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NOTAS A PIE DE PÁGINA 9 – VERSO Y PROSA, «BLONDE» Y LA NEGRITUD

Cuando Antonio Machado fallece en Collioure, antes de ser inhumado, Julián Zugazagoitia le dedica unas últimas emocionadas palabras que cierra con unos de sus versos, de una hermosa simpleza:

“Corazón, ayer sonoro,

¿ya no suena

tu monedilla de oro?”

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Los poemas de Machado y de García Lorca me estremecen. Cualquier lectura de sus versos acaba por encogerme las entrañas. Igual que rememorar sus muertes, tan llenas de significado. Ese poema que Machado dedica a Lorca cuando se entera de su vil asesinato me deja sin respiración.

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Acababa de leer algo acerca de don Antonio Machado que me hizo pensar en la soledad que debió de sentir el poeta al cruzar la frontera, en su desesperanza y en su tristeza, en su desarraigo obligado. Lo hice poco antes de ver la película “Blonde”, de Andrew Dominik, sin saber que me sumergía en otra triste y patética historia, la de Marilyn Monroe. Sin embargo, al acabar de ver el film, centrado en la parte más oscura y deprimente de su vida, pensé que no hubiera estado nada mal que hubiera reflejado también un atisbo de felicidad, un leve destello de alegría, arrancar al espectador una sencilla sonrisa, aunque fuese marginal. Porque eso siempre se agradece en un drama. Pero no, “Blonde” es triste hasta la tristeza más profunda, hasta la incomodidad. Y, sin embargo, reconozco que Dominik consigue algunas escenas de gran belleza plástica, aunque también hay otras que alarga innecesariamente, convirtiendo en tediosos algunos tramos de la película. También hay que alabar lo que ha conseguido de Ana de Armas: que nos creamos a su Marilyn. La actriz hace una gran interpretación, sin duda.

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De Andrew Dominik me fascinan varias de sus cintas, pero en especial su maravilloso western “El asesinato de Jesse James por el cobarde Robert Ford” (The assassination of Jesse James by the coward Robert Ford, 2007), que recomiendo con entusiasmo.

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También la última novela de Vila-Matas me ha dejado indiferente. “Montevideo” (Seix Barral, 2022) es uno de esos artefactos que el escritor catalán arma desde la nada, pero, en esta ocasión, no he logrado conectar con él. Hay páginas de gran altura, claro, es un maestro de la narrativa, pero no son suficientes. Quizá lo que más me ha fascinado de su nuevo libro ha sido la relación del narrador con Madeleine Moore.

“…Todo esto, de algún modo, me recuerda que mi gran amistad con Madeleine Moore se mantuvo a través del tiempo en gran parte debido a que ella no entiende excesivamente mi idioma, y mi francés siempre ha sido imperfecto. Recuerdo el día en que Madeleine le comentó a su amiga Dominique Gonzalez-Foerster acerca de su relación conmigo: <De haber entendido él y yo todo cuanto nos decíamos, a estas alturas tendríamos una amistad con un grado de intensidad más bajo, seguro>…”

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Algo parecido me ha ocurrido con “Un país para morir” (Un pays pour mourir – Cabaret Voltaire, 2021), con traducción de Lydia Vázquez Jiménez. Es como leer algo ya sabido, como si Abdelá Taia hubiese contado esta misma historia en alguno de sus otros libros. No obstante, Taia siempre es un valiente que se desnuda en cada obra, y en éste también lo hace.

“…Viene de lejos, Naima. De muy lejos. Tiene hoy 50 años. Y a Dios gracias no se ha convertido en una buena musulmana, como tantas otras al final de su carrera. No quiere ir a La Meca para lavar sus pecados. No. No. Considera que haber trabajado de puta todos estos largos años es más que suficiente para entrar, cuando muera, en el paraíso. Ha sido mejor musulmana que muchas otras, que te dan la lata con una piedad que es pura fachada…”

Su juego de espejos para relatarnos el cambio de sexo en el/la protagonista está muy bien conseguido, al igual que su ya permanente denuncia de la situación de los magrebíes en Francia, la prostitución, la homosexualidad… Todos temas que aborda una y otra vez en sus novelas, siempre tan personales y descarnadas.

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Muy interesante es “La memoria del alambre” (Tusquets, 2022), de Bárbara Blasco. Me acerqué a esta novela con cierto recelo, no sé la razón, pero a medida que avanzaba me fue convenciendo su prosa. La segunda parte sube en enteros, en esa búsqueda de un monstruo más aterrador que cualquiera de esos que pueda crear la fantasía, porque se habla de un monstruo real, de carne y hueso. Muy sutil su forma de plantearlo y de resolverlo.

