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«EL LABERINTO DE MAX», DE SERGIO BARCE

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Pedro Pujante, Sergio Barce & Pablo Aranda

En marzo de 2018 apareció mi novela corta El laberinto de Max, dentro de la colección <Manguta de Libros>, de Ediciones del Genal & Mitad Doble Ediciones, junto a autores como Pedro Pujante, Herminia Luque, Jess Lavado, Eloísa Navas, Presina Pereiro, Salvador Rivas, José A. Sau y, por supuesto, al añorado y siempre recordado Pablo Aranda. 

HL SB ...

Herminia Luque, Sergio Barce, Eloísa Navas, Presina Pereiro y Jess Lavado

Para quienes no hayáis leído este libro, os regalo el primer capítulo, la mejor manera que encuentro para animaros a leer el resto de esta historia que transcurre entre libros…

Me he quedado tan sorprendido de que mi padre me haya llamado después de tantos años que no he sabido reaccionar. Pero le he confirmado que iría. Luego he colgado, sin aliento. Lo hago por Silvana, no por él. Y porque me encuentro en las últimas.

Ahora que estoy frente al local, no sé si ha sido una buena idea venir. Nunca me ha gustado su negocio. Siempre he hecho lo contrario que Max. Desde niño. Sobre todo en la adolescencia. Si mi padre quería ir a la playa, yo protestaba porque prefería la montaña. Si proponía ver una película de Hitchcock, yo sugería una cinta de Berlanga. Me pidió que me cortara el pelo, y me dejé melena. Por joder. Decidí no abrir un libro porque él regenta una librería. Esa es la razón de que no haya leído una novela en casi cuarenta años. También por joder. Nos distanciamos. Luego, al marcharme tras acabar los estudios, dejamos de vernos. Y nos hemos convertido en unos extraños.

Pero llevo ya dos años en el paro. Las ayudas sociales se acaban el mes que viene. Silvana ha debido de verme más apurado que en otras ocasiones. La verdad es que lo estoy. Por eso habló con su abuelo, sin que yo lo supiera. No sé qué le habrá contado a Max para convencerlo. Apenas cruzamos unas frases por teléfono, lo imprescindible. No sabía muy bien qué decir. ¿De qué hablas con alguien a quien has decidido eliminar de tu vida? El hecho es que me ha ofrecido trabajo en su negocio. Le respondí que lo pensaría. La realidad es que yo no sé nada de libros. Seguramente me necesitará para llevar la contabilidad. O algo así. Sea lo que sea, no voy a embarcarme con él. Max insistió. Hube de prometer que vendría a verlo para poder colgar de una puñetera vez.

Apenas me llega para pagar los gastos necesarios. Ni un solo capricho. El alquiler comienza a ser un problema. Adeudo ya dos meses. La primera vez que me retraso. Mis zapatos cumplen su primer lustro. Me es imposible hacerle un buen regalo a Silvana. Y el hándicap es mi edad. Nadie contrata a alguien con cincuenta y cinco años. Ya no soy joven. Tampoco viejo. Bueno, un poco mayor, digamos que maduro. Me consuelo porque me dicen que las canas hacen interesante. Me mienten. Para que no me deprima. La realidad es que todo se desmorona.

Silvana me encontró en casa borracho como una cuba. Me había soplado casi toda la botella. Llamó y no entendía lo que le decía. Eso la alarmó. Eso y que no volviera a descolgar cuando telefoneó de nuevo. Abrió con el duplicado que guarda de mis llaves. Vomité. Grité. Lloré. Ahora siento una vergüenza enorme. Me vio como nunca me había visto antes. Hice el ridículo. Y se rio mucho oyendo mis gilipolleces. Aunque se niega a contarme cuáles fueron mis palabras. Seguramente puse a parir a su madre. Es una arpía, de eso no cabe la menor duda. Pero no merece ningún insulto. Eso lo convierte todo en más deplorable.

