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“EL CRIADOR DE GORILAS”, ROBERTO ARLT EN MARRUECOS

Julio Cortázar siempre afirmó que uno de sus maestros fue Roberto Arlt, especialmente en el uso perfecto del lunfardo, es decir, la jerga utilizada a finales del siglo XIX y principios del XX por los rateros y criminales en Buenos Aires, y que, con el tiempo, se convirtió en una lengua coloquial en Río de la Plata.

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Pues bien, ese escritor argentino, nacido en 1900, autor de novelas como El juguete rabioso, Los siete locos, El amor brujo, y de obras de teatro como Trescientos millones, Saverio el cruel o La isla desierta, está considerado uno de los grandes autores de cuentos cortos, con relatos como El jorobadito o Viaje terrible.

Hijo de inmigrantes alemanes, en sus primeras obras el tema recurrente era la Argentina de los recién llegados, sus miserias y sus penurias. Pero será tras su muerte cuando se reconozca realmente el valor de su trabajo literario.

ROBERTO ARLT

ROBERTO ARLT

Tras un largo viaje por el norte de África, realizado entre 1935 y 1936, Roberto Arlt escribe varios relatos. Parte de ellos, los recopilará en su libro El criador de gorilas, que ya publicó en España Alianza Editorial, y más recientemente Ediciones del Viento (A Coruña, 2012). Hay relatos que se desarrollan en diferentes países africanos, pero el grueso de los cuentos los ambienta en Marruecos. Uno de ellos, titulado Ejercicio de artillería, transcurre en Larache, razón que me movió a buscar este libro.  

En enero de 2016, ya transcribí completo en mi blog Ejercicio de artillería. Para quienes tengan la curiosidad de leerlo, pueden hacerlo en el siguiente enlace:

https://sergiobarce.wordpress.com/2016/01/24/ejercicio-de-artilleria-un-relato-de-roberto-arlt/

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En El criador de gorilas, Roberto Arlt nos muestra un Marruecos curioso, más bien caricaturizado o deformado, y, a la vez, mágico pero realista, aunque esto suene contradictorio, y todo ello usando un tipo de humor que se acercaba a lo absurdo. Sus relatos son truculentos, violentos y llenos de enigmas, que, a veces, resuelve de manera abrupta. Además del mencionado Ejercicio de artillería, ambienta en Marruecos los titulados Halib Majid el Achicharrado, Rahuti, la bailarina, La aventura de Baba en Dimisch esh Sham, Acuérdate de Azerbaijan, La cadena del ancla, Odio desde la otra vida, Los bandidos de Uad-Djuari, Ven, mi ama Zobeida quiere hablarte y el titulado Historia del señor Jefris y Nassin el egipcio.

Leyendo los cuentos de Arlt, a veces, he tenido la sensación de que escuchaba a un cuentacuentos del Zoco Chico, y es que utiliza la misma técnica de la narración oral marroquí, lo que quiere decir que, en aquel viaje, Roberto Arlt se empapó hasta los tuétanos de esta tradición ancestral.

Sergio Barce, enero 2018

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“EJERCICIO DE ARTILLERÍA”, UN RELATO DE ROBERTO ARLT

Roberto Arlt es un escritor y periodista argentino (1900-1942), que estuvo adscrito en los años veinte del pasado siglo al movimiento progresista y didáctico Grupo de Boedo, fuertemente influenciado por las ideas estéticas y morales de Dostoievski, y, aunque no fue reconocida su valía como gran escritor hasta años después de su fallecimiento, Arlt está considerado como uno de los padres de la novela moderna argentina.

Roberto Arlt es el autor de un relato escrito durante un viaje que hizo por España y Marruecos titulado Ejercicio de artillería, que se recoge en su libro de cuentos Aguafuertes españoles (1936). Según escribe el propio Roberto Arlt, Ejercicio de artillería debió de titularse en realidad Historia de Muza y los siete tenientes españoles, y, según el autor, es una historia que escuchó en el Zoco Chico de Larache…

Qué curioso. Roberto Arlt, al que se considera como uno de los maestros de Julio Cortázar, escribió una historia nacida en las calles de Larache.

La profesora Mª Dolores López Enamorado, lo recoge en su libro Larache a través de los textos. El cuento completo, dice así:

 

ROBERTO ARLT

ROBERTO ARLT

Ejercicio de artillería

de Roberto Arlt

Esta historia debía llamarse no “Ejercicio de artillería”, sino “Historia de Muza y los siete tenientes españoles”, y yo, personalmente, la escuché en el mismo zoco de Larache, junto a la puerta de Kasba, del lado donde terminan las encaladas arcadas que ocupan los mercaderes de Garb; y contaba esta historia un “zelje” que venía de Ouazan, mucho más abajo de Fez, donde ya pueden cazarse los corpulentos elefantes; y aunque, como digo, dicho “zelje” era de Ouazan, parecía muy interiorizado de los sucesos de Larache.

Este “zelje”, es decir, este poeta ambulante, era un barbianazo manco, manco en hazañas de guerras, decía él; yo supongo que manco porque por ladrón le habrían cortado la mano en algún mercado. Se ataviaba con una chilaba gris, tan andrajosa, que hasta llegaba a inspirarles piedad a las miserables campesinas del aduar de Mhas Has. Le cubría la cabeza un rojo turbante (vaya a saber Alá dónde robado), y debía tener un hambre de siete mil diablos, porque cuando me vio aparecer con mis zapatos de suela de caucho y el aparato fotográfico colgando de la mano, me hizo una reverencia como jamás la habría recibido el Alto Comisionado de España en el protectorado; y en un español magníficamente estropeado, me propuso, en las barbas de todos aquellos truhanes que, sentados en cuclillas, le miraban hablar:

-Gran señor: ninguno de estos andrajosos merece escucharme. Dame una moneda de plata y te contaré una historia digna de tus educadas orejas, que no son estas orejas de asnos.

Y con su brazo mutilado señalaba las orejas sucias de los campesinos Yo esperaba que todos los tomates podridos que allí fermentaban por el suelo se estrellarían contra la cabeza del “zelje” de Ouazan; pero los andrajosos, que formaban un círculo en torno de él, se limitaron a reírse con gruesas carcajadas y a injuriarle alegremente en su lengua nativa; y entonces yo, sentándome en el mismo ruedo que formaban los hombres de la tribu de El-Tulat, le arrojé una moneda de plata, y el manco insigne descalzo y hediondo a leche agria, comenzó su relato, que yo pondré en asequible castellano.

En Larache, un camino asfaltado separa el cementerio judío del cementerio musulmán. El cementerio judío parece una cantera de tallados mármoles, y todos los días de la semana podréis encontrar allí mujeres desesperadas y hombres barbudos con la cabeza cubierta de ceniza, que lloran la cólera de Jehová sobre sus muertos.

El cementerio musulmán es alegre, en cambio, como un carmen; los naranjos crecen entre sus tumbas, y mujeres embozadas hasta los ojos, escoltadas por gigantescas negras, van a sentarse en un canto de la sepultura de sus muertos y mueven las manos mientras, compungidas, lloran a moco tendido.

El teniente Herminio Benegas venía a pasearse allí. Un inexperto observador hubiera supuesto que el teniente Benegas, al mirar el cementerio de la izquierda, quería conquistar a alguna bonita judía, o que, al mirar el cementerio de la derecha, pretendía enamorar a alguna musulmana emboscada en el misterio blanco de su manto. Pero no era así.

LARACHE - VISTA DESDE LA PLAYA

 

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