
Estoy seguro
Me despierta el grito de un bebé. Una mujer se levanta de mi lado. Oigo desde la cama como el llanto se apacigua y a dos niños regocijados por el despertar de su nuevo hermanito (así le llaman): uno hace pedorretas y la otra ríe sin parar. Una risa abierta, encantadora.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo familia.
Me meto bajo el chorro de la ducha, acompañado por una sensación de soledad que se pega a mi piel como la mugre y no sale ni frotando con la más áspera de las esponjas. Cierro el grifo, tonificado por el calor del agua, y agito la cabeza para secarme el pelo y borrar las imágenes de la mentira. Me visto con esmero, ajustando el nudo de la corbata gris y uniforme, mientras me contemplo en el espejo del vestíbulo inmaculado, en perfecto orden, con ese aroma inconfundible de la madera noble. Desciendo con parsimonia las escaleras, acariciando con la mano diestra la fría barandilla de acero pulido y me subo al coche deportivo que está estacionado en el garaje.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo casa.
Llego a la oficina, tarde como siempre, y veo que han montado una reunión de urgencia a la que no he sido invitado. Desde mi cubículo, atestado de documentos pendientes, puedo oír al jefe, gesticulante y descontrolado, informando sobre un cliente muy importante que acabamos de perder y de las consecuencias que va a tener en la empresa. Rodarán cabezas, amenaza a mis compañeros, quienes lo miran aterrados. La sesión se disuelve con un rumor febril de soluciones inviables y mi colega de escritorio se deja caer en su silla desgastada con un suspiro de impotencia.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo trabajo.
Apuro el café, que ya empieza a enfriarse, pues llego tarde a la cita vespertina con Laura, Carlos, Juan y Susana. Vamos al minicine del centro, a ver la última película de Woody Allen en versión original, con lo que a mí me cuesta seguir los subtítulos. Es un pésimo pastiche de postales turísticas, pero todos permanecemos en el asiento por respeto reverencial hacia el maestro. Oigo cuchichear a las chicas, incómodas en las butacas de respaldo excesivamente corto, mientras me río regocijado con el calor de la compañía.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo amigos.
Encienden las luces de la sala, casi vacía, y me deslizo hacia la noche lluviosa de una ciudad casi desierta. Me encamino hacia la cafetería de siempre, a conseguir un último bocado antes de que cierren. El camarero nuevo me mira con desconfianza mientras me sirve la ración recalentada de sepia con mayonesa y una cerveza desventada. Pregunto por Toni, el de toda la vida, el de las largas conversaciones sobre fútbol y toros, el que me invitaba a una tapa de vez en cuando. Nadie sabe de él. Traen la cuenta y, como de costumbre, dejo una generosa propina.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo dinero.
Regreso por fin a la casa que no tengo, junto a mi familia que no existe, después de una dura jornada en un trabajo que no es, recordando los comentarios de mis amigos que no viven, digiriendo una cena que no he comido, contando las monedas que no poseo, para sentarme en mi sillón preferido que no está, junto a un fuego que no arde, para escribir en este diario que no leo.
Solo que yo —estoy seguro— no tengo memoria.Por José Luis Rodríguez-Núñez
Cuando agosto alcanzaba el punto de fundición, salíamos al porche con la esperanza renovada de que el aire fresco acudiera en nuestro auxilio. El abuelo ocupaba su vieja silla de tea. Yo me sentaba a su lado, en un pequeño banco que había construido para mí. Me entretenía contemplando las minúsculas brasas de tabaco que ardían cada vez que inhalaba la pipa. Su cara se iluminaba a intervalos en la espesura de una noche sin luna. Y su mirada aparecía enredada en los misterios de la oscuridad o rastreando recuerdos diseminados en los bancales del pasado. Por el bigote reptaba la niebla que se escapaba de su nariz o serpenteaba desde la cazoleta de la pipa. El perfil de su rostro se recortaba como una orilla de mar con cabos y bahías. Una orquestina de grillos animaba la velada. A la que se unían los mosquitos que regresaban al atardecer de las charcas y se refugiaban bajo el alpende. Incansables, realizaban sus acrobacias aéreas y se lanzaban sobre nosotros como kamikazes. Las estrellas se engastaban en el cielo dispersas o en constelaciones. El olor a tierra mojada mezclado con el aroma a geranios y a buganvillas emanaba desde el jardín. Era el momento en el que la abuela escanciaba la limonada y el hielo tintineaban en la noche incandescente.
Siento frío. Desnuda sobra la camilla y tapada con esta sábana casi transparente, tiemblo bajo el aire metálico. Andrés no para de entrar y salir. Se atusa el cabello una y otra vez, iza las persianas, y me repite que todo irá bien en un tono que me inquieta. Solo es una amputación, una mama a cambio de una nueva vida. No puedo evitar la escarcha en mi piel. Tengo miedo. Sí, tengo miedo.
La abuela auscultaba cada noche las heridas que coleccionaba en mis saltos por los cercados de alambres, las aventuras por las ramas de los almendros que a veces se quebraban bajo mis pies, o la natación involuntaria sobre terrenos pedregosos. No siempre superaba su inspección y durante algún tiempo me impedía alejarme más allá del porche. Sucedió cuando exploré una galería de agua abandonada y una cortada abierta como una boca sin dientes cruzó mi rodilla izquierda. Pero merecía la pena pasar aquellos días de arresto. Los compensaba con lecturas y con las cicatrices que exhibía como trofeos a los compañeros de clase a la vuelta del verano.
Andrés acaba de salir. El tiempo está detenido. El silencio se resquebraja con la caída incesante de una gota sobre el lavabo. El sol aparece al otro lado de la ventana pero no se atreve a entrar a este iglú. Los enfermeros irrumpen, me rodean y me conducen por un pasillo. Cuento las lámparas fluorescentes que se alejan como vagones de luz. Andrés en carrera atrapa mi mano entre las suyas. Llego al quirófano. Médicos y asistentes ultiman los preparativos. Me hablan, intento sonreír y extiendo el brazo. Me cubren la boca y la nariz con una mascarilla. Esquivo el fogonazo deslumbrante de los focos que me vigilan y miro hacia un lado, hacia el porche. Allí están la abuela con el frasco de yodo que asoma por el bolsillo de su delantal y las briznas rojizas de tabaco que revolotean sobre la pipa del abuelo.Felicidad Batista
¿Tienes una cuenta de WordPress.com? Accede ahora.