Archivo de la etiqueta: SERGIO BARCE

LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

 

“Para leer una novela tan negra y sensual como La emperatriz de Tánger, de Sergio Barce, no hay nada mejor que hacerlo con unas cuantas cervezas a mano…” (C.Bukowski)

La emperatriz de Tánger

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“GÉNESIS”, UNA NOVELA DE ABDELKARIM GALLAB

Abdelkarim Gallab (1919-2017), es un escritor marroquí nacido en Fez. Novelista, periodista, político, fue el editor del diario Al-Alam, órgano del partido Istiqlal. Estudió en la Universidad de Alqarawiyín de Fez y en la de El Cairo, en la que se licenció en Literatura árabe.

Su obra narrativa incluye entre otros títulos Moriré reconfortado (1965), El pasado enterrado (1966), Alí el maestro (1966), Mi amada tierra (1971), La sacó del paraíso (1971), Conozco ese rostro (1971), Siete puertas (1984),  La barca volvió a la fuente (1989), Comentarios en el espejo (1994) o La injusta vejez (1999).

Abdelkarim Gallab, además de su labor literaria, ha sido Ministro Plenipotenciario, diputado, Presidente de la Unión de Escritores de Marruecos o Secretario General de la Asociación de la Prensa Marroquí.

La Unión de Escritores Árabes de Egipto incluyó su novela Alí el maestro entre las cien mejores novelas árabes de la historia.

GÉNESIS - PORTADA

En 1996 apareció Génesis, que en España ha sido publicada por Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, con traducción del árabe de Ángel Gimeno. Novela autobiográfica, en la que Abdelkarim Gallab nos hace un minucioso recorrido de su ciclo vital, desde su nacimiento hasta su actividad literaria, pero centrándose de manera especial en su actividad política en las células independentistas marroquíes contra el Protectorado francés y español. En ese sentido, además de su calidad narrativa, Gallab nos regala un documento de primera mano sobre los entresijos del movimiento independentista, la lucha del pueblo marroquí por su independencia y cómo fue ese proceso desde su interior, contado por uno de sus protagonistas directos.  

Pero también es una obra en la que las costumbres y tradiciones marroquíes se van entrelazando sutilmente en su relato, sus experiencias en la infancia, el paso por la escuela coránica, el descubrimiento de la adolescencia, la religión, la política, los estudios, la camaradería… Es una obra en ese sentido poliédrica y enriquecedora. Y hay en su pensamiento un arraigo a las tradiciones y a la religión, pero, a la vez, un sentido crítico y un ansia de modernidad que no está reñido con la salvaguarda de lo propio.

“…Puede que no hubiera padre más feliz. Puede que no existiera abuelo más dichoso. Era el primer niño en una familia poco extendida. Un niño viene a ser garante del propio linaje. Una niña fortalece la estirpe ajena. En él confluían la honra del padre y la de la madre. Ambos pertenecían a la misma familia y estaban emparentados por su tío paterno más cercano.

El padre no iba a ver al recién nacido. Se ocupaba de los preparativos que exigía el feliz acontecimiento. No vería a su esposa tras los primeros días del parto. El niño no salió de aquella habitación, cerrada a cal y canto, por miedo a una fatal corriente de aire. La madre, bien abrigada para no coger frío, no abandonaría el lecho hasta el séptimo día de haber dado a luz, día en el que se le pondría nombre al recién nacido. No lo apartaba de su seno, lo amamantaba cada vez que renegaba o se echaba a llorar. Sólo lloraba cuando tenía hambre. Ummi Attalibía no dejaba de visitar a la madre y aportarle caldos para que tuviera más leche y se repusiera; también le llevaba platos apetitosos para que se fortaleciera y regenerara la sangre que había perdido en el parto.

Una inmensa alegría reinaba en toda la casa. Grandes y pequeños desfilaban por la habitación donde estaba la madre y se asomaban a contemplar el semblante del recién nacido. Unos y otros proponían el nombre que les agradaba, aun a sabiendas de que era el abuelo quien guardaba ese secreto y que no lo desvelaría hasta la mañana del séptimo día, en el momento de sacrificar el cordero. El padre y la madre también lo desconocían y quizá ni fueran consultados. El abuelo fue el primer hombre que se acercó a conocer al niño. Le sonrió y le susurró palabras amorosas. Lo aunó al islam musitándole la llamada a la oración en la esperanza de que aquel mismo día quedara grabada en su memoria…”

Cada capítulo es un paso adelante en su inagotable ansia de conocimiento, de apertura a la experiencia, a su búsqueda de la libertad personal y colectiva. Su visión de Tánger, cuando la visita por vez primera, es bastante elocuente.