“No hice otra cosa más que pensar durante todo el día. Me desperté de madrugada, sin recordar qué había soñado pero con la sensación del sueño en la lengua y una determinación, la orden precisa de no huir. Después de haberle mandado mi recuerdo como resumen, epílogo, conclusión que todo lo abarca al no pretender decir nada absolutamente nada, volví a escribirle:

<Sé que eres tú. Quiero verte>.

Una frase estúpida porque tú siempre es tú. Una frase que deja constancia de la supremacía de él, el rey de los pronombres. Pero es que no conseguía recordar su nombre.

Respondió. Nos citamos al día siguiente…”

Un libro que me ha sorprendido por su sinceridad es “Cuaderno de memorias coloniales” (Caderno de memórias coloniais – Libros del Asteroide, 2021) de Isabela Figueiredo, con traducción de Antonio Jiménez Morato. El retrato que hace la autora de los años en los que vivió en Mozambique es tan crudo como admirable, como valiente es denunciar la manera en la que Portugal explotó y maltrató a los mozambiqueños durante sus años de dominio, el racismo tan lacerante que demostraron sobre la población del país. Hay párrafos verdaderamente duros, escritos con una excelente prosa, como los dedicados a su padre, tan fiero y racista que la propia autora no puede evitar dejar escapar su rabia y su decepción.

“…Recuerdo bien escucharle en la mesa, cotorreando sobre el asunto, con mi madre, contar cómo algunos blancos venían a pedirle trabajo, y que acaso contratarlos fuera un buen negocio, claro, sí señor, pero el sueldo era el doble o el triple, y no, prefería encargarse él solo de sus incontables obras, donde colocaba sus incontables negros. Tenía doce en el edificio de la avenida 24 de Julio, otros veinte en Sommershield, siete más en una vivienda en Matola… y recorría la ciudad, durante todo el día, de un lado para otro, controlando el trabajo de la negrada, poniéndolos en su lugar con unos sopapos y unos guantazos bien dados con la mano larga, y unos puntapiés, en fin, alguna que otra paliza pedagógica, lo que fuese necesario para lograr la fluidez en el trabajo, el cumplimiento de los plazo y la eficaz formación profesional indígena.

Un blanco salía caro, porque a un blanco no se le podían dar golpes, y no servía para meter los tubos del suministro eléctrico por las paredes y luego, los cables por dentro de ellos; no tenía la misma fuerza de la bestia, resistencia y mansedumbre; un blanco servía para jefe, servía para ordenar, vigilar, mandar a trabajar a los perezosos que no hacían nada, salvo a la fuerza. Lo que se decía en la mesa era que al sinvergüenza del negro no le gustaba trabajar, apenas lo justo para comer y beber la semana siguiente, sobre todo beber; después, se quedaba en la choza tirado sobre la estera pulgosa, fermentando aguardiente de anacardo y caña, mientras las negras trabajaban para él, con los niños a la espalda. Los blancos respetaban a estas mujeres del negro mucho más de lo que lo hacían sus hombres. Era frecuente que mi padre les diera dinero extra a las mujeres, cuando los iba a buscar a las chabolas, y los encontraba borrachos perdidos. Dinero para que comiesen, para que se lo gastasen en sus hijos.

El negro estaba por debajo de todo. No tenía derechos. Tenía los de la caridad, y si la merecía. Si era humilde. Si sonreía, si hablaba bajo, con la columna vertebral ligeramente inclinada hacia el frente y las manos cerradas la una dentro de la otra, como si rezase.

Este era el orden natural e incuestionable de las relaciones: el negro servía al blanco, y el blanco mandaba sobre el negro. Para mandar ya estaba allí mi padre; ¡no hacían falta más blancos!

Además, los empleados blancos traían vicios; a un negro, por muchos vicios que fuera adquiriendo, siempre había modo de sacárselos del cuerpo…”

Un libro potente y necesario para no olvidar lo que supuso el colonialismo. Tras estas pinceladas sobre mis últimas lecturas, me doy cuenta de nuevo de que, como me ocurriera en mi anterior artículo, lo que realmente quería era hablar de Lorenzo Silva, de algo que encontré en un cuaderno de viajes, pero lo dejaré una vez más para la próxima nota a pie de página.

