. Demasiado viejas para que cualquier joven sensato se case con ellas. Es por lo que eres su único hijo. Y ésta es la razón por la que jamás volveré a tener otro; yo era demasiado joven para tener hijos, pero él era una bestia, y acabó conmigo, me estropeó.      

TRUMAN CAPOTE

 <Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… Moon, moon over Miami… This is my first affair, so please be kind… Hey, mister, can you spare a dime?… Just a gigolo, everywhere I go, people stop and stare… >

Mientras estuvo hablando (yo intentaba no escuchar, porque, al decirme que mi nacimiento había acabado con ella, estaba ella acabando conmigo), estas melodías, u otras semejantes, merodeaban por mi cabeza. Me ayudaban a no escucharla, y me recordaban la extraña e inolvidable fiesta que dio mi padre en Nueva Orleáns en aquella Nochebuena. 

Iluminaron el patio de velas, al igual que las tres habitaciones que daban a él. Sigue leyendo

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LARACHE – ALBUM DE FOTOS 1

Hace tiempo quise montar un album de fotografías de Larache y de los larachenses, pero ese proyecto no lo he podido materializar por problemas técnicos, por así decirlo. Sin embargo, he pensado que este blog podría servir de pequeño album, con las fotografías que ya he colgado en él, pero también con las que voy a ir mostrando en este LARACHE – ALBUM DE FOTOS, en el que iré añadiendo las imágenes de mi pueblo, Larache, pero también de su gente. Para esta primera entrega he escogido algunas fotografías mías y de mi familia. La primera de ellas es una fotografía muy curiosa: en ella, sobre la motocicleta de mi abuelo Manuel Gallardo, posan varios niños en una estampa realmente hermosa. Es una fotografía muy bonita, de las que ya no se hacen. Sobre la moto estaban: Angel Muñoz, un niño sin reconocer, Juanito Gallardo -hermano de mi madre que falleció al poco-, Eduardo Morales, Pepe Muñoz, Emilio Morales y mi madre.

En estas otras estampas, se reúnen en la primera de ellas un grupo de amigos entreñables: Gero y Marina, Pepita Rodríguez y Manolo Alvarez, y mis padres, Antonio Barce y Maria Gallardo. Y en la segunda, mis padres. Cada fotografía es un mundo, y cada imagen encierra un sinfín de recuerdos para quienes las protagonizaron, pero también para los que les reconocen.

Las fotos que se exponen a continuación muestran a mi madre asomada a la azotea de nuestra casa en la Avenida Mulay Ismail, en el Balcón del Atlántico. Las vistas son inolvidables, grabadas a nuestras retinas y a nuestros recuerdos casi a fuego. En las otras, mi padre, Antonio Barce, disfruta de la compañía de sus mejores amigos. En la playa de la otra banda, con Manolo González. En la Plaza de España, sentados: Manolo, Carlos Navas, mi padre y Juanito Parra. Y también en la Plaza de España de Larache, mi padre con Dani Céspedes y Oscar Matres. La verdad es que eran unos tipos  muy elegantes.

Para ser una primera entrega no creo que esté tan mal. Como guinda, una imagen del añorado precioso inmueble que albergó el Casino, uno de los edificios más emblemáticos de Larache pasto de la especulación, y que ya sólo vive en el recuerdo, como tantas cosas.     Sergio Barce, diciembre 2011

 

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Cuadernos de cine: THE ARTIST de MICHEL HAZANAVIZIUS

 

   Lo primero que me ha impresionado de THE ARTIST ha sido encontrarme la sala totalmente abarrotada de público, y eso que es una película muda. Lo segundo ha sido que durante toda la proyección no he escuchado un solo comentario en voz alta, y esto hace años que no sucede; todos los espectadores veían el film como hay que ver una película en el cine: en silencio, y eso que es una película muda. Y lo último que me ha llamado la atención ha sido el aplauso cerrado cuando ha terminado la cinta, y eso que es una película muda. Hacía años que no asistía, en una sala comercial, a una reacción como ésta. Y todo ha ocurrido ante una atípica película rodada en blanco y negro, y además eso, muda. Increíble. 

Jean Dujardin como George Valentin

 THE ARTIST, de Michel Hazanavizius, es una obra maestra. Es difícil aplicar este adjetivo, pero hoy no tengo la menor duda al hacerlo con esta maravillosa película. Desde que comienza, con ese deslumbrante blanco y negro, los colores más hermosos para ver una película en una pantalla grande, y hay que reivindicar estos colores, los dos colores del cine, los colores que alimentan de verdad los sueños, desde que comienza, decía, uno se queda boquiabierto, y se dice a uno mismo: vamos a ver, estoy viendo una película muda y estoy aquí electrizado, cómo puede ser posible. Lo es, te respondes. 

Michel Hazanavizius

 Vemos así una típica cinta de aventuras de cine negro, probablemente de un serial, dentro de la propia película, y comenzamos así a conocer a ese personaje, al actor de ficción y al actor que protagoniza THE ARTIST, un tipo fanfarrón, orgulloso, altanero, pero simpatiquísimo, y que no es sino la estrella de cine mudo George Valentin, al que interpreta un actor en estado de gracia: Jean Dujardin. Lo más sorprendente es que, desde el primer fotograma, este actor nos mete en su bolsillo. Su físico parece sacado directamente de aquella época, un Douglas Fairbanks, un Ramón Novarro, un John Gilbert, no está a la zaga de ellos. Pero su actuación, proverbial, es aún más extraordinaria. En pocos minutos ya conocemos al gran George Valentin como si fuera esa estrella deslumbrante a la que admirásemos desde siempre, alguien que formara parte de nuestra memoria colectiva. 

