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«EL MAESTRO DE GO» (Meijin) (1951) de YASUNARI KAWABATA

Igual que contemplar una película de Ozu o de Mizoguchi. Yasunari Kawabata narra con una elegancia y precisión decididamente conscientes para sumergirnos en la última gran partida de Go, celebrada en 1938. Lo hace así porque el juego de Go, tan extraño como insondable (salvo para los japoneses y algunos conocedores del mismo, por supuesto), lo exige. Cada movimiento de los jugadores, y también de quienes les rodean durante los meses que dura esa gran partida, visualizan de manera perfecta el ritual, el honor y, sobre todo lo demás, el arte que destila ese juego.

“Probablemente no se habría presentado de habérsela pasado por la cabeza la posibilidad de perder, y fue como si su vida terminara cuando la corona de la victoria cayó de su cabeza. Había seguido su extraordinario destino hasta el final”

Contrapone la esencia y la tradición del Maestro, que pone por última vez su título en juego, frente a un joven contrincante más visceral, práctico y moderno, que, sin embargo, representa la ruptura definitiva entre lo viejo y lo nuevo. Kawabata no puede disimular en su novela, sin embargo, su apego hacia el Maestro, su irrenunciable admiración por alguien que hizo de un juego una obra de arte, y aunque con gran respeto, nos muestra en el personaje del aspirante Otake la nueva cara de las cosas, este mundo artificial, en el que sólo impera el más fuerte, el más osado, la nueva cultura del vencedor por encima de cualquier otra valoración ética o moral.

“El Maestro había colocado el juego a nivel de obra de arte. Era como si la tarea, semejante a una pintura, hubiera sido manchada en el momento de mayor tensión. Ese juego de negro contra blanco, de blanco contra negro, tenía el designio y las formas de una creación artística. Tenía el vuelo del espíritu y la armonía de la música. Todo se desvirtuaba si sonaba una nota en falso… La obra maestra de un juego podía arruinarse por la insensibilidad de sentimientos de un adversario”

Cada frase, cada palabra, está escogida al milímetro. La aparente inacción de algunos de sus pasajes es impostada, el verdadero movimientos es tan sutil como la manera de caminar de una geisha. Los movimientos de las fichas, descritos con procelosa delectación (se nota que a Kawabata el juego de Go le hipnotizaba), es como la visualización de una batalla heroica. El sufrimiento de la esposa del Maestro es un claro paralelismo del que sufrían las mujeres de los guerreros de antaño (imagino incluso algunas escenas de “Ran” de Akira Kurosawa).  Yasunari Kawabata cincela, igual que un escultor, una biografía ficticia hasta modelar la figura que se proponía, es decir, la magnificencia del Maestro, su derrota que no es derrota, su final trágico y, sin embargo, honroso porque su cincel ha pulido las aristas y logra que el lector se ponga de parte de ese viejo que lucha contra lo ineludible, sentimos su dolor, su confusión final, y le arropamos.

 

Sergio Barce, febrero de 2011

(Los fragmentos de  la novela los he tomado de la edición de “El maestro de Go” publicada por Emecé Editores, 2010, con traducción del japonés de Amalia Sato)

  Yasunari Kawabata (1899-1972). Escritor japonés, cuya primera novela fue “La bailarina de Izu” (1927). Según parece, Kawabata tuvo una infancia trágica, era insomne y leía constantemente (había estudiado en la Universidad Literatura Inglesa y Japonesa), y pese a que era una persona solitaria, se convirtió en el escritor japonés más popular de su tiempo. Sus títulos más conocidos son “La casa de las bellas durmientes” (1961), “Lo bello y lo triste” (1964), “Mil grullas” (1949) o “País de nieve” (1935). En el año 68 fue galardonado con el Premio Nobel de Literatura, y cuatro años después se suicidó.

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DIÁLOGOS DE PELÍCULAS

Humphrey Bogart:  General, tenga cuidado con su hija. Ha intentado sentarse sobre mis rodillas cuando yo estaba de pie.

El sueño eterno (The Big Sleep, 1946), de Howard Hawks

Humphrey Bogart: Nací cuando ella me besó, morí el día que me abandonó, y viví el tiempo que me amó.

En un lugar solitario (In a lonely place, 1950), de Nicholas Ray

Bob, Carol, Ted & Alice

Bob, Carol, Ted & Alice

Dyan Cannon:  Ya sé que te apetece, pero cariño, a mí no. ¿Es eso lo que quieres, hacerlo sin sentimiento por mi parte?
Elliot Gould:  Sí.

