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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS» EN MÁLAGA

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El público va llegando...

El público va llegando…

Ayer presentamos la nueva edición de mi novela El libro de las palabras robadas (Edic. del Genal – Málaga, 2016). Jesús Otaola, del grupo editorial Proteo, hizo de cicerone en la Sociedad Económica de Amigos del País, en Málaga. Buena temperatura, casi primaveral, en pleno invierno, y sala prácticamente llena. Augurio de buenos resultados, como así fue.

JOSE LUIS PÉREZ FUILLERAT, SERGIO BARCE y JESÚS OTAOLA

JOSE LUIS PÉREZ FUILLERAT, SERGIO BARCE y JESÚS OTAOLA

Mi amigo, el poeta e ínclito profesor José Luis Pérez Fuillerat, desmenuzó a conciencia la novela, desde su estructura hasta cada uno de sus personajes, e invitó a los asistentes a realizar una curiosa lectura «rayueliana» de mi novela, comenzando por otros capítulos y siguiendo un orden aleatorio… También nos sorprendió, además de por su asombrosa capacidad para analizar una novela y sus deslumbrantes conocimientos, cuando habló de la «ruta de los cigarrillos».

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Dijo José Luis:

«Otra manera de seguir la trama, es estar atentos a la ruta de los cigarrillos. Lo que me atrevería a llamar la “nico-travesía” en esta novela de Sergio Barce. Podría sugerir a algunos estudiosos del género narrativo (universitarios que se propongan una tesis tras la lectura de esta sorprendente novela), que observen el ritmo que aporta a esta novela el uso de los cigarrillos; las situaciones que condicionan su uso y abuso por parte del protagonista.

En efecto, Elio Vázquez es un fumador empedernido. Y su psicoterapeuta, Moses Shemtov, lo sabe. A veces utiliza esta obsesión de su paciente por los cigarrillos (sobre todo de marca) para sonsacar sus traumas, que se traducen, en definitiva, en el relato de toda la historia contada desde ese “diván del psicólogo”: la novela que escribe un narrador-escritor dentro de su propia novela.

Veamos el alarde del narrador  sobre la variedad de marcas de cigarrillos, siempre con un significado dentro de las diferentes situaciones del protagonista: Winston, Fortuna, Malboro, Philips Morris, Chesterfield, Ken, Gauloises, Camel, Gold Carlo, Salem, Pacific, Davidott, Baltimore, Pall Mall, Djarum Balck, Dunhill Special Reserve, State Express, Jhon Player Special, Du Maurier, y el exquisito Gitanes…»

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José Luis estuvo, como siempre, chispeante y divertido, y creo que a partir del diálogo que mantuvimos, creamos una atmósfera de complicidad. Pero de entre sus palabras, destaco estas:

«…Resulta imposible una completa y rica interpretación (y disfrute) de “El Libro de la palabras robadas”, si un lector no empata con “las expectativas” propuestas por el narrador en la intromisión de personajes como Robert de Niro en la película “Uno de los nuestros”; la novela “Pacífico” de Garriga Vela; “La Tregua” de Mario Benedetti, “El Libro de arena”, de Borges y “Las bibliotecas de Dédalo”, de Enis Batur; así como los lugares malagueños Librería Proteo, la Escuela de Idiomas, Ciudad Jardín, El Mercado y, sobre todo la relevancia de la idealizada ciudad africana de Tánger, metáfora final de toda la aventura narrada: El sol era deslumbrante y la temperatura, tibia y agradable, me abrazó en una suerte de bienvenida. Olía a mar, a salitre, a madera mojada y a pescado, y todos me eran cercanos, olores archivados en la carpeta de mi niñez, nos dice refiriéndose  a esta ciudad…

¿Se trata de una novela de acción? ¿De personaje? ¿De terror o misterio al estilo de Howard Phillips Lovecraft? ¿De suspense? ¿De amor? Pues creo que tiene de todo un poco este libro “misteriosamente escrito”…»

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Por mi parte, no pude evitar el destacar el toque tangerino o tanyaui de mi novela.  Porque El libro de las palabras robadas es, quizá el libro más complejo que he escrito. Quizá me equivoque y esto  no sea cierto, pero así lo pienso. El libro de las palabras robadas iba a desarrollarse por completo en Málaga, pero mientras la escribía, de pronto, estaba en Tánger. Ni me di cuenta de que había cruzado el estrecho. Fue inconsciente. Fue una alegría encontrarme donde me siento tan cómodo. Era mi primera escapada a Tánger y abandonaba a Larache como lugar donde ambientar mi historia. Es un libro complejo: es una novela negra que habla de la pérdida del padre y de la pérdida de la identidad, habla de un códice pero el códice no es sino el McGuffin que empleo para hablar de todo lo demás. Elio Vázquez es el personaje que escribe un libro dentro de mi novela, y me lleva por las calles de Málaga en busca de un pasado increíble, un pasado lleno de misterios y de aventuras que lo envía de regreso a Marruecos, donde su padre rozó la felicidad. De nuevo un viaje, de nuevo un regreso, de nuevo un paraíso perdido y, de nuevo, el paraíso que existió en aquel país que yo creía que era mío. 

