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EL COLOFÓN DE «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», NOVELA DE SERGIO BARCE

Ahora que se encuentra en proceso de maquetación mi novela El libro de las palabras robadas, en la que se ha embarcado Ediciones del Genal para una preciosa y cuidada reedición, me doy cuenta de lo importantes que son los pequeños detalles en un libro.

Y uno de esos pequeños detalles a los que me refiero es el colofón.

Revisando La emperatriz de Tánger, vuelvo a comprobar que, el que me escribiera en su momento Nuria Ogalla Camacho para esa novela, es realmente hermoso, e incluso diría que es un anzuelo irresistible para incitar a leerla.

El colofón de La emperatriz de Tánger dice así:

Este libro se terminó de imprimir en Málaga,

a los pies del mismo mar que besa las orillas de Tánger.

Publicado por Ediciones del Genal.

Al cuidado de esta edición Librerías Proteo y Prometeo

MMXV

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portada premio LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

 

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«LA CIUDAD DE LA MENTIRA», UNA NOVELA DE IÑAKI MARTÍNEZ

 

“…Al cabo de unos días, el sultán de Marruecos envió dos emisarios a Argel, donde Patton había instalado su cuartel general, con un mensaje que decía: <Ruego a Alá que le bendiga en las próximas batallas>…”

   Hasta llegar a ese momento, han de ocurrir muchas cosas en esta novela.  

   Tánger, ciudad internacional. Como si se hubiera abierto de par en par una puerta hasta ahora entornada, numerosos autores nos hemos embarcado en la aventura de ambientar nuestras obras en esa ciudad y en aquellos años en los que la ciudad marroquí gozó de un Estatuto Internacional. La ciudad de la mentira, de Iñaki Martínez, se suma a esta tendencia. La novela resultó finalista del Premio Nadal 2015.

LA CIUDAD DE LA MENTIRA portada

   Me gustó saber (así lo explica el propio autor en una nota al final del libro) que su título lo encontró Iñaki Martínez en una frase que pronuncia Dyar, el protagonista de Déjala que caiga de Paul Bowles, cuando dice: “¿Es que en esta ciudad nadie dice la verdad?”. Y me gustó porque, además de coincidir en la ciudad y en la época, también habíamos escogido esa obra de Bowles como algo vinculado a nuestras dos novelas: en el caso de Iñaki Martínez, para excusar el título, y a mí, para hacer que Paul Bowles, mientras escribía precisamente Déjala que caiga, deambulara por las páginas de mi novela La emperatriz de Tánger.

   La ciudad de la mentira es una novela de espionaje, de intriga, que bebe directamente, y así lo reconoce también su autor, de la película Casablanca. Y asumido esto, asistimos a una historia que se desarrolla en el marco más apropiado para este tipo de tramas. Aquel Tánger, da mucho juego.

“…El obispo Olmedo interrogaba a Martín sobre la norteamericana. Se interesaba por la periodista, tratando de encontrar el origen de esa curiosidad tan extraordinaria. También para él, las mujeres de esa clase representaban un misterio, le sorprendía, desde luego, la actitud de una mujer católica y joven que no parecía pensar en el matrimonio y en los hijos.

En general, no tenía una opinión muy formada sobre las mujeres. De la reciente guerra española le habían llegado noticias de mujeres que habían ocupado responsabilidades importantes en el Gobierno republicano. También de mujeres periodistas que informaban desde primera línea del frente y de otras que destacaban por la organización de la sociedad civil en ciudades como Barcelona o Madrid.

De ellas hablaban mal sus colegas que pasaban por Tánger. Algo diabólico había en esa actitud, le decían, algo que siempre acababa en la vulneración del sexto mandamiento. Todas aquellas mujeres estaban en el bando de la República. Pero él no era un obispo franquista, como muchos de sus compañeros de igual rango. Llevaba casi cuarenta años en el sacerdocio y una voz interior le sugería desconfiar de los vencedores, por mucho que hablasen de Dios y de la Iglesia.

