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EL CORTO “EL NADADOR”, DE PABLO BARCE, EN EL 22º FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE JELENIA GÓRA (POLONIA) Y EN EL FESTIVAL DE TARGU MURES (RUMANÍA)

jelenia góra - polonia - 22 zoom festival

Dos festivales más en la larga lista de certámenes en los que ha sido incluido el cortometraje El nadador, dirigido por mi hijo Pablo Barce. En esta ocasión, nuestra historia viaja al 22º Festival Internacional de Jelenia Góra (Polonia), festival que arranca el próximo mes de febrero. La película se proyectará en la sección oficial junto a otros cortometrajes que provienen de la mayor parte de los países europeos y americanos.

jg herb

Más información en el siguiente enlace:

http://www.zoomfestival.pl/pods/6037_submitted-films-2019-fiction

El_Nadador_Cartel con créditos

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festival de targu mures - rumanía

Alternative International Short Film de Targu Mures – Rumanía

El nadador, basado en uno de mis relatos que se incluyen en el libro Paseando por el zoco chico. Larachensemente (Ediciones del Genal – 2ª edic. Málaga, 2015), se ha proyectado también el pasado año en el Alternative International Short Film de Targu Mures (Rumanía). 

http://alternativeiff.ro/hu/

 

alternative international short festival de targu mures

Festival de Targu Mures – Rumanía

 

 

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“EL OLIVO DE LARACHE”, NUEVA NOVELA DE CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

el olivo de larache portada

“…-¡Sidi, qué viejo estoy!

-¡Qué viejos estamos amigo! Debemos tener más o menos la misma edad.

-Sí, es posible; quizá dos o tres años de diferencia. Pero mira, para remover este trocito de tierra, llevo no sé cuánto tiempo. ¡Y estoy que no puedo más!

-¡Ven! Vamos a sentarnos junto a tu casa. Dile a Farida que nos prepare un té. Y aunque no me dejan, dame un cigarrillo de picadura de los que tanto me gustan. ¡Espero que Eli no me vea! -Ahmed se echó a reír mientras iba a decirle a su mujer que les hiciera un té.

Ya sentados uno junto al otro, no lejos de la mesa de mármol en que hacía tanto tiempo Rudolf le había operado y que continuaba repleta de macetas, este le preguntó:

-Ahmed, ¿tú que piensas de los lihudis (en dariya, judíos)?

-¿Y qué quieres que piense? -Ahmed lo miró estupefacto-. No entiendo tu pregunta.

-Sí, que ¿qué piensas de ellos?

-Sidi, ya estás con tus preguntas raras. ¿A dónde querrás llegar? No pienso nada en especial. Son personas como tú y yo; son infieles, igual que tú, pero <gentes del Libro>. Tienen su Libro sagrado y eso es muy importante. Llevan en el Magreb al-Aksa viviendo desde tiempos remotos; luego llegaron los que echaron los reyes cristianos de España, que conservan hasta la lengua del país que los expulsó. Pero el sultán los tiene bajo su tutela y protección y, sin su permiso, nadie puede ni tan siquiera juzgarlos. Son como todos: ya te lo he dicho, como tú o como yo. Los hay buenos y malos; los hay inmensamente ricos, pues son astutos para los negocios. Pero también los hay pobres; algunos tienen que vivir de la beneficencia de su comunidad. ¿Qué más quieres que te diga?

-Pero tú, tus amigos o a quienes conoces, ¿tenéis algo contra ellos?

-¿Por qué íbamos a tenerlo? He oído que hace mucho tiempo, en épocas de hambre o subida de impuestos, hubo persecuciones o asesinatos contra estas personas, pero eso ocurrió en el pasado.

-¿Y crees que son diferentes a los musulmanes o a los cristianos?

