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LARACHE y la ASIGNATURA DE TERAPEÚTICA FÍSICA, un relato del Doctor JOSÉ EDERY BENCHLUCH

El escritor larachense Dr. José Edery

    José Edery, después de publicar su libro «Viajando por el Magreb Hispánico», parece que se aburría un tanto y se ha puesto a escribir de nuevo, supongo que le ha entrado el «mono» de la narrativa, y, como suele hacer, tiene la deferencia de enviarme su último relato, un retazo de sus recuerdos de estudiante, para colgarlo en mi blog para deleite de todos. Es un relato muy divertido, la verdad, en el que Larache se convierte involuntariamente en la protagonista de la anécdota.

Sergio Barce, febrero 2012

    LARACHE Y ASIGNATURA DE TERAPÉUTICA FÍSICA

En los exámenes orales universitarios existe la creencia constatada de que cuando el alumno permanece largo tiempo en la sala a puerta cerrada examinándose o delante del tribunal en sesión pública, es señal inequívoca que va aprobar e incluso sacar buena nota. Si por el contrario el tiempo es corto y breve lo más probable es que suspenda o regrese en septiembre.

Yo cursaba el tercer curso de medicina, que en realidad era el cuarto si contábamos tras el Preuniversitario, el curso Preparatorio común a las carreras de ciencias con biología, matemáticas, física y química. En dicho curso las materias eran la Farmacología con  el “Manual de Velázquez” dada por el emblemático “Don Emilio” Muñoz, el catedrático más elegante y dandy de España; la Patología General enseñada por el Profesor de la Higuera alias “El Breva”, la Fisiología Especial por el Prof. Rafael Mora (hermano del Catedrático de Histología Abelardo) y la Terapéutica Física que impartía el catedrático Ignacio García Valdecasas “El Chispa”, oriundo de la granadina región de Riofrío (Loja) uno de los mayores criaderos actuales de esturión y caviar beluga de Europa. (ver  “Viajando por el Magreb Hispánico”).

El sobrenombre de “El Chispa” tenía su lógica ya que entonces la asignatura trataba principalmente de aparatos terapéuticos eléctricos (Rayos X, Onda Corta, corrientes galvánicas etc.) y sus fundamentos. Una asignatura con pocas patologías, árida y poco atrayente, y sobre todo basada en la Física. Materia esta que había impartido en Preparatorio en Granada el duro catedrático “Don Justo” Mañas, a causa de cuyos exámenes los alumnos se iban a otras facultades para poder aprobar ya de por sí un difícil curso selectivo.

Don Ignacio García Valdecasas era un hombre alto, de aspecto serio, de tez bronceada por el campo, con un andar como cansino y algo encorvado que daba la sensación de una persona rural más que de un profesor universitario. Aunque ello encubría una gran humanidad, profundos conocimientos profesiones y una amplia cultura. Pero su verdadera afición era sus tierras y olivares en Riofrío. Durante mi etapa ministerial conocí a dos de sus hijos: un destacado letrado en Jaén y un prestigioso diplomático y Embajador, con el que establecí una estrecha amistad y recordando siempre en nuestras conversaciones  a su padre.

Medina de Larache

La clase de Terapéutica Física comenzaba a las nueve de la mañana, por lo que “era obvio” que yo no asistía nunca por mi incompatibilidad fisiológica, a lo largo de mi vida universitaria y luego profesional, de levantarme “tan temprano”. Llegó en el mes de junio  el correspondiente examen final de la asignatura, de la que al no llevarla preparada pensaba dejarla para septiembre. Fue entonces cuando nuestro compañero de curso ¿Gerardo? Cánovas, murciano que residía en el Colegio Mayor Isabel la Católica, sobresaliente estudiante  y persona de una gran religiosidad practicante (“desapareció “de la facultad a partir de dicho curso) como la mayoría de los compañeros de entonces, me convenció para presentarme al examen. Era medianamente alto y fuerte con una constitución semejante a la de Alfredo Segura Sánchez.

