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«RUE DES SCHEREZADES», DE FARID OTHMAN-BENTRIA RAMOS

Farid es de esos autores que ya llevan en su nombre la firma del escritor: Farid Othman-Bentria Ramos. ¿Quién se puede llamar así si no es narrador o poeta? En este caso, un excelente poeta.

Aunque en más en una ocasión he manifestado mi predilección por la narrativa y mi nula capacidad para enhebrar unos versos decentes, sí distingo la buena poesía. Y si, además, el autor me sugestiona con sus palabras para que siga leyendo su poemario es razón más que suficiente como para dedicarle unas palabras. Ya lo consiguió Farid cuando leí su Mare Incógnita, y ahora lo ha vuelto a hacer con Rue des Scherezades, que cuenta, además, con un bellísimo prólogo del gran Juan José Téllez, uno de nuestros referentes.

Eso sí, Farid hace un juego malabárico en este nuevo libro al mezclar su estructura netamente teatral con breves textos de narrativa poética, que son como las bisagras de las puertas que han de ser abiertas al avanzar por el libro, y sus versos, embozados por la musicalidad de su aliento mestizo, hijo de las dos orillas, heredero de nuestra multiculturalidad más bella, nos mecen en un susurro de confidencias.

Como soy incapaz de hacer un análisis crítico de su poesía desde la perspectiva del narrador que soy, por pudor y por respeto, solo me atrevo a reiterar que los versos del poeta con nombre de poeta Farid Othman-Bentria Ramos merecen ser leídos con la atención que se merecen, con la certeza de que hay mucho de su mapa sentimental interior que, sin rubor, comparte con todos nosotros. 

Nada mejor que leer uno de los poemas que forman parte de Rue des Scherezades para confirmar todo lo anterior.

NADIE ME DIJO TU NOMBRE

Nadie me dijo tu nombre.

Te sentaste tan cerca…

Mi mano,

que podría haber ido

al fin del mundo,

decidió ser piel

por los caminos de tu espalda,

tu cuello, sin permiso,

hizo de los dos una caricia.

Buscamos los espejos

pero, esta vez,

nos miramos a los ojos,

entonces, mi calor,

entonces, la vida

y tus párpados,

y, entonces, nada más,

nada menos…

la luz de las letras

pronunciadas

acercándome a tu boca.

Rue des Scherezades ha sido publicada por Esdrújula Ediciones.

Sergio Barce, 8 de mayo de 2022

 

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«LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», DE SERGIO BARCE, SEGÚN MIGUE A. MORETA-LARA

Un artícula fascinante de Miguel Ángel Moreta-Lara para la Revista El Observador, utilizando mi novela La emperatriz de Tánger, con la que hace un recorrido increíble por el Tánger literario, los personajes que lo pueblan y su estrecha relación en la película Casablanca. Me ha seducido.

Para leerlo, pinchad el siguiente enlace:

https://revistaelobservador.com/opinion/89-el-lector-vago/17626-la-emperatriz-de-tanger

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«EL INVIERNO DE LOS JILGUEROS», UNA NOVELA DE MOHAMED EL MORABET

Casi al comienzo de mi reseña sobre la primera novela de Mohamed El Morabet, Un solar abandonado, escribí casi literalmente lo siguiente: “Después de leer su libro he comprendido que nos une el mismo alambique en el que se destilan los sentimientos. El estilo de Mohamed El Morabet es elegante y silencioso.”