-¿Y por qué? Tú y yo somos distintos, pues nuestras religiones son distintas. Pero vosotros sois también <gentes del Libro> y debemos respetarnos, así lo dice el sagrado Corán, nuestro Libro. Lo mismo ocurre con ellos: nacen, viven y mueren. Y tienen su Libro como camino para llegar a Dios; el que quiera lo seguirá y el que no, sabrá lo que hace. Pero ¿por qué me preguntas esto? Lo único que tengo claro es que soy musulmán y marroquí; que aunque a estas alturas puedo decirte que los españoles no nos están tratando mal del todo, luchamos contra ellos en el pasado para conservar nuestra independencia, lo que como bien sabes, no fue posible conseguir. Y que con el favor de Al-lah, algún día recobraremos tanto la de la parte de nuestro país ocupada por España, como la ocupada por los franceses, que esos sí que nos tratan peor… ¡Pues Marruecos es solo uno!”

Este párrafo pertenece a El olivo de Larache (La historia de un cónsul alemán) que publica la editorial Avant (Barcelona, 2018), la nueva novela del escritor larachense Carlos Tessainer y Tomasich. Con la que, junto a los anteriores títulos Los pájaros del cielo (Sarriá – Málaga, 2001) y El árbol del acantilado (Sarriá – Málaga, 2006), cierra su trilogía sobre Larache.

En esta ocasión, Carlos centra su novela, además de en el olivo al que hace mención el título y que tiene un importante significado espiritual en la trama, en un personaje que, gracias a su nobleza y a su humanidad, ocupa un importante papel en la pequeña historia de esta ciudad marroquí: el que fuera penúltimo cónsul de Alemania en Larache.

Este hombre está enterrado en el nuevo cementerio cristiano de Larache, situado junto a los cementerios hebreo y musulmán, y en la lápida de su tumba puede leerse lo siguiente:

“Ruhe in Frieden in der von Dir so geliebten marokkanischen Erde”, que significa: “Descansa en paz en tu tierra, en tu querida tierra marroquí”.

Y es que Renschhausen amó con toda el alma a la ciudad de Larache y a su gente, pero, como ha ocurrido tantas veces en la historia, al morir el olvido fue su recompensa.

Carlos Tessainer me ha hablado muchas veces del cónsul alemán de Larache, pero al leer su novela me doy cuenta de la gigantesca talla personal y moral de este personaje. Con la profusión de datos a los que nos tiene acostumbrados ya Carlos Tessainer en sus diferentes obras, ya se trate de las novelas antes mencionadas o en sus ensayos, como el dedicado al Raisuni, teje la historia de Renschhausen desde su juventud hasta su muerte. Historia personal y profesional que conoce, además de por su condición de historiador, por la relación personal que mantuvo Renschhausen con su familia, el austríaco Ferdinand Tessainer y su mujer Anna, cuando se veían en Auámmara, que es donde vivían por entonces los abuelos de Carlos.

Y así, en su novela, nos lleva de la Alemania en la que Renschhausen creció y donde conoció a quien fuera su amor, su mujer y su amiga, al Marruecos en el que, desde finales del siglo XIX, se instaló como hombre de negocios y luego como representante de su país en Larache. Todo ese largo periplo le sirve al autor para que conozcamos en profundidad a su personaje y cuáles fueron los resortes que impulsaron su vida posterior.

Cuando la novela se adentra ya en la época de la Segunda Guerra Mundial, es cuando el ritmo de la narración cobra un vigor más intenso y emotivo. Éste es el núcleo central de la trama. Para muchos lectores, y también para muchos larachenses, será una sorpresa conocer qué ocurrió en Larache en esos años de oscuridad. Tras el alzamiento contra la República, la represión se hizo evidente y es desde ese mismo instante que la personalidad llena de humanidad del cónsul Renschhausen crece y se convierte en alguien providencial. Y así conocemos sus artimañas para poner a salvo a republicanos que, sin su ayuda, habrían perecido por el solo hecho de pensar distinto. Y luego, con el estallido de la II Guerra Mundial, sus ardides para poner también a salvo a miles de hebreos marroquíes. Obviamente no voy a desvelar en este pequeño artículo qué es lo que hizo Renschhausen para, jugándosela ante las autoridades nazis, sortearlos y hacerles creer que colaboraba con ellos cuando en realidad ayudaba a quienes podían ser perseguidos, detenidos y deportados a campos de concentración.

