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CARTAS Y CORTOS de LEÓN COHEN MESONERO

León Cohen Mesonero

Cartas y Cortos

hEBRAICA EDICIONES

León Cohen, escritor larachense, publica en los próximos días su nuevo libro «Cartas y Cortos» (Hebraica ediciones, 2011). Parece que últimamente los autores larachenses nos prodigamos mucho más que antes, y siempre es una alegría para mí poder dar la noticia del trabajo de algún amigo. León Cohen lo hará en pocos días, razón suficiente para comunicarlo a todos vosotros.       Sergio Barce

Como aperitivo de su libro, reproduzco a continuación una pequeña parte de una de las cartas que León incluye en su libro,

así como el prólogo que le ha escrito la poetisa Paloma Ferández Gomá.

Carta a mis tías

(fragmento)

«Crecí  entre mujeres solitarias. Mi abuela Luna enviudó muy joven. Mi tía Raquel nunca tuvo marido, dedicó su vida a educar a su única hija. Mi tía Mery fue madre soltera y murió muy joven. Mi tía Simy, se separó a los seis meses de casada y no volvió a convivir con ningún hombre hasta su muerte con noventa años. Fue solidaria con su hermana Mery y adoptó al hijo de ésta como suyo. Sus primas hermanas Simy y Alló también vivieron la mayor parte de sus vidas solas. Lo sorprendente de todas estas mujeres, hermanas y primas de mi padre, es que nunca necesitaron a hombre alguno para recorrer sus caminos vitales. La ausencia del hombre era lo característico de la casa de mi abuela Luna. Esa capacidad de la mujer para prescindir del hombre como pareja o como sostén. La relación de estas mujeres con los hombres fue de protección, como madres o como hermanas. Esa convivencia con aquellas mujeres autónomas, me llevó al conocimiento temprano de la fortaleza y de la superioridad manifiesta de la mujer sobre el hombre en su enfrentamiento con la vida. Ese conocimiento me condujo a respetarlas y a admirarlas desde muy niño. Aquellas mujeres libres y valientes que se llamaron Simy, Raquel, Alló o Luna, de las que recibí mi educación sentimental,  sin ellas proponérselo.

 Escribir una carta transcurridos cincuenta años, teniendo además la certeza de que no os va a llegar, es un intento vano. Pero la carta puede llevar implícita una segunda intención y espero que me sirva al menos a mí como terapia y exculpación. Uno siempre mantiene con sus muertos un sentimiento ambiguo, a medio camino entre la culpa y la deuda. Como si les debiera una explicación, como si ellos preguntaran o quisieran saber por qué nunca más he  vuelto a hablar con ellos, como si tuviera una necesidad imperiosa de devolver parte del cariño recibido. Esta carta siempre ha estado persiguiéndome, siempre ha esperado a ser escrita. Esta es una carta debida, el pago por una deuda de amor, un homenaje póstumo, un tributo al cariño que nos profesamos, un retorno al pasado, a un universo repleto de momentos mágicos. Más tarde o más temprano, el tiempo nos devuelve al jardín de la infancia, al jardín de los recuerdos, que para mí siempre será el Jardín de las Hespérides…»

Jacob Cohen, padre de León


NOSTALGIA DE LA LUZ, prólogo a «Cartas y Cortos» de Paloma Fernández Gomá:

«León Cohen Mesonero, profesor de la Escuela Politécnica Superior de Algeciras (Universidad de Cádiz), es un escritor que cuenta con una obra amplia y sólida; su narrativa abre horizontes históricos recordando  un pasado que revive todos los instantes que existen en la memoria del autor y lector. Entre sus obras anteriores podemos citar: RELATOS ROBADOS AL TIEMPO, CABOS SUELTOS, LA MEMORIA BLANQUEADA, también colabora habitualmente en revistas culturales de difusión internacional y su obra ha sido recogida en diversas antologías de Literatura  Contemporánea Hispanomagrebí.

León Cohen

 Que sirvan estas palabras a modo de introducción para acercarnos a la última obra de León Cohen Mesonero: CARTAS Y CORTOS , haciendo así una breve semblanza de su fecunda y multicultural trayectoria literaria, siempre avalada por su exquisito discurso narrativo, que nos invita a adentrarnos en el disfrute de su magnífica prosa.

León Cohen divide su libro en dos capítulos o apartados: Cartas y Cortos.

