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“PATRIMONIO. Una historia verdadera” (Patrimony. A true story, 1991) de PHILIP ROTH

Mis autores de cabecera: Garriga Vela, Mohamed Chukri, Paul Bowles, Richard Ford, Paul Auster, Mario Benedetti, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Emmanuel Carrére, J.M.Coetzee, Philip Roth (a veces)… Y un montón de libros más de otros escritores, claro. No había leído aún Patrimonio. Una historia verdadera (Patrimony. A true story) de Roth, quizá porque el último título que había leído de él me había defraudado y temía otro revés. No ha sido el caso. Además, este libro ha removido algún episodio doloroso vivido con mi madre, así que me ha tocado de lleno.

Patrimonio - portada Esta novela autobiográfica de Philip Roth (que he leído en la cuidada traducción del escritor tangerino Ramón Buenaventura), es tan descarnada como envolvente. Escrita en primera persona, narra la dura relación que mantiene con su padre, al que se le diagnostica un tumor cerebral, y detalla todo ese proceso de degradación física que conlleva inevitablemente la vejez y sobre todo esta maldita enfermedad. Hay capítulos realmente duros en la descripción de esa decadencia que sufre todo hombre llegada cierta edad, con los achaques propios y ajenos, con los naturales y los causados por las enfermedades que parecen ansiosas por atacar durante el crepúsculo de nuestros días. Es una especie de larga letanía, una agónica representación del final de la vida. Y a esto se añade el hecho de que, quien padece estos males, es el padre del propio escritor-narrador. Doble padecimiento. Parece ser que a Philip Roth se le criticó en su momento que mostrara tan a la luz todo ese padecimiento, y lo que él, como hijo , experimentó durante ese proceso hasta la muerte de Herman, su padre. Sin embargo, a mí me parece que fue de una valentía admirable. Noto en sus frases el amor por su progenitor, su admiración ante su forma de encarar la vida –aunque no estuviera de acuerdo con él-, su sufrimiento al contemplar la decadencia que se muestra día a día, su desmoronamiento. Hay mucha angustia en las palabras de Philip Roth, y también rabia.

PHILIP ROTH

PHILIP ROTH

Confieso que, cuando en el libro nos desvela cuál es el patrimonio que realmente recibe de su padre, me causa una desazón difícilmente explicable, pero también confieso que es la certificación de una realidad que Philip Roth no duda de arrostrar con sinceridad. Hacía tiempo que un libro no me provocaba tantos sentimientos encontrados, y, a la vez, pese a su visceralidad, o tal vez también por ello, me he reencontrado con la mejor narrativa de Roth. Nadie como él para describir el padecimiento de una enfermedad, la angustia vital; en definitiva, nadie como Philip Roth para enfrentarnos bajo la desnuda luz cenital a nuestra propia imagen (o la de nuestros seres queridos) reflejada sin defensa alguna en el espejo, en el que al fin sólo descubrimos nuestras miserias humanas.

Sergio Barce, abril 2015

“… -Toma –le dije. Luego le tendí el jabón y el manguito y me acomodé en la taza del váter, con la tapa bajada, mientras él se frotaba la espalda con suavidad. Cuando hubo terminado, se agarró ambas nalgas con las manos y se las separó.

-Me ha dicho el médico que haga esto –dijo.

-Pues muy bien –le contesté-. Es una buena idea. Tómate el tiempo que te haga falta.

En 1956, cuando tenía exactamente la edad que yo tengo ahora, Metropolitan Life puso bajo su responsabilidad una sucursal con cuarenta agentes, ayudantes y corredores y doce administrativos en plantilla. Como jefe, mi padre imponía a sus empleados el mismo ritmo incansable que de su propia persona exigía, y el traslado al distrito de Maple Shade significaba su tercer ascenso desde que en 1948, en Newark, había dejado de ser ayudante. La consecuencia de estos ascensos era que lo hacían responsable de una sucursal más importante, donde podía mejorar sus ingresos, pero que se hallaba en peor situación y que facturaba menos que la sucursal anterior, que él ya había redimido de sus dificultades, con mano de hierro, hasta situarla entre las más productivas de la zona. Para él, los ascensos venían a ser una especie de degradación. Lo suyo era pasarse la vida superando las cuestas más empinadas.

