Archivo de la categoría: CINE

ALLEN & MARX

Los diálogos de los films de Woody Allen y de los hermanos Marx cuando son delirantes son excepcionales. Como botón de muestra:

«¿Qué tal, Pussycat?» (What’s New Pussycat?, 1965), dirigida por Clive Donner, con guión de Woody Allen.

Edra Gale: ¡Dime quién es!
Peter Sellers: ¡Ana, te he dicho mil veces que no me molestes mientras trabajo!
Edra Gale: ¡Dime quién es esa mujer!
Peter Sellers: Esto se ha acabado. ¡Vete a la cocina!
Edra Gale: ¿Por qué no viniste anoche a casa?
Peter Sellers: ¡Déjame en paz, tengo que trabajar!

Edra Gale: ¿Es más guapa que yo?
Peter Sellers: ¿Qué si es más guapa que tú? ¡Hasta yo soy más guapo que tú!
Edra Gale: ¡Oh, grosero!… Llevas carmín en la camisa.
Peter Sellers: Bueno, nadie es perfecto.
Edra Gale: Ya sé que no es la primera.
Peter Sellers: ¡Mira! [Señala al cielo y se escabulle.] ¡Te mentí! ¡He estado mintiéndote! ¡Te he odiado desde el instante en que nos casamos! ¡Eres grotesca!
Edra Gale: ¡Y tú, un adúltero lascivo!
Peter Sellers: No te atrevas a llamarme eso hasta que yo sepa lo que quiere decir.
Edra Gale: ¡Adúltero! ¡Adúltero!. ¡Eres un adúltero lascivo!
Peter Sellers: ¡Guarda silencio mientras gritas! [Consulta un grueso tomo mientras lee] Adúltero lascivo, aquí está. [Lee:] Adúltero lascivo es el hombre que siendo adúltero es lascivo. ¿Qué birria de libro es este?…

«Una noche en la opera» (A Night At The Opera,1935). Film dirigido por Sam Wood. Guión de George S. Kaufman, Morrie Ryskind, Al Boasberg, Bert Kalmer y Harry Ruby.

Groucho Marx: Haga el favor de poner su atención en la primera cláusula porque es muy importante. Dice que … “La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte” ¿Qué tal? Está muy bien, ¿eh?
Chico Marx: No, eso no está bien.
Groucho Marx: Por qué no está bien
Chico Marx: No lo sé. Quisiera volver a oírlo.
Groucho Marx: Dice que…“La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte”

Chico Marx: Esta vez parece que suena mejor.
Groucho Marx: A todo se acostumbra uno. Si usted quiere lo leo otra vez.
Chico Marx: Tan solo la primera parte.
Groucho Marx: ¿Sobre la parte contratante de la primera parte?
Chico Marx: No, sólo la parte de la parte contratante de la primera parte.

Groucho Marx: Dice que … “La parte contratante de la primera parte será considerada como la parte contratante de la primera parte y la parte contratante de la primera parte será considerada en este contrato …” Oiga, por qué hemos de pelearnos por una tontería como esta. La cortamos. (rasgan una parte del contrato)
Chico Marx: Sí, es demasiado largo. ¿Qué es lo que nos queda ahora?
Groucho Marx: Más de medio metro todavía
Groucho Marx: Dice ahora…”La parte contratante de la segunda parte será considerada como la parte contratante de la segunda parte”
Chico Marx: ¡Eso sí que no me gusta nada!
Groucho Marx: ¿Qué le encuentra?
Chico Marx: Nunca segundas partes fueron buenas.
Groucho Marx: El otro día vi un partido de fútbol y la segunda parte fue mejor que la primera. Le pegaron al árbitro y todo.
Chico Marx: ¡Eh, escuche! ¿Por qué no hacer que la primera parte de la segunda parte contratante sea la segunda parte de la primera parte?
Groucho Marx: Pues, eh… en vez de discutir, qué le parece a usted si … (rompen otra parte del contrato)
Chico Marx: Bien.
Groucho Marx: Aquí hay una cláusula que le va a volver a usted loco de alegría, ya lo verá.
Chico Marx: No, no me gusta.
Groucho Marx: ¿Qué es lo que no le gusta?
Chico Marx: Sea lo que sea, no me gusta.
Groucho Marx: Bueno no vamos a romper nuestra vieja amistad por una cosa sin importancia. ¿Listo?
Chico Marx: ¡Listo! (rompen otra parte del contrato)
Chico Marx: Ahora en esta parte que sigue hay algo que no le gustará.
Groucho Marx: Bien, su palabra es suficiente para mí. (rompen otro trozo de contrato) Dígame, ¿la mía es suficiente para usted?
Chico Marx: ¡Desde luego que no!
Groucho Marx: Bueno quitemos un par de cláusulas. (siguen quitando trozos al contrato) “La parte contratante de la octava parte…”
Chico Marx: ¡No!
Groucho Marx: ¿No?
Chico Marx: ¡He dicho que no!
Groucho Marx: La parte contratante de …
Chico Marx: ¡No!!!, esto tampoco, no…. Oiga, ¿cómo es que mi contrato es más pequeño que el de usted?
Groucho Marx: No lo sé. Seguramente será por que usted es más chico que yo. De todos modos estamos de acuerdo, ¿verdad?
Chico Marx: Sí, eso sí.
Groucho Marx: Entonces ponga usted su firma ahí y así el contrato será legal.