En el primer apartado reúne un total de 14 cartas, que merecen ser leídas en rigor, pues reflejan un discurso literario bien conformado y elocuente que adentra al lector en el mundo que el autor quiere mostrar desde una perspectiva subjetiva, pero abierta a comentarios o cambios, ya que León Cohen nos abre las puertas de sus convicciones, vivencias y recuerdos desde un umbral expositivo que siempre enseña modos de vida entre el respeto y el conocimiento del “otro”. En definitiva el capítulo Cartas supone un dominio absoluto del género epistolar.

En la primera Carta titulada, Carta de un ciudadano corriente, León Cohen se presenta a sí mismo ante el lector. Y después escribe a una amiga americana, a Alejandro,  a su prima; todas estas misivas suponen una suma de contrastes entre la personalidad del autor, siempre bien definida y abierta al mundo de la tolerancia, lo cual  evidencian las demás cartas que suceden a las anteriormente mencionadas, y el mundo exterior donde acontecen las vivencias que se interconectan con una educación y un pensamiento, que será el que vaya descifrando en clave de “yo personal “ único e intransferible  todo aquello que el autor nos comenta o comunica en  Cartas y Cortos.

En Carta a un amigo virtual, León Cohen confiesa ser un misántropo irreconciliable y en otra misiva nos manifiesta su admiración por el actor José Luis López Vázquez. Las vivencias que tuvo en Larache durante su infancia, nos las deja plasmadas en la epístola dedicada a sus tías. A Jacabo Israel Garzón le recuerda que él es solidario con su pueblo y se reconoce heredero de la educación recibida junto a su abuela y toda la familia de su padre.

Nuestro autor no olvida la poesía  y escribe a Luis García Montero.

El apartado epistolar se cierra con tres cartas dedicadas al hijo de su profesor de inglés, a Agapito y a un joven.

Todas sus misivas son exponentes de una personalidad abierta y solidaria  de un hombre que reúne en sí el legado de tres culturas: árabe, judía y cristiana, que nació y vivió en Larache, en Tánger  y en Algeciras , donde vive en  la actualidad.

 León Cohen es un escritor de espíritu que mira al mundo, un creador innato, que con la fuerza de su palabra nos invita a convivir en una sociedad intercultural y de respeto mutuo.

El capítulo Cortos está configurado por artículos a modo de fotogramas rápidos escogidos de la experiencia , que descifran el pensamiento de nuestro autor  con respecto a diferentes temas. Empieza este  capítulo con un artículo fechado en 1976 donde el autor recorre los datos más significativos de todo lo vivido. Después va desglosando sus  impresiones en un poema titulado Luna: Tres años, dedicado a su hija y fechado en 1981, para pasar, ya plenamente a la narrativa con el artículo Rusia firmado en 1991.

Un total de veintisiete artículos  conforman esta apartado donde: El telediario de las tres, Adiós a Kubala, Los niños de Belfast. Grito de Paz. El guarda de la sinagoga. Hassan II el gran seductor. Sarajevo, Sarajevo. Marrakech. El espíritu de mi pueblo. A Ernest Lluch. Qué dirán de mí cuando haya muerto 1 y 2. Aquel 10 de Febrero 40 años después. Despedidas o Cabos por atar, con el cual  el autor pone punto final al libro y que nos deja  una serie de reflexiones esbozadas  sobre la existencia y la vida del hombre, razones para seguir viviendo o replanteamientos para dar una respuesta coherente a todo aquello que nos atañe o envuelve como personas.    

Los textos antes citados conforman, entre otros,  un amplio retrospectivo y sugerente caleidoscopio que nos permite asomarnos a la pletórica narrativa de León Cohen Mesonero, un escritor que es referencia para acercarse y conocer más y mejor las tres culturas del Mediterráneo.»

PARA RECIBIR MÁS INFORMACIÓN:

Prof. Dr. León Cohen Mesonero
Catedrático de Universidad – Dpto Ingeniería Química y Tecnologías de Alimentos
Universidad de Cádiz
Avda Ramón Puyol s/n
11202 Algeciras
e-mail : leon.cohen@uca.es

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«INFANCIA» (Boyhood. Scenes from provincial life I, 1997) de J.M.COETZEE

