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¿QUIÉN MATÓ A DAVID LYNCH?

 

Muere el maestro y genio David Lynch. Creador de mundos, hacedor de imágenes, constructor de universos. 

Desde su «Cabeza borradora» lo he seguido siempre. «Terciopelo azul» se convirtió en unos de mis títulos de cabecera. Y su serie «Twin Peaks» marcó nuestra juventud como pocas series lo han hecho. 

David Lynch creó un lenguaje cinematográfico. Su mayor homenaje al cine se lo regaló Spielberg cuando lo eligió para interpretar a John Ford. Un maestro encarnando al maestro de todos. 

Nunca olvidaré un viaje a Chauen, a principios de los noventa, más o menos. Cuando no existían móviles ni plataformas. En un puesto de cerámica, un chico marroquí de unos once años, que atendía el negocio en ese momento, me preguntó en un español chapurreado: Quién mató a Laura Palmer? No pude evitar romper a reír.

Sergio Barce, 16 de enero de 2025   

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«YELÍA O EL ASTILLERO», UN LIBRO DE CONRADO HERRÁIZ

 Ayer viernes, presentamos el libro de Conrado Herráiz «Yelía o el astillero» en la Librería Isla Negra, de Málaga. El acto lo condujo Javier La Beira, como editor. Tuve la fortuna de poder presentar esta obra. Antes del ameno y divertido diálogo que mantuvimos con Conrado y con el ilustrador Pepe Atencia, leí unas palabras que había preparado para la ocasión, y que os reproduzco:

«Es difícil escribir con sencillez, muy difícil. Pero aún lo es más el transmitir ciertas sensaciones y afectos sin caer en la petulancia o en el “empalagosamiento”.

Conrado Herráiz lo hace. Quiero decir que escribe sin ser petulante y sin resultar empalagoso. Al contrario. En “Yelía o el astillero” te va seduciendo párrafo a párrafo y te lleva con él a Larache; en concreto, hasta un astillero. Y Pepe Atencia, con sus ilustraciones, va a la par. Trazos sencillos, sin artificios, pinceladas como flashes o como latidos de un mismo corazón.

Pero hablemos de narrativa.

La virtud de Conrado con este libro es que te transporta de manera tan sugerente que llegas a creer que te envuelve la niebla y la humedad de la ciudad, que te instalas a su lado y trabajas codo con codo con él, que Conrado te acompaña mientras tú también cortas madera, pules tornillos, separas clavos galvanizados, usas el formón y el martillo y vas levantando lascas, y mientras haces todo eso escuchas a Nass El Ghiwane que suena desde el fondo de un cubo y te llenas los pulmones del olor a pintura, a pescado y a maromas y cabos podridos.

Si además conoces Larache, las páginas de “Yelía” te hacen creer que estás de vuelta y que paseas por el muelle de su puerto pesquero; y que, algo más tarde, bajo su cielo deslumbrante y celeste, y bajo la luz de su sol piadoso, que cae como un atardecer eterno, también llegas a soñar que deambulas por entre los barcos varados que esperan ser reparados y que descubres a los gatos y a los perros vagabundos adormilados por el sopor junto a las tapias o bajo el casco de los pesqueros.

Escribe Conrado Herráiz palabras emotivas y emocionantes, preñadas de un cariño hacia la gente del astillero que te embozan; pero también hay lugar para el humor y para la añoranza.

Uno de sus párrafos dice así:

Abro el balcón para fumar un último cigarro. En el silencio, se escucha galopar a un caballo, ligero, por el asfalto, sin carruaje, sin carga, sin jinete, a las once y media de la noche, entre edificios, gasolineras, locales de boda y bancos internacionales. Marruecos es un lugar extraño.”

Estas frases tan hermosas te llevan en volandas a Larache. Los que somos de allí hemos visto esa escena en alguna ocasión.

