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DOCUMENTALES PREMIADOS EN EL FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE NADOR

Este pasado sábado, se clausuró el Festival Internacional de Cine y Memoria Común de Nador, y se hizo entrega de los galardones a los premiados.

He tenido la responsabilidad este año de ser el Presidente del Jurado de Documentales, en el que me han acompañado Karima Boullal, Nuria Tamayo, Layth Abdulamir y Edgardo Bechara El-Khoury.

He de confesar que fue muy fácil nuestra deliberación, porque todos coincidimos en seguida en las películas que debían ser premiadas. Os reproduzco el acta de la votación y los motivos por los que hemos elegido estas dos cintas, que os recomiendo vivamente.

Reunido el Jurado del Festival Internacional de Cine y Memoria Común de Nador, se ha decidido por unanimidad otorgar los siguientes premios:

– Gran Premio Driss BENZEREKI al film LA SINFÓNICA DE LOS ANDES (Colombia) de la realizadora MARTA RODRÍGUEZ.

El jurado ha valorado en esta cinta documental varios aspectos: en primer lugar, su calidad artística y técnica, con una sólida estructura narrativa, un excelente montaje y una muy buena fotografía. Pero especialmente es de destacar la valentía de su directora al abordar varios temas conflictivos: la llamada de atención sobre la situación de violencia que padece el Cauca colombiano; su puesta en valor de los jóvenes que, para salir de esa situación, se han refugiado en la música como antídoto a la violencia que han padecido; el empeño de la directora de la película, Marta Rodríguez, que ha conseguido un film muy comprometido y a la vez equilibrado; y, en especial, la emotividad que ha sabido extraer de los testimonios de los indígenas habitantes de las zonas rurales que han perdido a sus hijos, víctimas inocentes e injustas, que, gracias a la cinta, alzan su voz denunciando un padecimiento insufrible.

Todos los integrantes del jurado se han sentido muy conmovidos por esas experiencias tan desgarradoras y por esta historia humanista y conciliadora.

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– Y el Premio de la Búsqueda Documental (Prix de la Recherche Documentaire), a la película ecuatoriana CUANDO ELLOS SE FUERON, de la directora VERÓNICA HARO ABRIL.

El jurado quiere destacar su valor antropológico y humano, consiguiendo con su conmovedora y sencilla historia recuperar la memoria de un pueblo. Una historia con la que cualquier persona de cualquier país se puede identificar al tratar temas como la despoblación y el vaciado de los pequeños pueblos rurales, así como la pérdida de las raíces y de la memoria colectiva; reflejando además la soledad fruto de la muerte que es posible habitar, transitar y vivir en la memoria de los que ya no están. Un hermoso homenaje a nuestros abuelos y a quienes aún aman y creen en su tierra.

De igual manera el jurado quiere destacar sus excelentes valores cinematográficos, técnicos y artísticos, pese a tratarse quizá del documental más modesto de los que han competido en esta edición.  

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LECTURA RECOMENDADA

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                                              Foto de Roxy Treceño

Para estas fechas, ¿qué voy a recomendar? Pues mi trilogía tangerina. En estas novelas encontraréis intriga, drama, crimen, traición, el Café de París, amistad, espionaje, venganza, la Librairie des Colonnes,  desierto, amor paterno filial, amor carnal, el Marshan, melancolía, humo, contrabando, jaquetía, sueños, pasión, el Monte Viejo, sexo, fe, añoranza, mayoun, frustración, viajes, el Minzáh, fantasía, guerra, el Café Fuentes, violencia, hachís, suspense, misterio, Marruecos, Tánger… 

Todo está en las páginas de El libro de las palabras robadas, La emperatriz de Tánger y Malabata, publicadas por Ediciones del Genal (Málaga).

 


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DOCUMENTALES EN COMPETICIÓN EN EL FESTIVAL DE CINE DE NADOR

Mañana nos reuniremos los miembros del jurado que presido para fallar el premio al mejor Documental a competición del Festival Internacional de Cine y Memoria Común de Nador. Tenemos una ardua labor ya que las seis películas son de una gran calidad, pero espero que seamos certeros en nuestra decisión.

Me acompañan en esta tarea Karima Boullal, doctora en Filología Hispánica; Nuria Tamayo, periodista cultural y directora de documentales; Layth Abdulamir, director y realizador de cine; y Edgardo Bechara El-Khoury, politólogo, realizador y director del Festival de Cine LatinArab.

