

“El rodaje de Chinatown comenzó en otoño de 1973. La relación entre Polanski y Town se había deteriorado hasta tal punto que el guionista sabía que no era bien venido en el plató. Veía los copiones por la noche con Evans, en la sala de proyecciones de éste, después de que Evans los viese con Polanski. El primer día, Evans se hizo llevar en coche hasta el lugar del rodaje -un naranjal-, tumbado de espaldas en una furgoneta familiar. Polanski, estresado y sintiéndose enfermo, iba echado a su lado. Cuando llegaron al plató, Nicholson y Dick Sylbert los esperaban apoyados en un árbol. Polanski bajó del coche, se les acercó y vomitó. >Así empezó nuestra película>, dice Sylbert. <A partir de ese momento, no hicimos más que ir cuesta abajo>.
Los actores estaban habituados a la <suave> escuela de directores americana, es decir, a un trabajo de equipo con mucho cariño y atenciones del director. Ése no era el estilo de Polanski. <Roman, con los actores, se comporta como Napoleón: <<Harán lo que yo les diga>>, cuenta Evans. <Solía decir: <<En Polonia, nadie se metía en mis películas, joder>>. Era un dictador, lo controlaba todo, y le dio a Nicholson tantas indicaciones de diálogo que Anthea Sylbert, la diseñadora de vestuario, llegó a creer que Jack terminaría hablando con acento polaco.
Pero Nicholson y Polanski eran buenos amigos, y Jack más bien se divertía con las excentricidades de Roman. Dice Anthea: <Jack siempre se divertía>. Por el contrario, Dunaway no le encontraba maldita la gracia a nada. En el papel de Evelyn Mulwray, se consideraba una <estrella>, y no hizo nada para congraciarse con el director ni con el equipo. Los actores tenían unos camerinos pequeños en el plató, y también caravanas. Según diversas fuentes, Dunaway tenía la costumbre de hacer pis en las papeleras para no tener que tomarse la molestia de ir caminando hasta su caravana. (Preguntada por sus hábitos urinarios, Dunaway dijo que <no recordaba> haberse comportado así.) Sin embargo, cuando usaba el servicio en su Winnebago, no se dignaba tirar de la cadena, y llamaba a un chófer para que lo hiciera por ella. Resultado: varios chóferes dejaron el trabajo…”



Ha fallecido el actor francés Jacques Perrin, que tantos buenos papeles nos regaló a lo largo de su carrera, en especial en los años 60 y 70. Pero también ha muerto Totó, el personaje que protagonizó en Cinema Paradiso, ese niño que amaba el cine y que, al hacerse adulto (y ahí aparecía Jacques dándole vida), regresaba a su pueblo tras la muerte del proyeccionista del cine Paradiso, Alfredo (al que interpretó magistralmente Philippe Noiret, que también nos dejó hace unos años).
Para mí, Jacques siempre será Totó, ese hombre que tras asistir al sepelio de Alfredo, por sorpresa, recibía como herencia las cintas censuradas que Alfredo había ido guardando celosamente para él. Luego, cuando regresa a la gran ciudad, se hace proyectar esos fotogramas que fueron en su día mutilados, pero ahora montados uno tras otro.
Esa es la escena que, aunque vuelva a verla una y otra vez, siempre me hace llorar.
Adiós, Jacques. Adiós, Totó. Gracias por haber interpretado con tanta sensibilidad la más bella escena de homenaje al cine.
Sergio Barce, 22 de abril de 2022
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