En los quince minutos que llevo aquí parado no ha cesado de entrar gente a la librería. Un hecho que me parece insólito. He oído que todas están cerrando. No tengo demasiadas ganas de cruzar la calle y ver a Max. Los dos nos hemos atrincherado. No hemos querido saber nada el uno del otro. Durante años. Habrá envejecido. Claro. Como yo.

Al empujar la puerta he reconocido el olor. Es el mismo de siempre. Huele a madera y a libros. Llamativamente, el local me parece ahora más amplio, más grande. Hay al menos diez personas entre los estantes, curioseando o buscando algún título. Tantos que es imposible que nadie pueda leerlos todos. He de reconocer que la librería es preciosa. Mi padre tuvo buen gusto al montarla. Madera por todas partes, al estilo británico. No le ha hecho falta reformar nada. La concibió como un pequeño laberinto que impidiera a los clientes salir en seguida. Qué cabrón. Pero parece que eso le ha dado mejores resultados de lo que nadie hubiera imaginado. Hizo una fiesta al inaugurarla. Yo era un niño. Besó a mi madre delante de todos, como hacían los actores de cine, y me avergoncé. Luego volqué un tazón de chocolate sobre las piernas de una de mis primas. Suerte que ya se había enfriado. Si no, le hubiera causado quemaduras de segundo grado. Me castigaron encerrándome en el desván de la librería. Allí me rodeaban sombras siniestras, ruidos extraños. Alguien habitaba tras aquellas paredes, alguien que me vigilaba. Podía escuchar su respiración, cansada y rota. Pasé tanto miedo que decidí no volver a subir. Aunque hubo una segunda ocasión. Algo más tarde. Y aquí sigue la librería de Max, abierta, funcionando, con clientes. Un milagro en estos tiempos. Joder, creo reconocer a uno de los que buscan en los anaqueles de literatura clásica. Lo vi en varias ocasiones en mi niñez. Debe de llevar todos estos años dando vueltas, tal vez nunca haya podido encontrar la salida. Por eso seguirá en literatura clásica. Creo que era un pedante.

Llegar a la caja también es un poco complicado. Max la ubicó en el centro del pequeño laberinto. Este olor me rejuvenece. Quién me lo hubiera dicho. Zigzagueo y veo la vieja mesa de nogal. La mesa hace las funciones de mostrador. Es como si el tiempo se hubiera detenido aquí dentro.

No conozco a la mujer que está ahí sentada, junto a la caja registradora. Ya no se ven ese tipo de cajas registradoras. Recuerdo que, cuando había que limpiar, mi padre la levantaba y decía que pesaba treinta quilos. Treinta quilos sin monedas ni billetes, vacía. Le da un toque original al sitio. La empleada está leyendo. Esa era una norma de Max. Quien trabaje conmigo debe saber de qué tratan todos los libros que vendemos y ha de leérselos. Eso predicaba. Ella debe de estar cumpliendo sus órdenes. La mesa llena de ejemplares y de papeles, rodeándola. Me acerco. No levanta la cabeza y carraspeo. Ahora sí. Joder, qué guapa es la tía.

Después de recobrarme (confieso que me ha descentrado por completo), le pregunto por el señor Bazlen. Aunque sigo perdido en su rostro, como atontado. Me responde que no está en estos momentos. Al poco me lo repite, porque no me he enterado la primera vez. Reacciono. Torpemente. Yo soy el señor Bazlen. Lo digo casi de manera automática. Lo he hecho sin mala intención. En seguida me doy cuenta de que puede parecer que le tomo el pelo. De hecho, ella ha arrugado el ceño y mira a un lado y a otro. Es posible que piense que está frente a un chiflado. Soy su hijo, añado con rapidez. El hijo de Max. Trato de salvar el descalabro. Es entonces cuando ella esboza la sonrisa más hermosa que he visto en mucho tiempo. Soy Lili, se presenta. Me extiende la mano y se la estrecho. Habría preferido besarla. Y yo le respondo. Como Lillie Langtry. Ella aguarda a que le aclare de quién le hablo. La criatura más hermosa del mundo, le desvelo entonces, o eso es lo que afirmaba el juez Roy Bean cuando hablaba de Lillie Langtry. Ah. Lili solo rezonga eso: ah. No parece que le haya hecho gracia mi piropo enmascarado. Ava Gardner interpretó a Lillie Langtry, apostillo. La verdad es que, aunque no leo un libro desde hace más de treinta y tantos años, por joder, veo mucho cine. Quizá demasiado. Lili me transmite su desinterés. Puede esperarlo aquí, su padre no tardará mucho. Y añade: si quiere echar un vistazo… Y me invita con un gesto a que me entretenga con los libros y a que la deje en paz.