     Sencilla, esta novela de J.M.Coetzee es un relato sosegado de su propia niñez, aunque, como en todas sus obras, cruza un aire triste, apesadumbrado y decepcionante de Sudáfrica, su país. Los afrikaners como una suerte de permanente amenaza, los nativos como seres fantasmales y desconocidos, la furiosa, callada y dura rivalidad entre católicos y protestantes. Lo más interesante, quizá, de esta novela, que juega a ser también algo de memorias de la infancia, sea la actitud que demuestra en todo momento el protagonista, impostando su catolicidad, impostando su forma de enfrentarse a la vida, siempre al límite de la mentira y del engaño, buscando seguramente la armadura de una personalidad que no es la suya y que le sirva para defenderse de la realidad, que no le gusta. Se siente diferente, pero anhela la normalidad; sin embargo, intuyo que Coetzee, el  niño que fue y que protagoniza el relato, no deseaba ser tan normal y, de alguna manera, construir ese mundo en el que se aislaba le resultaba fascinante.

    “El mayor secreto de su vida en el colegio, el secreto que no le cuenta a nadie en casa, es que se ha convertido al catolicismo, que a efectos prácticos <es> católico.

Le es difícil plantear el tema en casa porque su familia <no es> nada. Naturalmente son sudafricanos, pero incluso ser sudafricano es un poco vergonzoso y por tanto no se habla de ello, puesto que no todo el que vive en Sudáfrica es sudafricano, o al menos no un sudafricano decente.”

    Es así, se avergüenza de su condición, por eso su impostura permanente, y se avergüenza se sus progenitores, en especial de su padre, al que odia y desprecia de una manera permanente y tozuda.

 “A su padre le gusta el Partido Unido, a su padre le gusta el críquet y el rugby, y aun así, a él no le gusta su padre. No entiende esta contradicción, pero tampoco tiene interés en comprenderla. Incluso antes de conocer a su padre, es decir, antes de que su padre volviera de la guerra, había decidido que no iba a gustarle. En cierto sentido, por tanto, se trata de una aversión abstracta: no quiere tener padre, o a menos no quiere un padre que viva en la misma casa que él.

Lo que más odia de su padre son sus hábitos personales. Los odia tanto que el mero hecho de pensar en ellos le hace estremecerse de asco: lo fuerte que se suena la nariz en el baño por las mañanas, el olor acre a jabón de afeitar que deja en el lavabo, junto con un cerco de espuma y pelos. Sobre todo odia cómo huele su padre…”

J.M. COETZEE

El único personaje que realmente fascina al niño es Agnes. Ahí sí se abren sus expectativas, algunos sueños. Se nota una especial querencia, un algo de atracción que, sin embargo, se resiste a aceptar.

     “Estar con ella es distinto a estar con los amigos del colegio. Tiene algo que ver son su dulzura, con su disposición para escuchar, pero también con sus delgadas piernas bronceadas, sus pies desnudos, su manera de saltar de piedra en piedra. Él es muy listo, el primero de su clase; ella también tiene fama de lista; vagan por los alrededores hablando de cosas por las que los mayores menearían la cabeza…

(…) ¿Por qué le es tan fácil hablar con Agnes? ¿Porque es una chica? A cualquier cosa que venga de él, ella parece responder sin reservas, con dulzura y presteza. Ella es prima hermana suya, por lo tanto no pueden enamorarse ni casarse. De alguna forma, eso es un alivio: es libre de ser amigo de ella, de abrirle el corazón. Pero, ¿y si a pesar de todo está enamorado de ella? ¿Es esto el amor, esta generosidad natural, este sentimiento de ser comprendido por fin, de no tener que fingir?”

 Como toda la obra de Coetzee, esta novela destila tristeza, desengaño, pesadumbre, pero tiene una calidad abrumadora. Leer “Infancia” es transitar por una niñez extraña, lejana, llena de contradicciones y de sinsabores, es descubrir la vida de un niño que sólo sabía transformarse para eludir su mundo y evitar los problemas. Su madre es casi una presencia permanente, a la que en el fondo desdeña, y su padre, por el contrario, es el personaje que centra su ira, su desprecio y su angustia existencial. Nada tan desolador como el siguiente párrafo para resumir los sentimientos del protagonista:

 “Una mañana hay un silencio extraño. Su madre está fuera, pero algo en el aire, un olor, un ambiente, una pesadez, le dice que <ese hombre> está todavía aquí. Seguramente ya está despierto. ¿Será posible que, maravillas de las maravillas, se haya suicidado?”

 Sergio Barce, abril 2011

 Los párrafos transcritos pertenecen a la edición de la novela publicada por Mondadori en 2010, primera edición, con traducción de Juan Bonilla.

