Archivo de la categoría: LARACHE – CREADORES Y ARTISTAS LARACHENSES

ZOCO CHICO DE LARACHE, un poema del escritor larachense CARLOS GALEA

 Aunque Carlos Galea es más narrador que poeta, como adelanto, antes de publicar en este blog un artículo sobre su obre narrativa, reproduzco uno de sus poemas dedicado a Larache, su ciudad natal, y en concreto sobre el Zoco Chico. Es un poema sencillo, que pinta el ambiente y la vida que se respiraba en el hermoso zoco cuando Carlos vivía en Larache.

Sergio Barce

EL ZOCO CHICO DE LARACHE

 Puerta monumental hispano árabe

de la medina antes amurallada,

se entra por una estrecha calle

repleta de gente muy abigarrada.

 

Mujeres con “jaique” y cara velada,

hombres con “chilaba” y rojo casquete,

otros con turbante, con ropa europea,

viejos judíos con faja y bonete.

 

Montañesas de la kabila del Sahel

con sombrero de paja y borlones,

llevan falda rojiblanca a rayas,

y polainas de cuero marrones.

 

Varones de esta misma kabila

con turbante bordado en amarillo,

“chilaba” corta hasta la rodilla,

gran cartera de cuero con flequillos.

Zoco Chico, foto de Itziar Gorostiaga

 Después se llega a un amplio recinto

que termina en el portal de la Alcazaba,

con una arquería a cada lado,

de gastados pedruscos la calzada.

 

Diminutos comercios bajo los arcos

con el mostrador cubriendo la entrada,

el vendedor sentado encima, sobre

un cojín, y las piernas cruzadas.

 

Sin necesidad de desplazarse

vende los artículos que tiene al lado:

zapatos, correas, babuchas, caftanes,

jarrones de cobre o latón cincelados.

 

Bonitas teteras de falsa plata,

azúcar en pilones, té y café,

velas, quinqués, cerillas, mecheros,

especias orientales a granel.

Zoco Chico

 Cafeteras doradas y plateadas,

vasos y platos, vestidos bordados,

viejos cuadros y muebles antiguos,

llaves, cadenas, cerrojos y candados.

 

Fuera de la arquería, en las aceras

que bordean la empedrada calzada,

se instalan numerosos vendedores

de mercancía por ellos elaborada.

 

El queso fresco sobre una palma,

manteca rancia en pote esmaltado,

la tortilla de harina de garbanzo,

buñuelos de viento ensartados.

 

Pinchos morunos de carne picada,

los desnudos mejillones cocidos,

las tortitas de harina porosas,

habas con sal y cominos molidos.

 

¡¡ Yabán Kulubán !!

 

Vocea alto el vendedor ambulante,

pasea un pastoso caramelo,

fundido sobre una gruesa caña,

y espanta las moscas con su pañuelo.

 

Sobre mesitas de blancos manteles,

tortas salidas del horno recientes,

invita a comprarlas a los que pasan

su buen olor, que domina el ambiente.

 

Los campesinos ofrecen sus productos

traídos a lomo de borricos a la ciudad,

los colocan sobre las aceras apilados,

pregonando a gritos su gran calidad.

 

Son naranjas muy ácidas de piel fina,

pepinos, calabazas, grandes melones,

sandías, verduras de sabor penetrante,

higos chumbos en pequeños montones.

 

La palmicha (el dátil del palmito)

moras y madroños en cestas de caña,

níscalos y otras setas del pino

recogidos en bosques de la montaña.

 

En un estrecho callejón adyacente,

que ofrece sombra y frescura,

salitrosos pescadores de costa

exponen en los cestos sus capturas.

 

Muestran al pasante gran variedad

de pescados: doradas, sargos, lubinas,

ricas angulas de pesca furtiva,

zalemas, lisas, congrios y corvinas.

 

Se oculta el sol en el horizonte,

se enciende el cielo de nubes rosas,

el canto del almuecín llama al rezo,

los vendedores recogen sus cosas.

 de Carlos Galea

CARLOS GALEA

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«RAMADÁN EN LARACHE», un relato de SERGIO BARCE

Aprovechando que el mes de Ramadán llega a su fin,

deseando que haya transcurrido con felicidad para todos mis amigos musulmanes,

escribo este pequeño relato sobre aquellos días en Larache.

