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Mi novela «SOMBRAS EN SEPIA» según Abdellatif Limami (Universidad de Rabat)

 

Minoría existencial y minoría nostálgica en la novela «Sombras en Sepia» de Sergio Barce

Artículo de ABDELLATIF LIMAMI 

Profesor de la Universidad de Rabat 

publicado en el Semanario «La Mañana» de Casablanca (16-08-2006)

Todos somos al fin y al cabo una minoría existencial o nostálgica. Gozamos y sufrimos de la misma manera que los que pertenecen a nuestra misma categoría social, religiosa o mental, y nos identificamos plenamente con el sentimiento de añoranza que sólo comprenden aquellas personas que sufren de la misma situación. Con la última novela de Sergio Barce, nos encontramos en el centro de esta noción de minorías: unas existenciales, en el sentido sartiano del término (luchar para poder sobrevivir), y otras, más psicológicas, vinculadas estrechamente con el sentimiento de impotencia frente al recordar nostálgico. Y en estos parámetros se inscribe “Sombras en sepia”: una minoría existencial que cruza el estrecho en pateras en busca del soñado e idílico paraíso dorado; y una minoría de corazones que palpitan en la otra orilla, prisionera de un tiempo que nunca se fue ni se desvaneció, y que sigue siendo, humanamente hablando, casi como aves sin nido. De tal forma, nos encontramos en este relato, llevados por el ritmo infinito de una novela que, a alta velocidad, nos traslada de un movimiento a otro:

Por una parte está el presente de la narración, centrado en el casual e inoportuno encuentro entre un español larachense ubicado en Málaga (Abel) y una mujer que acaba, con un niño de cuatro meses, de cruzar el estrecho en patera (Nadja / Zakarías); por otra parte, y a través del flash back esta vez, topamos con el soplo nostálgico que nos narra historias truncas, nunca acabadas, cargadas de un sentido plural: las de un malagueño cuyo corazón late todavía en el Larache de la infancia y adolescencia.

En fin, y en una marcha casi solitaria, la narración nos conduce a una desesperada búsqueda del protagonista (la de Nadja) que se transforma finalmente en una búsqueda de sí mismo. Pero qué más da si el acto de buscar, legítimo en el ser humano, conduce a uno a encontrarse consigo mismo y a mover cenizas con el propósito de reavivar el fuego: la desesperación de los convidados al cementerio del Mediterráneo, excluidos y marginados en su propia sociedad de origen; y el pesar y sufrimiento de una minoría que, aún bien instalada e integrada en su nuevo espacio, se siente frustrada por un mundo implacable en que prevalecen el lucro y el egoísmo.

Se trata de unas minorías que viven y que sangran ante la indiferencia de todos: la vida queda sostenida aquí por el nostálgico recordar (una historia inocente, una amistad, un romance de amor…) y la gangrena motivada en el relato por el espectáculo desolador de un “rebaño” condenado en las profundidades del mar por ser marginado y desprovisto de una seña de identidad. Pero es también gangrena el triste espectáculo de un Larache que va acabando con su historia a favor de una política del cemento y del lucro; y el del despiadado mundo occidental en que la lógica del consumo determina el ser o el no ser. Así, del presente de la narración, que implica la cruda realidad de las pateras, nos trasladamos al nostálgico recuerdo que nace de chispas y cenizas, y finalmente a la búsqueda del otro, es decir de si mismo.

La trayectoria podría ser calificada incluso de hernandiana: vivir con tres heridas: la de un mar-cementerio, la de rostros postergados y finalmente la de una seña identitaria en que pasado, presente y futuro se confunden y en la que, encontrar al otro es encontrar a sí mismo.

“Sombras en sepia” narra la historia de un hombre mayor, viudo y jubilado, cuya monótona vida va a ser alterada de pronto al encontrar en la playa a una joven marroquí con su bebé recién llegados en una patera. El encuentro dará lugar a un romance y a una entrañable relación cuyo desenlace será sin embargo trunco, a causa de la llegada del marido de la joven para llevársela a Marruecos. Entonces, y en un acto de desesperación, el protagonista emprende un viaje a Marruecos, en busca de Nadja. Pero en realidad, estaba en busca de sus propias raíces.

Según los miembros del Jurado, esta búsqueda le sirve al protagonista “como itinerario espiritual de regreso a un mundo al que emigró y que le crea la sensación de desasosiego, de no sentirse perteneciente ni al Marruecos perdido, ni a la España en la que vive en soledad”. Esto corrobora el alto significado del título: “Sombras en sepia” que deja entrever a una especie de fantasmas que aparecen en una de estas antiguas fotos en blanco y negro, convertidas con el tiempo, en un fondo oscuro y amarillento.

La novela, ganadora de la primera edición del Premio de Novela “Murcia Tres Culturas”, convocado por el ayuntamiento de Murcia -dicen los primeros recortes de la prensa- es una esperanzadora muestra de la convivencia entre “la comunidad marroquí y la española”, (La Opinión, 20 de octubre de 2005, Murcia) y un acto de fe de “una persona muy involucrada en la integración de la cultura marroquí en nuestro país”. La calidad de la obra, la atestigua la alta calidad intelectual de los miembros que integran el jurado: Luís Mateo Díez, Premio Nacional de Narrativa y miembro de la Real Academia de la Lengua Española, Clara Janés, poeta y traductora (Maître es Lettres por la Universidad de la Sorbona), Jon Juaristí, Premio Nacional de Literatura y ex Dctor del Instituto Cervantes, Luís García Montalvo, escritor, y Manual Borrás, editor.