Bob, Carol, Ted y Alice, 1969, de Paul Mazursky

Jack Lemon:  ¿Tres horas para almorzar?

Clive Revill:   Sr. Ambruster… aquí no nos vamos corriendo a la cafetería a comernos un bocadillo con un refresco, aquí vamos piano, piano. Cocinamos nuestras pastas, luego les echamos queso, bebemos vino y amamos.

Jack Lemon:  Entonces, ¿qué hacen por las noches?

Clive Revill:  Volvemos a casa a ver a nuestras esposas.

¿Qué ocurrió entre mi padre y tu madre? (Avanti!, 1972) de Billy Wilder

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LA CIUDAD DEL LUCUS, novela del escritor larachense LUIS MARÍA CAZORLA

Tengo una primicia, que mi amigo y paisano Luis María Cazorla me ha brindado en bandeja: anunciar que acaba de ver la luz su nueva novela La ciudad del Lucus (Editorial Almuzara), y quizá sea una de las primeras personas en publicitarla.

He tenido el privilegio de recibir el borrador del manuscrito y leerlo antes de ser publicado (digo privilegio porque lo es el gozar de la confianza de Luis). Recuerdo que me llegó el pasado año un paquete, algo voluminoso. Al desempaquetarlo, un leve estremecimiento recorrió mi espina dorsal: “La ciudad del río Lucus” leí, y como siempre me ocurre cuando me topo de súbito con algo relacionado con Larache, una entrañable alegría me asaltó, de modo que lo abrí no sin cierta ansiedad. Luis me enviaba quinientas ochenta y ocho páginas, a un espacio. Me di cuenta en seguida, desde el primer párrafo, que ahí había un trabajo duro, detallista y concienzudo.

En efecto, Luis María Cazorla se ha atrevido a algo mucho más que narrar una historia que nace de su imaginación para “plantarla” en medio de un escenario determinado que sólo sirva de decorado. Al contrario, se ha documentado de tal manera para afrontar esta empresa que uno no tiene más remedio que rendirse a este trabajo.

Lo fascinante es que no sólo cuenta con toda la exhaustiva información de los hechos políticos y militares que sucedieron en Marruecos, en especial en Larache, a principios de siglo y que desembocaron en la creación del Protectorado, sino que también conoce la realidad y los personajes reales que vivían a pie de calle, por así decirlo. Las tiendas, los comercios, los pequeños negocios, son descritos con exactitud, al igual que la ciudad de Larache, en la que Luis nació y creció (eso se nota en seguida). Y vemos cómo André de Laroche, José Luis Ninet, el padre Castellá, el padre Cantéliz, Leandro Campos (dueño del Bar el Murciano), Hicham ben Achech (un personaje cuya aparición en el relato me encanta), José Cohen, Abraham Muchatiel, Alí Sintal, Akalay… quienes forman parte de la pequeña historia, se entremezclan, gracias a la hábil narrativa de Luis Cazorla, con personajes que han pasado a la Historia con mayúsculas: el entonces comandante Fernández Silvestre, El Raisuni, el cónsul Zugasti… por citar sólo algunos de los actores de esta estupenda obra. De manera que estamos ante una novela histórica absoluta.

Luis María Cazorla, gracias a su larga experiencia profesional, a su trato con numerosas personalidades de la diplomacia y de la política, ha sabido plasmar de manera realista los entresijos, los difíciles equilibrios y las disputas que acontecieron en esos años convulsos. Su pluma de narrador dota además a los personajes históricos de personalidad, los convierte en seres de carne y hueso, con lo que la novela gana en realismo, en viveza, en aventura literaria.

Baste, como botón de muestra, este párrafo en el que describe uno de los encuentros entre Silvestre y el Raisuni:

Cherif Mulay Ahmed el Raisuni

    Silvestre conocía bien el carácter pedigüeño de los notables marroquíes. El Raisuni, por muy prominente que fuera entre ellos, tenía ese carácter muy arraigado. Los  hechos concretos a los que se había referido pronto –reflexionó para sí Silvestre- se acabarían traduciendo de forma inexorable en exigencias revestidas de peticiones de dinero y material.