 

calle Chinguiti – Avenida Hassan II

RAMADÁN EN LARACHE  

La sirena comenzó a sonar, subiendo de tono muy lentamente hasta alcanzar la nota más alta, se mantuvo unos largos segundos en ese punto, y luego, también muy despacio, se fue apagando como si ya no tuviese aire en los pulmones. Larache se quedó entonces completamente vacía.

El sol apenas se veía ya, ahogándose en el horizonte. Igual que su luz, las voces se habían marchitado, los niños habían dejado de corretear por la plaza de España, y el susi del bacalito de al lado de mi casa, el que estaba frente al jardín de las Hespérides, echó el cierre ruidosamente y se dirigió diligente a su casa, con una bolsa de papel de estraza llena de paquetes de té, hierbabuena y algo de especias. Las golondrinas inundaron el cielo, atravesando la avenida como un escuadrón de aviones. Un denso aroma a harira llenaba las callejuelas, y el silencio se imponía imperturbable, era como si una plaga hubiera acabado con los habitantes de la ciudad. 

Era en esos instantes cuando Luisito Velasco aparecía por mi casa, yo cogía mi bicicleta, una preciosa bici roja plegable que mis padres me habían comprado en el Bazar Yebari, y nos íbamos pedaleando hasta el Cine Avenida. En la rotonda, estaba Juan Carlos Palarea, que aguardaba en la puerta de su casa, y Pablo Serrano y José Gabriel Martínez, y juntos, montados en nuestras bicicletas, nos metíamos por los pasajes de la Burraquía, sólo por el placer de circular por sus arterias increíblemente solas, y dábamos la vuelta y bajábamos por la cuesta del mercado, lanzados a tumba abierta, pedaleando con todas nuestras fuerzas, porque sabíamos que nadie estaría circulando salvo nosotros.

Competíamos por ver quién llegaba primero al Consulado, pasando por el balcón del Atlántico como una exhalación. Yo notaba cómo el manillar de mi bici temblaba, pero apretaba los pedales con más intensidad, y les veía a ellos hacer lo mismo, dando gritos que retumbaban en la callada quietud del anochecer.

El mes sagrado del Ramadán nos convertía en los dueños de las calles de Larache, eran sólo para nosotros. Una gigantesca pista de carreras. El circuito se improvisaba sobre la marcha. Podíamos comenzar en la puerta de Uniban, pero otros días escogíamos la Estación de la Escañuela, donde las guaguas adormecían sin pasajeros, para subir hasta la calle Barcelona y bajar por la avenida Mohamed V, o bien en la bajada de la Torre del Judío, para descender, sin esfuerzo alguno, hasta el puerto. Nadie se interponía en nuestras carreras de bicis, todas las calles abiertas en canal como si nos engulleran al pasar a toda prisa. Sentíamos el aire en nuestros rostros, la agradable sensación de la brisa, más refrescante al ocaso, y el olor del mar.

A veces, veíamos a algún hombre, con la cabeza oculta bajo la capucha de su chilaba, que corría a última hora para llegar a su casa y romper por fin el ayuno. Pero eran pocos. La mayoría aguardaba la señal de la sirena ya en el interior de sus casas, dejándonos a nosotros solos.

Me gustaba el sonido de la sirena. Llenaba el aire de incertidumbre, presagiaba el feliz instante de nuestras correrías en bicicleta, un tiempo mágico.

plaza de España

Las familias musulmanas cumplían con el rito, mientras que los niños que no profesábamos esa religión nos adueñábamos de las calles para sentirnos libres, y correr, correr a toda prisa, como si presumiésemos que la gozosa niñez pasaría tan rápida que no nos daríamos cuenta.

Ya de noche, la ciudad comenzaba a llenarse de gente, y nosotros dejábamos de correr tan envalentonados. Llegaba Lotfi Barrada, y Hassan y Taha, y dejábamos las bicis, porque ya no se podía circular sin atropellar a alguien, y Larache se transformaba en un torbellino de luces, de cantos, de algarabía. Sudando, nos marchábamos al balcón para hablar de nuestras cosas, de las niñas del cole, de Gabriela, de Yamila, de Amina, de Matilde o de Conchi, pero sobre todo del equipo de fútbol que estábamos formando para jugar contra los de la calle Real, o bien nos poníamos a coger renacuajos con latas oxidadas o cazar alguna rana que habíamos escuchado croar. A veces, pasaba Fatima el Bouhtoury con sus amigas y nos miraba de soslayo, siempre lo hacía con aires de niña resabiada, pero había algo en su mirada que nos hacía sonreír. Creo que le gustaba ver cómo intentábamos coger a las escurridizas ranas que huían saltando en zigzag.