Jean Dujardin y Bérénice Bejo como George Valentin y Peppy Miller

 El guión avanza inteligentemente, es un reloj bien ajustado, y, por supuesto, la entrada en escena de la protagonista femenina, la aspirante a actriz Peppy Miller, igualmente encarnada a la perfección por la argentina Bérénice Bejo, se hace de manera modélica. Nos enamora en seguida, como lo hace con George Valentin.

De nuevo creemos estar viendo una película de los años veinte, sin ningún género de dudas. Pequeños detalles nos traen a la memoria las películas de Mary Pickford, Gloria Swanson o Joan Crawford, las de Wallace Beery o las comedias de Mack Sennett o Harold Lloyd. Ya digo que son pequeños fogonazos, pero que nos trasladan a aquellas viejas cintas, y Hazanavizius tiene la habilidad de convertir su película en un auténtico viaje en el tiempo. Hay homenajes evidentes a Ciudadano Kane <Citizen Kane>, aunque esta cinta ya pertenezca al cine sonoro de los cuarenta –la escena del matrimonio de George Valentin sentados a la mesa mientras pasa el tiempo-, a las películas antes citadas, sobre todo a los films de Douglas Fairbanks, por supuesto, a las películas de serie B de aventuras africanas, al cine negro, a la comedia, especialmente a la comedia romántica… 

John Goodman como el realizador

 Cuando bajo la lluvia el cartel que anuncia la última película muda de George Valentin es pisoteado por los transeúntes, uno está recuperando fotogramas de aquel maravilloso cine del glorioso Hollywood…

La llegada del sonoro, tal y como ocurrió en la realidad con muchos actores del cine mudo, hacen que George Valentin caiga en el olvido como una vieja y anticuada estrella que no sabe adaptarse a los nuevos tiempos, mientras que su amada, Peppy Miller, la mujer a la que quiere sin atreverse a demostrarlo, se convierte en la nueva sensación del Hollywood sonoro. A partir de aquí, la película nos sumerge en la tragedia del protagonista, y sentimos íntimamente cada uno de los infortunios que va sufriendo en su caída. Sin embargo, como siempre ha ocurrido en estos films, el amor todo lo puede, y THE ARTIST nos eleva por encima de esa tragedia para reconciliarnos con la esperanza, y en este sentido, se agradece en estos tiempos que acabemos con una sonrisa en los labios.

No sobra nada en esta película. Los dos actores protagonistas llenan literalmente la pantalla. Jean Dujardin compone uno de los personajes más entrañables de los últimos tiempos, y Bérénice Bejo hace lo propio con ese bombón de papel que le han regalado.

Es una película muda, sí, pero en sus imágenes hay más diálogo, y de calidad, que en la mayoría del cine actual, encierran una fuerza inaudita, son el motor mismo de la historia, es puro cine, es puro ejercicio de arte mayor.

Pero aun siendo muda, no lo es del todo. En estos tiempos, es imposible que una orquesta acompañe en las salas las imágenes que se proyectan, como se hacía antaño, y por esta razón Michel Hazanavizius la sustituye por una banda sonora tocada por los ángeles, compuesta por Ludovic Bource, aunque creo haber reconocido alguna que otra nota, incluso más de una nota, perteneciente a los grandes clásicos del cine. Y la fotografía de Guillaume Schiffman es como un regalo para cualquier director de fotografía de cine, y este lo ha aprovechado y ha hecho un trabajo para quitarse el sombrero.

Incluso los actores secundarios cumplen a la perfección: el gran John Goodman, en el papel del realizador Al Zimmer, el siempre eficaz James Cromwell como el fiel sirviente de George Valentin, la exquisita Penélope Anne Miller como su dulce, melancólica y amargada esposa, incluso los cortos papeles que encarnan el inolvidable protagonista de <La naranja mecánica>, Malcolm McDowell, y el actor de carácter Ed Lauter, parecen actuar conmovidos por la propia historia que se cuenta. Es como si todos ellos, técnicos e intérpretes, se hubiesen dado cuenta de que participaban en un hermoso homenaje al séptimo arte, porque esto es lo que ha filmado Michel Hazanavizius, un canto al cine, un poema al viejo cine mudo, y también una declaración de amor al cine clásico de Hollywood.

 

Bérénice Bejo

 

No puedo dejar de nombrar al perro que acompaña en todo momento al protagonista, un personaje crucial en el desenlace de la historia, y porque da un toque de comedia agradable y refrescante, porque nos hace sonreír en todo momento, porque también nos hacer recuperar antiguos fotogramas sepultados en nuestra memoria cinéfila. Un hallazgo más de la película.

Perece ser que a los americanos no les ha hecho mucha gracia que este homenaje a su cine haya partido de un realizador galo. Pero así son las cosas, casi siempre son los europeos los que rinden pleitesía al viejo Hollywood porque, en definitiva, fueron los grandes directores europeos los que hicieron más grande al cine americano: Lubitsch, Wilder, Hitchcok, Lang, Von Stroheim…

Cuando leemos The End, una sensación de optimismo se ha adueñado de nosotros, y salimos bailando claqué de la sala, pero no puedo explicar el motivo de esta reacción porque sería como desvelar la sorpresa final de esta joya del cine. No sé si es evidente que THE ARTIST me ha hecho disfrutar enormemente, pero si no lo he dicho ya lo digo ahora: THE ARTIST es preciosa.  

Sergio Barce, diciembre 2011

  

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