Actúo como si me interesara por los volúmenes que se exponen en literatura española actual. No conozco a ninguno de esos escritores. Así que no voy a perder el tiempo. Para qué. Lo que realmente hago es observar a Lili. Está leyendo. Concentrada. Se acerca una mujer con un vestido horrible a la mesa mostrador. Lili reacciona dibujando de nuevo esa sonrisa arrebatadora que había desaparecido. Es como para comprarle el libro que ella proponga. Sin discutirlo. Me lo llevo porque es usted bellísima. Eso es lo que le diría al pagarle. Veo cómo le indica a la señora del vestido horroroso los expositores de las ediciones de bolsillo. Y vuelve a su tarea. Me cuesta dejar de admirarla. Entonces llega Max a la librería. He reconocido su peculiar manera de abrir y cerrar la puerta. No podría describirla, porque aparentemente no es nada peculiar. Pero nadie abre y cierra una puerta como Max Bazlen…

EL LABERINTO DE MAX

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«EL PERDÓN DE LOS PECADOS», UNA NOVELA DE ANTONIO FONTANA

 

Aunque publicado en 2003, gracias a mi amigo el escritor Miguel Torres López de Uralde, descubro una novela extraordinaria: El perdón de los pecados, del autor malagueño Antonio Fontana, que hace pocas semanas fue galardonado con el Premio Café Gijón con Hasta aquí hemos llegado.

EL PERDÓN DE LOS PECADOS portada

Adentrarse en El perdón de los pecados es entrar en un mundo duro y desangelado, en el que las circunstancias hacen cambiar por completo la vida de una familia. Lo que plantea esta novela es cómo el nacimiento de un hijo o de una hija con un problema psíquico o físico (en el caso de la novela es una parálisis cerebral) hace cambiar a las personas, cómo ese problema se afronta de manera diferente por quienes rodean a ese inocente y cómo sus vidas cambian para siempre.

La habilidad de Antonio Fontana es la de obligarnos a enfrentarnos con ciertas preguntas muy incómodas. ¿Actuaríamos como lo hace la madre de Tecla, esa niña que nace limitada para el resto de su vida? ¿Lo haríamos como su padre? ¿O tal vez como Ángela, su hermana? Cada uno arrostra el acontecimiento de una manera, y es el tiempo el que los modulará para ser unos más valientes y otros más condescendientes, o más cobardes. ¿Habríamos comprendido al médico que asistió al parto de esa criatura diezmada? ¿Seríamos tan mezquinos como alguno de esos vecinos que le desean incluso la muerte a esa niña porque carecen de la más mínima piedad?

“Su voz se abrió paso en la penumbra:

-¿Por qué nos ha tocado a nosotros?

No era una pregunta: era una queja.

Desde la cama, la respuesta de mi madre llegó cortante, veloz; quizá porque la había meditado largo rato; quizá porque no había nada que meditar:

-¿Qué por qué nosotros? Por qué le ha tocado a ella, querrás decir. ¿Qué culpa tiene Tecla?

Mi padre saliendo de la habitación cabizbajo, envuelto en un silencio distinto del anterior: más profundo, más amenazador, más peligroso. Planeando ya la huida. Preparando las palabras con las que me dirá adiós -<diós, diós>- dentro de unos días. Ensayando su beso cobarde. El beso que recibes dormida y crees haber soñado. El beso con el que se despide -<diós, Dios>- quien no piensa llevarte consigo. Quien ha empezado a alejarse.”

