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«NOVELA PASIONAL E INQUIETANTE. Vibrante, íntima y desasosegante forma de comenzar una novela es esta que elige Sergio Barce al enmarcar la imparable pasión amorosa entre Augusto Cobos Koller -a la sazón marido adúltero de Carmen- y la tangerina Yamila. Aparte de esa admitida y secreta relación de encendido erotismo, poco más descubrimos en el primer capítulo de esta incipiente historia que, sin embargo, en estas seis páginas iniciales ya dispara nuestra imaginación y deja en suspenso un conjunto de expectativas que esperamos ver satisfechas poco a poco para ir descubriendo el porqué, la finalidad y los vericuetos en que puede bifurcarse o esconderse tanto desenfreno sexual. Ya en el segundo capítulo (con nombre de mujer como ocurre en alguno más) descubrimos quién es Augusto Cobos: un escritor con deseos de llevar una vida de libertad y que por esta razón no se ata a ninguna mujer; por eso una de ellas le declaró un día que “siempre huyes”, afirmación que reencontramos cuando se nos dice que “siempre había estado huyendo de ese algo inextricable y ajeno” (p. 20). Tres nuevos datos empiezan ahora también a interesarnos; su otra relación con Esther, su amistad con Pablo Cantos y la precisa circunstancia de que está escribiendo una novela curiosamente titulada La emperatriz de Tánger…»
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Sergio Barce pertenece a ese tipo de escritores capaces de encerrar un mundo en una frase, igual que encierra el mar en la jaula mágica de una caracola. Me he sentido un privilegiado al pasear con él por Larache, andar y desandar hasta encontrarnos con los recuerdos, la fantasía, los seres queridos presentes y los queridos ausentes; toda la fuerza del sedimento que van dejando los sueños. Sergio ha tocado mi fibra sensible: el pasado que vuelve. Los fantasmas que regresan para instalarse felices en el castillo imborrable de la memoria. La memoria, la única capaz de expulsar la muerte. Hablo de la complicidad que me une a Sergio, detalles ínfimos que me estremece recordar, como el silbido de su padre al llegar por la tarde a casa que es el mismo silbido de mi padre al volver del trabajo por las tardes. Y los gusanos de seda que su madre le llevaba en una caja de cartón con hojas de morera son los mismos que traía mi madre. Recuerdos de seda que vencen el olvido. Sergio iba al cine Ideal de Larache y yo al cine Emporio de Barcelona. Larache, Barcelona, Málaga, qué más da, cuando se apaga la luz en la salas de cine los dos estamos en el mismo lugar de la película. Los lugares de la memoria y la fantasía que mencionaba antes. “¡Cuántas películas habrás visto!”, le preguntó alguien una vez al hombre del carrillo con chucherías y frutos secos que se instalaba todas las tardes delante del cine Ideal. Y el hombre del carrillo dice Sergio que se quedó pensando un buen rato, hasta que respondió en silencio: “El cine que conozco lo he visto a través de los ojos de los niños”. Quizá así contemplamos nosotros las películas del pasado, a través de los ojos del niño que fuimos y que nunca nos abandona.

‘Larachensemente’, hecho a la manera de Larache, llevado a cabo según la centenaria tradición de forja de conciencias que fue a lo largo de los siglos la atlántica y norteafricana ciudad de Larache. Eso quiere decir ‘larachensemente’. Y ese es el subtítulo de un libro de relatos verdaderamente único, conmovedor y cercano, demasiado cercano, tan cercano que parece imposible que uno no haya estado jamás en África, en el África más próxima, y sin embargo tenga la sensación al leer este conjunto de cuentos de Sergio Barce de que su vida estuvo allí, su pasado y buena parte de sus recuerdos, porque sólo los grandes escritores logran compartir verdaderamente su memoria con sus lectores a través del arte que destila ese oficio suyo de narradores.