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PRIMER CAPÍTULO DE «LA EMPERATRIZ DE TÁNGER», UNA NOVELA DE SERGIO BARCE

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Aquí tenéis el primer capítulo completo de mi novela La emperatriz de Tánger (Ediciones del Genal – Málaga, 2015), finalista del XVII Premio de Novela Vargas Llosa y del XXII Premio de la Crítica de Andalucía.

ISBN – 978-84-16021-46-8

Cuando llegó al barrio de Hafa tuvo la sensación de que todos los ojos se posaban en él y de que incluso sabían qué era lo que le traía hasta ese lugar. Pese a esa certeza, Augusto Cobos Koller, tras abotonarse la chaqueta de lino blanca y ajustarse el nudo de la corbata, encaminó sus pasos hacia la casa de Yamila con la excitación que experimentaba cada vez que iba a su encuentro, una excitación que alimentaba su orgullo masculino y su vanidad, habitualmente resentida y hambrienta.

     Bajó la cuesta aprisa, con la brisa húmeda acariciando su sudorosa frente. Veía, por entre las casas, el mar asomando en calma, como una inmensa alfombra que se extendiese hasta el límite mismo del horizonte. Se iba cruzando con los niños que llenaban las calles del barrio, a los que evitaba por un innato rechazo a los pequeños, y siguió bajando, empujado por su propia urgencia. Las pisadas dirigiéndolo como si no pudiera evitarlo. Llevaba varios días sin verla y un ardor lo corroía por dentro, igual que si le estrangulasen las entrañas. Sabía muy bien qué iba a hacer en cuanto la viese. Era un hecho cíclico e inevitable.

     Dobló la esquina y entró en un callejón estrecho y sombrío, escoltado por ventanas herméticamente cerradas. El suelo del callejón estaba salteado de charcos embarrados, en los que flotaban diminutos envoltorios de papel arrugados y colillas y cerillas quemadas. Se escuchaba el zumbido agitado de las moscas. Las paredes cuarteadas se proyectaban en la pesarosa superficie de los charcos, como un espejo roto en el suelo.  

     Miró por encima del hombro. Estaba solo. Se detuvo entonces ante una puerta verde, de madera astillada y goznes moribundos. Había una aldaba adherida de una forma imposible a la madera, como si jamás hubiese sido utilizada. Volvió a comprobar que nadie lo vigilaba, aunque siempre tenía la vaga sospecha de que, desde alguno de los ventanucos de los otros edificios, le observaban. Miró al cielo, nuboso, coactivo.

     Golpeó con los nudillos. Por un segundo pensó en el padre de Yamila, que Hamid  pudiera estar en la casa. No habría sido la primera vez que ese viejo le fastidiase la fiesta. Pero Yamila le había comentado que esa tarde estaría sola, y ahora volvió a golpear la puerta con más contundencia, algo más desesperado.

     Se miró el anillo de plata que llevaba en el dedo anular de la mano derecha en el que tenía grabado un áspid desafiante. Se lo había regalado Carmen al poco de conocerse, y verlo le hizo sentir cierta ansiedad. Con la otra mano comenzó a hacerlo girar sin sacárselo del dedo mientras aguardaba a que ella acudiera a su llamada. Comenzaba a chispear. Se desesperaba cuando Yamila tardaba en abrir e, impaciente, se puso a dar pequeños taconazos contra el suelo. Era tal su excitación que creía no poder contenerse más y, en voz baja, suplicaba que apareciese de una vez por todas.

     Al fin la hoja se abrió muy despacio, y entró sin contemplaciones. Yamila se apartó, pegándose a la pared del pasillo. Augusto empujó la puerta de un manotazo y se cerró ruidosamente. Al entrar fue como si la noche hubiese echado sus candados pero, a pesar de la penumbra, sus pupilas se encontraron con una intensidad crispada, llenas de abismos. En las de Yamila habitaba un cierto aroma a desaliento. Las de él, por el contrario, sin un escorzo de sentimiento, centelleaban de manera primitiva. Sus alientos se medían, tanteándose en un pulso de atracción.

     -¿Está tu padre? –de pronto, dudando, se había quedado quieto, tenso y conteniendo la respiración.