El protagonista de la novela, Abel Egea, es un ex larachense instalado en el presente de la narración en Málaga. Pero más que el retrato físico, del cual tan sólo sabemos que es un hombre corpulento, de espaldas anchas, con sesenta y siete años, un “escaso cabello gris”, un “pequeño bigote gris asaetado de canas” y una “prominente barriga” que “le recriminaba sus años de inactividad”, lo que más prevalece en la presentación del personaje es su retrato moral: un ser prisionero de un rutinario paisaje de ladrillos, cuya vida es concebida como una tomadora de pelo y cuyo futuro, una lucha contra quienes, cada día, le restaban veinticuatro horas de existencia. El personaje da finalmente la impresión de alguien que “deambula por el insomnio de su locura” (y cuya vida había pasado tan de prisa que era imposible tener ya sesenta y siete años: “-He vivido –dirá el protagonista en un intento sintetizador de su existencia- en un permanente desarraigo. No sé qué hacía allí, pero sabía que tampoco podía volver. Los que nacieron en Marruecos, y que nada tenían que ver con el ejército…. Te hablo de la población civil, la que nos quedamos tras la independencia, la que apostamos por trabajar en el Marruecos libre, en nuestro país, porque nos sentíamos tan marroquíes como vosotros, hubiésemos deseado permanecer en nuestros pueblos… Nosotros éramos felices en Larache, /…/ Muy felices. Todos nuestros amigos estaban aquí… Pero llegó la marroquinización y no se nos permitió obtener la doble nacionalidad, se nos exigía permiso de residencia incluso a los que habían nacido aquí y llevaban toda su vida en Marruecos, sin conocer otro lugar más que éste…De pronto, éramos extranjeros. Insensatos, creímos que, por consiguiente, éramos españoles… Allí tampoco nos querían. Cuando llegamos a España, nos decían que íbamos a robarles los puestos de trabajo /…/ Así que, de pronto, no éramos españoles, pero tampoco marroquíes…”

Samir, un personaje larachense, al escuchar el discurso del protagonista, le dirá: “he descubierto que escondes más heridas de las que tú mismo crees tener”.

En esta soledad existencial, el azar le hace encontrar al protagonista a una joven con su hijo de cuatro meses (Nadja y Zakarías), recién salvados milagrosamente de una patera y cuya vuelta al país de origen representa una vuelta a los infiernos. Nadja es una niña marroquí de 17 años de agradables facciones, suaves contornos y hermosos ojos verdes de oliva, originaria de Tlata de Reixana. El escaso español que posee, sólo le permite afirmar su deseo de no volver al país y de encontrar cobijo y trabajo en España: “- Mi dijeron qui lispania mucho trabaja. Io viene a Hispana sola con mijo. Io necesita dinero para Zacarías. Io busca trabaja por papeles. Safi”

El encuentro en sí va a desenclavar una vuelta atrás, provocando así, en cierta medida, una reconciliación del personaje con su pasado, y recordándole incluso su primer amor de niño en Marruecos con Salma, cuyo parecido con Nadja es producto del azar: “Todo había sido un simple espejismo que le había aparecido por casualidad o por un accidente retórico”, “Se fue así reconciliando con un pasado que tenía postergado de manera canallesca, como si tuviera algo de qué avergonzarse”. “Nadja ha conseguido algo, y tengo que reconocerlo. Me ha hecho volver a pensar en Marruecos, en Larache.”

La Medina de Larache

Tal situación, genera dos discursos que caracterizan y definen a dos minorías: la de los inmigrantes clandestinos y de su mundo, por una parte, y por otra, la de una minoría de españoles que tuvieron que dejar Marruecos y “condenarse” así a vivir entre el aquí y el allá. Las condiciones de la minoría de inmigrantes vienen especificadas en el relato a través de tres pausas: la de la imaginación del protagonista, que concuerda con la realidad y la de dos espacios muy representativos que son la Subdelegación del Gobierno (en España) y la alusión a la Asociación Pateras de la vida (en Marruecos) que intenta, desde dentro, ayudar y rescatar a algunos de los inmigrantes clandestinos, del sucio comercio de los traficantes de humanos.