Llevaba pocas páginas de lectura de su segunda novela y no pude resistirme a enviarle un audio en el que le decía: “Del desierto no se regresaba, porque el desierto está en el desierto. Era como la vejez. Una vez alcanzada, solo cabía resignarse y aceptar la amabilidad de un cuerpo senil. Parecido al abrazo de un adiós incierto”.  Es un brevísimo fragmento de su libro, El invierno de los jilgueros. Leérselo era una manera de decirle a Mohamed que estaba fascinado con su novela. Acabo de terminarla. Sus poderosas imágenes finales me envuelven en un estado de embriaguez absoluto. Si Un solar abandonado me llevó de regreso a mi tierra (su abuela era mi abuelo; su Alhucemas era mi Larache; su solar abandonado era mi callejón sin salida; su relato de un regreso era mi relato de otro regreso y, para colmo, su niñez era mi niñez), ahora con El invierno de los jilgueros vuelve a tocar temas que nos siguen conectando de manera impetuosa e inesperada: Mimouna es como Mina (las dos viviendo a ras de suelo), los cigarrillos inundan nuestras páginas, la pintura y la luz nos deslumbra de la misma manera, los personajes que deambulan por su novela son simétricos a otros que pueblan las más… Pero me estoy desviando de lo importante: hablar solo de él y de su libro.

Primer apunte: los primeros párrafos ya te hacen ver que no estás ante una novela cualquiera, que tienes entre manos un valioso regalo. Sus páginas engulléndome, comiéndose mis entrañas hasta la emoción más honda, sin lágrimas, de esa otra emoción que te hace tragar saliva, que te hace temblar. La historia de Brahim, de su madre y de su hermano Musa. La de Rocío, Mimouna y Habiba. La de sus amigos Isaac y Jamal. Los detalles cotidianos que pueblan el relato de vida, de desesperanza, de afecto, de frustración, de amor maternal, de amor fraternal, de respeto, de amistad. Y Alhucemas. Sí, Alhucemas y sus luces, Alhucemas y su pequeña historia cuarteada.

Los personajes los reconocía, como algo propio; vivos, carnales. Eso solo se logra con una pluma estilizada, delicada, maestra. Habiba, Mimouna, Rocío y la madre de Brahim. Ese grupo que me hacía recordar a mi madre junto a Mina y a Rachida. Vidas paralelas. Creo que Mohamed ha querido hacer un pequeño y emotivo homenaje a esa generación que supo convivir en Alhucemas (igual que en otras zonas del norte de Marruecos) en una armonía llena de respeto y de cercanía, tan sincera, tan limpia. Esa solidaridad que nacía espontáneamente. El retrato de un mundo que iba descomponiéndose. Que ya no existe.

Y con una sutileza de encomio, en esas vidas rutinarias, sencillas y humildes, Mohamed El Morabet desliza un elemento distorsionador: la Marcha Verde. Pero no lo analiza, ni cae en la trampa de intentar explicarlo ni analizarlo, solo lo utiliza como una sombra que planea sobre estos personajes desde el instante en el que a Musa lo alistan para ocupar el Sáhara. Un hecho accidental e inevitable que cambiará sus vidas. A partir de ahí, el desierto, tan opuesto y alejado de Alhucemas, se convierte en otro personaje de la novela.

Segundo apunte: cambio de estilo. De pronto, Mohamed nos saca de Alhucemas y nos traslada a Tetuán. Y lo hace de dos maneras: a través del diario que escribe una profesora de pintura española que llega a la ciudad para trabajar y con un giro radical en su manera de narrar. Pasa de sus frases y construcciones moduladas por un ritmo cadencioso y casi hipnótico a otras rápidas y breves, a veces casi ráfagas de ametralladora. La vida de Olga se nos muestra día a día hasta que se cruza en su camino Brahim, que reaparece así de manera inesperada. Lo que suceda ha de suceder.

Las mujeres de Alhucemas, la bondad y la solidaridad, desaparecen en esta otra ciudad. Olga se ve asediada por una sociedad que parece abierta pero que se comporta como un pueblo cerrado y cainita. El personaje de Zorba, el pintor Meki, el inquietante subdirector de la escuela, todos poseen una cara falsa o impostada. Incluso Javier, el escultor, oculta algo. Todos parecen guardar secretos en Tetuán. Y aquí El Morabet juega otra inteligente baza: la luz de Tetuán, que deslumbra a una Olga aún entusiasta pero que se irá destiñendo hasta convertirse en una luminosidad casi opaca, húmeda, sucia, que se oculta tras los nubarrones que acechan con el invierno y con la traición. La luz de los cuadros, el horizonte de Brahim, el lienzo de Olga. Todo a la velocidad de esas frases cortantes que son como una agonía, un grito al vacío. En esta segunda parte de la novela, el gris se va apoderando de la historia página a página.