 John Maxwell Coetzee, escritor sudafricano (pero nacionalizado australiano), en sus novelas retrata a su país de origen sin sentimentalismo alguno, y ello le sirve para denunciar el appartheid y el racismo y sus nefastas consecuencias. Otras novelas suyas son Tierras de poniente (Dusklands) 1974, Vida y época de Michael K (The life and times of Michael K) 1983, La edad de hierro (Age of iron) 1990 y Elizabeth Costello, 2003. J.M.Coetzee es Premio Nobel de Literatura 2003.

 

 

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Otros libros, otros autores: A MERCED DE LA TEMPESTAD (Tempest-Tost, 1951) de ROBERTSON DAVIES

Primer volumen de la llamada “trilogía de Salterton”, “A merced de la tempestad” (Tempest-Tost, 1951) es una magnífica obra literaria. Sutil, elegante, sin descuidar un cierto tono cínico y crítico, Robertson Davies construye una historia en la que se cruzan varios personajes con la excusa del montaje de una representación teatral. Con tal premisa, sus personajes, vivos, reconocibles, perfectamente dibujados y desarrollados, van desvelando desde su lado más tierno hasta el más ridículo, sus pequeñas miserias y sus sueños inalcanzables, pero siempre tutelados por el autor, que no los deja caer en ningún momento protegiéndolos de alguna forma (aunque a alguno de ellos, usando su afilado y elegante humor, les asesta alguna leve estocada).

“-¿Qué mosca te ha picado, Griselda? –dijo Solly-. ¿Por qué te pones tan hipócrita y evasiva?

-Me estoy haciendo mujer –respondió ella- y debo tener mucho cuidado con lo que digo. Precisamente no hace ni dos días que me lo recordó mi padre. Me explicó que si decía lo que pensaba en realidad, la gente se ofendería, y que la mujer no puede arriesgarse a dar una opinión sincera por lo menos hasta los cuarenta y cinco años.”

Ambientado en la ficticia ciudad de Salterton, Davies fotografía la sociedad canadiense de la época (principios de los años cincuenta), con la misma fineza y elegancia que hiciera Edith Wharton con su mundo neoyorkino.

Robertson Davies

Probablemente sea el personaje de Hector Mackilwraith el que más afecto ha despertado en mí, quizá por su profunda ingenuidad, por la pureza del amor que siente hacia la inalcanzable Griselda, o simplemente porque también es el personaje favorito de Robertson Davies (así me lo parece al menos). Su desdicha, su mal de amores, es tan imposible como desesperada, y sus esfuerzos por cambiar la aburrida rutina de su vida se antojan como un último intento por convertir su existencia en algo decente. Y eso sólo puede despertar nuestra conmiseración.

Amaba a Griselda y creía que en ese amor no había sitio para pensar en sí mismo. Lo único que anhelaba su cuerpo era a ella…

(…) Es curioso que, durante esa horrible semana, cuando tan verdadero y profundo era su sufrimiento, hallara tiempo para lamentarse de no haber recibido una educación más literaria. Las pasiones que lo vapuleaban eran demasiado grandes para su vocabulario y no podía expresarlas con palabras, ni siquiera para sí mismo…

(…) La pena lo embotaba y lo único que podía hacer era procurar que se le viera lo menos posible… y mirar a Griselda. Verla lo aliviaba un poco, pero, cuando se fue a la parcela de abajo con Roger, él volvió a los arbustos como un animal herido, para estar solo. Fue amargo ver a Solly y a Valentine, pero sólo como puede doler un golpe en la espalda cuando se tiene un puñal clavado en el corazón.”

Me gusta cómo Davies construye la trama, simple, sin altibajos, y cómo va relacionando a los personajes que pueblan su novela, su ciudad imaginaria de Salterton. Es tan hábil que es fácil ponerles rostro a cada uno de ellos: desde Hector hasta Griselda Webster, pasando por la exasperante Nellie Forrester o el arrivista Roger Tasset, la resolutiva y moderna Valentine Rich o la madre manipuladora, hasta la asfixia, que es la señora Bridgetower. Y también El Torso, y Solly, y Cobbler, y por supuesto el señor Webster, un tipo al que uno desearía conocer por el puro placer de pasar un rato charlando con él, y la rebelde Freddy, y los Vambrance…

“-Me gusta la música que ha elegido para la obra –dijo Hector-; lo que hemos oído esta tarde era muy bonito.