Los hechos históricos que relata y narra Carlos Tessainer acaecidos en diciembre de 1941 son una muestra de la valentía y del coraje de unos hombres que se jugaron la vida por salvar la de otros. Y todo eso sucedió en una pequeña ciudad de Marruecos: Larache. Y es algo que personalmente me emociona.

Tal y como deja entrever esta novela, las injusticias a veces se cometen por ignorancia. Quizá sea tiempo para, a partir de este libro, reivindicar la figura del penúltimo cónsul alemán. Y con él, el ejemplo de convivencia entre las tres culturas que dio Larache al mundo. Porque, como también deja bien claro Carlos Tessainer, para salvar la vida de esos miles de hebreos en estos acontecimientos intervinieron tanto judíos como cristianos y musulmanes. Un trozo de historia por la que Carlos nos guía con conocimiento de causa y con la pasión de su narrativa.

Una novela que hay que leer para conocer de verdad nuestra historia y las pequeñas grandes gestas protagonizadas por quienes ya nadie recuerda.

Sergio Barce, enero 2019

Más información sobre esta novela y cómo adquirirla, en el siguiente enlace:

https://www.avanteditorial.com/libro/el-olivo-de-larache-obra-en-papel/

carlos tessainer y tomasich

CARLOS TESSAINER

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MADRID – 24 DE ENERO – CASA ÁRABE – HOMENAJE AL POETA SIRIO ADONIS

http://www.casaarabe.es/eventos-arabes/show/homenaje-a-adonis

Casa Árabe organiza el 24 de enero en Madrid este homenaje al poeta sirio Adonis, que contará con la participación del autor, además de Clara Janés y Federico Arbós.

Adonis estará acompañado en el homenaje por Clara Janés, poeta y traductora; y Federico Arbós, arabista y traductor. Introduce el acto Pedro Martínez-Avial, director general de Casa Árabe. Adonis es reconocido internacionalmente como poeta, ensayista, filósofo y teórico de la poética árabe. Referido en entrevistas como “el mejor poeta vivo del mundo árabe” y “el gran anciano de la poesía, el laicismo y la libertad de expresión en el mundo árabe”, ha escrito poesía durante 75 años y tiene más de cincuenta trabajos publicados en árabe de poesía, crítica, ensayos y traducciones. Su influencia modernista en la poesía árabe se compara a menudo con la de T. S. Eliot en la poesía anglófona. 

Ali Ahmad Said Esber nace en el pueblo de Qassabin, Siria, en 1930. Adopta el nombre de Adonis cuando tiene 17 años, y al hacerlo simboliza sin querer lo que se convertiría en su visión del mundo, su “ruptura con todo lo que es religio-nacionalista, y una forma de abrazar todo lo humano y universal”. Cofunda y edita la influyente revista de poesía Sh’ir y más tarde establece y edita la igualmente importante MawaqifHa ganado numerosos premios, entre ellos el más alto honor francés de Chevalier de la Légion d’Honneur (2012), Comandante de la Orden de las Artes y las Letras (1997), Premio Nazim Hikmet de Turquía (1994), Premio Goethe de Alemania (2011, primer autor árabe en ser galardonado), el Tercer Premio Internacional de Poesía del Antílope de Oro Dorado (2013, Xining, China), el Premio a la Libertad Erich Maria Remarque, Osnabrück, Alemania (2015), el PEN/Nabokov International Literature Lifetime Achievement Award de EEUU (2017), el 13er Premio de Poesía y Gente (Guangzhou, China 2018). Entre sus últimos trabajos traducidos al español figuran Violencia e islam (Ariel, 2016) y El libro II (ediciones del oriente y del mediterráneo, 2018), así como Zócalo (Vaso Roto ediciones, 2014).

