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«VALOR DE LEY», la otra historia

Pablo Cantos

Hace años que voy al cine con mi amigo Sergio Barce. A veces las cosas acaban en empate; otras, como esta, en goleada. Acertamos con la elección. Sin embargo, no pintaban así las cosas cuando llegamos: una excursión de abuelos sometidos a la suma perversa de audífono mal calibrado más azafata poco instruida, había dejado el océano de la sala plagado de náufragos en butaca ajena. Un desafío. Una desesperación: ¿Le importaría…? ¿Cómo? Yo de aquí no me muevo. Murmullos, desaires y quejas mientras la bobina publicitaria iba dejando votos de felicidad cristalizada en urbanizaciones chispeantes, estrenos inminentes o burbujas refrescantes; mercaderías todas de chamarileros que escriben bajo cada promesa la leyenda “próximamente”, porque ya se sabe que la dicha es bien ajeno y aplazado. Y, entretanto, la parroquia a lo suyo, que el partido estaba en la grada: Sergio se fajaba con la concurrencia tan prisionero de su propia educación como del desahogo ajeno hasta que, sin más víctima que la paciencia, pudo ocupar su asiento. Y enseguida comenzó la historia: un asesinado, un propósito de venganza, y un tren llegando entre vaharadas de humo hasta un poblacho áspero y hediondo. Y por primera vez, se oyó el silencio. Mandaban los Coen con su filigrana rocosa, como manda el western de toda la vida. Nadie volvió a hablar en la sala; todo lo más, la súplica apagada de algún veterano que pedía orientación a su compañero de asiento porque la memoria le había escamoteado la identidad de cualquiera de los personajes vigorosos que se pasean por esta película. Lo demás ya lo cuenta mi amigo Sergio en su crónica ilustrada y certera, que es también el testimonio rendido de un niño que soñó con ser noble y valiente. A los abuelos también les gustó; seguro, porque solamente sonríen a la salida quienes se han divertido dentro.

Pablo Cantos, 26 de febrero de 2011

P.D. de Sergio Barce: He de decir, Pablo, que yo también me olvidé de los abuelotes que ocupaban la mayor parte del cine en cuanto el aliento del tren inundó la pantalla, pero sólo hasta el instante en el que una anciana, a tres butacas de distancia, justo cuando Cogburn (Jeff Bridges) se disponía a sacar el revólver, contestó su móvil y se puso a charlar probablemente con su nieta de lo que iban a almorzar al día siguiente. No fueron suficientes los constantes siseos de los espectadores que tenía alrededor para arredrarla, ella continuó impasible con su Nokia desenfundado, pegado al oído, e insistiendo en que era mejor un puchero que la parrillada. Cuando por fin volvió a enfundar su arma en su cartuchera de imitación, Cogburn hizo lo mismo en la pantalla. Creo que se había dado por vencido, aunque le dedicó una mirada de soslayo que la hundió en su asiento, sólo por unos segundos…

Tienes razón, pese a esa banda de forajidos que nos rodeaba y nos empujaba contra el acantilado, fue una perfecta jornada de cine. ¡Que vivan los Coen! (que dirían los hombres de Villa)

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«VALOR DE LEY» (True grit) de JOEL & ETHAN COEN

Los hermanos Coen casi nunca defraudan. Llevo años asistiendo al estreno de cada una de sus películas porque sé que voy a asistir a una buena sesión de cine. Y este año se han lanzado por primera vez a rodar un western. Dicen, desde hace tres décadas, que es un género que está muriendo, pero nunca he creído en eso. Cada cierto tiempo resurge de sus cenizas y grita a los cuatro vientos que sigue siendo el género más cinematográfico. Desde “Sin perdón” (Unforgiven, 1992), hay un racimo de buenas películas del Oeste: “El último mohicano” (The last mohican, 1992) de Michael Mann, “Tombstone” (1993) de Pan Cosmatos, “El hombre muerto” (The dead man, 1994) de Jim Jarmusch, “Wild Bill” (1994) de Walter Hill, “Cabalgar con el diablo” (Ride with the devil, 1999) de Ang Lee, “3.10 to Yuma” (2007) de James Mangold y hasta magníficas series de televisión como “Deadwood” . Y ahora llega un remake de una de una película de John Wayne, “Valor de ley” (True grit, 1969) del clásico Henry Hathaway. De esta última recordaba a Wayne con su parche en el ojo y la escena que carga con dos rifles contra los otros pistoleros, pero hace ya muchos años que la vi y los recuerdos son nebulosos.

