Archivo de la etiqueta: LARACHE

LARACHE – ENCUENTRO M´ZORA

VIII EQUINOCCIO DE CREACIÓN
ENCUENTRO MULTICULTURAL DE ARTISTAS
21 Y 22 DE SEPTIEMBRE
M’ZORA

LARACHE, MARRUECOS

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cartel-2016

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«MEDINA VERSUS ENSANCHE», UNA CONCEPCIÓN DE LA VIDA, SEGÚN MÓNICA LÓPEZ

Para comprender cuál es la concepción de la Medina y del Ensanche, como modos de vida articulados, nada mejor que la explicación de que nos ofrece mi amiga Mónica Lóipez en su blog Los colores de la memoria. Podéis leerlo entrando en:

https://loscoloresdelamemoria.wordpress.com/2016/09/07/medina-versus-ensanche/

MEDINA DE LARACHE

MEDINA DE LARACHE

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MARINA LÓPEZ MATRES, ESCULTORA LARACHENSE, PERTENECIENTE AL GRUPO ÍGNEO

Marina López Matres es una amiga desde la infancia. Más que amiga, una hermana. Hace unos años, me hice con una de sus esculturas, le compré «Megafonía espiritual«, que siempre tengo en un lugar especial de mi salón. Sé que me hizo entonces un precio muy especial.

Cuando éramos niños, Manolo, su padre, me decía: qué, ¿te gusta Marina? Aunque si quien estaba era su hermana Martita, me decía con la misma cara de guasa, arrugando el ceño: qué, ¿te gusta Martita? Y yo siempre me ponía como un  tomate.

MARINA

MARINA LOPEZ MATRES

Con los años, Marina ha ido creciendo como artista y como persona. Sigue siendo la misma niña con un corazón enorme, la misma niña que mira a Larache con tanto cariño que, a veces, ha de apartar la vista para no dejarse llevar por los sentimientos. Un regalo tenerla aún de amiga.

Podéis ver y saber algo más de su obra y de su trabajo en el siguiente enlace: 

https://bibazahar.wordpress.com/2016/08/23/marina-lpez-matres-componente-del-grupo-gneo/

MEGAFONÍA ESPIRITUAL, una obra de Marina López Matres

MEGAFONÍA ESPIRITUAL, una obra de Marina López Matres

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YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES, POR CARLOS TESSAINER Y TOMASICH

Carlitos Tessainer y yo nos criamos en el mismo edificio, frente al Balcón del Atlántico. El tiempo ha hecho que, afortunadamente, nos reencontrásemos, él vive en Fuengirola y yo en Torremolinos, es decir, a pocos kilómetros uno del otro. Hace tiempo que Carlitos aporta sus opiniones y sus artículos a mi blog, y eso le da a esta página virtual un plus de autenticidad y de calidad. Nos llamamos a veces, nos escribimos bastantes emails y nos vemos en alguna ocasión. Nos reímos mucho. Yo siempre aprendo de él cuando nos vemos, porque es un portento de memoria. También solemos cabrearnos juntos cuando nos enteramos de que se ha cometido alguna barbaridad en Larache, de esas que nos duelen a todos. Estos días precisamente ha ocurrido esto último con el tema que Carlos aborda en este artículo, y que suscribo íntegramente.  

Sergio Barce, agosto 2016

¡YA NO TENEMOS JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES!

Cuando a finales de la pasada primavera mi amiga y paisana Raquel Moryoussef Fereres me dijo que iba a Larache, le pedí que de nuestra ciudad, “hiciese todas las fotos del mundo”, y que tras su regreso, me las mandara.

¡Bien que cumplió el encargo! Y me envió decenas de fotografías. Como creo que a todos nosotros nos pasa, disfruté viendo muchas de ellas; otras, me causaron pesar: lugares irreconocibles, edificios derribados, calles totalmente transformadas. En fin, el lógico desarrollo de cualquier ciudad que, como  ser vivo que es, va siendo transformada por sus habitantes  -los que precisamente la hacen vivir- según las circunstancias, las necesidades y, por supuesto, el transcurrir del tiempo.

Pero entre todas ellas, hubo una imagen  -dos para ser más exactos- que me rompieron el alma y me indignaron. ¡Ya no tenemos Jardín de las Hespérides! No me lo podía creer, pero las fotografías y lo que luego Raquel me ratificó de palabra, no dejaban lugar a dudas.

Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016.