Si la llegada de Nadja y su hijo a España en patera inicia el relato, las condiciones de esta travesía sólo aparecen al final. En un esfuerzo de recreación, Abel entreverá a Nadja, con Zakarías en brazo: “caminando por la orilla del Lükus y cruzando esas montañas que se enfurecen con el invierno, los bosques inhabitables, las llanuras resecas. Una ruta arisca, imperdonable, pretoriana. Un territorio poblado de sepulturas anónimas, de esqueletos desintegrados, de fantasmas abatidos en absurdas guerras”. La imaginará también: “ con los pies ensangrentados, las zapatillas de deporte húmedas y rotas, los cabellos asidos por el sudor de la cara, dirigiéndose con determinada fascinación a una inexistente Europa engalanada por los estafadores. Su llegada a una incierta playa tangerina, la espera interminable en una noche como boca de lobo hasta embarcar en una patera maltrecha e inquietante…”

La primera parada de estos inmigrantes se opera en los lugares insalubres y escondidos donde se refugian los inmigrantes antes de emprender lo que muchas veces es un “viaje sin retorno”; lugares controlados por una mafia que hace del ser humano el objeto de su lucro y donde procuran intervenir los ejecutivos de la Asociación Pateras de la Vida para ayudar y corregir, como pueden, el tiro. El lugar en sí es “uno de los refugios preparados para los ilegales”, y cuya descripción hace resaltar las condiciones más inhumanas, que escapan a veces a las cámaras y a las plumas: una casa “demasiado poblada para sus escuetas dimensiones” y en cuyo interior yacen almas perdidas; habitaciones abiertas donde “dormitaban una treintena de personas, en su mayoría de raza negra, junto a los que se reconocían también a los marroquíes más olvidados. Todos se hacinaban igual que desperdicios o que despojos, la escoria de la que nadie quería saber nada de nada; mejor muertos que ociosos, mucho mejor lejos, en países desarrollados que pudieran explotarlos a gusto, que delinquiendo en su propia tierra. Formaban un buen cuadro de almas perdidas”.

El cuadro final es el de unas “caras inexpresivas” tumbadas sobre “esteras sucias y malolientes” en un clima donde predominan: “la suciedad, el mal olor y el deterioro”. Es un mundo, dirá el narrador que “violaba una intimidad vergonzosa” y cuyos moradores no eran más que “simples réplicas almacenadas”. Un lugar finalmente donde mejor se entiende –dirá Abel- “la vacuidad de nuestras fronteras, la artificialidad de nuestras diferencias, esa impostura instalada en el poder que nos conduce a ciegas a seguir a unos líderes manipuladores y ególatras”. Una de las imágenes más esperpénticas que ofrece el lugar es la de una mujer embarazada que sufre, en la resignación más absoluta, su amargo destino: “Una mujer embarazada estaba sentada en el suelo, con la espalda apoyada en la pared. Sus pies mostraban las huellas del sufrimiento, llenos de cicatrices y eccemas, con un par de uñas rotas, con sangre coagulada”.

En cuanto al otro espacio, situado esta vez en la otra orilla, es el relativo a la Subdelegación del Gobierno donde “marroquíes que se apiñaban en una de las puertas acristaladas”, negros africanos y sudamericanos “sentados en silencio en los informales sillones negros de trazas modernistas” y donde “guardar su turno” era una angustia permanente y una necesidad absoluta. El clima general es tan desolador como el primero: una mujer que parecía como “una forzuda sacada de un parque de atracciones de los años treinta o cuarenta”; el triste espectáculo de seres que “mataban su espera desesperadamente dando pequeños paseos en círculo” mientras que otros “charlaban en jergas incomprensibles”, con voces reducidas a “un murmullo resignado”, y conversaciones en que se pisaban lenguas que se confundían “en una ridícula torre de Babel”. En esta caótica dependencia, los funcionarios serán entrevistos por el protagonista narrador como representación de “la nueva clase dominante” o “nueva burguesía funcionarial que pasaba por encima del resto de la ciudadanía”, es decir, “los nuevos privilegiados” de la patria. El panorama final es el de una “ciénaga burocrática”. El propio discurso del responsable de inmigración denota cierto pesar por la situación, pero que no altera en absoluto la implacable lógica maquinaria administrativa: “Muchas veces he de cerrar un expediente con una propuesta de expulsión, y sé, en mi fuero interno, que probablemente esté matando la esperanza de alguien que merecería otra suerte/…/ Pero las cosas son así, es imposible acertar en todos los casos. Cometemos muchas injusticias, involuntariamente.”

Frente a esta situación, la voz rebelde del protagonista se levanta en forma de protesta en contra de quienes juegan con la vida de desgraciados y se aprovechan de ellos: “Detestaba a los que jugaban con la vida de esos desgraciados y a los que, sobre todo, se aprovechaban de mujeres sin futuro para darse un festín con ellas /…/ La mayoría son pequeños delincuentes, raterillos. Algunas mujeres vienen con la esperanza de casarse, es otra fórmula que les permite mantenerse a flote. Y la vergüenza es que todo esto ocurre en un país de emigrantes…” Dice Abel en una discusión con David, y refiriéndose a la estancia de los dos en tierras magrebíes: “en mis tiempos éramos nosotros los que buscábamos las habichuelas en su tierra”.

Este discurso, reiterado más de una vez en la novela, expresa el malestar de una franja de la población española que contempla con resignación el mundo infernal de los ilegales, llegando incluso al extremo de auto-culpabilizarse por alimentar inconscientemente la filosofía de los nuevos fascistas “que sólo comen en los Mc Donald’s y estudian guerrilla urbana contra los mendigos y los inmigrantes negros en las consolas de sus juegos interactivos”.

“Nosotros hemos sufrido la emigración, jai, y sabemos lo dura que es esa vida. Y, en realidad, estamos en deuda…Hoy es ella y el niño, mañana pueden ser nuestros propios nietos”. “Todos somos emigrantes. Créame. Ahora gozamos de una buena racha, pero nadie puede asegurarnos que dentro de cuarenta años no estarán nuestros nietos cruzando el mar para buscarse su futuro. El mundo es redondo y da muchas vueltas”.

