Archivos Mensuales: julio 2016

UN CAPÍTULO DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Si buscáis una lectura para este verano, os recomiendo mi novela El libro de las palabras robadas, reeditada por Punto de Vista Editores en formato digital. 

EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS PVE

Os ofrezco la lectura de uno de los capítulos de esta novela que transcurre entre Málaga y Tánger, en una trama llena de intriga y secretos, una novela negra que no os dejará respiro.

Para adquirir el libro, podéis hacerlo a través del siguiente enlace:

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/el-libro-de-las-palabras-robadas/

 

DALILA Y EL RUBIO

−¿Cuál es el primer recuerdo que conservas de Dalila?

Miré a Moses Shemtov, inseguro, pero no dudé al responder: la recuerdo junto a mi madre… Estábamos Silvia, Ágata, Dalila y yo sentados en una mesa, en la Pastelería La Española −Moses sonrió en cuanto nombré algo que le era tan entrañable−. Hacía mucho frío, y nos sirvieron unos vasos de chocolate humeantes con una bandeja de pasteles. Sólo logro evocar el sabor del chocolate líquido en mi boca, cómo quemaba. Sin embargo no sé por qué estábamos allí. Supongo que esperábamos a mi padre.

−Volvamos a la escena de tu novela −sugirió entonces Moses−, ésa en la que los protagonistas se dicen adiós definitivamente en el aeropuerto; y haz un esfuerzo, piensa en el instante en el que tus padres se despedían en el muelle de Tánger. Tómate todo el tiempo que necesites, pero quiero creer que es algo importante para ti.

Entorné los ojos, dando la última calada a mi pitillo antes de aplastarlo. El humo se elevó señorial, lento, igual que el que escapaba de las chimeneas del Ibn Battuta. Todo seguía ahí.

−El día anterior habíamos estado en la Plaza de Toros. Entramos después de que mi padre convenciera a un guarda que dormitaba bajo la sombra de una puerta entreabierta. Yo estaba junto a Dalila. Su mano se posaba en mi cuello y yo olía su perfume profundo y agradable. Mi padre nos miraba desde la puerta y nos sonrió, haciendo que nos acercásemos con un ademán. Dalila me cogió de la mano. Su vestido rojo rozaba mi brazo, sus tacones resonaban en el suelo y el portero la miró como si jamás hubiese visto una mujer igual. La penumbra del interior me hizo detenerme un instante, lo justo para que nos acostumbrásemos a la oscuridad, pero en seguida Damián nos guió hasta la puerta de cuadrillas. Entramos al ruedo por uno de los burladeros, eso me divirtió, y comencé a jugar por el callejón, entrando y saliendo por los otros burladeros, mientras Dalila y mi padre se dirigían al otro extremo. Damián hizo que ella se sentara en medio del tendido, yo los observaba desde la propia barrera, y notaba que algo especial había en sus miradas. Ella reía, y mi padre la fotografió varias veces.

−Ya vale, cariño –dijo ella en algún instante.

No me asombró en absoluto que llamara cariño a mi padre, imagino que a mi edad ciertas sutilezas pasaban por alto con facilidad.

−Sólo una más –suplicó él, absorbido por su entusiasmo.

Dalila me miró, y nos sonreímos de nuevo. Ella me gustaba. Tenía una manera dulce de posar sus ojos, su boca albergaba un algo que me perturbaba, era demasiado niño para darme cuenta entonces de que simplemente me atraía. Bajó al ruedo, y me abrazó. Yo me dejé hacer porque sentir sus turgentes pechos aplastándose contra mi cuerpo pasó a ser el acontecimiento más extraordinario de todos mis viajes. Me rendí a ella.

Salimos de allí, Dalila asida del brazo de mi padre y yo a su mano, a la que me había entregado como un esclavo. Sólo deseaba que en cuanto estuviésemos en el hotel volviera a abrazarme de la misma manera. Sus pechos se habían convertido en el centro del mundo, e imaginarlos desnudos una profesión de fe.