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

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Raquel Moryoussef Fereres. Larache, Junio 2016

Raquel Moryoussef  Fereres. Larache, Junio 2016

Los cambios toponímicos en las ciudades son frecuentes y lógicos. En España sucedió con el paso de la dictadura a la democracia y en Marruecos con el tránsito del Protectorado a la independencia. No obstante, estimo que siempre debe haber salvedades. Ya en su momento, en mi artículo “La Duquesa de Guisa y Larache” (Boletín trimestral de la “Asociación La Medina”, números 16 y 17, mayo y agosto de 2002) ampliamente reproducido en varias publicaciones, mostré mi disconformidad a que la calle que en Larache llevaba su nombre -Duquesa de Guisa-  a la que se abría la entrada principal de su palacio, hubiese sido en el pasado cambiada de nombre. Yo creo que por absoluto desconocimiento de las autoridades de aquel entonces (mediados de la década de 1960) cuando no por incultura. Sobre todo cuando la Duquesa allí había vivido durante cincuenta y dos años, en su acción solidaria siempre tuvo muy presentes a los marroquíes y las relaciones entre las familias reales  de Orleans y la Alauí, siempre fueron fluidas y amistosas.

Pero ¿que ahora le quiten el nombre al Jardín de las Hespérides? Querría saber de quién ha partido la idea: si del bajá de la ciudad o del gobernador de la provincia. Confieso que durante mucho tiempo, no supe quiénes eran las Hespérides…  Pero cuando me enteré, ya en la adolescencia, que según la mitología griega eran las ninfas que cuidaban un esplendoroso jardín en la parte más occidental de la Tierra entonces conocida y que la tradición situaba al pie de la Cordillera del Atlas, en el Magreb al Aksa, junto al Océano Atlántico, comprendí perfectamente porqué en su momento se le puso aquel nombre al jardín.

Da igual que fuese bajo la administración española  -como fue el caso-  o que lo hubiese sido bajo la marroquí. Le pusieron ese nombre tan acertado a un solar inhóspito situado frente a la fachada occidental del viejo Castillo de las Cigüeñas y que desde el principio surgió como un pequeño jardín botánico. En el pequeño terraplén que separa el castillo del resto de la explanada, había un sinfín de hibiscus (“pacíficos”) y cañas de bambú, ambas muy codiciadas por los niños: los hibiscus, porque les arrancábamos las flores para chupar un líquido dulzón que segregaban del fondo de los pétalos. Para cortar las cañas nos llevábamos navajas pues arrancar sus rizomas resultaba imposible. Con ellas conseguíamos unas largas y finas varas que agitadas al viento, sus silbidos nos transportaban a luchas imaginarias y a veces no tanto, pues en “armonía” nos dábamos varazos los unos a los otros, dejándonos moratones en las piernas. ¡Pero eso era lo de menos! Lo peligroso es que casi siempre aparecía el guarda, con su chilaba color blanco crudo, su fez rojo y un gran palo, corriendo detrás de nosotros para que dejásemos de hacer tropelías. Corríamos como locos y alguno en alguna ocasión, acabó en la comisaría de policía con la posterior reprimenda por parte de sus padres.

En el resto del jardín, fueron plantadas araucarias, por cuyos troncos trepaba la hiedra a su antojo; palmeras canarias, varios juníperos (variedad de coníferas), acacias de flor blanca, falsos pimenteros y hasta un drago, que, por su gran tamaño, sigue siendo en la actualidad digno de admiración. Y en la parte central del jardín, una jaula con un mono o mona, auténtico deleite para todos los niños que íbamos a verla y echarle cacahuetes. Y, junto a la jaula del simio, un estanque de rocalla donde apaciblemente nadaban numerosos patos, que al caer la tarde el guarda recogía y guardaba en una pequeña construcción aledaña para protegerlos durante la noche.

Recuerdos de niñez y primera adolescencia…

El actual Jardín de las Hespérides está hoy muy transformado, pero como decía anteriormente, debemos enmarcarlo dentro del lógico desarrollo de cualquier ciudad, aunque a veces éste no sea precisamente acertado. Descubro en él dos bellos “templetes” de estilo andalusí, blancos y de tejas verdes. Compruebo con pesar cómo senderos de arena, han sido sustituidos por pavimento. ¡El mismo error o atrocidad que el cometido en cualquier parque o jardín de España! Donde al parecer ya los niños no juegan en la arena con los cubitos y las palas…  ¡Ya no veo ni bambús ni hibiscus en el pequeño desmonte sobre el que se alza el castillo! ¡Ya no hay estanque con patos, ni bancos de azulejería andalusí! ¡Me resulta muy difícil reconocerlo!