Como queda señalado antes, el encuentro del protagonista con Nadja no hace más que activar un fuego apenas enterrado, hasta tal punto que nos encontramos, desde la primera página de la novela con el fantasma de un hombre viudo, quien, a sus sesenta y siete años, y desbordado por la nostalgia, no ha podido dejar el pasado atrás y olvidarlo; un ser que seguía viviendo “acompañado por la presencia inquietante de las ausencias y por la inesperada intromisión de un horizonte imposible”; un ser finalmente cuyo futuro “había dejado de existir” para darle paso a lo único que le quedaba: un recuerdo “con imágenes permanentemente en evolución, igual que fragmentos de películas que se proyectaran en una pantalla recóndita”. Son detalles, pero que se mantienen y que “son la esencia del recuerdo y la mejor coartada para el progreso”.

El recordar aquí es primero y sobre todo el Larache de la infancia. “Aquí -afirma el protagonista refiriéndose a esta ciudad – es donde fui realmente feliz”. Larache, prosigue el personaje en otro contexto, “es mi única bandera”; sobre todo cuando sabemos que allí es donde están enterrados sus padres. Su historia empezó cuando su padre decidió “buscar fortuna en tierras magrebíes”. Pero, desde entonces, en sus pupilas, en su corazón así como en el aire que penetra sus pulmones, todo se resume en vivencias, sensaciones y sentimientos larachenses. Pero la memoria, como bien lo señala el protagonista, es también “un penoso recordatorio de nuestras pequeñas miserias”. Y en efecto, el espacio larachense recreado y que corresponde al presente de la narración, es un mundo en decadencia, en el sentido de una progresiva destrucción de su alma y de su carga histórica. Así aparecen en el relato los vestigios del pasado o, simplemente la morada o espacios de la infancia: la casa Raisuni, cuyas paredes estaban cubiertas “de enredaderas” que “disimulaban las grietas inmisericordes y las manchas de humedad”; el antiguo casino que ya no está en su solar por haber desaparecido; el Castillo San Antonio que no es más que un viejo guerrero malherido:

Castillo Laqbíbat (o de San Antonio)

“Se había imaginado verlo ahí, chulesco, erguido con sus robustos muros desafiando al mar, como el paladín que siempre había sido, defensor romántico de la ciudad frente a los ataques de Poseidón. Pero no era así. En su lugar se encontró con un viejo guerrero malherido” con paredes “erosionadas por la rapiña insensata del olvido”. Es el Castillo Laqbibat, que aparece como “ladeado, de rodillas, perdida su dignidad, vencido y humillado por la desidia de las autoridades que lo habían abandonado a su triste suerte, con sus muros mordisqueados” con “piedras que se habían ido desprendiendo de los muros”, “grietas profundas”, “cúpulas resquebrajadas”, “hondas incisiones en las paredes hechas a base de hachazos gigantes” tal “un cáncer inesperado y triunfante”.

Es el Teatro de España que, de un espacio de esplendor que acogió a ilustres artistas (Antonio Machín, Antonio Molina), ha dejado “su lugar decimonónico y majestuoso a un edificio impersonal de apartamentos”; el cine Ideal, única construcción del art deco del norte del país y que hoy no es más que “un solar donde unos camiones estaban descargando material para los cimientos de algún otro inmueble globalizado”; la avenida, felicidad de ayer, hoy “un viejo decorado al que ya le faltaba una parte importante de la tramoya”; la propia casa de la infancia no es más hoy que “una sombra del pasado”, un solar de “escombros y de maderas mojadas y de vigas y ladrillos amontonados de manera impúdica” que cubrían sus sueños de adolescente, una especie de “úlcera sangrante”…

La política del lucro de los sucesivos responsables de la ciudad ha prevalecido más que la fibra histórica que hubiera podido darle al país otro monumento histórico y otra riqueza turística. “Lo que importa a esa gente -dirá el protagonista- es el negocio, aunque haya que saltarse las leyes y las normas de buena convivencia….”.

Pero, a pesar del trise panorama, Abel Egea permanece fiel a su amor por esta ciudad que constituye su única bandera: “yo sigo amando todo esto, con sus heridas, con sus ausencias, con sus gangrenas”; sobre todo porque allí es donde ha aprendido a ser tolerante y a convivir con las demás culturas y religiones: “el señor Beniflah les daba tanto la bienvenida como sellaba de manera solemne el ritual de esa celebración que congregaba cada año a la familia, al mejor amigo del señor Beniflah, un cristiano, y a otro hebreo y a un musulmán para sentarse todos juntos alrededor de la misma mesa y recordar, con la lectura de varios textos, la liberación del pueblo de Israel…”

“Era un tiempo increíble. Mis amigos musulmanes acudían a mi casa en las Navidades y, el día de Reyes, recibían algún obsequio /…/ Yo acudía a la fiesta del Mulud y a la del Aid el Kebir, lo que confirma el larachense Yebari, con sentir y nostalgia, en comparación con las atrocidades del mundo actual, determinadas por el rechazo del otro, el fanatismo y el individualismo: “hablando con mi hermano, comentábamos lo curioso que era el que conviviésemos en Larache tantas culturas y nunca, nunca, hubo un solo problema /…/ Había iglesias católicas, mezquitas y sinagogas, y nos respetábamos por igual”.