Mirándolo ahí, mientras el agua caliente aportaba alivio a las fisuras rectales que, según acababa de decirme, le provocaban aquellas pérdidas de sangre, me puse a pensar que la Compañía de Seguros Metropolitan Life nunca llegó a saber de veras lo que tenían con Herman Roth. Le habían concedido, a guisa de recompensa, una pensión decente, hacía ya veintitrés años, cuando le llegó la edad del retiro, y durante su vida laboral le fueron entregando diversas placas y pergaminos e insignias que levantaban acta de sus logros. Tenía que haber, por supuesto, decenas de directivos que trabajaran tan duro como él, y con no menos éxito; pero entre los mil directores de sucursal diseminados por todo el país era sencillamente imposible que ningún otro se hubiera –utilicemos sus propias palabras- <cagado> de miedo en los pantalones al enterarse de que unos ladrones habían aprovechado la noche para meterse en su sucursal. Aquello era de una lealtad como para que la compañía hubiese beatificado a Herman Roth, igual que hace la Iglesia con los mártires que en su nombre padecen.

Y yo, su hijo, ¿acaso había sido objeto de una devoción menos primitiva y esclava? Una devoción no siempre de la mejor índole –una devoción de la que ya estaba deseando desembarazarme allá por los dieciséis años, cuando empecé a darme cuenta de que me echaba a perder-, pero a la cual, ahora, me produce cierta satisfacción poder corresponder, aquí, sentado en la tapa del váter, mirándolo agitar las piernas arriba y abajo, como un bebé en su cochecito.

Patrimonio de Roth - portada SBarral Podría aducirse que no es gran cosa, en un hijo, proteger con ternura a su padre cuando ya éste ha perdido todo su poder y está casi destruido. A ello sólo podría aducir que ya sentía el mismo impulso de proteger su vulnerabilidad (como emotivo padre de familia, vulnerable a la fricción familiar; como sostén de la familia, vulnerable a la inseguridad económica; como hijo, toscamente labrado, de inmigrantes, vulnerable a los prejuicios sociales) cuando aún vivía en casa y él poseía una salud poderosa y me volvía loco con esos consejos inútiles y esas restricciones carentes de sentido y esos razonamientos suyos que me llevaban, en la soledad de mi cuarto, a darme manotazos en la frente, aullando de desesperación. Ésa era exactamente la discrepancia que había convertido el hecho de repudiar su autoridad en un conflicto agobiante, tan cargado de pena como de desprecio. Mi padre no era un padre cualquiera, era el padre, con todo lo detestable y todo lo digno de amar que hay siempre en un padre.

Al día siguiente, cuando llamó Lil desde Elizabeth, interesándose por él, lo oí decirle:

-Philip es como una madre para mí.

Me sorprendió. Lo lógico habría sido que dijera <como un padre>, pero su descripción, era, de hecho, más atinada que mis vulgares expectativas y, al mismo tiempo, mucho más flagrante y descarada en su desinhibida franqueza, tan envidiable. Sí, siempre me estaba enseñando algo…”

Frangmento de Patrimonio. Una historia verdadera (Patrimony. A true story) publicada por DeBolsillo, segunda edición, septiembre 2008, con traducción de Ramón Buenaventura.