-Gracias –dijo Cobbler-, aunque <bonito> no es lo que diría yo de las elegantes notas de Purcell, pero entiendo que le ha llegado al corazón.

-A pretty girl is like a melody –canturreó Roger.

-Con permiso –dijo Cobbler-. Siento contradecirlo, pero de eso nada. Una melodía, por poco buena que sea, tiene una lógica palpable, en cambio existen chicas bonitas que no tiene ni el más remoto vestigio de sentido común. ¿Sabían que el otro día vino a verme esa magnífica novilla a la que llaman El Torso (bonita donde las haya) y me dijo que tenía dotes musicales, e incluso excepcionales, porque a menudo oía melodías en la cabeza? Me propuso que la escuchara y escribiera lo que cantaba. Entonces tarareó unos fragmentos sueltos de dos o tres fruslerías de películas del año pasado. Podía hacer dos cosas: como músico, sacudirle un bofetón; como hombre, llevármela debajo de un pino y hacer con ella lo que me diera la gana.

-Por curiosidad, ¿qué fue lo que hizo? –preguntó Solly.

-La curiosidad mató al gato –sentenció Hector, un poco cohibido por el giro que había dado la conversación…”

Hay pequeñas historias dentro de la narración de una exquisitez propia de los autores con mayúsculas, como el incidente de la subasta de libros, la aparición de una caja con volúmenes cuya existencia nadie parecía conocer y la sorpresa de su desenlace. Y, en fin, una multitud de destellos narrativos deslumbrantes. Una novela que sin sobresaltos, sin crímenes, sin giros copernicanos, se desliza suavemente para hacernos saborear pura literatura narrativa.

Sergio Barce, abril 2011

Robertson Davies nació en Thomasville, Ontario, en 1913, y murió en 1995. Es considerado uno de los más importantes autores canadienses. Entre sus novelas destacan “La trilogía Salterton” (The Salterton trilogy) conformada por “A merced de la tempestad” (Tempest-Tost, 1951), “Leaven of malice” (1954) y “A mixture of frailtures” (1958), así como “La trilogía de Deptford” (The Deptford trilogy) formada por las novelas “El quinto en discordia” (Fifth business, 1970), “Mantícora” (The Manticore, 1972) y “El mundo de los prodigios” (World of wonders, 1975), o “La trilogía de Cornish”.

Los fragmentos de la novela “A merced de la tempestad” los he tomado de la edición de Libros del Asteroide, con traducción de Concha Cardeñoso.

 

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LARACHE vista por… SARA FERERES DE MORYOUSSEF

En su exquisito libro “Larache, crónica nostálgica” (Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, 1996), la escritora larachense Sara Fereres de Moryoussef, se acerca a la ciudad en la que vivió y creció con la nostalgia propia de la distancia, tanto física como temporal. Igual que a otros autores, como León Cohen, Cristina Martínez o yo mismo, ese retroceder en el tiempo y en el espacio para recuperar la memoria del Larache particular de cada uno de nosotros, conlleva, casi ineludiblemente, el barniz de la idealización. Y es que, cuando la experiencia vital está llena de dulces sabores, las palabras brotan cadenciosas pero pasionales, trémulas a veces pero emocionadas. Sara Fereres no puede evitar una declaración de amor a Larache en cada página de su libro, que es una crónica nostálgica, sí, pero una crónica palpitante también.

Molly Benarroch, Jacobi Benay, SARA FERERES y Anita Benarroch

Se detiene en la descripción del Larache en la que Sara vivió, en cada calle, en cada edificio, y lo hace sin prisas, demorándose en los recuerdos.

Fue durante la década de 1940-50 cuando la ciudad tomó gran empuje. Se construía más, pues había mucha gente nueva de la Península. Casi todas las calles transversales ya tenían vivienda. Se abrieron nuevos comercios y se instalaron más bares y restaurante. Otro cine nuevo surgió, llamado María Cristina, y la gente se expandió viviendo hasta en lugares que antes eran campos pelados.

Como a unos cuarenta metros de nuestro edificio, atravesando la calle Cervantes, se encontraba el Banco Español de Crédito. Era un hermoso edificio cuyas paredes estaban cubiertas de mármol gris, si mal no recuerdo, y que aún existe. Un poco más adelante podíamos ver la única iglesia del pueblo. Pequeño pero atractiva. Muy sencilla, sin ningún estilo, aunque acogedora en su modestia. Estaba situada al fondo de una especie de plazoleta, decorada con macizos de plantas y flores, entre unos setos divisores. No era una gran cosa, sino más bien una iglesia muy adecuada para el pequeño pueblo que era Larache.