El mismo discurso lo recoge Samir, otro personaje de la novela, haciendo hincapié en la cruda realidad que emite hoy la televisión: la de judíos y musulmanes que se sangran a diario cuando la posibilidad de convivencia es real: “Es difícil para ellos entender que un judío y un musulmán puedan compartir una fiesta, que puedan estar sentados a la misma mesa “, “ cómo van a creerme si sólo escuchan hablar en las televisiones europeas del terrorismo islamista”. Abel, recogiendo las palabras de su difunta esposa Carlota, notará con razón que “vivimos una época de miedo, una época de sinrazón, una época de iluminados; y como nativo del país, que se siente parte integrante de la problemática de su población, hará suyo el dolor de ver o leer casos de marroquíes detenidos o perseguidos por terroristas o supuestos terroristas: “Cuando las noticias hablan de que han detenido a un marroquí vinculado con un grupo terrorista, sufro. Sufro tremendamente. Porque pese a mi nacionalidad, me sigo sintiendo de aquí”.

Este discurso del protagonista, con el que cerramos esta presentación, es más que un testimonio de fidelidad a este espacio que lleva en él como “un pedacito entrañable”. Es un acto de amor que conlleva significados plurales, de acuerdo con el espíritu general de la obra: salvaguardar el recuerdo y las tiernas convivencias, reintegrar una imagen auténtica a veces ensuciada por la ignorancia de uno o por las actitudes fanáticas de otro; realzar el lado humano que tiene uno, antes de ser un simple sujeto de una sociedad de consumo…..en fin, y a través del recuerdo, mostrar cómo uno no puede, a pesar de los pesares, ser despojado de su identidad que lo llama desde las profundidades: que sea Nadja o Abel, dos minorías y dos voces todavía calladas.

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LARACHE – Mis fotos 7

Larache no es sólo una ciudad, mi Larache es mi gente, y en las fotografías que voy colgando les rindo de alguna manera mi pequeño homenaje, que es una sencilla declaración de amistad, de cariño, de afecto… Algunos hace mucho que no los veo, pero siempre están ahí, al igual que yo lo estoy para elllos, lo sé, y lo saben. Me encanta la pluralidad de todos ellos, la que aprendimos en nuestro pueblo, somos de distintos credos, de diferentes creencias, pero nos une algo inquebrantable.

Alberto, Zohra, Aziz, Itziar, Ahmed, Mohammed, Abderrahman, Sergio, Maru (mi madre) y Fatima, en el Cafe Lixus de Larache

JAVI LOBO Y MESSOD OBADIA

Desde el pasado al presente, lo mejor de ir a menudo a Larache es que el número de los míos nunca disminuye, al contrario, poco a poco a quienes forman parte de aquellos años de infancia, como Javi, Messod, Sibari o Emilia, se incorporan los que año tras año se cruzan en mi vida y se adhieren a la piel de mi memoria.

QODSIA Y RADIA

Sergio, Sibari & Rachid

Carmen & Hanan

Hanaa, Naoual, Siham & Ettaya

Ange, Fatima & Sibari

Antonio y Julia

A veces, sólo basta con vernos, saludarnos, abrazarnos, y esa corriente mágica surge espontánea, hay un invisible hilo que nos une, y eso te hace sentirte especial, privilegiado.

Charo, Aicha y Maria Dolores

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Estreno de cine: «CISNE NEGRO» (Black swan, 2010) de DARREN ARONOFSKY

Salgo del cine algo desconcertado. Si me preguntaran qué es lo que acabo de ver, realmente no sabría qué decir. “El luchador” (The wrestler, 2008), la anterior película de Darren Aronofsky, confieso que me fascinó e, incluso, me emocionó, y además estaba muy bien rodada. Así que me esperaba algo decente.

En la butaca del cine me he sentido incómodo. Hacía mucho que no me ocurría. Algunas escenas son particularmente morbosas, nunca me ha gustado ver cómo le arrancan las uñas a nadie, pero supongo que si se quiere mostrar el sufrimiento de una bailarina por alcanzar la perfección artística es una metáfora como otra cualquiera, repulsiva, pero metáfora al fin y al cabo.

“Cisne negro” (Black swan) cuenta la historia de una intérprete de ballet clásico que lucha por hacerse con el papel protagonista de “El lago de los cisnes”. Se presenta como un drama, está nominada a los Oscar y, según la prensa y la publicidad, la interpretación de Natalie Portman es magnifica. Vale. Pero vayamos por partes.

Darren Aronofsky

Sí, es verdad que cuenta la historia de una bailarina perfeccionista (yo diría que enfermizamente obsesionada) por lograr ese papel. Pero Aronofsky no rueda un drama al uso sino que, influenciado de forma absoluta por “La pianista” (La pianiste, 2001) de Michael Haneke, calca parte de esta historia. A veces, creía estar viendo trozos de ella, aunque aquí la pianista se ha transformado en bailarina. Ni que decir tiene que la personalidad del personaje femenino es tan contradictoria y amarga en una como en otra. Para que no nos demos cuenta de la copia, la bailarina vive sola con su madre, y su madre es una mujer que vive volcada en ella, controlándola y vigilándola, protectora hasta la asfixia, que sólo desea que triunfe, que logre lo que ella fue incapaz de alcanzar, que anhela vivir a través de su hija lo que en su juventud no vivió, y comparten un piso algo sórdido, triste, agobiante. Vaya, pero si es casi lo mismo.