Llegaba muy tarde a mi casa. Mi madre ni me preguntaba dónde había estado. La puerta solía estar abierta, y entraba empujándola. Mina habría preparado harira, y me dejaba además una fuente con chuparquía, y mis dedos se impregnaban de ella mientras las engullía con ansiedad. Me iba con la fuente al salón, y me tiraba al suelo, me gustaba ver la televisión tumbado bajo la mesa, como si estuviera en una tienda de campaña, y veía el nuevo capítulo de Misión: Imposible mientras continuaba empachándome con los dulces.

Cuando me acostaba, pensaba en el día siguiente. Teníamos todo un mes para poder pedalear por las calles de Larache, solos, como si fuésemos los emperadores de Lixus; pero lo más inminente era el día de mañana, esperar otro atardecer, cuando la sirena aullara de nuevo pausadamente para dar la salida a otra de nuestras carreras, en esta ocasión tal vez desde los jardines del Balcón, quizá desde la cuesta del Aguardiente, aunque yo siempre prefería empezar en la plaza de España, seguir la recta de la avenida Hassan II, girar a la derecha, pasando por el Palacio de la Duquesa de Guisa y la Estación, llegar a los Maristas y girar a la izquierda, salir a  la avenida, alcanzar Cuatro Caminos, dar la vuelta a la rotonda y lanzarnos entonces audazmente de nuevo de regreso por Mohamed V, pasando por la puerta de Lalla Menana la Mesbahía y llegar a la meta, en el Casino. Y daba igual quién ganara. Lo único realmente importante era la sensación de que el mundo te pertenecía, de que, durante los anocheceres del mes de Ramadán, Larache era mía.

 Sergio Barce, agosto 2011

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TRES ORILLAS, un relato del escritor larachense LEÓN COHEN MESONERO

León Cohen Mesonero

Le he pedido a mi amigo y pasiano León Cohen que me enviara algún relato, y ha tenido la amabilidad de hacerme llegar el que reproduzco más abajo, en el que relata, de manera brillante, con ráfagas de emoción imposibles de disimular, los orígenes de su familia, curiosa y plural, y lo hace demostrando que las dos orillas, las tres que menciona, están tan estrechamente vinculadas, que es imposible comprender nuestro pasdado sin conocer y amar nuestras raíces. Y uno de los aspectos más importantes de su relato es el hecho de mostrarno la riqueza cultural de Marruecos, la que vivimos en Larache, ésa que hacía que fuera cual fuese el origen, la creencia o la fe de la gente, todos convivimos con respeto, enriqueciéndonos como personas.

sergio barce, agosto 2011

TRES ORILLAS

 La Otra Orilla (0)

Este relato nace de los flujos y reflujos migratorios entre las dos orillas que unen y separan a dos pueblos cuya historia se confunde en determinadas épocas y se aleja en otras. Este relato transcurre en cada una de las dos orillas, y sus protagonistas, como no podía ser menos, acaban unidos por el destino. Las dos orillas del Estrecho se convierten entonces en una sola, diluyéndose en un mismo mar. Pero existe, o eso dicen, una  tercera orilla, la orilla imaginaria, la orilla alternativa, la orilla utópica, la orilla invisible, donde confluyen las otras dos, la orilla a la que aspiramos, una orilla de encuentro, de armonía, una orilla simbólica que acerca caminos, que une voluntades, que hermana a los pueblos. La tercera orilla, aquella donde el oleaje no impide el desembarco. Una orilla donde la palabra nunca pierde su naturaleza como vehículo de comunicación y de entendimiento. La orilla donde uno adopta la manera de ser y el idioma del otro.

