
<…ya entonces Larache contaba con un significativo aporte español: los moriscos que, habiendo sido expulsados muy poco antes de la Península, habían ido a parar allí. Estimulados por ese sustrato que de mayor o menor grado les era favorable y por la debilidad del sultán, los ocupantes españoles completaron las defensas de la ciudad definiendo un amplio perímetro que englobaba la vieja kasbah y sus arrabales y unía las dos fortalezas saadíes, fortificación que se llevó a cabo según proyecto de otro ingeniero italiano, Bautista Antonelli.
La extensión urbana de Larache así planteada tardaría tres siglos en rellenarse, pero de éstos apenas uno sería de dominación española. Tras sufrir cinco asedios previos, entre 1623 y 1666, en la primavera de 1689 el poderoso sultán alauita Mulay Ismail, que asedió sin éxito otras plazas españolas como Ceuta, Vélez de la Gomera y Melilla (mucho más compactas, y donde sus defensores se hicieron fuertes sin que hubiera modo de desalojarlos), se apoderó de Larache, que con su ambiciosa y expansiva delimitación se reveló indefendible para la guarnición española (aunque en 1665 se había modificado el proyecto de Antonelli para definir un perímetro algo más recogido y próximo a la antigua ciudadela musulmana).
En la empresa el sultán recibió el apoyo de Luis XIV de Francia, que no perdió la ocasión de asestar un doloroso zarpazo a la potencia agonizante que era la España de Carlos II. Pese a todo, los españoles resistieron cinco meses, en espera de unos refuerzos que nunca llegaron. La capitulación se firmó el 11 de noviembre de 1689, después de que se perdiera el fuerte que defendía el pozo de agua, y fue suscrita en términos honorables a los que el sultán, sin embargo, no consideró necesario atenerse. Los españoles supervivientes conocieron así las inmensas e infectas prisiones que el soberano alauita tenía en la ciudad de Meknés.
Tras su reconquista, Muley Ismail convirtió a Larache en uno de sus más importantes puertos militares y lo dotó con un nutrido contingente de soldados y marineros, provistos de abundante artillería.
Allá por 1765, cuando rechazó la intentona de una expedición francesa dirigida por el almirante Du Chaffaut, andaba en torno a los 1.500 efectivos. Los franceses probaron la amarga medicina que tres cuartos de siglo atrás habían ayudado a dar a los españoles, al quedar las barcazas en que lanzaron el asalto embarrancadas en los bajos arenosos de la desembocadura del Lucus. De los 450 hombres que transportaban, cuatro quintas partes fueron pasados a cuchillo, y los heridos supervivientes, poco más de 80, fueron reducidos a esclavitud. En 1829, durante un ataque similar, que tenía por objetivo la venganza por la captura de uno de sus barcos, fueron los austriacos al mando del almirante Bandiera los que sufrieron una hecatombe a orillas del Lucus. En 1860, como se indicó más arriba, fue la flota española la que se situó frente a Larache y la hizo objeto de un bombardeo, como represalia enmarcada en la campaña de O´Donnell sobre Tetuán, evitando juiciosamente la opción del desembarco, de dudoso pronóstico…”>
<…Larache fue el puerto seguro y tranquilo al que llegaron miles de españoles para iniciar la aventura africana. Entre ellos, el abuelo de quien suscribe, que desembarcó en la ciudad del Lucus el 6 de marzo de 1920..>
Recordando a mi casa de Larache
Dedico estas poéticas líneas a Joana Márquez, porque intuyo que su corazón es generoso, definido por sus preciosas palabras en los comentarios hacia los demás.
Un día después de muchos años, he vuelto al hogar querido donde mi alma inocente y soñadora supo de profundas alegrías sin zozobras y del que marché en ese instante de la vida en que muere la niña y la mujer es aurora.
Contemplo con profundo sentimiento una hermosura pasada convertida en abandono y ruina solitaria, donde en las paredes cubiertas de yedra se dibujan ventanas sin cristaleras, dejando paso libre a los estorninos que dentro ocultan, celosos, sus nidos. Y, lo que en un tiempo fuera delicioso pensil, donde convivían en profusión de colores, rosales, malvas, petunias, fucsias, helechos, hortensias, pensamientos, dalias…, que salpicadas por racimos de sensibles mimosas componían un cuadro encantador y sutil, es ahora, salvaje y desolado jardín, extendiendo la hierba su manto esmeralda del que emergen amapolas con cabezas color escarlata, mecidas por una triste brisa que con su pujante aliento hiela mi risa.
Ante este caminar hacia el ocaso, que como severa lección al orgullo da el tiempo inexorable convirtiendo la belleza en espectro del pasado, mi mente habla al corazón con el dulce idioma del recuerdo, evocando en los amaneceres de abril el verde tierno y nuevo de fulgores que al mezclarse con las emanaciones de las flores hacían despertar mi inagotable fantasía infantil convirtiendo el monótono canto del grillo en vibrar melodioso de liras y arpas y donde las flores de madreselvas, caídas en charcas, sugerían en mí bellas estampas de lagos cristalinos surcados por garzas; en los cálidos atardeceres, cuando el sol con destellos dorados teñía de fuego el occidente, pensaba sonriendo: María plancha la ropa de su Niño amado.
Las golondrinas, surcando el azul espacio, eran en su migratorio viajar un hermoso cortejo nupcial sobre carrozas de vibrante topacio; a temprana hora, al ver gotas de rocío, sobre alguna nueva y lozana flor, pensaba que eran lágrimas de la Aurora derramadas por la muerte de su hijo Hermatión.
Con esta excursión figurativa por los encantos de ayer y tomando instantes al azar, entre cosas veneradas que no volverán, he mirado por última vez la casa que ahora me parece más la que siempre recordaba, y en la que, por un momento, después de esposa y madre, he vuelto a ser niña.
Tristemente he dejado atrás el jardín para entrar en los trinos del pinar cercano, pisando sobre el suelo de agujas alfombrado y en un olvidado rincón, con profunda pena, quedamente he llorado
Alicia González Díaz. Granada, 1979
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