“…Nuestro amigo acreditó su independencia y madurez cuando por vez primera viajó solo a Tánger, una ciudad que conocía de forma vaga. Era la capital diplomática del Marruecos independiente, libre de la dominación francesa. Una ciudad internacional que no estaba bajo mandado francés o español. Ciudad cosmopolita y plurilingüe en la que circulaban varias monedas y donde la gente se vestía a la europea o usaba chilaba y fez con turbante. Allí había cafés por doquier; automóviles y carros que transitaban por sus calles, incluso por las más angostas. Enclavada entre dos mares, era la puerta del Estrecho de Gibraltar.

Nuestro amigo llegó a Tánger como beduino que recala en el zoco Semmaín. Al bajar del autobús y echar pie a tierra no sabía hacia dónde encaminarse. Tiró por la calle que tenía enfrente. Empezó a preguntar por el Zoco Chico. Un nombre que recordaba. Lo encontró y allí dio con un pequeño café que a él, sin embargo, se le figuró grande. Estaba abarrotado. Los parroquianos, arremolinados junto a las mesas, hablaban por los codos, fumaban cigarrillos y kif en una pipa muy alargada y jugaban al dominó o a las damas. No entabló relación con nadie en el café. Se familiarizó con la nitidez de la pronunciación tangerina, daba la sensación de que vocalizaban como maestros de escuela. Se puso a observar a la gente que transitaba sin rumbo determinado. Se percató de que las tiendas, a pesar de lo avanzado de la hora, seguían abiertas. Cerca del café había una papelería y vio que el dueño estaba colocando algunos periódicos; decidió acercarse y ojeando lo que tenía descubrió un ejemplar de la revista Arrisala. Se la compró, volvió al café y empezó a leerla. Consiguió aislarse de quienes hablaban a voz en grito sin pensar que podían molestar a los demás. Por primera vez se sentaba en un café, en plena calle, sin temor a miradas escrutadoras que pudieran descubrirlo y luego dar cuenta del hecho a su padre. En Tánger se sentía libre. En aquella primera noche había ejercido su libertad. Se había sentado en una mesa del cafetín, estaba tomando un café y leyendo una revista…”

Leer Génesis, es entender qué sentimientos albergaban los marroquíes hacia el colonialismo y hacia el Protectorado (en este caso, el francés, ya que la novela se desarrolla en su mayor parte en la ciudad natal del autor: Fez). Por esta razón, para mí es una obra esencial para comprender la historia más reciente de Marruecos a través de sus ojos.

De lectura fácil y amena, Gallab ha sabido conjugar sabiamente los pequeños detalles con las aspiraciones más sublimes, la vida cotidiana y la lucha política, en una especie de cuadro realista o documentalista, pese a que, evidentemente, rezuma adhesión inquebrantable a su idea de país y a su visión del Marruecos independiente. Y todos estos elementos hacen de su libro una obra interesante y muy sugerente.

Sergio Barce, agosto 2020

ABDELKARIM GALLAB

ABDELKARIM GALLAB

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PABLO BARCE, PREMIADO EN EL 23 FESTIVAL DE CINE ESPAÑOL DE MÁLAGA

El pasado miércoles, en el 23 Festival de Cine Español de Málaga, se le ha entregado a mi hijo Pablo Barce la Biznaga de Plata, Premio Málaga Cinema Oficios de Cine, por su trayectoria como montador de cine y como director del corto El nadador.

Antes de la entrega, se ha proyectado un pequeño vídeo en el que el director y productor César Martínez Herrada ha dedicado unas palabras muy cariñosas a Pablo.

Ha sido muy emocionante, en especial cuando Pablo ha recordado a nuestros amigos desaparecidos Pablo Aranda y Pablo Cantos.…

Supongo que estenderéis lo orgulloso que me siento de él. Es un profesional descomunal.

Y ahora trabajamos juntos en un nuevo cortometraje que, como ocurriera con El nadador, se basa en otro de mis relatos: Moro. Doble orgullo para mí comprobar que Pablo cuenta conmigo para sus proyectos.

En paralelo, trabaja también en su primer largometraje como director y continúa infatigable como montador de otros realizadores. No le faltan ni ganas ni ilusiones.