De los dos únicos quioscos de diarios y revistas que teníamos, el de Cremades era el más completo. Allí vendían toda clase de lecturas y comiquitas para los niños: Mari-Pepa, Juan Centella, Tarzán, El Fantasma, los de Walt Disney, etc… Cromos para coleccionar y cartones para recortar y armar barcos, casas, automóviles… Ahí no se vendían <chucherías>. Esto que existe hoy en todas partes era, durante mi infancia y parte de mi juventud, casi desconocido entre nosotros. Supongo que por esos mismo apenas había un par de dentistas o tres en Larache.

(…) Dejando atrás la iglesia y Cremades nos encontrábamos en la parte comercial de la avenida. El edificio de los Gallego, separado por un pasaje de otro edificio, la Banca Gallego. Los cafés o tascas, digamos más exclusivos, estaban allí mismo en la avenida: el Café Mau y el Canaletas, con la pastelería de Orozco que los separaba.

Para ir a la calle Chinguiti, el <paseo> de la ciudad, salíamos de la Canaletas y tomábamos a la derecha para entrar al pasaje que nos conducía directamente a ella. La avenida y la calle Chinguiti eran paralelas. En estas calles se encontraban los dos cines y una serie de comercios con toda clase de artículos. También las otras dos buenas pastelerías que teníamos: La Suiza, casi frente al Teatro España, y la <del valenciano> que era también heladería en verano y se hallaba casi al final del paseo. Lo mismo que La Suiza, estaba situada frente al otro cine llamado Cine Ideal.

(…) …teníamos el Cine Ideal que era eso, ideal. Bonito, nuevo y moderno, con asientos tapizados y todo él <sha´aleando>. Allí se estrenaban buenas películas y, como es natural, no nos las perdíamos.”

CINE IDEAL en la calle Chinguiti – hoy Avda. Hassan II

Sara Fereres, como digo, hace un recorrido por todo el pueblo, dedica un capítulo al Zoco Chico, a la época de la guerra, que tanto sufrimiento trajo a gente maravillosa de Larache, condenados al ostracismo por sus ideas, y también describe la playa y el paso del río en barca, cómo no, y las fiestas, el ´Id-el-Kebir, el Purim… Una descripción fiel de la convivencia que mantuvieron las tres religiones en Larache, un ejemplo que no nos cansamos de mostrar al mundo.

Así relata la fiesta del ´Id-El-Kebir y la romería a Lal-la Mennana.

“La fiesta grande era el ´Id-El-Kebir. En Larache dedicaban ese día a honrar a una santa mujer, Lal-la Mennana que estaba enterrada justamente en el cementerio emplazado en todo el centro de la ciudad y que llevaba su nombre.

Ese era un gran día para los musulmanes. Se iniciaba en la víspera. Al día siguiente, desde el amanecer, comenzaban a reunirse los fieles en el entorno del Zoco Chico, cerca de la mezquita y de allí partía la procesión que los llevaría a través de la Avenida Generalísimo Franco hasta el cementerio, donde después de rendir honores a la santa, terminaba la romería.

El propósito era llevar ofrendas a Lal-la Mennana. Los principales entre ellos se llamaban <shrifis>, o sea jeques y precedían la caravana que componía gente llevando ofrendas. El <shrif> iba montado a caballo o mula, de preferencia blanco.

Él mismo iba vestido de blanco. .. (…) Había muchas paradas y en cada una de ellas los devotos <´issauis<, una secta de derviches, se dedicaban a bailar al son de tambores y chirimías, esas flautas morunas de sonido monótono y agudo. Los movimientos eran rítmicos pero violentos. Giraban la cabeza como si fuera un trompo y se excitaban a tal punto que perdían la noción del dolor. Los he visto cortarse, pincharse con hojas de chumberas llenas de espinos largos y agudos, golpearse con hachas la cabeza y sangrar. Hasta caminar sobre carbones encendidos y levárselos a la boca, sin que demostraran sentir dolor…

(…) Curiosamente, la hija de los cuidadores de nuestra huerta era una <´issauía>. Una vez le pregunté cómo hacía y me mostró como se <haireaba> ella al seguir ese ritmo tan enloquecedor. Me dijo que era fácil y que lo intentara. Muy imprudentemente seguí su consejo y terminé vomitando a causa del mareo.”