     –La –respondió confusa Yamila-. Ya sabes que no…

     Augusto Cobos se agachó, metió las manos por debajo del lívido caftán, y las dejó libres para que treparan por las piernas, yendo por delante de lo que su cerebro le transmitía; aún no era capaz de sentir el tacto de la piel, sólo avanzaba y buscaba, no había más. La atrajo hacia sí, pero eran sus manos las que seguían actuando a su antojo, mientras él era sólo un invitado. Su boca atrapó los labios ateridos de Yamila que había cerrado los ojos. Fue entonces cuando su consciencia alcanzó a su deseo fundiéndose con ella en un movimiento brusco de las extremidades.

     Las respiraciones se hicieron torpes, era el único sonido en la casa, vacía y somnolienta. De pronto, ella sintió cómo el sexo febril de Augusto la penetraba con el violento apetito de las anteriores ocasiones, con la misma desesperación. Era como si un brazo tanteara por su interior registrándolo todo. Abrió las piernas cuanto pudo para que llegara más adentro. Las embestidas eran apremiantes, pero no quería que ahora se detuviese, sabía que era el único instante en el que pasaba a ser suyo por completo. Él resollando con ansiedad sobre su cuello, alejado de cualquier nexo con el mundo exterior, y ella notando el ardor de la respiración con la certeza de que entonces Augusto no esperaba más que su entrega incondicional.

     No se habían movido del pasillo, petrificados aún por el instante, atados a sus alientos, agitados. Les llegaba como un eco el tamborileo de una fina lluvia. El borde de una manta de cordero colgaba de la terraza y, a causa del aire, golpeaba con suavidad contra una de las ventanas. Era un sonido sordo y repetitivo, un sonido que empezaba a sacar de quicio a Augusto. Le habría dado un manotazo a esa manta y la habría arrojado al patio, sin dudarlo. Pero sabía que, pese a todo, aquella no era su casa.

     Yamila aún temblaba, apoyada la espalda contra la pared. Aturdida, refugiaba sus manos entre las piernas, como si así pudiese retener unos minutos más la placidez que se había instalado en su sexo. Creía que se caería de un momento a otro, exhausta, vencida, en un desmayo de excitación.

     Augusto por su parte se había recompuesto tranquilamente el traje de lino, aunque ya quedaría arrugado sin remedio. Encendió un Olympic Bleue y le dio una profunda calada, pensativo. También se había recostado contra la pared del pasillo, descansando los hombros y la nuca, sintiendo así el frescor seco de los ladrillos desiguales. Como a ella, le ardía la piel. Pero cerró los ojos tratando de calmarse.

     Exhaló el humo con parsimonia, llenando el corredor de una nube densa y grisácea, pasándose una mano por la cabeza, una y otra vez, como si así aplacara el baño de sudor que le empapaba la espina dorsal. Abrió los párpados, y la miró entonces. Tras el humo, el rostro de Yamila se desdibujaba, con los ojos entornados, la boca entreabierta, tenía la piel erizada, manteniendo las manos temblorosas entre las piernas. Le pareció frágil, pero irradiaba una poderosa atracción difícil de explicar para él. Permanecieron embozados por el silencio, como aguardando una señal para lanzarse de nuevo el uno al otro.

     La voz del almuédano llamando a la oración de la tarde sumió a la casa en un irreal letargo, y Augusto comenzó poco a poco a sentirse molesto. El golpeteo de la manta contra la ventana, la llovizna repiqueteando en unos tablones, esa voz profunda convocando a los fieles, la respiración cálida de ella. Apuró el cigarrillo y tiró la colilla al suelo, aplastándola con el tacón de su zapato. Pensó en cuántas veces había sucedido ya esto mismo, y, sin embargo, cada ocasión se antojaba única e irrepetible. Incluso el olor montuno de Yamila parecía distinto, aunque lo reconociera siempre. Pero quería marcharse aun sabiendo perfectamente que no iba a dejarla así. Así no.

     Volvió a mirarla. Estaba deseando salir de la casa y acercarse al Café de París. Eso era lo que le gustaría hacer. Y pensó con un regusto de amargura que nunca se encontraba en el lugar en el que realmente le apetecía. La seguía mirando, y se dio cuenta de que no sabía lo que quería, de que nunca lo había sabido.