La pronta y un poco atropellada mención al respeto de las leyes y autoridades locales sonó a clara advertencia que incomodó a Silvestre. Éste, para evitar los tejemanejes de los franceses y sus semsares, había prohibido al caíd, al nadir y al almotacén de Alcazarquivir que preparasen documentos de compraventa de casas de la ciudad y de terrenos en el campo sin su previo conocimiento. Haciendo caso omiso a las protestas del Majzen, de la campaña adversa de la prensa francesa y de las llamadas a la prudencia del ministerio de Estado, había mantenido su orden. Sabía que el Raisuni se había molestado por ello, no tanto porque le afectara directamente de modo significativo, sino por constituir un síntoma de que el ejercicio de su autoridad iba a verse interferido por las bigotadas del jefe militar español. Este proceder confirmaba, además, que las dificultades con las que sus recaudadores se habían topado para cobrar impuestos por la interposición de Silvestre no era algo aislado. Todo ello constituía una forma de entendimiento que el jefe militar español tenia de su acción política, en ciertas ocasiones incluso discrepante de lo que la legación en Tánger y el consulado en Larache le transmitían.

El Raisuni, por su parte, estaba lanzado en cumplir los propósitos que anidaba en su segunda reunión con Silvestre. Había comprobado el día anterior que era cierta la fama de impulsivo e impaciente atribuida al militar español después de algunas semanas de estancia en Larache y Alcazarquivir. El jerife había logrado templarlo en la entrevista del día anterior, aunque no se le había escapado que Silvestre estuvo en varios momentos a punto de estallar ante las divagaciones del astuto bajá de Arcila.

Aquella mañana se había encontrado con un Silvestre más calmado y reflexivo, y estaba dispuesto a aprovechar la oportunidad que se le ofrecía…

Cazorla entra en la psicología de estos personajes y nos metemos en sus reflexiones, en sus dudas, en sus impulsos.

General Fernández Silvestre

Y como larachense, dota a la historia que cuenta de una rica vida interior: no sólo describe perfectamente la ciudad que tan bien conoce, de igual forma reconstruye las antiguas calles, los viejos edificios y los paisajes, revive a las personas que los habitaban (Luis visitó, mientras escribía la novela, cada uno de los lugares donde se desarrollaron los sucesos reales) y recupera voces, giros, palabras y dichos (el vocabulario es rico en matices, y el lenguaje utilizado en el Marruecos de la época enriquece aún más la autenticidad del relato).

Un mosaico completo, en fin, de una época y de una historia tan fundamental en nuestra historia reciente como desconocida para una gran parte de los futuros lectores.

Quizá las propias palabras de Luis María Cazorla, en la “Nota del autor” que se contiene en el libro, sean más elocuentes de lo que yo pueda ser en este pequeño comentario.

Parece difícil, sobre todo en el campo de la creación literaria, pero si el escritor ahonda en sí mismo acaba encontrando una explicación a ¿qué ha desencadenado en mí la fuerza interior necesaria para escribir el libro en cuestión?

A veces es un relámpago que ilumina cegador y desgarra con fuerza el velo de la indefinición intelectual inicial de quien lo recibe. Otros es un lento poso de vivencias, sensaciones, recuerdos, realidades y apariencias de realidad forjadas por la imaginación que se solidifican hasta convertirse en una nueva realidad a veces más poderosa que la fáctica. Este poso se va nutriendo a los largo de los años de sucesivas capas hasta que un especial estado de ánimo, una maduración sólo apreciable por el futuro autor, o un aliento etéreo e indefinible ponen en marcha el aluvión que culmina en el libro.

Esto último es lo que me ocurrió a la hora de comenzar el largo camino de algo más de tres años que ha terminado con La ciudad del Lucus entre tus manos, lector.

Muchas capas se han acumulado hasta formar el sólido poso en el que se asienta esta novela. Han revoloteado en mí las imágenes de mi abuelo, José María Cazorla García, que, primero como soldado y después como comerciante, se asentó en Larache en los muy primeros años del Protectorado español en Marruecos; de mi padre, Luis Cazorla Navarro, que nació en esta ciudad en 1920 y en ella empezó su destacada carrera de abogado y de interventor militar; de mi madre, Soledad Prieto Caro, que llegó allí casada, abandonando en prueba de amor su ambiente, muy distinto, en Madrid. También he tenido muy presente mi infancia en Larache: El Balcón del Atlántico, la música marroquí y la militar, la Legión desfilando airosamente, el embarcadero del puerto, la Plaza de España, la calle Chinguiti, la iglesia del Pilar, el colegio de los Maristas… Todas estas capas han sido debidamente aceitadas  por permanentes recuerdos familiares, por ávidas lecturas, por frecuentes viajes a aquellos lugares, por conversaciones con familiares –José y Luis Navarro, entre otros- y con amigos –Julián Martínez Simancas y José Edery, por no citar más- impregnadas de vivencias similares y a veces anudadas por relaciones de varias generaciones.