Me conmueve el personaje de la madre: entregada, enrabietada, digna, fuerte, amorosa, dura, luchadora. Me enternece Tecla, por supuesto, una niña inocente que tiene una existencia amputada por el capricho del destino o por ese Dios que tan bien describe Antonio Fontana en boca de la narradora.

Y ese pueblo al que regresa la protagonista, que es uno de esos pueblos que apenas pueden ya mantenerse en esta España vacía nuestra, casi aterrador. La descripción de la estación de tren lo encierra todo en pocas palabras.

“…Mientras tanto, el tren espera. A alguien que no llegará, porque en estos pueblos cada vez hay menos gente, y la poca que queda es gente resignada, gente vencida, gente que ve pasar los trenes en la lejanía, que en eso consiste la resignación: en contemplar el paso de los trenes sin subir nunca a ellos; sin soñar siquiera con subir algún día a ellos. ¿Para qué?”

Hay mucho desaliento, mucha desilusión y mucha culpa y mala conciencia en esta historia de amor materno filial, y de desamor entre hermanas y entre madre e hija, y mucha aridez paterna. Los retratos de los personajes son delicados, pero perfectamente construidos. Y la narrativa de Antonio Fontana es magnífica, manteniendo el pulso desde la primera línea hasta el punto final sin el menor desfallecimiento. Contándonos lo que no querríamos saber, lo que la verdad esconde, lo que el pasado nos trae de vuelta sin que pueda evitarse, igual que la mala conciencia o los demonios que escondemos bajo la alfombra. Muy recomendable.

El perdón de los pecados está editada por Acantilado.

Sergio Barce, noviembre 2020

ANTONIO FONTANA

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BESLAMA, BARRAK

MOHAMED BARRAK

Mohamed Barrak nació en Ben Yessef, región de Alcazarquivir (Ksar el Kebir) en 1952. Estudió primaria y secundaria en Ksar el Kebir y Tetuán; luego cursó dos años de Ciencias Económicas en la Facultad de Derecho de Rabat, antes de inclinarse por el dibujo, la pintura y, sobre todo, por la caricatura y el comic.

Pero hace años, tuvimos la suerte de que Barrak eligiese Larache para afincarse, desarrollar su labor creativa y transmitir sus conocimientos pictóricos a los alumnos que lo han seguido. Sus trazos son tan reconocibles que son su firma inconfundible.

Solíamos escribirnos por Facebook, y jamás dejamos de felicitarnos por sus exposiciones o por mis libros. Hoy me entero de su fallecimiento, que le llega siendo demasiado joven. Otra pérdida en este año aciago y maldito que estamos viviendo.

Perdemos a un gran artista, pero, sobre todo, perdemos a un hombre tranquilo, afable, educado y entrañable. A un amigo. 

Inná lil-lahi wa inná ilaihi ráyiun

Sergio Barce

BARRAK 1

***

BARRAK 2

 

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SEAN CONNERY

Sean C

Llega la noticia de la muerte de Sean Connery, y pienso enseguida que los grandes desaparecen a un ritmo endiablado. Los años son inexorables, las pérdidas irremediables.

Sé que también habrá miles de artículos repitiendo que Connery fue el mejor James Bond de la historia del cine (cierto), que fue un actor inconmensurable (cierto), que varias de sus interpretaciones fueron memorables, y repetirán los mismos títulos: Marnie, la ladrona  (Marnie, 1964) de Hitchcock, El nombre de la rosa (Der name der rose, 1986) de Annaud, Los intocables de Elliot Ness (The untochables, 1987) de De Palma, etc… También cierto. Pero a mí me quedan varios títulos más, y en algunas películas que no tuvieron las mejores críticas, pero que considero estupendas porque él estaba ahí: El hombre que pudo reinar (The man who would be King, 1975) de Huston (de la que ya escribí en 2014 en el siguiente artículo: https://sergiobarce.blog/2014/08/03/hollywood-y-el-cine-de-aventuras-en-marruecos-2/), El viento y el león (The wind and the lion, 1975) de Milius, Robin & Marian (1976) de Lester o La casa Rusia (The Russia house, 1990) de Fred Schepisi.

