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Nostalgias, LARACHE tierra querida, por DRISS SAHRAOUI

NOSTALGIAS

LARACHE TIERRA QUERIDA

                                                                         Por Driss Sahraoui

Rio Lukus

Primera parte

Larache era una ciudad tranquila y acogedora. Su costa está bañada por el Océano Atlántico cuyas brisas condicionan su agradable clima aunque ligeramente húmedo. Sus fértiles tierras regadas por el Río Lukus, que tiene no lejos de sus orillas, y ya camino de su desembocadura, las ruinas de la antigua ciudad romana llamada Lixus en cuyos vestigios se podía entonces apreciar su arquitectura y forma de construcción, lo que daba idea de la manera de vivir de aquel pueblo guerrero. Este río era muy célebre por su riqueza en angulas y sábalo. Esta especie de angulas era muy apreciada por los habitantes de la ciudad por su gran calidad. Eran tan abundantes que sobrepasaban el consumo interior por lo que una gran parte se destinaba a la exportación hacia Madrid y otros lugares. En lo que respecta al sábalo, era un pescado muy exquisito que se preparaba de diferentes maneras sobre todo por los musulmanes y los hebreos. Estos últimos lo preparaban de una manera extraordinaria (para chuparse los dedos).Toda esta riqueza ha desaparecido. Lamentablemente ya no existe.
En Larache existía una sana convivencia y una fraternidad ejemplares, difíciles de encontrar en otro rincón del mundo. No existían diferencias de religiones, costumbres o tradiciones; yo diría que todo esto era compartido. Durante el mes de Ramadán, que es el mes de ayuno y recogimiento para los musulmanes, los vecinos no musulmanes recibían y tomaban la harira, especie de sopa muy nutritiva con la que se rompe el ayuno ofrecida por sus vecinos musulmanes. En la fiesta del Fitr o pascua pequeña, la que pone punto final al mes de ayuno, recibían dulces y varios productos caseros con los que se festejaba esta Pascua. En la fiesta del Sacrificio (Aid al Adha), y que algunos llaman vulgarmente fiesta del borrego, recibían carne fresca y hecha pinchitos. Mi padre, que en paz descanse, solía sacrificar dos borregos, uno para los ritos religiosos y el otro destinado a repartir entre los vecinos no musulmanes. Decía, que en paz descanse, que no concebía que nosotros en casa, preparando los pinchitos y la carne a la brasa, y los vecinos no musulmanes tragando el humo y el olor de los pinchitos y de la carne. Pero estos gestos eran recíprocos.
En las fiestas hebreas, los vecinos no hebreos recibían la sajina, la rekaka especie de pan muy delgado en forma de galletas, pero sin sal, y otros productos caseros hebreos. En las Fiestas de Navidad, los vecinos no cristianos recibían roscos, polvorones, alfajores y otros productos caseros propios de esta Pascua. A propósito de estas fiestas navideñas, parece que todavía me suena ese ruido de las comparsas que recorrían las calles toda la noche, ese ruido de las zambombas y esos villancicos con sus peces en el río que beben y beben y no paran de beber…

Segunda parte

Larache fue la primera en crear una fiesta anual llamada Semana de Larache. Duraba siete días, durante los cuales se organizaban diversas manifestaciones culturales, artísticas, deportivas y otras. Así se celebraban carreras y saltos de caballos en la Hípica, carrera pedestre, competiciones de natación y otras. Se exhibían piezas teatrales y musicales en el Teatro España, encuentros de fútbol en el célebre campo de fútbol de Santa Bárbara y otros.

Hípica de Larache

Igualmente se celebraban concursos de escaparates, en los cuales participaban Los Almacenes Pulido, La Bandera Española, El Comercio Español y los Hermanos Martínez, que eran los más importantes comercios en lo que se refiere a tejidos confección, alfombras, artículos de viaje y otros. Generalmente se proclamaba ganador del concurso Los Almacenes Pulido por la importancia de su comercio y al contar igualmente con cuatro inmensos escaparates donde exhibía sus artículos con mucho esmero y casi de forma artística.