Me atiborré de comprimidos de Preludín (otros solían tomar Simpatina o Centramina) durante una semana con casi un continuo insomnio y una hiperactividad mental; y un jueves por la tarde tras esperar unas dos horas me llegó mi turno oral para examinarme. A Cánovas por lógica alfabética le correspondió antes, y al terminar el examen, que duró apenas diez minutos, con mucha desilusión me dijo que le habían dejado para septiembre (nunca más supe ni supimos de él). Por su resultado me iba a retirar del examen pero me convenció para que me presentase cuando me llamaran, y a pesar de su decepción y tristeza se quedó acompañándome.

El lugar del examen era una gran sala con hileras de grandes bancos de madera separados por un ancho pasillo central. Y al fondo a la derecha un estrado con una mesa, a bastante distancia de la primera fila (por lo que no se podía apenas escuchar al profesor ni al examinado) donde se enfrentaban catedrático y alumno.

Don Ignacio alzó la cabeza y con voz fuerte, pero con unas facciones que mostraban gran extrañeza casi gritó: ¡¡José Edery Benchluch¡¡ (Aquí se le trabó un poco la lengua con el segundo apellido). Acudí a la mesa deprisa, pero con paso mesurado posiblemente por la hiperactividad, seguridad y optimismo que me producía el Preludín.

Me dijo de inmediato: <Yo a Vd. no le conozco ni le he visto nunca en mis clases, pues le recordaría, sobre todo por sus apellidos >. Por lo que casi me iba a retirar dando por asegurado el suspenso. Pero por efecto milagroso de la droga le respondí con voz firme pero respetuosa:

<Discúlpeme Don Ignacio, pero es que a las nueve de la mañana tengo que asistir todos los días a la sinagoga para mis rezos.>

<Por favor, repítame lo que ha dicho, por si lo he entendido mal.>

<Si Señor. Como soy judío y practicante, mi deber religioso es participar con mis correligionarios a los rezos en la sinagoga de la calle Arandas, por la Plaza de la Universidad.>

Muy respetuoso hacia los demás por su formación humana y social y sus firmes creencias religiosas, aunque fueran diferentes, su semblante cambió por uno más agradable e interesado.  En la España de esos tiempos, aunque existía una grandísima ignorancia (y en la actual), pero no incultura, sobre personas y ortodoxia de las otras religiones, existía un gran respeto religioso en el trato personal entre ellas.

Intercambiamos preguntas y respuestas. Curiosamente conocía mi ciudad natal, Larache, donde tenía amigos, entre ellos la familia Gomendio, propietarios del Lukus, la mayor empresa y terrenos agrícolas del Protectorado; y un amigo colega, el doctor Rogelio Consuegra así como de otras personas y hechos que no recuerdo. ¡Han transcurrido 56 años¡ Hablamos durante cerca de tres cuartos de hora de ellos, de mi ciudad, de religión, etc. Todo ello ante la expectación y casi admiración de mis compañeros, como supe más tarde, pues suponían que estaba realizando un brillantísimo examen por el tiempo que transcurría. Si hubieran conocido la temática que intercambiaban el examinante y examinador, no se lo habrían creído.

En un momento dado miró su reloj, y casi sorprendido por el largo tiempo transcurrido, interrumpió la conversación y me hizo sacar dos papeletas con temas del examen (normalmente era una cada vez). Me preguntó que cuál prefería y cómo había preparado la asignatura. Fui correcto y le respondí que regular. Y apenas llevaba dos minutos exponiendo el tema que había escogido, me paró y con gran sorpresa por mi parte me dijo, con un tono cariñoso:

<Creo Señor Edery que no voy poder darle un sobresaliente como probablemente se merece; debido a su no asistencia a las clases a lo que doy gran importancia. ¿Qué le parece un notable?.> A lo que le respondí muy serio simulando contrariedad y educadamente:

< Lo que Vd, decida Don Ignacio. Muchas gracias.>

Y regresé al banco donde me esperaba con una cara de sorpresa que nunca se me olvidará mi querido compañero Cánovas. Y de paso observaba las miradas de admiración, asombro, respeto, o todo junto en una sola expresión, de los compañeros que esperaban su turno de examen, ante mi “larga exposición” en tiempo y temática entre profesor y alumno. Y que no podían escuchar ni nunca sospecharían, por la distancia existente entre ellos y la mesa del examinador.