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“AQUÍ Y AHORA. CARTAS 2008-2011” (HERE AND NOW) DE PAUL AUSTER Y J.M.COETZEE

Paul Auster y John M. Coetzee, dos de los autores de los que más referencias y comentarios he efectuado en mi blog, y dos autores que sigo con cada obra que publican. Y este libro AQUÍ Y AHORA. Cartas 2008-2011 (Here and now) los reúne en la correspondencia que mantuvieron entre los años 2008 y 2011.

aqui y ahora portada

Confieso que al comenzar a leerlo pensé: esto tiene toda la pinta de ser algo tedioso. Luego, las cartas que se van cruzando comenzaron a resultarme atractivas, poco después interesantes y, cuando terminé de leer el libro, lamenté que acabara. Esto sólo significa que, al final, esta curiosa publicación es todo un acierto.

Paul Auster y John M. Coetzee hablan de una manera distendida y amena de cuestiones generales y particulares, de problemas sociales y personales. Escriben de sus libros, de sus publicaciones, y de cine, de literatura, del tiempo que pasa y no vuelve, de sus sueños cumplido e incumplidos, de política…

El humor, casi en su totalidad, se halla en las cartas de Paul Auster. Coetzee, como en sus novelas, se muestra más reservado, serio y circunspecto, pero las suyas son de una gran calidad literaria. Hay asuntos aparentemente banales, pero que en manos de estos autores se tornan en singulares.

Como botón de muestra reproduzco un asunto bastante divertido y curioso relacionado con el azar y el cine, y que cuenta Auster en una de sus cartas:

14 de diciembre de 2008:

Querido John:

(…) …Tu referencia al festival de cine me ha recordado una curiosa historia que quisiera contarte. Se remonta a 1997, cuando fui miembro del jurado en Cannes. Resultó ser el quincuagésimo aniversario del festival, y los organizadores decidieron congregar al mayor número posible de anteriores ganadores de premios para que posaran en una gran fotografía de grupo. Por la razón que fuese, se pidió a los miembros del jurado que también participasen; y así fue como acabé en aquella foto de más de un centenar de personas.

Estoy mirándola en este momento, y entre los directores que reconozco se encuentran Antonioni, Almodóvar, Wajda, John Boorman, David Lynch, Tim Burton, Jane Campion, Altman, Wenders, Polanski, Coppola, los hermanos Coen, Mike Leigh, Bertolucci y Scorsese. Los actores incluyen a Gina Lollobrigida (¡), Lauren Bacall, Johnny Depp, Vittorio Gassman, Claudia Cardinale, Liv Ullman, Charlotte Rampling, Bibi Anderson, Vanessa Redgrave, Irène Jacob, Helen Mirren, Jeanne Moreau y Anjelica Huston.

Antes de ocupar nuestros respectivos lugares para la foto, hubo un cóctel que duró alrededor de una hora. Creo que nunca he estado en una habitación más cargada de electricidad humana. Parecía como si cada uno de los presentes quisiera conocer a todos los demás y hablar con ellos, que la emoción generada por un encuentro así hubiera convertido a aquellas estrellas y leyendas en una masa de colegiales hiperactivos.

Me presentaron a una serie de personas, mantuve breves conversaciones con algunas de ellas, y entonces, en la tumultuosa vorágine me encontré estrechando la mano de Sigue leyendo

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Otros libros, otros autores: VERANO (Summertime. Scenes for provincial life III) de J.M. COETZEE

Otro interesante y estupendo libro de Coetzee, definitivamente uno de los grandes autores de la actualidad, imprescindible.

En el libro, escrito a modo de reportaje periodístico, varios personajes recuerdan la vida de un escritor recientemente fallecido llamado John Coetzee. Como siempre, los temas que le obsesionan pueblan las páginas de la novela: la muerte, el amor, Sudáfrica, el apartheid, la intolerancia, el racismo…

<Fragmento sin fecha:

Es una tarde de sábado en invierno, tiempo ritual para el partido de rugby. Él y su padre toman un tren para presenciar el partido previo a las 2.15. Al partido previo seguirá el partido principal a las cuatro. Cuando finalice, tomarán el tren de regreso a casa.