Cuando llegamos al Continental ambos caminaban a una distancia prudente. Yo seguía atado a la mano de Dalila, a su perfume, al bamboleo de su falda roja que, de pronto, me insinuaba unas pantorrillas prohibidas. Había descubierto algo que hasta entonces jamás me había interesado: las mujeres. Pero en ese instante Dalila era la única mujer del universo que merecía mi atención. Trató de zafarse de mi mano, pero yo me resistía y, tras un suave tirón, desistió de intentarlo de nuevo. Subimos. Notaba que entre ellos había de pronto una distancia insalvable pese a que sólo estaban a unos centímetros uno del otro. Caminábamos por el corredor. La puerta de nuestra habitación se abrió, y Ágata apareció allí en medio, sin decir una palabra. Nos detuvimos, Dalila apretó mi mano y yo le correspondí haciendo lo mismo. Eso me hizo sentir especial, importante. Mi madre volvió a la habitación sin cerrar la puerta.

−Te amo –susurró él con tan escasa energía que creí que había dicho otra cosa.

−No vas a decirle nada…

La voz de Dalila se quebró, y noté que su sangre se congelaba, que sus dedos se contraían, y un segundo después sus labios se posaron en mi cara y noté que humedecía mi piel, no con ellos, sino con las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. El rimel se le había corrido, y su rostro parecía ahora demacrado y sucio. Me conmovió de tal modo que se libró de mi mano sin apenas esfuerzo, ni siquiera me había dado cuenta de que la soltaba, y entonces Damián me empujó hasta la habitación donde nos esperaba mi madre, callada como una tumba, perdida su miraba a través de la ventana. Yo me dirigí en seguida al dormitorio, sin detenerme a escuchar lo que comenzaban a decirse en voz baja, embrujado aún por aquella mujer fascinante. Sólo podía pensar en el contacto de sus senos, en su boca perfecta y en sus ojos, en la manera como miraba a la cámara de mi padre.

Cuando Damián despertó, yo había sacado de nuevo la fotografía de Dalila. La estudié tan detenidamente que fue un milagro que no se borrara. Estaba allí de nuevo, en la plaza, magnetizado por su manera de posar para que Damián consiguiera la imagen que guardaría con celo hasta entonces. Dalila no lo sabía aún, pero mi padre perseguía captar su donaire, su perfección, su aliento vital, y robárselo. Lo confesaba en las cartas, compungido, avergonzado y seguramente arrepentido. Y entonces me di cuenta de que Silvia tenía razón cuando me decía en su casa que algo había ocurrido en Tánger, porque Damián no buscó ningún campo de fútbol para fotografiarlo, como siempre había hecho antes. La respuesta estaba ahí, en ese retrato de Dalila, en esa visita a la Plaza de Toros de Tánger donde mi padre se olvidó del resto del mundo. Lo gracioso era que yo también me había enamorado de ella. Fue un amor infantil, virgen, el amor que se experimenta al abrir los ojos por primera vez al deseo, a la cándida atracción.

Al encontrarnos de nuevo en el puerto, mis cinco sentidos se pusieron en alerta. Quería volver a olerla, ansiaba tocarla, imploraba que sus labios me rozasen, incluso escuchar su voz se antojaba atractivo. Todo fue, sin embargo, rápido y frío, como si las cosas hubiesen de ocurrir por pura inercia.

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LARACHE – ESTAMPAS DE SU HISTORIA 5

 

Larache - jardín de la Espérides y Castillo de las Cigueñas

Esto se llama JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, Larache, y siempre seguirá siéndolo

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LARASHE L’EZZIZA

Cunando me aleshi de ti mi Larashe,

no jammei que no te volvería a ver.

Larashe de mi niñez de mi mancevez,

mis mejjores años pase contigo.

 

La vida me levo tan leshos de ti, a una resiya estraña,

tierras mares tantas leguas me separan de ti,

pero siempre te levo bien dentro de mi corassón,

mi hermozza, mi Larashe l’ejbiba.

 

Soño con tus blancas cazas, con tus playas risueñas,

¿quien lalea por tu arena?

en ella deshi mis huellas.

¿Quien atraviese el río en la barca?

todavia oigo nuestras rizas,

cunando nadabamos hacia los vapores Portugueses

que venían a peshcar los boquerones.

 

Loz marineros moz ofrecían

vino tinto y boquerones fritos,

que uen tiempo pasabamos,

me sacreaba enseguida

ellos se areían de mi.

 

Tu balcón shalea en el sol,

no hay joya máz endiamantada más fermozza

en todo l’atlantico.

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides.

 

Un abel’ha de sicretos guarda esejardín,

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

 

Larashe l’eziza anque stoy tan aleshada

sempre m’acodro de ti,

en mi alma te tengo scondida,

tantas membranzas alegres me deshates,

no quero morir sin verte otra vez.

