
En la búsqueda de esta foto, que adjunto, aparecieron otras, de gratísima memoria, que me fueron trasladando a vivencias pasadas, “larachensemente”, todas de entrañables recuerdos.
Fue tomada el 11 de Enero de 1955. Destaca la alta chimenea, con un lateral de relieves. En vertical, estaba el emblema de la empresa, las letras “A, D y A”,y, debajo, un año, “19??”, que no se distingue, ni recuerdo.
Socios mayoritarios de la empresa eran los “Crespo Manzanares”, de Barbate, y los “Domeq”, de Jerez de la Frontera. El nombre comercial, como fábrica de conservas de pescado, era “Almadrabas del Atlántico, S.A.” y también empleaba el de “Comercio Marroquí, S.A.”. Estaba ubicada en la zona portuaria.
La caseta redonda, de tres franjas, que se ve sobre tres pilares de hormigón, creo que era un recinto de aparatos y, por su elevación, era el “veedor”, para cuando fallaba la emisora de radio, atisbar desde ella a los pesqueros llegando al puerto. El fin era que los camiones, marca Ebro y de cabina roja, fueran puntuales a la arribada, estando junto a las grúas al tiempo de la descarga de los atunes. En la zona de la foto, “la chanca”, los expertos, a medida que iban llegando, cuarteaban los atunes, para, inmediatamente, llevarlos todos a los distintos espacios de fabricación. Eran profesionales.
En la foto, empezando por la izquierda, de pie, aparecen: Antonio Beato Pedro, mecánico, chófer, todo un “manitas”. Solía reparar el Citroën “pato”, que conducía para el administrador de la factoría, D. Salvador Gómez Machado. Los problemas técnicos, que surgieran en las máquinas de la fábrica, contaban siempre con su intervención o consejo. Domingo Vázquez Gil, servía para todo y trabajaba en el Almacén, del que se abastecían todos los estamentos de la fábrica. El jefe, o responsable de aquello, alto, y delgado, se apellidaba Cabal.
La oficina del Almacén era calurosa en verano, y bastante fría en invierno, de lo que Cabal solía quejarse a menudo. Para el frío, disponían de un modesto brasero que, por funcionar aprovechando las maderas de los palés, es por lo que D. Salvador no quería comprar una estufa eléctrica. Para apoyar esta idea, un día de bastante frío, sabiendo que venía el administrador, Cabal puso una bombilla fundida en el brasero, hasta que el vidrio encogió, y se pegó al soporte de los filamentos. No tardó en enfriarse el casquillo, y con cuidado, la puso en el portalámparas. Cuando D. Salvador llegó, dijo que no se veía, y que le dieran a la luz, ¡pero no se encendió!, subió la vista, y se quedó perplejo viendo el aspecto de la bombilla. Fue en ese momento cuando Cabal, muy serio, le dijo: ¡Del frío que hace, fíjese D. Salvador, cómo se ha quedado la bombilla! Sonrió el jerezano, Sr. Gómez Machado, y no dijo nada. Sin embargo, tal agudeza de ingenio, sirvió para que le compraran la dichosa estufa.
Rafael Andrés Rus, era el Cajero de la fábrica. Si los cobros eran importantes, la mayor tarea se la llevaban los pagos, por la proliferación de operaciones en fechas de captura. Los equipos en funcionamiento requerían diligencia, para que la cadena de producción no fallase en ningún momento. Las máquinas, las almadrabas y sus almadraberos, los vehículos, y sobre todo los barcos, estaban a pleno trabajo en temporada. Recuerdo que “Tres Cepas”, “Puntales”, “Barbate”, y “Cambio”, eran las voces que insistentemente repetía su hermano, Saturnino Andrés Rus, desde la emisora de radio, cuando trataba de contactar con los patrones de los barcos, o con la factoría de Barbate. Saturnino era el que gobernaba la oficina, a las órdenes del administrador.
“Pepito” era el guarda y vigilante a la entrada a la fábrica. Había prestado su conformidad a tal apelativo, para simplificar sus comunicaciones. Su nombre real creo que era Abdsselam. Era consciente de sus limitaciones, tenía imagen de buen servidor, atento, educado, y, sobre todo, de reconocida honradez.