Va con su padre a Newlands porque los deportes, el rugby en invierno y el críquet en verano, es el vínculo más fuerte que sobrevive entre ellos y porque, el primer sábado tras su regreso al país, cuando vio que su padre se ponía el abrigo y, sin decir palabra, se marchaba a Newlands como un niño solitario, sintió una puñalada en el corazón.

Su padre no tiene amigos. Tampoco los tiene él, aunque por una razón distinta. Cuando era más joven los tenía, pero esos viejos amigos se han dispersado por todo el mundo, y él parece haber perdido la habilidad, o tal vez la voluntad, de trabar nuevas amistades. Así pues, vuelve a tener a su padre por toda compañía y su padre le tiene a él.

A su regreso, le sorprendió descubrir que su padre no conocía a nadie. Siempre había considerado a su padre un hombre sociable, pero o bien se equivocaba o bien su padre ha cambiado. O tal vez se trata simplemente de una de esas cosas que les suceden a los hombres cuando envejecen: se retiran dentro de sí mismos. Los sábados las graderías de Newlands están llenas de ellos, hombre solitarios con impermeables de gabardina grises en el crepúsculo de su vida, reservados, como si su soledad fuese una enfermedad vergonzosa.>

J.M.Coetzee

No es un retrato demasiado halagüeño el que hace Coetzee de su trasunto o de su otro yo. Pero el hecho es que cuantos relatan la historia, como si se le contemplara desde la distancia por varias de las personas que pasaron por su vida, ofrecen una visión caleidoscópica del personaje, pero en general desilusionante por una u otra razón.

 (…)

<Pero seré paciente. Esperaré a ver qué es lo que me envía. Tal vez, ¿quién sabe?, se tomará en serio lo que le he contado. Además, permítame confesarle que siento curiosidad por lo que le han contado las demás mujeres que hubo en la vida de ese hombre, si también a ellas les pareció que aquel amante suyo estaba hecho de madera. Porque, ¿sabe?, creo que ese es el título que debería poner a su libro: El hombre de madera.>

No sé si Coetzee se burla de sí mismo, pero si lo hace, si ese escritor fallecido es un reflejo del propio Coetzee, lo crucifica sin miramientos y con ningún humor. Digamos que hace un exorcismo, y expulsa de su interior posiblemente todo lo que estorba, todo lo que le persigue, quizá todo lo que le avergüenza. Pero si ese escritor protagonista no es su trasunto, si sólo es un invento de su fabulación, lo cierto es que ha construido un retrato tan completo como creíble, tan complejo como humano. 

Sergio Barce, julio 2012

John Maxwell Coetzee, escritor sudafricano, pero nacionalizado australiano. Otras novelas suyas son <Tierras de poniente> (Dusklands) 1974, <Vida y época de Michael K> (The life and times of Michael K) 1983, <La edad de hierro> (Age of iron) 1990 y <Elizabeth Costello>, 2003. J.M.Coetzee es Premio Nobel de Literatura 2003.

Los párrafos transcritos pertenecen a la edición de la novela publicada por Debolsillo en 2011, segunda edición, con traducción de Jordi Fibla.

Karoo – Sudáfrica

 

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“ESPERANDO A LOS BÁRBAROS” (Waiting for the barbarians, 1980) de J.M.COETZEE

John Maxwell Coetzee es uno de mis autores favoritos, y “Esperando a los bárbaros” (Waiting for the barbarians,1980) probablemente una de sus mejores novelas.