Olmedo, pese a que trataba de eludirlo, no podía evitar cierto rechazo hacia el cónsul español, el coronel Ramírez de Arellano. No le gustaban sus ademanes hoscos y autoritarios. En las arengas ante la comunidad de españoles, en las que su presencia era obligada por su condición de obispo, hasta los más torpes podían entender dos mensajes opuestos. Mientras el cónsul hablaba de venganza, de ajustar cuentas con los derrotados, él respondía con palabras de perdón y reconciliación. Ramírez de Arellano proponía sin tapujos la delación de los contrarios al régimen del Generalísimo Franco y él, por el contrario, resaltaba que unos y otros eran hijos de Dios…”

   Con el telón de fondo de una operación militar que se llevó a cabo durante la segunda guerra mundial, Iñaki Martínez nos sitúa en ese Tánger cosmopolita que vio zozobrar su privilegiado estado cuando las tropas de Franco la ocuparon. Y teje una historia de espías al más puro estilo hollywoodiense. Los protagonistas bien podrían haber estado interpretados por Cary Grant como Stanley Mortimer, Barbara Stanwyck como Joan Alison, quizá Fortunio Bonanova hubiera sido un buen obispo Olmedo, e imagino a Erich Von Stroheim como el cónsul Waisel, a Alfredo Mayo como Ramírez de Arellano (inverosímil en el mismo film, lo sé, pero esto es también ficción), quizá Danielle Darrieux como Madeleine Didier y Gregory Peck como Martín Ugarte… Todos dirigidos por Iñaki Martínez.

   Con esta premisa, uno disfruta más de la película escrita. Porque no hay más intención en esta historia que la de relatar una aventura de espionaje y heroicidad.

   A Iñaki Martínez se le notan dos cosas: la primera, que rinde un sentido y emotivo homenaje a su padre, un exiliado miembro de la Brigada Vasca que luchó en la segunda guerra mundial, y, la segunda, que, habiendo sido cónsul honorario de Panamá, miembro de la comisión de relaciones internacionales de la guerrilla salvadoreña y ejercido funciones de representación para el Gobierno vasco, se nota que domina los entresijos de las legaciones y el leit motiv de los representantes consulares. El homenaje a su padre, lo hace a través de varios personajes de origen vasco que se instalan en Tánger o que viven en la ciudad desde hace tiempo: el padre Martín Ugarte, y, por supuesto, ese personaje tan curioso que es Jorge Cruceta. El arrojo, la pasión y el compromiso, Iñaki Martínez lo vuelca en los personajes vascos. No puede evitarlo.

   Como en toda historia de espionaje y contraespionaje, es importante dotar de credibilidad a los protagonistas. Es fácil reconocer las dudas y el sufrimiento del padre Martín Ugarte a medida que su relación con Joan Alison le hace plantearse el sentido de su vida. Ella, Joan Alison, ejemplifica a la americana desenvuelta que tantas veces hemos descubierto en novelas negras de Hammett y Chandler y en películas de Hawks y Wilder. También es muy fácil sentir simpatías por el obispo Claudio Olmedo, un hombre sin tacha que, a su modo, ayuda a la causa más justa. Los malos, porque en este tipo de historias los malos siempre son inmediatamente definidos y retratados, son por supuesto los nazis y los fascistas, que cobran vida y están representados en los dos cónsules alemanes y español. Hay otros personajes secundarios, algunos tal vez se pierden y, al menos en mi caso, esperaba que algo ocurriera con ellos, pero, aunque se diluyen o no, según cada caso, todos ellos forman parte de la trama y del paisaje humano de ese Tánger que Iñaki Martínez ha querido dibujar: el Tánger de cine.

CARTEL TÁNGER Bertuchi

   Por supuesto, es quizá Stanley Mortimer el que sale mejor parado en todos los sentidos. Es el que nos conduce a los momentos más interesantes, tanto con relación a la trama de espionaje como a la de su propia vida profesional e íntima. Todo se insinúa, pero nada se dice, Y eso casa muy bien con el protagonista que representa. Tal vez sea el más elaborado de todos los que se mueven por la novela. Cary Grant lo habría bordado, por eso le he dado el papel. Stanley Mortimer posee el germen para nuevas historias, y eso lo hace excepcional.

