Archivo de la categoría: LARACHE – CREADORES Y ARTISTAS LARACHENSES

VIAJANDO POR EL MAGREB HISPÁNICO (3) del escritor larachense JOSE EDERY BENCHLUCH

Último tramo del libro de Pepe Edery. Estas últimas doscientas páginas son más de trazo histórico y religioso, y el libro se convierte en un detallado documento en el que, además de continuar desvelando algunas leyendas y tradiciones más, especialmente el dedicado a las ghadas en el Magreb y los yennun, que son temas que me interesan personalmente, también dedica varias páginas muy interesantes al General Mezián, personaje curioso muy ligado a Larache.

Pero esta vez Pepe se adentra con mayor hondura en su estudio, descripción y miniaturista estudio de las mezquitas, tanto de Túnez, Argelia como de Marruecos, aunque a estas últimas les dedica más atención por su cercanía y por su cariño a nuestra tierra. Por supuesto, se demora con delectación en las mezquitas de Larache, que además nos sirve para proseguir con nuestros paseos por las calles de la ciudad. Así que  de su mano, nos vamos de visita a las mezquitas larachenses:

<En Larache o El Araich el primer edificio que atrajo la atención de las tropas españolas que desembarcaron en 1911 en la playa del Barandillo fue la mezquita Nasriya, junto al primer colegio del Patronato Militar Español de principios del siglo pasado. Recuerdo que en mi infancia las olas del mar, durante la época de grandes mareas, barrían la calle y lamían su puerta. Situada en un extremo de la calle, que es como un paseo-balcón de la playa fluvial, su alto alminar se eleva sobre la puerta de entrada  presentando varios tramos de decoración en tonos blancos y azulados. Se presencia es notable y atípica en el paisaje del borde urbano, en los aledaños de la playa y sobre la ribera del río Lukus. Construida en el siglo XVIII por la cofradía morabítica de los nasyirin en honor de su santo fundador Sidi Ahmed Nasr Dari, está constituida por un edificio de tres crujías o espacio comprendido entre dos muros de carga, con tres tramos paralelos al muro de la quibla.

Mezquita Nasriya o Nasría

El Zoco Chico larachense es uno de los mercados más bonitos de Marruecos por su estructura y tradicional estilo arquitectónico, que fue construido en el siglo XVIII. Un espacio urbano que unía el barrio de la Alcazaba a través de su puerta del siglo XV cubierta con bóvedas de ladrillo y con un arco en herradura con decoración polilobulada con paños de sibka, con el barrio de las Kebibat (cupulitas). A través de su puerta con su misma denominación que comunicaba con el castillo Al Nasr, de San Antonio o de las Kebibat, tres denominaciones sucesivas desde su construcción en el siglo XVI tras la batalla de los Tres Reyes o del Mejazén, por el Sultán Ahmed al Mansur al Daabi.

Castillo Al Nasr, de San Antonio o de las Kebibat

En este castillo, histórico baluarte defensivo en la historia de Marruecos, España y Portugal, situado al final del extremo norte del acantilado y mirador del Balcón del Atlántico, dominando la desembocadura del río Lukus en una espléndida panorámica, estuvo ubicado el Hospital Civil. En el que muchos prestigiosos médicos españoles de mi anterior generación dejaron constancia y recuerdos de su arte galénico (doctores Los Certales, López Astral, Amselem, Mayor, Consuegra, Dalebrook, Seguí, Muñoz, Quetglas, etc…). Situado frente al Consulado de España (el edificio Flecha), actualmente se halla abandonado y en completa ruina. La tercera puerta de acceso al Zoco Chico es la de la Medina, construida en 1612, que daba acceso a la plaza de Armas, espacio previo a la construcción del zoco chico. Fue remodelada en época del Protectorado al mismo tiempo que se construía la plaza de España, hoy denominada plaza de la Liberación, tradicional y principal centro urbano y comercial de la ciudad.

Mezquita Mayor

En el zoco chico se encuentra la mezquita Mayor o Jamaa Kebir construida en el siglo XVIII por mandato de Ibn Abdalah sobre el solar de una antigua mezquita fundada por el Sultán Mulay Ismail en el siglo anterior. El edificio de unos 1.200 metros cuadrados consta de cuatro naves, cinco tramos de arquerías y patio porticado. Su mihrab en medio del muro de la quibla es un artístico nicho de sección pentagonal con un arco de herradura. La mezquita posee cinco entradas diferentes: tres para los fieles, una para el imán y una para los servicios funerarios. A semejanza de la mezquita Nasriya, que era como un vigilante espiritual para los obreros del mar, esta jamaa conforma perfectamente la dualidad funcional de las mezquitas al servir de espacio de oración y de espacio social. Se apoya para esta función en la vecina madrasa, creada inicialmente en 1170 como fondac (albergue) de mercaderes, y en los artesanos y comerciantes del zoco chico y de su alcaicería.

Mezquita Anwar

La mezquita Anwar y la Torre de la antigua Comandancia de Marina son los edificios que más sobresalen en una panorámica de la ciudad desde la otra orilla del río o desde las ruinas púnico-romanas del Lixus. Atravesando desde el zoco chico la puerta de la alcazaba se encuentra la mezquita en la plaza del mismo nombre. Construida en el siglo XV, fue reconstruida en el siglo pasado sustituyendo su antiguo minarete de tipo cuadrado por el actual alminar octogonal. El edificio se asienta sobre mezquitas anteriores construidas en los siglos XV y XIX, edificadas en los espacios del antiguo convento y cementerio cristiano de San Francisco, del siglo XVII. Se caracteriza en su arquitectura por su sala indiferenciada de tres naves con tres tramos cada una, y su galería con pórticos.

La mezquita Mesbahiya, fundada originalmente como zauía para los fieles de la cofradía fundada por Sidi Yilali el Mesbahi en el siglo XVII, está situada en pleno barrio de las Kebibats, en las cercanías del sadik (justo) judío de la ciudad Rebí Yusef Hagalili (José el Galileo). Fue construida en los siglos XVIII y XIX y restaurada durante el Protectorado español. Consta de cuatro crujías de cinco tramos cada una, paralelas, al muro de la quibla, sin patio de abluciones, y con un blanco alminar trabajado con azulejos en su mitad inferior>.  (Pag. 471 y ss.)

Como cierre a su antológica Summa, el doctor José Edery Benchluch también nos explica profusamente la existencia, historia y estado actual de las sinagogas en el Magreb, en Marruecos en especial y, de nuevo, calmosamente en las de Larache. Me remito a su artículo que ya colgué en este blog sobre las snogas, pues hay parte en aquel de lo que describe en su libro, aunque he de advertir al curioso que en su libro los datos sobre las sinagogas de Larache son francamente jugosas.