 “El sueño ya no es un baño curativo, la recuperación de las fuerzas vitales, sino la nada, un encuentro nocturno con la destrucción. Creo que habitar esta vivienda se ha vuelto en mi contra; y no solo eso. Si viviera en el palacete del magistrado, en la calle más tranquila del pueblo, celebrando audiencias los lunes y los jueves, cazando todas las mañanas, llenando las veladas con los clásicos, cerrando los oídos a las actividades de este policía advenedizo, si me decidiera a sobrellevar las épocas malas, guardándome las opiniones para mí mismo, quizá dejara de sentirme como un hombre que, arrastrado por la corriente, deja de luchar, deja de nadar y vuelve la mirada hacia el mar abierto y la muerte. Pero es el reconocimiento de lo aleatorio de mi malestar, de su dependencia de un niño que un día gimotea bajo mi ventana y al otro está muerto, lo que despierta en mí la vergüenza más profunda, la indiferencia más grande ante la destrucción. En cierto modo, sé demasiado; y una vez que uno se ve infectado de este saber no parece haber recuperación posible. Nunca debí haber cogido el farol para ver lo que estaba pasando en la barraca junto al granero. Por otro lado, no me era posible dejar el farol después de haberlo cogido. El nudo se enreda en sí mismo; no puedo deshacerlo.”

J.M.COETZEE

Esta obra, que funciona como una gran metáfora, está situada en ninguna parte y es intemporal, pero, a la vez, es el reflejo del país natal de Coetzee, de Sudáfrica, y del mundo creado por el “apartheid” y la supremacía blanca; pero también puede ser cualquier otro país, porque su historia ha ocurrido, ocurre aún y seguirá ocurriendo, desgraciadamente, en muchos lugares del planeta.

Cuenta la historia de un magistrado, mayor y cansado, destinado en un pueblo fronterizo del Imperio que, sobrecogido por los acontecimientos, comprueba cómo ese pequeño mundo, en el que los habitantes del pueblo y los bárbaros (es decir, los nativos originarios de la zona) llevan conviviendo pacíficamente durante años, se derrumba incomprensiblemente. El Imperio, el poder, el Estado, comienza a actuar acusando a los bárbaros de querer atacarles, de querer quebrantar las fronteras del Imperio, algo que el protagonista de la novela, el magistrado, sabe perfectamente que es falso. Movido por los sentimientos que ha despertado en él una de las bárbaras prisioneras, a la que llevará hasta reencontrarse con su pueblo, el magistrado, a ojos de los militares, se convertirá de pronto en un enemigo, en un colaborador de los “rebeldes salvajes”, en un traidor a la patria. Los acontecimientos, sin embargo, darán la razón al magistrado, que representa la cordura, la sensatez, la razón, frente a los militares enviados por el Imperio, reflejo de la intolerancia, la intransigencia, la xenofobia y los oscuros intereses políticos y económicos que manejan este desquiciado mundo.

Y dentro de toda esta siniestra historia, hay lugar para el amor, para las relaciones casi furtivas del magistrado con las mujeres del pueblo y con una de las bárbaras, y utilizando la primera persona, este personaje no sólo nos cuenta lo que ocurre en el pueblo y el desastre que se vecina por la irracionalidad de los militares enviados hasta allí por el Imperio, sino que nos relatará igualmente sus frustraciones y sus deseos, y el melancólico sentimiento de que los años comienzan a vencerle; un sentimiento que tizna cuanto hace y que nos descubre a un hombre, siempre a punto de derrumbarse, pero que sabrá enfrentarse a lo que más detesta.

 “Y no solo eso; hubo momentos perturbadores en los que, en medio del acto sexual, notaba que me extraviaba como un narrador que pierde el hilo de su historia. Con un estremecimiento pensaba en las figuras grotescas de esos hombres viejos y obesos cuyos corazones gastados dejan de latir, muriendo en los brazos de sus amantes con una disculpa en los labios, y a los que hay que sacar y abandonar en un oscuro callejón para salvar la reputación del establecimiento. Incluso el clímax del acto se volvió remoto, débil, algo extraño. Algunas veces lo interrumpía, otras continuaba mecánicamente hasta el final. Durante semanas y meses mantuve el celibato. La calidez y la belleza de los cuerpos femeninos seguían sugiriéndome el antiguo placer, pero algo nuevo me desconcertaba. ¿Era penetrar y poseer a esas bellas criaturas lo que realmente quería? El deseo parecía acarrear consigo una sensación mágica de distancia y separación que era inútil negar. Tampoco comprendía siempre por qué una parte de mi cuerpo, con sus anhelos irracionales y falsas promesas, tenía que ocupar un lugar preferente sobre las otras para canalizar mi deseo. A veces mi sexo me parecía un ser completamente diferente, un animal estúpido viviendo en mí como un parásito, creciendo y menguando según apetitos propios, anclado en mi carne con garfios que no podía retirar. <¿Por qué tengo que llevarte de una mujer a otra? –me preguntaba-. ¿Solo porque naciste sin piernas? ¿Acaso no te daría lo mismo estar enraizado en un gato o un perro en vez de en mí?>”.