Larache, Medina

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No era la primera vez que le sucedía, de pronto el relato se detenía y no había manera de echarlo a andar. Como si se estancara la inspiración y no quedara más nada que decir o que contar. Como si el relato o el cuento decidieran que el camino que había tomado el autor no era el adecuado, que no se gustaban, vamos. Su reacción era siempre la misma: dejarlo donde estaba y darle vueltas a la cabeza, una especie de “brain storming” (tormenta de ideas), para ver si pasaba algo. Empezaba entonces a unir ideas sueltas de aquí y de allá, sin aparente conexión, y se ponía a escribir todo lo que se le ocurría, sin ton ni son. Recientemente había asistido como invitado a unas jornadas en Sevilla sobre los judíos hispano-marroquíes. Alguna de las teorías expuestas le había sugerido alguna reflexión, había calado en él. Pero como en otras ocasiones en eventos de esta índole, sobre todo se había dedicado a observar a los asistentes, tanto durante las conferencias como en los  actos más lúdicos.

Ninguno de los asistentes podía ni siquiera imaginar o intuir  que aquel comensal los estaba radiografiando uno a uno. Siempre había sido un observador muy lúcido,  casi un coleccionista del detalle. Se fijaba en todo: en la mirada, en el gesto de la boca, en la risa, en el tono de la voz, en las manos, en los ademanes, todo lo captaba y lo grababa como haría el mejor de los fotógrafos, sin parar de tomar instantáneas, en una sucesión de flashes. Con todos esos detalles compondría el retrato personal de cada uno de los asistentes observados. Porque eso sí, era muy selectivo y elegía a los sujetos de su observación según criterios intuitivos que no sabría explicar. Luego, esas observaciones y las sensaciones experimentadas producirían sus frutos, frutos estos que se manifestarían bajo formas diversas, como  el análisis reflexivo para rebatir o ahondar en alguna de las opiniones allí vertidas, o como el relato e incluso el cuento. Todo era posible. Por ejemplo, esta experiencia sevillana había reavivado en él determinados sentimientos, que le habían conducido a recuperar un relato inacabado e iniciado años antes, evidentemente relacionado con el tema de las jornadas. De algún modo este encuentro había actuado como catalizador.  

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Al llegar a Casas Bermejas viniendo de Cádiz, uno se encuentra con una curva pronunciada que le saca de la autovía y le dirige por una carretera secundaria hacia Colmenar, un pueblecito de la Axarquía. Peroantes, mucho antes, a la izquierda, sobre la ladera de una pequeña colina, se halla el cementerio judío de Málaga. En una de sus lápidas descansan los restos de  Jacob Cohén Levy (Larache 1917 – Algeciras 1997), larachense eterno donde los haya, que nació y vivió en Larache desde su nacimiento hasta 1975, y sobre cuyos apellidos descansa todo el peso de la historia y la tradición judías. 

DEBDOU

Su padre, Salomón Cohén Benhamou (Debdou 1870?-Larache 1941), nació en Debdou pueblecito judeo-bereber, conocido como la ciudad de los Cohanim (1), situado a unos 150 kms de Oujda, en su extremidad suroeste, cerca de Tahourirt. Cuando uno se adentra en la historiografía de este pueblo de la zona oriental o noreste de Marruecos, no puede menos que sorprenderse por sus peculiaridades, como las disputas tribales y el odio entre los clanes  familiares, como los Cohén-Scali y los Marciano (o Murciano) (2), que se mantuvo durante  siglos o la existencia de más de quince sinagogas, donde casi tocaban a una por “oulad” o clan familiar. Extraña también, que la población judía superara en número a la musulmana y sobre todo, que tantos judíos españoles se refugiaran en un pueblo tan mal comunicado y de tan difícil acceso. Salomón, como indican sus apellidos, perteneció a dos de los «oulads”  más renombrados de Debdou: los Kouhana (Cohanim) y los Ben Hammou. Los Ben Hammou eran habitantes autóctonos de Marruecos y por lo tanto anteriores a la inmigración sefardita. También podría ocurrir que Salomón fuera descendiente por línea paterna, de los judíos sevillanos que huyeron de Sevilla  en 1391 (3), lo que le convertiría en medio sefardita.