Jeff Bridges & Hailee Steinfeld

Anoche, sentado en la butaca del cine, volví a ver cine de verdad. Me di cuenta en cuando las imágenes arrancaron… La película comienza como empiezan muchos grandes westerns: con un tren llegando a la ciudad. Luego, como hace Leone en “Hasta que llegó su hora”, una panorámica genérica del lugar. De pronto, el diseño de producción comienza a tener su protagonismo: recreación de la época y de los edificios, vestuario, la guardarropía… deslumbrante, sencillamente impecable. Luego, te das cuenta de que los detalles no se quedan ahí, los personajes secundarios parecen sacados de las antiguas fotografías del lejano Oeste: las barbas y los mostachos, la estructura y la forma de sus rostros, los sombreros, las levitas…

Y también como otros grandes westerns, es la historia de una venganza. Lo original estriba en que es una chica de catorce años, Mattie Ross, quien busca esa venganza por el asesinato de su padre, y la búsqueda del autor del crimen es el motor de la trama. La actriz que encarna a Mattie, Hailee Steinfeld, borda el papel (aunque quien efectúa su doblaje al castellano no le hace justicia y la perjudica), con unos diálogos inteligentísimos y en muchas ocasiones divertidos (la mano de los hermanos Coen lo domina todo). Y aunque es de ley resaltarlo, sin duda el caramelo que han diseñado Joel y Ethan Coen para este film se lo han reservado al personaje del viejo alguacil Rooster Cogburn que clava el inmenso Jeff Bridges.

John Wayne en «Valor de ley» (1969)

Si John Wayne hizo un buen papel en la primera versión (es decir, hizo de John Wayne), Jeff Bridges se mete literalmente en la piel de Cogburn, lo humaniza, diseña un personaje que nos hace sonreír por sus bravatas pero también por su cinismo al encarar la vida, y aunque nos recuerda inevitablemente al “Nota” (quizá su interpretación más inolvidable en “El gran Lebowski” también de los Coen, especialmente cuando la chica va en su busca y lo encuentra dormido, sucio y con una resaca de caballo), logra no obstante crear otro personaje que ya irá unido a este actor. Simpática la broma de los Coen de cambiar el parche del ojo izquierdo de John Wayne al derecho de Jeff Bridges.

Jeff Bridges en «Valor de ley» (2010)

Hay homenajes al western clásico, por supuesto, en especial a “Centauros del desierto” (The searchers, 1956) de John Ford, con ese largo viaje a territorio indio, al spaghetti-western de Leone, ahí está esa escena del alguacil que apuesta al “ranger” de Texas LaBoeuf (Matt Damon) a acertar con su revólver a unas tortas de maíz que lanza al aire y que se convierte en una de las más humanas y divertida de la película, y también a “La noche del cazador” (The night of the hunter, 1955) de Charles Laughton (esto me lo sopló mi amigo Pablo Cantos en voz baja).

La película se hace corta, muy corta, como ocurre con las grandes cintas. Hay épica, hay humor, mucho humor, hay galopadas, hay tiroteos, hay aventura y hay una historia muy bien contada. Los personajes secundarios están definidos, también tienen vida propia, desde el “ranger” que interpreta con sobriedad Matt Damon hasta el asesino Tom Chaney, al que Josh Brolin convierte en una suerte de pistolero torpe, descerebrado y primitivo, pasando por el jefe de su banda, el prestamista (magnífico), el abogado que interroga a Cogburn en el Tribunal (delirantes las respuestas de éste describiendo cómo ha acabado con varios tipos), los tres desgraciados que van a ser ahorcados, el vaquero que imita a los animales o el indio que viaja cubierto por la piel de un oso… todos y cada uno de ellos enriquecen este inmenso collage del viejo Oeste que, de pronto, se mueve tras los viejos dagerrotipos…

Jeff Bridges con los hermanos Coen

A destacar la soberbia fotografía de Roger Deakins, un habitual de los Coen, que le da un tono ocre, casi sepia, a gran parte del metraje, como viejas estampas de la época, y que sabe irradiar una luz especial a las escenas nocturnas y las cabalgadas que se recortan contra el horizonte. E igualmente la banda sonora de Carter Burwell.

En fin, quizá no sea una obra maestra, que casi lo es, pero es una película hermosa, con algunos de los mejores diálogos de los últimos años, y que al terminar, aunque algo amarga, te deja una sonrisa en los labios.

Sergio Barce, febrero 2011

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LARACHE vista por… ITZIAR GOROSTIAGA (3)

En 2010, Zohra el Guennouni me llamó diciéndome que estaban organizando una actividad para concienciar a los vecinos de la Medina de Larache a mantener las calles limpias y a pintar las fachadas de sus casas… Y nos juntamos un grupo de amigos: Soltani, su hija Qodsya, Abderrahman, Abdelkader, Aziz, Majid, Radia, Ahmed, Itzia… Fue una jornada intensa, en la que aprovechamos para que los niños realizaran otra actividad más: pintar. Y de ahí surgieron estas fotografías de Itzi, que tiene un ojo especial para los niños. Vale la pena disfrutar de la luminosidad de sus rostros, y compartir el recuerdo imborrable de ese día.

Y es que, como ya he dicho en alguna otra ocasión,  Larache también es, y sobre todas las cosas,  su gente…

Los niños de la Medina de Larache son revoltosos, como todos los niños, llenos de vida, con unas ganas insaciables por aprender.