El primer día de la Semana de Larache se inauguraba con un desfile de carrozas. Cada una simbolizaba un algo: agricultores, ganaderos, pescadores, carpinteros, artesanos y otros. Encabezaba este desfile una carroza con niñas a bordo ataviadas con trajes blancos de novia y una corona en la cabeza. Durante el recorrido, arrojaban sobre los espectadores, además de flores, bombones y caramelos, con la consiguiente alegría de los niños. El último día finalizaba con una traca final en la plaza de España, hoy Plaza de la Libertad, y que duraba hasta altas horas de la noche en un ambiente de alegría y fraternidad compartido por todas las comunidades existentes entonces en esta ciudad. Desde luego en este sentido Larache era ejemplar y ejemplarizante.

Estas fiestas eran organizadas por un comité-director. Pero el que llevaba todo el peso de la organización y realización era un Ingeniero de Montes llamado Jaquetón. Era activo, dinámico y derrochaba simpatía. Los grandes comerciantes de Larache contribuían con donaciones simbólicas y voluntarias. Pero el grueso de los gastos era sufragado por un ingeniero agrícola director general de la entonces famosa Compañía Agrícola del Lukus llamado Gomendio y por el propietario de una Almadraba y una fábrica de conservas, generalmente de atún, proveniente de su almadraba llamado Ramón León de Carranza.  Nacido en Cádiz, en cuya ciudad organizaba todos los años un Trofeo que llevaba su nombre (Trofeo Ramón de Carranza) y se celebraba en el campo de fútbol también de su nombre en Cádiz. En este trofeo participaban los más prestigiosos equipos internacionales de fútbol. Este hombre, a pesar de su inmensa fortuna, era sencillo, humilde y generoso. Solía reservar un cupo de billetes destinado a los habitantes de Larache que quisieran asistir a este trofeo. Algunos con gastos de ida y vuelta incluidos.

 Tercera parte

El primero de Mayo se celebraba en Larache de una manera peculiar. Entonces no existían desfiles o manifestaciones sindicales porque el régimen gobernante entonces no lo permitía. Todo el mundo pasaba ese día en un bosque llamado Viveros a unos seis kilómetros de la ciudad. Era de una extensión inmensa y era todo árboles de pinos y alcornoques y también eucaliptos. Los habitantes se dirigían a este lugar desde las primeras horas de la mañana para coger sitio y acomodarse y también para ayudar a los que venían después para hacer lo mismo. La ciudad se quedaba vacía y las casas cerradas a cal y canto; solían llevar su comida preparada además de las barbacoas y paellas, que se  hacían  en el mismo bosque. Este día se pasaba entre cantes, bailes y música y los columpios esparcidos entre los árboles, que servían para gozo a la gente menuda y menos menuda. Esto duraba hasta el atardecer y transcurría en un ambiente francamente familiar compartido por las distintas comunidades existentes entonces en esta ciudad, sin distinción alguna.

Hostal Flora

En este mismo lugar, y ya al borde de la carretera general de Larache-Alcazarquivir, se había construido un palacete con fines turísticos, se componía de camas, restaurante, bar, parking y unos columpios colocados entre los árboles para alegría de los niños, lo que  permitía a los mayores tranquilidad y seguridad ya que los niños estaban cerca y a la vista de los padres. La estancia aquí era agradable, el lugar seguro y acogedor y llevaba el nombre de Hostal Flora.

Santuario de Lalla Mennana

Otra fiesta que se celebraba en Larache con gran esplendor era la Romería de Lalla Menana al Mesbahia que coincidía con  la gran fiesta del Mulud,  aniversario del nacimiento de nuestro Profeta Sidna Mohamed. Esta romería consistía en presentar ofrendas a la patrona de la ciudad y que consistían a su vez en toros, becerros, diversos artículos y también metálico. Participaban en la misma todos los gremios y cofradías de agricultores comerciantes, pescadores, etc… Y a los que se unían otras cofradías religiosas y folklóricas de Hmacha Aisaua y Gnaua con lo que se completaba el paisaje y el colorido de la fiesta. La comitiva se concentraba en el Zoco Chico donde se organizaba y se preparaba para la salida. Al salir por la puerta de la medina desembocaba automáticamente en la Plaza de España, hoy Plaza de la Libertad, donde comenzaba el recorrido hacia el santuario. Aquí empieza el tremendo ruido de  las gaitas, los tambores, las trompetas y toda clase de instrumentos. Cada cofradía con su cante y música, y todo esto se entremezclaba y se hacía unísono.