Cuando vine a vivir a la costa malagueña, a mi casa le puse el nombre de “Hespérides”, el que sigue ostentando para orgullo de quienes en ella vivimos.

La primera novela de nuestro paisano Sergio Barce, no por casualidad lleva por título “En el Jardín de las Hespérides”. Quien lea mi novela “El árbol del acantilado” (finalista del X Premio de Novela Fernando Lara), en las páginas 112-113 y 157 y siguientes, encontrará detalles sobre el viejo jardín, el que casi todos tenemos en mente. Y en el que bastantes años después de la independencia de Marruecos, aún se celebraban en las noches de verano verbenas a las que acudían numerosos miembros de las tres comunidades que en Larache convivían y cuya recaudación, estaba íntegramente destinada a fines benéficos.

Nuestra paisana Mercedes  Dembo  Barcessat  tiene un hermoso poema escrito en jaquetía con el nombre de “Larashe  l´ezziza”, en algunos de cuyos versos queda inmortalizado no sólo el jardín, sino también su antiguo nombre:

Mizmo tus leones siguen impasibles,

taleando fielmente

sobre el mentado Jardín de las Esperides  (sic.).

Un  bel´lá de sicretos guarda  esejardín

de amores enjubilados,

de aventuras prohibidas,

de lágrimas vertidas.

Viendo las fotografías que acompañan a este texto, ya sabéis el nuevo nombre que le han puesto: “Jardin des Lions”, en referencia a los dos hermosos leones de mármol blanco que flanquean la entrada principal. En el de la izquierda figura el nombre en francés; en el de la derecha, en árabe. La lengua española se esfumó, no ha merecido un lugar para el nuevo nombre.

Y si pena me da que hayan cambiado el nombre (sin duda por la misma incultura que condujo a borrar del callejero larachense el nombre de “Duquesa de Guisa” para la calle que así se llamaba), más me la ocasiona si se sabe que fue un español quien donó estos leones a la municipalidad de Larache.

D. Francisco Román Quiñones

D. Francisco Román Quiñones

Efectivamente, fue el empresario y contratista de obras don Francisco Román Quiñones (propietario de la droguería “La América”) quien a comienzos de los años 1930 adquirió estos leones en pública subasta, cuando las autoridades incautaron en el puerto de Larache toda la mercancía que transportaba un barco de bandera italiana, entre la cual se encontraban los leones. Su idea inicial fue situarlos dentro del gran portal de la casa familiar que acababa de ser construida entre las antiguas calles 17 de Julio y Renschhausen (en la actualidad Mohamed Zerktouni  y Taza respectivamente). Pero su mujer, doña  Amalia Fuertes Jordán se opuso a ello, argumentando que eran demasiado ostentosos. Y don Francisco Román, que junto a su mujer y a su hija mayor Angelina habían llegado a Larache en 1912 (ciudad en la que los tres están enterrados), decidió donarlos para ornamento de Larache.

Dª Amalia Fuertes Jordán

Dª Amalia Fuertes Jordán

Postales antiguas atestiguan cómo inicialmente fueron colocados junto a la puerta principal del Castillo de las Cigüeñas -situada inmediatamente antes del edificio de la antigua Comandancia de Ingenieros- para posteriormente, y cuando el Jardín de las Hespérides fue concluido, pasar a ocupar la entrada del mismo.

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Primera ubicación de los leones

No comprendo en primer lugar por qué le han cambiado el nombre al jardín, pues era y es un nombre hermoso y en absoluto ofensivo para ninguna cultura. Bien es cierto que el nuevo nombre no me disgusta, pero que al menos las autoridades gubernamentales y locales de Larache sepan que esos leones que han decidido que den nuevo nombre al jardín, fueron donados a la ciudad por un español. Y que ni eso parece haber valido para que, junto al francés, el nombre del jardín figure también en español. Aquí, no hay incultura, sino una realidad con connotaciones cuanto menos desagradables y poco afortunadas. Valgan pues estas líneas para dejar constancia de lo que considero una ingratitud por parte de dichas autoridades.

Hay una frase rotunda que dice que una imagen vale más que mil palabras. Si se compara la postal del Jardín de las Hespérides de 1971 con la del mes de junio de 2016, bien podemos apreciar que ante lo que era un auténtico jardín, en la actualidad el cemento ha triunfado. ¡No!, no es la imaginación, ni la nostalgia o los recuerdos los que traicionan la mente, haciendo creer que lo de nuestra niñez y adolescencia era mejor. La comparación de las dos instantáneas, hablan por sí mismas.