Y de nuevo, otro desvío de estilo y de narración. Vuelta a Brahim, de regreso en Alhucemas. Lo que esperamos ahora se nos oculta, se nos hurta en la lectura. No voy a desvelarlo, por supuesto. Pero asombra el giro que da la historia, como si lo ocurrido antes quedara en un plano aparte, escondido por el pasado o por el olvido, como si existiesen dos mundos paralelos.

La vuelta a Alhucemas es regresar a otra ciudad diferente. Musa ya no es el mismo y Brahim se reencuentra con un hermano perdido en el desierto que puebla sus pesadillas. Es la hora de tomar las riendas, de dejar a un lado los sueños y comenzar a afrontar la cruda realidad. Brahim ya es un hombre, se hace hombre. Entrañable la relación entre los hermanos, utilizaré una palabra cursi: «preciosa» la historia de Brahim y Musa en esta segunda etapa de sus vidas. Y Mimouna ahí, en un lateral de la narración, pero llenándolo todo. La escritura de El Morabet nos lleva ahora en volandas con su escritura aterciopelada. Es como si acariciase a sus personajes, a los que trata con mimo, con dulzura, con un cariño primoroso. Hace que los amemos, que los acojamos, que deseemos protegerlos. La historia me pasa por encima, me atropella, me llega al corazón. Musa y Brahim. Qué deliciosa relación epistolar a base de notas la que se entabla entre ellos. Es un himno al amor fraternal de proporciones colosales. Incluso lo más duro y cruel, en manos de Mohamed El Morabet pasa a ser pacífico y hermosamente humano.  

Segundo apunte: es un consejo. Sí, sugeriría a cualquier director de un taller de escritura que, si desea explicar qué es una elipsis, lea El invierno de los jilgueros. Creo que Mohamed ha construido la elipsis más bella.

Con lo anterior quiero decir que el final no podía ser más inesperado, clarificador y certero para hacer de esta novela la perfecta obra que es.

Un último apunte: no todos los premios se otorgan a un advenedizo o a un personaje mediático. Hacía mucho que no me reconciliaba con un premio literario. El invierno de los jilgueros merece ese Premio Málaga de Novela que ha obtenido este año, aunque no haya leído a los otros candidatos. Pero, cuando se falló el galardón, ya comenté que sería justo porque sé cómo escribe Mohamed El Morabet.

 Sergio Barce, 1 de mayo 2022

 

 

 

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NOTAS A PIE DE PÁGINA 6 – CINE, DURRELL Y MIGUEL ROMERO ESTEO

Leo Nos veíamos mejor en la oscuridad, de Monika Zgustova, y Un lugar desconocido, de Seicho Matsumoto, tras acabar de leer de nuevo Justine, de Lawrence Durrell, el primer volumen de su cuarteto de Alejandría. Escribe Durrell:

“…En esa época yo empezaba a darme cuenta de lo mucho que sufría Melissa. Pero jamás brotaba de sus labios una palabra de reproche, jamás mencionaba siquiera a Justine. Su tez se había vuelto opaca, mortecina; hasta su carne… Paradójicamente, aunque en ese momento no podía hacer el amor con ella sin esforzarme, me sentía al mismo tiempo más enamorado que nunca. Me atenazaban sentimientos encontrados, un complejo de frustración que jamás había experimentado antes; en ocasiones me ponía furioso con ella.

Justine, que padecía la misma confusión que yo entre sus ideas y sus intenciones, reaccionaba de manera muy diferente cuando decía:

-Me pregunto quién inventó el corazón humano. Dímelo, y muéstrame el lugar donde lo ahorcaron.”