“…Él quería ejercer de buen anfitrión.  Descendieron hacia el Zoco Chico hasta darse de frente con la sinagoga y la calle de los joyeros, para después entrar en la zona de los hamman. Stanley se confesó adicto a los baños, que visitaba una vez a la semana.

Muchas de las callejuelas que encontraban a su paso supuraban humedad y serpenteaban como un mapa imposible. Quería mostrar a su invitada los burdeles más bajos de Tánger.

-Estamos en Ben Ider. Aquí los prostíbulos no son como Chez Madeleine, con alfombras iraníes y pasamanos recién abrillantados.

Algunas mujeres de edad madura se adivinaban a través de los ventanucos. Murmuraban y se quejaban de la pareja de paseantes curiosos.

-¿Ha estado dentro alguna vez? -preguntó ella.

-Eso es preguntar sin disimulo -repuso él, sorprendido.

-Así es.

-He estado dos veces, y solo por curiosidad, para conocer los burdeles pobres de Tánger. Se lo aseguro, son horribles. Las habitaciones son diminutas, poco más que una cama, sin ventilación, y desprenden un hedor insoportable. Las mujeres que trabajan aquí lo hacen por unas pocas pesetas y los clientes son los hombres humildes de la ciudad; campesinos, borrachos, gente que sale de la cárcel.

Stanley evitó explicarle que sus necesidades sexuales, siempre esporádicas, pues era un hombre austero hasta en sus deseos, las cubría en casa de Savelio…”

   Por supuesto, hay un último protagonista importante en esta novela: la propia ciudad de Tánger. Sus calles, sus locales (de nuevo encuentro en sus páginas numerosos puntos de conexión con mi novela, y quizá por ello a Iñaki le ha gustado la mía y a mí me ha gustado la suya): el Palmarium, el Minzah, el Teatro Cervantes, el Chat Noir, el Adieu, el Chez Madeleine, el Hotel Ville de France, el Café de París… Sí, es irresistible esta ciudad a la hora de enredarnos a los escritores.

   Iñaki Martínez mueve a sus personajes con suma seguridad por esa ciudad, ubicando perfectamente los lugares donde se desarrolla la historia y, a poco, uno se ve dentro de la novela y de la película, y comienza a formar parte de ese pequeño comando que está llamado a formar parte de la historia, aunque sólo sea con un granito de arena. Eso sucede en la segunda parte de la novela, que es cuando todo comienza a encajar y la verdadera intriga despega definitivamente con fuerza y brío.

   De lejos, parece resonar La Marsellesa. Los nazis y los fascistas intrigan por hacerse con Tánger, pero no sabían que esa ciudad sólo era un sueño. Y, como los sueños, se desvanece.

   Espías, amantes, diplomáticos, aventureros, asesinos, héroes… Todos forman parte de este puzzle que Iñaki Martínez ha ido montando para regalarnos unas horas de aventura, misterio y romanticismo, como en las buenas películas de entonces, en la ciudad donde nadie decía la verdad.

Sergio Barce, septiembre 2016

 

Los fragmentos de la novela están tomados de La ciudad de la mentira, editada por Destino. Primera edición, mayo de 2016.

IÑAKI MARTÍNEZ

IÑAKI MARTÍNEZ

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FRAGMENTO DE «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

Aún queda algo de verano, momento propicio para leer. Para quienes no lo hayan hecho, os invito a entrar en las páginas de mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015), finalista del Premio Vargas Llosa de Novela y del Premio de la Crítica de Andalucía.

portada premio LA EMPERATRIZ DE TÁNGER

Aquí tenéis un fragmento del libro:

-¿Cómo conociste a Yamila?