Son despiertos, alegres y aún conservan esa ingenuidad y curiosidad que se va perdiendo en esos otros niños que sólo viven para internet y los videojuegos.

Itziar capta toda la naturalidad, la espontaneidad, la sorpresa de sus miradas. Con su cámara, parece abrazarlos con la calidez que sólo alguien como ella puede transmitir.

Sergio y Qodsya

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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FRAGMENTO DE «YEBEL ALÁM», NOVELA INÉDITA DE SERGIO BARCE

EL RAISUNI

“YEBEL ALÁM” es una novela de aventuras que narra las vicisitudes de Dukali Bencassim, un médico tanyerino que, por diversos azares de la vida, se verá formando parte de las huestes de El Raisuni (curiosamente un personaje que nos ha atraído tanto a Luis Cazorla en su novela «La ciudad del Lucus» como a Carlos Tessainer en su libro «El Raisuni, aliado y enemigo de España«, todos autores larachenses). Sea como fuere, en esta novela que aún no he publicado, me acerco al personaje de una manera romántica, tratando de sumergir al lector en una aventura tan trepidante como la del protagonista de mi historia, que se ve seducido por la figura de Raisuni y por la de otro hombre misterioso y desconcertante…

Sergio Barce, en Asilah

«Esa misma mañana una parte del campamento, un grupo bien escogido, se puso en marcha con el estruendo del trueno. El resto se quedaba para mantener la posición de Akba el Hammara donde El-Cherif cobraba en dinero y en especies de los viajeros obligados a pasar por esa zona, y también para frenar las incursiones esporádicas que efectuaban las harkas del Majzén. De Akba el Hammara el El-Cherif se nutría de fondos para armar a sus huestes y hasta de nuevos seguidores, pues hasta algunos de los mercaderes a los que se les exigía tributo terminaban por unirse incondicionalmente a su causa.

Avanzamos con relativa rapidez y en esa jornada llegamos muy cerca de Asilah. Acampamos en una playa de onduladas siluetas rodeada de matorrales y alcornoques. No éramos más de treinta hombres. Al caer la noche, el sueño se apoderó de mí y apenas intercambié unas palabras livianas con Hakim el Fiero. Me agradaba su compañía. Tenía algo de filósofo y de adivino, y se advertía en sus cavilaciones que le importaban más sus hombres que cualquier otra cosa. Hasta ese instante, salvo Hakim, ninguno de los hombres me había ofrecido mayor confianza, aunque tampoco me sentía desplazado. Soñé, por supuesto, con Yadiya y ella ocupó mi primer pensamiento del día siguiente.

Me despertaron sin demasiado tacto, zarandeándome en el suelo.

-¡Levanta, Dukali Bencassim! ¡Vamos!

Hakim soltó una carcajada desde su caballo.

-Vamos, Jamal, sé más amable con el doctor…

Vi al hombre de la cicatriz inclinado sobre mí. Su cara burlona me miraba con una exagerada excitación.

-Levanta, levanta. Vienes con nosotros.

-Vamos de caza –añadió Hakim–. Despabílate.

Tan de cerca, pensé que la cicatriz que partía la mejilla de Jamal asemejaba un riachuelo reseco. Me incorporé aturdido y cansado. Mi caballo ya estaba listo. El hombre de la barba oscura y roma, con un movimiento rápido de gato montés, me acercó una torta de pan.

Sin apenas respiro, salimos de la playa internándonos en un bosque. Íbamos en fila. Primero Hakim el Fiero, luego el hombre más joven que había conocido en la jaima y del que aún no sabía nada, yo lo seguía de cerca, y, tras de mí, Jamal.

Sus caballos eran impresionantes, de pura sangre, fuertes, altivos. Estaban acostumbrados a largos desplazamientos y refriegas violentas. La yegua de Hakim tenía un pelo negro brillante cuidadosamente cepillado. La trataba como si fuese una de sus mujeres y acariciaba su cuello con suaves palmadas tranquilizadoras y animosas, y le hablaba al oído.

Jamal también montaba otra hermosa jaca, más alta, más presumida, con la crin canela cubriendo el robusto cuello del animal, de un tono más claro que el resto del cuerpo. Presumía de montura y, a veces, retaba a Hakim a una carrera de resistencia que solía ganar con soltura. El joven, en contraste con ellos, tenía un caballo negro azabache, nervioso, de sangre caliente.

Oíamos el gruñido de los jabalíes y el aleteo denso de las tórtolas, el rumor de las hojas de los árboles entrelazándose, un inmenso pulmón resoplando con lentitud. Vi cómo Hakim el Fiero desenfundaba su fusil y cómo el joven lo imitaba, así que supuse que Jamal haría lo mismo. Sus movimientos eran lentos y experimentados. Sabían moverse en la espesura, igual que una flor abriendo sus frágiles pétalos. Los caballos avanzaban pero sus pisadas eran igualmente mudas. Podía tocar el aliento del bosque, más cercano, más espeso y embaucador.