Tengo que aclarar que en Granada nunca asistí a una ceremonia en una sinagoga, ya que desde 1492, no existen ni se realizó ninguna apertura nueva, incluso hasta el día de hoy. Ni de la inventada por mi, puesto que la única ubicación de un templo era un oratorio casi clandestino de confesión baptista al que asistí con un amigo, situado cerca de la Facultad de Derecho en la calle Arandas. Y la colonia judía en la ciudad entonces estaba compuesta únicamente por la familia Godman, propietaria de la academia de lenguas extranjeras “Mangol” en la calle Reyes Católicos. Y por nueve estudiantes universitarios (entre ellos los larachenses, futuros médicos, Esther Amselem y Alejandro Abehsera) procedentes del entonces Protectorado de España en Marruecos, de Ceuta y de Melilla. Y que para un acto colectivo religioso judío es obligatorio la presencia de un mínimo de diez hombres adultos (minián).

 Dr. José Edery Benchluch .

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LARACHE vista por… ALEJANDRO GÁNDARA en su novela CIEGAS ESPERANZAS, Premio Nadal 1992

    Uno de los galardones literarios más prestigiosos de España es el Premio Nadal. Carmen Laforet fue la primera ganadora con su mítica novela “Nada”, en 1944, y  luego vendrían Miguel Delibes, Rafael Sánchez Ferlosio, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Álvaro Cunqueiro, Jesús Fernández Santos o Fernando Arrabal, entre otros.

      En 1992, gana el Nadal el escritor Alejandro Gándara con la novela “Ciegas esperanzas”, y curiosamente la mayor parte de la acción de su historia se sitúa en Larache, quizás la más humana de la novela.

      Ambientada en los años inmediatos a la declaración de Independencia de Marruecos, relata la difícil relación entre Martin y una chica marroquí, Salima, y a cuya relación, a causa de la situación política y religiosa del momento, se opone frontalmente el hermano de ésta. Y Abdellah, el mejor amigo de Martin, trata de hacerle comprender también el peligro que entraña esa relación amorosa.

Larache

Hay escenas que se desarrollan en la Plaza de España, otras en la calle Chinguiti y también en La Medina, o bien en las que se mencionan lugares o espacios concretos de Larache, como el Casino de la Casa de España.

 (…) -¿De verdad trabaja en el Lucus? –Martin había puesto un brazo delante de Abdellah, que empezaba a marcharse.

   Salima continuaba revoloteando entre las otras muchachas. La cara se le había ido encendiendo, pero seguía yendo de un lado a otro como si el juego la excitara cada vez más en vez de fatigarla. No miraba a Martin y Abdellah, pero los muchachos estaban suficientemente cerca y formaban parte de un público que ella metía sin querer en su juego, igual que metía las miradas furtivas pero intensas de los hombres de los corros. La mirada de Martin, por su parte, era de las que esperan una contestación y esa espera le retenía contra la incomodidad de Abdellah.

-De verdad trabaja en el Lucus, pero tú no sabes lo que es el Lucus –gruñó Abdellah.

-¿No es la fábrica de conservas? –preguntó distraído y tratando de alargar el ultimátum que le había dado su amigo.

-No sé qué quieres de Salima –dijo el cojo mientras empujaba sin convicción el brazo que le cortaba el paso-. La fábrica de conservas, sí. Muchas mujeres esperan a la puerta hasta que cae alguna de dentro. ¿Qué crees que es Salima, Martin?

  Es un libro muy bien escrito. Gándara narra con un estilo conciso y seco, y se demora a conciencia cuando trata de plasmar los temores de sus protagonistas, el miedo a la muerte, la sensación de que todo acaba. Hay un sabor amargo en toda la novela, en la que, por un lado, si bien se construyen los personajes con cierta sobriedad, subrayando en ellos las contradicciones que el choque cultural les causa, especialmente el religioso, por otro es evidente que el autor no conocía del todo Larache, aunque eso no menoscaba en absoluto la calidad de la novela, por supuesto, pero sí que delata que o bien la había visitado muy de pasada o que la conocía a través de terceras personas, porque unas veces sitúa establecimientos o calles erróneamente o los identificada con nombres inexistentes, como si fuesen de oídas. En todo caso, creyó acertado elegir Larache como el escenario perfecto para contar la problemática que se suscitaba durante los años cincuenta en el Protectorado español de Marruecos.