-La había visto actuar, pero un día la vi junto a un puesto de especias. Llevaba una chilaba turquesa y el cabello suelto. Lo primero que me llamó la atención fueron sus labios… Me pareció más hermosa que con su traje de lentejuelas… Y la seguí por todo el Zoco Grande –se le secó la boca-. Me había descubierto y advertí que me vigilaba de reojo. Yo no me ocultaba. Cuando nuestras miradas se encontraban, se azoraba. Parecía tímida, pero su boca y sus ojos me decían que no era una ingenua. Me lancé a pequeñas locuras como hacerle creer que me atragantaba con una aceituna o que iba a zamparme una sandía entera, cualquier payasada. Ella giraba la cabeza, para ocultar la risa. Recorrimos así gran parte del Zoco, hasta que en un momento dado me planté –el Olimpic de Augusto Cobos también se quedó inmóvil entre sus dedos, incluso el humo que se elevaba pareció quedar petrificado en el aire-. Me quedé parado junto a la puerta de un horno, viendo a Yamila zigzaguear por entre los carros, asegurándose de que yo continuaba tras ella. Pero aguanté en ese sitio fingiendo el más absoluto desinterés… Entonces me sonrió y yo me rendí de inmediato… –notó que algo lo hacía temblar, que ese recuerdo de Yamila lo emocionaba-. Al instante, se dio la vuelta y comenzó a bajar la cuesta. Comprendí que me invitaba a que la siguiese; ya sabes cómo actúan algunas mujeres en Tánger…

En Tánger, en Marrakech, en Mogador… malditas embaucadoras, malditas salteadoras de almas. Said Barrada había visto cómo los hombres eran capaces de las mayores vilezas por alcanzar la promesa de una mujer: robar a su patrón, engañar al mejor amigo, matar al propio hermano. Todo por una noche, todo por una ilusión pasajera que se esfuma con el alba. Pero también se guardaba una verdad irrefutable: no podía imaginar alcanzar la felicidad sin una mujer a su lado.

-Y fuiste tras de ella… –aventuró.

-Ya no había salida –Augusto sonrió-. ¿Qué podía hacer? Fue una larga caminata hasta el barrio de Hafa, interminable. Comencé a sentirme mal: una fiebre de arrebato y de sinrazón. Las calles se iban estrechando y el calor me agobiaba. Era también una fiebre de impaciencia, creía que nunca llegaríamos a donde me conducía… Pero, al fin, se detuvo frente a una puerta y me miró un segundo. Sus ojos me rogaban que esperase a una distancia prudente del callejón, y allí me aposté, sediento de sus labios y hambriento de su vientre y de sus pechos… Me consumía. Absolutamente. Así transcurrió un buen rato sin que nada ocurriese –el inspector había cerrado los ojos unos segundos, creyendo estar en Arbaoua besando a aquella mujer sin nombre-. Seguí en aquella bocacalle hasta que llegó la noche. Estaba desesperado. Habría ido entonces, sin dudarlo, hasta la puerta y habría llamado, le habría rogado con tal de estar con ella, pero sabía que debía aguardar. Tuve suerte y alguien salió del edificio, era un hombre mayor que, renqueante, fue alejándose por la calleja hasta perderse en un recodo. Dudé si debía continuar en mi puesto de vigilancia: tal vez ella me había olvidado y dormía, tal vez no creía que yo me hubiese armado de tanta paciencia –Augusto tragó saliva-. Justo en ese instante de incertidumbre, Yamila se asomó. Corrí con el corazón en la boca, deshecho por el cansancio y la tensión. Entré apresuradamente, empujado por mi propio entusiasmo, y nos quedamos muy quietos, uno frente al otro, mirándonos por primera vez. “Era mi padre” se excusó con timidez. Su aliento me llegaba en ráfagas de fuego. Me asió de la mano con un movimiento de atadura. Quise entonces tocarla pero Yamila me refrenó. “Vienen a recogerme. Debes irte” me dijo. Pasé mis dedos por sus labios, quería borrárselos para que únicamente mi boca pudiera saborearlos –Augusto se miró entonces la mano, como buscando la sombra de aquellos labios-. Ella entornó los ojos, supongo que adivinando mis pensamientos. Había tanta belleza en ese instante… Hay en Yamila un aroma a viento salvaje y un sabor a leña mojada -arrugó la frente, en un gesto de amargura, apagando su voz-. Ahora me doy cuenta de que jamás he vuelto a sentir algo parecido. No sé si me entiendes…

Said Barrada apretaba las mandíbulas. Cómo no iba a entenderlo. Él mismo tenía otros pequeños tesoros que también podrían parecer inocuos, un mundo encerrado en cuatro horas de vida. El simple y desnudo olor del cuerpo de esa mujer, perversamente inolvidable, permanecía ahí, sin que nada pudiese lograr desterrarlo, su abrazo desesperado. Súbitamente, miró a Augusto Cobos como quien duda de si sus elucubraciones han escapado, de si no ha pronunciado una palabra inadecuada en voz alta.