Esta última cinta es una de las más vilipendiadas adaptaciones de las obras de John Le Carré, pero a mí me fascinó, quizá por que es un film de espías, en plena glasnot y perestroika rusa, y que, sin embargo, se me antoja como uno de los films más románticos de los años noventa, o quizá porque la coprotagonista, Michelle Pfeiffer, miraba a Sean Connery como lo miraba; también pudiera ser el efecto de la banda sonora de Jerry Goldsmith, uno de los músicos favoritos del actor. Yo qué sé. El hecho es que hay dos escenas que me parecen fascinantes: la primera cuando, viéndose a escondidas, el personaje de Connery se declara a la Pfeiffer y le dice «tú eres mi patria», y algo te estremece; la segunda, cuando él, ansioso, rozando ya la felicidad, la espera en el puerto de Lisboa con un ramo de flores y grita su nombre: ¡Katia!. El resto de ese film es una clase magistral de Sean Connery como actor. Sí, quizá no sea una gran película, pero sólo por lo que he contado ya merece la pena.

La muerte de Sean Connery me hace pensar en muchísimos buenos momentos de cine que nos ha legado, las de James Bond incluidas, que yo veía muchas veces en sesiones dobles, y en un buen puñado de excelentes cintas y mejores interpretaciones. Eso es lo que nos deja. Y es mucho. Un grande.

¡Chapeau!

Para terminar, aunque ya lo transcribí cuando hablé de la autobiografía de Michael Caine, no me resisto a volver a copiar esta anécdota. Sin duda, hoy Michael Caine llorará a un gran amigo.

«…Me sucedió en París, en otoño de 1974.

Shakira y yo celebrábamos una pequeña luna de miel en el Hotel George V. Habíamos pasado un fabuloso fin de semana y estábamos sentados en la cama con la primera taza de café de la mañana, decidiendo qué haríamos ese día, cuando sonó el teléfono.

-¿Michael Caine?

Aquella voz era inconfundible, pero así y todo no podía creérmelo. ¿Sería algún amigo mío tomándome el pelo?

-¿Sí? -dije cautelosamente.

-Soy John Huston.

Casi dejo caer el teléfono. Huston era muy fácil de imitar -siempre he pensado que Dios debe de tener la voz de John Huston-, pero era el auténtico John Huston. Me estremecí.

-¿Michael? ¿Sigues ahí? Estoy en el bar de al lado… ¿Tienes un par de minutos para mí?

Tardé ocho en afeitarme, asearme, vestirme y llegar al bar donde me esperaba el director de directores, el que yo más admiraba, el hombre que había dirigido a mi ídolo, Humphrey Bogart, en seis de sus mejores películas, el hombre que yo consideraba como el mayor talento cinematográfico de nuestra era.

Cuando entré, el mayor talento cinematográfico de nuestra era estaba sentado con un vodka entre las manos. Trajeron mi bebida, le di un largo trago sin pestañear y el hombre mostró su aprobación con un gesto.

-Llevo veinte años intentando hacer una película basada en un cuento de Rudyard Kipling, El hombre que pudo reinar. Ya lo tenía todo listo. De hecho -hizo una pausa y me miró a los ojos-, los dos protagonistas que había elegido estuvieron sentados donde estás tú ahora.

Habría sido más elegante no preguntar nada, pero no pude contenerme.

-¿Quiénes eran?

-Gable y Bogart. -Cogí aire. Pausa dramática-. Y van los dos y se me mueren.

Nueva pausa mientras Huston perdía la mirada en su copa y yo trataba de entender qué demonios estaba pasando. Finalmente levantó la vista.