Larache

 (…) Se detuvo bajo un cartel que decía Cine Chinguiti, miró por una cancela el vestíbulo oscuro y se dio media vuelta enseguida. La calle terminaba y, con la espalda en la cancela, observó la plaza a la que se estaba acercando.  La misma plaza con el jardín en el centro, los arcos de la fachada del zoco y la tienda de Yibari.

  Echó a andar con paso un poco más decidido, espió de pasada por las cristaleras del café que hacía esquina y bordeó la plaza hasta un arco pequeño y una puerta baja por la que se veía la calle grande del zoco. No se metió dentro. Se limitó a quedarse en esa puerta con las manos en los bolsillos y la cara asomada a las casas azules, los parasoles, las esteras y la gente alrededor de las esteras, mucha más gente que la vez en que el grupo de chiquillos tuvo que decidir bajar al puente del Lucus.

Alejandro Gándara

Como digo, la fuerza de su narrativa estriba, por un lado, en la utilización de la época inmediatamente anterior a la Independencia de Marruecos, con los acontecimientos ocurridos en Larache como telón de fondo, y en la construcción minuciosa de los sentimientos, pensamientos y temores de sus protagonistas. Y me gusta cómo consigue transformar a la ciudad de Larache en un personaje más, un personaje que parece influir obstinadamente en el ánimo de los otros personajes de carne y hueso.  

(…) -Tu madre no quería venir a Marruecos. Pero yo pensé que aquí estaba mi salvación –el tono entrenado del maestro estaba desapareciendo en la rapidez del que no quiere tocar mucho las palabras y pisa en ellas como en la superficie de un barro deslizante que mancha al mismo tiempo que empuja-.

(…) Fue una escapada. Y se mezclaron tu madre y Marruecos. Me enamoré de ella pensando que tenía que irme. No me enamoré después, ni antes. Me enamoré pensándolo.

(…) Se hizo triste. Cuatro años. No digo que estuviese triste, digo que se hizo triste. Eso es lo peor que uno puede ver de sí mismo. Yo lo hice con tu madre trayéndola a Larache. Para los españoles ésta es una tierra militar, ni siquiera una tierra de misión. Al final, encontré aquí todo lo que me había hecho escapar. Guarniciones, comerciantes y chupatintas, donde un maestro es todavía menos que en Ciudad Lineal. Se preguntan cómo llegaste a parar a este sitio. No tienes negocio, ni galones: algo te ha pasado en la tierra de atrás.

(…) No fue la ciudad. Al principio creí que era esta ciudad y que debíamos unirnos, aunque fuera mediante la tristeza, estoy seguro de que durante mucho tiempo pensé que la tristeza era un aliado, que debía unirnos contra la ciudad. Pero no era la ciudad, era yo en esta ciudad, lo que vio de mí, lo que vio de mí gracias a esta ciudad y que en Madrid podía explicarse de otra manera, sin necesidad de que me viera a mí.

Santuario Lalla Mennana de Larache

   Ya he hablado en otra ocasión de que en mi novela “En la jardín de las Hespérides” describía la experiencia vivida por mis abuelos y mi madre cuando se produjeron los asesinatos en Larache, tras la muerte del Raisuni, y cómo colgaban y quemaban a la gente que consideraban traidores. Sara Fereres hacía lo mismo en su libro “Larache, crónica nostálgica”, que también analicé. Pues bien, Alejandro Gándara recrea de la misma forma estos acontecimientos de la siguiente manera:

(…) -Los Yahtahary están en Tatla-Reysana. Han subido por la costa colgando gente de los olivos y quemando policías en las calles.

-Larache es proespañol.

-Eso se acabó, Martin.