Chico Marx: Me olvidé decirle que no sé escribir
Groucho Marx: Oh, es igual. La estilográfica no tiene tinta. Pero el contrato está hecho, ¿no es eso?
Chico Marx: ¡Ah, claro!
Groucho Marx: Nos obliga un contrato, aunque sea muy pequeño.
Chico Marx: Espere, espere.¿Qué es lo que dice aquí en esta línea?
Groucho Marx: Oh, eso no es nada. Una cláusula común a todos los contratos. Solo dice …dice …”si se demostrase que cualquiera de las partes firmantes de este contrato no se haya en el uso de sus facultades mentales, quedará automáticamente anulado en todas sus cláusulas”
Chico Marx: Pero yo no sé si …
Groucho Marx: No se preocupe, hay que tomarlo en cuenta en todo contrato. Es lo que llaman una cláusula sanitaria.
Chico Marx: Ja, ja, ja, … no me diga que ahora tenemos que vacunarnos.
Groucho Marx: (Dándole la flor del ojal de su chaqueta) Tenga, se la ha ganado por idiota
Chico Marx: Gracias

Etiquetado , , , ,

«MAN ON WIRE» (El alambrista) de JAMES MARSH

Si alguien me hubiese dicho que un documental sobre un alambrista iba a emocionarme, de entrada lo habría puesto en duda. Sin embargo, MAN ON WIRE te atrapa desde los primeros minutos. La historia real que describe es el empeño, la ilusión y los avatares de Philippe Petit, el alambrista francés, por conseguir un sueño casi imposible: cruzar las Torres Gemelas de Nueva York caminando sobre un cable, hecho acaecido en 1974.

Philippe Petit, el alambrista

La historia se nos cuenta desde la actualidad (la película se rodó en 2008), pero hábilmente su director, James Marsh, no se limita sólo a entrevistar a los protagonistas de esa gesta, sino que entremezcla imágenes de archivo con una reconstrucción de los hechos a modo de film de intriga, de manera que el espectador participa en la propia aventura de Petit y los amigos que le ayudaron. Hay escenas impactantes, imágenes inolvidables. La música es un contrapunto esencial a la hora de que la tensión del film aumente a cada fotograma, especialmente el tema de Michael Nyman, majestuoso, hasta llegar al clímax, y es entonces cuando comprendes que acabas de ver una película extraordinaria, única.

Este film tan especial y sugerente, que os recomiendo fervorosamente que no dejéis de ver, te descubre algo inaudito: que cruzar un alambre a cientos de metros de altura es un acto poético y bellísimo, y que el funambulista  Philippe Petit, como poeta del alambre, desafía a la muerte con tal de alcanzar unos breves minutos de éxtasis.

Podría seguir escribiendo de este documental, pero hay un magnífico artículo del escritor Jose Garriga Vela, que comparte mi entusiasmo con la película (de hecho, los dos no nos la quitamos de la cabeza), que publicó en el diario “Sur” de Málaga y donde explicita aún mejor lo que yo pudiera contaros de este film. Así que reproduzco su artículo para vosotros.

Sergio Barce, enero de 2011


MAN ON WIRE por Jose A.  Garriga Vela (Diario “Sur” de Málaga, 20 de febrero de 2010)

El 7 de agosto de 1974, el funambulista francés Philippe Petit estuvo paseando sobre el alambre durante cuarenta y cinco minutos entre las Torres Gemelas del World Trade Center de Nueva York. El día anterior, él y su equipo de colaboradores habían entrado ilegalmente en los edificios con unas tarjetas de identificación falsificadas en las cuales figuraba que eran contratistas que iban a colocar una valla electrificada en la azotea. El grupo de colaboradores y el propio Petit pasaron la noche ocultos en el piso 104 de la torre sur. Al despuntar el alba, lanzaron con arco y flecha un sedal entre ambas torres y luego tensaron un cable de acero. Otros dos compañeros se hallaban en la azotea de la torre norte. Philippe Petit ya había paseado antes entre la torres de Notre Dame de París y sobre el puente del Puerto de Sydney.