 Versos en jaquetía de Mercedes Dembo Barcessat

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Larache 1928

LARACHE 1928

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Plaza de España de Larache

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De www.spanishrailway

Obras en el ferrocarril Larache-Alcazarquivir (de la web de spanishrailway)

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1955 – Ferrocarril Larache-Alcazarquivir – Foto de David Martindell  (de la web spanishrailway)

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Zoco Chico de Larache

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CALLE DEL HOSPITAL

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Residencia del Baja

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P-AFyMA-064

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matadero de larache 1 (1)

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cine ideal larache

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Vista aérea de LARACHE

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«HUELLA JONDA DEL HÉROE», UN LIBRO DE MONTERO GLEZ

TANGER  - Cuevas de Hércules

TÁNGER  –  Cuevas de Hércules

Hace unas semanas, me llegó un regalo inesperado por correo postal. María, una amiga, me enviaba un libro. No me explicaba la razón por la que me lo mandaba, porque no acompañó ninguna nota al regalo. Me resultó curioso tanto el hecho de que no hubiese ninguna efemérides cerca que justificara el regalo (pero qué mejor regalo es el inesperado) como el título del libro: Huella jonda del héroe. Comencé a leerlo, y no tardé mucho en comprender porqué María lo había elegido: Marruecos formaba parte de su trama, y, más en concreto, Tánger… Y para más inri, un tema recurrente en el libro es el jardín de las Hespérides. Eso es lo que nos une, entre otras cosas, a María y a mí: nuestro Jardín de las Hespérides de Larache. Ya lo entendía.

…El rey de Micenas encargó a Hércules guindar las manzanas de oro de un jardín; de un vergel fabuloso situado a la salida de Tánger y cerca de Asilah, habitado por las sobrinas de Atlas, conocidas como las Hespérides. Pero en su camino, Hércules se encontraría con un pillete gigantesco de nombre Anteo que le provocó de la misma forma que hoiy provocan al turista todos esos pícaros consumidos por la fiebre.

Hércules mantuvo una pelea a muerte con Anteo, un combate donde nuestro héroe los tuvo difícil pues Anteo era hijo de la Tierra y esta, cada vez que su hijo caía al suelo derrotado, le daba nuevas fuerzas. Así hasta que Hércules lo levantó en el aire y lo ahogó entre sus nervudos brazos. A continuación, el vencedor alivió toda la rabia genital  contenida en la pelea. Lo hizo por todos los agujeros del cuerpo de la viuda de Anteo, una mujer dulce y malvada a la par, como son algunas drogas, y de nombre Tingeria. Hércules se enamoraría de tal forma que fundó una ciudad en su honor, y le puso su nombre: Tánger.

(…)

Huella jonda del héroe

Curioso este libro de viajes. Montero Glez, con una prosa rica y muy ágil, combina elementos tan dispares como inesperados: Tánger, Hércules y sus trabajos, el mencionado jardín de las Hespérides, Camarón de la Isla, Kiko Veneno, los monos de Gibraltar, la grifa, el flamenco, los Rolling, viajes que sólo existieron en la mitología y viajes reales, Paul Bowles, Rancapino, el cante jondo, Cádiz, Triana, Sevilla, el Peñón… Confieso que me lo he pasado muy bien con este libro, muy bien. Te ríes, sonríes, descubres anécdotas curiosas y llegas a un Tánger muy diferente al que has tenido ocasión de conocer o imaginar. Montero González construye un universo tan personal como sugerente, fascinante, rico en matices y en giros inesperados… Sólo lamento que su jardín de las Hespérides lo sitúe en Tánger y no en Larache, pero es la eterna disputa. Para mí, siempre estará en Larache, entre otras cosas porque así lo dejó dicho Plinio el Viejo, y ya se sabe que más sabe el diablo por viejo que por diablo.

Esta obra fue galardonada con el Premio Llanes de Viajes de 2012, y realmente uno viaja a donde no podía imaginar cuando comienza a entrar en estas páginas llenas de música y de imágenes vertiginosas. Es otro libro con el que te trasladas a Tánger (llamativa la eclosión de títulos publicados en los últimos años de novelas, poemarios y libros de viajes ambientados o referidos a la ciudad tangerina), pero éste en concreto es probablemente uno de los más insólitos y originales. Así que tengo que agradecerle a mi amiga María que tuviese el impulso de regalármelo, sin más, sin una razón conocida. Gracias, María.