Distinguió algo líquido en las pupilas de Abdellah. ¿Abdellah sabía llorar? Para el cojo también se acababan muchas cosas y puede que quisiera su parte en los sentimientos de lo que se acababa. Era miserable, en Martin, pensar sólo en Salima. Abdellah estaba allí, con su mundo protegido acabándose. Había perdido al mismo padre, por vez primera era capaz de pensar eso, y estaba a punto de perder a su hermano. Como perdería la casa y el trabajo en las cocheras. Mientras el mundo débil de Abdellah se derrumbaba, llegaba Martin y no quería escucharle.

-He visto a los de la plaza. Hay más de tres mil ahí –dijo, esperando que Abdellah entendiera que se rendía, que quería comprender y, sobre todo, comprenderle por lo que estaba pasando.

El cojo volvió a suspirar, pero esta vez el aire arrastraba un alivio concentrado, el alivio de la proximidad recuperada, de tener a Martin a su alcance.

-Han quemado la casa del bajá Raisunik y han prendido fuego al negro que estaba allí. Ha sido increíble. Mientras ardía, las mujeres le metían hierros.

-Eso no ha sido de repente, Abdellah. Algo ha ocurrido.

-Ha ocurrido que Marruecos va a ser independiente. Cualquier cerilla llegará a la pólvora. Hace mucho que tú no vives aquí. Sólo vacaciones. Tu tío para cada tres horas para que los trabajadores toquen la flauta. Todos los días hay problemas nuevos, Andan con mucho cuidado en los últimos tiempos. Pero el Raisunik estuvo esta mañana en el zoco de Tlata-Reysana, no sé qué pasó, lo único que sé es que los guardaespaldas dispararon las metralletas y mucha gente murió. A mediodía ya habían llegado los Yahtahary y por la tarde la noticia de la matanza estaba en Larache.

-¿Y la Comandancia?

-La Comandancia no hace nada. Las tropas están acuarteladas. Tu tío llamó y le dijeron que no saldrían de los cuarteles. Los rumis están en casa, se quedan en casa. Y tú eres un rumi, Martin. No olvides.

También me parece sorprendente en esta novela las escenas casi simbólicas, de ensueño, que se desarrollan en el río, cuando el protagonista trata de cruzarlo y alguien le hace señales desde la otra orilla, y cómo su pesadilla se transforma en el motor para recobrar su pasado que le ahoga de una manera insoportable. Hay párrafos magníficos en esta novela excelente, en un difícil ejercicio con el que Gándara hace un trabajo artesanal con el lenguaje, estilizándolo, sobre todo en las escenas estre Martin como soldado y el extraño, en una conversación alambicada y malabárica que alarga in eternum, utilizando para ello recursos narrativos y lingüísticos asombrosos. Una novela sin concesiones, áspera, honda, y que, además, como he descrito, cuenta con el aliciente de llevarnos hasta unos hechos históricos que tuvieron a Larache como protagonista. Muchas razones para leer este magnífico libro, un Premio Nadal en Larache.

 Sergio Barce, febrero 2012

Alejandro Gándara

Alejandro Gándara, nació en Santander en 1957. Sociólogo y escritor, es autor de las novelas La media distancia, La sombra del arquero, Nunca seré como te quiero o El día de hoy. Además del premio Nadal, ha obtenido entre otros el Premio Herralde de Novela por Últimas noticias de nuestro mundo.

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Este 23 de Febrero, en CEUTA: Presentación del libro LA CIUDAD DEL LUCUS del escritor larachense LUIS MARIA CAZORLA

Después de haber escrito en diversas ocasiones sobre las excelencias de esta novela en este blog, me permito hacer un recordatorio de LA CIUDAD DEL LUCUS con ocasión de su presentación en la ciudad de Ceuta, presentación que se efectuará este próximo día 23 de Febrero. Espero que quienes tengáis la oportunidad de asistir, lo hagáis, merece la pena escuchar a Luis María Cazorla desbrozar su obra y oírle hablar de aquel Larache de principios del siglo pasado. Una ocasión para aprender y disfrutar. Sergio Barce.