-Pero vuelvo a tener respaldo y quiero que hagas de Peachy Carnehan.

No sé cómo me atreví a preguntarlo, pero lo hice.

-¿Qué papel iba a interpretar Bogart?

-Peachy.

-Cuenta conmigo.

-¿No quieres leer el guión? -preguntó levantando una de sus pobladas cejas.

Tengo que admitir que me pudo la ansiedad. Intenté calmarme un poco y ser más prudente.

-¿Qué hay del personaje de Gable? -pregunté.

-Se llama Daniel Dravot y es el mejor amigo de Peachy.

Deseé intensamente que fuera alguien que también fuese mi mejor amigo. Esta vez fue mi turno para enarcar una ceja.

-Sean Connery -dijo.

No había más que hablar.”

Michael Caine

SC

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA DE HERMINIA LUQUE «LA REINA DEL EXILIO»

 

El pasado lunes tuve la fortuna de presentar la novela La reina del exilio, con la que mi querida amiga Herminia Luque ha obtenido el Premio Narrativas Históricas de Edhasa.

Aunque parapetados tras nuestras mascarillas, y ante un público que aún se resiste a perder estos encuentros literarios, tan necesarios para hacernos escapar de esta maldita realidad que nos rodea, la verdad es que lo pasamos bien. 

SB Y HL

Aquí os dejo mi intervención, que os servirá para entrar de manera subrepticia y sigilosa en esta novela.

LA REINA DEL EXILIO, de Herminia Luque. Por Sergio Barce

Hace tiempo que conozco a Herminia Luque. Hemos compartido espacio en algunos libros colectivos de relatos, ella con sus cuentos y yo con los míos. Herminia ha presentado alguna de mis novelas, y yo he escrito sobre alguna de las suyas. Nos hemos leído, y hemos viajado juntos.

Yo la he llevado a Marruecos y ella me ha trasladado a otros tiempos, a mundos en los que has de “amar tanta belleza” que acabas agradecido y rendido; mundos en los que mujeres excepcionales luchaban contra una realidad mezquina y mentecata.

Cuando viajo a través de sus palabras, me dejo embozar por sus descripciones tan bien construidas y por sus personajes, que poseen vida propia.

Hoy viajamos de nuevo juntos hasta finales del siglo XIX, pero Herminia me coge de la mano, sin prolegómenos y sin preguntar siquiera, y me arrastra tras de ella para llevarme a París.

Por supuesto, no ofrezco resistencia alguna, sería una insensatez por mi parte hacerlo a estas alturas, y, al llegar al viejo palacio Basilewski, me abandona en las escalinatas de entrada.

Un feo gesto por su parte, todo hay que decirlo, ya que me había imaginado un largo paseo por la orilla del Sena o que nos sentaríamos en el “Café de Flore” en la misma mesa de Simone de Beauvoir y Jean-Paul Sartre. Cometer alguna locura de escritores.

Así que la miro de soslayo con todo el fingido resentimiento del que soy capaz (es decir, ninguno, porque me puede más mi admiración y mi cariño por ella) y empujo con abatimiento la puerta de acceso. Lo hago vestido como Newland Archer (confieso que el vestuario lo he elegido del guardarropía de La edad de la inocencia; ventajas de viajar del presente al pasado), y de esa guisa me topo con “la Gorda”, que me observa con curiosidad desde una ventana.

Alevosamente, pues, Herminia me ha dejado a solas a las puertas del palacio que ocupa en París la reina Isabel II no sin antes haberme deslizado un ejemplar de lo que intuyo es una guía para moverme por el interior, titulada La reina del exilio.

Su majestad se ríe burlona, y ni siquiera me abre la puerta, quizá por ser ése un cometido de lacayos.

Sufro así dos desplantes en menos de cinco minutos.