 

JACOB COHEN, padre de León, recogiendo el trofeo como ganador de tiro al plato en Larache

Su madre, Luna Levy Bohbot (Larache 1893- Dimona 1965), era una de los más de 2500 judíos sefarditas de una población total cercana a los 5000 habitantes que poblaban Larache en 1903 (4) y donde por lo tanto los sefardíes, como en Debdou, eran mayoría. Hija de David Levy y de Simy Bohbot, nieta de sefarditas larachenses y biznieta y mucho más, hasta donde se remonta la memoria dela Inquisición, cinco siglos antes.

Como representante genuino de las dos orillas del Estrecho de Gibraltar, por historia familiar y personal, y como crisol de culturas: la sefardí, la española, la marroquí y la francesa, el autor de este relato, andaluz convicto y convencido, se atreve a reivindicar su linaje bereber, marroquí y larachense, como también su condición de español por ambas ramas, la paterna y la materna, la sefardita, la de los Cohen-Levy y la castellana vieja, la de los Mesonero segovianos.

3

 Aquel nueve de febrero de 1968 su padre volvió antes de tiempo del trabajo y le contó una historia que hoy, pasados cuarenta años, no sabría si catalogar como verdadera o falsa. El caso es que a la tarde del día siguiente tenía (imperativo categórico) que abandonar Tánger rumbo a Algeciras. La sorpresa lo dejó descolocado: pero cómo, se preguntó, si él nunca había vivido en España, es más, la última vez que la visitó fue en el año 58, aquel verano que pasaron en el pueblo de su madre. Un pueblecito castellano, situado a medio camino entre Segovia y Villacastín. Todavía no sabía por qué pasaron  aquellos dos meses de verano en un lugar tan caluroso. El trayecto a Algeciras era un paseo en barco de apenas quince kilómetros, pero para él en esa circunstancia, iba a ser mucho más, intuía que iba a emprender un viaje de ida sin vuelta. Realmente se disponía a emigrar a otro país del que sólo conocía el idioma, bueno el idioma y algo más, puesto que el Marruecos que él conoció era un apéndice de España y además él era español.

Mientras el ferry se alejaba y le alejaba para siempre de la que hasta aquel día y desde siempre había sido su tierra, sí su tierra, la que albergaba todas las referencias y referentes de su corta vida, recordó su pasado y a sus antepasados. Por línea paterna, su abuela provenía de aquellos judíos que los católicos expulsaron de Sefarad, pero es probable, que aquellos mismos judíos acompañaran a los árabes cuando invadieron la península que todavía no era España, siete siglos antes. El determinismo histórico en forma de invasión primero y posteriormente en forma de reconquista, obligaba de nuevo a judíos y árabes a cambiar de orilla. La independencia de Marruecos, quinientos años más tarde, produciría un fenómeno semejante en sentido contrario. En cuanto a su  abuelo paterno, se trataba de un poblador aún más antiguo de lo que hoy conocemos como Marruecos. Cuentan que era un cohanim, fiel cumplidor de los preceptos de la Torá, de esos únicos, a los que les está permitido en la sinagoga, subir al estrado y sacar el Sefer (los Rollos de la Ley) sin cubrirse, mientras el resto de los asistentes se han de tapar con el Talet (manto sagrado). Como la mayoría de los judíos de Debdou cabe imaginar que se dedicaba al comercio, transportando mercancías o productos agrarios de un lugar a otro. Había contraído matrimonio con una judía de su pueblo con la que tuvo cinco o seis hijos, y a la que abandonó, cuando decidió emigrar a Larache.  No conocemos las causas de ese abandono o divorcio familiar, como  también ignoramos cómo llegó aquel judío bereber de Debdou a Larache, si más de mil kilómetros separan ambas ciudades. Fue muy a principios del siglo pasado (1903?), cuando una buena mañana de invierno, Salomón Cohen Benhamou,  emprendió viaje junto a su hermano menor y otros compatriotas. Cuando Salomón decidió iniciar su exilio (a falta de datos, hay que imaginar que por razones personales o relacionado con las persecuciones de judíos por el Rogui o el Pretendiente, también conocido como Bou Hamara (5)), estaba sin saberlo escribiendo el destino de sus descendientes. Le imagino cargando los fardos que contenían todas sus pertenencias sobre su burro, como si cargara el peso de todala Historia de la Diáspora  sobre el animal.