El capítulo último del libro, además de dedicarlos a las sinagogas, ofrece una gran variedad de aspectos relacionados con los hebreos: su tradición gastronómica, el sexto mandamiento en Marruecos –muy simpáticas las anécdotas sobre los prostíbulos, especialmente durante su infancia, y la calle Real de Larache-, la escritura fenicio hebrea, el Bar Mitzvá, etc, etc…

De todos ellos, reproduzco un fragmente que me ha resultado aleccionador. Desde siempre, he utilizado la palabra “hebreo” y raramente la de “judío”, incluso algún amigo me ha hablado de ello diciéndome que siempre le ha llamado la atención mi manía. Pues ha sido precisamente Pepe Edery quien me ha dado la respuesta: simplemente proviene de algo que se implantó en la zona del Protectorado, y que yo, nacido ya en un Marruecos independiente, “heredé” de alguna manera de mis padres. Y esta es la explicación:

<Franco y los judío-hebreos de Marruecos:

Tras la Guerra Civil española, en la España de Franco, en sus colonias, Protectorado y Plazas de Soberanía, se utilizaron las denominaciones judío y hebreo en dos sentidos diferentes. Franco publicó en 1926, dos años después de la retirada y evacuación de Chauen o Xauen durante la Guerra de Marruecos, un artículo en el que resaltaba la dignidad y las virtudes de los judíos que vivían en la ciudad marroquí, entre los que tuvo varios amigos. Algunos de los cuales fueron los que probablemente intercedieron ante los banqueros judíos de Ceuta y de Tánger para obtener préstamos y donaciones (a fondo perdido) para ayudar al Alzamiento que se produjo diez años después. Este filosefardismo labrado en Marruecos, según Álvarez Chillida, será esencial para comprender  su postura de ausencia de un antisemitismo declarado, tanto durante la guerra como en determinadas declaraciones. Puede que influyeran también sus probables antecedentes genéticos judíos, de los que se vanagloriaba públicamente su hermano Ramón, que era aviador, y de los que Hitler ordenó se investigaran.

Franco quiso distinguir, y en este sentido orientó su política, entre los judíos <buenos> y los judíos <malos>. Estos segundos eran los europeos, <aliados en cuerpo y espíritu>, según su concepción, con sus enemigos, que eran Rusia, los comunistas, la masonería y los judíos norteamericanos. Acordaros de su famosa frase del <contubernio judeo-masónico> en la mayoría de sus discursos. Los judíos <buenos> serían los sefarditas, especialmente los que vivían en Marruecos, a los que se denominaría <hebreos>, para que no se confundieran con los <malos>. Por ello en el Protectorado, en Ceuta y en Melilla, hasta fechas muy recientes, se utilizaba la denominación de <hebreo> por parte, no sólo de los cristianos, sino también de los propios judíos>.  (Pág. 518)

Dr. JOSE EDERY BENCHLUCH

Sea como fuere, mi personal uso de la palabra “hebreo” quizá provenga de aquí, pero en lo más profundo deriva de mi idea de que esta palabra es más respetuosa, quizá porque la de “judío” fue tan manoseaba, vilipendiada y despreciada, especialmente en las etapas más oscuras de la historia europea, que me resulta mucho menos atractiva. Pero esto es una cuestión muy personal.

En fin, llegados al final del libro <Viajando por el Magreb Hispánico> hemos de concluir que es una obra imprescindible para consultar, estudiar, aprender y, claro, viajar, especialmente a los larachenses, que de una u otra forma lo harán de regreso. He disfrutado con muchas de sus partes, como ha quedado patente en mis tres entregas o comentarios al mismo, y reitero una vez más que es un trabajo espectacular.

Última hora: Pepe Edery <nos amenaza> con la inminente publicación de un segundo volumen. Y yo me pregunto, ¿pero aún le quedan más temas que tratar? Parece que sí, de manera que gracias a él tendremos una pequeña gran biblioteca de consulta, ampliable.

Sergio Barce, octubre 2012

 

 

 

Etiquetado , , , , , ,

LA CALLE BARCELONA, un relato del escritor larachense LEON COHEN MESONERO

Ahora le toca el turno a otra calle emblemática de Larache: la calle Barcelona. Y la visión de ella corresponde a quien siempre, cuando tiene oportunidad de charlar de Larache, regresa instintivamente hasta ese lugar, al abrigo de sus recuerdos: Leon Cohen. El texto es indudablemente íntimo y personal, trata de relatar como si caminara por esa arteria de nuestro pueblo (me parece más entrañable llamar a Larache pueblo que ciudad) pero Leon no puede evitar el desviarse para contar lo que realmente le satisface o lo que de veras le estremece: esas pequeñas aventuras de la infancia junto a sus amigos o especialmente al lado de  su padre. La suerte de compartir todos estos relatos, todas estas fotografías narradas, es que cruzamos tantas historias y experiencias, tantos recuerdos y anécdotas, que sin proponérnoslo estamos llenando de vida y de alma a todas las calles por las que ha transitado parte de nuestras vidas. Es el mejor álbum de Larache.

Sergio Barce, septiembre 2012

Leon Cohen

“Tratar de recrear el pasado es en cierto modo un intento de reconstrucción no sólo de la memoria propia, sino también y sobre todo de la memoria de una colectividad”.

                                      León Cohen

 

La Calle Barcelona

¡La Calle Barcelona! Era una calle vulgar, como cualquier calle, una calle de barrio. No era emblemática, no era ni la Calle Chinguiti, ni la Calle Italia, ni por supuesto la Calle Real. Pero muchas personas de Larache la recuerdan, la mientan y algunas creen haberla habitado, llegando incluso a ubicarla  de manera  errónea.

Yo no nací en esa calle, pero mis padres y yo, que sólo tenía un mes, nos mudamos en el año 1947 y allí residimos hasta el año 1954. En esa calle se forjaron mis primeras impresiones y se construyeron mis recuerdos primeros, los de la infancia profunda. Allí empezó a llenarse mi memoria de recuerdos imborrables y entrañables. En esa calle nacerían mis hermanos y hermanas. Todavía tengo fija en la retina la imagen borrosa de mi hermana Ani recién nacida y junto a ella un barreño metálico y a Doña Petronila.

La Calle Barcelona era una de las muchas calles transversales que unían la Calle Chinguiti o su prolongación con la Avenida de las Palmeras. Para situarnos, subiendo por la Chinguiti, se llegaba a una pequeña rotonda  o placita que daba a cuatro calles, siguiendo recto, la Calle Barcelona era la segunda a la izquierda. Y también la penúltima de tres, antes de alcanzar el Campito de los Mosquitos. En ese campito, como he contado en alguna ocasión, tenían lugar las guerrillas de moros contra cristianos, a pedrada limpia. Como dos ejércitos bien organizados, nos disponíamos los unos frente a los otros a tiro de piedra, y sólo a la orden de nuestros comandantes, empezábamos a lanzarnos las pedradas que cesaban cuando ambos jefes así lo decidían. Ese campito tenía además otros usos más pacíficos para muchos de nosotros, era donde cazábamos pajaritos con trampas, sirviéndonos las alúas como cebos, era en el propio campito donde cogíamos aquellos  coleópteros en los “alujeros”.

Si uno dejaba a un lado la calle, sin entrar en ella, a unos metros, se topaba con el Colegio Árabe donde estudió o estuvo, ese gran contador de palabras y cuentos que se llama Mohamed Choukri. Enfrente de aquel colegio vivía Don Antonio Ortega, el antiguo republicano.