Es fácil identificar esta historia con lo acaecido en América entre los conquistadores europeos y los nativos, lo que pasó en el viejo Oeste entre los colonos y los indios, e igual que en la vieja Rusia y los territorios ocupados, los países colonialistas y los países colonizados o con USA y los vietnamitas. Coetzee, es cierto, nos habla de Sudáfrica, de esa decisión tomada por el poder para aplastar sin reservas a los antiguos habitantes del país, los auténticos dueños del país. Pero ya digo que es trasladable a tantos momentos de la Historia que por esa razón impresiona aún más la crudeza de lo narrado, una verdad aplastante: los intereses del poder manipulan a sus ciudadanos para crear una falsa sensación de peligro con la que excusar la actuación militar y la ocupación de territorios en los que se presuma algún potencial económico, y da igual el precio a pagar en vidas humanas.

 

“Así que el grupo se pone en marcha, y dos días después regresa con los cadáveres encorvados y duros como el hielo en una carreta. Sigo encontrando raro que los hombres deserten a cientos de kilómetros de sus casas y a un día de marcha de la comida y el calor, pero no pienso más en ello. De pie ante la fosa del cementerio cubierto de hielo, mientras se rezan las últimas oraciones y los compañeros más afortunados de los difuntos asisten con la cabeza descubierta, me repito a mí mismo que al insistir en un final apropiado para sus huesos estoy tratando de mostrar a estos jóvenes que la muerte no es aniquilación, que sobrevivimos en el recuerdo de los que conocimos. Pero, ¿he organizado esta ceremonia realmente solo para ellos? ¿Acaso  no estoy confortándome también a mí mismo? Me ofrezco a asumir la penosa tarea de escribir a los padres para informarles de sus respectivas desgracias.

-A un hombre mayor le resulta más fácil –digo.”

El magistrado, un personaje maravillosamente construido, abre los ojos del lector a ese mundo, a la realidad de la política mezquina y del inmoral racismo. La aventura que ese hombre vive ya en los años de su vejez, enfrentándose a la testaruda actitud de los militares por exterminar a los bárbaros, le convierte en un ser digno e íntegro, pero, sin embargo, J.M.Coetzee es tan hábil con su pluma que sabe no sólo obligarnos a posicionarnos sino a dejarnos un sabor amargo en la boca, porque esta extraordinaria historia demuestra que el mundo funciona como funciona, a golpe de intereses, de mentiras y de manipulaciones, de poder y de fuerza, y que los más débiles, los bárbaros, los pueblos originarios de tantos lugares, nada pueden contra esa fuerza imparable que lo arrolla todo. Y, además, la tortura, el infligir la mayor humillación posible, algo que Coetzee no ceja en denunciar no sólo en esta novela, preguntándose, igual que su protagonista, cómo es posible que el ser humano trate de esa manera a un semejante sin que eso le haga perder su condición de hombre, de persona con deseos y apetencias, con sueños y con una vida rutinaria. Algo que le resulta absolutamente incomprensible.

 “Luego empieza la paliza. Los soldados utilizan las gruesas varas de caña verde, abatiéndolas con el mismo sonido opaco de paletas de lavar, hasta levantar ronchas rojas en la espalda y las nalgas de los prisioneros. Despacio y con cuidado, los prisioneros estiran las piernas hasta quedar tendidos sobre el vientre, todos excepto el que se quejaba y que ahora se estremece con cada golpe.