Y sí, Conrado tiene razón: Marruecos es un lugar extraño. Pero también es embaucador y adictivo. Y Larache, por alguna razón inexplicable, o quizá por influencia de los djinns, es, pese a su decadencia imparable o quizá por este motivo, la amante más seductora del reino. Cómo no caer rendido a ella.

Creo que todo lo que he dicho son argumentos suficientes para que os adentréis en el libro de Conrado, aunque también podéis hacerlo únicamente por el placer de sentir la caricia de la brisa atlántica y el cuerpo de Yelía pegado a ti mientras lees acerca de esta perrita callejera y sobre los increíbles personajes del astillero.

Aquí lo que se nos ofrece es un fino delicatessen larachense al que no debéis resistiros.

Sergio Barce, 3 de enero de 2024″

  

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3 DE ENERO 2025 – MÁLAGA – PRESENTACIÓN DE «YELÍA O EL ASTILLERO», UN LIBRO DE CONRADO HERRÁIZ

«…La discordia estalló abruptamente entre dos marineros entrados en años, y uno se pone siempre a divagar que si hay que dar ejemplo, pero, bueno, también es verdad que cada cual tiene un trip en el bollo como dijo Charly García, y cuando le tocan a uno el tornillo flojo, pues se nos va de las manos… Veo cómo se forma un círculo de curiosos alrededor de un señor alto, delgaducho, con gafas y gorro de pescador, que le espeta algo turbio a un gordo con gorro de marinero -qué remedio, en Larache- y colman mi atención y mi preocupación: que si se estarán diciendo de todo, pobres respectivas madres, si es que a esas edades ya uno se insulta así y está feo, porque se ataca a la raíz de la otra persona, el error de haber nacido y todas sus posteriores decisiones para haber seguido vivo… En esas edades la existencia ya casi va a adelantar a la esencia, y uno insulta entonces a todo el ser del otro, y yo divagaba esto esperando la muerte de alguno, pero llegó Abdellah con sus dientes amarillentos y sonrientes y los señala y me dice Huwa Real Madrid, Huwa Barcelona*, y ríe inocentemente.»

* Él es del Real Madrid, él es del Barcelona.

Este fragmento pertenece al libro «Yelía o el astillero», de Conrado Herráiz, con ilustraciones de Pepe Atencia. Una bellísima pequeña crónica que relata la experiencia del propio autor trabajando en un astillero de Larache.

El próximo 3 de enero lo presentamos en la Librería Isla Negra, de Málaga. 

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FELIZ NAVIDAD

¡OS DESEO A TODOS FELIZ NAVIDAD!

 

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Fotograma de PLÁCIDO, de Luis García Berlanga

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UN FRAGMENTO DE «EL DESIERTO DE LOS TÁRTAROS», DE DINO BUZZATI

«…-¿Quién va? ¿Quién va? -repitió el centinela.

Una vez más, y después tendría que disparar.

Un repentino malestar había asaltado a Lazzari ante la primera llamada del centinela. Le parecía muy raro, ahora que se encontraba personalmente metido, oírse interpelar de ese modo por un compañero, pero se tranquilizó con el segundo <¿quien va?>, porque reconoció la voz de un amigo, precisamente de su misma compañía, a quien llamaban en confianza el Moreno.

-¡Soy yo, Lazzari! -gritó-. ¡Manda al jefe del piquete que me abra! ¡He cogido el caballo! Y que no se den cuenta, ¡porque me meten un puro!

El centinela no se movió. Con el fusil embrazado, estaba inmóvil, tratando de retrasar lo más posible el tercer <¿quién va?>. Quizá Lazzari se daría cuenta por sí solo del peligro, retrocedería, quizá podría sumarse al día siguiente a la guardia del Reducto Nuevo. Pero Tronk, a pocos metros, lo miraba severamente.

Tronk no decía ni una palabra. Ora miraba al centinela, ora a Lazzari, por culpa del cual probablemente le castigarían. ¿Qué significaban sus miradas?

El soldado y el caballo ya no distaban más de treinta metros; esperar aún habría sido imprudente. Cuanto  más se acercaba Lazzari, más fácil sería acertarle.