Os dejo el enlace del artículo del diario Sur sobre la gala de entrega del premio Málaga Cinema:

https://www.diariosur.es/festival-malaga/gala-malaga-cinema-20200826231628-nt.html

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“JACOB COHEN”, UN LIBRO DEL ESCRITOR LARACHENSE LEÓN COHEN MESONERO

Ya ha salido el nuevo libro de mi amigo y paisano el escritor León Cohen Mesonero. Se trata de un texto escrito en homenaje a su padre y de ahí el título: Jacob Cohen. Lo ha publicado Hebraica Ediciones (Madrid, 2020), y para conseguirlo podéis hacerlo a través del siguiente correo:   info@libreriahebraica.com

En los próximos días, publicaré la reseña correspondiente.

JACOB COHEN de León Cohen

 

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EL QUE ES DIGNO DE SER AMADO (CELUI QUI EST DIGNE D´ÉTRE AIMÉ), UNA NOVELA DE ABDELÁ TAIA

EL QUE ES DIGNO DE SER AMADO portada

Cuando escribí la reseña a Mi Marruecos (Mon Maroc) de Abdelá Taia (Edit. Cabaret Voltaire, 2009), decía que se trataba de un libro entrañable, nostálgico, escrito por alguien que había conseguido salir de la miseria de su infancia para convertirse en un excelente narrador, alguien que desde París, donde vive, mira con un cariño desmesurado a su pasado y a su país de origen: Marruecos.

Y también decía que su narrativa es sencilla, pero envolvente, y nos va sumergiendo muy poco a poco en su pequeño universo, alrededor de M´Barka, su madre, a la que declara un amor profundo, y de sus hermanos, su padre y sus tíos. Cuando rememora a su tía Fatema, a la que llamaba mamá, su escritura se hace tierna, se dulcifica.

Ahora acabo de leer El que es digno de ser amado (Celui qui est digne d´étre aimé), que vuelve a editar en español Cabaret Voltaire en el año 2019, con traducción del francés de Lydia Vázquez Jiménez. Y esos diez años que transcurren entre un libro y otro se nota. No en su narrativa, que sigue siendo sencilla y envolvente, pero sí en el fondo de lo que cuenta.

Novela epistolar en la que reúne cuatro cartas distintas: dos que Ahmed, el protagonista, envía, y otras dos que recibe. Y he de decir que atrapan.

La primera de las cartas la dirige Ahmed a su madre Malika. De nuevo una declaración de amor a la madre, pero aquí se trata de una mujer fuerte, recia, que domina a su marido y a cuantos la rodean. Como ocurrirá en el resto de las cartas que componen la novela, la superioridad y la sumisión o el poder y el servilismo resultan temas capitales para Taia, estableciendo así las relaciones de los personajes protagonistas. En esta primera, Malika representa la inflexibilidad y la intolerancia de una mujer dictatorial (y que personifica a muchas mujeres marroquíes) que marcará la vida de los suyos, en especial de Ahmed quien, sin embargo, pese a los reproches por tantas cosas no deja nunca de amarla.

Agosto de 2015. Carta a Malika.

“…Sé ahora que tenía razón, que tenía valor, que tenía suerte. En este mundo en guerra permanente, había en ti un jefe, un general, un rey, un brujo poderoso, judío sin duda.

Ahora estoy solo celoso de aquel padre, de aquel hombre, de su dicha y hasta de su muerte.

Se murió un día en que le dijiste claramente, delante de nosotros, que el sexo se había terminado. Terminado.

<Se acabó el seco para ti, Hamid. Ni esta noche. Ni mañana. Ni nunca.>

Tenía 65 años.

No dije nada.

Se quedó viendo con nosotros el capítulo de la telenovela egipcia hasta el final, y luego se fue.

Nunca volvió con nosotros, entre nosotros.

Tú nunca volviste a reunirte con él en plena noche, mientras nosotros dormíamos.

Lo habías castigado, exiliado, matado.

Como siempre, obedeció.”

El segundo texto epistolar es una carta que Vincent le escribe a Ahmed. Desgarradora, es una desesperada llamada de auxilio de un amante despechado, malherido y despreciado. En realidad, parece como si Malika, su madre, se hubiese reencarnado en Ahmed, y que, según concluimos al leer su misiva, actuara con la misma arrogancia, como un dictador a imagen de ella. No hay rastro de misericordia o de piedad en su actos, como si se vengara de cuanto ha padecido hasta situarse en el país de acogida devolviendo su sufrimiento a quienes llegan a amarlo.