-Puedo imaginar qué ocurrió después –osó a decir.

-Te equivocas –Augusto clavó sus pupilas en el mar, sugestionado por la historia que él mismo estaba relatando. Se interrogaba sobre si había ocurrido tal y como ahora lo recordaba, como si le costara asimilar su propia conducta de entonces y de ahora-. No fue como imaginaba… Ella simplemente me echó, con un suave empujón, con una elegancia irreprochable; pero evitando mi mirada, como si temiera ceder o sucumbir a nuestros instintos. “Vienen a buscarme” me repetía con una insistencia que era una disculpa. Estaba en sus manos. Hube de ceder. Salimos. Al instante, apareció un vehículo. Subió a él y se marchó. Luego supe que los del cabaret recogían a las bailarinas para llevarlas al local. Curiosamente no me sentí frustrado, y me quedé toda esa noche sentado en el acantilado de Hafa, al borde de un mar apacible que, sin saberlo, presenciaba el inicio de mi cautividad –Augusto Cobos mudó, sorprendido por esta inesperada confesión suya, como si no la hubiese hecho él mismo. Pero tampoco su otro yo. Tal vez en esta ocasión hablaba su corazón. Y añadió en seguida: No. Jamás he vuelto a sentir algo así…

-Pero no es la mujer que buscas… –murmuró Barrada, jugueteando con el pitillo que saltaba de un dedo a otro.

-No sé cuál es la mujer que busco. Nunca lo he sabido. Dudo incluso que la encuentre –se miró el anillo, el único regalo de Carmen-. Seguramente tú tampoco lo sabes…

Sopesando si debía responderle o no, Said Barrada sintió una penosa y sangrante punzada en el pecho, como si le hubiesen azotado el alma.

-Yo la encontré -posó la mirada en el cigarrillo, lo partió por la mitad y se quedó mirando las hebras, como si en ellas habitara el recuerdo de las horas en Arbaoua-. Dicen que el verdadero amor sólo dura un segundo. Es lo que dicen… -si no conociera tantos detalles de la vida de Augusto Cobos Koller, al escuchar la historia que le había relatado habría podido cambiar la idea que se había formado de él e, incluso, habría podido llegar a creer que, tal vez, no existía diferencia alguna entre ellos. Sin embargo, sabía que algo insalvable los separaba, que no se guiaban por los mismos códigos, que no estaban al mismo nivel ético. Y sintió una especie de rabia mientras le preguntaba con cinismo: ¿Sigues cautivo?

Augusto frunció el cejo, meneando la cabeza de un lado a otro, lentamente, como si quisiera ganar tiempo. En esos segundos pensó que su vida afectiva era una sucesión de mujeres, una colección de imágenes frías y distantes, que hacía años se había montado en un tiovivo del que no era incapaz de bajar, y que el tiovivo seguía dando vueltas, como si hubiera comprado todos los tickets. Bajó los ojos. Sabía que en cuanto el tiovivo se detuviera, y algún día tendría que hacerlo, se encontraría solo en medio de un inmenso desierto.

-Las mujeres son mi dicha y mi desdicha –balbuceó finalmente-. A veces pienso que he amado a tantas que ya no sé amar a ninguna. Quizá no he querido a ninguna o creo que no he querido a ninguna y en realidad he amado a alguna sin darme cuenta. Puede que no sepa discernir el verdadero amor o que todo lo reduzca a sexo. La bebida me ha gastado muchas bromas y me ha costado algunos disgustos… Ni siquiera sé si reconocería a una mujer que estuviera realmente enamorada de mí. No es nada confortable llegar a esta conclusión…

Said Barrada lo escuchaba como si descubriera un mensaje oculto en cada palabra. Halló una amargura profunda en su lacónica letanía.

-¿Pensabas en Yamila cuando escribías el libro? –Barrada trataba de ayudarlo a desmadejar sus dudas.