El último de pie, soy yo. Tenía quince años cumplidos, y era el “niño de la oficina”. Aquella tarde nos insistieron en “ir bien vestidos y con corbata”, porque había “foto”. La había pedido Personal, de Jerez.
Roque Vázquez Gil, agachado, tenía el “don de gentes” de los Vázquez. Puede verse que, tanto él como su hermano, son los únicos que sonríen en la foto; y quiso salir con el “tarbush” de Pepito. De aquella fecha, le habían traído de Tánger unas gafas, “polaroid”, que lucía siempre que podía. De una sola pieza de visión, amplia, panorámica, las gafas llamaban la atención. Él sabía que favorecían su imagen, y por eso las exhibía, pese a las acusaciones de narcisista y presumido que, en ocasiones, le hacía alguno de sus compañeros.

NOVIA DEL ATLÁNTICO, ESO ERES TÚ, MI LARACHE
Beldad por todos amada, encanto sin igual, belleza de eterna fascinación. Todos te adoraron, sin conquista. Tu pureza, tu orgullo y tu personalidad, aumentan siglo tras siglo. ¡Oh, romántica y espiritual novia del Atlántico! Ese romántico amante que a tu contacto espiritual se estremece y llora, con amargura, compungido. Este amos tuyo -fuerza espiritual arrolladora- que a todos subyuga, que a todos adormece en caudal venturoso, en inefables goces para el alma, no tiene semejanza ni parecido.
¿Qué dice el mar, cuando embravecido, se agiganta y envalentona? Reclama tu presencia, ¡Oh, adorable criatura! para luego caer, postrado y estremecido, a tus níveas plantas, cuyo contacto no puede resistir.
¿Qué te ocurre, cuando distraída en pleno vuelo campestre, tus encajes se entremezclan con los fragantes rosales? Pues que, es tal su estremecimiento, es tal su emoción, que se encienden y tiemblan, tiritan y enmudecen; lloran y su patético acento, su quejumbroso quejido, lo presiento, en los pétalos caídos, pétalos rojos, pétalos blancos, pétalos multicolores. Son lágrimas conmovedoras que a todos nos enmudecen.
Tus amores universales… ¿Dónde está tu fenicio preferido? ¿Dónde tu galán cartaginés? ¿Dónde, dime, adorable criatura, tu apuesto romano? ¿Dónde tu admirable jinete árabe?
Nadie, di, nadie logró tu amor completo. Mil leyendas circulan por los cuatro vientos, por los cuatro costados del Universo; infinidad de cantares y poemas claman por la ausencia de tan gallardos amantes. Todos te amaron, con amor nubil, con frenesí, con entrega del alma, con virginal amor. ¿Fueron desoídos? ¡Oh, hembra de acrisolada virtud, de sin igual bondad, de sin par hermosura!
Razón te sobra para sentirte orgullosa de tu vida y de tus dotes, celestiales, espirituales.
Joya inestimable, amor único, sentimiento etéreo, renovada dulzura. Hoy te veo compungida, ¿qué te ocurre, dime, que te sucede? ¿Acaso te ensombrece algún nuevo amor? ¿No estamos en que dominas a todo amante? ¿O es que algún espíritu malo, resucitado, cuya existencia ya es alejada, olvidada, en el recuerdo, el que tu felicidad trata de ensombrecer?
¡Oh, Larache! ¡Oh, mi joya, oh, mi amor! ¿Qué te ocurre, dime, qué tiene, qué te sucede? Velo obscuro -cual crespón negro- veo que te enmascara, con impiedad. Pero te veo indolente, casi entregada y es lo que me entristece. A ti, precisamente a ti, que antes volabas, altanera, de un mundo a otro mundo, de un horizonte a otro horizonte, y a todos los fenómenos subyugabas.
No te comprendo, no te puedo comprender. Sincérate, habla, di. ¿Qué tienes? ¿A qué viene ese aire melancólico, triste, compungido? ¿Qué gran fenómeno ha logrado, ha conseguido, ha tenido el valor de dominarte, esclavizarte, posesionándose de tu alma -aleteo constante-, grande y hermosa?