Siento que es mi novela más tangerina. Tánger es una quimera y es un sueño, y Elio Vázquez sabe que es sólo allí donde le espera la felicidad. Ha de sortear la realidad de su pasado y de su presente para poder alcanzarla. Tánger se convierte así en una tierra de promisión, en la tierra en la que los sueños se pueden materializar. Me emociona ese Tánger que mi protagonista busca con desesperación porque es como si yo buscara mi Larache, el que se ha perdido. Mi primer viaje literario a Tánger resulta ser un viaje a través del tiempo de otro y resulta ser la más hermosa aventura. Es una novela muy romántica… Luego, llegó La emperatriz de Tánger, pero este es ya otro viaje diferente: es el viaje al Tánger de los años cuarenta, al Tánger que ya nunca más existirá.

Me encantó poder encontrarme con tantos amigos y escritores de calado que acudieron al acto: Encarna León, Miguel Torres López de Uralde, Pedro Delgado, Salvador López Becerra, José Infante, José Luis Rosas, Inmaculada García Haro, Víctor Pérez, Paco Selva… Además de otros amigos muy queridos y cercanos, familiares y lectores. Me gustó ver a tangerinos y larachenses, que nunca me fallan.

Sergio Barce, febrero 2017

ALGUNAS IMÁGENES DE LA PRESENTACIÓN Y CELEBRACIÓN POSTERIOR…

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Y EL PRÓXIMO DÍA

22 DE FEBRERO

NOS VEREMOS EN EL

INSTITUTO CERVANTES 

DE TÁNGER

 

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SEGUNDA EDICIÓN DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Entre Málaga y Tánger, entre tiempos presentes y pasados, entre recuerdos que transitan en la memoria del protagonista, Barce compone una novela negra llena de amor por los libros, el cine y los ambientes cargados de humo.

Víctor Pérez

Ya está en la Librería Proteo de Málaga, la segunda edición de mi novela El libro de las palabras robadas, con una preciosa portada y maquetación de Reme Baquero. Ediciones del Genal se ha embarcado en esta nueva aventura después de publicarme Paseando por el Zoco Chico y La emperatriz de Tánger.

Si no vivís en Málaga, podéis pedir el libro en vuestra librería habitual en cualquier punto de España, y la recibiréis allí en 24 horas. Ediciones del Genal tiene para eso una muy buena distribuidora.

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN DE LA NOVELA «TAL VEZ DAKAR», DE PABLO MARTÍN CARBAJAL

Ayer presenté la novela de Pablo Martín Carbajal Tal vez Dakar (MAR Editor, 2016) en la Libería Proteo de Málaga. Tras mi intervención, mantuvimos un animado y divertido coloquio con el autor que se prolongó más tarde con unas buenas cervezas.

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SERGIO BARCE Y PABLO MARTÍN CARBAJAL

Reproduzco a continuación lo que dije de su libro. 

Pablo Martín Carbajal nació en Tenerife en 1969. Economista, desde 2007 ocupa la dirección general de relaciones con África en el Gobierno de Canarias. Además de Tal vez Dakar, ha publicado otras tres novelas: Tú eres azul cobalto (2006), La ciudad de las miradas (2010) y La felicidad amarga (2013).

    Dakar. Decimos Dakar, y rápidamente pensamos en el París-Dakar. En un rallye. En una carrera de automóviles. En una competición de blancos en el África negra. En un campeonato diseñado para ricos en una tierra de pobres.

Dakar. Hasta que apareció Al Qaeda, tierra para jugar y divertirse con todoterrenos, y tierra en la que olvidar a los que nada tienen. Mejor en Dakar. Que se queden en Dakar y no crucen el mar para perturbarnos. Lejos. Que sigan en su negritud.

He estado en Dakar varias veces. Siempre fueron estancias de unas horas, simples escalas, sin tiempo para conocer la ciudad y, menos aún, para conocer Senegal.

Volví a Dakar por última vez hace casi dos meses, y fue mi primera visita realmente intensa. Se trataba en apariencia de un viaje de placer, un viaje al que me habían invitado. El billete me llegó de Canarias, tenía impreso el logo Tal vez Dakar, emitido por MAR Editor, y, para hacerlo más atractivo, te regalaban una guía. Está escrita por Pablo Martín Carbajal.