      Yamila también lo escrutaba. En cierto sentido lo temía, e incluso había ocasiones en las que dudaba sobre lo que realmente buscaba en ella. Sólo le cabía aguardar con esa paciencia aprendida de su madre, como si no existiera otro remedio, y, sin embargo, aunque estaba acostumbrada a que, una vez que se vaciaba, Augusto desaparecía hasta otro día, prefería pensar que en esta ocasión volverían a encontrarse esa misma noche en el cabaret, donde él se sentaría en su mesa habitual para verla danzar, para devorarla con su mirada, para hacerla creer que ella era la única. Luego quizá entraría en el camerino para dejarle algún regalo, medias importadas, un frasco de perfume francés, dinero. Quería convencerse de que la quería, de que era sincero con ella, pero lo demostraba de  una manera errática y confusa, de una forma devastadora. 

     En ese momento Augusto Cobos dio un paso, impulsivo e inesperado, y acercó sus labios a los suyos y se los mordió intensamente mientras daba un tirón del caftán. Los senos de Yamila quedaron al aire igual que rosas agitadas por el viento. La obligó a darse la vuelta, y el caftán cayó al suelo. Le besó el cuello, la espalda y las nalgas, y luego deslizó una mano por el sexo rasurado, tan distinto al de Carmen, y la oyó resoplar con esa especie de fiebre inconfundible. Sus alientos ardiendo como los de alimañas en celo. Entonces, súbitamente, se separó de ella para observarla en su desnudez, como si fuera una obra de arte: un cuerpo joven, moreno, aún turgente, quizá demasiado hermoso o demasiado perfecto. Ella se ruborizó, como le ocurría cada vez que la miraba, temblando de arriba abajo. Augusto volvió a tocarla, y Yamila se removió, casi agónica, levantando las caderas. Entonces la frotó con un atrevimiento canalla y a ella se le doblaron las piernas, debilitada por un placer intenso e insoportable, desbordada por la confusión, por el caos. Pero el caos se hizo más confuso cuando de pronto, alevosamente, Augusto Cobos dejó de tocarla, como si le quemara su fuego, como si se hubiera dado cuenta de que se aburría, de que había perdido todo interés. Un frío lacerante recorrió la piel de Yamila.

     Sin decir nada, Augusto abrió la puerta de la calle. Las últimas luces de la tarde se posaron en Yamila, que trató de cubrirse con los brazos, temiendo que alguien pasara por el callejón y pudiera verla. La puerta se cerró de un seco portazo, y ella permaneció allí quieta, en el pasillo, sin comprender esas formas bruscas de Augusto, sin descifrar lo que le cruzaba por la mente a ese enzerani del que quizá no debiera haberse enamorado. 

 

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«EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS», UNA NOVELA DE LEONARDO PADURA

 

El escritor cubano Leonardo Padura nos propone, en su novela El hombre que amaba a los perros, reconstruir el asesinato de Liev Davídovich, es decir, León Trotski, en un interesante juego narrativo. Para ello, entrelaza las vidas de Liev Davídovich y la de su ejecutor, el español Ramón Mercader, en historias paralelas hasta que al fin ambas se unen en un destino macabro e insalvable; y entre medias, la propia del narrador que nos habla desde una Cuba decadente y desilusionada que no es sino el reflejo de lo que nos relata sobre los dos protagonistas y la caída del sueño revolucionario, como si todo se repitiera de manera cíclica.

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Esta novela nos desvela quién fue Ramón Mercader, y contemplamos su recorrido vital no sin cierto desconcierto, porque, a fin de cuentas, a lo que asistimos es al retrato de un hombre que, aferrado a sus convicciones políticas, fue incapaz de ver la realidad del sistema estalinista que lo utilizó desde el comienzo como un simple peón que necesitaban para deshacerse de alguien muy molesto para el régimen ruso. Y esas convicciones arrancan de su juventud, de la guerra civil española, de su creencia irrenunciable de estar actuando de la manera correcta.