Sergio Barce, 8 de octubre de 2022

 

 

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IRENE PAPAS, GODARD Y LOS OTROS

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Seguimos perdiendo iconos y nombres muy ligados a nuestro pasado (hablo de quienes ya peinamos canas). De Jean-Luc Godard diré que he visto muchas de sus películas en el cine-club universitario, cuando nos parecía deslumbrante, pero, una vez que pasó la época del «despertar», yo, que me considero un loco del cine, he de confesar que Godard no me gusta. Me aburre sobremanera. Aunque salvo tres o cuatro de sus películas, en especial Al final de la escapada (À bout de souffle, 1960) por muchas razones: porque cuando la vi por primera vez me pareció fresca y luminosa, porque está Belmondo, porque era muy original cómo movía la cámara, porque me enamoré de Jean Seberg. Pero aparte de esos tres o cuatro títulos, su filmografía me es pedante y densa. Sin embargo, para mí es un director icónico por dos razones principales: porque es quizá uno de los directores más imitados, al que se le «fusilan» y «copian» escenas míticas de sus films (en los anuncios de Martini, en films de Bertolucci, en el cine americano…) y, sobre todo, porque dirigió a las actrices más sugerentes y eso hay que agradecérselo: Brigitte Bardot, Anna Karina, Marléne Jobert, Jane Fonda, Mireille Darc, Isabelle Huppert, Nathalie Baye, Maruschka Detmers, Hanna Shygulla, Juliet Binoche, Myriem Roussel, Julie Delpy o la mencionada Jean Seberg. Como le ocurrió a mi amigo Jesús Ortega, cuando en el año 85 fui al estreno de Yo te saludo, María (Je vou salue, Marie) prometí no volver a ver más cine de Godard. Y, sin embargo, lo admiro.

Con Irene Papas ocurre algo muy distinto. Es de esas actrices que uno asocia de inmediato a un título: Zorba, el griego (Alexis Zorbas, 1964), a su imagen triste y oscura, acosada por Anthony Quinn que se ha obsesionado con seducir a la viuda que ella interpreta. Y ahí se quedó, como esa mujer que irradiaba una sexualidad latente y reprimida por un pueblo antiguo y frustrante. Pero Irene Papas es mucho más que eso, y también la recuerdo en los films de Costa-Gavras, Lee Thompson y Cacoyannis o sus numerosos papeles dando la réplica a su amigo Anthony Quinn (no sé cuántos films rodaron juntos, pero más de media docena, seguro). Y sus cejas y sus ojos, que parecen creados para lucir en una pantalla grande. Era una mujer bellísima y una excelente actriz.

¿Y quiénes son los otros que menciono en el título de este post? Pues los supervivientes, esos actores que ya han sobrepasdo los noventa años de edad y que se acercan al final de sus vidas. Cada vez que desaparece uno de estos iconos del cine la lista se hace más corta. Sobreviven nombres míticos del cine, pero ya una minoría: Clint Eastwood, Eva Marie Saint, Angela Lansbury, Dick Van Dyke, Mel Brooks, Gina Lollogrigida, Vera Miles, Gene Hackman, Joanne Woodward, Philippe Leroy, Angie Dickinson, Claire Bloom, Leslie Caron, Héctor Alterio, Robert Duvall o Anouk Aimée. A la zaga, ya a las puertas de cumplir noventa, se acercan Michael Caine, Kim Novak, Shirley MacLaine o Brigitte Bardot. Se ve claramente que de los más grandes quedan muy, muy pocos. 

Sergio Barce, 15 de septiembre de 2022 

 

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«ANTONIO MACHADO. LOS DÍAS AZULES», UN FILM DE LAURA HOJMAN

Acabo de ver el documental Antonio Machado, los días azules, dirigido por Laura Hojman. Me ha emocionado profundamente. La vida del poeta sevillano desde su niñez hasta su triste muerte en el exilio, a través de testimonios de diferentes escritores e intelectuales, está perfectamente trazada. Pero introducir además de manera suave y en pequeñas dosis los poemas del maestro recitados por Pedro Casablanc, me parece el mayor de los aciertos. Es un deleite escucharlos en la voz de ese enorme actor, te hace vibrar. Cualquiera con un mínimo de sensibilidad sentirá una profunda congoja en cada verso, porque te atrapan y te envuelven por esa cadencia con la que Pedro Casablanc tizna las palabras del poeta. Y la música de Pablo Cervantes es igualmente exquisita. Creo que Laura Hojman, responsable también del guion, ha dirigido uno de los más hermosos homenajes que se le podían hacer a un hombre bueno. Un documental imprescindible.

Sergio Barce, 1 de septiembre de 2022

 

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FOTOS DE CINE – 28

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Esta imagen es un fotograma de la película Solo ante el peligro (High noon, 1952), de Fred Zinnemann, un primer plano de su protagonista: Gary Cooper.

Vigilando a través de una ventana, desde donde se refugia del acecho de la banda de Miller y sus hombres, su rostro, sin más artificios, expresa toda la intensidad del momento: incertidumbre, tensión, miedo, soledad, valentía, remordimiento, determinación. El sheriff Will Kane, al que interpreta en este inolvidable papel, está en una encrucijada: ¿ha hecho bien en regresar al pueblo del que hasta ese día era sheriff o debió seguir su camino y desentenderse de la vuelta de los salvajes pistoleros de la banda de Miller y los suyos?

