A veces, te topas con algún comentario sobre tus libros y te dices: bueno, quizá no lo haya escrito tan mal. Y sabes que has de continuar narrando. Eso me ocurrió ayer cuando me llegó a través de Instagram la reacción de alguien que acababa de leer mi último libro Una puerta pintada de azul, alguien al que aún no conozco, pero que no tardaré en conocer: David Rocha, escritor, autor de la novela La sombra de Teresa. Sus comentarios me dibujaron una gran sonrisa. Y le doy las gracias por ello. Feliz, además, por haberle hecho pasar un buen rato con mis historias.
Esta mañana, en la Librería Pérgamo, de Torremolinos, estuve firmando ejemplares de mi nuevo libro Una puerta pintada de azul. Pese a las dificultades, ha acudido un buen número de amigos y lectores, algunos es la primera vez que van a leerme y eso da mucho respeto. Así que ha sido un día, y lo digo con sinceridad, muy productivo emocionalmente. No puedo nombrarlos a todos pero gracias por acudir Maribel Orellana, Flor Cobo, Sandra, Juanma, Berry, Jesús Ortega, María del Mar Álvarez, Emilio Andrade, Ángela, Ignacio Pérez, mi paisana Somaya (que me ha contado que nació en pleno Zoco Chico de Larache), Araceli Ceres, Antonio Berrocal, María Isabel Hijano, el tanyaui Antonio Lechugo, Alberto, Antonio Delgado… En fin, muy bien acompañado.
Y gracias en especial a Miguel y Jose, que hacen de la Librería Pérgamo un lugar único y muy especial en Torremolinos.
Manuel Gahete, al que admiro y respeto, entre otras razones porque es un hombre generoso, educado y cercano, y porque, en varias ocasiones, al presentar mis novelas, con su sola intervención las hizo mucho mejores. Manuel Gahete, además, posee algo que envidio: un timbre de voz que ya hubiese querido para mí, con el que, estoy seguro, habría logrado encandilar y hechizar a alguna bella dama. Pero no, la voz es suya y la frustración mía.
Manuel Gahete también es un gran escritor, un extraordinario poeta. Y esta es la excusa para traerlo aquí y leer en alto (aunque no sea con el timbre de su voz) dos de sus poemas, que forman parte de su libro El fuego en la ceniza, con el que obtuvo el I Premio de Poesía Fernando de Herrera, libro en el que me escribió una bellísima dedicatoria: “Para Sergio Barce, siempre incendiado por la emoción poética. Con mi cariño y admiración”. Lo mismo digo, Manuel: releeré estos poemas con mucho cariño y rendida admiración. Agradecido de tu amistad.
Sergio Barce, febrero 2021
Códex
Cuando me haya de morir
pon en mi cuerpo de tierra
un beso de cera gris
y préndelo con tu fuego
para que quede de mí
la ceniza de tu aliento
cuando me haya de morir.
***
La llamada
Fulge tu amor aún como una espada,
sílex de soledad, rayo de hierro,
última estrella tú en el desierto,
cítara de piedad alquitarada.
Fulge un amor aún. A tu llamada
vibra mi corazón desde su encierro,
lábil como el papel a ti me aferro,
ángel de lluvia vuelto de la nada.
Fulge tu amor aún: en el asombro,
en el fatal fragor de mi destino,
templas el tenso pulso de mi brazo.
Fulge tu amor aún cuando te nombro.
cuando mis pasos buscan tu camino,
siempre estás tú llamándome al abrazo.
Manuel Gahete
MANUEL GAHETE, SERGIO BARCE Y ANTONIO MORENO AYORA
Escena de la película La tierra de todos (The temptress, 1926), de Fred Niblo, en la que aparecen como protagonistas la divina Greta Garbo y la mayor estrella española del cine: Antonio Moreno. Ahora puede parecer que exagero, pero este madrileño, que tuvo una niñez llena de penurias, por diversos azares acabó en Hollywood, donde desempeñó diversos oficios para subsistir, hasta que el maestro David W, Griffith le hizo un contrato como actor para la productora Vitagraph. Antonio Moreno se convirtió, junto a Rodofo Valentino, en el mayor galán latino del cine mudo americano, y trabajó junto a las grandes divas del momento: la ya citada Garbo, Gloria Swanson, Mary Pickford, Marion Davies, Pola Negri, Alice Terry, Lillian Gish, Clara Bow, Myrna Loy… es decir, las estrellas más rutilantes de la historia del Hollywood clásico. Además, fue dirigido por los mejores directores del momento y despertó pasiones entre el público femenino. Pero la llegada del cine sonoro le perjudicó y fue distanciando sus apariciones, cerrando su larguísima carrera en la obra maestra de John Ford, Centauros del desierto (The searchers, 1956) en el papel de Emilio Gabriel Fernández y Figueroa. Pero como actor siempre será recordado como el protagonista de las mejores versiones cinematográficas de las obras de Blasco Ibáñez en el gran Hollywood.