Aquella diáspora que como se sabe, se inició cuando la segunda destrucción del Templo por Tito, y los judíos tuvieron que abandonar Palestina  y se dispersaron por el mundo. Un mundo que los acogió según las épocas y los lugares, con hostilidad o con hospitalidad, que los protegió y que los expulsó, que los amó y los odió. En Sefarad se instalaron antes y después de la invasión árabe y se convirtieron en sefardíes. Se impregnaron de, e impregnaron a, la cultura de sus huéspedes. Nadie puede ser ajeno a su entorno y por lo tanto a la cultura que lo rodea. Ante los argumentos obtusos, de algunos que se han instalado hoy día, en la diferencia y en el nacionalismo más exacerbado, nosotros los sefarditas, debemos levantar la bandera de nuestra riqueza cultural y de nuestro cosmopolitismo, de nuestra alma abierta a horizontes multiculturales, que permitió que la historia de tantos países esté regada de nuestra innegable influencia y que todos recuerden con nostalgia nuestro paso. Así en Toledo como en Granada, Córdoba o Estambul o  Salónica o enla Alfamade Lisboa o en Larache o en Tetuán, nadie puede olvidar que allí vivieron, tuvieron hijos y murieron unos hombres y mujeres que dejaron su huella indeleble a través de su arquitectura, sus costumbres culinarias, su pacifismo y su amor por el estudio y la convivencia. Eran judíos venidos de muy lejos a los que más tarde la historia convirtió en los expatriados más añorados y a los que llamaron sefarditas.

En esa misma fecha, Victoriano Mesonero tenía dieciséis años y ya era novio de Isidora Bermejo, ambos naturales de Zarzuela del Monte, más que pueblo, una aldea perdida en la estepa segoviana. Debdou, Zarzuela, tan lejos, tan cerca, de nuevo las dos orillas. Victoriano, más conocido como el Tío Fraile, era zapatero y barbero, en él se unían dos profesiones tan útiles como necesarias. Además era un experto cazador de los páramos castellanos, cazador de perdices y de conejos.

Marruecos, país de leyenda y de leyendas, era para él un lugar tan alejado en la distancia como en la cultura. Victoriano y Salomón nunca llegarían a saber el uno del otro, a pesar de que ambos contribuirían inconscientemente a la unión de sus descendientes desde las dos orillas del Estrecho. Una vez más, a través de ellos la historia se repetía, y las dos orillas volverían a encontrarse en un destino común, que el autor de este relato ha dado en denominarla Tercera Orilla. 

                                  León Cohen,   Noviembre 2010

 Notas:

(0): Tres Orillas es el nombre de una revista literaria que se publica anualmente en Algeciras,  con la pretensión de ser vehículo de transmisión de cultura  a ambos lados del Estrecho. Su directora y alma de la revista es la gran escritora Paloma Fernández Gomá. La elección del título de este relato es un homenaje a su persona. 
(1): Eliyahou Marciano: Debdou H’ir hacohanim  ( Debdou, la ciudad de los Cohén)
(2): Eliyahou Marciano: Une nouvelle Seville en Afrique du Nord: Histoire et généalogie des  juifs de Debdou. Editions Élysée. (2007). ISBN: 088545099X.
(3): ibid : L’Expulsion d’Espagne de 1391
(4): Según el  relato de un viajero francés.
(5): … Bou Hamara, quien, usurpando la personalidad del hermano mayor del sultán Abdelaziz y con la promesa de expulsar a los extranjeros consiguió el respaldo de algunas cabilas del Rif. Durante siete años, de 1902 a 1909, Bou Hamara, el Rogui como también se le conocía, estableció de facto un reino independiente en el nordeste marroquí, rechazando a los ejércitos del sultán, y manteniendo una relación amistosa con franceses y españoles. El verano de 1907 otorgó la concesión de explotación de las minas de hierro del Monte Uixan a la companía española de Minas del Rif a la que también dio permiso para construir un ferrocarril que las enlazara con Melilla, y las minas de plomo del Monte Afra a la Compañía francoespañola del Norte de Africa. Estas cesiones fueron percibidas por los rifeños como una traición , y no tardaron en rebelarse contra el falso Rogui poniendo así punto final a sus ambiciones.