De pronto, Hakim levantó el fusil a medio cuerpo, como una prolongación de su brazo, y todos nos detuvimos conteniendo la respiración. Oíamos unos crujidos de ramas secas, luego unos golpes en el suelo y, a continuación, unos gritos agudos que inquietaban. Sentía el sudor por todo mi cuerpo.

El joven que me precedía desmontó y avanzó como una leve e imperceptible brisa, apenas rozando los matorrales. El negro brillo de su caballo era como un borrón de tinta en medio del verde silvestre. Los gritos se transformaron en un vocerío ensordecedor, de tonos agudos y graves, de adultos y de cachorros. Debía de tratarse de toda una manada.

Había perdido al joven de vista. Se había deslizado por entre Hakim y unos arbustos. De improviso, un silencio de bruma, áspero, incómodo. Hakim me miró por encima del hombro. Le iba a hacer una señal cuando silbó un disparo. El bosque se encogió y al instante los pájaros escaparon de sus nidos, los jabalíes salieron en estampida arramblando con todo lo que se les ponía por delante, los monos trataban de escapar de su cazador. Era un rugir aterrorizado de cientos de animales. Sentía que los mismos árboles parecían retraerse enmascarando sus espectaculares ramas verdes. El poder del fuego. El poder destructor del hombre.

Poco después escuchamos la voz del joven llamándonos. Había derribado a un macho, un mono enorme de pelo marrón largo y sucio, que tenía cara de anciano. Me impresionó su expresiva mueca contenida en su boca entreabierta, con los dientes amarillos asomando como el teclado de un viejo piano.

-Hoy tendremos un buen festín –bramó Jamal al contemplar el cadáver.

El joven era un cazador consumado. No había dejado de hablar de sus cacerías por esos bosques de Asilah. Los prefería a cualquier otro lugar porque los monos de esas tierras eran los más hermosos. Me pregunté si no era un grave pecado acabar con ellos si eran tan increíbles, pero mi reflexión no salió de mi boca. Los tres se mostraban tan entusiasmados con la presa que no me atreví a censurar su muerte.

Amarraron el mono a la grupa de la yegua de Jamal y proseguimos en busca de otra pieza. En el bosque se palpaba una indescifrable tensión, como si nos vigilaran desde las copas de los árboles. Un bosque de mil ojos. Un bosque de mil espíritus. Los djinn correteando, ocultándose tras de los troncos milenarios. Estábamos rodeados por los habitantes del bosque y, sin embargo, continuamos adentrándonos más y más en sus entrañas, como si desafiáramos sin decoro su poder telúrico.

Dimos con otro macho en plenitud de fuerza. También fue abatido por el fusil certero del joven, de un único y frío disparo. Hicimos un trecho del camino a pie y luego regresamos por la que pensé que había sido nuestra ruta de ida. Lo cierto es que todo el bosque parecía idéntico, un laberinto inextricable.

Al día siguiente, volvimos al bosque. Enseguida nos envolvió esa sensación de desamparo, de estar siendo observados desde todas las sombras. Buscamos incansablemente a las manadas de monos. Descubrí que el joven en particular disfrutaba de la cacería de un modo casi obsesivo. Sólo bastaba con escucharlo. Contó que, desde pequeño, ya se aventuraba por los montes cercanos a su aduar por el sólo placer de descubrir a los animales e imaginarse que los capturaba con sus manos. Por las noches, soñaba que su familia lo despertaba para que los defendiera de una furiosa jauría de chacales. Entonces él, tranquilamente, abandonaba su choza y les hablaba a los depredadores con su lenguaje de rugidos. Al poco, la jauría se apaciguaba y regresaba a la espesura del bosque. Era un sueño que se le repetía incansablemente.

Volvió el silencio. Seguíamos internándonos en el laberinto de árboles y en la maraña enloquecida de matas y arbustos. Entonces fue cuando escuchamos voces.

Para nuestra sorpresa, esa vez se trataban de voces humanas. Actuamos de la misma forma que habíamos hecho antes con los monos salvajes, acercándonos con el sigilo del leopardo. Creí entender alguna palabra en español, pensé que eran imaginaciones mías y no le di importancia. Era un murmullo, suave, acogedor. Yo trataba de imitar a los que me precedían y descabalgué con cuidado, mirando dónde ponía cada pie. Nos embozamos con los turbantes. Jamal me empujó suavemente para que me desentendiera de mi caballo. Estaban aleccionados, no iban a abandonarnos aunque los dejásemos sueltos. Las voces se hacían más claras, hasta que destacó sólo una que ofrecía café.

Reían. Eran dos hombres. Hakim dio un manotazo a los matorrales que los ocultaban y salimos a un mínimo claro del bosque. Allí estaban, en cuclillas, sorprendidos por nuestra irrupción pero en absoluto asustados. No movieron un músculo. Entonces lo reconocí y creí estar viendo a un fantasma.