Antes de entrar en la Calle Barcelona, no quisiera dejar sin contar algunos detalles. La rotonda, como dije, da a cuatro calles: la que viene de la Calle Chinguiti, la que va hacía la calle Barcelona, la que baja hasta los Maristas (la calle donde nací) y la que llega hasta la Avenida de las Palmeras; la plazoleta se compone por lo tanto de cuatro cuadrantes. En la esquina derecha de uno de estos “cuartos de rotonda” según se va hacía la calle Barcelona, vive un chico rubio de mi misma edad al que llamamos Antoñin el del jardín. En el cuadrante adyacente residen los Ribes, padres de mi amiga Elsa, en un edificio de construcción reciente. En el tercer cuarto reside la familia de mi amigo Santiago Hernández, en una suerte de patio de vecinos. Siguiendo hacía la Calle Barcelona, quiero también recordar que frente al colegio árabe, haciendo esquina, se halla situada una casa con muchas plantas donde vive Alejandro, un amigo de correrías. Entre su casa y el colegio empieza un callejón sin asfaltar, donde se encuentra la casa de Nissim Azulay, aquel niño tan avispado como cruel, que una tarde de otoño nos enseñó a unos cuantos, cómo la letra con sangre entra, utilizando una regla con la que nos atizaba en los dedos  imitando a nuestra maestra,  Mlle Beniluz.

Pero doblemos la esquina y recorramos la calle. Hasta llegar a mi casa, la calle tiene únicamente margen izquierda, pues en todo ese tramo en el flanco derecho sólo hay un descampado. A partir de mi casa ya aparecen algunas casas diseminadas en la margen derecha. Casi todas las casas son de una planta con azotea.

La casa del maestro: La primera es la del “maestro”. Para mí, el maestro era un amigo de mi padre con el que un día fuimos de cacería en nuestro camión. Llovía despiadadamente cuando salimos, mi padre al volante, yo en medio y el maestro a mi derecha en la cabina del camión. Detrás en el remolque iba Stika, mi querida  e inolvidable perra. Una pointer de primera clase. Circulábamos por una pista de tierra y barro, por la derecha caminaban unos campesinos, una mujer con un niño a la espalda, otras dos campesinas y un hombre de cierta edad. Los colores que recuerdo son el blanco y el rojo, el blanco de las “jilabas” y de los zaraguëlles (aunque en contra de la Real Academia de la Lengua yo prefiero la palabra zarahueles), el rojo de los fajines que suelen llevar los “jibilos” (jbel en árabe significa montaña). Llovía y a la lluvia incesante se había añadido una tormenta de muy señor mío. De repente, una luz cegadora, y un silencio sepulcral. El camión se había detenido y todos nos mirábamos en silencio como hipnotizados. Había sido un rayo: una descarga de energía eléctrica tremenda, inolvidable. Luego, los gritos de los campesinos, muchos gritos de pánico y mucha sangre, ruido y sangre, miedo y sangre. Sobre el suelo yacían el hombre mayor y la mujer que llevaba al niño, los dos muertos. El niño milagrosamente había salido indemne y lloraba, el resto de personas estaban heridas o presas de pánico. Me ha quedado como última imagen de aquella tragedia la de mi padre bajándose  del camión,  quiero creer que  llevamos a los heridos al hospital.

Leon Cohen en la calle Barcelona

Mi casa: Sigamos. Después de la casa del maestro, intuyo dos o tres casas, pero tienen la puerta cerrada y no distingo a nadie, será mi memoria que debe estar nublada por el paso del tiempo. Luego, mi casa, la casa donde estrené mis primeros cariños, mis primeros amigos, la casa donde empezó a conformarse ese yo, que hoy, pasado medio siglo, vuelve a ella, a esa casa de todos que es la infancia. 

La puerta y las dos ventanas que dan a la calle están abiertas.

La puerta: Un hombre joven, alto, moreno, de treinta y pocos años, en todo el esplendor que da la juventud, se yergue ante la puerta medio abierta, casi tapando con su cuerpo toda la luz que aún conserva la tarde. Yo, diminuto, con seis o siete años, observo con sorpresa y admiración su figura a contraluz. Es mi padre, que acaba de llegar de una de esas interminables cacerías con sus compañeros de siempre (el doctor Mayor, Revilla el carnicero y seguramente también habrá estado Bartolo el de la casa Ford). Mi padre está vestido de cazador, porta un sombrero de paja y lleva colgadas de la cintura un sinnúmero de perdices. Esboza una sonrisa amplia  y cómplice mientras se dirige a mí en tono cariñoso, mostrándome sus trofeos. Recuerdo con precisión meridiana que mi madre solía conservar las perdices en dos tinajas enormes llenas de aceite.  

La ventana situada a la derecha de la puerta: Da al pequeño salón de los trofeos. Se trata de una pequeña salita. Adosado a la pared que mira a la puerta de entrada, se halla un aparador muy vistoso y una mesa de comedor con sus correspondientes seis sillas forradas de una tela estampada. Se ve muy cuidado y con poco uso. Sobre el aparador, dispuestas con mucho orden y guardando la jerarquía, las copas que mi padre ha ganado en múltiples tiradas de pichón y al plato. La copa preferida es, como no podía ser menos, la del centro. Es una copa de plata de ley, grande, esbelta  y con  un baño de oro en su interior. De vez en cuando, a mí me da por pasearme por el salón y deleitarme mirando las copas. En ocasiones he llegado a pensar que mi devoción por los muebles y la decoración vienen de aquel salón y de aquella época.

La otra ventana: Es el dormitorio  de mis padres. Un recuerdo puntual: una mañana, mi padre sorprendió a un ladronzuelo en su dormitorio y lo puso de patitas en la calle agarrándolo  por el cuello.

En el patio, una parra y el gallo. Una gallo espléndido que mi padre había criado y que al oír la voz de éste, cuando llegaba a casa a la hora del almuerzo, preso de una súbita alegría, lanzaba de repente un repertorio de cacareos a cual más estridente. Una mañana que no quiero recordar, se lo llevó.

Calle Barcelona. Leın, David, el hijo del maestro y Stika

En la azotea, la casa de Stika. A la azotea solíamos subir todos los hermanos para visitar y entretenernos con nuestra perra de caza que prácticamente había crecido con nosotros. Una noche de verano mi padre nos comunicó la triste noticia: se había visto obligado a regalar la perra a un amigo, porque en la nueva casa no había sitio o por otra causa que no recuerdo, aunque sí recuerdo mis lágrimas, mi desconsuelo y el de mis hermanos. Habían sido casi seis años juntos.   

Nuestros vecinos: La familia de Cristóbal Ortega y Josefa Padilla, con sus hijos: Cristóbal, Carmen, Fina, Pepe, Antonio y Eduardo. He olvidado el nombre de otra hermana, pero para nosotros, mi hermano David y yo, los importantes son nuestros amigos Antonio y Eduardo. Son los grandes amigos de nuestra primera infancia. Hay una vivencia entrañable: las hogueras de la noche de San Juan. Quemábamos un muñeco de trapo y disfrutábamos saltando alrededor  del  fuego.