Curiosamente destacaba siempre el gremio de los pescaderos, que era el menos pudiente entonces, por sus cantos al mar  (a riyal allah aala allah a Sfint allah aala allah. Bach catemchi esfina be slat aala nbina).

Hospital Civil – castillo laqbibat larache

Un tal Lahcen Laaburi hacía de pregonero, pues tenía una voz además de fuerte muy llamativa; lo más curioso es que éste no era pescador ya que era un buen sanitario en el Hospital Civil, pero dominaba esos cantes y la forma de hacerlo, esto trascurría dentro de un orden impecable a cargo de los mismos organizadores. El recorrido no era largo pero impresionante, y terminaba en el santuario de la patrona de la ciudad cuya puerta se encuentra exactamente frente al jardín de las Hespérides, separado solo por una carretera que llevaba a la Comandancia Militar, al puerto y a la estación de ferrocarril.

Estos relatos, aunque generalizados y fragmentados, seguro que tocarán el alma de aquellos larachenses que han vivido esa época. Indudablemente estos, y a su cabeza Don Sergio Barce Gallardo, autor del cuento “El primer regreso” sobre Larache, harán conmigo la siguiente reflexión: Larache querida, quien te ha visto y quien te ve… Curiosamente esto me trae a la memoria la obra del gran escritor dramaturgo inglés Shakespeare titulada «El  Rey Lear». Lear pregunta: «¿Hay aquí alguno que me conozca? ¡Este no es Lear! ¿Anda así Lear? ¿Habla así? ¿Dónde están sus ojos? O su razón se ha debilitado, o su percepción está aletargada ¡Ah! ¿Está despierto? ¡No puede ser! ¿Quién puede decirme quién soy…?” Y el Bufón responde: «La sombra de Lear».

Si Larache levantara la cabeza hoy y se hiciera la misma pregunta que el Rey Lear  yo, con el corazón todo destrozado, le contestaría: Eres la sombra de Larache. Pero no importa porque la vida sigue…

Driss Sahraoui

     Sus datos biográficos, contados por el propio Driss:

     Nacido en Larache el 25 de Agosto de 1929; exactamente en la calle Burbabun, poco más arriba nació y vivió Abdesamad Kenfaoui, el que luego seria escritor y dramaturgo, y un poco más abajo la familia Aamier, una de las familias pudientes de Larache. Después mi padre compró una casa y una huerta detrás del Fondak Alemán y el Cuartel de la Guardia Civil de entonces. En este lugar sólo había tres casas, la nuestra, la de Mchich Riahi, padre del que fuera últimamente miembro del Consejo Municipal de Larache y parlamentario, y una familia española, la familia de Carmen Flores. Estudié en la escuela Franco Árabe, donde obtuve el certificado de primera enseñanza junto con un de los hijos de la familia Aamiar, Abdeluahed, el que fuera mi compañero de clase durante todo este tiempo. Al terminar estos estudios y al no poder ir a Rabat con mi compañero de clase y otros por razones políticas, por parte de mi padre, que era funcionario en la Policía Armada, igual que el padre del escritor Mohamed Sibari, me fui a la escuela Hispano Árabe para reorientar mis estudios hacia el español, y aquí tuve como compañeros a Habib Dukali, Abdeslam Egzenay y otros. Al terminar, y al no poder hacer otra cosa por falta de medios, inicié mis estudios libremente, así pude obtener el titulo de Perito Mercantil, teniendo que desplazarme a Ceuta para los exámenes porque aquí venían catedráticos de la Universidad de Cádiz para este propósito. Era el único Marroquí que participaba en estos exámenes, ahí conocí a un tal Gamero que a la postre nos volvimos a reencontrar en Alcazarquivir, él en Banesto y yo en el Banco de Estado de Marruecos. En cuanto a la carrera profesional, en 1953 ingresé en el Cuerpo General Administrativo ejerciendo en la Territorial del Lucus. Después de la Independencia y al no sentirme cómodo por el cambio hacia la arabización de la administración, empecé a buscar una salida y la encontré en el Banco de Estado de Marruecos que después de la nacionalización se convertiría en Banco de Marruecos donde tuve tranquilidad y estabilidad, esto fue en el año 1957. El Banco Popular, que era un banco joven y en plena expansión pero carente de personal cualificado, me brindó una oferta muy interesante, lo he pensado y acepté; esto fue en Marzo 1967. Tenía elección entre Larache y Tetuán, como en Tetuán tenía dos hermanos también funcionarios, opté por venir  a Tetuán donde me he jubilado en el año 1989. Después de la jubilación no se me ocurrió hacer nada. Pasando mi jubilación tranquila y sin sobresaltos, eso sin  abandonar los libros…