La decadencia que describe Durrell, esa Alejandría llena de oscuros destinos, es una decadencia elegante y sobrecogedora. Nada que ver con la decadencia actual que nos rodea y que nos devora, que es miserable y macarra. Ahí está Putin que, me temo, ganará esta guerra. Y no hablo de la guerra con Ucrania que, tarde o temprano, acabará con la derrota del valeroso pueblo ucraniano porque Rusia es una potencia militar incuestionable; hablo de lo que vendrá después. Su victoria será una niebla oscura que se posará sobre nosotros y que avergonzará a nuestras democracias durante lustros.

Esta semana he visto dos películas que me han llamado la atención: La hija oscura (The lost daughter, 2021) de Maggie Gyllenhaal y Fanny Lye liberada (Fanny Lye delivered, 2019) de Thomas Clay. La primera cuenta con una actriz que me parece soberbia, Olivia Colman, y que, de nuevo, demuestra poseer unos registros interpretativos fuera de lo común. La historia es curiosa, en especial por la familia que veranea en la misma población griega que ella y que la perturbará hasta el extremo de ser su personaje el que acabe siendo, por esa influencia inesperada, el más inquietante. La segunda de las cintas, Fanny Lye liberada, se ambienta en la Inglaterra de Cromwell, siglo XVII, y es claustrofóbica, pero de una belleza singular. Estas dos películas tienen en común que unos extraños cambian la vida de otros: en la primera, la familia que llega de vacaciones y altera el sosiego de la protagonista y, en la segunda, una pareja de jóvenes que huyen de sus perseguidores y que acaban refugiándose en una casa donde la mujer de la familia será quien se convierta en otra persona distinta, en esta ocasión, liberándose de una vida insoportable.

Y ayer, poniendo orden en mi biblioteca, me topé con una caja en la que guardaba relatos antiguos, tres novelas escritas entre los años 2000 y 2010 y que había olvidado por completo (no sé si habrá algo rescatable en ellas), y relatos sueltos junto a anotaciones y apuntes para otros libros, cuentos y publicaciones. Borradores de algunos amigos, como Pedro Delgado y Miguel Torres López de Uralde. También un par de guiones de cine que escribí con Pablo Cantos, y su recuerdo me ha conmovido.

Finalmente, son diez los relatos que dan forma a mi nuevo libro tangerino, que ya está en manos de Nuria Ogalla, la mejor correctora, diseñadora y maquetadora. Con suerte, lo tendremos publicado a finales de mayo y principios de junio. Ahora es cuando me asaltan las dudas, las inseguridades y el pánico escénico. Para evitar pensar en ello, tomo notas para otra novela negra que crece a pasos agigantados en el hemisferio cerebral que reservo para crear historias. Por supuesto, Marruecos es el escenario que mi subconsciente ya ha elegido para ambientarla. No sé si esto es algo excepcional o no, pero me hace recordar lo que decía mi maestro Miguel Romero Esteo en una entrevista:

“…usted, si es creativo, es más o menos anormal. Por eso usted tiene que cultivar algunas pequeñas facetas de anormalidad con su novia, con el hermano de su novia, con el periodismo, con lo que sea… Porque la creatividad va unida a una cierta anormalidad. Si usted no es anormal, usted no es creativo, es psicológicamente rutinario y repetitivo…”

Pues igual Miguel tenía razón.

Última hora: por fin se ha abierto el tráfico marítimo del estrecho. Ardo en deseos de regresar. Pronto. Muy pronto. Necesito aquella luz.

Sergio Barce, 15 de abril de 2022

 

 

MIGUEL ROMER ESTEO – foto Diario Sur
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NOTAS A PIE DE PÁGINA 4 – UCRANIA, LA GUERRA Y LA ULTRADERECHA. EL REFUGIO DE JOYCE Y ZWEIG

 

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“…Cuando el taxi se detuvo frente al hotel Gabriel bajó de un salto y, a pesar de las protestas del Sr. Bartell D´Arcy, pagó al conductor. Le dio un chelín de propina. El hombre lo saludó y dijo:

-Que tenga un próspero año, señor.