El trabajo de Gary Cooper en esta película es irrepetible, majestuosa, emocionante. Su mirada en esta foto es tan profunda, tan significativa. Hay un aire de pesadumbre y de derrota en sus pupilas, pero también de dignidad y de experiencia. Proyecta tantos matices en este papel que, pese a tratarse de una película sin un gran presupuesto, le supuso su segundo Oscar como mejor intérprete.

Gary Cooper era el protagonista absoluto de la cinta, pero hay que reconocer que estuvo muy bien arropado por el resto del elenco, entre los que se encuentran lo mejor de los actores secundarios de la época. Grace Kelly, la mujer con la que acaba de casarse cuando arranca la película, con su fragilidad y belleza, es el contrapunto perfecto a su personaje. Luego están el gran Thomas Mitchell, la soberbia Katy Jurado, que obtuvo también el Óscar a mejor intérprete de reparto femenina, Lloyd Bridges, quizá en uno de sus mejores papeles como el brabucón y cobarde ayudante del sheriff, Otto Kruger, Harry Morgan, Lon Chaney jr, Robert J. Wilke, Ian McDonald o ese secundario de lujo que era por entonces Lee Van Cleef. Y, por supuesto, sin olvidarnos de su banda sonora, compuesta por Dimitri Tiomkin, que es una de las obras maestras del cine.

A Gary Cooper se le considera uno de los mejores actores de la historia, y en Solo ante el peligro lo demostró con creces. Es una de esas peliculas que he de volver a  ver cada año, y nunca me canso.

Sergio Barce, julio 2022

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FOTOS DE CINE – 27

En la foto: Faye Dunaway, Jack Nicholson y Roman Polanski, en un descanso durante el rodaje de la mítica película Chinatown (1974).

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Cuenta Peter Biskind en su libro Moteros tranquilos, toros salvajes (Easy riders, raging Bulls, 1998) acerca de lo que acontecía en el set:

“El rodaje de Chinatown comenzó en otoño de 1973. La relación entre Polanski y Town se había deteriorado hasta tal punto que el guionista sabía que no era bien venido en el plató. Veía los copiones por la noche con Evans, en la sala de proyecciones de éste, después de que Evans los viese con Polanski. El primer día, Evans se hizo llevar en coche hasta el lugar del rodaje -un naranjal-, tumbado de espaldas en una furgoneta familiar. Polanski, estresado y sintiéndose enfermo, iba echado a su lado. Cuando llegaron al plató, Nicholson y Dick Sylbert los esperaban apoyados en un árbol. Polanski bajó del coche, se les acercó y vomitó. >Así empezó nuestra película>, dice Sylbert. <A partir de ese momento, no hicimos más que ir cuesta abajo>.

Los actores estaban habituados a la <suave> escuela de directores americana, es decir, a un trabajo de equipo con mucho cariño y atenciones del director. Ése no era el estilo de Polanski. <Roman, con los actores, se comporta como Napoleón: <<Harán lo que yo les diga>>, cuenta Evans. <Solía decir: <<En Polonia, nadie se metía en mis películas, joder>>. Era un dictador, lo controlaba todo, y le dio a Nicholson tantas indicaciones de diálogo que Anthea Sylbert, la diseñadora de vestuario, llegó a creer que Jack terminaría hablando con acento polaco.

Pero Nicholson y Polanski eran buenos amigos, y Jack más bien se divertía con las excentricidades de Roman. Dice Anthea: <Jack siempre se divertía>. Por el contrario, Dunaway no le encontraba maldita la gracia a nada. En el papel de Evelyn Mulwray, se consideraba una <estrella>, y no hizo nada para congraciarse con el director ni con el equipo. Los actores tenían unos camerinos pequeños en el plató, y también caravanas. Según diversas fuentes, Dunaway tenía la costumbre de hacer pis en las papeleras para no tener que tomarse la molestia de ir caminando hasta su caravana. (Preguntada por sus hábitos urinarios, Dunaway dijo que <no recordaba> haberse comportado así.) Sin embargo, cuando usaba el servicio en su Winnebago, no se dignaba tirar de la cadena, y llamaba a un chófer para que lo hiciera por ella. Resultado: varios chóferes dejaron el trabajo…”

Moteros tranquilos, toros salvajes (Easy riders, raging Bulls, 1998), de Peter Biskind, está publicado por Editorial Anagrama. Con traducción de Daniel Najmías.

Sergio Barce, junio 2022

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