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En Algeciras, este jueves, 7 de julio, presentación de «Cartas y cortos» del escritor larachense LEÓN COHEN

Este Jueves, 7 de Julio, a las 20.30 horas

en la Fundación Municipal de Cultura José Luis Cano, de Algeciras

Presentación del libro


La presentación correrá a cargo de Paloma Fernández Gomá y Francisco Trujillo Espinosa 

Podéis encontrar más información sobre «Cartas y cortos» en este mismo blog.

Contacto con León Cohen:  leon.cohen@uca.es

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LARACHE el pasado 30 de junio en la CASA SEFARAD de MADRID

Este pasado 30 de Junio participé en una mesa redonda en la CASA SEFARAD de Madrid, en torno a la novela “La ciudad del Lucus” del escritor larachense Luis María Cazorla Prieto. El acto se convirtió en sí en una amena charla sobre la propia ciudad de Larache, protagonista indiscutible de su novela, e inspiración tanto para Gabriela Grech, que participó con un Power-point con las fotografías de sus trabajos sobre Larache, como para mí y mis libros sobre nuestra ciudad.

Eduardo Torres Dulce

Luis María Cazorla

  Hizo de perfecto moderador Eduardo Torres Dulce, jurista, ha sido Fiscal Jefe de lo Penal, y reconocido historiador de cine, habitual en el programa de TVE “Qué grande es el cine” que en su día dirigió José Luis Garci. Como digo, Eduardo Torres Dulce hizo una pequeña introducción y dejó primero que Luis Cazorla abriera fuego hablando de su novela, de las vicisitudes que le llevaron a escribirla, y poco a poco Luis Cazorla se vio desgranando tanto la historia que se desarrolló en nuestra ciudad antes de implantarse el protectorado, época en la que se desarrolla la novela, como la historia de su propia familia, desde que se asentaron allí hasta que tuvieron que partir a España.

Luego, tuve la oportunidad de dar mi humilde opinión sobre lo que me había transmitido “La ciudad del Lucus”, lo que me había impresionado la ingente cantidad de datos históricos que contiene, lo minucioso del trabajo de investigación realizado, y lo importante que es conocer los entresijos de aquella parte de nuestra historia. Y glosé el buen hacer de mi amigo y paisano Luis Cazorla como narrador en esta su novela más ambiciosa.

Y, no sé cómo, en cuanto tomó la palabra Gabriela Grech, nos embarcamos en un viaje al pasado, ayudados quizá por las imágenes que se proyectaban de sus fotografías. Los asistentes preguntaban con curiosidad qué lugar era cada estampa que aparecía, qué recuerdos nos traían, y así hablamos durante mucho tiempo de nuestro Larache. Luís, el de sus padres y el de su infancia, Gabriela y yo, que crecimos y estudiamos juntos en los colegios Santa Isabel y luego en las Monjas, nos dejamos llevar por ese impulso del momento, creo que se notó que nos embargaban las ganas por hacerles conocer qué significa Larache para nosotros, cómo nos marcó, cómo nos ha influenciado como personas el hecho de haber convivido con otra cultura, el hecho de que nuestros amigos profesaran las tres religiones.

Eduardo Torres Dulce no disimuló su asombro por tanto entusiasmo, y su sorpresa al comprobar que se pudiera querer tanto a una ciudad como la que estábamos demostrando en esa charla.

Gabriela Grech

Sergio Barce

Finalmente, cedió la palabra a Sam Bengio, Presidente de la Comunidad Judía de Madrid, que nos habló de su vida en Tánger y en Asilah, de cómo Larache y Asilah competían por ser mejores en todo, una sana competencia, y nos encantó comprobar que sus recuerdos eran muy parecidos a los nuestros, que siempre llevaba marcada esa experiencia de haber vivido en un país que respetó a todos. Fue el complemento perfecto a una mesa llena de pasión.