Lo que era sobriedad, sequedad y frialdad en la película de Haneke, aquí se torna en una especie de mezcla extraña. En “Cisne negro” hay drama, por supuesto, pero, sorpresa, también hay auténtico cine gore (asoma algo de Dario Argento, aunque Aronofsky trata en realidad de emular al gran David Cronenberg sin lograrlo) con sus escenas truculentas llenas de sangre y violencia gratuita (toda ella fruto de la imaginación del personaje, como cuando se levanta una uña y tira de ella y se lleva por delante la piel…), hay cine “de miedo” (entiéndase el tipo de cine que busca el efecto a base de sorpresas remarcadas con golpes de música, muy al estilo de todas las películas de terror que se ruedan desde hace unos años, y eso da lugar a algún que otro momento sonrojante), hay cine de espíritus o de fantasmas que se cruzan por algún pasillo o aparecen en una habitación (desde “El sexto sentido” a “El orfanato”, pero en “Los otros” Amenábar lo hacía mejor) y hay cine musical, aunque de ballet clásico. Demasiadas cosas, quizá.

Darren Aronofsky ha querido hacer una película europea. Europea y seria (en el peor sentido del término), pues no hay una pizca de humor en todo el metraje, y para lograrlo se apoya, como digo, en “La pianista” de Haneke, en el cine gore, en la utilización, a ratos, de cámara en mano muy a lo Godard, en escenas de sexo más o menos explícito (a las que el cine americano le tiene tanto pavor, quizá por ello se buscan la excusa de la frigidez de la protagonista), actores y técnicos franceses (Vincent Cassel está más que creíble como coreógrafo), música de Tchaikovsky… Algo así como cine europeo con presupuesto americano.

Natalie POrtman

Lo único que me parece auténtico del film es la interpretación de Natalie Portman, y también es lo único que comparto con las críticas que he leído. El resto me parece una exageración, una astracanada. Incluso ver en el papel de la madre a Barbara Hershey, actriz que en su momento me parecía deliciosa y sensual, convertida ahora en otra máscara de botox (a lo Nicole Kidman o Faye Dunaway) me ha desmoralizado por momentos.

En fin, que una bailarina se obsesione con su papel hasta el extremo de confundirse con su personaje es posible, pero que no me digan que esta película logra que nos creamos esa historia, porque no lo hace. Sigo aún desconcertado, lo confieso.

Sergio Barce, febrero de 2011

Vincent Cassel y Natalie Portman en el rodaje de Cisne Negro

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EL PESO DE LA VIDA, relato del escritor larachense MOHAMED AKALAY

Mohamed Akalay

Como ya señalé en mi reseña sobre Akalay como escritor larachense, el reto estriba en que el escritor, cuya lengua habitual es el árabe, utilice el castellano para narrar, y que, además, le hayan reconido este mérito con varios premios. Y, aunque ya había introducido algún párrafo de sus cuentos, le pedí que me enviara uno de ellos para colgarlo de este blog. Akalay, por supuesto, haciendo gala de su amistad, me ha enviado dos de sus relatos, y hoy os ofrezco uno de ellos, que forma parte de su libro «Entre Tánger y Larache» (Sial Ediciones/Casa de África, Madrid, 2006).

Sergio Barce, febrero 2011

Mohamed Laabi, Jose L. Gómez, Mohamed AKALAY, Sergio Barce, Mohamed Sibari, Bouissef Rekab y Said Jedidi

«El peso de la vida» de Mohamed Akalay

El aviso de desahucio llega cuando tienes que ir a pagar las facturas de la electricidad y el agua. Decides posponer tal ejecución y esperar acontecimientos.

Suspendida la acción de cada mes ante la nueva realidad, sientes en tu entorno un silencio cruel, soledad brutal, enmudeces.

En la habitación del niño se percibe tranquilidad, él queda lejos de los padecimientos que tú debes soportar. Para él, eres el viento que alegremente revolotea, el agua que nutre, el pan que alegra, la paz y la seguridad.

El documento en el que te ordenan abandonar el hogar es escueto, duro, sin dejar dudas de ninguna clase. ¡En dos días tienes que pagar los meses atrasados o irte y llevártelo todo! Al volver a leerlo, mareas de sombras anegan tu alma y sientes el vacío envolverte… Recuerdos de dolor y desesperanza.

Tu marido acaba de encontrar una casa maravillosa, donde el fruto se presiente feliz. El bebé que pronto va a nacer tendrá un hogar para crecer adecuadamente.

-Hemos tardado en encontrar una casa como es debido, pero por fin tenemos lo que queremos…

-Cuando el niño nazca tendrá su habitación y nosotros podremos vivir con holgura. ¡Dios nos ha ayudado!