Llevaba una barba más rubia que castaña, espesa, y los cabellos enmarañados y largos. Pero al enseñar sus dientes su sonrisa inconfundible me confirmó que se trataba de Roberto Sorzano. Tenía el mismo porte elegante bajo la chilaba negra aunque también era evidente su delgadez. El otro hombre era de tez oscura, mulato, de origen harratín sin duda, y por su actitud demostraba su condición servil. Embozado en mi turbante, Roberto no me había reconocido.

-¿Qué hace un enzeráni por estas tierras de Sahel? –La voz de Hakim el Fiero sonó como un trueno en el inmediato silencio que se había posado en ese lugar del bosque. Roberto y su acompañante seguían en cuclillas junto a la fogata y al café recién hecho.

-Vamos de viaje.

Luego oí al joven que serenamente se adelantaba y también adoptaba la posición acuclillada, muy cerca del fuego. Mostraba un temple extraordinario. No parecía ser de  los que dudan ante un inesperado contratiempo. Lo había visto en su frialdad ante los monos enloquecidos y ahora en la tranquilidad con la que se acercaba a unos desconocidos.

-¿Podemos tomar café con vosotros?

-Nada me complacería más -respondió Roberto con igual determinación y temple. Seguía siendo el mismo, resuelto e irreductible en su orgullo, escueto y certero en su respuesta.

Oí a Jamal atando a los caballos a unos arbustos y luego nos acercamos a nuestro audaz acompañante, sin que ninguno hubiese descubierto aún su rostro. Vi cómo el compañero de Roberto se incorporaba y cómo traía de su caballo otra bolsa con káhua con el que preparó un nuevo cacillo. Mientras, nos observamos con aparente indiferencia.

Yo aún no sabía qué hacer pero sentía una alegría inesperada que se abría camino por mi pecho y hacía temblar mis manos. Fisgaba en los nuevos surcos que se habían dibujado en la cara de Roberto. Tenía ojos cansados. Cuando levantaba los párpados lo hacía con lentitud y a cada uno de sus movimientos le imprimía un no sé qué de pesadumbre.

-¿Adónde os dirigís? –Habló de nuevo el hombre joven. Ahora, a su espalda, aun cuando sólo veía su nuca, percibía una presencia poderosa. Inclinaba el cuerpo con elegancia, y sus ademanes eran lo suficientemente educados como para que Roberto pudiera sentirse tranquilo. Descubrí entonces que era tan precavido como osado, tan calculador como Roberto. Pero también más astuto.

Roberto había metido una mano en la chilaba. Jamal se llevó la suya a la empuñadura de su gumía. Me mordí la lengua para no descubrirme, reprimiendo mi desbordada alegría. De la faltriquera que se ocultaba bajo la tela negra, Roberto sacó su reloj de bolsillo, con su cadena de plata, miró la hora, chasqueó la lengua y volvió a guardarlo.

-Buscamos a El-Cherif –se la jugó, porque podíamos ser mejaznia del Sultán. No era difícil dar con hombres del Majzén disfrazados de bandoleros intentando así echarle el guante a los cabecillas rebeldes.

-¿A El-Cherif? –Remedó el joven. Mis acompañantes se miraron con sorna. Luego dijo, dirigiéndose a Roberto: O eres muy valiente o muy estúpido. Si te dijese que nosotros también andamos en su busca…

Noté cómo a Roberto, pese a mantener la sonrisa, se le había congelado el gesto, quizás se le había pasado por la cabeza que podía ser ejecutado allí mismo. Se llevó una mano al cuello para tocar el medallón de oro, su medalla con la efigie de San Sebastián. Esos detalles me acercaban su tiempo de destierro voluntario.

-Los hombres del Uzir Ba Hamed ya nos habrían detenido sin hacer preguntas… –mis compañeros rieron. Yo ya conocía su significado y me relajé.

-Vaya, el enzeráni tiene razón…

El mtállem había llenado dos vasos y nos ofreció café hirviendo. Yo no me moví al observar que tanto Jamal como Hakim aguardaban la reacción del joven. Éste se había descubierto el rostro y, tras coger el vaso, bebió tranquilamente. Decidí permanecer embozado cuanto pudiese, lo que no me resultó demasiado difícil ya que hasta entonces nadie me había prestado la más mínima atención.

Mi acompañante más joven se había sentado en el suelo con las piernas cruzadas. Sus ojos parecían afilados. Allí, a la mañana del claro del bosque, recorrí su barba y su piel inmaculada que contrastaba con las incrustadas fatigas que mostraban las de Jamal y Hakim el Fiero. Destacaba especialmente la mejilla herida para siempre de Jamal, que a veces parecía abrírsele como un gajo. Entonces el joven volvió a hablar.

-¿Qué quieres de El-Cherif?

-¿Puedes llevarme ante él? –Inquirió Roberto.

-Eres demasiado impulsivo, y eso es peligroso en estos días -volvió a dar un pequeño sorbo al café-. Quizás podría hacer algo por vosotros…

-Se alegrará de verme –la audacia de Roberto parecía no tener límites. Me pregunté qué pretendía con esa treta absurda-. Y también lo hará su lugarteniente, al que llaman Hakim el Fiero…

Apenas comprendía lo que estaba ocurriendo ante mis narices. Era una partida de ajedrez con trampas.