Esta es la invitación para el referido evento:

LA CIUDAD DEL LUCUS reposa sobre un fono histórico bien documentado y revela datos poco conocidos. La trama se desarrolla entre 1904 y 1912 en las ciudades de Larache, Tetuán, Tánger, Arcila y Alcazarquivir. Al hilo de los avatares de un inmigrante que huye de la crisis económica que sufre Alicante a finales del siglo XIX y se establece como comerciante en Larache, desfilan por sus páginas toda una serie de personajes (hebreos, marroquíes, españoles y extranjeros), unos imaginarios y otros reales como el teniente Fernández Silvestre o el líder Ahmed el Raisuni. Todos ellos tejen una tupida red de intereses y de sentimientos que conforman la tensión dramática de una novela memorable, con una singular viveza narrativa, que nos abre un mundo desconocido.

 

Luis María Cazorla

Su autor, Luis María Cazorla Prieto, nace en Larache en 1950. Es doctor en derecho, Catedrático de Derecho Financiero y Tributario de la Universidad Rey Juan Carlos, abogado del Estado, Letrado de las Cortes e Inspector de Servicios del Ministerio de Economía y Hacienda. En la actualidad es Secretario General de Bolsas y Mercados Españoles, director del bufete Cazorla y asociados, Vicepresidente del Consejo Editorial de Aranzadi y miembro de número de la Academia de Jurisprudencia. Ha ocupado cargos como el de Secretario General del Congreso de los Diputados, Director General Técnico del Ministerio de Hacienda, Vicepresidente del Comité Olímpico Español y miembro de la Comisión Jurídica del COI. Autor de más de 20 obras jurídicas y sociológicas, es también autor de novelas y libros de relatos como “El proyecto de Ley y once relatos más”, “Cuatro historias imposibles”, “Ni contigo ni sin tí” o “Cerca del límite”, con la que fue finalista del premio internacional de novela “Javier Tomeo” en 2007. Hijo de larachense de familia oriunda de Novelda.

 Biblioteca Pública de Ceuta  www.ceuta.es/biblioteca

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Hasta el próximo 29 de Febrero, en MÁLAGA: Exposición «Entropía» del pintor larachense FRANCISCO SELVA

Francisco Selva López

Hace unos días hablaba de Francisco Selva y de sus obras pictóricas, sus creaciones abstractas, de su visión geométrica del espacio. A raíz de ese artículo que le dedicaba como pintor larachense, Paco se ha puesto en contacto conmigo y nos hemos visto en el Ateneo de Málaga. Yo desconocía que durante, estos días, el Ateneo alberga una exposición suya llamada “Entropía”, una casualidad, probablemente.

El caso es que Paco me dijo que me acercara este viernes por la sala, y así lo he hecho y nos hemos visto allí, y he disfrutado de la hermosa, sorprendente y magnífica exposición de sus cuadros, que, además, me ha ido explicando, lo que es un privilegio si acudes a una exposición: el propio artista desvelándote en privado los secretos de su obra. Luego, además, hemos compartido un vino y me ha entregado algunas fotografías curiosísimas para que las agregue el álbum de fotos de Larache. Todo un honor, viniendo de él, que le agradezco.

Ahora, después de haber visto su exposición, me parece aún mejor pintor. Desde los collage hasta los dibujos a rotring, minuciosos y laboriosos, y luego sus pinturas abstractas, impresionantes en vivo. Mezcla la pintura con elementos ajenos como grapas, papel, componentes eléctricos, cartón o clavos, y construye universos, como el que le ha inspirado “Un mundo feliz” de Huxley para una de sus composiciones más llamativas.

La exposición permanecerá en el Ateneo de Málaga hasta el próximo día 29 de Febrero, y de verdad, quienes residan cerca, que no desaprovechen la oportunidad de admirar la pintura de Francisco Selva López, un extraordinario pintor larachense.