adonis

ADONIS

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MUJER TAMAZIGHT: LA KAHINA Y FABIA BIRA

mujer tamazight portada

El  libro Mujer Tamazight y fronteras culturales (Servicio de Publicaciones – Consejería de Cultura de Melilla, 1998), que recoge diferentes estudios y artículos de distintos autores, y que está coordinado por Vicente Moga y Rachid Ahmed Raha, se abre con el capítulo titulado Apuntes para la historia de las mujeres beréberes en la antigüedad, escrito por Mª Dolores Mirón Pérez. Y de él he extraído los siguientes párrafos:

“…LA POLÍTICA. LAS REINAS.

No quisiera dejar este apartado dedicado a la política sin mencionar a una de las mujeres más famosas de la historia beréber. Me refiero a la Kahina, que acaudilló la última resistencia de los beréberes contra la invasión árabe. Es la ´nica ocasión clara en la que una mujer aparece como detentadora del poder político y militar por derecho propio. No obstante, buena parte de este poder se basaría, más que en una tradición matriarcal beréber, inexistente, en su especial carisma personal, en el que mucho tendría que ver la religión. De hecho, la Kahina, como Tin Hinan, es conocida por su apodo -su nombre concreto ha sido objeto de varias especulaciones-; este apodo, árabe, significa <la divina>.

kahina

KAHINA

(…) LAS SACERDOTISAS.

(…) Generalmente, donde hay diosas, hay sacerdotisas. En el Norte de África las hay de divinidades de variado origen y carácter.

(…) Esta función religiosa, de contacto con la divinidad, se manifiesta también, entre las mujeres moras, en su cualidad de profetisas. Procopio señala que a los hombres moros no les estaba permitido formular oráculos, sino que eran las mujeres las que, como resultado de determinados ritos, eran poseídas y vaticinaban el futuro. Es precisamente esta calidad de profetisa la que denota, como ya he dicho, el sobrenombre de la Kahina.

Pero, antes de terminar de hablar de las sacerdotisas, quisiera referirme a un sacerdocio puramente romano, pero que es, sin duda, tanto en mujeres como en varones, el mejor documentado en todas las provincias de África, y en el resto del Imperio. Me refiero a las sacerdotisas o flamínicas del culto imperial, dedicadas por lo general al culto de las emperatrices.

La mayoría de las flamínicas tenían nombres romanos, pero no es extraño encontrar entre ellas elementos de onomástica indígena africana. Se trata de mujeres pertenecientes a las élites indígenas romanizadas, con ciudadanía latina o romana. Estos sacerdocios daban la oportunidad a las mujeres de ejercer una gran influencia pública, por medio de una pseudo-magistratura. En sus comportamientos, las flamínicas africanas en nada se diferencian de las del resto del Imperio. Incluso destacan, como las del Sur de Hispania, por sus fuertes donaciones y singular influencia social y económica en sus ciudades.

Quisiera destacar una de ellas en especial, pues ilustra la romanización de las élites indígenas. Se trata de Fabia Bira, bien conocida por numerosas inscripciones de Volubilis. Fue la primera flamínica de su ciudad, tras la conversión de Mauritania en dos provincias romanas. Los elementos de su nombre son muy significativos. El nomen, Fabia, es plenamente romano, mientras que el cognomen, Bira, es púnico o beréber; el nombre de su padre, Izelta, es claramente beréber. Su esposo, M. Valerius Severus, natural de Volubilis, fue también el primer flamen. El nombre de su padre, Bostar, es de origen púnico. Fue uno de los personajes más ilustres de la ciudad. La delegación dirigida por él ante el emperador Claudio logró el estatuto municipal para Volubilis, y la ciudadanía romana para sus habitantes. Ejerció varios cargos locales, incluido el de sufete, y fue prefecto de las tropas auxiliares durante la revuelta de los moros, comandada por Edemón, contra la dominación romana. Sin embargo, su esposa aparece con mayor frecuencia en las inscripciones volubilitanas. Era una mujer de gran peso propio. Su padre, Izelta, al que se menciona en todas las ocasiones, debió de ser un personaje principal de la nobleza mora. Los sobrinos de Fabia Bira presentarán ya una onomástica puramente romana.”