Olga: Pero esta calle también tiene su estrella. Es alta, esbelta, delgada y muy atractiva, parece una actriz de cine, yo la comparaba con Ava Gardner. Su nombre es Olga y vive con su padre Don Jaím Benaich justo enfrente de mi casa. Es indudable que Olga se distingue de la media de los mortales. En ocasiones la sorprendo hablando con mi madre y siento un fuerte deseo de ser mayor para poder conquistarla. Pasado el tiempo, se casaría con un norteamericano y se iría a vivir a América. Ignoro por qué siempre la imaginé en un descapotable con un pañuelo anudado al cuello y con la melena al viento. Era la diosa de la calle. 

Camino del Colegio Francés: Casi siempre realizábamos el mismo recorrido: subiendo desde mi casa, pasábamos por la tienda de ultramarinos de María que se hallaba justo a mitad de la calle, llegando al final de la calle, doblábamos a la izquierda, y apenas recorridos unos metros estaba la casa de  Palacios, el cazador de jabatos, cuyos dos hijos eran también compañeros nuestros, uno de ellos, Jeromín, era un excelente dibujante, luego tomábamos la segunda calle a la derecha y al final de ésta, la Avenida de las Palmeras. En la esquina se hallaban las casas de Bartolo y de nuestro compañero Julio,  y a muy poca distancia nuestro querido colegio.

La mudanza: Fue a principios del año 1954. Todo ocurrió muy de prisa. Un buen día, ante nuestra incredulidad y sorpresa, mi padre cargó con todas las copas y se las llevó. Luego supimos que las había vendido a un joyero del centro. Pocos días más tarde comenzó el embalaje de los muebles y demás enseres. Puedo todavía recordar los malos augurios que se avecinaban según  mi madre cuando se le rompió un espejo. Siete años de penurias que nunca llegarían a cumplirse. Bien es verdad que vendrían malos tiempos para la familia, pero no durarían tanto como presagiaba la superstición del espejo roto. Yo siempre he pensado que todo fue un pequeño castigo de la Calle Barcelona por haberla abandonado. Y es que las calles también tienen alma.

                                                           León Cohen,   Octubre 2003

Etiquetado , , , ,

LARACHE en Jaquetía – EL DEL PITO PITARÁ, un relato de la escritora larachense SARA FERERES

En este empeño por no dejar arrumbado ese curioso idioma o dialecto conocido como jaquetía o haketía, y que escuchamos tantas veces a muchos paisanos en Larache, traigo otro  texto de Sara Fereres, maestra de su uso, un texto lleno de giros y expresiones realmente simpáticos. Sin duda, Sara es una mujer con mucho humor y sabe volcarlo en sus relatos. Y además de recuperar ese habla, recupera personajes y lugares de su añorada tierra.

Sergio Barce, septiembre 2012 

Foto: Elisa y Sara Fereres en la Hípica de Larache

El del Pito pitará

por Sara Fereres

Cuando yo estaba alhazbita,  había en Larache un judió que vivía gher de las comisiones que sacaba cuando le pedían  encargos de Tanja. Acostumbraba ir  a mercar mercancía extranjera, porque esa cibdad, era sona franca y no se pagaban impuestos. Munchas de esas cozzas no se podían mercar en Larache, porque las vendían nada más que los Indios en sus almacenes ¡La verdad…! siempre llenos de todo lo weno…, máa su costeee… ¡Era una guezzerá! El judió del cuento viajaba una belhá de bezes en el mes por la CTM, el autocar que salía de la sona francesa con destino a Tánger, pero antes, tenía que pasar por Larache. Los Tettaunis se iban a Tánger pa poder cojjer la CTM, si es que querían ir a la sona francesa, porque este trasporte no entraba a Tetuá. Todo esto que boz contoy, pasó en los tiempos de las guerras, primero la española con el quitado de Franco y la segunda, la mundial. Mismo que las guerras se habían khadeado en 1945, todos los que vivíamos en la sona española, seguimos pasando wuahlás que mejjor mi callar que mi hablar, porque en Sefarad, todo estaba quefseado, no seppais de mal… ¡Who por la quebra en que se quedó! Ya sabrís que Franco era haber del “quitado y mal’logrado se le mehee su nombre que no desseo enmentar”. Y por eso mismo, no quijeron ayudarle los americanos. Wua por eso Sefarad se mehheó en un foyo una belhá de años. ¡Wueno, wa ya me salí del cuento… perdonai”!

Un día de esos en que el judió iba a viajar, cuando estaba enfrente de la ofisina de la CTM llegó uno de sus clientes y le encargó una pluma de esas que enmentan Parker. Esas estilográficas tenían muncha demanda entre los mancebitos que se la ponían en el borsiíto del pañuelo de la jaqueta, zaamá pa darse postín con los amigos y las muchachitas. Discués, llegó una sagenáaa…  con toda la cara pintada como una mascarita debacho del pelo teñido con alheña y meneando el hondón, como las olas de la mar y le rogó al judió  hauritel-lá, que la truchera un par de medias de nilón de marca Kaiser,  que estaban de moda. Además quería un borso de plexiglas trasparente y un cinturón, iwual que´l  borso. Eso era lo más elegante en esos tiempos discués de la guerra… ¡Yahasrá!

Un ratito discués, pareció otro sagén que quería un reloj Dogma. ¡A dezir  verdad,  los ricos no desreaban esa marca… Si no eran Longines, Omega, au Cyma, no se ponían otro. ¡Los Dogmas,… gher pa los empleaditos! Wueno, a todo esto, llegó el chofer y se subió a su luwar en el coche. Los que entabía estaban en la calle y también  iban a viajar, empesaron a subersen y se sentaron y ansina mismo hizo el judió negociante. En esto, alaquí un niñito que venía coriendo coriendo, y empesó a gritar: ¡Señor, señor, espere por favor! Quijjera que mercara pa´mí… un pito. Tome señor y le meqneó un biete d´a bente pesetas. El judió le cojjó, le volteó y le miró bien y se le metió en el borsió de la joha. Entonses, se asomó por la ventana, echó una ghanzrada  a los clientes que estaban esperando la salida del autocar y disho con calma: ¡Ah judíos! ¿Sabís? ¡El del pito, ése pitará! 

¿Entenditis el cuento? El único que pagó el encargo, fue el niñito.

COZZAS DE JUDIOS (2)
GLOSARIO
JAQUETIA ESPAÑOL
Maá Más
Belhá Numeroso
Wahlá Apuro
Quebra Miseria, pobreza
Mehear Enterrar, borrar, eliminar, desaparecer
Enmentar Mencionar
Hondón Posaderas
Hauritel-lá Algo así como, “por amor a Alá (Dios)”
Desrear Valorar, apreciar
Entabía Todavía
Meqnear Entregar
Joha Caftán negro que usaban los antiguos judíos de Marruecos
Ghanzrada Mirada
SARA FERERES DE MORYUSSEF                                    NOVIEMBRE   2004
Etiquetado , , ,

LAS LLAVES DEL CANCILLER, un relato del poeta larachense MUSTAFA BOUHSINA

Sigamos paseando por Larache de la mano de los relatos que los paisanos vamos reescribiendo con el recuerdo y la memoria, con las grabaciones que hicieron un día nuestras retinas y quedaron grabadas en el recuerdo. Hoy traigo al poeta Mustafa Bouhsina, de quien ya he colgado varios poemas, pero hoy os presento un pequeño texto en prosa.