Para M.O. / Sergio Barce

(…) …De  premio, la bella Tingeria recibió los fluidos mitológicos de Hércules en su vientre, alumbrando un hijo luchador de nombre Palemón y fundando, en honor de Tingeria, la ciudad del pecado: Tánger, desde donde escribo estas líneas.

Es noche, a esas horas en las que las calles están vacías y los gatos se ponen a rebuscar por los cubos de basura, a la puerta de los cafés. Por lo que alcanza mi oreja, además de un eco místico, hay denuncia en sus maullidos. Las hambres siempre fueron poco originales, vienen a asegurarme. Mientras los gatos se revuelven, aparece un hombre que lleva un mono en sus brazos. Lo conozco de vista, a él y a su mono que, nada más verme, se abalanza hasta mi cabeza. Es experto en despiojar. Animalito.

Yo me dejo, y mientras el mono busca parásitos entre mis cabellos, me da por pensar que las costas son gemelas porque antes estaban pegadas. Prueba es la fauna del Peñón con sus famosos monos, una especie de macaco que se conoce como <mono rabón>, que es mono africano de rabo corto y que, por llevar la contraria a la mitología y no por otra causa, los científicos indican que llegó a nuestra península con el único fin de entretener a la población inglesa de la Roca…

Los fragmentos del libro están tomados de Huella jonda del héroe, Imagineediciones, Primera edición, abril de 2012.

Montero González

Montero Glez

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MI INTERVENCIÓN EN LE CERCLE DES ARTS, HABLANDO DE MI NOVELA «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER»

Abdellatif Bouziane me ha dado una sorpresa al hacerme llegar la grabación de mi intervención en Tánger, en Le Cercle des Arts, durante la presentación de mi novela La emperatriz de Tánger, y de los libros de Antonio Lozano Un largo sueño en Tánger y de Saljo Bellver Relatos americanos.

Para poder ver y escuchar mi participación en ese acto, respondiendo a las preguntas de Luis Leante, entra en el siguiente enlace:

SERGIO BARCE presenta LA EMPERATRIZ DE TÁNGER, en Le Cercle des Arts de Tanger

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN EN TÁNGER DE «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», «UN LARGO SUEÑO EN TÁNGER» Y «RELATOS AMERICANOS»

Este pasado sábado, se presentaron en Tánger, en Le Cercle des Arts, mi novela La emperatriz de Tánger, la de Antonio Lozano Un largo sueño en Tánger, y el libro de cuentos Relatos americanos de Saljo Bellver. El éxito de público fue total, y la presentación que hizo Luis Leante fue amena, ágil y muy atractiva para el público, que participó al final en el coloquio. Confieso que compartir este rato junto a Antonio Lozano, Saljo Bellver y Luis Leante ha sido todo un lujo y una suerte el conocerlos en persona. Lo disfruté enormemente.

UN SUEÑO LA EMPERATRIZ RELATOS

Por suerte, nos acompañaron muchos de mis amigos, algunos desplazados desde Larache y Málaga para asistir al acto, Hachmi Jbari, Mohamed Laabi, Angelines, Randa Jebrouni, Hanaa, Verónica, María Sibari, Mustpha el Bouthoury, Abdelhalak Najmi, Abdellatif Bouzine… lo que les agradezco de corazón.

La organización y la atención que nos brindó Leila Mimoun en Le Cercle des Arts fue perfecta, y sentí el afecto y la simpatía que nos transmitió, una anfitriona que cuidó hasta el más mínimo detalle. Al igual que la atención de Abdellatif Tandelti. Desde aquí les mando mi agradecimiento.

En fin, que fue un día redondo, y nuestros libros nos brindaron la oportunidad de hablar de nuestras historias, las ficticias y las reales, unas ambientadas y otras recreadas en nuestro querido Marruecos, tanto en Tánger como, en mi caso, también en Larache.

Sergio Barce

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Luis Leante, Saljo Bellver, Antonio Lozano y Sergio Barce

Luis Leante, Saljo Bellver, Antonio Lozano y Sergio Barce

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Luis Leante, Saljo Bellver, Antonio Lozano y Sergio Barce

Luis Leante, Saljo Bellver, Antonio Lozano y Sergio Barce

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Antonio Lozano, Seljo Bellver, Abdellatif Bouziane y Sergio Barce

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con Jesus López García

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Sergio Barce, Abdellatif Bouziane y Leila Mimoun

Sergio Barce, Abdellatif Bouziane y Leila Mimoun

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Angelines a las puertas de Le Cercle des Arts

Angelines a las puertas de Le Cercle des Arts

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