El carbón negro y el polvo ocre empiezan a correr con el sudor y la sangre. Por lo que veo, el juego consiste en golpearles hasta dejarles la espalda completamente limpia.

(…)

Los soldados que les propinan la paliza se cansan. Uno jadea con las manos en las caderas al tiempo que sonríe y hace gestos y ademanes a la multitud. El coronel les da una orden: los cuatro interrumpen su tarea y avanzan ofreciendo sus varas a los espectadores.

Una joven, con una risilla tonta y tapándose la cara, se adelanta empujada por sus amigos.

-¡Venga, no tengas miedo! –la animan. Un soldado le pone una vara en la mano y la conduce hasta el círculo. Está desconcertada, turbada, todavía se tapa la cara con una mano. Le profieren gritos, bromas, consejos obscenos. Ella levanta la vara y la abate de repente sobre las nalgas del prisionero, la suelta y corre hacia lugar seguro entre un fragor de aplausos.

Todos se pelean por la varas, los soldados apenas pueden mantener el orden, pierdo de vista a los prisioneros que están en el suelo a medida que la multitud se atropella para coger su turno o tan solo para presenciar la paliza desde más cerca…”

 “Esperando a los bárbaros” es una novela maravillosa, que no se puede dejar de leer una vez comenzada, una obra dura, sin concesiones, muy humana, pero también muy desalentadora.

 “En todos nosotros, en lo más recóndito, parece haber algo granítico e incorregible. Nadie cree realmente, pese a la histeria de las calles, que estén a punto de destruir el mundo de tranquilas certezas en que hemos nacido.”

  Sergio Barce, agosto 2011

 

J.M.COETZEE recibiendo el Nobel de Literatura

John Maxwell Coetzee, escritor sudafricano (pero nacionalizado australiano), en sus novelas retrata a su país de origen sin sentimentalismo alguno, y ello le sirve para denunciar el appartheid y el racismo y sus nefastas consecuencias. Otras novelas suyas son Tierras de poniente (Dusklands) 1974, Vida y época de Michael K (The life and times of Michael K) 1983, La edad de hierro (Age of iron) 1990 y Elizabeth Costello, 2003. J.M.Coetzee es Premio Nobel de Literatura 2003.   

 Los párrafos transcritos pertenecen a la edición de la novela publicada por Mondadori en 2004, primera edición, con traducción de Concha Manella y Luis Martínez Victorio.

 

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“INFANCIA” (Boyhood. Scenes from provincial life I, 1997) de J.M.COETZEE

     Sencilla, esta novela de J.M.Coetzee es un relato sosegado de su propia niñez, aunque, como en todas sus obras, cruza un aire triste, apesadumbrado y decepcionante de Sudáfrica, su país. Los afrikaners como una suerte de permanente amenaza, los nativos como seres fantasmales y desconocidos, la furiosa, callada y dura rivalidad entre católicos y protestantes. Lo más interesante, quizá, de esta novela, que juega a ser también algo de memorias de la infancia, sea la actitud que demuestra en todo momento el protagonista, impostando su catolicidad, impostando su forma de enfrentarse a la vida, siempre al límite de la mentira y del engaño, buscando seguramente la armadura de una personalidad que no es la suya y que le sirva para defenderse de la realidad, que no le gusta. Se siente diferente, pero anhela la normalidad; sin embargo, intuyo que Coetzee, el  niño que fue y que protagoniza el relato, no deseaba ser tan normal y, de alguna manera, construir ese mundo en el que se aislaba le resultaba fascinante.

    “El mayor secreto de su vida en el colegio, el secreto que no le cuenta a nadie en casa, es que se ha convertido al catolicismo, que a efectos prácticos <es> católico.