Os sugiero dos cosas al enfrentaros a él: primero, que lo leáis despacio, y segundo que lo leáis por segunda vez, porque, os lo aseguro, es cuando uno se da cuenta de la candidez, la belleza y la profundidad de lo que nos está relatando Mustafa. Aunque es un relato sencillo y directo, con giros que a muchos os harán sonreír porque son expresiones y formas de hablar típicamente larachenses, sin embargo, pese a esa sencillez que menciono, hay un segundo sustrato en el que se esconde emoción, nostalgia y un bellísimo canto a la amistad y al respeto. Requiere ser leído sosegadamente, aprehendiendo cada frase, exprimiendo cada escena, y cuando se vuelve a leer, esa segunda lectura que recomiendo hacer necesariamente, entonces encuentras lo que Bouhsina te quiere contar…

Sergio Barce, septiembre 2012

Mustafa Bouhsina

 

LAS LLAVES DEL CANCILLER

de Mustafa Bouhsina

 
En un Domingo de invierno muy lluvioso salí de casa camino al Zoco Chico para tomar un vaso de té con hierba buena y azahar en el cafetín del Said el Kush, el paraguas que llevaba en mi mano me cubría mitad a… mitad del torrencial lo que me hizo llegar al cafetín empapado, al entrar después de cerrar mi paraguas y secar mi rostro con mi pañuelo oí una voz muy cálida que venía de una esquina, gritaba “sidi Mustafa”, con mis ojos medio mojados miré al lado de donde procedía la voz, con dificultad por el vapor que salía de las bocas de la mucha gente que llenaba el cafetín y el humo que salía de las pipas (Sebssi) de los fumadores del Kif, he conocido el que mi llamaba.
– Sidi Mohammed, cómo estás de salud, y perdone de no conocerte al mediato, ya sabes con este clima dentro del cafetín…
– No importa, por que si tú no llegaste a conocerme yo iba en tu busca porque eres muy valioso para mí, si eres el hijo de mi fiel amigo el difunto Talib Mohammed querido por toda mi familia por el buen corazón que tenia.
– Eso lo sé y no tengo duda en el respeto mutuo que enlazaba el difunto padre con tu familia. Pero dime, qué te hizo salir de casa en este mal tiempo que hace hoy.

Balcón Atlántico por Itziar Gorostiaga

– Lo mismo que te obligó a ti a salir en busca de un vaso de té del Zizua (cacharrito donde se prepara un vaso de té en un cafetín tradicional) del mahalem Sahid y dar un paseo por el Balcón Atlántico, porque el paisaje en tiempo de lluvia es de otro color que nos hace saber qué grande es la fuerza de la naturaleza, ¿no es cierto Mustafa?
– Sí, pero tú con tu avanzada edad debías de estar en casa con los tuyos hasta que se mejore el tiempo.
– Sí, tengo más de setenta años pero todavía me siento joven y bien reservado, ¿no es cierto mi amigo?
– Claro que sí, solamente bromeo contigo.
– Mira Mustafa, eso gracias a Dios y al movimiento continuo que ejercía cuando trabajaba como repartidor de bombonas de gas butano con la compañía del Atlas, no te recordabas.
– Eso lo que te deseo, estar siempre en forma como dicen los atletas, pero dime, sidi Mohammed, ¿no tienes nada del pasado que me puedas contar? Que ya sabes lo tanto que quiero saber sobre el pasado de mi Larache y de sus paisanos.
– Primero pide tu vaso de té al camarero porque Mahalem el Kush está esperando tu pedido y después veremos lo que tenemos que contarte esta tarde hasta la llegada del rezo de la caída del sol.
– Abdeslam, un vaso de té con azahar para mí y otro para sidi Mohammed.
– Gracias, aunque he tomado un café solo no puedo rechazar tu convite Sr. Mustafa.
– Mereces lo mejor por tu dignidad y aplicación, sidi Mohammed.
– Te voy a contar un caso curioso que me ocurrió a mí en persona.
– Pues adelante y no perdamos tiempo.
– ¿Recuerdas el almacén de tu abuelo el difunto sidi Ali Tmimi?
– Sí, lo recuerdo, que ahora es una ruina en el final de Hakbat Daliman (cuesta de Alemania).

Larache, foto de Itzi Gorostiaga

– Pues sí, cerca de ese almacén estaba una casa donde residía una familia famosa alemana; con esta familia trabajaba mi difunta hermana mayor Zohra. Un día, cuando yo tenía quince años, vino a la casa de mi hermana, yo vivía con ella en esta casa que formaba parte de la casa grande, la familia alemana, y estaba reservada para los criados de esa familia, digo vino un respetable señor comerciante español preguntando por mi hermana Zohra; al encontrarse con ella le dijo que unos amigos suyos le hablaron de la buena conducta que goza nuestra familia en el ámbito larachense y por eso he venido para pedirte que tu hermano Mohamed de trece años venga a residir con nosotros en nuestra casa que se encuentra en la Avenida Primo de Rivera con mi mujer, mi hija única de cinco años y Rahma la criada y yo. Mi hermana, antes de darle su afirmación, le dijo tengo que preguntar a sidi Ali. Tu abuelo este, al preguntarle, le dijo que ese señor no puedes encontrar como él en su dignidad -si quieres pregunta por él a sidi Alemrani que trabaja contigo en el servicio de la familia alemana y verás lo que te va a decir.
– Mi hermana le respondió: no hace falta sidi Ali, tu afirmación basta. En ese instante dio su visto bueno de que yo forme parte de esa familia española y al día siguiente empecé mi tarea con esta familia que consistía en los mandatos de fuera de casa que pedía la señora durante el día, y por la noche tornaba a mi casa. Día tras día pasaba el tiempo como un relámpago y cuando Pili cumplió la edad de ir al colegio yo la llevaba y la traía como se fuese mi hermanita. Esta familia se quebró en el camino de la vida con la muerte del padre de Pili y después por la muerte de la madre, Pili se quedó huérfana y sola en casa con Rahma y conmigo porque no tenía familiares en Larache; en ese tiempo Pili cumplió 18 años y yo 28, pero el padre de Pili le dejó bienes muy importantes porque ella era la única heredera de su padre y su madre, y la vida sigue. Yo me encargaba de todo de afuera y Rahma, que era una buena mujer que crió a Pili desde su nacimiento, se quedó con la tarea de casa. Pili dejó el estudio después de la muerte de su mamá y se quedó en casa. Mi hermana Zohra, al cumplir yo los treinta años, me buscó una chica con la que me casé, Pili conoció a un chico llamado Francisco, y yo sin saber nada de esta relación porque Pili no me dijo nada y muchas veces me enfrentaba con Francisco cuando lo encontraba bajo el balcón de Pili hasta que un día lo he dicho a Pili y ella me reveló el noviazgo con Francisco que duró dos años. Después se casaron y vivieron juntos en casa de Pili, yo ya no vivía con mi hermana porque he alquilado una casa en Alcazaba junto al mausoleo de sidi Abdel Karim cuando empecé a trabajar en la compañía del Atlas, pero al mismo tiempo seguía con mi tarea con Pili y Francisco que resultó buen chico, que encontró trabajo en la cancillería de España en Larache y de este modo seguía la vida de nuevo día tras día año tras año.