Pero, cuando terminada la mesa redonda se cedió la palabra a los asistentes, nuestra sorpresa fue mayor al comprobar que teníamos frente a nosotros a muchos larachenses, familia de los Amselem, de los Castillo, de los Gomendio, de los Fereres… Muchos de ellos, sin disimular su orgullo y su emoción, tomaron el micro para recordar a sus familiares y la vida en Larache, de aquellos días que no han podido olvidar. Lo cierto es que fue un acto inesperado por lo emotivo, inesperado por lo intenso, inesperado por lo bien que nos lo pasamos todos en torno a la novela de Luis Cazorla y en torno a Larache, a nuestra ciudad.

Personalmente, además de agradecer a Luis Cazorla el que se acordara de mí para acompañarle, y a Casa Sefarad (en especial a Fernando Martínez-Vara de Rey) el haberme invitado a este evento, fue un placer compartir una vez más una actividad con Gabriela Grech, porque nos une algo más sutil que la amistad, y también conocer a Sam Bengio y a Eduardo Torres Dulce, con quien luego disfruté unos minutos hablando de cine junto a mi hijo Pablo, y, por último, algo absolutamente inesperado: cuando tomábamos una copa en el jardín de la Casa Sefarad, vi que una chica hablaba con Gabriela, la miré y le dije que yo la conocía, que estaba seguro de conocerla, y entonces me respondió: soy Yamila Yacobi; tú, Gabriela y yo, añadió, estábamos en la misma clase hace ya treinta y ocho años… Curiosa la memoria, que me había guardado en un pequeño cajón los rasgos de aquella niña para ahora poder reconocerla pese al tiempo transcurrido. Ha sido realmente extraordinario recuperarla. Y fue la guinda del pastel.

Sergio Barce, julio 2011

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Cuadernos de cine: BLACKTHORN (2011) de MATEO GIL

La emocionante escena en la que el viejo Butch Cassidy detiene su cabalgadura ya en la frontera, se gira lentamente y, por encima del hombro, se ve a sí mismo joven y lleno de vida, libre y rebelde, rodeado de sus amigos forajidos, resumen bellamente el espíritu de esta crepuscular película española del Oeste.

Sam Shepard es Blackthorn – Butch Cassidy

La trama es sencilla: veinticinco años después de su muerte, el legendario Butch Cassidy  (interpretado con sobriedad y talento por el gran Sam Shepard), en realidad aún sigue vivo escondido en el interior de Bolivia. El encuentro fortuito con un ingeniero español que ha robado el dinero de una mina, hace que, contra su voluntad, vuelva a cabalgar perseguido por un grupo de pistoleros primero y por el ejército boliviano después.

Para mi generación, Butch Cassidy & Sundance Kid siempre han sido Paul Newman y Robert Redford, que los interpretaron en la mítica cinta de 1969 “Dos hombres y un destino” (Butch Cassidy & The Sundance Kid) de George Roy Hill.

Butch Paul Newman & Sundance Robert Redford

Nikolaj Coster-Waldau es Butch Cassidy joven

Aquella cinta terminaba con el tiroteo que se produce tras la emboscada que los dos forajidos sufren a manos del ejército de Bolivia, y la escena queda congelada con ambos desenfundando sus armas para defenderse de los soldados que, previsiblemente y sin duda alguna, van a masacrarlos. Ahora, el realizador Mateo Gil y el guionista Miguel Barroso, ambos españoles, construyen una historia que comienza realmente en ese punto, cuando los dos amigos caen asesinados; pero como toda leyenda, uno de ellos, en este caso Butch Cassidy, ha conseguido sobrevivir y ha envejecido en un pequeño rancho del país sudamericano.

El ritmo del film es tranquilo, quizá acorde con la edad del viejo Butch, pero no decae en ningún instante, al contrario, va in crescendo, y cuando llegan las escenas de acción, se hace intenso. A ello ayuda unas interpretaciones convincentes. Es un acierto que el personaje de Butch Cassidy lo encarne Sam Shepard. A estas alturas sólo Sam Elliott, Keith Carradine o Kriss Kritofferson podrían haber sido una alternativa seria. Sam Shepard le da empaque, le da sobriedad, le da experiencia y sabiduría. Con este actor, el film se convierte en un western crepuscular, muy entroncado con el “Duelo en la Alta Sierra” (Ride the High Country, 1962) de Sam Peckinpah, con el que guarda bastantes semejanzas, y sus parlamentos y recuerdos convierten a ese mundo del viejo Oeste ya pasado, al de su juventud, en algo mítico, irrepetible e irrecuperable.

