NOSTALGIAS
LARACHE TIERRA QUERIDA
Por Driss Sahraoui
Primera parte
Larache era una ciudad tranquila y acogedora. Su costa está bañada por el Océano Atlántico cuyas brisas condicionan su agradable clima aunque ligeramente húmedo. Sus fértiles tierras regadas por el Río Lukus, que tiene no lejos de sus orillas, y ya camino de su desembocadura, las ruinas de la antigua ciudad romana llamada Lixus en cuyos vestigios se podía entonces apreciar su arquitectura y forma de construcción, lo que daba idea de la manera de vivir de aquel pueblo guerrero. Este río era muy célebre por su riqueza en angulas y sábalo. Esta especie de angulas era muy apreciada por los habitantes de la ciudad por su gran calidad. Eran tan abundantes que sobrepasaban el consumo interior por lo que una gran parte se destinaba a la exportación hacia Madrid y otros lugares. En lo que respecta al sábalo, era un pescado muy exquisito que se preparaba de diferentes maneras sobre todo por los musulmanes y los hebreos. Estos últimos lo preparaban de una manera extraordinaria (para chuparse los dedos).Toda esta riqueza ha desaparecido. Lamentablemente ya no existe.
En Larache existía una sana convivencia y una fraternidad ejemplares, difíciles de encontrar en otro rincón del mundo. No existían diferencias de religiones, costumbres o tradiciones; yo diría que todo esto era compartido. Durante el mes de Ramadán, que es el mes de ayuno y recogimiento para los musulmanes, los vecinos no musulmanes recibían y tomaban la harira, especie de sopa muy nutritiva con la que se rompe el ayuno ofrecida por sus vecinos musulmanes. En la fiesta del Fitr o pascua pequeña, la que pone punto final al mes de ayuno, recibían dulces y varios productos caseros con los que se festejaba esta Pascua. En la fiesta del Sacrificio (Aid al Adha), y que algunos llaman vulgarmente fiesta del borrego, recibían carne fresca y hecha pinchitos. Mi padre, que en paz descanse, solía sacrificar dos borregos, uno para los ritos religiosos y el otro destinado a repartir entre los vecinos no musulmanes. Decía, que en paz descanse, que no concebía que nosotros en casa, preparando los pinchitos y la carne a la brasa, y los vecinos no musulmanes tragando el humo y el olor de los pinchitos y de la carne. Pero estos gestos eran recíprocos.
En las fiestas hebreas, los vecinos no hebreos recibían la sajina, la rekaka especie de pan muy delgado en forma de galletas, pero sin sal, y otros productos caseros hebreos. En las Fiestas de Navidad, los vecinos no cristianos recibían roscos, polvorones, alfajores y otros productos caseros propios de esta Pascua. A propósito de estas fiestas navideñas, parece que todavía me suena ese ruido de las comparsas que recorrían las calles toda la noche, ese ruido de las zambombas y esos villancicos con sus peces en el río que beben y beben y no paran de beber…
Segunda parte
Larache fue la primera en crear una fiesta anual llamada Semana de Larache. Duraba siete días, durante los cuales se organizaban diversas manifestaciones culturales, artísticas, deportivas y otras. Así se celebraban carreras y saltos de caballos en la Hípica, carrera pedestre, competiciones de natación y otras. Se exhibían piezas teatrales y musicales en el Teatro España, encuentros de fútbol en el célebre campo de fútbol de Santa Bárbara y otros.
Igualmente se celebraban concursos de escaparates, en los cuales participaban Los Almacenes Pulido, La Bandera Española, El Comercio Español y los Hermanos Martínez, que eran los más importantes comercios en lo que se refiere a tejidos confección, alfombras, artículos de viaje y otros. Generalmente se proclamaba ganador del concurso Los Almacenes Pulido por la importancia de su comercio y al contar igualmente con cuatro inmensos escaparates donde exhibía sus artículos con mucho esmero y casi de forma artística.
El primer día de la Semana de Larache se inauguraba con un desfile de carrozas. Cada una simbolizaba un algo: agricultores, ganaderos, pescadores, carpinteros, artesanos y otros. Encabezaba este desfile una carroza con niñas a bordo ataviadas con trajes blancos de novia y una corona en la cabeza. Durante el recorrido, arrojaban sobre los espectadores, además de flores, bombones y caramelos, con la consiguiente alegría de los niños. El último día finalizaba con una traca final en la plaza de España, hoy Plaza de la Libertad, y que duraba hasta altas horas de la noche en un ambiente de alegría y fraternidad compartido por todas las comunidades existentes entonces en esta ciudad. Desde luego en este sentido Larache era ejemplar y ejemplarizante.