Mausleo de Abdel Karim

La pobre Pili y Francisco no tuvieron hijos y mis hijos eran para ella como sus hijos. Mi trabajo en el Atlas no cambió de nada mi tarea con Pili y su marido Francisco. Éste mi dijo un día que me respetaba mucho y me consideraba como un hermano de Pili y no como un criado en la casa y eso era cierto porque un día yo discutía con Pili sobre la compra de la casa y ella dijo a Francisco: tienes que tomar decisiones conmigo, y él le respondió yo no puedo entrar entre dos hermanos, quiero quedarme neutral, y lo terminó con una carcajada muy grande que en seguida lo compartimos con él yo y Pili. Pasó el tiempo como siempre y un día nombraron a Francisco canciller de España en Larache, ese día fue de alegría y fiesta para nosotros y don Francisco y Pili lo celebraron en casa con unos amigos. Ese día sentí que Sr. Francisco me quería y me respetaba mucho, por que yo le dije en broma: ahora llegó el momento de que tomaras represalias de mí por esos días antes de casarte con Pili cuando te echaba de la puerta de Pili, pero don Francisco, con una sonrisa abierta, lo terminó con unas lágrimas y me dijo: Moreno -porque él siempre me llamaba con ese nombre-, cómo piensas en estas cosas aunque de bromas si yo te considero como el mejor amigo que he tenido en mi vida y el hermano cariñoso de mi querida mujer, pues cállate Moreno y desfruta de la fiesta porque lo mereces. Pues así pasó nuestro tiempo con Pili y su marido.

En los tiempo de cacería íbamos de caza en un Land Rover que tenía don Francisco y yo como su chófer y en verano cada Domingo nos íbamos a la paya de Rass el Rmel para bañarnos y pescar con caña, que en esos tiempos era muy abundante la pesca no como hoy. El Sr. Francisco era un buen nadador porque nació en Bab el Bhar cerca del muelle, la verdad lo hemos pasado muy bien en general, sin contar las desgracias que van a venir después. Te he contado esta historia antes de narrarte el sujeto principal que coincide con el titulo de esta fábula que te voy a contar: “Las llaves del canciller”, por que sabía que te va a gustar.

foto de Javi Lobo

Mira Mustafa, un día Don Francisco y Dona Pili disidieron de pasar sus vacaciones de dos meses porque Francisco, desde que fue nombrado canciller, no tomó sus vacaciones reglamentarias por el trabajo tenso que tenía y ahora que le nombraron un ayudante decidió de tomar sus vacaciones porque ese año era el último antes de jubilarse y querían pasarlas en Granada, donde tenían familiares, y eso fue en el mes de Diciembre. Cuando me llamó don Francisco el día que iban de viaje, él subió a su coche, me dijo “mira Moreno, aquí tienes dos llaves uno de mi despacho y el otro de la caja fuerte de la cancillería”, pidiéndome que las ponga en el jarro de flores que está sobre la mesa del comedor, porque yo y Rahma quedamos con la responsabilidad de la casa durante su ausencia, y después de despedirnos de ellos en el puerto de Tánger, tornamos yo y Rahma en el Land Rover a Larache cuando ellos tomaron el barco para Málaga. Pasaron los dos meses, Pili y Francisco volvieron a casa en Larache. Al llegar, encontraron a Rahma en casa, pero yo estaba en Tetuán por asuntos del trabajo en Atlas por unos días, cuando volví a Larache fui a la casa de Pili para saludarla, le pregunté como han pasado las vacaciones en Granada y dónde está don Francisco, “pues en el comedor leyendo el periódico, mira Mohammed quiero decirte algo confidencial porque eres para mí como un hermano, desde que hemos llegado a Larache hace una semana Francisco no come ni habla conmigo como antes, me parece que Francisco ha dejado en Granada una amante suya; cuando le pregunto qué le pasa me responde: nada, solo el trabajo de nuevo, pero yo no estoy segura de lo que está diciendo”, cálmate Pili, yo conozco a don Francisco, no puede hacer eso y ahora mismo lo voy a ver y hablaré con él, enseguida fui al comedor, saludé a don Francisco, me senté a su lado y le he dicho francamente que no me gusta lo que está pasando en casa después de las vacaciones ni tu estado ni el de Pili, algo pasa y yo lo quiero saber ahora mismo. Me miró Francisco con un rostro lleno de tristeza, me dijo: mira Moreno, eres de la familia, por eso te voy a declarar, pues que sea lo más pronto posible, pues el tres de este mes -y estábamos en el día primero del mes- va a venir de España un inspector para inspeccionar la marcha de la cancillería para ver cuánto dinero hay en la caja fuerte, cuando llegamos de vacaciones a casa me enteré de que he dejado las llaves de mi despacho y de la caja fuerte en un lugar de Granada, el problema de mi despacho está resuelto porque el guarda tiene la copia de la llave pero el de la caja fuerte era única y desde ese tiempo estaba pensando cómo voy a abrir la caja fuerte que ya sabes que es muy grande, antigua y fuerte, porque era de los tiempos de los falanges. Cuando llega el inspector, él que no va a creer en mi argumento de que he perdido las llaves de la caja fuerte, y desde ese día no he dormido ni he comido bien y no quería decírselo a Pili para no molestarla conmigo, yo al oír este argumento del canciller sin controlarme empecé a reírme y el pobre Francisco se enfadó conmigo diciéndome te estoy contando mi amargura y tú estás riendo de mí, qué amargura ni ocho cuarto, la solución de tu problema la tengo yo, y bromeando con él le he dicho: tengo un amigo militar que tiene un tanque, le voy a pedir que mi haga un favor, con su tanque de noche vendrá a tu despacho, con su tanque de un cañonazo y como diana la caja fuerte que se abrirá al instante, mi miró como siempre y me dijo levántate de mi lado porque siempre estás bromeando, le calmé y le he dicho la solución la tengo, de verdad, pero con una condición, me dijo cuál, pues la de que tomes dos platos seguidos de la paella que está preparando Pili, me dijo basta ya de bromas, que no es su lugar, no estoy bromeando hablo en serio, si es en serio como hasta tres platos no solo dos, pues trato hecho. Llamamos a la pobre Pili, y le narramos todo lo que sucedió entre nosotros dos, después he dicho a Pili dónde está el jarro de flores que estaba sobre la mesa del comedor, Pili me dijo lo ha llevado Rahma a la cocina, pues por favor di a Rahma que lo traiga,  cuando lo trajo Rahma metí mi mano dentro del jarro delante de Francisco y saqué las llaves que buscaba el canciller; si pusieron los dos muy alegres y nos abrazábamos los tres entre nosotros porque el problema que tenía el canciller ya está resuelto. ¿Has visto como vivíamos nosotros los larachenses marroquíes y españoles sidi Mustafa?
– Pues muy bien lo que he oído de ti esta tarde sidi Mohammed, quiero al final preguntarte dónde está ahora esa familia tan amable.
– Pues cuando el canciller se jubiló quedaron un cierto tiempo en Larache, después se trasladaron obligados para siempre a Granada porque ahí tenían sus bienes; dejaron su Larache con lágrimas que llenaban sus ojos porque los dos han nacido y se criaron en Larache. Vivieron una época muy corta en Granada, mi hermana Pili con lágrimas en sus ojos murió la primera por pena de dejar su ciudad natal Larache, y después por corto tiempo la alcanzó Francisco, su marido, que Dios lo tenga en su gloria con todos los de mi Larache.
– Pues muchísimas gracia sidi Mohammed por contarme esa historia tan bonita de una familia Larachense muy cariñosa.
– Pues nos vamos a la Mezquita de las Luces “Jamah Al Anwar” para el rezo de la caída del sol (Almaghreb) sidi Mustafa.