-¿Hakim el Fiero? –Fue el propio Hakim quien repitió su nombre con sorpresa.

-Me debe la vida. Como dicen por mi tierra, le saqué las castañas del fuego.

El joven miró a Hakim, que no apartaba sus dilatadas pupilas de Roberto. Estaba absolutamente perplejo. Pero una inesperada y ruidosa explosión de júbilo reventó de los labios del guerrero. Se abalanzó súbitamente sobre Roberto y lo abrazó estrechamente besándolo repetidamente en las mejillas.

-Loado sea el Profeta y Al´láh, Todopoderoso… ¡Yo soy Hakim y al fin veo tu feo rostro de enzeráni!

-Y yo el tuyo –añadió Roberto. Se fundieron en un nuevo abrazo. El mtállem se mostraba tan sorprendido como los demás que asistíamos a tan inesperado encuentro.

-He de suponer que tú eres el Diablo Rubio… –dijo el joven dando un bufido.

-Sí. Él es quien me ayudó en aquel infierno –añadió Hakim, orgulloso de estar al lado de Roberto Sorzano–. Si lo hubieseis visto luchar… era como si sus fuerzas nacieran del propio infierno. Jamás he visto tanto ardor, tanta ausencia de miedo en un hombre –había posado una mano en su hombro-. Si todos mis hombres fuesen como tú, nada podría detenernos… Has tenido suerte si pretendías encontrarme de esta manera.

-Me dijeron que podría hallar a El-Cherif en Sahel. Desde entonces, llevo varias semanas escarbando estas tierras.

-Así que en Sahel… A saber quiénes han sido tus informadores.

¿Te habrán seguido durante todo este tiempo? –Añadió Hakim entre dientes–. Y este interés tuyo por El-Cherif…

-Pensé que si lo encontraba, tú estarías con él…

-No te equivocabas, jái –y Hakim el Fiero se quedó mirando al joven que había terminado de beber sin prisas su café y que ahora se incorporaba lentamente-. Estás ante el hombre cuyo nombre es pronunciado una y mil veces por el viento… El señor de las montañas y descendiente del Profeta Mohammed, al que Al´láh, nuestro Hacedor, bendiga cada día. Estás ante Muley Ahmed Ben Mohamed el Raisuni el Alaui el Edrisi el Hassani, aquél a quienes unos llaman el Águila de Zinat y tú El-Cherif.

Roberto se adelantó con presteza y besó el borde de su chilaba. Luego, hizo lo mismo con sus pies. Súbitamente, ese hombre se había transformado ante mis ojos como si pasara de su hasta entonces evidente juventud a la plenitud de la madurez, y un temeroso respeto sustituyó a mi anterior indiferencia. Entonces oí a Jamal que, con risas entrecortadas, balbuceó:

-Dukali Bencassim… pareces una estatua de sal ¿Te has comido la lengua?

-Una de mis esclavas lo ha embrujado –añadió Hakim.

Estaba tan aturdido que apenas los oí. Eran demasiadas sorpresas, demasiadas emociones, y, no obstante, pude ver cómo la cara de Roberto se congestionaba tratando de reconocerme tras el embozo del turbante. Cuando me apretó contra su pecho, noté que su emocionado temblor era el mío y que las lágrimas que caían sobre mi cuello eran de una sinceridad hiriente.»


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LUIS MARTÍN SANTOS, escritor larachense

En 1961 se publica una de las obras cumbres de la literatura española del siglo XX, la novela “Tiempo de silencio” del escritor Luís Martín Santos, nacido en Larache en el año 1924.

“No pensar. No pensar. No pienses. No pienses en nada. Tranquilo, estoy tranquilo. No me pasa nada. Estoy tranquilo así. Me quedo así quieto. Estoy esperando. No tengo que pensar. No me pasa nada. Estoy tranquilo, el tiempo pasa y yo estoy tranquilo porque no pienso en nada. Es cuestión de aprender a no pensar en nada, de fijar la mirada en la pared, de hacer que tú quieras hacer porque tu libertad sigue existiendo también ahora. Eres un ser libre para dibujar cualquier dibujo o bien para hacer una raya cada día que vaya pasando como han hecho otros, y cada siete días una raya más larga, porque eres libre de hacer las rayas todo lo largas que quieras y nadie te lo puede impedir.”

Cursó estudios de Medicina en la Universidad de Salamanca, doctorándose en Psiquiatría, llegando a ser el director del Hospital Psiquiátrico de San Sebastián. Durante la dictadura franquista, militó en el Partido Socialista y estuvo en permanente contacto con los nuevos escritores de la posguerra.