Philippe Petit, sobre la bahía de Sydney

Ahora estaba dispuesto a pasear por la cima del mundo. El Dueño del Aire estaba a cuatrocientos diecisiete metros de altura y dispuesto a cubrir varias veces la distancia de 42,672 metros que separaba ambas torres, sosteniendo entre sus manos una pértiga desmontable. Durante tres cuartos de hora Philippe Petit bailó, se sentó, se tendió sobre el alambre, hizo reverencias y habló con una gaviota que volaba sobre su cabeza. Sólo un avión atravesando el cielo de Manhattan voló aquella mañana más alto que él.

Acabo de llegar de Nueva York. Antes del viaje, vi en DVD el excelente documental ‘Man on wire’, de James Marsh, basada en el libro del propio Philippe Petit donde narra su obsesión por pasear entre los rascacielos más altos del mundo. Nos cuenta que se encontraba en la consulta del dentista en 1965 cuando leyó un artículo en el que se mencionaba el proyecto de las Torres Gemelas y desde entonces se propuso unirlas con un alambre y caminar entre ellas. Fue un trabajo arduo. Se entrenó en Francia y visitó varias veces Nueva York para estudiar el modo de colarse en las torres sin levantar sospechas. El documental, que consiguió varios premios en 2008, entre ellos el Oscar a la mejor película documental y el Bafta a la mejor película británica del año, plantea la aventura del funambulista francés como si fuera el proyecto de un gran robo. En realidad, la hazaña de Philippe Petit fue considerada como el «delito artístico del siglo». El arte de pasear por el aire. La visión del documental me resultó emocionante. Siempre me han atraído los funambulistas. Una chica que vi haciendo malabarismos sobre la cuerda floja me inspiró el personaje de Estelita Raval en la novela ‘Pacífico’. Cuando hace una semana visité el aire vacío de la Zona Cero, imaginé a Philippe Petit aquella lejana mañana de hace treinta y seis años. Lo imaginé danzando sobre ese cielo que ahora permanece vacío, con el edificio en obras de la Libertad escalando el mismo espacio en el que estuvieron las Torres Gemelas. La vida de más de dos mil seiscientas personas se derrumbó la mañana del 11 de septiembre de 2001.

El sargento Charles Daniels fue el encargado de convencer al hombre del alambre de que cesara en su paseo por el paraíso de Wall Street. Así cuenta en el documental su experiencia de ese día: «Observé al bailarín, porque no podía llamarlo paseante, aproximadamente a medio camino entre las dos torres. Y cuando nos vio, sonrió e inició una danza sobre el cable. Al aproximarse al edificio le pedimos que bajara de la cuerda, pero en lugar de eso se dio la vuelta y retrocedió de nuevo hacia el centro. Se balanceaba arriba y abajo. Sus pies perdían contacto con el cable y volvían a situarse de nuevo sobre él. Era realmente increíble. Todos estábamos hechizados viéndolo». El sargento Charles Daniels y sus hombres lo amenazaron con destensar el cable y con atraparlo desde un helicóptero, pero el intrépido funambulista sólo abandonó el alambre cuando decidió que ya había disfrutado durante suficiente tiempo y culminado su sueño. Un sueño que ahora, con el paso del tiempo y tras la tragedia del 11 de septiembre de 2001, yo evoco al mirar el aire transparente, el vacío que ocuparon las torres gemelas y sus miles de inquilinos. Es como intentar capturar en el aire el reflejo de una quimera.

Philippe Petit, siendo arrestado

Philippe Petit fue arrestado nada más poner el pie en la azotea de la torre sur. La policía lo esposó y lo empujó escaleras abajo, algo que posteriormente Petit describió como el momento más arriesgado de la acrobacia. Al ser preguntado por los periodistas por el motivo de aquella espectacular aventura, él respondió: «Cuando veo tres naranjas, hago juegos malabares; cuando veo dos torres, las cruzo». La inmensa repercusión mediática y admiración pública que causó la hazaña de Philippe Petit tuvo como consecuencia la retirada de todos los cargos que se le habían imputado. Únicamente se le obligó a caminar por el alambre en Central Park, a una altura moderada. Fue obsequiado con un pase vitalicio para la plataforma de observación de las Torres Gemelas; aunque al resto de sus colaboradores se les expulsó de los Estados Unidos y se les impidió su vuelta para siempre.