Sergio Barce, febrero de 2012

  Tenéis más información e imágenes de esta exposición y de la obra de Paco Selva en:

http://www.ateneomalaga.es/index.php?option=com_content&view=article&id=367&Itemid=56

«Del negro al blanco» de Francisco Selva

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Otros libros, otros autores: LIBERTAD (Freedom) de JONATHAN FRANZEN

LIBERTAD (Freedom, 2010) de JONATHAN FRANZEN.   No he leído los anteriores libros de Franzen, así que parto de una cierta desventaja, o tal vez de una buena ventaja, depende de cómo se mire. En cualquier caso, esta novela, 667 páginas escritas con intensidad, me han vuelto a demostrar que los narradores americanos son realmente buenos. En este caso, un narrador excelente retratando personajes y personalidades. Tanto Patty, el más complejo de ellos, como Walter o Richard, o también Joey, Carol, Connie, Abigail, Jocelyn, Lalitha… e incluso los personajes más secundarios de la trama, todos, están perfectamente definidos, incluso en sus contradicciones, porque lo que Franzen consigue es construir personajes de carne y hueso que, como tales, actúan por impulsos y por sentimientos, como todo ser humano.

Pero ya digo que es Patty, probablemente, el personaje más profundo y contradictorio pero, a la vez, rico de este relato.

 <A modo de concesión, sí llevó a Walter a conocer a su familia en primavera, antes de casarse. Para la autobiógrafa es doloroso admitir que le dio un poco de vergüenza que su familia lo viera y, mas aún, que acaso eso fuera otra de las razones por las que no deseaba una boda. Lo quería (y lo quiere, lo quiere de verdad) por unas cualidades que para ella tenían pleno sentido en su mundo privado de dos personas, pero que no eran necesariamente visibles para la clase de ojo crítico que sin duda sus hermanas, en particular Abigail, posarían en él. La risita nerviosa de Walter, su propensión al rubor, la circunstancia misma de que fuese tan buena persona: dichos atributos le eran entrañables en el contexto más amplio del hombre en sí. Motivo de orgullo, incluso. Pero la parte malvada de ella, que siempre parecía aflorar con contundencia al verse expuesta a su familia, no podía evitar lamentar que él no midiera un metro noventa y fuese muy guay.

Joyce y Ray, justo es reconocerlo, y quizá por el alivio oculto que experimentaron al descubrir que Patty era heterosexual (oculto porque Joyce, por su parte, estaba preparada para brindar una vigorosa Acogida a la Diferencia), exhibieron su mejor comportamiento. Al enterarse de que Walter nunca había estado en Nueva York, se convirtieron en gentiles embajadores de la ciudad, instando a Patty a llevarlo a exposiciones que la propia Joyce, ocupada como estaba en Albany, no había visto, y reuniéndose luego con ellos para cenar en restaurantes aprobados por el <Times>, incluido uno en el SOHO, que por entonces era aún un barrio oscuro y emocionante. La preocupación de Patty ante la posibilidad de que sus padres se burlaran de Walter dio paso a la preocupación de que éste se pusiera del lado de ellos y no viese por qué a ella le resultaban insoportables: de que empezara a sospechar que el verdadero problema era Patty, y de que perdiese aquella fe ciega en su bondad, una fe de la que ella, en menos de un año de relación, ya dependía desesperadamente>.

Creo que como gran narrador americano, hay una clara conexión con la manera de escribir de Richard Ford, y en concreto en relación a su extraordinaria trilogía, y especialmente con “El periodista deportivo”. Ambos escritores retratan a la sociedad americana con detalle, mirándola desde dentro, y en este retrato, a veces descarnado y otras veces irónico, también se refleja nuestra propia sociedad, producto, sin duda, del efecto globalización. Hay ciertamente situaciones en la novela de Franzen que reconocemos, y nos provocan una cierta estupefacción, a mí al menos, sobre todo al comprobar que poco a poco las líneas que separan a nuestras sociedades, la europea y la americana, se tocan cada vez con mayor intensidad, y eso no es, precisamente, nada halagüeño, y mucho menos gratificante. Será que odio la globalización.

La novela me parece increíblemente bien escrita. Y hay párrafos extraordinarios. 