-Igual para usted.

Ella se apoyó en su brazo para bajar del coche y dio las buenas noches a los demás desde el bordillo. Se apoyaba ligeramente, tan ligeramente como unas horas antes durante el baile. Él se había sentido feliz y orgulloso entonces, feliz de que fuese suya, orgulloso de su gracia. Ahora, con tantos recuerdos candentes, este primer roce de su cuerpo, musical, perfumado, extraño, despertó en él un agudo impulso de lujuria. Amparado por su silencio, apretó su brazo contra su costado. Sintió que escapaban de sus vidas y deberes, de su casa, de sus amigos, para correr juntos, salvajes y radiantes, hacia un lugar desconocido.

Un anciano daba cabezadas en el sillón de orejas del vestíbulo. Se despertó. Encendió una vela en el despacho e iluminó el camino escaleras arriba. Ellos lo siguieron en silencio. Ella mantenía la cabeza baja y la espalda algo inclinada. Él pensaba en acercarse a ella y agarrarla por las caderas: temblaba de deseo, y solo la presión de sus uñas contra las palmas de sus manos mantenía a raya el impulso de su cuerpo. El portero se detuvo para apagar la vela, que goteaba. Ellos se detuvieron también. En el silencio, Gabriel escuchó el sonido de la cera fundida contra la bandeja y el latido de su corazón contra sus costillas…”

Estos delicados y sensuales párrafos pertenecen a Los muertos (The dead), que a su vez forma parte de Dublineses (Dubliners), escrito por James Joyce (el texto reproducido lo he tomado de la edición y traducción de Diego Garrido para Páginas de Espuma). La descripción de esta pareja, cómo se mueven, los deseos de él reprimidos por ciertas circunstancias, sus actitudes y reacciones, todo se nos proyecta en nuestra imaginación con una claridad perfecta gracias al prodigio de la escritura depurada y casi maniática de James Joyce. Un goce abrir las páginas de los clásicos que nos suelen reconciliar con este mundo que degenera ante nuestros ojos.

La invasión de Ucrania por Rusia es uno de los síntomas más evidentes de esta degeneración que menciono. Pertenecemos a una Europa dormida en los laureles que ha permitido, como ya ocurriera con Hitler, que otro visionario inicie una guerra con consecuencias imprevisibles.

Le respondía a un comentario de Alfredo Taján, que se lamentaba que nadie parase a este monstruo, que el problema reside, además de la desidia del resto de países que ha cedido ante sus anteriores chantajes, que Putin tiene a mano un enorme arsenal nuclear. Esa es una de las razones que explica que los ucranianos tengan que huir aterrorizados.

La Historia es tozuda y se repite. Vladimir Putin es un trasunto de Adolf Hitler y, como tal, se ha limitado a repetir sus pasos. Se atreve incluso a amenazar a otras dos democracias (no olvidemos que Ucrania tiene un presidente legítimamente elegido por las urnas, algo que parecen olvidar algunos comentaristas), en concreto, a Suecia y Finlandia, dos de los modelos más avanzados de nuestra cultura occidental. Estados laicos, modernos y democráticos, en los que reza el imperio de la ley. ¿Qué ocurrirá si se atreve a imponerles su criterio personal, zarista, autoritario y criminal, ese que le sale de los cojones, militarmente? No quiero ni pensarlo.

Son días de incertidumbre por lo que vendrá. Y hay nubes oscuras en el firmamento. Los ucranianos abandonan sus pueblos y ciudades, sus hogares, y dejan atrás sus recuerdos, todas sus vidas. Hay un dolor abrasando los cimientos de Europa. Un dolor que es el eco de otros dolores: los de los refugiados iraníes, iraquíes y afganos que abandonamos en campos de los que ya nadie se acuerda. Los talibanes masacrando a su pueblo ante la cobardía de las grandes potencias occidentales. Y claro, el mal llama a nuestras puertas. Sembramos y recogemos. Hemos olvidado lo que es el sentimiento de humanidad, de hermandad. La xenofobia anda por nuestras calles.