Mezquita Al Amwar

Etiquetado , , , , , , , , ,

EL ZOCO CHICO, un relato del escritor larachense CARLOS GALEA

A la izquierda, (mi padre) Antonio Barce junto a Carlos Galea, y entre otros, sentados, Juan Urda, Manolo Galea, Fernando Anidja…

Un nuevo texto descriptivo de Larache. En esta ocasión se trata de un relato de Carlos Galea. Carlos nació en Larache en 1935 y ha publicado “La casta militar africanista” (Instituto Alicantino de Cultura Gil Albert, 2003) y con el mismo Instituto edita en 2010 el libro “Recetas de la cocina norteafricana”, estando pendiente de salir “Recetas de la cocina sefardita”. Algunas de estas recetas que Carlos Galea ha recopilado las ofreceré próximamente.

De su libro aun inédito “Relatos de un niño de la guerra” procede el texto del Zoco Chico, un cuadro de este lugar de Larache tal y como Carlos Galea lo vivió y lo recuerda. Es un relato detallista, de documental, a través del que vemos cada rincón del Zoco y, sobre todo, sus brillantes colores y sus inolvidables olores. Personalmente, al leerlo, cuando llegué a “…los pinchitos de carne picada o en trocitos, aliñados con especias y cilantro verde, asados a la parrilla con carbón vegetal, y servidos dentro de un cuarto de torta de pan de trigo”, lo confieso, de pronto estaba de nuevo en Larache saboreándolo, podía olerlo perfectamente y podía rememorar con exactitud el sabor de la torta, el sabor de la carne, el olor penetrante que le acompaña, lo tenia entre mis manos y podía darle un bocado… Inolvidable, como tantas otras pequeñas cosas. El Zoco Chico de Larache…

Sergio Barce, septiembre 2012

Zoco Chico – foto de Itziar Gorostiaga

 EL ZOCO CHICO

 Por Carlos Galea

Siguiendo la descripción de Larache, me voy a referir en este capítulo a su lugar más peculiar: el Zoco Chico.

Está situado dentro de la que antes de la llegada de los españoles fue la ciudad árabe amurallada, la Medina. Su imagen muy pintoresca ayudará al lector a situarse en el ambiente y conocer más fácilmente el contenido de algunos de mis relatos.

Se entra en el Zoco Chico por una puerta monumental de arquitectura hispano-árabe, que se abre por la Plaza de España.

Se atraviesa en primer lugar una calle estrecha repleta de una muchedumbre abigarrada. Mujeres cubiertas con amplios mantos blancos, y velos que cubren toda la cara, dejándoles visibles sólo los ojos, o con chilabas de corte y colores modernos, algunas también veladas.

Campesinas de las cabilas de las montañas cercanas, vestidas con faldas de lana tejidas artesanalmente por ellas mismas, a rayas blancas y rojas, amplios sombreros de paja adornados con borlones azules, polainas de cuero marrón protegiéndoles las pantorrillas, babuchas de badana amarilla como calzado, y con la cara al descubierto. Son mujeres bereberes, pueblo autóctono anterior a la invasión de los árabes, de finas facciones, tez blanca y pelo negro lacio y brillante.

foto de Javi Lobo

Hombres de esta misma etnia ataviados con chilabas de burda lana que les llegan justo debajo de las rodillas, y turbantes blancos, muchos de los cuales con tupidos bordados amarillos. Llevan el dinero y sus otros objetos de valor en grandes carteras de cuero repujado con flecos, sujetas con una correa cruzada sobre el pecho. Algunos van armados de un puñal curvo, la gumía, dentro de una funda de plata labrada sujeta con un grueso cordón que les cuelga desde el hombro, en sentido opuesto a la cartera. Más que un arma, este puñal es un adorno.

Hombres de la ciudad con chilabas de lana gruesa o de tela más fina, tocados con turbantes, gorros de fieltro rojo, bonetes blancos o de colores.

Los más numerosos vestidos a la usanza europea, y en menor número mujeres del mismo modo, aunque muchas de ellas con pañuelos de diversos colores cubriéndoles los cabellos, respetando el rito musulmán.

Aunque ya muy escasos, se ven ancianos judíos con levita, faja y bonete, y los más jóvenes de esta confesión vestidos a la europea, cubiertas sus cabezas con boinas negras y sombreros clásicos de fieltro. Las mujeres hebreas van con vestidos de corte europeo y sin ningún tocado, excepto las ancianas en las que aún perdura el pañuelo de flecos tapándoles el cabello.

Y muchos españoles y españolas de todas las edades, mezclados con esta muchedumbre.

Una vez pasada la calle de entrada, hay que andar a empujones por el estrecho pasillo dejado entre los puestos de golosinas instalados a ambos lados, y finalmente se desemboca en un amplio recinto que se prolonga hasta el gran portal de la Alcazaba, antigua ciudadela fortificada.

A cada lado unas arquerías, y bajo éstas numerosos pequeños comercios ocupan cada uno la anchura de una puerta.

Sobre un lado del mostrador de madera que cubre toda la entrada de la tienda, está sentado el vendedor con las piernas cruzadas bajo el trasero. Sin necesidad de desplazarse, el comerciante tiene a mano todos sus artículos.

Las tiendecitas se suceden sin guardar ningún orden en la oferta, es precisamente la principal característica del comercio oriental. El comprador se pasea sin tener idea de lo que se va a encontrar, y es para él un placer ir descubriendo los objetos interesantes.

El otro placer es el regateo. Ningún artículo tiene indicado su precio, el comprador lo pregunta y el vendedor le dice una cantidad siempre muy por encima de la que piensa aceptar finalmente. Se inicia el tira y afloja hasta llegar a un acuerdo. Muchas veces el comprador da un último precio, el vendedor no lo acepta y deja que el comprador se marche. Pero cuando éste ha andado una corta distancia el vendedor lo llama a voces y le dice que por tratarse de su persona va a hacer el sacrificio de vendérselo a tan bajo precio aunque pierde dinero en la operación.