volubilis - inscripción dedicado a la falmínica fabia bira

VOLUBILIS – Inscripción dedicado a la flamínica Fabia Bira

 

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“EL NADADOR”, UN RELATO DE SERGIO BARCE. UN CORTO DE PABLO BARCE

El cortometraje El nadador, dirigido por mi hijo Pablo, sigue su largo periplo por festivales de varios países y espera su llegada a Larache, donde aún no se ha podido estrenar por motivos de distribución hasta que no acabe de proyectarse en los festivales que aún quedan pendientes. El próximo en Viena, Austria.

Para los que no conocen el argumento de la película, hoy os traigo mi relato y que inspiró el guión que escribimos entre Pablo y yo. Una experiencia que vamos a repetir. El nadador forma parte de mi libro de cuentos Paseando por el zoco chico. Larachensemente (2ª edición – Edic. del Genal – Málaga, 2015).

El_Nadador_Cartel con créditos

EL NADADOR

Los brazos se hundían fabricando una espuma salada que se diluía a su espalda tras una existencia efímera. Igual ocurría con la pequeña estela de ondas dispersas que abandonaba atrás. Todo el movimiento era de una armonía impecable: los brazos, las piernas, el giro de la cabeza al tomar aire, sumergirla y expulsar ese mismo aire por la boca, bajo el agua. En ningún instante cerraba los ojos. Hakim veía en el fondo primero la arena y las algas desvalidas, luego sólo arena y, más tarde, el verde azulado del océano.

Oía el chapoteo que él mismo provocaba avanzando sin descanso. Nada de parar, seguir, seguir, seguir adelante. Detenerse podía significar la rendición, perder el equilibrio, agotarse en medio del vacío. Había recorrido al menos doscientos metros, y oía el bombeo de su corazón, distinto al del comienzo, y cómo los brazos golpeaban la superficie esmeralda, cómo sus pies pateaban igualmente para ayudarlo a avanzar. Trataba de no perder la concentración en su respiración acompasada, obsesionado ante la idea de perder el ritmo y sucumbir, verse humillado. Pensó de pronto en Haddu y en Abdelilah, riéndose de su estrepitoso fracaso. Le lanzarían el balón de cuero contra la espalda, mofándose, como solían hacer cuando le colaban un gol por debajo de las piernas.

-Eres tonto, Hakim. ¿A dónde crees que vas? ¿A las Canarias?

Pensar en sus posibles burlas lo espoleó, e insufló un desesperado ardor a su empeño.

Calculó que ya estaría a medio camino. No quería comprobarlo porque el hecho de intentarlo siquiera podía agobiarlo, tragaría agua y entonces solo podría agitar los brazos sin encontrar nada. Ya le había ocurrido meses antes y se juró no repetir la experiencia. En aquel momento, creyó que moría, pero la providencia quiso que alguien, desde uno de los pesqueros, se percatara. Lo sacaron medio ahogado y estuvo un buen rato vomitando y tosiendo en la cubierta. Recordaba que olía mucho a salazón y a redes mojadas.

Hoy se había lanzado desde el faro del espigón. Dejó a la derecha la playa peligrosa y se esforzó por alejarse de la otra banda, de la entrada al puerto, de la desembocadura del Lucus. Ahí no corría el riesgo de verse arrastrado por la marea. Eran ya doce años nadando frente a los acantilados de Larache, su pueblo, y se conocía los vericuetos y las trampas que las aguas habían trazado desde los siglos.