Eduardo Noriega en Blackthorn

En algún momento de la película, el ingeniero español, al que da vida muy certeramente Eduardo Noriega, pregunta a Butch Cassidy que cómo era posible que no se hubiera convertido en un rico hacendado, y el cansado pistolero le responde, tranquilo y sabio, que él había sido libre toda su vida, y que ésa era la mayor riqueza que un hombre podría tener.

La música es de Lucio Godoy, magnífica su banda sonora, como extraordinarias las canciones que suenan durante la película, y la fotografía de Ruiz Anchía, al que admiro desde su impecable trabajo en “Los amantes de María” (Maria´s lovers, 1984) de Konchalovsky. Como digo, dos aciertos, porque la música es sutil, envolvente, con un cierto halo nostálgico, y la fotografía, ayudada por los paisajes increíbles de Bolivia (el desierto de sal, las gargantas de piedra, las montañas enrevesadas o esas praderas que nos brindan escenas de puro western), acertada y muy controlada, los espacios abiertos se llenan de luz, la noche al raso se impregna de un tono plomizo y mineral, y la iluminación de cada espacio encuentra su tono adecuado.

Padraic Delaney es Sundance Kid

También Ruiz Anchía enfoca al rostro de Sam Shepard sin conmiseración alguna, sus arrugas se nos revelan al detalle, como cada cana de su barba o sus cansados ojos celestes, sus facciones son parte del paisaje, en realidad, el paisaje mismo de su alma ya cercana al ocaso.

Curiosamente, pocas reminiscencias del spaghetti-western. Lo cierto es que las esperaba, porque ese tipo de películas se rodaron en Almería, porque eran coproducciones españolas, porque los técnicos y los actores eran en su mayoría de nuestro país. Sin embargo, Mateo Gil huye deliberadamente de ese cine, y regresa al western clásico americano, algo raro, algo peculiar.

También acierta este film en sus flash-back, nada cargantes, montados en el instante justo, que apuntalan la trama de la vida de Butch Cassidy y las razones por las que ha llegado a su situación actual. El actor Nikolaj Coster-Waldau presta un físico que se acopla perfectamente a los años salvajes del viejo Sam Shepard, lo que hace más creíble sus recuerdos; y tanto Padraic Delaney en el papel de Sundance Kid como el magnífico Stephen Rea en el rol del también agotado y cansado perseguidor de los bandidos, arropan con oficio y seriedad el trabajo del protagonista que, en definitiva, lleva el peso de toda la película.

Butch Cassidy/Sam Shepard nos va atrapando poco a poco, igual que Paul Newman en su día, y se convierte en esa leyenda que arrastra tras de sí una vida llena de violencia, de cabalgadas, de robos y de huidas, pero también de pequeños gestos llenos de honestidad y de ética, la ética de los forajidos del viejo Oeste que ya nunca volverá.

Sergio Barce, julio 2011

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LARACHE vista por… CRISTINA MARTÍNEZ MARTÍN

Larache. Ambientada en los años inmediatamente anteriores a la Independencia de Marruecos, su protagonista. doña María, es una candorosa mujer española que se verá permanentemente humillada por su marido, un capitán del ejército, del que, sin embargo, ella está enamorada. Poco a poco, irá descubriendo el otro mundo que convive con ellos en la ciudad, el de la comunidad musulmana, la nativa del país, y será a través de ellos, de los larachenses más humildes, donde irá descubriendo su propia personalidad, su fuerza interior, el arraigo a la familia y las auténticas metas que darán sentido a su vida.

Éste es el argumento de “Te devuelvo la memoria” (Caja Castilla-La Mancha –Madrid, 2007), preciosa y nostálgica novela de la escritora larachense Cristina Martínez Martín, un sentido homenaje de Cristina a su madre, a la que devuelve su memoria.

 “…Él era uno de esos hombres cuyos resortes mueve la pasión. Desde siempre había sido de esa manera. Nunca se había avenido ni a las medias tintas ni a los apaños. Y esa ternura tan nueva, que ni por sus hijos había sentido nunca, se le antojaba un estorbo, algo que lo hacía dudar, introduciendo en su alma mucha confusión.