León Cohen, junto a Laabi, durante la cena de las Jornadas Culturales de Diciembre 2004, que «Larache en el Mundo » organizamos en nuestra ciudad

León Cohen Mesonero, nació en Larache, y en 1968 se trasladó a España. Es Doctor en Ciencias Químicas y catedrático de Ingeniería Química de la Universidad de Cádiz. Además de artículos científicos, haber escrito varios libros de textos técnicos y artículos de opinión en el diario “Europa Sur”, León Cohen, en su calidad de narrador, ha publicado relatos en diversas antología como  Caminos para la Paz (C. Ricci, I.López Calvo, 2007), Viajes a Larache (M. Laabi 2007), Calle del Agua (Manuel Gahete y otros 2008), en revistas como “Tres Orillas” y “Entreríos” es autor de los siguientes títulos:  “Relatos robados al tiempo” Año 2003. Editorial: www.librosenred.com,  “Cabos Sueltos” Año 2004. Editorial: www.librosenred.com  y edición en papel del autor en 2004.  “La Memoria Blanqueada”. Año 2006. Editorial: Hebraica de Ediciones Madrid. www.libreriahebraica.com, y es coautor de “Ufrán Año 2010. Hebraica de Ediciones  Madrid. Y «Cartas y Cortos » (2011), del que hice un extenso comentario al ser publicado en este blog.

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Este Domingo, 28 de Agosto – Entrevista a SERGIO BARCE en La 2 de TELEVISIÓN ESPAÑOLA

PARA QUIENES QUERÁIS VER LA ENTREVISTA, PODÉIS HACERLO A TRAVÉS DE ESTE ENLACE

http://www.rtve.es/alacarta/videos/islam-hoy/islam-hoy-larache-literatura/1183833/

ESTE DOMINGO, 28 DE AGOSTO

A PARTIR DE LAS  08.20 h. DE LA MAÑANA

en LA 2 de TELEVISIÓN ESPAÑOLA

en el programa «Islam, hoy»

ENTREVISTA AL ESCRITOR

SERGIO BARCE

PARA HABLAR DE SU ÚLTIMA NOVELA

UNA SIRENA SE AHOGÓ EN LARACHE

Y TAMBIÉN SOBRE LA PROPIA CIUDAD DE LARACHE

 

Posteriormente, a partir de la próxima semana, esta misma entrevista se podrá ver de nuevo a través de internet en la web www.rtve.es

Tres larachenses en la Plaza de España – Abderrahman Lanjeri, Sergio Barce & Luis Velasco

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ABDELMAWLA ZIATI, autor teatral larachense

ABDELMAWLA ZIATI presentando su obra Picaresca Ziati para los amantes del Torat, flanqueado por otros escritores larachenses, Demnati y Benaboud

Nacido en Larache, Abdelmawla Ziati es autor y director teatral. Autor en árabe, destacamos entre su producción “Obras para el público de teatro” (1994), “El Kinfaui, el hombre que abrazaba a los monstruos” (2000), que es una biografía del creador del teatro marroquí, o “Estudio sobre el movimiento teatral en la zona de Lixus” (2002) cuya traducción al castellano la asociación que presido “Larache en el Mundo” ha tratado de financiar, proyecto que aún no descarto si conseguimos los fondos para ello.

Ahmed Ragala, Sergio Barce & Abdelmawla Ziati

Ziati ha publicado también: “Picaresca Ziati para los amantes del Torat” (Edición del autor – Larache, 2007). Esta obra la presentamos en las Jornadas Culturales que organizamos en Larache.

Además de un amante del teatro, que es su pasión, Ziati es una persona educada, tolerante y que cuando habla transmite una serenidad contagiosa. Pasamos bastante tiempo charlando cuando hemos tenido ocasión de hacerlo; recuerdo que, cuado Ahmed Ragala tenía abierto su «Bazar Comandancia», nos sentábamos en él, Aziz traía té, y pasábamos un par de horas charlando de literatura, de teatro, de sus proyectos, de Larache… Abdelmawla Ziati es otro de esos larachenses que enriquecen su patrimonio cultural y humano, alguien al que vae la pena conocer, y cuyo trabajo ha de ser reivindicado.

Sergio Barce, agosto 2011

 Contacto con Abdelmawla Ziati: abdlmaulaziati@yahoo.fr

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