El éxito e influencia de la única novela que logró publicar en vida, y que supuso un cambio radical en lo que venía publicándose en España, se truncó en 1964 cuando Martín Santos falleció inesperadamente a causa de un accidente de tráfico. En el año 70, la editorial Seix-Barral recopiló varios textos suyos en el libro miscelánea “Apólogos”.

“La celda era más bien pequeña. No tiene forma perfectamente prismática cuadrangular a causa del techo. Este, en efecto, ofrece una superficie alabeada cuya parte más alta se encuentra en uno de los ángulos del cuadrilátero superior. Aparentemente, cada dos células componen una de las semicúpulas sobre las que reposa el empuje de la enorme masa del gran edificio suprayacente. Estas cúpulas y paredes son de granito. Todas ellas están blanqueadas recientemente. Solo algunos graffiti realizados apresuradamente en las últimas semanas pueden significar restos de la producción artística de los anteriores ocupantes. Las dimensiones de la celda son más o menos las siguientes. Dos metros cincuenta de altura hasta la parte más alta de la semicúpula; un metro diez desde la puerta hasta la pared opuesta; un metro sesenta en sentido perpendicular al vector anteriormente medido. Dadas estas dimensiones, un hombre de envergadura normal solo puede estirar a la vez los dos brazos -sin estropear la materia opaca- en el sentido de las diagonales.”

“Tiempo se silencio” se convirtió en una de las obras obligadas en los planes de estudios en la asignatura de literatura (aún recuerdo que varias de sus escenas me impresionaron muchísimo por su dureza cuando lo leímos en BUP). En ella se retrata la realidad de una España miserable que soportaba el peso de la posguerra, convirtiéndose en el retrato más crudo y veraz de lo que estaba sucediendo en el país, más en concreto en el Madrid de 1949. Su estilo, que rompía con la novela realista del momento al introducir cambios estilísticos hasta entonces inauditos, fijó el nuevo camino por el que se adentrarían otros autores experimentales.

Su novela comienza así:

“Sonaba el teléfono y he oído el timbre. He cogido el aparato. No me he enterado bien. He dejado el teléfono. He dicho: «Amador». Ha venido con sus gruesos labios y ha cogido el teléfono. Yo miraba por el binocular y la preparación no parecía poder ser entendida. He mirado otra vez: «Claro, cancerosa». Pero, tras la mitosis, la mancha azul se iba extinguiendo. «También se funden estas bombillas, Amador.» No; es que ha pisado el cable. « ¡Enchufa!» Está hablando por teléfono. «¡Amador!» Tan gordo, tan sonriente. Habla despacio, mira, me ve. «No hay más.» «Ya no hay más.» ¡Se acabaron los ratones! El retrato del hombre de la barba, frente a mí, que lo vio todo y que libró al pueblo ibero de su inferioridad nativa ante la ciencia, escrutador e inmóvil, presidiendo la falta de cobayas. Su sonrisa comprensiva y liberadora de la inferioridad explica -comprende- la falta de créditos. Pueblo pobre, pueblo pobre. ¿Quién podrá nunca aspirar otra vez al galardón nórdico, a la sonrisa del rey alto, a la dignificación, al buen pasar del sabio que en la península seca espera que fructifiquen los cerebros y los ríos? Las mitosis anormales, coaguladas en su cristalito, inmóviles -ellas que son el sumo movimiento-. Amador, inmóvil primero, reponiendo el teléfono, sonriendo, mirándome a mí, diciendo: «¡Se acabó!». Pero con sonrisa de merienda, con sonrisa gruesa. «Qué belfos, Amador.» La cepa MNA tan prometedora. Suena otra vez el teléfono. Lo olvido. «¿Por qué se ríe, Amador? ¿De qué se ríe usted?» Sí, ya sé, ya. Se acabaron los ratones. Nunca, nunca, a pesar del hombre del cuadro y de los ríos que se pierden en la mar. Hay posibilidad de construir unas presas que detengan la carrera de las aguas. ¿Pero, y el espíritu libre? El venero de la inventiva. El terebrante husmeador de la realidad viva con ceñido escalpelo que penetra en lo que se agita y descubre allí algo que nunca vieron ojos no ibéricos. Como si fuera una lidia. Como si de cobaya a toro nada hubiera, como si todavía nosotros a pesar de la desesperación, a pesar de los créditos. Esa cepa cancerosa comprada con divisas otorgadas por el Instituto de la Moneda. Traída desde el Illinois nativo. Y ahora, concluida. Amador sonríe porque alguien le habla por teléfono. ¿Cómo podremos nunca, si además de ser más torpes, con el ángulo facial estrecho del hombre peninsular, con el peso cerebral disminuido por la dieta monótona por las muelas, fabes, agarbanzadas leguminosas y carencia de prótidos? Sólo tocino, sólo tocino y gachas. Para los hombres como Amador, que ríen aunque están tristes, sabiendo que el último ratón de la cepa MNA perdido nos indica que nunca, nunca el investigador ante el rey alto recibirá la copa, el laurel, una antorcha encendida con que correr ante la tribuna de las naciones y proclamar la grandeza no sospechada que el pueblo de aquí obtiene en la lidia con esa mitosis torpe que crece y destruye, igual aquí que en el. Illinois nativo, las carnes frescas de las todavía no menopáusicas damas, cuya sangre periódicamente emitida ya no es vida sino engaño, engaño. «Betrogene.» Muerte vencida. «Detente, coge el recepto-remisor negro, ordena al Ministro del ramo, dile que la investigación, oh, Amador, la investigación bien vale un ratón.» No rías más y, sobre todo, no eches esas gotitas de saliva que hacen sospechar de tu educación y de tu inteligencia. «En guerra comíamos las ratas. Para mí que son más sabrosas que el gato. De gato estoy ya hasta aquí. Los gatos que hemos tomado. Éramos tres. Lucio, Muecas y servidor.» Proteínas para el pueblo desnutrido. Cuyas mitosis -éstas normales- carenciales, en el momento de la emigración de las motoneuronas hacia el córtex, por falta de tales principios renquean y perecen, tal vez disminuyen su número, tal vez se disponen de modo poco ordenado o deficiente, tal vez siguen mancas de las necesarias ramificaciones. Y así quedamos, incapaces para el descubrimiento de las causas de la neoplasia destructora. Amador me mira. Ve mi rostro ridículo. Eso le hace reír. En el binocular, a falta de electrónico, porque no hay créditos, haciendo un recuento de núcleos monstruosos y Amador, ya con su boina parda, todavía con su bata blanca puesta se va a lo de atrás, donde aúllan los tres perros flacos que sólo de vez en cuando orinan tanto y huelen tan fuerte. Amador, deseando acabar con los perros, como ha acabado con la cepa, espera una orden que yo no doy, sino que miro y escucho, queriendo oír lo que pueda decirme que me saque de esto. «Muecas tiene», dice Amador. Error. No todo ratón es cancerígeno. No todo ratón es de la cepa del Illinois nativo, hábilmente seleccionada entre dieciséis mil cepas, en laboratorios traslúcidos de paredes brillantes de vidrio, con aire acondicionado ex profeso para la mejor vida ratonil. Hábilmente seleccionada a través de las familias de ratones autopsiados, hasta descubrir el pequeño tumor inguinal y en él implantada la misteriosa muerte espontánea destructora no sólo de ratones. Las rubias mideluésticas mozas con proteína abundante durante el período de gestación de sus madres de origen sueco o sajón y en la posterior lactancia y escolaridad. Aunque hermosas, insípidas pero nunca oligofrénicas, con correcta emigración de neuroblastos hasta su asentamiento ordenado en torno al cerebro electrónico de carne y lípidos complejos, que utilizan ahora para hacer recuentos de mitosis en el palacio transparente. Así esa cepa aislada, extinguida ahora aquí por culpa de falta de vitaminas, tras haber gastado en ella los menguados créditos del Instituto. Traídos del Illinois nativo los ratones -machos y hembras- separados los sexos para evitar coitos supernumerarios no controlados. Con provocación de embarazo bien reglada. E n cajas acondicionadas, por avión, con abundante gasto de divisas. Y ahora se han acabado, se han ido muriendo a un ritmo más rápido que el de la reproducción -¡más rápido que el de la reproducción!- y Amador ríe y dice: «Muecas tiene». Muecas vino aquí, a este aire cargado de olor de perro aullador que no orina. Al no orinar, víctima de su violenta carga afectiva, el perro elimina sus esencias por el sudor. Al no sudar más que por la planta de los pies, el perro elimina su aroma también por el aliento, con la lengua fuera así colocada a los fines de la transpiración. Cuando el perro ha sido operado y se le ha colocado un fémur de poliestilbeno o polivinilo, sufre tanto que demos gracias a que -aquí- las desteñidas vírgenes no cancerosas, no usadas, nunca sexualmente satisfechas, anglosajonas no existen para proyectar el rencor insatisfecho sobre la Sociedad Protectora. De otro modo, no hubiera aquí nunca investigación ya que se carece de lo más elemental. Y las posibilidades de repetir el gesto torpe del señor de la barba ante el rey alto serían ya no totalmente inexistentes, como ahora, sino además brutalmente ridículas, no sólo insospechadas, sino además grotescas. Ya no como gigantes en vez de molinos, sino corno fantasmas en vez de deseos. Porque, ¿a quién importan los perros? ¿A quién molesta el dolor de un perro, cuando ni siquiera a su propia madre le importa lo más mínimo?…”

“Tiempo de silencio” fue llevada al cine en 1986 por Vicente Aranda, de manera bastante honesta. La película está protagonizada por Imanol Arias, Victoria Abril, Paco Rabal y Charo López.

Después de su prematura muerte, además de la mencionada recopilación, vio también la luz otra novela, aunque inconclusa, titulada “Tiempo de destrucción”.

En 2009, la editorial Tusquets editó la biografía “Vidas y muertes de Luis Martín Santos” de José Lázaro.

Sergio Barce, febrero 2011

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