   Omar lo condujo enseguida a la casa de Rosario.

   Para llegar allá había que atravesar la calle en canal. La casita blanca donde la había instalado se encontraba en un extremo del barrio de Nador, el de las prostitutas, en las afueras de la ciudad. A esas horas salía música de las puertas obscenamente abiertas para atraer a los que buscaban el calor prestado de unos besos pagados o a los que necesitaban verter, aunque fuera en unos cuerpos maltrechos, mucha soledad.

   El capitán respiraba con confort el hedor que rezumaban aquellas callejas siniestras. Se sabía escindido entre su doble faceta de hombre pulido, capaz de mantener las formas con gente encopetada, y su necesidad de dejar libre sus instintos, lo cual solamente era posible en ese ambiente sórdido en el que las pasiones no necesitaban disfrazarse. Por eso la amaba allá en aquella casa arrinconada entre ese barrio y el cementerio.

   La casa estaba construida sobre un montículo frente al mar. Un mar majestuoso, centelleante y misterioso… Con unas puestas de sol magníficas…

   Al lado, reposaban su sueño eterno algunos muertos ilustres, entre los que se contó un día el duque de Guisa, aquel proyecto de rey que desde su Francia natal había venido a morir a esta tierra tan distinta a la suya. Los panteones en mármol rosa o blanco, así como las lápidas más sencillas de granito, yacían olvidados. Hacía años que el reino de los muertos servía de alimento a una profusión de plantas y flores muy vivas que lo invadían todo ocultando las tumbas y convirtiendo aquel lugar, un día sagrado, en un salvaje jardín…”

Presentación de la novela en Larache: Mohamed Laabi, Sergio Barce, Cristina Martínez, Mª Dolores López & Mohamed Al Baki

    “Te devuelvo la memoria” es de lectura sencilla, atrapa al lector desde el comienzo y cada párrafo está escrito con tanto afecto que es difícil sustraerse a él; te embarga una especie de melancólica emoción, y por supuesto vives en cada una de sus páginas el Larache de esa época. Recrea el ambiente de la ciudad, sus calles, los barrios más populares y más humildes, la vida cotidiana de sus habitantes, las tradiciones marroquíes, que la protagonista va descubriendo con sorpresa, y plasma con realismo la relación que existía entre la casta militar española asentada durante el Protectorado y la población autóctona, que nada tenía que ver con la que desarrollaba la población civil, más integrada y tolerante.

    “El 15 de julio se casaba la heredera. Un acontecimiento que todo el mundo esperaba con curiosidad. La familia Bargalló era la crema de la sociedad larachense. Las malas lenguas, que siempre las hay, insinuaban que descendían de unos oscuros comerciantes de Sabadell, ellos proclamaban que su sangre era más azul que la tinta azul. El padre de Pili había sido cónsul del gobierno del Generalísimo en Ceuta antes de venir a Larache. Su puesto le había proporcionado amigos influyentes en las altas esferas, comentaba él. Se decía que había aprovechado la coyuntura para hacer de intermediario en varios negocios lucrativos, comentaba la gente por lo bajo, y se había forrado de dinero. Gozaba en la ciudad de una posición privilegiada.

   Los Bargalló vivían en un chalet frente al balcón del Atlántico. Aparte de la Plaza de España, la mejor zona de Larache. El balcón del Atlántico era el límite natural de la ciudad, el extremo del saliente rocoso sobre el que ésta había nacido. El balcón del Atlántico terminaba bruscamente en un acantilado de ocho metros de altura sobre el mar. Justo en el borde se había construido, protegido por una balaustrada blanca, un jardín estrecho con una pequeña glorieta en el centro, donde los domingos tocaba marchas la banda del Regimiento español. Los días que el mar se enfurecía, rompían las olas bravamente sobre el acantilado salpicando de espuma la balaustrada, cruzándola y regando de agua salada los arriates de geranio y verbena.

   Frente al jardín del Atlántico, se encontraba una fila de chalets blancos y lujosos, precedidos a su vez de una jardincillo particular en donde crecían apretadamente la buganvilla, el jazmín y los hibiscos. Además de los Bargalló, vivían allí el doctor Levi, un cirujano con mucha fama, el Bajá, primo del rey, y otros dos ricos comerciantes judíos.