   “…En el lujoso Hispano-Suiza en que se desplazaba, África lo había llevado a recorrer los arrabales y los pueblos cercanos a Barcelona para que Ramón viera el caos al que trotskistas y anarquistas estaban llevando el país. Fuera de las Ramblas y los centros neurálgicos de la ciudad, se había instalado una lamentable desolación, con calles interrumpidas por absurdas barricadas, fábricas paralizadas, edificios saqueados hasta los cimientos, iglesias y conventos convertidos en ruinas carbonizadas. África le contaba de los fusilamientos ejecutados por los anarquistas y de cómo crecía entre los obreros el temor a expresar sus opiniones. La clase media y muchos propietarios de industrias habían sido despojados de sus bienes, y el proyecto de crear una industria militar navegaba por un mar de voluntarismos sindicalistas. La escasez de productos se había adueñado de tiendas y mercados. La gente tenía entusiasmo, era cierto, pero también hambre, y en muchos lugares el pan solo podía ser adquirido tras largas colas y únicamente si se tenían los cupones distribuidos por anarquistas y sindicalistas, convertidos en dueños de una ciudad en la que el gobierno central y el local apenas eran referencias lejanas. Aunque los anarquistas aseguraban que haber entrado en una era de igualdad bastaba para mantener el apoyo de unas masas esclavizadas por siglos, África se preguntaba hasta cuándo duraría el entusiasmo, la fe en la victoria.

-Esta República es un burdel y hay que meterla en cintura.

Ahora, en un lapso de pocos meses, cuando volvía del olor a sangre y de los rugidos de un frente donde caían diariamente jóvenes como su hermano Pablo o su amigo Jaume, Ramón se encontraba una ciudad cansada, más aún, desencantada, asediada por las escaseces y ansiosa de regresar a una normalidad quebrada por la guerra y los sueños revolucionarios. Era como si la gente solo aspirara a llevar una vida común y corriente, a veces incluso al precio infame de la rendición. Pocos días antes, el devastador ataque de los franquistas sobre Málaga, donde la infantería y la marina rebeldes, con el apoyo de la aviación y las tropas italianas, habían masacrado a los que escapaban de la ciudad, había hecho mella en la fe de la gente…”

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RAMÓN MERCADER tras su arresto

La novela es además un fresco histórico gigantesco de los años que transcurren desde la guerra civil española hasta la muerte de Ramón Mercader: pasamos por la guerra mundial, por el exilio itinerante de León Trotski, por la preparación del atentado, por las vidas privadas y singulares de los personajes que vivieron en primera persona esos acontecimientos, y somos testigos de cómo Ramón Mercader fue aleccionado e instruido para alcanzar su objetivo, y de cómo Trotski, en paralelo, seguía luchando por sus ideales, ya a años luz de distancia de las de su enemigo mortal Josef Stalin. Demoledora la visión de Leonardo Padura del sistema comunista soviético, de su deformación y de su transformación en el monstruo que llegó a ser, capaz de acabar con sus propios compatriotas y con sus propios seguidores; y melancólica y desilusionada su recreación de la Cuba en la que el narrador vive mientras va reconstruyendo esta historia que acaba por escribir.

Una novela que es además sumamente detallista, que entra en los vericuetos más íntimos de la vida de Ramón Mercader y en la de los hombres y los nombres tras los que se disfrazó para llegar hasta su objetivo. Fascinante su Jacques Mornard y su manera de moverse en el submundo de las intrigas, del espionaje, de la traición y de la muerte. Impresionante también el personaje de Caridad, la madre de Ramón. Y efectivo y sugerente la recreación que Padura hace de Trotski, de su estado de ánimo en cada etapa de su largo exilio, de sus reacciones ante los acontecimientos terribles que suceden en la Unión Soviética y, por supuesto, de su estancia en la Casa Azul de Diego Rivera y Frida Khalo.

“Una noche de finales de marzo, terminada la cena, Natalia, Jean van Heijenoort y Liev Davídovich, junto a los moradores de la Casa Azul, prolongaron una de las amables veladas en las que, con frecuencia, se le exigía al exiliado que narrara los más disímiles recuerdos de su existencia. Como se sentía animado, se lanzó a relatar la historia de su relación con el mariscal Tujachevsky, el joven y elegante oficial que, en los días de la guerra civil, gracias a su capacidad como estratega, había sido bautizado como <el Bonaparte ruso>. Natalia, que conocía aquellos episodios y entendía poco y mal el inglés que utilizaban como lengua franca, fue la primera en retirarse, y de inmediato la siguió Rivera, quien ya almacenaba en su sangre una cantidad impresionante de whisky. Frida, vencida por el sueño, fue la siguiente, y entonces Von Heijenoort se esfumó, discretamente.