En seguida pensé que se trataría de una más de esas guías que se esconden en una novela, de esas en las que su autor te muestra la ciudad, pero, en realidad, lo que pretende es decirte que es un viajero audaz y que sólo él ha sido capaz de descubrir la ciudad que nadie ha visto nunca antes hasta su llegada. Para mi alivio, el texto de Pablo Martín Carbajal, nada tenía que ver con esa clase de historias.

En pocas páginas, logró que me sintiera envuelto en algo indescifrable. Pablo Martín Carbajal me sugería en su libro que siguiera a cierta distancia a su protagonista, a Álvaro Camino, y me dejó en las escalerillas del avión que nos llevaría, a Álvaro y a mí, hasta Dakar.

En cuanto me acomodé, apenas una fila más atrás de Álvaro Camino, vi cómo éste sacaba del bolsillo del respaldo del asiento que tenía delante, un ejemplar del National Geographic, edición de Historia. Supe entonces que ése era el primer anzuelo de Pablo.

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Llegué a Dakar siguiendo a Álvaro Camino a través de las palabras de Pablo. En seguida, me di cuenta de que el intenso olor a África, ese desasosegante ambiente que emboza a quien pisa por primera vez Senegal, había desconcertado a Álvaro Camino. Me daba cuenta de que, poco a poco, Pablo lo enredaba en una maraña de sucesos que lo llevaban hacia un abismo desconcertante. No iba a ser un viaje turístico al uso, y, pronto, yo también me vi atrapado en la trampa que las frases de Pablo Martín Carbajal iban tejiendo de manera hipnótica.

En esa espiral, a la que no se ha de mirar fijamente, me encontraba en Dakar, en el Dakar de hoy, y, a renglón seguido, sin saber cómo, de pronto, estaba en el París de primeros del siglo pasado. Curiosamente, seguía a Álvaro Camino en su titubeante deambular, y descubrí que no era sino una huida.

Álvaro escapaba de un trabajo que no le gustaba, de una familia que lo asfixiaba, de un entorno que no le ilusionaba en absoluto. Y, en esa huida, hallaba por casualidad el surrealismo, el dadaísmo, el cubismo, aquel mítico París de Picasso, Breton, Chirico, Eluard…  El París de Sartre. Y yo, absorto en la lectura, lo descubría con él.

Pablo nos desvelaba la influencia del arte africano en esos artistas vanguardistas, y también el significado de la Negritud, escrito con mayúsculas.

No podía pensar, me veía en una extraña aventura en medio de un país lleno de misterio, una extraña aventura entre poetas y artistas del surrealismo, una extraña aventura entre posibles traficantes de arte africano y de potenciales estafadores de blancos ingenuos.

Pablo me había llevado hasta Senegal siguiendo a Álvaro Camino, quizá siguiendo a Pablo que se disfrazaba de Álvaro.

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Aún no sabía que nuestro viaje finalizaría primero en Abiyán y luego en Casablanca… Porque acababan de aparecer en la historia los poetas Aimé Césaire y Leopold Sedar Senghor, que se unían a Jean-Paul Sartre y a Pablo Picasso. Y mientras tanto, Álvaro o Pablo, ya no sé con sinceridad quién de ellos, me había arrastrado hasta los barrios más pobres de Dakar, hasta la casa de Musa, hasta el centro del universo de una familia senegalesa, y también a una trama de engaños en la que hay en juego una máscara misteriosa, una máscara de puro arte africano que quizá estuvo en manos de Picasso y en manos de Martin Luther King, una máscara que le ofrecía a Álvaro una mujer llamada Mariama…

Mariama. Poderosa Mariama. Álvaro Camino la describe con las palabras que le presta Pablo: “Los ojos almendrados, las pupilas negras, los rasgos rasgados casi asiáticos, las largas pestañas; abrí la puerta de la habitación y me encontré con aquella  mujer intensa y exótica, distinta y atrayente; abrí la puerta de la habitación y allí estaba aquella mujer frente a mí, como si fuese la conclusión o una pieza más del puzzle de esa jornada extraña y surrealista, la última sorpresa del día cuando pensé que ya éstas habían acabado…”

Mariama. Yo también abrí la puerta de la habitación y pensé que esa mujer no era posible.

La intriga avanzando, y yo atrapado en la historia, hipnotizado en la espiral de Pablo. Sus palabras dando vueltas, atrayéndome hasta aquel París, lanzándome de improviso a las calles ruidosas y ardientes de Dakar. Y el peligro acechando. Y de pronto los djinn, los espíritus malignos, y los espíritus bondadosos. Atrapado en la huida de Álvaro, en la maraña literaria de Pablo. Pero buscando ya a Mariama, a la máscara, al secreto.