   Pili Bargalló se casaba y las invitaciones recién salidas de la imprenta invadían las casas de las familias bien de Larache.”

Casa de la Cultura de Larache – asistentes a la presentación de TE DEVUELVO LA MEMORIA

Una novela tan recomendable como indispensable para quienes están descubriendo ese mundo único e irrepetible del Larache de los años del final del protectorado y los acontecimientos que sucedieron en la ciudad que llevarían a la independencia del país, y, por supuesto, para quienes son de allí o conocen la ciudad. Otro viaje de retorno en el tiempo y en el espacio, otro viaje sentimental a través de una excelente narración.

Sergio Barce, julio 2011

José, Miriam y Rachel se llevaron a la pequeña al palomar y a los establos de los animales, convenientemente alejados de la casa para evitar olores. La dueña de la casa, una mujer gorda, simpática, cargada de tintineantes pulseras de oro y magníficos ojos a los que el khol daba profundidad, invitó a doña María a compartir el frescor de un pequeño cuarto que le servía de costurero. Escuchándola charlar animadamente se preguntaba doña María cómo era posible que Estrella Benchimol, aislada en el campo, estuviera al tanto de lo que pasaba en Larache mejor, mucho mejor, que ella misma, que vivía en pleno centro. La señora Benchimol conocía los mejores sitios para comprar calidad al más bajo precio, las novedades que llegaban a las tiendas, los cotilleos y, además, era experta en cómo tratar a las criadas para hacerse respetar y obtener un buen servicio.

   Se juntaron todos a las seis para tomar un té moruno muy azucarado, aromatizado con hierbabuena y flores de azahar, y servido con pastas preparadas por Estrella Benchimol a base de almendras, miel, harina y espacias, con forma de lunitas, redondeles y rombos que todos celebraron mucho.

   El sol se ponía. Omar, desaparecido durante todas esas horas, tenía órdenes de recogerlas para volver a la ciudad, y esperaba de nuevo muy tieso al lado del coche.

   Se despidieron para regresar antes del anochecer. Rachel y Miriam ofrecieron, regocijadas por sus aspavientos, una paloma blanca a la niña.

   Camino de Larache los aplatanados viajeros divisaron desde un alto de la carretera extraños resplandores en la ciudad. Parecían figuras encendidas en distintos puntos, o tal vez incendios… Al acercarse más, escucharon claramente sonidos de disparos. El capitán, recordando su conversación con el señor Benchimol justo aquella misma tarde respecto a las revueltas que podían esperarse como consecuencia de las últimas medidas del Gobierno francés, dedujo lo que ocurría. No quiso, sin embargo, alarmar a la familia.

   -Ya están tirando petardos… -comentó burlón.

   El usualmente hermético Omar, herido por las ironías de las que fue objeto horas antes y para demostrar que lo que decía era importante, les informó antes de que el capitán pudiese evitarlo que aquello era la guerra.

   Los ocupantes del coche guardaron un silencio asustado. La paloma aprovechó un descuido de José para escaparse por la ventanilla abierta. La niña, que dormitaba cansada, despertó con el revuelo de la paloma y se puso a berrear desconsolada por la pérdida de su juguete. José sugirió volver a la finca y quedarse allá hasta saber qué ocurría. El capitán no lo consideró oportuno.

   -En el campo –dijo-, estaríamos a merced de quien tenga un arma.

   Con el llanto cansino de la cría, a quien no consiguieron calmar y que no paró de llorar hasta llegar a la casa, atravesaron la ciudad desierta.

El ya rey Mohamed V, en Larache

   Muhammad V había sabido jugar bien sus cartas. Tras la entrevista que tuvo con el presidente Roosevelt, se negó a ratificar las decisiones de los franceses, y éstos, que habían manejado a los sultanes a su antojo, reaccionaron deponiéndolo en 1953 y desterrándolo primero a Córcega y posteriormente a Madagascar, nombrando en su lugar a Muhammad Ibn Arafa. El nacionalismo, latente, se exacerbó, y Muhammad V se convirtió, aun desde el destierro, en el líder que aunaría la lucha por la independencia nacional.

   Los disparos que en ese momento escuchaba la familia no eran sino el inicio de una revuelta que trastornó al país durante dos años, hasta el regreso a Marruecos de Muhammad V en 1955, y la posterior proclamación de la independencia del país.”

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