En este poso fértil, como las tierras que riega el río Lucus, la galopante madurez, el creciente interés por los episodios históricos sobre los que se asienta el libro y el impulso que mi vocación literaria recibió al quedar finalista en un premio con otra obra, hicieron las veces de detonante del esfuerzo que se traduce en La ciudad del Lucus.

Quiero dejar constancia de mi hondo agradecimiento a mi mujer Carmen González-Serrano, que ha respetado mis largos retraimientos, me ha acompañado en los esforzados viajes de investigación, y me ha alentado siempre con equilibrio exigente; a Rosario Herrero, a quien debo mucho como competente documentalista cuyas manos generosas siempre han estado abiertas para orientarme; a Manuel Vidal, entusiasta lector de todo lo que escribo, en quien La ciudad del Lucus halló desde sus primeros momentos de gestación notable estímulo; a Antonio Zoido, que fue uno de los primeros lectores del original y que me animó mucho con su calificación de “galdosiano”; a Javier Jiménez-Ugarte, excelente y entregado diplomático, que, como cónsul de España primero en Melilla y después en Tetuán, siempre me alentó y me brindó ayuda en mi tarea; a Alejandro Díez, Guadalupe Díaz, Ángela García Burgos y Montserrat Planas por su permanente empeño en hacerme las cosas más fáciles, y, por fin, a Manuel Pimentel y a la Editorial Almuzara por el interés entusiasta que desde nuestro primer contacto mostraron por el libro que encabeza estas líneas.    Luis María Cazorla”

Estamos, pues, ante una novela que atraerá a quienes sienten interés y curiosidad por Marruecos, su historia y la que le tocó compartir con España, que llamará la atención de los estudiosos de ese período, pero que también hará disfrutar a los amantes de las novelas históricas.

Es un viaje en el tiempo, viaje a un pasado romántico, a un pasado de aventura absoluta. Es un viaje de regreso al Larache de los antepasados más cercanos de Luis María Cazorla.

La editorial Almuzara, con Manuel Pimentel al frente, y con Antonio Cuesta y Javier Ortega, ha acertado en apostar por este libro. Como admirador del trabajo de Luis, sólo me queda esperar que su novela sea todo un éxito, que lo merece.

Sergio Barce, febrero 2011

Ya he hablado en mi blog de Luis María Cazorla como jurista, y no han cesado de llegarme comentarios alabando su trayectoria. Dije entonces que me quedaba por hablar del Luis María Cazorla escritor de ficción. Ya lo tenemos aquí con su nueva novela.

Pero no querría que pasara esta ocasión sin mencionar sus otros libros publicados, tanto de relatos: “El proyecto de ley y once relatos más” o “Cuatro historias imposibles”; como de novelas: “Ni contigo ni sin ti” y de “Cerca del límite” que fue finalista en 2007 del Premio Internacional de Novela “Javier Tomeo”.

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15.000 visitas

Hoy, este blog ha registrado la visita número 15.000.

Esto quiere decir que, en los 142 días que lleva de andadura, ha recibido una media de 105 entradas diarias.

Gracias a todos los que, con tanta paciencia, seguís esta pequeña aventura de relatar, contar e inventar, que comparto con vosotros.

sergio barce

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ZOCO CHICO DE LARACHE… por RAMÓN TARRÍO

Ramón Tarrío

Ya es hora de que haya un poco de música en el blog… Al hablar de «Larache vista por Paloma Fernández Gomá» hacía referencia a que sus versos habían sido musicalizados por el cantautor Ramón Tarrío. Pues bien, Ramón ha tenido la gentileza de enviarme el enlace del vídeo de su adaptación musical de los versos que Paloma dedicó al «Zoco Chico de Larache«, en el que, además de la excelente música que hace, incluye alguna imagen del día que actuaron en Larache dentro del Festival de Música que en el 2007 organizamos «Larache en el Mundo» y «Almada» en el Castillo de las Cigüeñas, y al verlas me han venido los recuerdos de aquel encuentro que tanta repercusión tuvo en la ciudad. Y sé que a Ramón Tarrío y a los componentes de su grupo, también les resultó una experiencia inolvidable.

Disfrutad de su música:

http://www.youtube.com/watch?v=Cevw7-Ayb20

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