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Seguí a Álvaro, después de visitar la vida y la obra de Leopold Seda Senghor, de descubrir su traumática experiencia en un campo de concentración nazi, un negro en un campo de concentración en la segunda guerra, un negro poeta en medio de la alambrada, en medio del genocidio blanco en tierra blanca, un negro que salvará la vida y que llegará a Presidente de Senegal, eso es Historia, con H mayúscula; pero todo ocurriendo en esta sugestiva espiral de misterio en la que el cubismo del otro Pablo, de Pablo Picasso, nos llevaba irremediablemente también a la máscara, y la máscara a Mariama, y a una obra de teatro en Dakar, en la que experimenté cómo Álvaro era drogado de alguna manera para que entrara en una habitación en la que alguien lo esperaba…

Decidí entonces dejarme arrastrar como un perro, esta vez sí; y me arrastré como se arrastra Álvaro, pero sé que quien lo hacía era Pablo, y allí nos quedamos los tres, Álvaro, Pablo y yo, a cuatro patas, frente al sexo de Mariama, a un centímetro del sexo de Mariama… El calor sofocante de Dakar, la sensualidad de esa mujer de ojos almendrados, de rasgos casi asiáticos, de largas pestañas… Pero fue Álvaro el que se adelantó, y a partir de ahí arranca una nueva e inesperada vuelta de tuerca de esa espiral que me hipnotizaba.

Hay magia en todo esto, en cada página escrita por Pablo.

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Los djinn, los espíritus de los que se protegía Mariama con un amuleto atado a la cintura, a su cintura endiablada, se apoderaban de la historia. El desconocido continente negro del que surgen espíritus inauditos, los djinn que parecían proteger a la máscara, o que la maldecían, y que se convierte en el McGuffin de la historia, y me vi junto a Álvaro tratando de hacerme con la enigmática máscara pasara lo que pasese, aunque eso significara incluso renunciar a la familia, porque la máscara estuvo en las manos de Picasso, y en las de Leoplod Seda Senghor, y en las de Martin Luther King, una máscara de valor incalculable…

Seguía leyendo las palabras de Pablo Martín Carbajal y veía las espirales que diseñara Saul Bass para los títulos de crédito de la película Vértigo de Hitchcock, porque Pablo usa una espiral para narrar, aunque son las palabras, las frases, las que giraban una y otra vez, concéntricas, hechizantes, devolviéndonos al punto de inicio para volver a avanzar, atrapándonos en un mundo lleno de misterios, de sensualidad, de intriga, de arte, de espíritus.

La Negritud. Mientras seguimos la pista de la máscara, su origen, sus avatares, sus dueños, Pablo nos hablaba a la vez de ese África que continúa sumida en el desconcierto, con las rémoras de la colonización y de la descolonización a sus espaldas, y el espectro de lo que se vino en llamar la Negritud deambulando por las calles de Dakar.

Musa es el negro senegalés que me hablaba de una filosofía diferente de la vida, una filosofía que noté que impregnaba a Álvaro y que le hacía dudar de su manera de ver el mundo. Mariama, por su parte, le hacía dudar de su vida conyugal, de sus sentimientos hacia su mujer blanca, y Musa zarandeaba los cimientos de sus creencias personales. África tiñendo de negro el alma blanca.

La huida de Álvaro es la huida de un blanco que trata de apartarse de lo peor del colonialismo. Corrí con Álvaro, pero sin saber a dónde nos llevaba Pablo. Las historias nos envolvían, la Historia con mayúscula y la historia con minúscula, y a veces creía ver a Pablo disfrazado de Álvaro, y ya no sabía si además de la Historia con mayúscula, la de Senghor, la de Césaire, la de Picasso, la de Sartre, la de la Negritud, también había una historia verdadera en minúscula. Estoy tentado por desear que sea la de Mariama la cierta. Pero no lo sé. Como tampoco sé si la máscara existe y está poseída por un djinn maligno.

Pero monté en el avión que llevaba a Álvaro Camino a Abiyán, y, aunque ya no se me permite desvelar esta parte de la historia, puedo adelantarles que Mariama y la máscara siguen perturbándome, que incluso se produjo en algún instante una pequeña trifulca entre Álvaro, Pablo y yo por convertirnos en el único protagonista de cierta parte de la historia, pero, como de todos es sabido que en las novelas el que manda es su autor, Pablo fue quien decidió qué había de suceder y quién debía de protagonizarlo.

Luego, se limitó a seguir hipnotizándome, a malmeter con un djinn, a jugar con las palabras, porque lo que ha hecho Pablo Martín Carbabal con Tal vez Dakar es ilustrarnos, intrigarnos y dejarnos en medio de lo desconocido, perdidos en una calle estridente de la capital senegalesa, a nuestra suerte, buscando algo, tal vez buscándonos a nosotros mismos.

Sólo he de añadir que su novela es un viaje original y fascinante. Una novela que hay que leer.

Y como ya dije en una reseña sobre su libro: Tal vez Dakar es simplemente pura magia negra en un escritor blanco.

Sergio Barce, noviembre 2016.

FOTOS: ELENA MORÓN

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