¿Qué escribiría en estos instantes Stefan Zweig? ¿Le embargaría la misma angustia y pesimismo que lo llevó al suicidio al ver que la Europa que tanto amaba desaparecía bajo el avance de los nazis?

Mientras, tenemos en todos los países europeos al huevo de la serpiente ya encubándose. Putin es ruso, pero no es comunista. Lo explico para los que, desde siempre, atribuyen el hecho de ser comunista por la única razón de haber nacido en Rusia (esto viene del franquismo, ni más ni menos). Vivir en la Alemania nazi tampoco te convertía en miembro del partido, por eso tantos exiliados. Como los hubo en la España franquista y en la Cuba castrista. Putin es ruso, pero es un dictador megalómano y cruel, con su propia ideología personal. Como los otros dictadores que ha habido, hay y habrá. Solo hay que ver esa secuencia que se ha emitido por televisión en la que, en público y ante los altos cargos del país, denigra, humilla y trata con la punta del pie al Jefe de los Servicios Secretos rusos que tartamudea y palidece ante su presencia, tal y como le ocurría a quienes se cuadraban frente a Hitler.

Pero, también como a Hitler, a Franco y a Mussolini, a Putin lo apoya la extrema derecha europea, y curiosamente gente tan dispar como el impresentable de Maduro o el peligroso Bolsonaro, e incluso el patético Donald Trump, ese cáncer maligno para la democracia, han expresado su admiración por la determinación del dictador ruso. Un día conoceremos qué negocios tienen entre manos Trump y Putin, como los tuvieron las familias de Bush y de Bin Laden.  

Sí, hay muchos huevos de serpientes que se encuban en nuestros países aparentemente cultos y blindados contra los totalitarismos. Vox está levantando alas en España, y ese es uno de los huevos de la serpiente. Hermanos de Putin en sus principios antidemocráticos, antisolidarios y vengativos: el que no piensa como yo, está contra mí. Esa es la divisa de la ultraderecha. Han vuelto como en los años treinta y cuarenta, y lo hemos permitido. Los medios de comunicación debieran haber hecho de cortafuego y, al contrario, les han dado toda la publicidad del mundo. Quizá acaben siendo amordazados, como lo son ahora los opositores y periodistas que no comulgan con Putin, y se arrepientan.

Puede que sea tarde si no reaccionamos. Quiero ver un resquicio de luz donde no lo hay, que nos despertemos de una vez, que en toda Europa vayamos arrinconando a la ultraderecha malsana que es hermana de gente como Putin, Bolsonaro, Maduro, Díaz-Canel, Kim Jong-un y demás sátrapas americanos, africanos, asiáticos o europeos… Y también a los populismos y los trumpistas de derecha y de izquierda, que de los dos haberlos, haylos; y que tanto daño están causando, con esos politicastros (en España, como en el resto de los países, tenemos ahora mismo varios ejemplos reveladores) que solo miran su interés y el de su partido, que juegan con los sentimientos de la gente, que en nada son ejemplares, pero que saben manipular a sus seguidores. Si no lo hacemos ya, el mundo será otro y en nada mejor al que conocemos. Pero creo que las personas decentes somos más, los que valoramos la independencia de los pueblos, la libertad y el imperio de la ley, la democracia en su mejor expresión, el derecho de la gente a expresarse en libertad, a crecer como seres humanos y no como siervos o esclavos de nadie, ni siquiera de una ideología o de una religión, de ninguna bandera, de ningún país. Seamos hombres y mujeres libres. Y por todo esto me refugio ahora de nuevo en James Joyce y en Stefan Zweig. Necesito ver esa luz en alguna parte.

 Sergio Barce, 26 de febrero de 2022

 

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