Tu joven marido tiene un buen trabajo, tú te encargarás de la casa y, de momento, te preparas para el alumbramiento. Vuestras familias son de otros confines lejanos y únicamente os tenéis el uno al otro.

Antes de ocupar el nuevo hogar, decidís unos arreglos: echáis abajo un tabique y el salón ya es más grande, dividís una amplia habitación y ya tenéis la vuestra y el bebé la suya, separadas. Compráis lo estrictamente necesario para vivir adecuadamente, los adornos pueden venir más tarde.

La vida se hace bella, te encaramas en lo más trivial para sentir ilusiones de un futuro prometedor. La vida que vive en ti te hace absorber cada momento que pasa, esperas con esperanza una luz que brille para siempre junto a ti y a tu marido.

Creo que se acerca el parto, algunos familiares, los más cercanos, viajan para estar junto a ti.

-¡Hija mía, qué contentos están todos de que puedas ser madre!

-¿Y por qué no han venido todos, mamá?

-El viaje es muy largo… y muy raro. ¡Qué le vamos a hacer, hija!

-Es verdad; tienes razón.

Tu suegra es una mujer muy buena, apenas habla y siempre está dispuesta a hacer lo que sea para que los demás se sientan bien. Ha venido sola.

Tu marido fue a esperarlos a todos a la estación del tren, tanto a tus padres como a su madre.

Los preparativos se aceleran cuando el nacimiento del bebé se hace inminente: ropita para el recién nacido como los baberos, camisetitas, jerseys, etc.; ropa adecuada para ti: bata, zapatillas, camisones… En la casa se elaboran dulces, bebidas; tu habitación preparada para recibir las visitas –pocas, pero seguras- de las esposas de los compañeros de tu marido.

… Y ahora esta acta que viene a hacer más vacío tu entorno.

“No permitiré que me echen de aquí, estoy dispuesta a todo. Dentro de poco me van a dar un trabajo y empezaré a pagar el alquiler; creo que el casero no se va a morir si se espera un par de meses”.

Oyes que tu hijo se despierta y vas a darle los buenos días. El disgusto es tuyo y no quieres que sepa que hay problemas, basta que su padre haya desaparecido. Adornas tu cara con una ancha sonrisa y abres la puerta.

Colegio Luis Vives de Larache: en este acto intervinieron Mohamed Sibari, Mohamed AKALAY, Sergio Barce, José Mª Montes y el cónsul D.Javier Jiménez Ugarte

-Buenos días, cariño. ¡Arriba! ¡A prepararse para ir al cole!

El niño, de nueve años, se estira para desentumecer los huesos y rápidamente se yergue y te abraza.

-Todavía es temprano, mamá. Déjame un ratito más…

-¡Venga, hijo, arriba!

“Iré a ver si soluciono esto con el dueño de la casa. ¿Adónde voy con mi hijo a cuestas? Si estuviera sola me la arreglaría como fuera, pero así, con un niño…”

-¿Está la leche caliente, mami?

-¡Claro que sí, enano! Y tengo bizcocho de chocolate…

Llevas a tu hijo al colegio. En la puerta hay cientos de niños como él, pero ninguno con el mismo problema: pronto ni podrá tener casa ni podrá asistir a sus clases. Ráfagas de recuerdos te ahogan. Quieres llorar pero no debes…

El bebé nace y la alegría inunda tu vida; tu marido te quiere más aún, estás segura. Sientes crecer, dulcemente, la luz añorada.

La vida palpita en cada uno de los muebles, en cada rincón de la casa que compartes con esas dos personas.

-¿Te parece bien que este verano vayamos a la playa con el enano?

-¡Claro que sí! Yo iré a comprar esta tarde los bañadores para los tres, aceites para que no nos quememos y algunos juguetes para que se distraiga el niño.

-Mi bañador me lo compro yo. No tengo ganas de estar cambiando…

Vas sumida en tus pensamientos. El dueño de la casa estará en su tienda y tu intención es convencerlo para que retire la denuncia contra ti. Le explicarás que pronto tendrás medios para cubrir la deuda que tienes con él. Que por favor no te echen de tu casa.

El hombre ve que te acercas y sale de la tienda para hablar contigo. Sigue leyendo →

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Cuadernos de cine: UN PROFETA (Un prophète, 2009) de JACQUES AUDIARD

De estos últimos años, si se quiere hablar de cine negro, de buen cine negro, hay que referirse al cineasta Jacques Audiard.

Desde sus primeros films (todos merecen ser vistos, los seis, no son demasiados), este realizador francés nacido en París en 1952,  ha sabido mezclar hábilmente en sus guiones el drama y la comedia (como en “Un héroe muy discreto” <Un héros très discret>) con el relato negro. Fue con “Lee mis labios” (Sur mes lèvres) (2001), que plantea ya algunos momentos de buen cine, cuando llamó mi atención el trabajo de Audiard pues, a una sólida historia, se añadía una estupenda dirección de actores y una puesta en escena sobria pero tan clásica como renovada.

El cine francés siempre ha amado el cine negro, y Jacques Audiard está fuertemente influenciado por los maestros de ese cine: Jean-Pierre Melville, Jacques Deray, Henri Verneuil o René Clément, pero también por el cine americano de los setenta. He notado su atracción (espero no estar equivocado) por el William Friedkin de “The french connection”, el Frankenheimer de “The french connction II” o el Arthur Penn de “La noche se mueve” (Night moves), no sé, quizá en la formulación de la trama, en los movimientos de cámara o, simplemente, en la manera de sobrevivir sus personajes.