-¿Quién va? ¿Quién va? -gritó por tercera vez el centinela.

Y en su voz subyacía como una advertencia privada y antirreglamentaria. Quería decir: <Retrocede mientras estás a tiempo. ¿Quieres que te maten?>

Y finalmente Lazzari comprendió, recordó como en un relámpago las duras leyes de la Fortaleza, se sintió perdido. Pero en lugar de huir, quien sabe por qué, soltó las riendas del caballo y se adelantó solo, invocando con voz aguda:

-¡Soy yo, Lazzari! ¿No me ves? ¡Moreno, eh, Moreno! ¡Soy yo! Pero, ¿qué haces con el fusil? ¿Estás loco, Moreno?

Pero el centinela ya no era el Moreno, era simplemente un soldado de cara adusta que ahora alzaba lentamente el fusil, apuntando a su amigo. Había apoyado el arma en el hombro y con el rabillo del ojo echó un vistazo al sargento primero, invocando silenciosamente un gesto de que lo dejara. Pero Tronk seguía inmóvil y lo miraba severamente.

Lazzari, sin volverse, retrocedió unos pasos tropezando con las piedras.

-¡Soy yo, Lazzari! -gritaba-. ¿No ves que soy yo? ¡No dispares, Moreno!

Pero el centinela ya no era el Moreno, con quien todos sus camaradas bromeaban libremente, era sólo un centinela de la Fortaleza, con uniforme de paño azul oscuro con bandolera de cuero, absolutamente idéntico a todos los demás de la noche, un centinela cualquiera que había apuntado y ahora apretaba el gatillo. Sentía en los oídos un estruendo y le pareció oír la voz ronca de Tronk: <¡Apunta bien!>, aunque Tronk no había resollado.

El fusil lanzó un pequeño relámpago, una minúscula nubecilla de humo, incluso el disparo no pareció gran cosa en el primer momento, pero después fue multiplicado por los ecos, rebotó de muralla en muralla, se quedó mucho tiempo en el aire, muriendo en un lejano murmullo como de trueno.

Ahora que había cumplido con su deber, el centinela dejó el fusil en el suelo, se asomó por el parapeto, miró hacia abajo esperando no haber acertado. Y en la oscuridad le pareció, en efecto, que Lazzari no había caído.

No, Lazzari estaba aún de pie, y el caballo se le había acercado. Después, en el silencio dejado por el disparo, se oyó su voz, y con qué desesperado sonido:

-¡Oh, Moreno! ¡Me has matado!

Eso dijo Lazzari, y se dobló lentamente hacia adelante. Tronk, con rostro impenetrable, aún no se había movido, mientras una confusión bélica se propagaba por los meandros de la Fortaleza.»

Estos párrafos pertenecen a la maravillosa novela «El desierto de los Tártaros» (Il deserto dei Tartari), de Dino Buzzati, un clásico de la literatura que nos narra la vida de Giovanni Drogo, un oficial que es destinado a la enigmática Fortaleza Bastiani, situada frente a un desierto y donde nunca sucede nada. Es la historia de un anhelo, de un destino deseado que nunca se materializa, y también un implacable retrato del paso del tiempo, inexorable y fatal. Una novela de lectura obligada.

En mi memoria aún se mantienen vivas las desoladoras imágenes de la adaptación cinematográfica que realizó Valerio Zurlini en 1976, donde Giovanni Drogo era interpretado por Jacques Perrin, al que acompañaban Vittorio Gassman, Fernando Rey, Max Von Sydow o Paco Rabal, con una inmortal banda sonora de Ennio Morricone.

Este año se estrena un remake. Habrá que comprobar si alcanza la belleza de aquella cinta.  

El fragmento del libro que he reproducido pertenece a la nueva edición publicada por Alianza Editorial, con traducción del italiano de Esther Benítez.

Sergio Barce, 16 de diciembre de 2024 

         

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