Julio de 2010. Carta de Vincent.

“…No te he olvidado.

En ningún momento.

Tienes que volver.

Debes hacerlo, Ahmed, debes hacerlo.

Sin haberlo visto nunca, estoy seguro de que conoces a mi padre mejor que yo. ¡Vuelve!

Al final del todo, le vino a la memoria una canción judía-marroquí de su madre. Hak, a mama. La cantaba muy bajito y se quedaba dormido.

Son las únicas veces en que le oí pronunciar palabras en árabe. Otra persona estaba entonces delante de mí, lejos de Francia, de su realidad, de su política y de su historia. Él: un crío en su mellah, en su gueto, en su paraíso perdido.

Se fue, mi padre. Murió. Y la canción Hak, a mama se quedó….”

La homosexualidad de Ahmed, al igual que ocurriera en Mi Marruecos, es parte fundamental del relato de Abdelá Taia, y Ahmed sirve de correa de transmisión. Si en ese libro nos desvelaba su condición sexual y esa sensación de soledad por las calles de París, en El que es digno de ser amado el protagonista hace examen de conciencia y es evidente que hay un reproche al país que lo acoge, a Francia, y que se encarna en la figura de Emmanuel, su primer amante francés.

Marroquí y homosexual. Eso le obliga a estudiar y hablar correctamente el idioma, con más ahínco que el resto de los inmigrantes, a integrarse, aunque los franceses no lo acojan como a un igual, a convertirse en una especie de amante exótico para usar y tirar. Es en esta carta a Emmanuel donde más amargura he percibido en el autor, como si hubiera descubierto que todo es una impostura y, quizá por ello, su redescubrimiento de Marruecos, su añoranza, su nostalgia.

Julio de 2005. Carta a Emmanuel.

“…Con 30 años, ya ni siquiera hablo árabe como antes. Al teléfono, mis hermanas se ríen de mí. Ahora tengo un acento raro en esa lengua.

Mi lengua ya no es mi lengua. ¡Qué tragedia! ¡Y qué tristeza! No podré volver atrás. El Ahmed que soy, en el fondo, lo conocí solo hasta los 17 años. En el cementerio de Salé, por voluntad propia, te ayudé a matarlo.

Había que cambiar. Había que transformarse. Había que dominar la lengua francesa. Esa era la vía regia para salir de la miseria, ser libre, ser fuerte.

Tú dijiste eso, tú me lo dijiste sin dudar un solo instante…”

Para cerrar el libro, Taia escoge una carta que escribe Lahbib a Ahmed. Lahbib es su mejor amigo de infancia. Y es precisamente él quien hace de Pepito Grillo. Anunciando quizá su inminente suicidio, su carta trata de revivir lo mejor de su amistad, sana, libre, en Marruecos, en su tierra. Y aunque quien escribe es Lahbib, quien siente es Ahmed.

Mayo de 1990. Carta de Lahbib.

“…Durante los segundos en que tendí el ramo de flores a Gérard, comprendí el mensaje de Simona y me creí liberado del influjo de su hijo. Pensé que podía conseguirlo.

Paso al acto. Le doy las flores a él y me voy. Hazlo, Lahbib. Hazlo. Tiene 45 años. Tiene una gran casa en Rabat, tiene un gran puesto en la embajada de Francia, tiene la virilidad que deseas, su sexo que adoras, ese vello suyo que te vuelve loco, pero tú, tú, Lahbib, solo tienes 17 años. En el mundo, hasta en el Marruecos que te oprime y te asfixia, hay otra cosa. El aire pertenece a todos. A todos nosotros y nosotras. Puedes vivir mientras respires el aire que te pertenece.

Solo tienes 17 años, Lahbib.

Tú, Ahmed, tienes dos años menos que yo. 15 años. Somos amigos, colegas, hermanos. Hemos conseguido seguir siéndolo, siempre. Hermanos que se pelean, que disputan, que se mantienen juntos a pesar de todo. Hermanos que respetan la promesa. La única promesa que cuenta. Encontrarse una vez por semana delante de los trenes que pasan, hablar de nosotros, tú y yo sin ellos…”

No es una novela epistolar condescendiente. Hay mucho desgarro y desengaño, y por ende mucho dolor tras estas cuatro historias que son una sola. Un excelente libro.

Sergio Barce, agosto 2020

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