Le es difícil plantear el tema en casa porque su familia <no es> nada. Naturalmente son sudafricanos, pero incluso ser sudafricano es un poco vergonzoso y por tanto no se habla de ello, puesto que no todo el que vive en Sudáfrica es sudafricano, o al menos no un sudafricano decente.”

    Es así, se avergüenza de su condición, por eso su impostura permanente, y se avergüenza se sus progenitores, en especial de su padre, al que odia y desprecia de una manera permanente y tozuda.

 “A su padre le gusta el Partido Unido, a su padre le gusta el críquet y el rugby, y aun así, a él no le gusta su padre. No entiende esta contradicción, pero tampoco tiene interés en comprenderla. Incluso antes de conocer a su padre, es decir, antes de que su padre volviera de la guerra, había decidido que no iba a gustarle. En cierto sentido, por tanto, se trata de una aversión abstracta: no quiere tener padre, o a menos no quiere un padre que viva en la misma casa que él.

Lo que más odia de su padre son sus hábitos personales. Los odia tanto que el mero hecho de pensar en ellos le hace estremecerse de asco: lo fuerte que se suena la nariz en el baño por las mañanas, el olor acre a jabón de afeitar que deja en el lavabo, junto con un cerco de espuma y pelos. Sobre todo odia cómo huele su padre…”

J.M. COETZEE

El único personaje que realmente fascina al niño es Agnes. Ahí sí se abren sus expectativas, algunos sueños. Se nota una especial querencia, un algo de atracción que, sin embargo, se resiste a aceptar.

     “Estar con ella es distinto a estar con los amigos del colegio. Tiene algo que ver son su dulzura, con su disposición para escuchar, pero también con sus delgadas piernas bronceadas, sus pies desnudos, su manera de saltar de piedra en piedra. Él es muy listo, el primero de su clase; ella también tiene fama de lista; vagan por los alrededores hablando de cosas por las que los mayores menearían la cabeza…

(…) ¿Por qué le es tan fácil hablar con Agnes? ¿Porque es una chica? A cualquier cosa que venga de él, ella parece responder sin reservas, con dulzura y presteza. Ella es prima hermana suya, por lo tanto no pueden enamorarse ni casarse. De alguna forma, eso es un alivio: es libre de ser amigo de ella, de abrirle el corazón. Pero, ¿y si a pesar de todo está enamorado de ella? ¿Es esto el amor, esta generosidad natural, este sentimiento de ser comprendido por fin, de no tener que fingir?”

 Como toda la obra de Coetzee, esta novela destila tristeza, desengaño, pesadumbre, pero tiene una calidad abrumadora. Leer “Infancia” es transitar por una niñez extraña, lejana, llena de contradicciones y de sinsabores, es descubrir la vida de un niño que sólo sabía transformarse para eludir su mundo y evitar los problemas. Su madre es casi una presencia permanente, a la que en el fondo desdeña, y su padre, por el contrario, es el personaje que centra su ira, su desprecio y su angustia existencial. Nada tan desolador como el siguiente párrafo para resumir los sentimientos del protagonista:

 “Una mañana hay un silencio extraño. Su madre está fuera, pero algo en el aire, un olor, un ambiente, una pesadez, le dice que <ese hombre> está todavía aquí. Seguramente ya está despierto. ¿Será posible que, maravillas de las maravillas, se haya suicidado?”

 Sergio Barce, abril 2011

 Los párrafos transcritos pertenecen a la edición de la novela publicada por Mondadori en 2010, primera edición, con traducción de Juan Bonilla.

 John Maxwell Coetzee, escritor sudafricano (pero nacionalizado australiano), en sus novelas retrata a su país de origen sin sentimentalismo alguno, y ello le sirve para denunciar el appartheid y el racismo y sus nefastas consecuencias. Otras novelas suyas son Tierras de poniente (Dusklands) 1974, Vida y época de Michael K (The life and times of Michael K) 1983, La edad de hierro (Age of iron) 1990 y Elizabeth Costello, 2003. J.M.Coetzee es Premio Nobel de Literatura 2003.

 

 

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