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«Jardín de las Hespérides, 1971» (imagen tomada desde la fachada lateral del cementerio de Lal-la  Men-nana)

Quizás las Hespérides, al no tener realmente jardín que cuidar, hayan decidido abandonar el lugar que les correspondía, donde la mitología griega las situaba y del que las autoridades gubernamentales o locales de Larache, con sus desafortunadas remodelaciones, su desconocimiento y el incomprensible cambio de nombre, han determinado ignorarlas.

¡No! La incultura de las autoridades, no las exiliaron. Quiero pensar que ellas han decidido marcharse de su jardín. No sé si estarán buscando otro lugar que custodiar. Tal vez lo hayan encontrado. Y en cualquier enclave del antiguo poniente de la Tierra, alguien tenga la inteligencia y el ingenio de acordarse de ellas y en un jardín cualquiera –en un verdadero jardín- dándole su nombre, de nuevo las encomienden la misión para la que fueron ideadas.

Pero para los que en Larache nacimos, vivimos o crecimos, aquel que ya no lleva su nombre, siempre será el Jardín de las Hespérides, en el que el Castillo de las Cigüeñas, los leones sobre los que siendo niños nos subíamos, las palmeras, las araucarias y el drago, permanecen como testigos mudos de un pasado en el que las Hespérides daban muy acertadamente nombre a su jardín, al que sin duda cuidaban con esmero.

Carlos Tessainer y Tomasich

 

 

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UN CAPÍTULO DE «EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Si buscáis una lectura para este verano, os recomiendo mi novela El libro de las palabras robadas, reeditada por Punto de Vista Editores en formato digital. 

EL LIBRO DE LAS PALABRAS ROBADAS PVE

Os ofrezco la lectura de uno de los capítulos de esta novela que transcurre entre Málaga y Tánger, en una trama llena de intriga y secretos, una novela negra que no os dejará respiro.

Para adquirir el libro, podéis hacerlo a través del siguiente enlace:

http://puntodevistaeditores.com/catalogo/el-libro-de-las-palabras-robadas/

 

DALILA Y EL RUBIO

−¿Cuál es el primer recuerdo que conservas de Dalila?

Miré a Moses Shemtov, inseguro, pero no dudé al responder: la recuerdo junto a mi madre… Estábamos Silvia, Ágata, Dalila y yo sentados en una mesa, en la Pastelería La Española −Moses sonrió en cuanto nombré algo que le era tan entrañable−. Hacía mucho frío, y nos sirvieron unos vasos de chocolate humeantes con una bandeja de pasteles. Sólo logro evocar el sabor del chocolate líquido en mi boca, cómo quemaba. Sin embargo no sé por qué estábamos allí. Supongo que esperábamos a mi padre.

−Volvamos a la escena de tu novela −sugirió entonces Moses−, ésa en la que los protagonistas se dicen adiós definitivamente en el aeropuerto; y haz un esfuerzo, piensa en el instante en el que tus padres se despedían en el muelle de Tánger. Tómate todo el tiempo que necesites, pero quiero creer que es algo importante para ti.

Entorné los ojos, dando la última calada a mi pitillo antes de aplastarlo. El humo se elevó señorial, lento, igual que el que escapaba de las chimeneas del Ibn Battuta. Todo seguía ahí.

−El día anterior habíamos estado en la Plaza de Toros. Entramos después de que mi padre convenciera a un guarda que dormitaba bajo la sombra de una puerta entreabierta. Yo estaba junto a Dalila. Su mano se posaba en mi cuello y yo olía su perfume profundo y agradable. Mi padre nos miraba desde la puerta y nos sonrió, haciendo que nos acercásemos con un ademán. Dalila me cogió de la mano. Su vestido rojo rozaba mi brazo, sus tacones resonaban en el suelo y el portero la miró como si jamás hubiese visto una mujer igual. La penumbra del interior me hizo detenerme un instante, lo justo para que nos acostumbrásemos a la oscuridad, pero en seguida Damián nos guió hasta la puerta de cuadrillas. Entramos al ruedo por uno de los burladeros, eso me divirtió, y comencé a jugar por el callejón, entrando y saliendo por los otros burladeros, mientras Dalila y mi padre se dirigían al otro extremo. Damián hizo que ella se sentara en medio del tendido, yo los observaba desde la propia barrera, y notaba que algo especial había en sus miradas. Ella reía, y mi padre la fotografió varias veces.