No puedo resignarme hasta lograr que se descifre este maligno misterio causa de la quiebra de tu quietud, que la trata de destruir, romper, deshacer. Que martiriza tu ventura, tus vuelos y tu lozanía, haciéndote caer, tratando de hacerte caer en el más abominable de los precipicios, en el vacío obscuro y profundo, en el decaimiento, en la desilusión, en la tristeza. Prometo que he de descubrirlo, que he de estudiarlo, que he de beber en su fuente. Y entonces, se levantará este velo macabro, sombrío, terrible, malignamente espantoso, y que te veamos, como siempre, con tus primorosos encajes, volar de un sendero a otro sendero -tierra y cielo-, legre y feliz y con la santidad de los ángeles tiernos, impaciente, inquieta, dichosa…
¡Larache, bendita seas!
Dris Diuri, diciembre de 1958
Ejercicio de artillería
de Roberto Arlt
Esta historia debía llamarse no «Ejercicio de artillería», sino «Historia de Muza y los siete tenientes españoles», y yo, personalmente, la escuché en el mismo zoco de Larache, junto a la puerta de Kasba, del lado donde terminan las encaladas arcadas que ocupan los mercaderes de Garb; y contaba esta historia un «zelje» que venía de Ouazan, mucho más abajo de Fez, donde ya pueden cazarse los corpulentos elefantes; y aunque, como digo, dicho «zelje» era de Ouazan, parecía muy interiorizado de los sucesos de Larache.
Este «zelje», es decir, este poeta ambulante, era un barbianazo manco, manco en hazañas de guerras, decía él; yo supongo que manco porque por ladrón le habrían cortado la mano en algún mercado. Se ataviaba con una chilaba gris, tan andrajosa, que hasta llegaba a inspirarles piedad a las miserables campesinas del aduar de Mhas Has. Le cubría la cabeza un rojo turbante (vaya a saber Alá dónde robado), y debía tener un hambre de siete mil diablos, porque cuando me vio aparecer con mis zapatos de suela de caucho y el aparato fotográfico colgando de la mano, me hizo una reverencia como jamás la habría recibido el Alto Comisionado de España en el protectorado; y en un español magníficamente estropeado, me propuso, en las barbas de todos aquellos truhanes que, sentados en cuclillas, le miraban hablar:
-Gran señor: ninguno de estos andrajosos merece escucharme. Dame una moneda de plata y te contaré una historia digna de tus educadas orejas, que no son estas orejas de asnos.
Y con su brazo mutilado señalaba las orejas sucias de los campesinos Yo esperaba que todos los tomates podridos que allí fermentaban por el suelo se estrellarían contra la cabeza del «zelje» de Ouazan; pero los andrajosos, que formaban un círculo en torno de él, se limitaron a reírse con gruesas carcajadas y a injuriarle alegremente en su lengua nativa; y entonces yo, sentándome en el mismo ruedo que formaban los hombres de la tribu de El-Tulat, le arrojé una moneda de plata, y el manco insigne descalzo y hediondo a leche agria, comenzó su relato, que yo pondré en asequible castellano.
En Larache, un camino asfaltado separa el cementerio judío del cementerio musulmán. El cementerio judío parece una cantera de tallados mármoles, y todos los días de la semana podréis encontrar allí mujeres desesperadas y hombres barbudos con la cabeza cubierta de ceniza, que lloran la cólera de Jehová sobre sus muertos.
El cementerio musulmán es alegre, en cambio, como un carmen; los naranjos crecen entre sus tumbas, y mujeres embozadas hasta los ojos, escoltadas por gigantescas negras, van a sentarse en un canto de la sepultura de sus muertos y mueven las manos mientras, compungidas, lloran a moco tendido.
El teniente Herminio Benegas venía a pasearse allí. Un inexperto observador hubiera supuesto que el teniente Benegas, al mirar el cementerio de la izquierda, quería conquistar a alguna bonita judía, o que, al mirar el cementerio de la derecha, pretendía enamorar a alguna musulmana emboscada en el misterio blanco de su manto. Pero no era así.