Y la fiesta del Purim:

“Para la fiesta del Purim todas las casas hebreas de Larache se convertían en pastelerías.

Esta fiesta es la más dedicada a los niños del pueblo judío. Es un día de regalos y golosinas. También los indigentes la disfrutaban. Fiesta alegre para visitar a los amigos y a la familia. Igual que para recibir. Día de puertas abiertas hasta el anochecer.

(…) A la entrada de cada casa se ponía sobre un mueble o mesita una bandeja llena de moneda fraccionaria, para tenerla a mano y ofrecer su óbolo a cualquiera de los tantos indigentes que se presentaban durante el día con ese propósito. Llegaban hombres, mujeres y niños. A cada quien se le daba lo que correspondía: moneda fraccionaria para niños, pesetas o <duros> para los adultos. Los pequeños de la casa ofrecían a los críos y los adultos los hacían a los mayores.”

Avenida Chinguiti – cine Ideal (otra perspectiva)

Sara dedica un hermoso capítulo a un hombre, Abd-el-Kamel, lleno de cariño, ternura y afecto (pero que no transcribo porque creo que merece la pena que lo descubra el lector de este relato). Uno de los más conmovedores de su libro, y que me recuerda mucho a mi cuento “Mina, la negra”.  Y es que, aunque de épocas distintas, las experiencias en Larache nos unen a todos, vivencias casi paralelas que saltan de un decenio a otro, pero que no dejan de estar marcados a fuego por la misma tierra, por la misma gente, por la misma sangre.

Sergio Barce, abril 2011

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SARA FERERES DE MORYOUSSEF, escritora larachense

SARA FERERES DE MORYOUSSEF

Raquel Fhina, la hija de Sara Fereres de Moryoussef, me envió unas notas sobre su madre después de que yo le pidiera algunos datos para poder escribir sobre ella, ya que hace tiempo leí su precioso libro “Larache, crónica nostálgica” (Centro de Estudios Sefardíes de Caracas, Venezuela, 1996).

Raquel me cuenta que Sara es una larachense nacida en Casablanca (Marruecos) en 1929, hija de Jacob Fereres y de Berta Amar. Sus padres y toda la familia paterna vivían en Larache pero al momento del parto, Berta, su madre, que era de Tánger, se trasladó a Casablanca para ser atendida en una clínica en lugar de recurrir a la comadrona, como era la costumbre en el pueblo durante la época del Protectorado Español.

Dada la época, su infancia en Larache obviamente transcurrió bajo los efectos indirectos de la Guerra Civil Española y de la Segunda Guerra Mundial. La buena posición económica de los Fereres y su condición de ciudadanos ingleses, gracias a un antepasado nacido en Gibraltar, ayudaron a su familia a paliar las secuelas que ambos conflictos, que se dieron seguidos, tuvieron en la economía local. No obstante, apenas obtener su certificado de estudios en la Alianza Israelita Universal, a los 14 años, la situación la llevó a trabajar con su tío Salomón Fereres en su negocio de alimentos.

Niños de la Alianza Israelita Universal de Larache

Con veintidós años, Sara se marchó sola a Casablanca, lo que era entonces la “zona francesa”. Sin embargo, a decir de Raquel, los años que su madre vivió en Larache y el jaquetía que ahí se hablaba la marcarían por siempre.

Al poco tiempo de establecerse en Casablanca se le unieron sus padres y hermanos. Su dominio del idioma inglés le facilitó el poder trabajar en la base militar norteamericana de Nouasseur como asistente del Comandante General. En 1954 se casó con su novio de la adolescencia, Saadia Moryoussef, también de Larache, y dejó ese trabajo para mudarse con su esposo, primero a Louis Gentile, cerca de Marrakech, y luego a Mogador donde Saadia gerenciaba la tienda de calzados Bata. Al año siguiente tuvieron su primera hija, que fue Raquel.

Tras declararse la independencia de Marruecos en 1956, se produjo un fallido atentado con bomba contra el negocio de su esposo, que como otros extranjeros de la zona, por algunos sectores radicales les consideraban relacionados con los colonialistas, hecho éste que les empujó a dejar el país y establecerse en Venezuela, estimulados por los tíos y las primas de Sara, Aurora y Salomón Coriat, y sus hijas Eva y Yolanda, que vivían en Caracas y gozaban de buena posición. Llegaron al puerto de la Guaira en febrero de 1957 a bordo del paquebote “Virginia de Churruca”. Más tarde, los padres de Sara y dos de sus hermanos también llegaron a Venezuela.