A Hakim le gustaba nadar tras los barcos que arribaban a la almadraba. A veces lo hacía con Haddu y con Abdelilah, pero ellos se aburrían enseguida y regresaban a la playa. Preferían jugar a la pelota sobre la dura arena de la bajamar. También le gustaba a Hakim sentarse más tarde al borde del dique, inundado por el olor dulzón de los atunes muertos que, colgados a popa, reluciendo con el reflejo del sol anaranjado, parecían armaduras despojadas al enemigo y que se exhibían al pueblo como trofeos de victoria. Solía hacer incursiones por la boca del puerto, por entre las pateras que cruzaban a la gente hasta la otra orilla, ésas que iban a la playa y regresaban como agotadas tortugas. Los niños asomaban entonces los bracitos por encima de la borda de las barcas de remo. Hakim los perseguía asumiendo, con gozosa jovialidad, su papel de tiburón de guiñol. Disfrutaba con las risas nerviosas de los niños que, dando gritos, risueños, excitados, escondían sus bracitos resguardados en la patera mientras él se impulsaba con las piernas en un pequeño salto para dar un mordisco al aire.

-¡Ñam, ñam! –abría la boca con exageración.

Hakim soñaba con llegar a Europa, embarcarse en algún mercante o en uno de los pesqueros que fondeaban a unos cientos de metros frente al castillo de San Antonio. Los observaba desde el Balcón del Atlántico. Por la noche eran como diminutas luciérnagas que se mantuviesen paradas aleteando en un punto indeterminado. Hakim soñaba también con cruzar el océano, desembarcar en España y llegar a Madrid, poder ver jugar al Real en el Bernabeu. Desde muy pequeño suspiraba por sentarse en las gradas del estadio, pedirle un autógrafo a Roberto Carlos.

A Haddu se le abrían los ojos, brillando con excitación, al imaginarse también en los graderíos. Se morían de risa, de puro nerviosismo, cuando pensaban en todo aquello, cuando se veían vitoreados por la afición o corriendo por la banda hasta llegar al balón y abrir al área donde Zidane cabecearía al fondo de las mallas. Haddu se tumbaba boca arriba con una sonrisa atolondrada en los labios.

Hakim seguía nadando. Las burbujas subían casi rozando su cara, esquivándola, y formaban una espuma escuálida que se mezclaba con la que producían sus brazos. No quería mirar al frente, sólo al fondo del agua. Calculaba que aún debía de nadar otros veinte minutos más.

Durante las mañanas, Hakim ayudaba a su padre a montar el puesto de orfebrería que tenían en la calle Real. Estaba bien situado, pero su padre no era precisamente un hombre agradable, ni tenía dotes de comerciante. Si hubiese sido de otra manera, como Yebari, seguramente se habría labrado una buena posición. Pero como solía decir, en realidad sólo se había propuesto una cosa en su vida: pasar desapercibido, no molestar a nadie y no ser molestado. A Hakim lo sacaba de sus casillas ese carácter pusilánime de su padre y, en cuanto tenía oportunidad, se escabullía de la tienda. Entonces era cuando bajaba por la calle Real hasta las escalinatas del puerto, dejaba sus ropas en la patera de Abdussalam, se lanzaba al agua y nadaba. Se sentía entonces bien consigo mismo, como si la desembocadura del río, el mismo puerto y las playas de Larache fuesen el mejor lugar del mundo, el único en el que se sentía realmente libre y sin ninguna obligación.

Había descubierto el placer de nadar adentrándose en dirección al inalcanzable horizonte, evitando las corrientes, alejándose de la playa peligrosa cuanto sus brazos y sus piernas le permitían. Desoía a Abdelilah que, siempre temeroso, le gritaba desde la orilla, casi persiguiéndolo hasta que el agua le llegaba a la cintura.