Al día de hoy, cerca de cumplir los sesenta años, Philippe Petit sueña con pasear por el aire del Gran Cañón del Colorado. Desde entonces, desde su paseo por las nubes de Manhattan, es amigo de numerosos artistas como el cineasta Werner Herzog y el escritor neoyorquino Paul Auster, que en 1982 escribió ‘En la cuerda floja’, un texto dedicado al artista francés y en el que dice: «Philippe había asumido total responsabilidad por su propia vida y yo sentía que nada podría alterar esa resolución. El equilibrismo no es un arte moral, sino un arte vital, de una vida vivida con plenitud; lo que equivale a decir que la vida no se esconde de la muerte, sino que la mira directamente a los ojos. Cada vez que Philippe se sube a una cuerda, toma posesión de esa vida y la vive en toda su regocijante inmediatez, en toda su dicha».

Etiquetado , , , , , ,

«LAS UVAS DE LA IRA» (The grapes of wrath) de JOHN FORD

LAS UVAS DE LA IRA (The grapes of wrath) de John Ford

John Ford. Quizá uno de los realizadores más extraordinarios de la historia del cine, consiguió elevar la sencillez a la categoría de arte. Sus historias son diáfanas, siempre sabe qué es lo que tiene entre manos y qué es lo que quiere transmitir al espectador. Sabio, sabe utilizar el humor a pequeñas dosis, incluso en dramas duros y tremendos. Escenas inolvidables del western se deben a él, y varias obras maestras jalonan una de las carreras más sólidas, competentes e interesantes del cine, como muestra: La diligencia (Stagecoach, 1939), Fort Apache (1948), Qué verde era mi valle (How green was my valley, 1941), Pasión de los fuertes (My darling Clementine, 1946), El hombre tranquilo (The quiet man, 1952), Mogambo (1953), Centauros del desierto (The searchers, 1956)  o El hombre que mató a Liberty Valance (The man who shot Liberty Balance, 1962), por citar sólo unas cuentas. Sigue leyendo →

Etiquetado , , , ,

«ÉRASE UNA VEZ EN AMÉRICA» (Once upon a time in America) de SERGIO LEONE


Once

Érase una vez en América (Once upon a time in America, 1984) de Sergio Leone es probablemente una de esas películas que, cuando la ves, sabes que nunca la olvidarás. Recuerdo que la vi en una de las salas del AMÉRICA MULTICINES de Málaga, y que, a medida que avanzaba la trama, sus imágenes me iban subyugando lenta pero irrenunciablemente. Luego, cuando la sala se iluminó (sólo se había estrenado la primera parte, pues, dado su metraje, se proyectó dividida en dos) todos los espectadores nos removimos intranquilos. ¿Cómo íbamos a esperar hasta que se estrenara la segunda parte de lo que era, sin ninguna duda, una obra maestra?

Escena del atraco en

Escena del atraco en

Yo crecí con el cine de Sergio Leone. En los cines de Larache, lo descubrí convirtiendo a Clint Eastwood en el Hombre Sin Nombre, ese personaje enigmático y silencioso que deambuló por su trilogía inimitable: “Por un puñado de dólares (Per un pugno di dollari, 1964)”, “La muerte tenía un precio (Per qualche dollaro in più, 1965)” y “El bueno, el feo y el malo (Il buono, il brutto, il cattivo, 1966)”. De una tacada, tres hallazgos: Leone, Eastwood y Ennio Morricone, autor de las bandas sonoras más imitadas y repetidas de la historia del cine.

Luego, Leone rodaría otra obra maestra: “Hasta que llegó su hora (Once upon a time in the West, 1968)”, con el mejor Henry Fonda y la más sensual Claudia Cardinale. Pero de esta cinta, hablaré más adelante.

Tras el paréntesis de “Agáchate, maldito (Giú la testa, 1971)”, Sergio Leone se embarcó en un proyecto que le llevó muchos años poner en pie, pero que mereció la pena. “Érase una vez en América (Once upon a time in America, 1984)”, otra vez con una de las más espléndidas bandas sonoras de Morricone, se convirtió en un hito, en un icono del cine de gángster, pero, por supuesto, era algo más.