Este ritual parecerá absurdo a un europeo, pero es el alma y la salsa de los mercados árabes, donde la gente no tiene ninguna prisa y hace de la compra un entretenimiento. Si el comprador no obtiene una rebaja substancial se queda con la sensación de haber sido engañado, aunque muchas veces es lo que ocurre, pues los comerciantes son muy astutos y emplean métodos de simulación dignos de actores consumados de teatro dramático.

En estas hileras de tiendas encontramos zapatos, correas, cojines de cuero repujado, y babuchas. Jarrones de cobre o latón cincelados, teteras de falsa plata, cafeteras, soplillos ricamente adornados, velas, quinqués, cerillas y mecheros. Té, café, azúcar en pilones, especias a granel, frutos secos. Queso fresco sobre una hoja de palmito, manteca rancia en potes de barro, leche fermentada vendida en vasos sacada de una tinaja con un cazo. Tortillas de harina de garbanzo en porciones, buñuelos de viento. Pinchitos de carne picada o en trocitos, aliñados con especias y cilantro verde, asados a la parrilla con carbón vegetal, y servidos dentro de un cuarto de torta de pan de trigo. Mejillones cocidos, sin cáscara y al peso. Tortitas de sémola porosa, pasteles de almendra y miel, dulces de masa frita bañados en miel parecidos a los pestiños. Habas secas cocidas, aderezadas con sal y comino molido mezclados.

-¡Yabán kulubán! –vocea un vendedor ambulante.

Pasea por el Zoco un pastoso caramelo blanco fundido alrededor de una gruesa caña de bambú. Los vende por pequeñas porciones, que corta y despega con una navaja. Le persiguen numerosas moscas, y las va espantando continuamente con un pañuelo de dudosa limpieza.

Fuera de las arquerías, sobre una de las aceras que bordean la calzada central de adoquines de granito muy irregulares, se instalan vendedores ambulantes de objetos usados. Ofrecen vasos y platos, cafeteras doradas o plateadas, vestidos, cazadoras de cuero, viejos cuadros y muebles antiguos, llaves, cadenas, cerrojos, candados, camas con los cabezales de bronce o latón recuperadas sin duda de las familias judías que han abandonado el país para irse a Israel, y otros muchos objetos que sería muy largo enumerar.

En la otra acera, sobre pequeñas mesas de madera muy bajas, cubiertas con manteles blancos, mujeres sentadas en el suelo ofrecen tortas de pan de trigo recién salidas del horno, como denuncia el agradable olor que impregna el ambiente e invita a comprarlas.

foto de Itziar Gorostiaga

Los labriegos venidos de las cabilas cercanas exponen a  la venta sus productos, traídos a lomo de sus borricos. Los colocan apilados en el suelo, y pregonan a gritos su gran calidad. Encontramos naranjas muy ácidas y de piel fina, membrillos, pepinos, calabacines, calabazas, cebollas rojas y blancas, tomates, alcachofas de la huerta, alcauciles (alcachofas salvajes con púas), habas, guisantes, grandes melones y sandías de secano, lechugas, coles, coliflores, zanahorias, nabos, rábanos, perejil verde, cilantro verde, tomillo, romero, hierbabuena y otras hierbas aromáticas.

Estos productos vegetales tienen unos sabores muy acentuados, están cultivados con abonos naturales, los únicos utilizados por los campesinos. No conocen los cultivos bajo toldos que tanto desvirtúan la calidad.

También ofrecen frutas salvajes recogidas en los campos, como son la palmicha (dátil del palmito), moras, zarzamoras, madroños, todos ellos en cestitas de caña, palmitos deshojados hasta la parte tierna y comestible, higos chumbos pelados en el momento de su venta, higos y brevas frescas. No faltan los níscalos y otras setas de los bosques de pinos de los Viveros y de la Ghedira.

Los pollos y los conejos los venden en vivo, y, siguiendo el rito musulmán, los sacrifican antes de entregarlos al comprador cortándoles la yugular y dejándolos dar saltos en el suelo hasta que se desangran.

Hay un estrecho callejón sin salida a la derecha de la calle de entrada al Zoco Chico, con sombra y frescor, en el cual los pescadores de caña profesionales exponen a últimas horas de la tarde sus capturas de toda la jornada, iniciada al amanecer.

Ofrecen una gran variedad de pescados muy frescos, abundantes en las playas arenosas y rocosas del litoral larachense. Grandes ejemplares de doradas, lubinas (llamadas también robalos o róbalos), sargos, corvinas, verrugatos, zalemas, lisas, congrios, murenas y sábalos. Este último pez, de la familia del arenque, que sólo se pesca en los estuarios como el del río Lukus, es muy apreciado por los judíos y musulmanes de Larache. Es prácticamente desconocido por los españoles que no lo aprecian por sus muchas espinas, sin conocer su gusto exquisito.

También se pueden comprar centollos, bogavantes y nécoras abundantes en las playas próximas a precios muy bajos, pues el consumo de estos crustáceos está prohibido por sus religiones a los musulmanes y los hebreos.

La angula (alevín de la anguila) abunda en este maná que es el río Lukus. Según he leído, sus huevos son expulsados por las hembras adultas en el Mar de los Sargazos y conducidos durante miles de kilómetros a través del Océano Atlántico por la corriente del Golfo hasta las costas del Norte de África y Sur de Europa. En las desembocaduras de los ríos importantes, en este caso la del Lukus, se produce la eclosión de los huevos, el nacimiento de la angula, en el choque de las aguas dulces de las riadas con las corrientes marinas.

Río Lukus – foto de Itziar Gorostiaga

El derecho de pesca de este apreciado producto del mar, que alcanza fuera de Marruecos muy altos precios, es motivo de adjudicación administrativa por el organismo de Aguas y Bosques del Ministerio de Agricultura marroquí, mediante subasta pública. Los adjudicatarios de esta subasta exportan las angulas a todo el mundo, bien en vivo, como es el caso de Japón, o precocidas en cajitas de madera.

Sin embargo, pescadores furtivos, a altas horas de la noche, suelen extraer algunos kilos en los recovecos del río. Como no las pueden exponer a la venta, las ofrecen en voz baja a los compradores de pescado y, una vez acordada la compra, las traen discretamente de donde las tienen guardadas metidas en una bolsa de plástico. Están vivas y llenas de baba, y hay que matarlas antes de cocinarlas con tabaco o sal, además de lavarlas con mucho agua.

Su precio está a años luz del de las angulas del río Nervión, y por ello son muchos los españoles de Ceuta, Tetuán y otras ciudades próximas que vienen los fines de semana a Larache para consumirla en los diferentes bares, principalmente el Bar Central, de Pepe Osuna.

Cae el día, el sol se oculta en el horizonte, el cielo se enciende de nubes rosas que reflejan sus últimos rayos. Se oye el canto del almuecín llamando al rezo desde el minarete de la mezquita.

Los vendedores ambulantes y los campesinos recogen sus mercancías, y poco a poco el Zoco Chico se adormece hasta las primeras horas del día siguiente para volver a comenzar su febril actividad.

CARLOS GALEA

Etiquetado , , , , , ,