 (…) <Su plan o su esperanza o su fantasía, en la medida en que se permitió ser consciente de que lo tenía, era que Richard olvidase su propósito de marcharse aquel día, y poder volver ella a su estado de sonambulismo esa noche, y que al día siguiente todo fuera de nuevo agradable y tácito, y luego más sonambulismo, y luego otro día agradable, y que luego Richard cargara su pickup y regresara a Nueva York, y mucho más adelante en la vida ella recordaría los sueños asombrosos e intensos que había tenido durante unas noches en el lago Sin Nombre, y se preguntaría sin riesgo si había ocurrido algo. Este viejo plan (o esperanza, o fantasía) se había ido al garete. Su nuevo plan le exigía un denodado esfuerzo para olvidar la noche anterior y fingir que no había ocurrido.

Lo que desde luego no incluía su plan –y puede afirmarse sin riesgo alguno- es que el almuerzo quedaría a medio comer en la mesa y de pronto ella se encontraría con los vaqueros en el suelo y la entrepierna del bañador dolorosamente apartada a un lado mientras él la llevaba a embestidas hasta el éxtasis contra la pared inocentemente empapelada de la antigua sala de estar de Dorothy, a plena luz del día y estando ella tan despierta como podía estarlo un ser humano.

JONATHAN FRANZEN

No quedó ninguna marca en la pared, y sin embargo el punto quedó allí, claro e inconfundible, para siempre. Era una pequeña coordenada del universo permanentemente colmada de sentido y alterada por su propia historia. Dicho punto se convirtió en una silenciosa tercera presencia en la sala, junto con ella y Walter, los fines de semana que más tarde pasaron allí solos. En todo caso, a Patty le pareció que por primera vez en su vida follaba de verdad. Le abrió los ojos, por así decirlo. Y a partir de ese momento estuvo perdida, aunque tardó un tiempo en darse cuenta>.

La historia avanza y retrocede en el tiempo, y nos introduce en la vida de una familia a lo largo de varios decenios. Cómo Frazen desarrolla los cambios de personalidad en los personajes dependiendo de la edad que tienen en cada instante de la narración es asombrosa, de una minuciosidad envidiable. Su escritura no es nada efectista, ni tampoco artificial, es natural, fluye como el río, con una pasmosa facilidad, una aparente sencillez que esconde un arduo trabajo con el que construye una novela sin altibajos, bien armada, sobria. Sabe cómo meternos en el universo de los adolescentes, en la lenta evolución hacia la madurez de sus protagonistas, acompañados de sus desengaños, de sus miserias, y, sobre todo, de la justificación por los actos que violan las propias creencias. Es un retrato despiadado de cómo el hombre es capaz de auto engañarse para no revelar que se ha traicionado a sí mismo. En este aspecto, Franzen construye un buen argumento. Pero la desazón que provoca es desasosegante.

<Pasó una semana entera sin que ella le telefoneara, y luego otra. Él tomó conciencia, por primera vez, de la mayor edad de Connie. Ahora tenía veintiún años, era legalmente adulta, una mujer interesante y atractiva para los hombres casados. Presa de los celos, de pronto se vio a sí mismo como el afortunado de los dos, el simple chico a quien ella había otorgado su ardor. En su imaginación, ella adquirió una forma fantásticamente atractiva. A veces, él había intuido vagamente que su vínculo era extraordinario, mágico, como de cuento de hadas, pero hasta entonces no había sabido valorar lo mucho que él contaba con ella. Durante los primeros días de su silencio, consiguió creer que la castigaba no llamándola, pero no tardó en tener la sensación de que el castigado era él, la persona que esperaba a ver si ella, en su mar de sentimientos, encontraba acaso una gota de compasión y rompía el silencio por él>.

 Una gran novela, llena de matices, poderoso relato sobre la condición humana, la evolución personal y las paradojas de nuestra sociedad, manipuladora, corrupta y falsaria. De esas obras que, después de leídas, comienzan a removerse en el subconsciente del lector…

 Sergio Barce, febrero 2012

    Los fragmentos de la novela están tomados de la 3ª edición, noviembre de 2011, publicada por Salamandra Narrativa, con traducción del inglés de Isabel Ferrer

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