-Cuando se crea, coges, hurtas y robas retazos de muchas vidas, tantas como cuantas conoces. Es como montar un puzzle con las piezas que te convienen. No dudo que Yamila esté ahí… -tomó aire, y tragó saliva-. Es curioso que no haya olvidado aquella emocionante persecución por el Zoco Grande… –y en ese instante supo que la noche sería para ella.

Pero cuando escuchó de nuevo al inspector, Augusto Cobos se limitó a pestañear automáticamente, como si lo hubiesen despojado de su libertad, como si lo hubieran encerrado en el penal del Hacho.

-Te daré un consejo, jai: ten cuidado con esa chiquilla con la que te estás viendo. Juegas con fuego. Y, tal vez, tu baraka te abandone en esta ocasión…

Estuvo a punto de jurarle que nunca más volvería a verla, pero apartó la mirada y siguió las gotas de lluvia que se deslizaban por el cristal de la ventana. La tormenta restallando en medio del mar.

 

foto SLB

foto de Salvador López Becerra

 

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MI INTERVENCIÓN EN LE CERCLE DES ARTS, HABLANDO DE MI NOVELA «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER»

Abdellatif Bouziane me ha dado una sorpresa al hacerme llegar la grabación de mi intervención en Tánger, en Le Cercle des Arts, durante la presentación de mi novela La emperatriz de Tánger, y de los libros de Antonio Lozano Un largo sueño en Tánger y de Saljo Bellver Relatos americanos.

Para poder ver y escuchar mi participación en ese acto, respondiendo a las preguntas de Luis Leante, entra en el siguiente enlace:

SERGIO BARCE presenta LA EMPERATRIZ DE TÁNGER, en Le Cercle des Arts de Tanger

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ASÍ FUE LA PRESENTACIÓN EN TÁNGER DE «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», «UN LARGO SUEÑO EN TÁNGER» Y «RELATOS AMERICANOS»

Este pasado sábado, se presentaron en Tánger, en Le Cercle des Arts, mi novela La emperatriz de Tánger, la de Antonio Lozano Un largo sueño en Tánger, y el libro de cuentos Relatos americanos de Saljo Bellver. El éxito de público fue total, y la presentación que hizo Luis Leante fue amena, ágil y muy atractiva para el público, que participó al final en el coloquio. Confieso que compartir este rato junto a Antonio Lozano, Saljo Bellver y Luis Leante ha sido todo un lujo y una suerte el conocerlos en persona. Lo disfruté enormemente.

UN SUEÑO LA EMPERATRIZ RELATOS

Por suerte, nos acompañaron muchos de mis amigos, algunos desplazados desde Larache y Málaga para asistir al acto, Hachmi Jbari, Mohamed Laabi, Angelines, Randa Jebrouni, Hanaa, Verónica, María Sibari, Mustpha el Bouthoury, Abdelhalak Najmi, Abdellatif Bouzine… lo que les agradezco de corazón.

La organización y la atención que nos brindó Leila Mimoun en Le Cercle des Arts fue perfecta, y sentí el afecto y la simpatía que nos transmitió, una anfitriona que cuidó hasta el más mínimo detalle. Al igual que la atención de Abdellatif Tandelti. Desde aquí les mando mi agradecimiento.

En fin, que fue un día redondo, y nuestros libros nos brindaron la oportunidad de hablar de nuestras historias, las ficticias y las reales, unas ambientadas y otras recreadas en nuestro querido Marruecos, tanto en Tánger como, en mi caso, también en Larache.

Sergio Barce

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Luis Leante, Saljo Bellver, Antonio Lozano y Sergio Barce

Luis Leante, Saljo Bellver, Antonio Lozano y Sergio Barce

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Luis Leante, Saljo Bellver, Antonio Lozano y Sergio Barce

Luis Leante, Saljo Bellver, Antonio Lozano y Sergio Barce

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Antonio Lozano, Seljo Bellver, Abdellatif Bouziane y Sergio Barce

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con Jesus López García

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Sergio Barce, Abdellatif Bouziane y Leila Mimoun

Sergio Barce, Abdellatif Bouziane y Leila Mimoun

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Angelines a las puertas de Le Cercle des Arts

Angelines a las puertas de Le Cercle des Arts

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