−Ya vale, cariño –dijo ella en algún instante.

No me asombró en absoluto que llamara cariño a mi padre, imagino que a mi edad ciertas sutilezas pasaban por alto con facilidad.

−Sólo una más –suplicó él, absorbido por su entusiasmo.

Dalila me miró, y nos sonreímos de nuevo. Ella me gustaba. Tenía una manera dulce de posar sus ojos, su boca albergaba un algo que me perturbaba, era demasiado niño para darme cuenta entonces de que simplemente me atraía. Bajó al ruedo, y me abrazó. Yo me dejé hacer porque sentir sus turgentes pechos aplastándose contra mi cuerpo pasó a ser el acontecimiento más extraordinario de todos mis viajes. Me rendí a ella.

Salimos de allí, Dalila asida del brazo de mi padre y yo a su mano, a la que me había entregado como un esclavo. Sólo deseaba que en cuanto estuviésemos en el hotel volviera a abrazarme de la misma manera. Sus pechos se habían convertido en el centro del mundo, e imaginarlos desnudos una profesión de fe.

Cuando llegamos al Continental ambos caminaban a una distancia prudente. Yo seguía atado a la mano de Dalila, a su perfume, al bamboleo de su falda roja que, de pronto, me insinuaba unas pantorrillas prohibidas. Había descubierto algo que hasta entonces jamás me había interesado: las mujeres. Pero en ese instante Dalila era la única mujer del universo que merecía mi atención. Trató de zafarse de mi mano, pero yo me resistía y, tras un suave tirón, desistió de intentarlo de nuevo. Subimos. Notaba que entre ellos había de pronto una distancia insalvable pese a que sólo estaban a unos centímetros uno del otro. Caminábamos por el corredor. La puerta de nuestra habitación se abrió, y Ágata apareció allí en medio, sin decir una palabra. Nos detuvimos, Dalila apretó mi mano y yo le correspondí haciendo lo mismo. Eso me hizo sentir especial, importante. Mi madre volvió a la habitación sin cerrar la puerta.

−Te amo –susurró él con tan escasa energía que creí que había dicho otra cosa.

−No vas a decirle nada…

La voz de Dalila se quebró, y noté que su sangre se congelaba, que sus dedos se contraían, y un segundo después sus labios se posaron en mi cara y noté que humedecía mi piel, no con ellos, sino con las lágrimas que resbalaban por sus mejillas. El rimel se le había corrido, y su rostro parecía ahora demacrado y sucio. Me conmovió de tal modo que se libró de mi mano sin apenas esfuerzo, ni siquiera me había dado cuenta de que la soltaba, y entonces Damián me empujó hasta la habitación donde nos esperaba mi madre, callada como una tumba, perdida su miraba a través de la ventana. Yo me dirigí en seguida al dormitorio, sin detenerme a escuchar lo que comenzaban a decirse en voz baja, embrujado aún por aquella mujer fascinante. Sólo podía pensar en el contacto de sus senos, en su boca perfecta y en sus ojos, en la manera como miraba a la cámara de mi padre.

Cuando Damián despertó, yo había sacado de nuevo la fotografía de Dalila. La estudié tan detenidamente que fue un milagro que no se borrara. Estaba allí de nuevo, en la plaza, magnetizado por su manera de posar para que Damián consiguiera la imagen que guardaría con celo hasta entonces. Dalila no lo sabía aún, pero mi padre perseguía captar su donaire, su perfección, su aliento vital, y robárselo. Lo confesaba en las cartas, compungido, avergonzado y seguramente arrepentido. Y entonces me di cuenta de que Silvia tenía razón cuando me decía en su casa que algo había ocurrido en Tánger, porque Damián no buscó ningún campo de fútbol para fotografiarlo, como siempre había hecho antes. La respuesta estaba ahí, en ese retrato de Dalila, en esa visita a la Plaza de Toros de Tánger donde mi padre se olvidó del resto del mundo. Lo gracioso era que yo también me había enamorado de ella. Fue un amor infantil, virgen, el amor que se experimenta al abrir los ojos por primera vez al deseo, a la cándida atracción.

Al encontrarnos de nuevo en el puerto, mis cinco sentidos se pusieron en alerta. Quería volver a olerla, ansiaba tocarla, imploraba que sus labios me rozasen, incluso escuchar su voz se antojaba atractivo. Todo fue, sin embargo, rápido y frío, como si las cosas hubiesen de ocurrir por pura inercia.

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