Ayi, Hakim! ¡No seas loco! ¡Vuelve, por Dios!

Pero él se entregaba a las caricias del océano, dejándose llevar por su propio entusiasmo.

La playa peligrosa encerraba sus propias leyendas, viejas historias que contaban los ancianos del barrio de Las Navas y los ciegos del Zoco Chico. También Hakim había sido testigo del poder devorador de esa playa estigmatizada, siempre agitada, seria, con salvajes dibujos de crestas hambrientas rompiendo en un rugir atronador. Cuando estaba sentado, al borde de su orilla amenazadora, sentía que Aixa Candixa nadaba en sus aguas. Allí vio llegar un cuerpo hinchado, deforme e irreconocible, un hombre al que mordisquearon peces embriagados y que seguramente trató de mantenerse a flote creyendo poder doblegar a su propio destino. Vio ese cuerpo maltratado, con algas podridas asomando de una boca corrompida, oscura, y sintió que aquello era una advertencia.

-Ten cuidado –musitó Abdelilah a su lado, sin poder apartar la mirada de ese cuerpo desnudo.

Al anochecer, Hakim se quedaba sentado en la balaustrada del Balcón y seguía con sus ojos almíbar al sol, que caía lenta, pausada, lacónicamente. Haddu y Abdelilah le pasaban un pitillo, que compartían en silencio. La silueta del castillo de San Antonio, recortado contra el rojizo firmamento, avanzaba entonces como si con la noche le fuese permitido navegar sobre las aguas. Hakim lo observaba con atención y sentía un viejo palpitar en el interior del edificio, algo así como un alma agotada por sus recuerdos. Allí sentado, Hakim era capaz de llegar al borde del horizonte, nadando sin desmayo, ayudado por Lalla Menana, y algunas veces hasta se veía ya sentado en la tribuna del Santiago Bernabeu animando a su equipo.

Soltó el aire bajo el agua, notando cómo los pulmones quedaban vacíos, y vio las burbujas ascendiendo igual que diminutas bolas de cristal. No necesitaba levantar la cabeza para saber que se encontraba muy cerca del casco del pesquero español que había divisado desde el espigón. Su cercanía aumentaba sus pulsaciones. De pronto, la sombra de la silueta metálica le cubrió como un nubarrón sorprendente y dejó de nadar. Flotaba dejando el cuerpo lacio, haciéndose el muerto, con la cara resplandeciente y la vista vagando por el azul plano del cielo. Al poco, unas voces lo animaron a acercarse al barco. Hakim dio una brazada y alargó una mano al vacío. Sintió cómo lo asían con fuerza. Tiraron de él y lo entraron en la cubierta, empujado por varias manos de dueños diferentes y de ánimos encontrados.

Apenas pudo abrir los ojos. Se sintió tan agotado que las piernas no lo sostenían y lo dejaron descansar sobre los aparejos. Las gaviotas planeaban por encima de su cabeza. Las oyó graznar, como si exigiesen que se les sirviese el almuerzo a una hora convenida. Hakim apoyó los codos en las redes, el olor a pescado se le colaba por las fosas nasales con cierta virulencia. Una mano desconocida, encallecida y ruda, le ofreció una taza de caldo. Lo bebió con parsimonia, y le supo caliente y reconfortante. Cuando se sintió recuperado del todo, se incorporó, acercándose a los hombres que charlaban distraídamente en la sentina.

-Cómo se te ocurre venir nadando, chaval… –los tres hombres lo miraron con curiosidad, dibujando sonrisas indulgentes.

Anna ir a lispania… –dijo Hakim.