La sonrisa de Cristina, el vino ingerido y las ansias acumuladas por varias semanas de cercanía provocaron la previsible explosión. Más de una vez, en cenas y paseos, Liev Davídovich había deslizado una mano hacia las piernas o los brazos de Cristina, solo como un juego cariñoso, y ella, coqueta y delicadamente, siempre con una sonrisa, había impedido cualquier avance, aunque sin disuadirle del todo, sugiriendo quizás que escarceos y sonrisas eran parte de un rito de acercamiento al que por fin el hombre se lanzó esa noche. Entonces, para su sorpresa, ella lo detuvo y le pidió que no confundiera admiración y afecto con otros sentimientos. Sin entender la reacción de una mujer que hasta ese momento parecía aceptar sus insinuaciones, Liev Davídovich se quedó mudo, con los deseos congelados.

Molesto por el fracaso, avergonzado por haber cedido a un impulso que ponía en peligro su relación con los dueños de la casa y, peor aún, la solidez de su matrimonio, el hombre se llamó a la cordura para desterrar el alarido hormonal que lo había superado. Se impuso pensar si sus intenciones con la joven no habían sido más que una embriaguez pasajera provocada por el magnetismo de una piel tersa: una manifestación absurda de la fiebre de la cincuentena, se dijo.

Cuando Frida se enteró de lo ocurrido, ella misma asumió el papel de confidente y le ofreció el magro consuelo de ponerlo al día de los desmanes sexuales de su hermana, tan aficionada a aquellos juegos de calentamiento de varones e, incluso, al más sórdido engaño: Cristina había sobrepasado todos los límites cuando se metió en la cama con el mismísimo Diego, algo que Frida se había tragado, aunque nunca les perdonaría ni a su marido ni a su hermana. La ternura y la comprensión de la pintora, salpicadas de coquetería, llevaron a Liev Davídovich a preguntarse si no habría calibrado mal sus posibilidades, y empezó a redirigir sus intenciones, que pronto adquirieron una vehemencia avasalladora, capaz de alterar sus horas de vigilia y de sueño con la imagen de la mujer que le había confiado tan íntimas revelaciones…”

Cuando llegamos al instante crucial del asesinato de Liev Davídovich, hemos compartido su vida, sus creencias, sus derrotas y sus pírricas victorias, y con él la de Ramón Mercader, como dos espejos que se reflejasen y se repeliesen; pero sobre todo hemos transitado durante años en un largo viaje cuyo destino solo es la muerte y la destrucción.

Leonardo Padura ha sabido aunar Historia en mayúscula con la historia más cercana a la realidad, y como si de una novela de intriga y suspense se tratara, incluso consigue que dudemos en algún instante si el hecho luctuoso se producirá al final o no, como si Ramón Mercader hubiese podido cambiar de idea en esta novela o como si alguien o algo hubiera podido evitar lo que ya está escrito por la Historia.  

“…Solo si se producía una milagrosa conjunción de casualidades lograría salir de la casa tras asestar el golpe, y tuvo la certidumbre de que, si se atrevía a darlo, algo ocurriría y se le troncharía aquella ínfima opción. La próxima vez que entrara en la fortaleza, tal vez conseguiría sobreponerse y matar al hombre más perseguido del mundo, el anciano cuya respiración podía escuchar, a dos pasos de él; cuyo cráneo seguía invitándolo. Sin embargo, ahora estaba completamente seguro de que él no lograría escapar. En realidad, ¿estuvo alguna vez prevista la fuga? Se convenció de que sus jefes sin duda preferirían que lograse salir de la casa, pero que lo consiguiera o no, eso carecía de importancia, y Ramón comprendió que lo habían destinado a cometer un crimen que, a la vez, sería un acto suicida. Más aún: su mentor había diseñado aquel montaje con tal maestría que, en el desenlace, el propio condenado se encargaría de fijar la fecha de su muerte y, para alcanzar la máxima perfección, también la de su victimario. Y comprendió que su inmovilidad respondía a aquella macabra coyuntura, capaz de dominar su cuerpo y su voluntad…”

Un libro, en fin, que se lee con sumo placer porque una vez sumergido en sus páginas es muy difícil no seguir entre ellas y empaparse de su ágil y excelente prosa.

El hombre que amaba a los perros ha sido publicado por Tusquets.

Sergio Barce, diciembre 2020

 

LEONARDO PADURA
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