Robert de Niro (Noodles) crea un personaje contradictorio y, por ello, fascinante, que nos atrae y nos repulsa. Era tal el perfeccionismo a la hora de elaborar su papel, que durante la escena que se desarrolla en el fumadero de opio y en la que De Niro ha de despertar de golpe, éste deseaba que se utilizaran sonidos inusuales para reaccionar de una manera creíble; el actor hizo que se repitiera tantas veces la toma para lograr el efecto que deseaba que, desesperado, un utillero preguntó: “¿Hay alguna escena en este film donde él tenga que gritar? Si la hay, me presento voluntario para ser el que le patee las pelotas”. Pese a la anécdota, hay que reconocer que su interpretación es genial. James Woods (Max), por su parte, crea otro tipo de gángster más directo, pero irónicamente retorcido e implacable, al que nada detiene.

James Woods es Max

Leone dibuja la América de sus sueños, la que conocía a través de las viejas películas de Bogart, Cagney y Muni, y en vez de utilizar a los emigrantes italianos, se decantó por los gángster judíos, menos conocidos, pero tan crueles y violentos como los de su país de origen. Reconstruyó calles de la época, hasta el más mínimo detalle, desde los adoquines hasta los carteles que anuncian las tiendas, todo para envolver al espectador, porque Leone era un perfeccionista que, incluso, buscaba las armas originales de aquellos años, la ropa, los zapatos, la prensa…

La primera parte, con los personajes aún de niños, nos regala escenas inolvidables (que en parte pertenecían a la infancia del propio Leone en el Trastevere, en Roma) como la del personaje de Patsy, que se come ansiosamente un pastel, una carlota rusa, tras sopesar que eso es mucho mejor que utilizarla como moneda de pago para tener una relación sexual con Peggy, una escena enternecedora y maravillosa.

Deborah (Jennifer Connely) bailando en el almacén, espiada por el joven Noodles

* * *

Jennifer Connelly es Deborah niña

Luego, cómo el personaje de Noodles adolescente espía a Deborah por un agujero abierto en el cuarto de baño del café para verla bailar en el almacén al compás de “Amapola”. La propia muerte de Patsy, acribillado a balazos cuando sólo es aún un crío…

Robert de Niro a punto de abandonar la estación de tren…

El fumadero de opio, un decorado que se graba en la retina del espectador, en el que se refugia Noodles (De Niro) para olvidar y evadirse de su propia vida, fue construido en los estudios Cinecittá, en Roma, y las sombras chinescas que se proyectan en su interior fueron manejados por marionetistas indonesios y holandeses, mientras que el público que asiste a la representación está formado por chinos que residían en Roma. Es ahí donde se halla uno de los motores de la narración de la película, donde el personaje de Robert de Niro recuerda lo sucedido… La película se preña de una nostalgia que lo convierte en un film de gángster diferente. Cuando Noodles (De Niro) se marcha, cruzando la puerta de la estación del tren, y unos segundos más tarde regresa por la misma puerta ya envejecido con las notas de “Yesterday” de los Beatles es un ejemplo de ese aire melancólico y fatalista.

Noodles (De Niro), ya mayor y cansado, regresa…

Noodles necesita, además, ineludiblemente saldar viejas deudas, porque su vida acabó no sólo cuando es traicionado por Max sino también, y sobre todo, cuando, sobrepasado por la frustración que le causa el rechazo de la mujer que ha amado toda su vida (Deborah, ya interpretada por Elizabeth McGovern), reacciona violándola, en una escena igualmente imborrable y terriblemente sórdida, que no es sino la expresión más triste y descorazonadora de un hombre abatido y desesperado.

Elizabeth McGovern, como Deborah

Elizabeth McGovern, como Deborah

Pocas películas dejan en la memoria tantas escenas, pocas películas rozan la perfección, y “Érase una vez en América” lo hace.

Sergio Barce, diciembre 2010

SERGIO LEONE dirigiendo una escena de Érase una vez en América

* * *

ERASE UNA VEZ EN AMERICA (Once upon a time in America)


Etiquetado , , , , , ,

Groucho & Woody

El verdadero amor sólo se presenta una vez en la vida… y luego ya no hay quien se lo quite de encima.  (Groucho Marx, El hotel de los líos)

 

Mi psicoanalista me advirtió que no saliera contigo, pero eras tan guapa que cambié de psicoanalista.  (Woody Allen, Manhattan) Sigue leyendo →

Etiquetado , , , , , ,