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Exposition: http://tetuandesafiomoderno.blogspot.com.es/
Catalogue: http://tetuan.cervantes.es/imagenes/tetuan_desafio_moderno.pdf
Archive: http://coleccionesdigitales.cervantes.es/cdm/landingpage/collection/FASO
Web: http://tetouanmodernchallenge.com/
Groupe: http://gamuc.org/ http://investigacioncontemporanea.com/
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Sergio Barce y Javier Valenzuela
“Tangerina, mi primera novela tras ocho libros periodísticos, llegará a las librerías en febrero de 2015. Alumbrarla a lo largo de nueve meses de este año de 2014 me ha hecho apreciar aún más la buena escritura de ficción, lo duro y difícil que es narrar bien un paisaje, un personaje, una escena o un diálogo. Sergio Barce escribe muy bien. Su dominio de la técnica narrativa nos lleva a esperar de él obras de gran envergadura”.
“Los mejores momentos del pasado multicultural de Larache fueron como debería ser el futuro. El siglo XXI será el de las identidades múltiples o no será. O encontramos un modo de vivir todos juntos y revueltos en paz y libertad, o volveremos a vivir las peores pesadillas del siglo XX. Desconfiemos de todos aquellos que pretender obligarnos a escoger entre papá y mamá, a identificarnos exclusivamente con una lengua, una cultura, una nacionalidad o una religión”.
“El Protectorado español hizo un esfuerzo encomiable para un país que era entonces más bien pobretón en materia de urbanismo y arquitectura en ciudades como Larache y Tetuán. Allí espacios urbanos hermosísimos que datan de esa época y que el Marruecos del siglo XXI tendrá que valorar y proteger”.
“Los marroquíes, y en particular los del Norte, conocen bastante bien a España y a los españoles. Es una pena que lo contrario no sea cierto. La mirada mayoritaria de Marruecos que tienen los españoles aún está repleta de ignorancia y prejuicios”.
“Siento que los moriscos y los sefardíes que fueron expulsados de los reinos de España por la intolerancia inquisitorial, y muchos de los cuales se instalaron en Marruecos, son mis compatriotas».
“Los tiempos del colonialismo y el anticolonialismo quedan atrás, y con ellos debería quedar las pasiones que provocaron. Sería maravilloso que Marruecos reconociera que escritores como Ángel Vázquez y Juan Goytisolo, como Jean Genet y Paul Bowles, forman parte de su patrimonio cultural”.
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GUSANOS DE SEDA
Mi madre me traía de tarde en tarde una caja con gusanos de seda, que se escondían sin prisas entre hojas de morera. Me gustaba verlos moverse lentamente entre las verdes hojas, como si contaran con todo el tiempo del mundo para hacerlo. Mi madre se los comprobaba a una mujer de Beni Gorfet, la que se instalaba siempre en el suelo, en uno de los laterales de la Plaza, y que ofrecía a la venta, sobre su estera de esparto, queso de cabra, yerbabuena y hojas de morera con gusanos de seda.
Cuando las orugas acababan de devorarlas, igual que termitas voraces e insaciables, tiraba los restos que quedaban en el fondo de la caja de cartón, ya mustias y casi podridas, y me daba dos pesetas para que comprara nuevas hojas de morera. En cuanto las metía en la caja, los gusanos, que parecían unos ciegos que se moviesen por el olfato, volvían a comer sin descanso.
Semanas después, se iban formando ya los primeros capullos. Yo observaba el curioso espectáculo como si fuera Gulliver estudiando pacientemente cómo los liliputienses construían sus casas, pero con la diferencia de que estas orugas se iban enterrando vivas en sus ovalados féretros de seda, unos amarillos y algunos anaranjados, y me hacían pensar en diminutos faraones embalsamados. Les llevaba unos tres días terminar el proceso, hasta quedar completamente aislados en sus frágiles capullos que yo tocaba con la yema de mis dedos, temiendo que se deshicieran o que pudiera aplastarlos por accidente.
Solía instalarme en la terraza superior del edificio donde estaba mi casa, en la calle Mulay Ismail, y me sentaba junto a la caja de cartón. Movía los capullos, los agitaba con suavidad, pero parecían contener solo aire y vacío. Cuando me aburría dejaba la caja en cualquier parte y me iba a los jardines a capturar renacuajos.
Dentro del capullo, la crisálida eclosionaba un día y, de pronto, los féretros liliputienses comenzaban a resquebrajarse, el tejido denso y enmarañado se iba desmadejando hasta dejar escapar a las mariposas, que nosotros llamábamos palomitas; era el instante anhelado, el más emocionante, el más increíble de todo el proceso.
Resultaban bastante torpes al comienzo, y por el aspecto diríase que no habían cesado de alimentarse en todo ese tiempo en el que habían sobrevivido en la oscura cavidad del capullo. Trataban entonces de volar, ensayando despegues tan torpes como inútiles, aleteaban girando sobre sí mismas, golpeándose contra las paredes de la caja de cartón. Mientras, el rumor del acantilado me envolvía sugestivamente.
Durante días, las mariposas macho trenzaban movimientos compulsivos, ansiosos por copular, mientras las hembras, palomitas más grandes y perezosas, parecían esperar con paciencia a ser tomadas al asalto, resignadas al ciclo inevitable. El cortejo de esta especie es pedestre y primitivo: la hembra está parada sobre su vientre, petrificada, y el macho se limita a unir su abdomen con el de ella, una especie de penetración sin prolegómenos, fría y mecánica. Yo los veía entonces quedarse tan quietos que a veces creía que habían dejado de respirar, pero continuaban así copulando, sin un mínimo movimiento, durante varias horas. Es de imaginar que no sufrían demasiado desgaste físico. Solo a veces veía moverse a algunas, como si trataran de ajustar mejor sus cuerpos (imagino que eran las parejas más picaronas). En todos los casos, el macho, una vez que había satisfecho a la hembra que pocas horas antes había asaltado sin el más mínimo miramiento o consideración, la olvidaba y buscaba a otra que, por supuesto, aún fuera virgen, y repetía su hazaña febril (aunque tan poco imaginativa como la precedente), y dejaba a su conquista anterior compuesta y sin novio, destinada a parir huevos diminutos, amarillos y pegajosos, que se esparcían como pepitas de oro por el fondo de la caja. Luego, la parturienta moría sola y olvidada.
Y así comenzaba de nuevo la historia… Sin embargo, en algún momento de todo este ciclo que volvía a repetirse ineludiblemente al dictado de esa ley no escrita pero inviolable de la naturaleza, yo perdía el interés y la caja de cartón pasaba a manos de algún amigo o quedaba a merced del destino. No lo sé con certeza. Pero meses más tarde, mi madre aparecía de nuevo en la casa con otra cajita de cartón llena de gusanos de seda que le había comprado a la mujer de Beni Gorfet, la que se instalaba siempre en el suelo, en uno de los laterales de la Plaza, y que ofrecía a la venta, sobre su estera de esparto, queso de cabra, yerbabuena y hojas de morera con gusanos de seda.Sergio Barce
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