Sintió ese bocado que le aprisionaba el estómago cuando se aventuraba a pedir que le ayudaran a cruzar al otro continente, una extraña sensación de miedo a lo desconocido, a verse solo lejos de sus padres y de su hermano, de Haddu y de Abdelilah. Su bañador descolorido, que alguna vez fue negro, le daba un aspecto desangelado. O quizás fuese su delgadez extrema la que movía a compadecerse de su aparente fragilidad.

-Nos ha jodido bien… –refunfuñó el mayor de los tres marineros-. Éste lo que quiere es que lo llevemos de polizón…

Jay, io no molesta, lo juro. Taiudo… limpia, trabaja… –Hakim se llevó una mano nerviosa a la boca–. No coma mucho… no molesta.

Se mordió el labio. En el fondo, temía que lo ayudaran, que le dijesen que se escondiera en la bodega.

-Lo siento, colega. Hay demasiadas patrulleras.

Las gaviotas se acercaban a la cabina de manera un tanto suicida y sus graznidos parecían tornarse paulatinamente en alaridos desconsolados. A Hakim lo intimidaban, y de vez en cuando les dedicaba una mirada torva. Nunca se había fiado de ellas.

-…io no molesta, jay… Io ver Raúl y Roberto Carlos…

-¡Cagonlaputa! Éste es del Madrid, macho –el marinero más joven escupió en el suelo–. La has cagado, tío. El capitán es del Barsa… Joder, nos ha confundido con un barco de recreo…

El mayor de los marineros se quitó la gorra que le cubría medio rostro y la sacudió contra la pernera de su pantalón. Guardó silencio unos segundos, mirando a Hakim como sopesando la situación; luego, chasqueó la lengua y, poco después, meneando la cabeza de un lado a otro, señaló con la gorra a la costa.

-Vuelve a tu casa, chaval… Vete antes de que el capitán te dé una patada en el culo.

Io bueno, jay…

-Venga, paisa, no jodas la marrana…

Hakim apenas insistió. Y su exigua protesta la hizo además sin pizca de entereza. Era la misma historia que se repetía, como en las anteriores ocasiones en las que nadó hasta otros pesqueros. Sabía que ninguno correría el riesgo de llevarlo, pero siempre lo intentaba. Era como jugar con el azar. Presentía que Lalla Menana le tenía reservada una sorpresa, que su vida no podía ser como la de los otros niños de la calle Real. Y rezaba porque así fuese, rogando a la patrona que lo ayudara, y, si además, también lo hacía con sus padres y con su hermano mucho mejor.

Volvió a vigilar a las gaviotas y comprobó que estaban más interesadas en la cabina del barco que en él, de manera que aprovechó ese momento para lanzarse de nuevo al agua. Oyó vagamente las voces de los marineros, más débiles a cada brazada, hasta que se apagaron, al igual que los graznidos enfermizos y lastimeros de las aves. Se esforzó entonces por concentrarse en la respiración, en los movimientos de los brazos y de las piernas. No les contaría nada a sus amigos. Sólo les diría que había estado nadando un rato, como las otras veces. Sólo eso.

Volvió a sentirse tranquilo, libre de todos. Sin saber por qué, se atrevió a levantar la cabeza y vio la costa, el faro del espigón, el castillo de San Antonio irguiéndose con los restos de su orgullo resquebrajado, las rocas de Ain Chakka, bajo los jardines del Balcón, el cementerio viejo, también las casas apiñadas, como colgadas sobre el acantilado. Una ojeada rápida, subrepticia, y, pese a ello, Hakim se sorprendió de cuánto había podido abarcar con tan liviano gesto. Fue capaz de verlo todo y eso le hizo sentirse seguro de sí mismo. Supo que alcanzaría la playa sin demasiado esfuerzo, supo que eso era sin la menor duda lo que deseaba: llegar a la arena, pisarla, sentir la cercanía de su pueblo, correr hasta la tienda de su padre, abrazarlo, abrazarlo estrechamente.

PASEANDO POR EL ZOCO CHICO - cubierta

 

 

 

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