Con “De latir mi corazón de ha parado” (De battre mon coeur s´est arrêté) (2005),  un título precioso, uno ya comienza a quitarse lentamente el sombrero. Es una película tan trepidante como original. Ahora el cóctel de cine negro y drama funciona como un reloj, no hay fisura alguna. Comprendo entonces que Jacques Audiard no sólo es un buen realizador, es magnífico.

TAHAR RAHIM es Malik y NIELS ARESTRUP es César

En 2009 estrena “Un  profeta” (Un prophète). Ahora ya me quito el sombrero del todo. Es un director excepcional. La publicidad del film la anuncia como “Audiard realiza su Padrino”, y eso es verdad. Estamos ante una auténtica obra maestra.

“Un profeta” cuenta la historia de cómo un pequeño delincuente, musulmán, y desde dentro de la cárcel, inteligentemente va ascendiendo en la escala de poder de la mafia que controla ese mundo, pero también el exterior. Audiard es tan hábil al contarnos esta aventura personal que introduce el elemento innovador: el problema de la interculturalidad, la mezcla de religiones, las nuevas relaciones entre clanes que se han ido creando en los centros penitenciarios,  las diferencias étnicas, la xenofobia entre unos y otros, la violencia de nuestra sociedad actual.

Para ver el tráiler (en español) de este film, entra en: http://www.youtube.com/watch?v=m9s5HqXslZc

El protagonista, Malik el Djebena (interpretado por un extraordinario actor llamado Tahar Rahim) se ve rodeado en el interior de la cárcel por hombres sin alma que serían capaces de arrancarle el corazón, de pisotearlo hasta convertirlo en un ser anónimo, en carne de cañón, pero él juega sus bazas, renunciando a formar parte del clan de los otros presos árabes, y, astuto como pocos, va ganándose la confianza de César Luciani (al que da vida un actor inmenso: Niels Arestrup, que ya había bordado su papel en “De latir mi corazón se ha parado”), que es el auténtico capo de esa cárcel.

La lenta pero inexorable caída de César, el viejo jefe del clan de los corsos, corre en paralelo con la asombrosa subida de Malik. Y Audiard, a la vez que nos muestra un recinto penitenciario frío, casi aséptico, sucio y corroído, una especie de intestinos podridos, que le dan un realismo ejemplar a la cinta, mueve su cámara por el patio, por las celdas, por cada rincón de ese mundo, para mostrar sus habitantes, una galería de personajes inolvidables. El fantasma del hombre que Malik ha de asesinar, que se le aparece en varias ocasiones, es un acierto, no desentona, al contrario, son unos encuentros sutilmente rodados que dan un leve toque de comedia enriqueciendo la historia.

Hay algo de Sam Fuller, de Don Siegel y de Jacques Becker. La música de Alexandre Desplat no va a la zaga, y Stéphane Fontaine, en la fotografía, logra el clima y el color que requiere una narración nada complaciente.

No hay compasión en los hombres que se mueven en este mundo de los bajos fondos, no hay remisión, la vida consiste en sobrevivir, para eso hay que asimilar las normas, entrar en el juego, y como Malik, hacerse con el mando.

“Un profeta” es una película con mayúsculas. Inolvidable, con eso está todo dicho. Ya han pasado tres años, y Audiard no ha rodado aún nada nuevo. Película a película ha ido subiendo peldaños, y ha llegado a esta obra cumbre. Si es capaz de superarla, entonces ya ni siquiera intentaré volver a ponerme el sombrero.

En 2010, ganóa la mayoría de los Premios César del cine francés, obtuvo el Premio Bafta a la Mejor Película de Habla No Inglesa y estuvo nominada en esta misma categoría al Oscar de Hollywood.

Sergio Barce, febrero 2011

JACQUES AUDIARD

Filmografía de Jacques Audiard:

 

1994: REGARDE LES HOMMES TOMBER Con Jean-Louis Trintignant, Jean Yanne, Mathieu Kassovitz, Bulle Ogier, Christine Pascal e Yvon Back.

1996: UN HÉROE MUY DISCRETO (Un héros très discret) Con Mathieu Kassovitz, Jean-Louis Trintignant, Anouk Grinberg, Sandrine Kiberlain, Albert Dupontel y Nadia Barentin.

1998: NORME FRANÇAISE -corto

2001: LEE MIS LABIOS (Sur mes lèvres) Con Vincent Cassel, Emmanuelle Devos, Olivier Gourmet, Olivier Perrier, Olivia Bonamy y Bernard Alane.

2005: DE LATIR MI CORAZÓN SE HA PARADO (De battre mon coeur s´est arrêté) Con Romain Duris, Niels Arestrup, Jonathan Zaccai, Gilles Cohen, Linh Dan Pham, Aure Atika, Emmanuelle Devos y Mélanie Laurent.

2009: UN PROFETA (Un prophète) Con Tahar Rahim, Niels Arestrup, Adel Bencherif, Hichem Yacoubi, Reba Kateb y Gilles Cohen.

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