Estas fiestas eran organizadas por un comité-director. Pero el que llevaba todo el peso de la organización y realización era un Ingeniero de Montes llamado Jaquetón. Era activo, dinámico y derrochaba simpatía. Los grandes comerciantes de Larache contribuían con donaciones simbólicas y voluntarias. Pero el grueso de los gastos era sufragado por un ingeniero agrícola director general de la entonces famosa Compañía Agrícola del Lukus llamado Gomendio y por el propietario de una Almadraba y una fábrica de conservas, generalmente de atún, proveniente de su almadraba llamado Ramón León de Carranza. Nacido en Cádiz, en cuya ciudad organizaba todos los años un Trofeo que llevaba su nombre (Trofeo Ramón de Carranza) y se celebraba en el campo de fútbol también de su nombre en Cádiz. En este trofeo participaban los más prestigiosos equipos internacionales de fútbol. Este hombre, a pesar de su inmensa fortuna, era sencillo, humilde y generoso. Solía reservar un cupo de billetes destinado a los habitantes de Larache que quisieran asistir a este trofeo. Algunos con gastos de ida y vuelta incluidos.
Tercera parte
El primero de Mayo se celebraba en Larache de una manera peculiar. Entonces no existían desfiles o manifestaciones sindicales porque el régimen gobernante entonces no lo permitía. Todo el mundo pasaba ese día en un bosque llamado Viveros a unos seis kilómetros de la ciudad. Era de una extensión inmensa y era todo árboles de pinos y alcornoques y también eucaliptos. Los habitantes se dirigían a este lugar desde las primeras horas de la mañana para coger sitio y acomodarse y también para ayudar a los que venían después para hacer lo mismo. La ciudad se quedaba vacía y las casas cerradas a cal y canto; solían llevar su comida preparada además de las barbacoas y paellas, que se hacían en el mismo bosque. Este día se pasaba entre cantes, bailes y música y los columpios esparcidos entre los árboles, que servían para gozo a la gente menuda y menos menuda. Esto duraba hasta el atardecer y transcurría en un ambiente francamente familiar compartido por las distintas comunidades existentes entonces en esta ciudad, sin distinción alguna.
En este mismo lugar, y ya al borde de la carretera general de Larache-Alcazarquivir, se había construido un palacete con fines turísticos, se componía de camas, restaurante, bar, parking y unos columpios colocados entre los árboles para alegría de los niños, lo que permitía a los mayores tranquilidad y seguridad ya que los niños estaban cerca y a la vista de los padres. La estancia aquí era agradable, el lugar seguro y acogedor y llevaba el nombre de Hostal Flora.
Otra fiesta que se celebraba en Larache con gran esplendor era la Romería de Lalla Menana al Mesbahia que coincidía con la gran fiesta del Mulud, aniversario del nacimiento de nuestro Profeta Sidna Mohamed. Esta romería consistía en presentar ofrendas a la patrona de la ciudad y que consistían a su vez en toros, becerros, diversos artículos y también metálico. Participaban en la misma todos los gremios y cofradías de agricultores comerciantes, pescadores, etc… Y a los que se unían otras cofradías religiosas y folklóricas de Hmacha Aisaua y Gnaua con lo que se completaba el paisaje y el colorido de la fiesta. La comitiva se concentraba en el Zoco Chico donde se organizaba y se preparaba para la salida. Al salir por la puerta de la medina desembocaba automáticamente en la Plaza de España, hoy Plaza de la Libertad, donde comenzaba el recorrido hacia el santuario. Aquí empieza el tremendo ruido de las gaitas, los tambores, las trompetas y toda clase de instrumentos. Cada cofradía con su cante y música, y todo esto se entremezclaba y se hacía unísono.
Curiosamente destacaba siempre el gremio de los pescaderos, que era el menos pudiente entonces, por sus cantos al mar (a riyal allah aala allah a Sfint allah aala allah. Bach catemchi esfina be slat aala nbina).
Un tal Lahcen Laaburi hacía de pregonero, pues tenía una voz además de fuerte muy llamativa; lo más curioso es que éste no era pescador ya que era un buen sanitario en el Hospital Civil, pero dominaba esos cantes y la forma de hacerlo, esto trascurría dentro de un orden impecable a cargo de los mismos organizadores. El recorrido no era largo pero impresionante, y terminaba en el santuario de la patrona de la ciudad cuya puerta se encuentra exactamente frente al jardín de las Hespérides, separado solo por una carretera que llevaba a la Comandancia Militar, al puerto y a la estación de ferrocarril.
Estos relatos, aunque generalizados y fragmentados, seguro que tocarán el alma de aquellos larachenses que han vivido esa época. Indudablemente estos, y a su cabeza Don Sergio Barce Gallardo, autor del cuento “El primer regreso” sobre Larache, harán conmigo la siguiente reflexión: Larache querida, quien te ha visto y quien te ve… Curiosamente esto me trae a la memoria la obra del gran escritor dramaturgo inglés Shakespeare titulada «El Rey Lear». Lear pregunta: «¿Hay aquí alguno que me conozca? ¡Este no es Lear! ¿Anda así Lear? ¿Habla así? ¿Dónde están sus ojos? O su razón se ha debilitado, o su percepción está aletargada ¡Ah! ¿Está despierto? ¡No puede ser! ¿Quién puede decirme quién soy…?” Y el Bufón responde: «La sombra de Lear».
Si Larache levantara la cabeza hoy y se hiciera la misma pregunta que el Rey Lear yo, con el corazón todo destrozado, le contestaría: Eres la sombra de Larache. Pero no importa porque la vida sigue…
Driss Sahraoui




