Opto pues por leer el libro que me ha endosado Herminia. Desde la primera línea, sin necesidad de atravesar la puerta, me veo de pronto en el interior del palacio de Castilla, que es como se conocía al palacio Basilewski una vez fijada allí la residencia de Isabel. Y dentro me encuentro con diferentes historias en minúscula, con la Historia en mayúscula, con misterio y con un par de asesinatos, con traiciones, con amantes, con engaños, con intrigas palaciegas, con personajes reales y con personajes ficticios que Herminia hace que parezcan tan vivos o más que los otros…

He acabado así dentro del libro. Y descubro que no es ninguna guía, sino una novela magnífica. De manera que me hago pasar por un personaje sin diálogo, el de un fisgón que se ha colado por el resquicio de un párrafo, para poder saborearlo con deleite.

De nuevo son las palabras de Herminia Luque las que me hacen viajar a un lugar desconocido del que, lo confieso, nunca antes había oído hablar. Y, aunque todo es pura decadencia, me ajusto mis quevedos para no perder detalle de cuanto Herminia me describe meticulosamente en La reina del exilio.

A través de sus páginas, de estas páginas, descubro que puedo pasar de los engañosos salones del decadente palacio de Castilla, en pleno París, a las calles de un Madrid tosco, pobre, chusco y analfabeto, y que puedo codearme con una reina y con condes y marqueses, pero también con prostitutas, mesoneros, ladrones, malnacidos, buscavidas, proxenetas y cocheros de punto.

Me engolfo entre tantos recovecos como hay en su narración. Sigo la vida de la desdichada Teresa y las maniobras de Julio Uceda, paso de una estancia a otra del palacio de Castilla como quien visita una casa conocida, me siento frente a Isabel II y la oigo respirar y conversar con sus modales toscos y brutotes, aunque me admiro de su naturalidad, de su desparpajo, de su soledad última, rodeada de fantasmas y de viejos nobles que han perdido su lugar en el mundo.

Incluso los panfletos que le hacen llegar a la reina exiliada me mueven a la compasión. Qué bien utiliza este elemento Herminia en la historia.

A medida que pasan las páginas y los capítulos, también me doy cuenta de que Herminia es capaz de ser una narradora galdosiana o una novelista más inclinada a Dickens, según le venga en gana. Es tan buena escritora que usa sus armas a su antojo y capricho. Si hay que embarrarse, Herminia se embarra, y si hay que arremangarse las faldas y las enaguas, se las arremanga. Yo solo la sigo sin rechistar.

Sus frases son capaces de que oigamos el ruido de los trajes que visten esas damas al moverse por las habitaciones, que percibamos los perfumes y afeites que utilizan las señoras y que nos lleguen los sudores de las criadas y de las menesterosas, que de todo hay en su novela; sus frases se llenan de palabras en desuso, pero que pertenecen a esa época y no hay una sola que sobre o que falte; sus frases tienen la virtud de engatusarnos para seguir las vidas de sus protagonistas y de enredarnos en intrigas y traiciones muy españolas y muy castizas, y muy galantes, pero muy envenenadas; sus frases nos depositan en el dormitorio de la reina y en las lúgubres habitaciones de casas miserables; sus frases nos embaucan hasta hacernos creer que estamos en el interior de “un meublé” y la sensualidad de sus sustantivos y adjetivos hasta nos crean la ilusión de protagonizar la escena que se desarrolla en esa habitación…

Las palabras de Herminia, en fin, tienen la elegancia para hacernos soñar que asistimos a una conferencia de Emilia Pardo Bazán en pleno París. Yo aprovecho la ocasión y me siento junto a una “dama coreana” que también ha acudido a la charla, y a la que doña Emilia no le quita el ojo de encima.

Pero todo llega a su final. Y cuando cierro esta hermosa novela, bajando ya las escaleras del palacio Basilewski, echo un vistazo por encima del hombro y veo que Herminia Luque le dice algo al oído a Isabel II, sin duda cosas de mujeres emancipadas, y las dos se ríen, como si, pese a todo lo desvelado, aún compartiesen muchos más secretos que, maliciosas ellas, han decidido que permanezcan para siempre tras esas paredes.

la reina del exilio portada

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