Fue ya en Caracas, donde tuvieron dos hijos más, Bertha y Alberto. La familia se integró lógicamente a la comunidad judía, y según cuenta Raquel, Saadia se afilió a la “Unión Israelita de Caracas”, en lugar de la “Asociación Israelita de Venezuela”, ya que el primo político de Sara, David Katz, era para entonces presidente de la institución ashkenazí.

Paralelamente al trabajo de Saadia en Benatarco, dedicado a la venta de máquinas para zapatería y costura, ambos llevaron durante muchos años una tienda de calzados en la Av. Urdaneta. El negocio cerró en 1983 y Sara se retiró para dedicarse al hogar, viajar, pintar y escribir. Saadia, su esposo, falleció en 1998.

Sara Fereres comenzó a escribir artículos de prensa que han sido publicados en Nuevo Mundo Israelita, en las revistas Maguen Escudo y Alef de Barcelona, así como en medios web como Maroc Amitie y Sefarad.

Rindió un homenaje a su terruño cuando escribió “Larache, crónica nostálgica” que publicó el Centro de Estudios Sefardíes de Caracas en 1996. Un delicioso libro, del que hablaré más detalladamente cuando le dedique un artículo a “Larache vista por Sara Fereres”, lleno de nostalgia, cariño y melancolía. Como adelanto de ese otro artículo, rescato un breve párrafo de su introducción:

A pesar de la protección del Consulado Británico, teníamos que estar siempre alerta y preparados para lo peor. Para nosotros, la situación era doblemente difícil: éramos británicos y judíos. Aún recuerdo las maletas preparadas con ropa, al pie de la cama de mis padres, por si llegaba el aviso de evacuación inmediata y por lo tanto la necesidad de abandonar el hogar precipitadamente. Era como una espada de Damocles pendiente sobre nuestras cabezas. Se podía esperar que Franco, presionado por Hitler, decidiera entregar o deportar a los habitantes de Marruecos español de las diversas nacionalidades de los países aliados. Se sabe que el rey Mohamed V, de grata memoria, fue un adalid de los judíos de Marruecos. No obstante, su brazo quizás no llegase tan lejos como para proteger también a judíos ingleses.

Durante los años de la Guerra Civil española, los secuaces de la Falange en Larache vigilaban a los judíos por una razón u otra. Podía ser porque entre ellos había muchos masones o por la simpatía que profesaba la mayoría de ellos hacia la República. Al estallar la Segunda Guerra Mundial, la vista de estos esbirros cayó sobre los varones de mi familia. A papá lo tenían vigilado todo el tiempo, aunque nunca hallaron prueba de nada para atraparle. Pero mi tío Salomón, con quien yo trabajaba, fue arrestado y estuvo confinado en su casa durante un año…”

El libro también incluye un curioso glosario, casi diccionario, de jaquetía. Dice Raquel que la pasión por la jaquetía ha llevado a Sara a escribir cuentos y participar en tertulias públicas. Se puede leer en este glosario:

“Empleo del habla jaquetiesca.  Ejemplo Primero:

Oyeme, mi ueno, dile a Ya´acobito, que las turmas, me disheron ¡que stan cáaaras! Ua n´importa, que merque ukuán unos dos kilos, pa´l sabaló de noche – sabbad.

Ejemplo Segundo:

Esa negra toda de Mazaltica, no fregó la olla de la adafina, ni mondó la jodra, ni escamondó los garbanzos pa´l leshiado. ¡Waaa… se la caiga el mazzal y no se la levante…! ¿Qué voy a hazer con ella…? ¡No la quede amo lo tuerta que es…!”

Sara Fereres ha publicado también dos libros basados en sus investigaciones bibliográficas: “Akenatón y Moisés” (1999), que  escudriña los paralelismos históricos y culturales de ambas figuras, y recientemente “El Cristianismo de Jesucristo”, resultado de 20 años de reflexiones e indagaciones sobre la vida de ese personaje en el contexto de la vida judía de su época. Tiene aun sin publicar “Las profecías de Ezequiel desveladas”.

A la fecha Sara es abuela de siete nietos y una bisnieta, y continúa viviendo en su Pent House de la  esquina Canónigos, en Caracas.

 

Raquel Fhina de Moryoussef & Sergio Barce, abril 2011

 

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